Ni Atenas Ni Israel

Tag: ensayo sociológico

Ángeles y demonios.

by on Ene.12, 2013, under Sin categoría

La toma del 2000. Proceso y análisis social de este evento.

“Si la juventud se libera, libera a la izquierda de sí misma…”
Anónimo

Este escrito fue diseñado con el ánimo de quien recuerda una época llena de júbilo y liberación. Aunque el redactor de estas líneas fue un testigo y actor invadido por la marejada de controversias e ideologizaciones que acontecieron, a lo largo del tiempo ha podido crearse una lectura desprejuiciada de aquellos tiempos llenos de promesas y vacilaciones. Lo que ha movido al escritor a contar estos episodios ha sido un intento de explicar lo que significo la toma del año 2000 para nuestra generación, y que papel cumplieron los estudiantes movilizados en el contexto de degradación y desmoronamiento del Fujimorismo. Creo con la objetividad de la experiencia que en ese evento histórico se jugaron cuestiones que la efervescencia y la febril actitud doctrinaria no consiguieron hacer visualizar con propiedad, y que fue no haberse sabido mover más allá de las manipulaciones a la multitud para lograr y concatenar ciertos intereses ocultos, lo que hundió en la ignominia y en la estigma de la desautorización a toda una generación que en cierto momento del calor político discutió e imaginó un presumible recambio generacional y una nueva institución universitaria. Es en texto que versa sobre una visión hoy olvidada o severamente corroída por la descalificación de los activistas de la democracia que no sólo ganaron el sentido común de las organizaciones juveniles posteriores, sino que se atrevieron a cambiar la narración de lo sucedido en función de su crecimiento político particular.
Lo digo con el ánimo de una conjetura polémica: fue la ceguera estructural que ha caracterizado al movimiento estudiantil a lo largo de su gestación y desarrollo, es decir, la incapacidad para verse con los ojos de la autonomía, con una visión de sí mismos, y por el contrario verse a través de las representaciones políticas e ideológicas del patriarcado político que caracteriza a la izquierda desde sus orígenes, lo que ocasionó que perdiéramos la oportunidad y el rumbo como generación para remover falsos dioses y dogmas, y hacer todos los cambios que el proselitismo de la Reforma universitaria y la endiosada lucha de clases pregonan hasta hoy en día. No sólo se perdió el control de toda la energía histórica que el desprecio al Fujimorismo había despertado – como producto del daño social que había ocasionado al país y en específico la universidad pública- sino que además se desaprovechó la posibilidad de que toda esta energía volcánica diera a la juventud un trato diferente que la habitual subordinación y moratoria generacional que se recoge aún en los partidos; y por consiguiente, iniciar la construcción de una visión renovada del país desde la juventud para la izquierda.
Suelo ser sincero. Era imposible que esa generación capitalizara todo lo que aquellos debates encendidos y concierto de enfrentamientos discutían, por la sencilla razón que de que haber llevado a la practica concreta aquella lucha hubiera significado colisionar con los verdaderos intereses políticos que vivieron escondidos durante toda la historia que narro; intereses que fueron obviados para suerte de los titiriteros y que de haberse descubierto hubieran desencadenado la lectura indignante de que todo era un circo orquestado y que las demandas de la juventud politizada no interesaban a nadie. Sin embargo, el modo apasionado y que para muchos ese localismo universitario luchaba por objetivos más allá de los problemas de la facultad de ciencias sociales, y que se luchaba en contra de las mafias sectarias del Fujimorismo, surtía la necesaria adrenalina para amenazar toda la real estructura de componendas y clientelismos que ha caracterizado a la política universitaria por décadas, sólo con la eticidad política de la protesta y de la creatividad cultural que siempre ha atravesado la juventud política.
Nadie visualizó o nadie quiso visualizar que el verdadero adversario a los estallidos de emancipación y justicia que acontecieron en varias facultades de la universidad, no sólo era la clase política mafiosa que había capturado el Estado, y por ende había desbaratado a sus enemigos en la universidad, sino el punto al cual se debió dirigir con radicalidad era a toda una generación iconoclasta y anquilosada que venía desde los 60s y 70s, que en ese momento se desnudaba en sus contradicciones internas por el control del poder de la universidad; y que utilizó estos hechos de emancipación estudiantil para justificar el desplazamiento político de los que gobernaron la universidad para Fujimori y Montesinos. El problema no era sólo un grupo autoritario que administró la universidad para la mafia, el problema real era que toda la estructura política que se montó desde los años faústicos de la izquierda política, que sirvió a distintos líderes en relación a sus recursos y sus espacios de reclutamiento en distintos momentos de la historia y que se mantuvo intacta, y que de alguna manera siempre adoctrinó y utilizó las energías juveniles para sus intereses personales y violentistas en las diversas facciones.
Si en cierto modo me ubico en este momento de fines del año 2000 es porque pienso a ciencia cierta que en los pregones de esta generación, sobre todo de las figuras más radicales y creativas pudo generarse una ruptura generacional que significara el inicio de la muerte de una cultura política prebendista, patriarcal y clientelar que tanto daño le ha hecho y le sigue haciendo a la universidad pública. El asunto es que tal ruptura no fue concretada no sólo porque tal energía colectiva de la avanzada juvenil fuera utilizada vilmente, sino por tres razones estructurales que señalaré extensamente a continuación:
1. Un primer argumento por el cual no se produjo tal ruptura fue porque la fuerza desbocada que se liberó se enfrentó a ciertos intereses políticos que necesitaban la expugnación de la universidad en el ajedrez político de la política más macro a nivel nacional en ese entonces. El haber sólo apuntado a que el problema era sólo la administración de Medina y compañía y no la confrontación oscura de ciertos aparatos partidarios de antigua data como el PUM (Partido Único Mariateguista) y las tendencias del FER (Frente estudiantil revolucionario) setentero que gobernó la universidad para Fujimori y que se enfrentaron, es lo que no deja ver que se estaba manipulando al movimiento estudiantil para legitimar la ascensión posterior de los profesores del PUM en el gobierno de la facultad. En cierto momento algunos elementos probos (“Tontos útiles” en boca de algunos “chacales” que abundaban) visualizaron este ajedrez, y en ellos recayó la politización de la toma del 2000.Muchos de estos jóvenes habían ingresado en el año 1998 y poseían un nivel de compromiso y de praxis política distinta a la de anteriores promociones, elementos que se adhirieron a las tradiciones de la política de la facultad, pero que pronto colisionaron con estas motivaciones a medida que el contexto se politizaba.

Pero el adversario era un aparato mañoso y con más experiencia que supo difundir que la fórmula de la lucha era entre dos clanes políticos, con sus respectivas correlaciones en las organizaciones juveniles de aquel entonces, Integración estudiantil, el FER, JP (Juventud Popular) y Colectivo Amauta y no la refrenada lucha de generaciones que pocos se atrevieron a plantear. Haber planteado correctamente esta lucha hubiera significado dotar al movimiento estudiantil posterior de una disposición institucional y una cultura política de nuevo cuño para conseguir la reforma universitaria a través del recambio ideológico y de talentos. Pero la historia que aconteció fue que al no haberse producido esta ruptura generacional se desestructuro el poder real del estudiantado a posteriori, reforzando el poder de los operadores y clanes políticos de toda la vida que han penetrado las conciencias de la juventud organizada hasta estos días. Yo diría incluso que este no recambio generacional ha permitido el deterioro académico de la UNMSM y la vuelta irrefrenable de los remanentes del antiguo PCP- Sendero Luminoso en el seno de esta casa de estudios.

2. Un segundo elemento que se desprende de lo anterior es que no se produjo esta ruptura generacional, por lo menos en la UNMSM, o nadie lo supo plantear porque en el seno del movimiento estudiantil surgieron malos operadores con las mismas prácticas y costumbres divisionistas de siempre que frenaron los aires de cambio social del movimiento en función de los intereses políticos que se cocinaban. Por lo menos en los recuerdos que tengo y de muchas conversaciones que he tenido al discutir estos hechos idílicos en los años anteriores habían surgido ciertos colectivos y fuerzas juveniles (Colectivo Amauta, Integración estudiantil, Voz comunista, Juventud Popular) y el siempre presente FER que le plantearon cierta oposición a las autoridades fujimoristas de la facultad y en otros escenarios con marchas y actos de protesta.

Pero la cosa cambia cuando irrumpe el movimiento estudiantil organizado frente a las manipulaciones descaradas del Tribunal Constitucional por obra de la pandilla Fujimorista para obtener el pase legal a la segunda reelección de Alberto Fujimori. La indignación eticista de estas organizaciones juveniles con multitudinarias marchas de protesta desde el año 97, pero con más protagonismo en los años 98 y 99 le dan cierta fuerza al actor juvenil como único agente social serio de oposición a la dictadura. La mayoría de opositores democráticos estaban neutralizados o calculaban, creando en el imaginario de la sociedad civil un cambio de espíritu y de actitud cívica en la juventud descreditada por los hechos de la pasada violencia política y por su posterior apoliticismo y apatía individualista frente al futuro de la nación. Tal vez esta unificación política de las juventudes disfrazó los severos antagonismos que enfrentaban al FER, Integración estudiantil, JP y el Colectivo Amauta (este con mayor rango de acción) quiebres que se evidenciaron cuando los hechos de la toma del 2000 fueron capitalizados a favor del sector de profesores a fines al PUM, con el apoyo del Colectivo Amauta, siendo parcialmente resistidos por JP y el FER (este último por su ambiguo apoyo antaño a Sendero Luminoso en la universidad de algunos cuadros que apoyaron la disidencia) Puedo decir que el problema que evidenciaría las manipulaciones de los operadores en varios de los bandos fue que la organización de la toma recayó en simpatizantes que no militaban con frecuencia en estos bandos, sino en actores jóvenes aislados que asimilaron, creyeron y actuaron en función de un tiempo de politización – desprecio a Fujimori- y porque llevaron a la acción todos los idearios que los colectivos juveniles más organizados no se atrevieron a ejecutar, por cálculo o porque sabían que algunos “tontos útiles” lo harían por ellos.

De cierta manera este mal cálculo se dejaría notar cuando las decisiones políticas que se tomaban en las asambleas encontraban no el canal de los grupos partidarizados u operadores infiltrados en las manifestaciones, sino la fórmula democrática de las reuniones de base, donde todo era informado, discutido y actuado, y por lo tanto, el poder carismático de cálculo político no servía o era desnudado, creciendo o surgiendo líderes nuevos que profundizarían la politización que se vivía en la Toma del 2000. Sostengo que este asambleísmo y gremialismo desmedido neutralizó los descarados arreglos y componendas que se dieron en este tiempo, cargándose de desaprobación y de estigma a los tradicionales líderes políticos en nombre de los cuales se hizo el trabajo de organizar, meter basura en el decanato en bolsas con las caras de Fujimori y Montesinos – ¡que tal arreglo desde fuera!- bloquear las salidas con carpetas y exponer ciertamente el pellejo, pero que supieron capitalizar las consecuencias de la toma. Esta privatización de ciertos arreglos, manipulaciones en las discusiones de las asambleas y sobre todo por la aparición de ciertos operadores dirigidos desde fuera por el Toledismo y las presiones de las fuerzas del PUM (Foro democrático, etc.), es lo que enervó los ánimos de estos líderes de base y de otros grupos académicos más honestos que surgieron, que colisionarían con los intereses ocultos que se cocinaban, pero que no poseían la fuerza de un aparato organizado para reorientar una toma que se desinfló al paso de las cuatro semanas que duró (desde fines de Octubre a mediados de Noviembre del 2000).

Mucha de esta gente socializó la aparición de una cultura política democrática de nuevo cuño, y fue desertando de la organización que se fue tejiendo, cuando visualizó con cierta sensatez que eran usados, cuando vio que nos enfrentábamos entre amigos, pero que dio su respaldo político a los intentos organizados que darían su expresión política en las elecciones del año 2001. Luego de este recorrido puedo conjeturar que la coacción política de la toma de ciencias sociales, por obra de los titiriteros de siempre y por sus leales en las organizaciones juveniles, que se ganaron mi aprecio al principio y luego mi reprobación dieron un golpe de muerte al movimiento estudiantil posterior, no porque este dejara de existir en intensidad sino porque seguirían subordinados a esquemas mentales e ideológicos de organización y de acción política que no pueden plantear verdaderamente un recambio de generación, y que sirven a los intereses de la generación de los 70s, que ya no es ni revolucionaria ni una opción política y social. El problema es que las juventudes no quieren darse cuenta a pesar del cinismo y la corrupción social que nos acecha, de la atrofia de esta cultura política, debido a un elemento que señalaré a continuación.

3. Parecerá duro lo que digo, pero creo que un tercer elemento soterrado pero que es muy fuerte, y que ha garantizado el patriarcado de 50 años y que a ciencia cierta no deja lugar a la autonomía mental de las juventudes es la creencia idólatra en cierto estilo de marxismo que se concibió en los 60s y 70s. Como lo he dicho en otros ensayos que he publicado, es la creencia dogmática y hasta ciertamente ingenua en una lectura del país incompatible con él, y en una guía para la acción inapropiada desde sus orígenes para lograr el cambio social, lo que no permite la tan necesaria ruptura generacional y, por lo tanto, el nacimiento de un pensamiento social y un horizonte sociocultural y práctico adaptados a las alteraciones estructurales y a los nuevos valores que han surgido en los últimos tiempos.

Es la conservación de este ethos decimonónico y escolástico, la pésima articulación cultural y teorética que demuestra desde siempre con las organizaciones de base social y movimientos sociales –arrogándose la representación de sus aparatos- lo que ha bloqueado desde siempre la consecución de sus intereses originales. Y saben porqué?. Debido a que todos estos estilos de organización espartaqueana, estos esquemas que han enfatizado el descontento y el asistencialismo; todos estos idearios que moldean líderes y creencias en impracticables utopías, han despreparado y atrofiado toda posibilidad de que la multiplicación y producción de subjetividades alternativas que se dan en las culturas populares y en sus manifestaciones en la calle, alcancen y construyan un estilo de organización social y de técnicas productivas más allá de la sola premisa de instaurar una patria socialista, impracticable e incompatible desde todo punto de vista con la complejidad intercultural y misteriosa de nuestro país.

En el caso de la juventudes políticas es la conservación de este ideario que denuncia la expoliación y la deshumanización como ideas fuerza, la que la has entregado en diversos momentos de la politización del movimiento estudiantil a desperdiciar sus fuerzas y talentos culturales en la sola protesta y desobediencia pública como praxis política, creando la sensación de que colisionan siempre contra un mismo muro al que no entienden no saben interpretar. Es el mal direccionamiento de esta grandiosa creación de subjetividad artística, cultural e intelectual que late en las juventudes, lo que bloquea toda posibilidad da darle un sentido de recambio espiritual o de institucionalización política y productiva de estos valores, que se practican aún marginalizados y embrionariamente en sus organizaciones de avanzada.

Ver con propiedad que el marxismo es sólo un instrumento social para conseguir objetivos de igualdad social, de representación de las múltiples demandas de la población y una herramienta para proteger a la sociedad desde El estado domesticando al capital y forzar su necesaria redefinición social, ayudaría a contemplar que la lucha en contra de la oligarquía, de su adictivo sistema cultural de dominación y de toda su estructura de poder económico y política, pasa necesariamente por desafiar también las formaciones político e ideológicas que luchan en contra del capital, hoy neutralizadas. Porque el modo como sólo recurren al violentismo y a la protesta social callejera sin tener bajo el brazo una propuesta operativa y sistemática de país que vaya más allá del sólo intelectualismo o pensamiento declarativo, enmascara a mi juicio toda una empresa de poder de un grupo de interés que viene a lo largo de la historia repitiendo la misma canción, consiguiendo algunas ventajas privadas y ocultando bajo el cálculo y la veneración de la que son objeto la intención real de que no les importa la revolución del país para nada.

Ahí donde el cinismo y la componenda canibalizan a las fuerzas políticas alternativas es necesario ubicar que el respeto que adquiere esta metafísica de la revolución, llena de mandarines ociosos y retóricos se debe a que no hemos podido hacer una crítica interna sesuda de su cultura crítica, que recibe no obstante, el consentimiento adictivo de aquellos sectores de la base que no saben verse más allá de este sólo ruido contestatario: las juventudes. Creo que su autonomía se alcanzaría, el disfrute sin ignominia de sus valores se lograría si es que consiguen edificarse una visión teórica y operativa de sí mismos, de su rol y del país en el que viven alcanzando por ende toda desvinculación del pésimo marxismo voluntarista que los define y moviliza, salvando a la izquierda de sí misma.

Es esta lucha generacional la que no se emprende por no saber atacar el orgullo metafísico que envuelve a los sacerdotes, lucha que pudo obtener ribetes de extraordinaria valía en la lucha en contra del Fujimorismo, pero que al subordinarse a los fines del Toledismo, y tal vez actualmente al Humalismo, es sólo un eco perdido que siempre sirve a intereses más pragmáticos. Si la juventud se libera, libera a la izquierda de sí misma, esa es la premisa.

No obstante, haberme desviado y extraviado en elucubraciones tan apasionantes más arriba, quisiera sostener que la experiencia del movimiento estudiantil de los años finales de la dictadura tuvo una singular expresión en la Toma del 2000 en Ciencias sociales, ´pues a pesar de que fue una expresión teatral bien montada eran necesario hacerla por tres motivos de distinta magnitud entre sí:
1. A pesar de que para algunos atentos observadores la facultad estuvo cogobernada por estos dos grupos de profesores (unos en el pregrado con el decano Medina a la cabeza, y otros en el postgrado con los profesores más ilustres alrededor del PUM) se quiso presentar por sus operadores de que rivalizaban a muerte, ¡incluso de modo doctrinario!, cuando en realidad toda la vida a pesar de ciertas disquisiciones teoréticas siempre se han puesto de acuerdo pues siempre han temido la llegada de una nueva relación de poder que les arrebate su medio de vida. Como expresión final de esta rivalidad para que nadie sospechara de que estaba conversada la transición, y así darle legitimidad política y presuntamente democrática al cambio de poder. El grupo saliente que es de los que inconscientemente nunca se han actualizado de modo teórico sabía que iba ser removida pero alguna otra oportunidad tuvieron, como sucedería luego, y el grupo que ingresó, del PUM, consiguió el control íntegro de la facultad aprovechando la relación de poder que habían ganado sus intelectuales más visibles alrededor del antagonismo político que venían ofreciendo desde algunas ONGs (Organizaciones no gubernamentales) importantes al Fujimorismo. Era un salto cualitativo necesario en su nueva condición, una ecuación que nunca eliminó a los sectores más cavernícolas intelectualmente pero que era necesario para hacerse del poder de ciertas facultades y ulteriormente del rectorado en el año 2001.

2. Una segunda condición por la cual era necesaria la toma de la facultad era que para que el Toledismo era urgente contar con focos de resistencia en la universidad más emblemática del país; es decir, estallidos de libertad que desbarataran posiblemente en cadena a Fujimori en relación al contexto externo. Aunque no me consta, según conversaciones se que hubo más de una reunión fuera de la universidad con personalidades del Toledismo, que en ese entonces polarizaba al país con el asunto de las fraudulentas elecciones, y posteriormente con la organización de la marcha de los cuatros suyos, y que absorbió en sus filas a las coordinadoras universitarias y agrupaciones juveniles, que la terquedad del régimen a caer despertó en la juventud. La toma de la facultad fue incluso permitida por autoridades cercanas al Fujimorismo, ya que una esperable restablecimiento del Fujimorismo hubiera presentado la represión a los universitarios como actos de presunta subversión o terrorismo.

La suerte para los estudiantes es que el Fujimorismo cayó y su régimen se desmoronó con la publicitación de los vladivideos y la posterior renuncia de Fujimori. Ya con esa puerta abierta era necesaria la facultad, y el gobierno de la universidad, a través luego de la expugnación de los colegios profesionales capturados por el Fujimorismo, para controlar clientelarmente el reclutamiento de cuadros profesionales para el gobierno posterior del Alejandro Toledo. Aunque estas son hipótesis que surgen de un análisis macro, no se puede negar que muchos líderes juveniles le dieron mucha algarabía a los cambios que se esperaban, y que sólo gente muy observadora y con cierta información pudo deducir el real rol que cumplió esta toma del 2000 para la clase política y sus contradicciones.

3. Una tercera necesidad interna que cumplió esta toma es que era el evento perfecto para la exhibición de favores políticos y de operadores astutos que se infiltraron en las bases para granjearse ventajas personales. Aunque muchos de ellos fueron expectorados por su cercanía y colaboración con los profujimoristas de la universidad, varios de ellos los más carismáticos, los que aparecieron de improviso en las comisiones, obtuvieron el control político y la dirección de este movimiento, que nació, como dije de algunos elementos de buenas intenciones en las bases, pero que no fue coaccionado por la represión sino con el desgaste de la politiquería y el entrampamiento de las asambleas que se prostituyeron, donde se vivieron los límites históricos de la juventud universitaria y la penetración de mercenarios que siempre la han desarticulado.

Aunque el trabajo social de esta toma sufrió el desgaste de la discusión y la manipulación privatizadora no se puede negar que en cierto momento esta generación a nivel de bases, y con problemáticas más o menos similares por escuelas (seis escuelas profesionales: historia, antropología, sociología, geografía, arqueología y trabajo social) pusieron en jaque, y desnudaron, por errores infantiles de algunos operadores arrogantes los verdaderos intereses que secuestraron la toma, desconfiando de estos arreglos y poniendo límites a la participación de los profesores, incluso de aquellos que se presentaban como la alternativa democrática. Recuerdo que muchas veces muchos de ellos iracundos que intentaban mediar no se les permitía el pase a la facultad. No se si fue un error llegar a esto, pero la verdad es que los límites de nuestro miedo y la idea que recorría las discusiones de un cierto ánimo de amicalidad, alegría y emancipación, de autonomía al fin y al cabo, nos mostraron el hecho de que estábamos solos a pesar de las marchas que se organizaron hacia a fuera en la avenida universitaria y en la avenida Venezuela, de la mediación de ciertos líderes políticos que se apersonaron, la llegada de un fiscal y de la defensoría que otorgaron garantías al evento.

No deseo desfigurar lo que también viví pero esta cierta desconfianza se desvanecería cuando se llevó a cabo el debate de profesores al interior de una concurrida asamblea, y los profesores del PUM (César Germaná, Nicolás Lynch, y el fallecido Carlos Iván Degregori) debatieron con el fallecido profesor de la escuela de historia, Carlos Lazo, dejando en claro las posiciones en juego. La verdad es que el mal cálculo de ciertos profesores o la aventura solitaria de un docente como Carlos Lazo, sindicado supuestamente de senderista, dado que el se esmeraba en confesarlo en sus clases, con ribetes de una gran euforia filosófica, demostró el error político de los profesores salientes, pues los estudiantes a fines al PUM lo tacharon de senderista, entre ellos personalidades del Colectivo Amauta, cargos que desnudaron la poca sensatez de ese tiempo y la habilidad política de los otros tres profesores para ganarse a la asamblea. Ahí me di cuenta que la figura de lograr cierta autonomía frente a la generación de los 70s se esfumó cuando maliciosamente se difundió que los mil ojos del partido rondaban en nuestras multitudes. Aunque Sendero luminoso no se hallaba presente, pues los “acuerdistas” – los que firmaron el pacto de paz con el ejército- a los que nunca llegue a conocer estaban esperando la democracia para salir al escenario político, mucha gente uso este argumento para estigmatizar a los surgientes opositores al poder del PUM, que sólo querían la autonomía del estudiantado y que se cumplieran los acuerdos que en esa asamblea los docentes mencionados del PUM, cogieron con beneplácito, y por lo tanto, no merecían los cargos criminalizadores de subversivos o algo parecido.

Como saben, debería hacerse una novel de estos hechos, pues este período de la universidad sacó a relucir las bondades y miserias de muchos amigos. No sólo la ideología y la política mostraban un rostro poético, comunitario y juvenil, sino que en este espacio político como fue la facultad de ciencias sociales se puede conjeturar que vivimos en poco tiempo la creación de una nueva espiritualidad democrática negada y aplastada por los olvidos y pesadillas que significa ser un joven o una joven de izquierda en el Perú.
Pero como narro de modo general, con los límites de mis memorias y tal vez de mi posición política, es necesario saber como surgió esto. Sólo recuerdo que en los antecedentes a esta historia la facultad vivía despolitizada y sólo se sabía del accionar aislado del Colectivo Amauta y del FER, y de ciertos operadores políticos a fines al rector fujimorista. Los militares que custodiaban la universidad se habían retirado el año 98 y la comisión interventora la tenían fácil pues el individualismo de las juventudes de los años 90s y el golpe que había sufrido el movimiento estudiantil con la represión a la infausta violencia política, pintaron un joven secuestrado por la desorientación y la apatía. La cosa ciertamente cambiaría cuando tímidamente se buscó recuperar el control de los gremios, es decir, los locales de los centros de estudiantes, a través de las elecciones en cada escuela y lentamente se iba planteando la necesidad de reactivar el centro federado. El decano temeroso de que se quebrara su poder cerró el acceso a los locales de los centros de estudiantes, preparando el camino para la lenta politización de la facultad, aunque todavía la efervescencia de los reclamos estudiantiles en el nivel macro de la política no oxigenaba sus entrañas. Se le prendió más fuego a la pradera cuando se produce insólitamente la primera toma de universitarios en la Universidad Nacional Federico Villareal en su local de la Avenida Colmena, toma que fue observada por ciertos líderes y simpatizantes.
Aunque no se a ciencia cierta como surgió esta idea se que nació al interior de un grupo minúsculo de activistas aislados que discutió y pensó la posibilidad de organizar algo grande, idea que ganó adeptos y que fue informada a los delegados de las bases buscando el consentimiento de estas, y así cierta protección en base a la publicidad. Por lo tanto, esta información que no supo ser mantenida en reserva alertó al decano y lo libró de la ignominia pública. Recuerdo que a pesar de no haberse hecho público el respaldo a los operadores de la toma del 2000 por obra del FER, ¡vaya sorpresa! Del Colectivo Amauta, el grupo que se autotitulaba como alternativa democrática, este se ejecutó en viernes último de Octubre del año 2000, en medio de la zozobra, de los cálculos políticos y de emociones encontradas en una multitud que presenció todo como si fuera un lindo espectáculo.
Recuerdo que varios líderes importantes estaban rondando por ahí dubitativos y nadie absolutamente nadie anunciaba el inicio de las hostilidades. Fue un grupo de organizadores los que trajeron las bolsas de basura pintadas con el rostro de Fujimori y Montesinos, y subieron al segundo piso en medio de la multitud que se agolpaba, empezando la convocatoria a la asamblea general, y el descenso por la rampa de la facultad al decanato cuyas oficinas lucían cerradas. Recuerdo que alguien rompió los vidrios de unas de las ventanas y metió la basura provenientes de estas simbólicas bolsas por el agujero aperturado, iniciándose luego de este hecho el bloqueo de las entradas y salidas principales con carpetas de las aulas, en cuyo trabajo participaron varios estudiantes de base, sobre todo de la escuela de historia. En ese mismo momento algunos miembros de las últimas bases de sociología y de antropología, pertenecientes al FER, rompieron el candado de la puerta de ingreso a la azotea y la tomaron durante la toda la toma, por orden del Foro democrático de ese entonces, para darle un matiz militarista al acontecimiento. Asegurado el terreno se procedió a la realización de la asamblea general, y a la organización de las discusiones por base, sistema que neutralizó el negocio de los operadores políticos, y que democratizó la insurgencia de nuevas figuras que poco a poco de un matiz de mero apoyo y seguridad interna cobraron cierto protagonismo, colisionando con los intereses particulares y las manipulaciones políticas de que era objeto la asamblea.
En la primera noche en medio de la curiosidad general se quedaron alrededor de 150 personas, y recuerdo que ante el peligro que significaba el Fujimorismo aún, se discutió ridículamente la necesidad de una estrategia de evacuación, y de arrojar carpetas desde la azotea en caso fuéramos reprimidos por una intervención policial, pero tal cosa no sucedió. Es de mencionar que a varios amigos la asamblea se les encomendó subir piedras a la azotea en caso nos desalojara con represión la policía, en medio de un clima de aprovechadores que usaban los espacios de la toma para beber a sus anchas y fumarse un porrito de paso. Ahí donde había cierta esperanza había estupidez y como no reconocerlo cierta inmadurez. Recuerdo que el representante de los estudiantes de Geografía se apersono con una delegación a la facultad y al medir de qué trataba la cosa en realidad se retiró protegiendo a su escuela.
Sólo recuerdo por respeto a esta época que los debates se entramparon en temas trillados, en infantilismos y ambigüedades, que fueron bajándole las revoluciones al asambleísmo imperante siendo capturada el control de las decisiones por grupos y sectas que capitalizaron en provecho suyo las ventajas ganadas por la toma, culminando esta en un espectáculo festivo bochornoso y lamentable. Ya que aparentemente el respeto a lo acuerdos se había ganado de boca de los profesores ingresantes se procedió a levantar la toma y a reanudarse el dictado de las clases, interrumpidas por la toma, y se prosiguieron las escaramuzas en las reuniones del consejo de facultad transitorio en verano del 2001, a cuya cabeza la presidía el profesor César Germaná.
La aparente calma lograda con los acuerdos originales que buscaban medidas muy generales para restaurar la calidad académica y organizativa de la mellada facultad, se fue erosionando cuando el decano transitorio y ciertos profesores cercanos fueron negando la ejecución de los compromisos pactados, cayéndose las sesiones en enfrentamientos y discusiones sin punto de convergencia con los representantes estudiantiles, procediéndose al retiro de la escuela de Historia, y posteriormente a que los representantes de las demás escuelas sorpresivamente apoyaran al decano, luego de estar en desacuerdo originalmente con su política que desarticuló todo lo ganado por el movimiento estudiantil. Aunque este hecho no concitó la reprobación pública al iniciar el año académico 2001, pues muchos estudiantes ya se habían acomodado, se alzaron sin embargo, voces de protesta en varias bases de Historia, Arqueología, Trabajo social principalmente, vacíos de disconformidad aislados que accidentalmente le darían una forma política a este descontento iniciando la conformación de listas para las elecciones democráticas por el tercio de la facultad.
Muchas de esas figuras recientes unos más directos que otros apoyaron a la lista de Reivindicación Estudiantil, configurándose las otras opciones políticas alrededor de “Construir” lista del Colectivo Amauta, la lista de JP, y los grupos cercanos al FER que no alcanzaron a formar una lista. Aunque eran sólo algunos integrantes los que idearon la campaña de reivindicación y sus propuesta de gobierno pronto el aura ganado por defender los intereses de la juventud en la toma del año anterior le fueron proporcionando al pequeño movimiento de colaboradores y simpatizantes que iban expresando su apoyo a la lista, aunque ciertamente muchos de ellos calculaban en ambos frentes. Una noche se hizo una de las reuniones generales de la lista, y recuerdo la sorpresa de las otras agrupaciones al ver un grupo nutrido de aliados de varias escuelas que acompañaban a los principales dirigentes; hasta entonces en teoría la lista del Colectivo era la que sin esfuerzo debía ganar esas elecciones.
Al salir el FER debilitado y JP (Juventud Popular) organizó una lista a parte sin mayor protagonismo, el Colectivo Amauta aparecía como la principal fuerza política que debía darle en teoría los votos necesarios al decano transitorio para ser decano oficialmente. Los errores políticos del Colectivo Amauta al poner al frente de la campaña a elementos alternos de sociología, antropología y arqueología, y no a sus principales voceros, que no supieron aumentar su caudal político, debido a severos malentendidos con Geografía (escuela que hasta ese momento se había mantenido al margen, que poseía no obstante, cohesión interna y una buena cantidad de fuerza electoral) y por dicho sea de paso por la soberbia y confrontación en la que incurrieron al creerse ganadores con ventaja de las elecciones de Mayo del 2001, es lo que involucionó su opción política y dejó mal parado a la lista “Construir” su lavado de cara ante los alumnos ingresantes –“cachimbos”- y público que insurgía. El lento trabajo proselitista de bases de Reivindicación en Historia, trabajo social, geografía y en las bases ingresantes unido al aura político que venía ganando al ponerse curiosamente como una opción fuerte más allá del FER y del Colectivo Amauta, le dieron los carteles lentamente de opción ganable, posibilidad que sin mayor ayuda de propaganda, pero si de denuncia generacional calarían en el estudiantado.
Aunque la estrategia razonable fue ganar adeptos y edificar en base a la sinceridad y la propuesta por cada realidad de las escuelas, un tercer elemento que le daría fuerza al movimiento, cuando discretamente las opciones del FER que no hallaban lista fueron expresando su aprecio por la opción de Reivindicación, legitimidad que alcanzaría a JP – sin mayor opción y que buscaron una alianza con Reivindicación- y que se dejaría notar en el debate de listas cuando los errores gruesos de los exponentes de “Construir”, más la pequeña ayudota de un miembro del FER – lista que no debió estar presente pues no alcanzó inscripción- que se dedicó a bombardear al Colectivo Amauta, desnudarían ante un público nutrido los severos errores políticos en que había caído el Colectivo Amauta y operadores a fines al “quemarse” literalmente en la Toma del 2000. Un cuarto elemento que no debo dejar escapar, es que se quiso criminalizar a la lista de prosenderista, sobre todo a uno de sus miembros, ingresando en el último tramo de la campaña en dimes y diretes en contra de Reivindicación que ayudaron a victimizar a esta agrupación, y que fueron debilitando la opción de “Construir”, perdiendo el debate de listas. Los miembros de Reivindicación Estudiantil no habían hasta entonces, serio error político, deslindado de las crecientes acusaciones que lo vinculaban como la verdadera lista del FER, o tal vez del senderismo. Pero ello no era necesario hasta entonces porque esta ala extremista de la política universitaria no estaba operativa o constaba de muy poco arraigo en el movimiento estudiantil. Es de recodar que la reactivación de movimiento de estudiantes de los 90s hasta el año 2000 era un espacio político que negaba cerradamente al senderismo y que se movía sobre la base de los valores democráticos; el senderismo estaba esperando volverse operativo con el retorno a la democracia como finalmente sucedió, por lo que su apelación en las rivalidades políticas de aquel año 2001 era una flagrante cacería de brujas.
Hay un hecho que debo narrar por ser muy simbólico y porque sintetiza la modestia frente a la arrogancia de esa época. Mientras que “Construir” hacia gala de su propaganda hasta en el piso y en los servicios higiénicos, y de su “amiguismo” festivo, durante toda la campaña los miembros de Reivindicación no contaban mas que con sus ingresos personales para financiar sus actividades políticas. Como se necesitaba afiches y una banderola grande que mencionara el nombre de la agrupación y su número de lista se les ocurrió la modesta idea de llevar a cabo una popular “tamalada” días previos a las elecciones generales, en la entrada de la facultad. Aunque el hecho sencillo recibió las burlas aristocráticas de ciertos estetas de “Construir” como algo “pacharaco” y sumamente humilde – pues hasta uno de ellos se acercó a departir burlonamente con sus antiguos camaradas- fue su pública soberbia al estar conversando con alumnos de intercambio extranjeros sentados en el jardín del ingreso como si fueran ciudadanos griegos, lo que le granjeo a Reivindicación de un signo de cambio y de real democratización moral. Es de recodar este hecho pues hasta hoy ciertos camaradas – como hoy “los chavistas”- siguen estando presos cínicamente de las estilizaciones estéticas y de la bohemia dandy de nuestras elites, aunque dicen abogar por la democratización de la belleza o por los productos de la cultura popular. Basta recodar este serio abismo que se vivió en las redes sociales por el caso de la Parada, donde gente cercana a los valores de la izquierda usó despectivamente a son de la vanguardia obrera ilustrada, las ideas de escoria, basura social, o lúmpenes.
Para sorpresa de muchos el día de las elecciones hubo una concurrida votación por parte del alumnado. Aunque la vuelta a la democracia interna era un hecho para ser tomado en cuenta, la fuerte politización que se vivía hizo que se conservara en las preferencias del votante una ligera desconfianza hacia la ruta política aperturada. Recuerdo que las ánforas y el material electoral demoraban en llegar, y que ciertos simpatizantes opositores a Reivindicación arrojaron propaganda desde el tercer piso, vinculando a la lista con el postulante a decano el profesor Waldemar Espinoza. Reivindicación no poseía personeros habilitados, por lo que su personero general tuvo que hacer muchos esfuerzos para reunir colaboradores en las mesas, pues rondaba la idea de un cierto fraude o sabotaje. Al llegar al final de la votación en las postrimerías de la noche la lista de Reivindicación estudiantil gano sin problemas en todas las mesas, seguido del voto nulo o viciado, y como tercera opción “Construir” más alejado de todo intento de victoria. Se debe decir que el número respetable de nulo y viciado expresó la desconfianza de mucha gente hacia la política universitaria, pues la guerra de dimes y diretes había calado en ciertos observadores y opinión pública interna. Una multitud de simpatizantes al saberse los resultados celebró en los pasillos, y bajando raudos por la rampa se gritaba ¡Vivas! a Reivindicación ante la atenta mirada del Colectivo Amauta, que había sido derrotado poniendo en peligro los votos que necesitaba el posterior decano el profesor Germaná.
Luego de acaecidas las celebraciones en cierto local de Jesús María, al día siguiente se produjo un hecho simbólico. Uno de los más ilustres dirigentes del Colectivo Amauta, quien no había participado en todo el desarrollo de los hechos narrados, pero que si activaba en los escenarios macro en contra de Fujimori, en veladas y lavado de la bandera, proclamó públicamente en los pasillos del segundo piso su rechazo al resultado electoral, sindicando que había ganado Sendero luminoso, tachando a Reivindicación Estudiantil de títeres de las tendencias más oscuras de la política sanmarquina. De improviso recibió la refutación de uno de sus líderes de Reivindicación quien se hallaba presente en la proclama rechazando las injurias, sacando los trapitos al sol uno a uno de los que se atrevían hacerle frente, poniendo en claro todas las manipulaciones de que fue objeto el estudiantado desde que se produjo la toma del 2000.
A ese hecho contraproducente se agregaría una ¡jugadaza! de la gente del PUM – ya que Colectivo Amauta estaba neutralizado- el día que se celebró el referéndum público estudiantil para elegir quién sería decano de la facultad. Sabiendo que el resultado de tal referéndum prometido en el debate de listas, por idea de JP (Juventud Popular) a la cual se sumó Reivindicación Estudiantil podía inclinarse hacia uno de los dos candidatos se procedió a que el resultado expresara en los votos del Tercio ganador la proporcionalidad recogida en porcentajes de la votación acaecida. Es decir, un porcentaje para Germaná y otro para Waldemar y no el resultado íntegro para el ganador como es la técnica habitual de todo referéndum.
Días antes del referéndum, en el debate de postulantes a decanos entre Waldemar Espinoza, secundado por el profesor Jaime Ríos Burga, y entre el profesor César Germaná, secundado por finado Carlos Iván Degregori se evidencio los errores políticos de Waldemar Espinoza – al decir que no confiaba en la juventud pues según él era inmadura- y la administración de los sentimientos de los miembros del PUM que capitalizó al final las ganancias del debate. En este debate ya elegido el tercio anteriormente se acuso a Reivindicación Estudiantil de haber recibido dinero por parte de Waldemar Espinoza, a una de los miembros de la lista se le planteo esta celada, vinculando a esta agrupación con los profesores de la administración saliente por consiguiente, y aunque se quiso rechazar los cargos por sus miembros ya el daño estaba hecho.
Aunque se hizo todo para negar los movimientos de esta ¡jugadaza! de que el porcentaje de votación de cada alternativa a decano alcanzado tuviera su expresión proporcional en los votos del tercio estudiantil para el decano fue difícil retractarse al tercio sin deslegitimarse. En la noche anterior supuestos delegados de base le hicieron saber al tercio de la legitimidad de esta fórmula, y que este debía hacer caso a lo que las bases exigían, y aunque no se aceptó absolutamente esta propuesta tampoco se la negó. No obstante, saberse que el proceso de referéndum estaba amañado y dirigido por los representantes del Colectivo Amauta presentes como los ejecutores de las mesas de votación que se instalaron en el primer patio de la facultad, haciéndole propaganda al decano Germaná en la emisión a voto, incluso por uno de los consejeros del tercio minoría, y poniendo una supuesta observadora de la ONPE (Oficina Nacional de Procesos electorales) con su ¡chalequito! de esta institución, ya las cartas estaban jugadas.
Algunos miembros paralelos de Reivindicación que no sabían nada de este golpe político intentaron desdecir al tercio de que apoyara esta fórmula que los perjudicaba y que debían regresar a la propuesta original de que el ganador del referéndum se llevara los seis votos del tercio mayoría. En especial el tercio no demostraba preferencias para cualquiera de los decanos postulantes, ya que su inserción intempestiva en la política de la facultad por cuestionar la estructura de poder de la facultad y defender a raja tabla lo intereses del estudiantado, lo había a llevado a practicar todo lo que los colectivos juveniles de aquel entonces pregonaban, pero que no llevaron a la practica, por intereses de facción que eran desde siempre una enorme prioridad empresarial de su sector. La idea era legitimarse ante las bases aceptando como expresión política lo que arrojara el referéndum, ni más ni menos, pero cerrarse con esa fórmula escondía una locura de enormes proporciones. La jugadaza era que se buscaba esta representación porcentual en los votos del tercio porque el PUM sólo necesitaba tres votos para ganar y Waldemar necesitaba el grueso de la votación. El tercio iba a respetar lo que votara el referéndum, no tenía preferencia al respecto, pero días antes de las elecciones estudiantiles la lista cercana al profesor Germaná había barrido en Nombrados y Asociados, y la lista cercana al profesor Waldemar Espinoza sólo había ganado en auxiliares se había delineado la votación posterior que necesitaba cierta posición del tercio; digamos que la votación del decano recaía en sus manos.
Este último arrinconado por sus propias contradicciones e inexperiencia quiso regresar a la propuesta original del debate de listas, pero ya era tarde pues esta acción desencadenó una lucha tribal de las facciones radicales y los leales al Colectivo Amauta en los pasillos, trifulcas que se agravaron cuando uno de los miembros de Reivindicación capturó el ánfora de Historia y deslegitimó de corrupta la celebración del referéndum amañado. Y cuando el tercio para arreglarla y darle un canal nuevamente de consulta a su votación intentó hacer recaer la decisión en el voto unitario por cada base, idea que no era mala, pero ya la lucha de facciones de Sociología contra Historia reclamaba una decisión más determinante. Cuando el resultado alcanzado en el auditorio Raúl Porras Barrenechea en la reunión de delegados de base le otorgo tal votación al posterior decano César Germaná, enervó a la gente de Historia que literalmente secuestró al tercio en una de las aulas de Historia para reclamar que éste votara por el resultado final de mayoría original del referéndum, es decir, por el profesor Waldemar Espinoza que ellos pensaban ganaba de todas maneras en el referéndum. La gente del colectivo Amauta y a fines se hallaba en la puerta de esta aula insultándose con estudiantes de historia, hostilidades que culminaron en una batalla campal hacia los corredores y la rampa, insultando a los consejeros el tercio. Ya el tercio había decidido lo que la reunión de delegados había recogido de las bases. Días después fue elegido como flamante decano el Dr. César Germaná Cavero, mientras que en una de las bases de historia se reunían estudiantes y simpatizantes que habían perdido en contra de la gente del PUM. Estas fuerzas derrotadas no se habían enfrentado en favor de una de las partes de los profesores, sino que estaban en contra de toda la estructura de poder – en cuya cúspide se hallan los profesores- que había perjudicado a la universidad y que había entregado nuestra formación a la mediocridad y a la violencia.
Ya en este escenario que se abrió el tercio severamente neutralizado por su propia inexperiencia y por la audacia del PUM y sus operadores, tendría que enfrentar los vapuleos del radicalismo que ingresó con fuerza con la vuelta de las condiciones democráticas, y al que forzosamente se quiso vincular. El desaceleramiento político del Colectivo Amauta cuya imagen tuvo que ser lavada la cara con el nacimiento de “Raíz” no representaban mayor rivalidad, pues habían ganado para el PUM y para sí mismos el control de la facultad, y de todo un sentido común hegemónico de una forma de hacer política en las juventudes que impuso. Se puede decir que la desconexión de las juventudes con las luchas subalternas y populares, y su sólo encasillamiento en las luchas socioculturales y de reconocimiento de las diferencias tienen su origen en este tiempo. Mientras el otro horizonte que alcanzó su cúspide en este período (2000-2001) de modo político e intelectual, se iría acercando a posiciones cada vez más radicales y calificadas de antidemocráticas por lo valores de la izquierda liberal que ganaría el poder legítimo de un estilo de hacer política que sólo pregona pero no asume. La estigmatización calaría sobre estos saberes disidentes alcanzando a sus esquemas interpretativos de construir conocimiento, seriamente prohibidos y clicheteados, por una forma de razonar el socius severamente diletante y apolítica en el fondo que sólo busca la figuración y las ventajas personales con la proclama de toda pseudoradicalidad. La liberalización al final de toda idea socialista llevaría al cálculo sin injerencia real, al pragmatismo por encima de la reforma concreta, a la irresponsabilidad de ver la gestión pública como una danza de equilibristas y de retóricos astutos. Al final una empresa de poder, como un estilo de hacer política que frena toda revolución social.
Desaparecida toda posibilidad de una ruptura generacional con el patriarcado político que nos rodea se irían sucediendo a los largo de los años enfrentamientos entre versiones extremas de la izquierda y legiones cada vez más escasas de la izquierda liberal – en esta época ganaron la facultad para el Toledismo y se retiraron en pocos años a otros escenarios del poder- permitiéndose el regreso de opciones autoritarias y de la manipulación consentida de varios operadores políticos, cuando la izquierda cercana a la ortodoxia en los profesores y opciones que coquetean con Sendero Luminoso recapturarían la facultad. Es lícito mencionar – aunque sólo tengo informaciones aisladas- que a mediados del año 2012 se produjo una elocuente toma de la facultad, que planteo dura pelea a la mala calidad académica de la facultad y a la ausencia de elecciones para el decano, que hizo surgir ciertas señales de una seria crítica al pasado autoritario de Sendero Luminoso, y a la falta de una necesaria Reforma Universitaria que salvara de la degradación académica y organizativa a la facultad.
Según se fue un grito de protesta limitado por las propias contradicciones del movimiento estudiantil y por los usos oscuros que trajo consigo, (como la aprobación del reglamento de procesos disciplinarios en contra de las actividades políticas de los estudiantes que inmuniza a los malos profesores que son la mayoría). Creo por último que toda la energía histórica de los colectivos esta mal enfocada y el día que le den un carácter de rivalidad generacional se podrá reconstruir la universidad y con ella al movimiento estudiantil, y porque no nacerá un nuevo espíritu. Aún el odio y el desquite sádico son móviles que alimentan la organización de las fuerzas oscuras, un criticismo y moralismo violentista alrededor del senderismo, hoy MOVADEF que da cohesión sobre la base de la agresión y la practica purista de una fórmula obsoleta y autoritaria como es la idea de una sociedad comunista que sólo busca que arda el mundo porque no se tiene lugar en él. Y en el otro extremo una vida que alimenta la aventura narcisista y la entrega rebelde sobre la base de la retórica esteticista y pseudodemocrática, que mueve el corazón al enfado sobre lo que se hace en realidad con estas figuraciones. Sobre estas dos figuras históricas se ha movido el ser de izquierda, irreductibles entre sí desde todo punto de vista, la idea es cuestionar la metafísica que los envuelve, pero ello es obra de un espíritu que se atreva a verse como generación así misma y que vea el Perú en fin de otro modo….

Conclusiones:
1. Como lecciones aprendidas todo este proceso que describo y teorizo sostengo como primera conclusión que el modo cómo se tejieron las correlaciones de fuerza alrededor de la toma del 2000 consiguieron frenar las motivaciones reformistas del movimiento estudiantil de aquel entonces. El poder que retomó la gobernabilidad de aquel entonces mejoró la calidad académica y las condiciones infraestructurales de la facultad (la inauguración de la Biblioteca es prueba de ello) pero el costo fue debilitar las banderas sociales y de recambio generacional del movimiento estudiantil, motivos que van más allá de la Reforma Universitaria sino que buscan la expresión de los valores que los envuelve y que tienen su impacto en la búsqueda de un nuevo Estado y de país. La prostitución de la toma coaccionó el movimiento estudiantil procediéndose a su fragmentación y habitual subordinación al patriarcado.
2. Una segunda conclusión es que una forma de organizarse y de pensarse como juventudes socialistas y socioculturales, a nivel político e intersubjetivo cobró hegemonía a partir de ahí, una visión de mundo que preparo la mesocratización de la cultura política de los colectivos, y por lo tanto, una psicología que aún cercana a la rebeldía y la disidencia en el discurso no es capaz hasta ahora de romper la forma tan autoritaria y patriarcal, “amiguista” y exhibicionista, de cómo es construida la representación en las vanguardias de izquierda, La otra visión hoy señalada de radical o subalterna que posee algunas curiosidades intelectuales en ese sentido, quedo malamente estigmatizada de prosenderista, como una etiqueta que garantiza que una visión sintetizadora y reinterpretadora nueva desde abajo no pueda aparecer.
3. Una segunda consecuencia que se tejió desde esta toma del 2000, fue no haber descompuesto la tendencia hoy en día hegemónica al prevalecimiento de una epistemología de derecha, malamente etiquetada de postmoderna que ha despolitizado al estudiante y le ha construido una psicología de investigación y de gerenciamiento profesional que calcula y no enfrenta los serios pasivos estructurales de nuestra formación social. Esta psicología ha alejado a la conciencia estudiantil de visiones holísticas y de toda operatividad de un pensamiento y atmósfera proselitista que se ha quedado en clises y etiquetas irresponsables.
4. Creo que al final de esta historia veo con cierta inquietud que la revivificación de los colectivos y activismos juveniles, como laboratorios de subjetividad y de experiencia democrática están relativamente renovando el hecho político en las viejas estructuras organizativas y partidarias. Pronto estas luchas latentes desde la estética a la teoría, desde la animación sociocultural a las luchas trasversales de la Amazonía y la sierra estarán poco a poco tomando conciencia que para que una nueva izquierda con propuesta y sentido moralizador del hombre nuevo surja, se urge que los antiguos valores caigan y que toda aquella estructura de poder descarriada en las universidades, en los barrios y en las comunidades rurales, en los partidos y sindicatos quede totalmente extinguida y alterada. Ese nuevo espíritu debe materializarse en la discusión y en la lucha social….

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Actitud y condición: Acerca de la noción de capital humano

by on Jul.23, 2012, under Sin categoría

Ronald Jesús Torres Bringas.

Es difícil dar una definición socioestructural de un comportamiento que por regla general no corresponde sino a una desvinculación extrema de los marcos sociales donde contradictoriamente se gesta. Arbitrariamente se coloca como extrasocial y como conocimiento productor de los lazos sociales algo que tiene su origen irrecusable al interior de contextos de significación, que determinan la capacidad de reacción del agente particular para completar su individuación y realización. El accidente que resulta de encontrarse a medio camino entre la madurez social y la libertad negativa hace que la existencia sea un período percibido como un eterno proceso transitivo e inconcluso que sólo es forzado a abandonarse si es que la conciencia se toma en serio el relato de la autodeterminación individual. A medida que la enorme ampliación extática de la imaginación individual por obra de las tecnologías de la información abre un mundo enteramente producido y conducido por aquellos que maximizan su potencialidad individual, la realidad objetiva empieza a ser fabricada por organismos que impregnan la tecnificación óptima de un carácter vital, redefiniendo y convulsionando de un modo creativo las condiciones estandarizadas y rutinizadas del ambiente social.

Si bien es cierto que la cualidad y valentía para ser verdaderos individuos reposa en aquellos seres biográficos que se autoconciben regularmente, creemos que esta sabiduría práctica sigue estando condicionada por aquellas sociedades en donde el desarrollo y agotamiento de su base ontológica ha dado paso a un incremento de la madurez individualizadora; realidad contraria a la de las sociedades periféricas en donde la interrupción abrupta de los procesos de modernización estructural ha representado un retorno a los simbolismos tradicionales, como una estrategia de evasión psicoafectiva que bloquea de modo parcial la asimilación oportuna del esquema individualista. A diferencia de las sociedades postindustriales, en donde la racionalización hace compatible la ideología del consumo con la capacidad de competencia, sin que se produzca una descomposición del proceso de secularización, en las sociedades periféricas el consumismo cultural corroe todo ethos secularizador, porque este discurso conformista desactiva la fuerza domesticadora de la sociedad civil, construyéndose una individualización que amortigua el narcisismo particularista con el reconocimiento de relatos arcaicos que inmovilizan la experiencia individual

Al saber que los contextos de significación social donde se genera la individuación periférica contribuyen estructuralmente a la formación de una conciencia desadaptada para hacer frente por si sola a los macroprocesos de abstracción social, el origen de todos los acondicionamientos particulares que se generan descansan en la habilidad innata y en el azar sociopsicológico con que cuente la subjetividad para superar los atolladeros ideológicos que le impone una cultura interna irreversiblemente mediocre. La plasticidad psicológica para esquivar racionalmente los obstáculos reticulares de una realidad donde el tejido social que la sostiene impide la evolución de tal fortaleza, termina por ser una consecuencia accidental, en un espacio donde la inexistencia de compensaciones morales convierte los contactos cotidianos en una real microfísica del poder. Nadie ejercita las destrezas del sometimiento solamente para alcanzar ubicaciones de ventaja económica, además de ello existe en el poder simbólico un deseo irrefrenable por constituir identidad a costa de la inhabilidad que evidencian singularidades inmaduras para apropiarse de certeras dosis de seguridad cognoscitiva. A medida que el apropiado despliegue de la individualidad implica el atrofiamiento del desarrollo de la totalidad se le despoja a la conciencia de la suficiente resistencia psicológica para domesticar a las fuerzas orgánicas del mercado, porque aunque se logre cierta autodefensa individual esta preservación personal que se pueda conseguir no es sino producto del deterioro permanente de los vínculos solidarios y recíprocos que hacen posible la supervivencia de la singularidad. Al corromperse los marcos sociales donde se conforma la psicología del organismo particular se provoca inevitablemente un desamparo objetivo de la personalidad, obligada a fracturarse ontológicamente y a irse desdibujando racionalmente en su aventura por lograr el predominio de sus reservorios culturales específicos. La conservación a ultranza de sus repertorios autoculturales, aún conociéndose a ciencia cierta que tal conservación resulta perjudicial para la salud biográfica del individuo, provoca un enceguecimiento patológico de la trayectoria psicofísica, y a la larga una legitimación colectiva de los nudos ideológicos donde se descomponen y fracasan la fuerza de las proyecciones y ensoñaciones colectivas.

La conciencia siempre visualizará que el desenvolvimiento social del individuo depende de la capacidad de embaucamiento y de flexibilidad delincuencial que desarrolle la particularidad para mantener posiciones ventajosas en la compleja estratificación social, por consiguiente, la búsqueda de la felicidad y éxito biográfico que recurra a canales institucionales será obstruida y obligada a adquirir hábitos de enmascaramiento para preservar posiciones ganadas, condenadas a la inestabilidad. No quisiera parecer escéptico y negativo con el diagnóstico de nuestra individualidad periférica, pero estoy obligado por una cuestión de honradez intelectual a diferenciarla del modelo más exitoso de las sociedades hegemónicas, donde el proceso de personalización se expresa sin ataduras socio estructurales, desligado , por lo tanto, de su compromiso objetivo con la totalidad evaporada, pero por lo cual –paradójicamente- alcanza la categoría de reproducción sistémica y fundamento recreador de la civilización. Al contrario sucede en esta parte marginal del anarquizado sistema mundial, donde el desarrollo tecnocrático de la particularidad se corresponde con un estado de guerra permanente que debilita las relaciones sociales y hace colapsar los marcos semióticos donde se apoya inicialmente la construcción de la individualidad. Aquí el éxito de uno implica el aplastamiento de la otredad y de toda la reserva moral que hace posible la constitución de la totalidad biográfica de los que toman la posta histórica. La personalidad no interioriza los códigos morales que los sistemas de protección solidaria le inculcan con la misma rapidez con que se nutre de una racionalidad cosificadora que hace retroceder y anula dicha moralidad, porque esta es vista como poco contundente en la aventura de la sobrevivencia material y simbólica. La malicia que este desborde individualista produce no proviene necesariamente de un defecto intrínseco que padezca el entramado social, sino de una estrategia que se ve obligado a adoptar el organismo del individuo para prolongar la trayectoria de su biografía vital. En un mundo que no resiste la instrumentalización sino sensorial el mal resulta un recurso simbólico para preservar poder e identificación existencial, aún a sabiendas que el carácter desequilibrante de éste culmina por corroer el dominio compulsivo y extravagante de la identidad dominante.

El acorazamiento cosificador de la subjetividad hace que las mentalidades colectivas privilegien las rutas singulares que la ideología del éxito empresarial prescriben de antemano, porque el eventual configuramiento de condiciones y oportunidades objetivas que el estado y la sociedad civil puedan sembrar se desdibujan tan pronto estas propiedades objetivas son confiscadas válidamente por las clases dominantes empujando a la singularidad subalterna a aprovechar y politizar los escasos recursos residuales que no se le hurtan en el camino de la competencia productiva. En la medida que la concentración desmesurada de recursos y de matrices del saber legítimo devora las condiciones objetivas donde se restablece la vida social, se obstruyen las oportunidades e incentivos capitales que hacen posible evadir la amenaza de la entropía generacional y cognoscitiva.

Arrancados los sistemas de significación de sus referencias históricas concretas se empuja a los organismos particulares a someterse a las ideologías tradicionales como una estrategia para huir de la epidemia del despojo material, reedificando una sensoriedad arcaica que culmina siendo la construcción de una circunstancialidad eminentemente reformista y fabricada. Es decir, el allanamiento sistemático de oportunidades institucionales en una realidad particularizada conduce no necesariamente a la pobreza material sino a la desesperada genialidad de los sectores golpeados por la exclusión socioeconómica para inventarse sus propias condiciones sociales ya culturalizadas, pero permanentemente usurpadas por los discursos empresariales que van privatizando la creatividad subalterna. No es la mediocridad unidimensional lo que aplasta la acción histórica de las identidades colectivas, sino la decisión fragmentaria y desintegrada de la singularidad individual lo que provoca el desencantamiento de las rutas colectivas, en un principio de realidad donde la vida se mofa clandestina y transgresoramente de la mentalidad de rebaño y estandarizada, porque ha aprendido que la mecánica de su deseo es más fuerte que la simplicidad del poder policíaco que impunemente trata de homogeneizarla. La condición al no ser cedida por un poder centralizado ni disciplinario es reinventada a partir de la sabiduría práctica y de los residuos tradicionales de los sectores populares, que son rearmados creativamente para sobrevivir, pero que después al ser detectados por su originalidad y productividad son arrebatados por el lenguaje empresarial, que los extrapola para la acumulación. En una realidad en donde en la práctica todo debe alcanzar la conformación lingüística y cultural, la facilidad que hallen los organismos particulares para conseguir el predominio de su principio de realidad, proviene de la capacidad para manipular y recrear la realidad exterior y estandarizada, por lo cual cada sistema de significación esta obligado a crear su propio entorno cultural de acción y así alcanzar la transustanciación de su experiencia vital.

La condición es fabricada desde la existencia concreta y no proveída por los sistemas de protección exteriores, como es la política social del Estado, porque en una realidad líquida e inmanente, transversal e hibrida, la supervivencia no se alcanza esperando la intermediación ideológica y asistencialista de los esquemas autoritarios y burocráticos, sino apostando por convertir lo imposible y engarrotado en algo mágicamente posible a través de la formación de una racionalizada inteligencia emocional. Sabiéndose que la existencia irrevocable de la condición sólo hace posible la secuencia de una ocasión posterior, sabremos que en una sociedad vaciada de condiciones se originan procesos de realización individual truncos pero además se empuja a que estos sean conseguidos por la improvisación tecnolingüistica que adquieren las biografías más potenciadas, si es que se quiere evadir la amenaza de la muerte sistémica, que es esquivada con la creación de valor significativo desde la profundidades la interioridad. La suficiente plasticidad e inconsistencia de los sistema de control para evitar los accidentes ontológicos hacen que la vida empape a la regularidad sistémica de una dinámica y complejidad distinta al de las sociedades unidimensionales, lo cual quiere decir que esta cuenta con la suficiente habilidad de elección o de preferencia para reinterpretar el bombardeo informacional y tecnocrático de los discursos hegemónicos, a pesar del empoderamiento cognoscitivo de la realidad exterior.

La reinvención de la exterioridad a manos de la individualización desligada de su compromiso social, produce una desorganización y a la vez una masificación de la autodeterminación biográfica, pero es debido al afán de acumular poder – sobre todo el poder que corresponde al de los significados- que esta habilidad autocultural ocasiona que se terminen por concentrar los recursos cognoscitivos y sensoriales, y se bloquee el desplazamiento exitoso de las singularidades que intentan autodeterminarse. La disminución de la iniciativa social a causa de la propagación de la parálisis de la historia cotidiana, y el exceso de vacío cósmico que ocasiona la salvaje competencia mercantil al interior de la reproducción de lo mismo, originan que las fuerzas sociales que condicionan el desarrollo se atrincheren en los laberintos estrafalarios de la diferencia, como una estrategia para huir del cansancio y del envejecimiento objetivo de la conciencia, provocado a su vez por la acción emancipada de vivir al extremo, en una realidad encallecida y absurda. Es sólo la reafirmación maligna del poder arcaico la única capaz de acelerar, contradictoriamente, la salud de la identidad, pero a su vez es la vanidad transgresora del poder lo que puede mantener el veneno de la desigualdad y de las relaciones de fuerza. En la medida que se entienda que todo afán ilimitado de realización individual implica la recuperación terapéutica de los lazos de solidaridad, la voluntad de poderío no servirá más que para reproducir y sofisticar el totalitarismo del mito, del cual procede la necesidad maldita de esquivar la putrefacción de lo existente. La búsqueda de controlar la venganza de lo esencial que anida desfigurado en los abismos del inconsciente, es la única garantía de que la naturaleza individual pueda expresarse a plenitud, en una realidad donde la velocidad y mutación del cáncer persuade a las mentalidades cosificadoras y conformistas a concentrar poder y a vivir de su seducción. En tanto ser individuo signifique aplastar la condición hermenéutica del otro, considerando que los débiles son los ineptos que siempre la historia ha confeccionado como tales para ser instrumentalizados, no se podrá en verdad escapar a la corrosión de la dominación. La vida halla en el poder un recurso de conservación, el problema es cuando esta iluminación competitiva en realidad esta erosionada por la oscuridad de lo originario, que al ser sometido contagia los procesos abstractos y la sensoriedad comunicativa, con los cuales se redefine el sistema social, de una corrupción generalizada que atenta contra la sustancia misma de la vida.

Solamente la postergación perdurable de la degradación civilizatoria con la reelaboración constante de un tejido social que la disfraza culturalmente puede contener el avance de la insignificancia. No es la objetividad de un significado consumado lo que se vive realmente sino solamente la idea figurada de su concreción lo que decide el rumbo imparable de la regresión cósmica y sistémica, ya que la pérdida incontenible del lugar antropológico es compensada con la ficción de un sentido reencarnado que termina por usurpar el lugar privilegiado y legítimo de la acción democrática. Es en esta mentira, en esta ceguera, que avanza cuanto más la inminencia de la entropía hace peligrar la restauración de la vida, en donde reside la oportunidad de desactivar la abominación de lo negativo, de rematerializar lo que se ha vuelto profundamente abstracto. Es en la individualidad que vive peligrosamente su tiempo en donde reside la empresa de vulnerar subversivamente el estancamiento de la razón instrumental. No sólo la distracción distendida de lo festivo, sino la crítica despiadada de lo reprimido es, a la vez, el antídoto para comprometer una particularidad descarriada, que hundida en la enfermedad de la posesión, se desliga de la prisión del tiempo, recreando una y otra vez la disidencia de lo semiótico y enviciado.

El virus de la trasgresión biográfica, que a larga deteriora los propios cimientos sociales donde reposa la identidad extenuada, sólo puede ser detenido con la introducción de un mecanismo ético, descentrado, ni autoritario, que suponga la coexistencia de lo pulsional y las identidades empresariales, bajo el amparo de un principio de autoridad que , no obstante, no sancione represivamente la consolidación de saberes criminales y clandestinos que corrompan la socialización de la realidad social. Es con el desarrollo de organismos particulares, no divorciados relativamente de su correspondencia social, que se puede hallar una dialéctica contundente, pero imperceptible, entre la creación productiva de la riqueza social y su legítima y democrática redistribución comunitarista. Cuanto más la competencia desgarrada de las identidades empresariales y mercantiles excluya naturalmente la fuerza humana improductiva de la sociedad, tanto más la existencia reivindicativa y ética del Estado deberá reincentivar y capacitar aquellas identidades económicas que han quedado rezagadas en el camino del éxito socioeconómico.

Al existir un mecanismo exterior que utiliza el poder desideologizadamente, sin atisbos de venganza ontológica por parte de las poblaciones apartadas del patrón de desarrollo, se impide que el despliegue de la sociedad obedezca enteramente a intereses particulares que lo único que persiguen es la maximización de su poder económico. Si bien este mecanismo creador de condiciones existe rudimentariamente en nuestra realidad periférica, lo cierto es que la tendencia es a que pierda capacidad de gerencia soberana porque la política se va convirtiendo en una agenda predeterminada y policial que garantiza el predominio y el saqueo de los agentes privados, Cuanto más la identidad política es un espacio que administra el atrofiamiento de nuestra formación sociohistórica tanto más los discursos subalternos adquieren el derecho político de arrancar condiciones reales de participación económica, en un medio en donde el quebrantamiento del egoísmo institucionalizado debe necesariamente conducir a una auténtica democratización del conocimiento y a una real evolución de la estructura socioeconómica.

La instalación de un sistema de compensaciones y subsidios socioculturales, a través de un agresivo programa educativo, permite que las individualidades se habitúen a aprovechar las mínimas ventajas que pueden se distribuidas, y a crearse ingeniosamente nuevas oportunidades eventuales, cuando la desintegración funcional y la crisis económica acechan la realidad cotidiana. La sistemática adicción por constituir elementales mecanismos de vigilancia social debe ir acompañada de una política que entienda que la conservación de la sociedad debe provenir de la estimulación permanente de la libertad individual, porque si la incentivación socioeconómica solamente busca atentar en contra de la reproducción de la propiedad privada socializándola, se cercena toda la creatividad individual que hace posible al regeneración de los recursos económicos si se subvenciona a los sectores rezagados del sistema social.

La carrera existencialista por preservar a salvo de la contaminación mercantil el significado originario de la vida social es complicada de observar en nuestra complejidad periférica, porque aquí la descapitalización de los sistemas de significación, es decir, la escasa habilidad para que crezca una plasticidad biopolítica, implica el trastorno y depredación sistemática de la trayectoria sensorial, un decrecimiento pavoroso del propósito de la vida que provoca la invasión de la nada social. Aún siendo la nada la consecuencia de un deterioro ilimitado de la subjetividad irreductible, lo cierto es que esta última conserva significados reparadores que no son controlados ni representados por la epidemia de lo estandarizado. Cuanto más la individualización es colonizada por la lógica de lo rutinario y secularizador, convirtiendo lo que nace esencializado en pura cáscara aparencial, tanto más la mentalidad embadurna y recrea esta irracionalidad formalista con una huida ontológica y diferencial que hace resucitar los viejos espíritus arcaicos y alegóricos, con los cuales se amortigua el desgarramiento que la individualidad provoca en el ser social. Si bien la reserva material que ostenta la subjetividad subalterna tiende a la evaporación económica, lo cual implica que esta acuda a la innovación pragmática de los saberes sometidos para hacer prevalecer su contingencia ontológica, la verdad es que esta adaptación obsesiva de la identidad a la normatividad del mercado ocasiona un desamparo simbólico de los secretos vitales que el individuo va imaginando en su decurso biográfico. Se llega aun estado de ceguera pragmática y relativista que la preservación administrativa de la vida coyuntural tiende irremediablemente a la depredación de los principios programáticos que aseguran la reproducción de la vida social en el largo plazo.

En otras palabras, la aceleración digital de la vida tecnológica produce como proceso contrario un retroceso ideológico de la condición hermenéutica, una persecución biopolítica de los escasos bienes simbólicos sobre los cuales se resguarda y constituye la vida con significado, convirtiendo la sociedad en un espacio cargado de canibalismo y de cosificación individual, en donde la realización de uno mismo supone el vacío ontológico del otro. Mientras el sujeto siga atrapado y fabricado por la complejidad organizada todo saber íntimo no será más que contradicho y aplastado, a menos que la desesperación y la herida del conocimiento empujen a la recreación visionaria de la trayectoria empresarial, transformando este discurso en una descolonizada propuesta de reacción histórica que garantice la restauración constante de condiciones objetivas para una población que vive arbitrariamente el despojo de su innovación gramatical y productiva.

El hecho de que la proyección mediática de la individualidad asegure la eventual constitución de identidades que con toda probabilidad convierten la sociedad abierta en una usurpación policíaca del conocimiento, en un libertinaje cultural que sobreestimula la reificación social, no debe ser justificación para entorpecer la evolución socioproductiva y la expresión mitológica de la totalidad. La sociedad no debe ser fabricada a costa de la desrealización del individuo, lo cual quiere decir la protección de un negativo conformismo cultural y repetitivo que anula la diferencia, ni tampoco su cuerpo ontológico deber ser sacrificado a expensas del disfrute descarriado de la particularidad. Sólo la dialéctica entre una condición que se politice en actitud, y una actitud que se trastoque en condición, garantiza salvar a la sociedad de la amenaza del caos metafísico, que es desde ya la lógica absurda de perpetuación del capitalismo tardío

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La cultura de la periferia

by on Jul.23, 2012, under Sin categoría

Ronald Jesús Torres Bringas

La relación de dependencia económica entre el centro y la periferia alcanza en la época de la globalización límites insospechados. Al autonomizarse los agentes económicos de sus fiscalizadores políticos son capaces de subordinar a su antojo a las élites políticas de los países subdesarrollados provocando que las sociedades periféricas con todos sus esquemas de pensamiento se modelen de acuerdo a los intereses de los susodichos agentes económicos. Obligados a disputarse una posición en el universo del capital los sectores más diversos de la periferia ajustan sus socializaciones específicas a los moldes culturales que exportan los centros hegemónicos. Esto ocasiona, entre otras cosas, el abandono sistemático de las matrices culturales en donde originariamente se socializó la personalidad periférica por el predominio progresivo de referentes culturales en los cuales se acepta la forma mercancía, típica de la sociedad burguesa. La individualidad, que es la forma hacia la cual se reduce la existencia cultural cobra en contextos periféricos una doble relación. Por una parte, el individuo lleva inscrito en su existencia la marca revolucionaria del intercambio burgués, y por otra parte, el individuo sintetiza en su persona los efectos dramáticos de la cosificación social. El esfuerzo por darle sentido a la existencia individual es reemplazado paulatinamente por una existencia en la cual toda significación pierde relevancia histórica. La necesidad imperiosa de articularse a las convulsiones mercantiles, para poder obtener los recursos con los cuales poder sobrevivir, obliga al sujeto periférico a adaptar sus primarias matrices culturales a las artificiales normas culturales del universo burgués. Se genera , lo que se dice, un mosaico temporal desde el cual interpretar la existencia subjetiva, ya que aferrarse inútilmente a marcos de socialización que revisten períodos históricos tradicionales significa la autodestrucción sistemática del universo físico y mental. El individuo sobre le cual reposa la subsistencia material, combina transitoriamente elementos culturales tradicionales con elementos biográficos modernos que empiezan a predominar a medida que se va imponiendo la modernidad como forma de experiencia subjetiva. El desarraigo es doble: por una parte, el individuo se ve desprovisto de sus originarios referentes culturales, los cuales se disuelven paulatinamente, y por otra parte, el individuo ingresa en contextos de sentido en los cuales la sobrevivencia física se paga al precio de nulidad cultural

En un contexto social en el cual lo más importante, objetivamente hablando, es conseguir los medios para integrarse económicamente al sistema, la verdadera integración social no puede ser mas que el resultado de una legitimidad cultural a un orden de cosas que excluye día a día los significados acumulados de las clases populares. Estos, obligados a proveerse los recursos materiales para poder sobrevivir, conservan un universo inagotable de expectativas culturales en los abismos de la mente; prácticamente todas las aspiraciones que confecciona el sistema audiovisual quedan anulados en los laberintos de la fantasía. Aún cuando la existencia cotidiana de la mayoría se quede estática, producto del concentramiento de los recursos económicos, existen, sin embargo, rutas alternativas en las cuales se realizan las expectativas estancadas. Esto ocasiona que segmentos cada vez más minúsculos, logran movilizarse socialmente hacia posiciones económicas exitosas, pero esto siempre y cuando, interioricen una moral pragmatista carente de valores; la instrumentalización de los recursos culturales hasta de los que conforman la biografía del actor social, son requisitos indispensables a la hora de procurarse una posición de sostenimiento material y cultural en la sociedad. El éxito es un resultado necesario de la progresiva cosificación de la vida social. En los centros hegemónicos la vida social también cae presa del hechizo objetivo, pero a diferencia de la periferia existen normas sociales que contienen y domestican el avance de la técnica sobre las esferas culturales. El cinismo, que es una condición para la subsistencia material en la periferia, prácticamente se ausenta de las relaciones de los centros hegemónicos. El problema de la periferia es que para poder predominar el sujeto se ve obligado a liquidar su energía histórica en los laberintos de la producción, en cambio el sujeto de los centros hegemónicos se siente parte de un proceso en el cual su esencia individual contiene los gérmenes de un discurso histórico concreto. La subjetividad en la periferia debe reducirse a la libertad interior mientras toda la sustancia mental se va trocando lentamente en necesidades fabricadas por el sistema de consumo, en tanto que en los centros hegemónicos la libertad de competencia reafirma el potencial expresivo del individuo; aquí la subjetividad no tiene más peligro que la absorción del individuo en la maquinaria social.

La dualidad entre sujeto-objeto se va haciendo más notoria en la periferia en la medida que las aspiraciones del individuo se ven reducidas a la mera existencia y en la medida que la naturaleza física es invadida por la racionalidad técnica. El abismo entre esencia y representación se hace unilateral deacuerdo a que los fenómenos lingüísticos se van convirtiendo en auténtica realidad. El lenguaje, de este modo, a parte de reducirse a instrumento de comunicación se troca en auténtica objetividad que no admite enmascaramiento. En un contexto en que todo es convertido en mercancía la comunicación es contemplada solamente como acuerdos que no anulan el conflicto; tan pronto como la tregua no puede evitar la secuencia del conflicto se corrompe severamente el protocolo. El dialogo que verdaderamente funciona en los centros hegemónicos es expulsado de un ambiente en el cual la esencialidad de la autoconservación rompe con todos los marcos interpretativos que contemplen la racionalidad comunicativa. La alarma por verse despojado del alma fuerza al individuo a considerar el dialogo como recurso inservible en un espacio en donde huir del dolor se vuelve prioritario para la existencia. Relativamente, en los centros hegemónicos, la incorporación sistemática en un clima urbano aliena al sujeto con respecto a los complejos objetivos, pero también le otorga al sujeto condiciones históricas para afirmar su biografía interior. La locura que reside en los estadios avanzados del capitalismo es un producto de la sobreexplotación cualitativa del trabajador, en cambio en la periferia la sensación de verse excluido del panorama objetivo no sólo convierte en orate al marginal sino que además obliga al individuo a elaborar discursos lingüísticos marginales al discurso oficial con los cuales consigue una comprensión explícita de sus contenidos existenciales. La cultura a medida que es derrotada en la realidad exterior por el pensamiento técnico es atrincherada en la imaginación, en la propaganda publicitaria y sublimada paulatinamente hacia refugios existenciales desde donde se resiste el poder salvaje del capitalismo. El auténtico pensamiento periférico no obtiene por los altos niveles de usurpación que alcanzado la cultura occidental, medios potenciales de expresión en las clases populares; prácticamente los intentos constituidos de descolonización del saber se repliegan hacia el discurso demagógico o hacia elucubraciones intelectuales sin desprenderse de los residuos conceptuales de la metafísica occidental

Los orgullosos humanistas del saber con sus pretensiones de modernizar el país deacuerdo a los moldes exteriores no hacen más que modificar las bases estructurales de la vida cotidiana en correspondencia a los intereses de los agentes empresariales, ocasionando la total sujeción de la savia espiritual a los cánones de la tecnificación del mundo social. El mundo de la vida en la periferia no alcanza a convertirse en un ámbito de expresión familiar y de reconocimiento social, como en los centros hegemónicos, sino en una trinchera existencial en donde se resiste los ataques del mundo objetivo muy a pesar de saber que la vida cotidiana tiende hacia su desaparición. La contención simbólica del desastre del nicho existencial es que el sujeto moderno de la periferia se ve obligado a relativizar su sustancia cultural en comunicación con otros ámbitos culturales: algo que se suele llamar cosmopolitismo. La necesidad imperiosa de hallar espacios para su expansión biográfica obliga al individuo a hacer suyos en circunstancias variables los esquemas subjetivos de otros mundos culturales, abandonando los fundamentos específicos sobre los cuales se edificó originalmente su proyecto vital.

La vida en la periferia es una cuestión de continua mutación psicológica; poner a prueba los cimientos emocionales de que el sujeto es portador en contextos se significación bruscos y fugaces. En cambio en los centros hegemónicos a pesar de que la vida es más abstracta, existen marcos societales compensadores en donde la vitalidad haya expresión diversa sin perder las raíces originales de su identidad. Es decir, el cosmopolita de los centros hegemónicos pierde las bases tradicionales de su imaginario por una constante reafirmación de su identidad en contextos de significación cambiantes. La personalidad ejecutiva, que es la identidad funcional del capitalismo avanzado, es también el modelo de personalidad carente de valores que necesita el sistema productivo. El lenguaje en los centros hegemónicos es sinónimo de manifestación individual, en la periferia un instrumento de formalización que no cumple muchas veces su labor de comunicación; los discursos lingüísticos transmiten a los nichos existenciales significados con los cuales se construye la personalidad, pero estos significados son negados en la medida que se objetualiza la existencia en el sistema productivo; prácticamente en la periferia los recursos lingüísticos son utilizados como elementos objetivos que refuerzan estructuras de dominación; la identidad en la periferia es un resultado de procesos de dominación que se informalizan y que son enmascarados por ideologías que publicitan consenso y comunicación. La racionalidad que se convierte en un cimiento institucional de la cultura burguesa hegemónica al imponerse en la periferia a las matrices culturales vernaculares destruye la base anímica sobre la cual se sostiene la acción social con sentido. El impacto de la racionalidad instrumental en le periferia reduce la existencia cotidiana a reacciones operativas con las cuales sobrevive el sujeto de estas dimensiones tan precarias. La realización individual que adquieren los centros hegemónicos se impone al precio de la sistemática destrucción de los complejos culturales de la periferia; es como si para lograr la expansión del bienestar que alcanzan los centros hegemónicos estos se ven precisados a expulsar hacia la periferia toda la muerte cultural que hace nacer el pensamiento científico-técnico. La cultura es una posibilidad en los centros hegemónicos, en la periferia una mera ilusión. Cuanto más la racionalidad técnica se expande por el planeta tanto más se convierten las expectativas de reconocimiento social en vitalidad condenada al exterminio. Al propagarse el eurocentrismo como requisito para no que dar al margen del sistema la realización cultural se va concentrando en una pequeña élite que no sólo comanda los destinos del sistema sino que además monopoliza el potencial estético de la cultura occidental. La normatividad con la cual se aprende a mediar las demandas por los marcos institucionales se revierte policialmente en contra del individuo tan pronto este crea ideologías subversivas que pretenden mínimamente transgredir el orden existente. Se debe controlar la conciencia de la periferia porque esta es susceptible a asimilar la ideología de resentidos censurada de los centros hegemónicos, muy a pesar que la inmadurez intelectual de la periferia impide el desarrollo de una conciencia cognoscitiva en nuestras clases progresistas.

La lucha política que nazca de lo ámbitos periféricos deberá conseguir su emancipación especulativa a medida que va comprometiendo la praxis social de las categoría s populares. La ideología que haga posible el bienestar universal de los pueblos, surgirá ahí donde las contradicciones objetivas del sistema se mudan a la esfera cultural, ahí en donde en apariencia no se encuentran conectores lógicos en un diversidad que niega la transformación total del sistema. Según esto, el pensamiento periférico deberá desvincularse de los constructos cognoscitivos exteriores al fusionar la reflexión con la realidad en un nuevo proyecto de sociedad que niegue la frivolidad del razonamiento científico-técnico. Cuanto más el pensamiento cosificador fragmente la conciencia de los pueblos en pos de la creación que alimente le sistema, tanto más las potencias cognoscitivas estarán comprometidas con la transformación de lo existente. Las aporias que aprisionan el desarrollo del pensamiento occidental son los puntos de arranque desde los cuales surgirá un orden que favorezca la solidaridad de las clases marginadas del discurso oficial. Mientras la severidad del medio social se siga considerando como un resultado inevitable de la sociedad capitalista será casi imposible convertir en acción política la especulación filosófica que huye cada vez más de la realidad. Se seguirá considerando que la autoconservación es la característica metafísica de la vida social aún cuando la nobleza del imaginario social clame instintivamente al emancipación de este orden absurdo. La nada es el destino de occidente, que no nos arrastre hacia ella a las poblaciones periféricas que merecen construir un entorno exterior deacuerdo a nuestras necesidades específicas.

Aunque los productos del progreso objetivo extienden las regresiones espirituales hacia la periferia, ésta no es incapaz de elaborar paulatinamente un análisis lo suficientemente desvinculado de los centros intelectuales hegemónicos. En la medida que se asentúa la pauperización y la ignorancia, la periferia es capaz de concentrar el saber social en sujetos geniales. Al ser marginadas las enfermedades del sistema hacia la periferia, la capacidad histórica de esta es susceptible de acumularse en la trayectoria académico-política de algunos sujetos brillantes. Los frutos de la razón histórica son aislados hacia la periferia ocasionando que en ella se den las condiciones objetivas para el despegue revolucionario. Lamentablemente en la medida que el nihilismo es sinónimo se supervivencia material las bondades del pensamiento quedan conservadas en el limbo académico de los intelectuales. La reflexión perecerá si es que no se concreta una propuesta política concreta de desarrollo concertado de la periferia. Debemos dejar de ser los basureros de occidente.

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Notas de un viajero acerca de la crisis de la izquierda en el Perú.

by on Feb.14, 2012, under Sin categoría

Lo ultimo que escribo sobre este punto. De ahi la selva.

Lo ultimo que escribo sobre este punto. De ahi la selva.

Dedicatoria a los San Marquinos.

Escribo este ensayo por haber estudiado en la Universidad Mayor Nacional de San Marcos. Y lo que sustento parte de mi experiencia y de mi profundidad para saber escuchar y conversar. Lo ensayo con honradez pues, se que será un papel más del montón, pero este trabajito se mete a la piscología y si leen bien hallarán vetas de una historia interminable que nadie tiene derecho a contar, porque los que si jamás lo harán recuerden esto. y eso es igual con los liberales. Eso como sabrán supondrá una gran pérdida cultural, como la que sintió Argüedas al morir……. Buen provecho mis sabios amigos….

Cuestiones previas:

En estos renglones anarcas pero cercanos al riesgo de arrojarme nuevamente a la danza de la política voy a examinar un cambio imprevisto, no para mejor sino una mutación que sobrevino con el agotamiento maligno de la modernización populista en interior de la izquierda. La historia que narro es incómoda pero se apoya en una lógica del proceso social que la vuelve verídica e insoportable.
Lego a los colectivos juveniles y a todos aquellos actores conscientes a recoger estas tesis anarcas y rebeldes con el propósito de escapar a la pesadilla que es el ultraje del espíritu de izquierda. No deseo una revolución ni una venganza purista sino una crítica constructiva del sistema gangrenado en que se ha envuelto la organicidad social de las juntas vecinales, los sistemas de subsistencia social (vasos de leche, comedores populares, club de madres), los sistemas de organización profesional alrededor de los movimientos y elites regionales/locales, la redes de organización de la promoción social (ONGs), el sistema de partidos de izquierda y derecha, y el campo académico-profesional del sistema educativo y demás instituciones del Estado. Este examen en la línea de un diagnóstico holístico no ensaya contrariamente una salida global, un gran esfuerzo de transformación cualitativa, sino el aporte de ingenuamente cuestionarla desde sus cimientos para despertar al ciudadano probo y solidario a combatirla desde la asociatividad y el desarrollo de esfuerzos individuales conectados.
Este es un tiempo de liderazgos constructivos y creadores. Ahí donde todo esta en ruinas y se transita sospechosamente hacia un nuevo sistema global de realidad es creíble parir nuevos referentes y propuestas de civilización. La juventud es clave, pero no esa juventud sin idea de sí misma, envuelta en el desperdicio de la autodestrucción y la miseria utilitarista, sino una juventud que ejerza la crítica vital sin caer en el realismo y la resignación de los sistemas enfermos; un joven una joven que desborden socioculturalmente a la vida averiada desde sus entrañas y creen un nuevo sentido generacional. Pero esto es propedéutica o profilaxis marginal. Ahora señalo brevemente los contenidos de este documento irrespirable.

Técnica e ideología en el populismo.

En primera instancia presento la génesis cultural de esta enfermedad organizativa y social. Ahí donde se dio un corte de aguas generacional en contra de este escolasticismo, con el arribamiento de la generación de los 60s y 70s, sustento la tesis que la fuerza revolucionaria del cambio social de estos cuadros jóvenes y geniales sentaron las bases para la modernización legalista de la estructura público-privada de la sociedad. Si bien este rescate operativo de las tesis mariateguianas, de la escuela de la CEPAL y de los enfoques de la dependencia crearon una nueva capa de profesionales, dirigentes y funcionarios que planteaban un movimiento mecanicista y feudatario que aún era muy poco sofisticado y secular, la verdad es que el despertar de subjetividades oprimidas que tomaron la decisión de migrar, de abrir negocitos aquí y allá, de aglutinarse en torno a la atracción del industrialismo y de apostar por una reorganización democrática de la sociedad, hablaban de un cambio de época con el que todos estaban de acuerdo y promovían. La idea es que este ataque a todo el cimiento de la feudalidad, del señorío y de la cultura de enclave de los grandes clubes oligarcas obedecía aun profundo diagnóstico acertado de la cuestión nacional por parte de los ideólogos y avanzadas revolucionarias que inundaban las organizaciones sindicales y barriales, los movimientos campesinos y el sistema de partidos nacionales. Hablemos de estos espacios.

En el terreno rural la toma de haciendas por parte de Hugo Blanco en la Convención (Cuzco) en los 60s, y ulteriormente como reacción en cadena en toda la Sierra rural – en especial en zona sur- y parte de la Costa no sólo obedeció a un cambio reivindicativo estimulado por ideólogos marxistas. Era sobre todo un movimiento social generado por la necesidad de combatir el desprecio y la explotación servil que sufrían los indígenas y comunidades campesinas hacia su cultura, y sobre todo como sostengo un acto natural de modernidad, una decisión producida curiosamente por la aculturización criolla que provocó el sistema de educación pública monocultural; un acto de apropiarse de las tierras para expandir el mandato generacional, del que hablaba Degregori (DEGREGORI Carlos Iván: ) y no un secreto milenarismo comunista que fue el discurso tomado de las tesis arguedianas escritas en sus novelas y obra antropológica y en parte por de la legión de líderes y jóvenes pensadores que se autoatribuyó la dirección de estos movimientos.

El posterior desprestigio y desmembramiento de las cooperativas que propagó el Gobierno Velazquista con la Reforma Agraria del 1968 parece confirmar esta opinión. La revolución que se suscitó en el campo no fue un acto de institucionalización de las solidaridades campesinas y políticas que debían confluir en la estructura comunitarista de producción de cooperativas sino un comportamiento de liberación individual, un acto de ciudadanía que fue perdiendo contacto con la disposición organizativa y racionalizada del sistema cooperativo. Tanto había sido la profundización del sojuzgamiento gamonal del triangulo sin base, del que habla Cotler (COTLER Julio:) en la mecánica de la dominación interna, que no se desarrollo una cultura laboral en sintonía con la acumulación y productividad que esperaba la cooperativización del campo . Se concibió que el mundo ritualizado y panteísta del mundo andino cuajaría en una cultura económica eficiente y solidaria que daría forma a los mercados internos regionales y que resolvería la depresión económica y pobreza histórica del campo.

La descomposición acelerada de las cooperativas y su posterior fragmentación en una selva irracional de minifundios, como sucedió con las haciendas tecnificadas del Norte en La Libertad, Lambayeque, Piura, en la experiencia de los ingenios azucareros de la Oligarquía y luego con la propiedad colectiva de sindicatos agrarios locales, parece hablar en la dirección de mi tesis: la cultura organizativa del campo penetrada por la corrupción dirigencial de los señoríos y grandes hacendados, se degradó aún más y reprodujo las prácticas nefastas del tradicionalismo gamonal, cuando estas poblaciones campesinas quedaron descabezadas de los parásitos y comehechados “mistis”

Al parecer, y tal es mi observación el pésimo manejo administrativo de la producción agropecuaria, y la relativa indiferencia de la heterodoxia urbana – pues más se daba importancia al experimento de la industrialización-, hicieron que naufragara operativamente el planteamiento romántico y justicialista de la Reforma Agraria . El reordenamiento de la propiedad agraria, descapitalizada y sin burguesía para reflotarla hundió en una traba estructural de pobreza y miseria cultural al mundo rural, dispuesto, entonces, a recibir el mensaje de la catarsis violenta que recogió el movimiento sectario de Sendero Luminoso .

Esta guerra incomprensible en los confines de identidades y terrenos olvidados por el Estado oligárquico y después el viejo Estado populista, además del desmembramiento productivo del campo precipitarían el acto modernidad de las migraciones a la costa. Ya en un escenario desarrollista esta mano de obra migrante entraría a engrosar a la masa asalariada del proceso de industrialización, generando una presión por servicios y condiciones de vida que no sería atendida cabalmente por la modernización acelerada del país. En varios estudios sobre la acumulación migrante en pueblos jóvenes y barriadas como los de Gustavo Riofrío, Max Meneses, se describiría la difícil como dramática adaptación de las culturas provincianas migrantes en las periferias desérticas de la ciudad en base a la organización comunitaria. El traslado de los patrones culturales colectivistas a un movimiento de pobladores urbanos potenciaría la recreación democratizante de todo un tejido organizativo de juntas vecinales, asociaciones de pobladores y club barriales que permitirían la ruptura frontal con la tradicional como autoritaria cultura criolla.
En búsqueda de obtener un lugar sólido en el proceso de democratización populista y heterodoxo, esta movilidad política produciría una subjetividad política que incrementaría el poder decisorio de la clase trabajadora sindicalizada. Gran parte de la experiencias barriales de Villa el Salvador, Villa María, Comas, Los Olivos, Independencia, San Juan de Lurigancho, y los pueblos jóvenes incrustados en zonas urbano-populares más consolidadas como Mendozita (La Victoria) Mirones (Lima-Cercado) Cerro San Cosme y El Pino (El Agustino-La Victoria) evidenciarían una cultura organizativa y de presión política acorde con la política de crear una nueva identidad nacional y cívica. Aunque gran parte de las deplorables condiciones de vida de estas poblaciones urbano-marginales las unían a la consecución de metas comunes como necesidad y titulación de vivienda, servicios básicos de agua, desagüe, electrificación, telefonía fija (aún muy escasa), y zonificación urbanística (pistas y veredas), no dejaba de existir la efervescencia de una cultura comunitaria con la cual resistían los embates segregatorios y discriminatorios de la cultura criolla que era muy dura y poco receptiva a las grandes mutaciones y mestizajes que vendrían después.

En la medida que las oleadas migrantes ocupaban los tugurios antiguos de Lima-cercado (las grandes quintas, callejones de un solo caño, los solares y casonas de antaño) creando hacinamiento e inseguridad doméstica, y las zonas desérticas y chacras de los suburbios de la Lima Virreynal se producía como panorama un nuevo horizonte cultural:

1. Una nueva subjetividad popular de base migrante que alimentaría la politización del viejo Estado populista, en base a la universalización de trabajo asalariado y la incorporación participativa de las democracias locales-barriales.

2. Generaría una ruptura con la habitual conformación urbano-popular de los barrios criollos (Barrios Altos, Callao, Barranco, Surco Viejo, Breña), un desenganche larvario con la ética clientelar y patrimonialista del criollismo, que posteriormente al escindirse producto de la masificación de los medios de comunicación de primera generación (TV, Radio, prensa, folletines, comics, revistas, literatura popular) cobraría un auge insospechado

3. Deacuerdo a lo anterior se precipitaría en el seno de las juntas y organizaciones vecinales una camada abundante de nuevos dirigentes populares y actores representativos que asumirían lentamente un discurso cada vez más confrontacional y revolucionario en la medida que el populismo y el poder de las clases medias se relajarían, y la ortodoxia central de la nueva izquierda de los 70s exigía una posición cada vez más politizada al régimen ambiguo del populismo velazquista y de la novel partidocracia ochentera.

Este fenómeno de asociatividad barrial iría perdiendo terreno en las décadas posteriores debido a la atomización individualista de las reformas neoliberales (el ajuste estructural del Consenso de Washington) y retrocedería a la conformación de una estructura semi-delincuencial y corrupta que redescubriría los patrones intersubjetivos de una cultura parroquial y antidemocrática en contextos urbanos (ALMOND y VERMA:) . Al replegarse la cobertura universalista de las políticas sociales, al decaer frenéticamente la productividad del industrialismo de enclave, como señala Althaus (ALTHAUS: ), al descomponerse internamente el pésimo sistema educativo y al ser descabezado el movimiento de izquierda con el aburguesamiento forzoso de las clases medias individualizadas, se produciría una situación de abandono de los sectores populares, lugar que sería ocupado por la lenta formación y pujanza de economías informales y el neurótico avance de la violencia política.

La lenta transición de la primera modernización populista y heterodoxa a la modernización empresarial individualista del Fujimorismo ocasionó una fuerte descomposición moral y cultural de las solidaridades rurales, barriales y sindicales que al lentamente apropiarse de la pastoral microempresarial del capitalismo salvaje arrebatarían a los movimientos del cambio social las bases sociales que alimentaron el jerárquico sistema de partidos que venía desde los 60s y 70s. Ahí en el seno de una pujante como misteriosa hibridación entre migrantes y actores populares de toda procedencia se desarrollaría un desborde popular, una emergencia cholificadora, como sostuvo Quijano (QUIJANO: ) por la apropiación de ser ciudadano individual y de consumo, por incorporarse a la gramática plástica criolla, pero al precio de reforzar y reproducir una cultura anómica, trasgresora “de todo lo vale” cuyas patologías recibirían con dolor las identidades populares más empobrecidas y vulnerables. Es sintomático en este período las caracterizaciones psicoanalíticas de la cultura de la pobreza de Rodríguez Rabanal (RODRIGUEZ:) o la emblemática película del “Grupo Chasqui”: “Gregorio” donde el drama psicológico de la miseria y el abandono moral de un niño migrante que tiene que trabajar, proyectó a los 80s como una época sin espíritu y nihilista, donde modernizarse implica hasta hoy desconocer lo que somos como sociedad.

Humanismo y profesión.

Antes de pasar a describir las transformaciones cualitativas que se operaron en los sistemas organizativos de las sociedades populares, en el reino del mercado y del utilitarismo popular, me detendré a examinar un problema que se originó en la colonialidad del saber profesional, a raíz del tipo de energías profesionales que demandó el Virreynato, y como este registro cultural en relación a las capacidades y una ética del trabajo barroca y tradicional han condicionado la producción y expansión de un tipo de saber profesional criollo, una psicología profesional que vive descohesionada de todo modelo institucional del desarrollo.

Las tesis que presento alrededor de esta problemática se delinean como sigue: La perennización de un tipo de cultura profesional colonial barroca y poco ligado a la operativización de los grandes postulados ideológicos ha posibilitado la construcción:
1. Un Estado patrimonial y clientelar

2. Una empresa de enclave poco receptiva a la transformación tecnológica y científica, más cercana al sector servicios, y diseminada en un mosaico variopinto de ejército de informales que por disposición cultural no cuentan con los recursos profesionales para dar saltos cualitativos y generar un sector industrial

3. Ha recreado una y otra vez ideólogos humanistoides, con poca capacidad para la administración y la ejecución de las ideas. Esta capa de profesionales han quedado en el sector educativo público-privado como catedráticos y operadores políticos viviendo de la proliferación de consignas y programas políticos declarativos. Su trabajo meramente ideológico y politiquero ha secuestrado los espacios universitarios creando grupos y mafias que restringen la calidad educativa y empeoran la formación técnico-científico de los universitarios que en el mejor de los casos reproducen como aparato esta patología del resentimiento. Aunque no es desestimar la rica producción intelectual que sigue creando la academia sostengo que el abismo entre la mera teoría y la planificación tecnocrática que evidencia esta escribalidad militante ha promovido la estupidez sensorial y administrativa en el ejército de graduados que se arroja al mercado profesional.

4. Ha creado la hegemonía de una pastoral hiper-administrativa que si bien es el resultado de un cambio técnico, gerencial y de correcta conducción de los sistemas organizativos privados como públicos del país, ha coaccionado culturalmente e institucionalmente toda creatividad científica y tecnológica que ha sido expectorada de las universidades, en donde no se invierte en investigación por proteger la propiedad intelectual de los capitalismos que no transfieren tecnología. Con esto a pesar de todo sobrevive rudimentariamente en la cultura de técnicos artesanales sin educación formal y en los entornos informales que ha abierto la tecnología informática. Estoy hablando de los innumerables talleres de ingeniería metalmecánica, ebanistería y manufactura de Lima Norte y Villa El Salvador, así como el closer de Wilson con la venta de software y equipos de informática. En cierta medida las transformaciones cualitativas de nuestro pujante capitalismo microempresarial y extractivista están aperturando sistemas de investigación aplicada en conexión con las mejores universidades capacitadas para este tema; sin embargo, este despliegue es todavía muy limitado y embrionario. Tal vez las mutaciones posteriores en materia de industrialización espontánea introduzcan una política de investigación y tecnología aplicadas, que rompa la inoperatividad de un mercado laboral repleto de administradores y gerentes.

5. El otro problema que presenta este persistente humanismo profesional es la no distribución geográfica y descentralizada de los recursos profesionales. Ya sea por la carencia y mala constitución de los centros de educación superior, técnico-profesional o por el absorbente centralismo cultural que incuba curiosamente un sistema educativo de corte monocultural, se observa un déficit de inteligencias organizativas y de ingenieros hábiles en lugares claves que recepcionan las jugosas regalías del canon minero. La incapacidad para introducir una lógica del trabajo burocrático y programado, y la abundancia de cuadros políticos sin destreza ejecutiva y con ganas de bloquear las iniciativas de modernización infraestructural y de desarrollo socioeconómico provoca la parálisis gerencial de los gobiernos regionales y municipales, ahí donde un clima tradicional inhibe el control local de los acelerados procesos de modernización que desata por ejemplo la inversión minera.

6. Un sexto impasse que provoca este humanismo recalcitrante es la pervivencia perjudicial de una ética del trabajo improductiva y parasitaria. Ahí donde la seducción de la sociedad de consumo mezcla tiempo de ocio con tiempo laboral, donde la “criollada” y la “pendejada” politiquera esta instalada para contener la meritocracia se coaccionará toda reforma sustancial de los aparatos del Estado, ahí donde el incontenible desborde de la moral andina no cuaja sino reproduce la desidia del funcionariado, se provoca un recurso humano y una cultura organizativa poco dúctil a producir transformaciones cualitativas en el seno del modelo desarrollo. Esta moral festiva y no disciplinaria heredada de nuestros escolásticos encomenderos, hacendados y escribanos coloniales, se deposita como gramática perjuiciosa en las clases populares en la mediatización y en una pérfida erotización de la realidad, pero proviene como modelo de individualidad estilística de la hegemonía de una clase A1, de consumidores hedonistas que reproducen todos los vicios de la sociedad cortesana de la antigua oligarquía.

7. Y por último este humanismo ramplón ha generado a lo largo de las épocas de letargo y apogeo una desperuanización del discurso teórico aplicado de las ciencias sociales. Aún cuando sendas autoridades intelectuales han convergido en la necesidad de ofrecer lecturas nacionalizadas y etnocéntricas de las mejores contribuciones de la filosofía y de las humanidades, como Mariátegui, Vallejo, Arguedas, etc. Siempre se ha terminado por imponer un campo intelectual-académico que divorcia peligrosamente teoría-técnica y política, y que en base a esta figura han levantado una mentalidad, instituciones y formas de intervención política que han retraído el cambio generacional y generado una devaluación accidentada de las ciencias sociales en el Perú.

En este acápite a manera de propedéutica es necesario observar con detenimiento los esfuerzos de la ingeniería institucional, la escuela norteamericana , que se están operando en los órganos del Estado y sobre todo en la arquitectura privado empresarial de las grandes corporaciones, para modificar las pésimas disposiciones profesionales del país. A pesar que la acelerada acumulación de los sectores productivos está modelando la productividad del trabajo – (evaluación permanente, rendición de cuentas, recompensas al producto, etc.) esta es la suerte de gran parte de los programas sociales, hoy en día- creemos existe una fuerte resistencia a reformar la cultura profesional de los organismos públicos-privados. Si bien para el diseño de una empresa o del Estado no interesa las complicaciones psicológicas, emocionales y culturales que tengan sus elementos, la cuestión es que respondan a las exigencias laborales y den resultados, la verdad es que tal pragmatismo de gestión choca y no desactiva la cultura patrimonial y clientelar de los cuadros burocráticos del Estado, que en cierta manera se blindan entre sí y montan mafias internas por el control corrupto de sus feudos.

El Mercado, la democracia y el tercer sector

Como venimos sosteniendo la urgencia por contar con un ejército renovado de tecnócratas y profesionales en el seno de los sistemas organizativos sociales, gremiales, estatales y privados pasa no sólo por una decisión consciente de reforma institucional. Es necesario obtener una escisión epocal, una revolución refrescante de nuevas generaciones que rompan con la aún fuerte hegemonía del ethos ortodoxo y conservador que promocionó el desarrollismo estatocéntrico. Aún cuando la gloriosa generación de los 70s promovió jovialmente estos cambios, sostengo que al reordenar su posición en plena era del ajuste estructural, y ante la debacle ideológica que sufrieron en este contexto, promovieron la consolidación de una socialización pragmatista y utilitarista que oficializó el fujimorismo, con la prensa chicha amarillista, y con el inicio de un tipo de televisión que relajaría los endebles valores de la ciudadanía. La cruenta aniquilación de la clase media tradicional, o su vergonzoso reagrupamiento en el protagonismo individual de las profesiones liberales, descabezaron de dirigencias a los sectores populares que quedaron arrojados al desempleo, la miseria y la reforzamiento de una economía popular de la subsistencia con la extensión de programas de vaso de leche y los comedores populares.

Es en este contexto de salvaje adopción de las reformas neoliberales (flexibilización del mercado de trabajo, privatización de empresas públicas, ajuste fiscal, control de la inflación y reducción del gasto social) se produciría correlativo a los cambios en el modelo de desarrollo un reajuste y en muchos casos una descomposición accidentada de los sistemas de socialización primaria (familia, educación) y secundarios (identidad barrial, sistema laboral, mass media, sistema político). La desocialización que produjo lentamente la sociedad de consumo (publicidad, prensa amarilla, TV farandulera, cadenas comerciales) y sobre todo la introducción de una racionalidad del costo-beneficio que relajaría la ya debilitada normatividad social del populismo colectivista, ocasionarían un desorden regresivo a la barbarie del sistema anarquizado de organizaciones sociales, resucitando de forma cínica un ejército de operadores políticos y caudillos locales que se granjearían el liderazgo y representación de toda política social, intervención gubernamental o campañas políticas para extender una cultura mafiosa de la clientela y de la desmoralización mercantilista que negociaría recompensas y poderes locales.

El populismo neoliberal que inventaría la “democradura” del Fujimorismo reforzaría exponencialmente las patologías organizativas del sistema social expandiendo de forma escandalosa e inmoral una cultura de la trasgresión criolla que se naturalizaría como virtud cotidiana pariendo en cada región de la estructura hecha escombros, mafias y clubes parasitarios y complotadores locales. Es de advertir que la necesidad de superar el asambleísmo retórico de la partidocracia ochentera en el Congreso, como sostiene Althaus, obligó a cerrar los caminos institucionales de la democracia, para tomar decisiones con la que superar la crisis social, pero al precio de destruir referentes de una cultura cívica declarativa con el tejido mafiosa y electorero de apoyos sociales de los programas sociales dirigidos personalmente por Fujimori. Al dar regalitos, prebendas, inaugurar centros educativos y postas de salud, construir y dar títulos de vivienda, llevar el vaso de leche y el PRONAA a lugares olvidados, Fujimori – “el papa viajero”- consiguió levantar una relación dictatorial y carismática con el pueblo, destruyendo el nefasto sistema de partidos que venía desde los 60s y así proteger y resguardar la corrupción enquistada en las esferas cívico militares del poder.

Para efectos de este ensayo el ajuste estructural, que constituyó la autonomía funcional de la economía (agroexportación, inversión minera, sector servicios) del control de la política, edificó un sistema estatal-legal ( la constitución del año 93) que garantizó desde entonces la protección sin consulta de la inversión extranjera, sin nociones de prescripción geopolíticas y de responsabilidad social, e instauró una llave de entrada autoritaria y sin domesticación de la sociedad civil a la esfera sociocultural de identidades y organizaciones sociales (ideología de mercado, lobbysmo, mercantilismo social) que sometió y aseguró el control de la mano de obra (“el cholo barato”) y que diseminó esa relación antidemocrática y corrupta a todas los rincones de la sociedad. Pasemos revista a algunas características:

1. Como sostuve más arriba el escenario de barriadas y pueblos jóvenes fue dominada por una corriente colectivista y asociativa de dirigencias populares que alimentaron democráticamente al sistema de partidos de los 60s, pasando por efecto de la descomposición neoliberal a ser capturado por el protagonismo privado de oportunistas y operadores locales que diluyeron la casi ausente cultura cívica, y que sometieron las buenas intenciones y liderazgos nuevos a tener que reproducir y depender de un ambiente delincuencial y apolítico, donde ser “el vivazo”, como participar del tráfico de alimentos, es el pan de cada día. Aunque en gran parte de las realidades urbano-marginales los servicios de vivienda básica se hallan en franca resolución, son otras problemáticas de vulnerabilidad social las que despiertan la preocupación de la vecinos: delincuencia juvenil, falta de oportunidades educativas, desempleo estructural, drogadicción-alcoholismo, recrudecimiento de enfermedades como TBC, VIH, EDAS, IRAS, niños en situación de abandono) que invaden el socius barrial perjudicando la convivencia social e instalando un clima de violencia cotidiana permanente. Estas problemáticas del desarrollo desigual podrían reactivar la vida asociativa de los espacios barriales, predisponiendo la formación de una capa de nuevos liderazgos y grupos de interés. Pero aún estas iniciativas carecen de apoyos públicos y de voluntad política de actores con más preparación, por lo que aún cunde el asistencialismo y la promesa incumplida.

2. Un segundo escenario en permanente deterioro organizativo lo representan los campesinos asociados del medio rural (CNA- Confederación Nacional agraria) comunidades campesinas y pequeños productores de la sierra, costa y selva. En este punto, la fragmentación del diseño cooperativo y de la descapitalización del campo, debido a la insistencia en la práctica de formas de producción anticuadas y tradicionales y ante el asolamiento institucional de la violencia política, han generado la hegemonía de una estrategia de resistencia negativa, donde se carece desde el Estado como de los campesinos organizados de un programa realista de modernización y de tecnificación de la producción agropecuaria. La cruenta separación del carácter étnico del productor y la organización agrícola, ha posibilitado la lenta capitalización agroexportadora en la Costa (Los Oviedo, Grupo Gloria), pero ha bloqueado por resistencia cultural en la sierra y en la selva donde cultura y tierra están fusionados, una estrategia homogénea de desarrollo rural, que abandone de forma concertada concepciones nefastas sobre la propiedad territorial y que permita imprimir un mercado agrícola más dinámico y con seguridad alimentaria. Más allá de que no exista una vinculación positiva entre geografía (manejo de microclimas, ordenamiento territorial), carácter étnico-cultural y polos de desarrollo urbano, lo cierto es que existe toda una gama de intermediarios, comerciantes, vías de comunicación, información sobre los mercados exteriores y apoyo de programas de desarrollo rural que han vuelto más dinámica a la sociedad rural, variando paulatinamente los indicadores de desarrollo humano . Pero es esta base material e franca modernización desordenada y aún parcial, la que ha vuelto más resistentes los puntos focalizados de la pobreza rural, concentrada en las comunidades alto andina. Y más si incorporamos la incidencia de la inversión minera que altera las culturas rurales y disuelve de manera accidentada los saberes productivos ancestrales, incrustando el molino satánico del enclave minero. Es en este escenario visible como al removerse la solidaridad orgánica del campesinado este reproduce y asimila una cultura conservadora y mercantilista de la organización, tratando de restituir y salvar sus principios bucólicos y agraristas, pero en un contexto donde la ambición y el autoritarismo gobiernan el partido.

3. Un tercer espacio donde el envejecimiento del paradigma heterodoxo populista ha calado profundo en las vanguardias sindicales. Aquí se lanza la tesis que la violencia de la flexibilización del mercado de trabajo – esto quiere decir precariedad laboral, inestabilidad laboral, condena de la sindicalización, no derecho a huelga, o anulación de derechos sociales- desestructuró los agregados sindicales en la sección moderno-industrial, que implosionó con la primarización de la economía . Es decir, la presión desestabilizadora de las fuerzas sindicales oponían la mano de obra ideologizadora a los intereses monopólicos de la acumulación del sector público. El propósito desde siempre fue imprimir una ruptura revolucionaria con el Capitalismo de Estado del Velazquismo y apoderarse de la base material faústica que su gestión construyó con mucho esfuerzo y deficiencia. El derecho a la sindicalización interfirió con las intenciones estructurales del capitalismo interno de generar saltos cualitativos en la división social del trabajo, siendo el costo la poca adaptabilidad de la mano de obra a los planes de alcanzar un sistema industrial, y el manejo racional competitivo de su productividad. La idea de reforzar la posición política de las vanguardias sindicalizadas contribuyó a la erosión de las relaciones sociales de producción, justificándose un cambio urgente que al tardarse precipitó el desvanecimiento del ciudadano asalariado, y la indiscutible y nefasta liberalización del mercado de trabajo. No es de extrañar que la filtración de elementos subversivos y la maquiavélica persecución de las dirigencias sindicales por obra del Fujimorismo, crearon masivos despidos, la fragmentación del mundo de trabajo, el movimiento estructural hacia la informalidad, y la desaparición de la relación asalariada de trabajo por figuras jurídicas más flexibles y serviles a la explotación. El sindicalismo clásico cavo su tumba al no incorporar procedimientos de evaluación y de competitividad en las esferas de la mano de obra, lo cual garantizó su posterior descrédito y el inicio de una cultura depresiva hacia el trabajo estandarizado, prolongado y poco creativo.

De cierta manera la recuperación paulatina de espacios de negociación sindical y la inserción en las esferas empresariales de elementos de responsabilidad empresarial y calidad de vida han significado el inicio de evoluciones positivas en el tema reivindicativo, pero estas temáticas asimiladas aún son muy embrionarias y secundarias ante el carácter dogmático de la CGTP, CUT, centrales sindicales en las empresas más dinámicas, y demás niveles gremiales donde aún se cuece la revolución. En este sentido es legítima la observación de que la pervivencia de un ideario lleno de consignas como la lucha de clases resulta el caldo de cultivo de la descapacitación de la fuerza de trabajo y la manutención de dirigencias sindicales que viven del discurso de mejoras salariales, de memorias de acuerdos y reclamos, sin ser un verdadero peligro para el avance del capitalismo . En este nivel es urgente la modernización ideológica de la lucha de los trabajadores no para hacerle el juego a las mutaciones empresariales de los grupos de poder, sino para permitir la conservación y mejoramiento de un instrumento de protesta y de negociación que debe domesticar socialmente a las fuerzas de la globalización económica. Pero hoy esta lucha y recuperación sindicalista depende del nivel de autonomía y manejo democrático de los gremios, hoy capturados por los operadores, del nivel de coordinación y de propuesta con los demás actores y movimientos sociales emancipatorios, y de la capacidad para ofrecer una lectura integral y representación progresista de las multivoces del proletariado social.

4. La implosión perjudicial de las organizaciones sociales de base, con el ajuste estructural, arrebató no sólo al Estado sino al sistema de partidos el control cívico sobre la recolección correcta de demandas y necesidades sociales, sino que tal desplome de la socialidad organizada quebró toda probabilidad de introducir cultura cívica o democrática en el campo y la ciudad desde abajo, ocupando eses vacío de democratización y de ausencia de sociedad civil una red desordenada de ONGs izquierdistas, eclesiásticas, socialdemócratas y liberales. En líneas generales. Ellas se multiplicaron para llenar el vacío social orquestado por la retirada del Estado populista del seno de la sociedad popular; como se supone este repliegue buscaba cortar todos los lazos de fiscalización y de asociatividad que pudieran emerger en el tejido social, lo cual daño al ya alicaído sistema de partidos y dejo expuestos a los sectores populares al deterioro conductual e individualización producido posteriormente por el sistema audiovisual y sociedad de consumo.

El apoliticismo enervante, la desafección cívica hacia grandes referentes o ideologías orientadoras crearon las condiciones para la proliferación política de oportunistas y operadores corruptos, que enfermaron la base social o simplemente la infectaron de clientelismo y prebendas, destruyendo toda conexión entre las nuevas generaciones y el sistema político, y dejando el terreno libre a una clase política tradicional que haría de la democracia, y de su endeble institucionalidad un negocio personalista de administradores y manipuladores de información, corruptores y sirvientes al que demuestre poder económico. Frente a este problema de vulnerabilidad social y desorganización de los sectores populares proyectaron su tarea de repliegue político los viejos cuadros de izquierda. Al ser barridos del Estado populista ellos conservaron la agenda social del trabajo comunitario con los sectores empobrecidos y golpeados por la crisis cultural y económica de los 80s, edificando un interesante trabajo operativo de desarrollar capacidades y empoderar a la población, con el aprendizaje de saberes técnicos, experiencias microempresariales, talleres productivos para jóvenes y madres, trabajo con poblaciones infantiles y adolescentes, entrenamiento y participación ciudadana. El propósito al inicio fue recepcionar de manera no lucrativa el dinero de apoyo social de la cooperación internacional de los centros avanzados capitalistas, para construir un colchón de organicidad social frente al impacto de las crisis socioeconómicas de los 80s y 90s en toda la región. Pero específicamente en el Perú ese trabajo social no consiguió por cálculo político de los poderes políticos de las ONGs, a recrear una sólida sociedad civil plural y organizada, sino que en muchos casos la representación y liderazgo que lograron a niveles de poder más altos reprodujo estructuras clientelares y asistencialistas, haciéndole el juego al miserabilismo de la política social fujimorista por equilibrio estratégico .

No se duda de que en cierto modo la sostenibilidad social de los aprendizajes que defendieron las ONGs sirvieron como compensaciones sociales a la salvaje inserción del mercado; que en ellas se dieran los pasos iniciales para la formación de cuadros técnicos y consultores especializados en temas diversos de la estructura del Estado; y que desde ellos – sobre todo en las ONgs DESCO, Alternativa, IEP, CEPES, CEDAL, CEDEP, etc.- se generó la reserva democrática de contención al autoritarismo fujimorista y la ulterior recuperación de la democracia institucional. Ese no es el problema, el punto es que en muchos casos la cercanía con el trabajo social del tercer sector popular, y su alejamiento real de la modernización y sofisticación del poder estatal crearon cuadros profesionales con profundos desconocimientos de los niveles superiores de gobierno, y sin ningún interés personal por modificar esta infraestructura sociocultural en poder efectivo de cambio social. Al igual que los niveles sindicales, gremiales, barriales no hubo la preocupación por encarnar una propuesta realista y operativa de cambio social, y no hubo la integración programática de generar estas condiciones previamente en sus experiencias de intervención social de forma conjunta porque tal resultado hubiera sido el liquidamiento de las condiciones de pobreza y por lo tanto la pérdida de apoyos objetivos que hacen posible su existencia institucional… Por ello en red este poder civil si bien es acogedor de la democracia y de ciertos niveles de manejo responsable y desideologizado de la economía, no representa sino una empresa de poder, que ha logrado últimamente ciertos niveles de manejo tecnocrático – con el Toledismo y hoy con la gerencia municipal de Susana Villarán- pero cuya supervivencia a pesar de las reformas sociales hacia el social-liberalismo, y el crecimiento real de los indicadores del desarrollo humano de forma parcial – principalmente en la Costa y en las ciudades- no representa sino una oligarquía mesocrática que negocia con los saberes aplicados del desarrollo social sin ningún escrúpulo vendiendo su conocimiento social de la realidad popular, como consultores acríticos que son a los nuevos poderes particulares, sin influir políticamente en las barbaridades y represiones de la derecha económica. Hoy tal vez con la etiqueta de “la inclusión social” – tema incorporado proselitistamente por Humala y la izquierda esclarecida- se percibió la oportunidad operativa de poner en práctica la reforma social, tal vez cultural, del modelo de desarrollo, es decir, progresar de manera social y humana.

Pero pronto al desproporción para llevar a cabo esta tarea, animada sólo en la retórica populista, y el desenmascaramiento de intenciones caudillistas y personalistas – el caso Chehade, nepotismo y corrupción en la varios niveles del gobierno- han sido los motivos perfectos para ser desalojados de los niveles de gobierno real del Perú. El tema de inclusión social ha sido arrebatado a sus sacerdotes y utilizado detal manera por la derecha para servir de pretexto para iniciar la neutralización política de la intervención de las ONGs, reformándolas o simplemente expulsándolas al cinismo del consultor o asesor de temas sociales.

5. Un último espacio que no ha sido considerado como resultado de la degradación político-cultural de las organizaciones sociales de base, y demás niveles superiores, es el sector informal de microempresarios. Esto no quiere decir que no sufra de grados complejos de corrupción y de pragmatismo utilitarista, pero estos problemas son resultado de otra naturaleza cultural, y parte de la apropiación reactiva de “ la sabiduría escéptica” de las ciudades para predominar. Se podría sostener que no obstante carecer de esquemas clásicos y pensados de desarrollo social, y ser el terreno material para el desarrollo de un ethos grotesco y ritualista en espacios urbanos, estos migrantes de todas las latitudes del país si respetan la lógica interna de sus rudimentarias organizaciones económicas, supliendo la falta de competencias administrativas y de sofisticadas divisiones de trabajo interno por la pujanza del trabajo y el uso intenso de mano de obra migrante. Es en estos polos de desarrollo microempresarial – Gamarra, Lima Norte, Villa El Salvador, El centro de Lima, e innumerables talleres productivos y manufactureros, donde las mutaciones insospechadas del ahorro popular y del mundo del trabajo vienen precedidas de cambios en los estilos de vida y en los sistemas de representación cultural, quebrándose así la vieja hegemonía de la modernización criolla, mal llamada “cholificación”, y dando paso a un caleidoscopio complejo de identidades y culturas donde la asociatividad y el esfuerzo individual retoma la vieja idea arguediana de un Perú “de todas las sangres” o la heterotopía de la que habla Vattimo en sus análisis de la cultura postmoderna (VATTIMO: ). A pesar de la segregación social, el racismo y niveles crueles de violencia social en todos los frentes, existe incólume el proyecto de un encuentro democrático intercultural de todos los pueblos y cosmovisiones que conforman el accidentado mundo que es el Perú, una integración que puede encarnarse en una nueva cultura organizativa más hecha a la idiosincrasia sensorial de nuestra tierra. Ese es el reto.

Activismo y relaciones comunitarias.

Como en otra parte examine la disociación clase-juventud a inicios de la segunda modernización individualista y consumista creo las condiciones sociopsicológicas para la formación de un espíritu juvenil, en permanente divorcio del sistema político, y en general con todo sistema de normas establecido. Lo sostengo con todas sus letras, el surgimiento del acontecimiento juvenil en la historia del Perú contemporáneo no obedeció sencillamente a un salto cualitativo de la cultura sensorial por sobre la cima de la homogeneización estatocéntrica, sino que su manifestación propiamente postmaterial y esteticista fue un resultado del desmarque violento y justificado de la descomposición social que experimentó el modelo de desarrollo heterodoxo. De cierta manera la pervivencia de estas culturas juveniles –fenómeno propiamente en las ciudades- ligada a condiciones concretas de pobreza estructural y falta de oportunidades, condicionaron la deslegitimación cultural del sistema de partidos, pero también la nefasta desestructuración de la secularización cultural, la reproducción y reforzamiento de un tejido social anticívico y el desmadre de una moral anómica. La fragmentación cultural de las bases sociales ante “el sálvese quien pueda” del ajuste estructural neoliberal no sólo ahondaron la crisis cultural de las asociaciones voluntarias del campo y la ciudad, sino que provocaron la renuncia irreversible de las fuerzas juveniles populares de todo proyecto colectivo de país, cayendo sus identidades golpeadas por la diseminación y atomización objetiva en las garras de una cultura marginal, en la violencia y la delincuencia cotidiana, y en el culto a un estilo de vida anárquico y tribal que sólo adoraría y legitimaría la credibilidad del consumismo seductor. La derrota de la subversión senderista arrojó el despliegue de la criminalidad a un escenario sin peligros ideológicos y enemigos alternativos para el capitalismo, pero el costo fue la siembra de una vida en red trasgresora en todos los niveles (delincuencia común, narcotráfico, corrupción organizativa) que impacto sobre la juventud empobrecida, decidiendo estas culturas de cierta manera a reproducir clandestinamente una economía delictiva informal que le diera acceso al postmodernismo consumista de la cultura criolla. Ahí donde el deseo gobierna la razón y la convierte en un racionalismo pragmatista y utilitarista, se desarrolla de modo subterráneo una economía libidinal, una economía política ilegal que solventa el despilfarro y el desborde de los deseos, una mutación tan insospechada que deteriora el poco puritanismo laboral que pudiera existir en la base, quebrando con el tiempo, todo mandato generacional hacia la profesionalización, y provocando, por lo tanto, todo deseo de organizarse en una estructura política, a la cual sólo filtrarían para servirse de ella.

No estoy haciendo sólo un juicio moral hacia las culturas juveniles de modo absolutista. El hecho de que me haya detenido en la juventud popular, abandonada por el modelo de desarrollo, el sistema educativo y la elitización asfixiante de las culturas oficiales, obedece a un criterio previo de querer explicar el poco nivel de organicidad política que se evidencia en los colectivos juveniles de izquierda de hoy. Más allá de una observación general creo de modo exploratorio que los colectivos juveniles reflejan internamente este conflicto anómico, esta desarticulación esteticista con el sistema social de la modernización autoritaria, y que aunque la juventud concita una opinión crítica, un trabajo comunitarista en todos los rincones de la sociedad sigue reproduciendo una distancia “alpinchista” con el sistema de dominación al cual rechazan, ocasionando la entrega delegativa al Estado autoritario. Señalemos algunos rasgos sociales de estos colectivos:

1. En primera instancia, estos colectivos carecen de una elemental organicidad interna; no poseen las referencias idearios políticos definidos aunque se reclaman marxistas, y se desvinculan intencionalmente de las organizaciones tradicionales de la izquierda por considerarlas anacrónicas, centralistas y autoritarias. Ese esta actitud anarquista hacia cualquier referencia normativa lo que impide la renovación dirigencial, y el cinismo profesionalizado de la movilidad individual. Son no partido.

2. No se posee más que una conexión embrionaria con las juventudes populares.
Si bien en el seno de las universidades públicas existe tal contacto este aún esta secuestrado por el emprendedurismo individual y el avance del radicalismo estudiantil, como el FER (Frente de estudiantes revolucionarios-UNMSM) lo cual impide inundar de eticidad democrática a la base social. Además de cierta manera hipotética esta brecha política entre los colectivos mesocráticos de las universidades público-privados y la juventud popular es causada aún por una mentalidad de representación humanitaria, que se refleja en el activismo juvenil de las ONGs de izquierda. No hay me parece, una real dimensión solidaria y si una estigmatización academicista de estos grupos juveniles con los que no se desarrolla una real equidad de saberes. Esto se expresa en las marchas y movilizaciones, donde sólo hay una representación escasa de la juventud, que es de procedencia universitaria y de sectores medios.

3. A pesar de su asombrosa producción de subjetividad artística y cultural (teatro, artes plásticas, danzas, cultura del deporte, turismo ecológico, voluntariado social, formación de grupos musicales, etc.) que habla de cierta manera de la conformación de un nuevo horizonte cultural, que aún no encarna en instituciones definidas, creo con certeza que esta rica ontología sigue secuestrada y alimenta aún a los monopolios criollos del consumo, de los afectos y de los saberes estéticos, incorporando las creaciones folklóricas y de la estética artesanal a un constructo que lee con exactitud los gustos de las sociedades populares. No obstante no ser la cultura popular una reproducción de las elites, si existe en forma un criterio oculto de veneración de los arquetipos cosméticos del mundo criollo occidental, aún cuando la creatividad juvenil inventa escapes trasgresores con sus pasiones y vivencias rebeldes. Creo que la no incorporación de este esteticismo militante en el seno de los programas políticos renovados ocasiona su elitización descarada; la práctica de un esnobismo, hedonismo irresponsable que convierte el arte en una ideología de la manipulación.

4. Creo de forma sospechosa que todo este alardeo de desobediencia y rebeldía no rompe de raíz con la moratoria social y el funcionalismo organizativo de la cultura adulta posterior. En realidad este menosprecio de la ley paterna y de la jungla de obligaciones en el sistema de trabajo rutinario, es más que una real fidelidad a lo alternativo del socialismo, o la democracia radical, una forma de vida que reniega de su captura posterior, lo cual me dicta a conjeturar que en plena madurez o en realismo desencantado reasume la cultura inauténtica y oportunista, corrupta y calculista del universo hegemónico, recreando por decepción un escepticismo y descompromiso hacia toda forma de vida social .

En este sentido, al haber delineado de forma hipotética algunos rasgos de esta rebeldía pre-profesional es lógico sostener que la madurez posterior crea una psicología social y un perfil laboral que asume acríticamente los activos y pasivos del trabajo que se desempeña, acogiendo los idearios y sistemas de conocimiento de su entorno laboral para conseguir eficiencia, movilidad profesional y ventajas salariales. De cierta manera su grado de compromiso alcanza recomendaciones sugerentes en el terreno profesional, pero no las protagoniza o simplemente las desecha por el juego de poder intrínseco a las jerarquías administrativas. Es más da permiso a sus instancias superiores y decisoras a usar de la manera más personal y rentable sus productos de trabajo, aún cuando, a veces, tal conocimiento sirva para favorecer intereses particulares y mafiosos. El hecho de que exista una distancia sutil entre los productos intelectuales del trabajo y sus aplicaciones prácticas lucrativas genera un cinismo profesional que deja intactas las mafias laborales que se apoderan del sector público y empresarial, y va lentamente mermando y volviendo mediocre la capacidad de trabajo individual y colectiva. Es este cinismo profesional de la sobrevivencia y de la actitud mercantilista lo que se impone como cultura del trabajo y se naturaliza hasta las instancias universitarias de la vida juvenil , tornándose una virtud moral que erosiona significativamente la solidez de toda estructura administrativa. Este es el caso dramático de las profesiones ligadas a lo social, donde no sólo están severamente expulsadas de los niveles más tecnocráticos de decisión y del poder ejecutivo, sino que además son relegados a un trabajo social con la población para recoger datos cualitativos y cuantitativos , que después son usados para armar líneas de base y estudios de impacto ambiental – los más conocidos- cuyas conclusiones son utilizadas a espaldas y en contra de los intereses sociales. Aún cuando es complicado el margen de maniobra del trabajador social, y me incluyo, si hay un nivel de recomendación y de influencia donde la voz comprensiva e intercultural del científico social puede sugerir, como son los planes de relaciones comunitarias y planes de participación ciudadana pero este escenario es aún muy embrionario y está plagado de profesiones inapropiadas y sin ninguna capacidad de análisis social (abogados, ingenieros, arquitectos, mayormente).

Creo que este abismo social entre la prédica social y la capacidad real para operativizarla en bienestar social, descoloca moralmente al consultor social teniendo que convertirse por recursos económicos en un vulgar mercenario de la información social y de la lógica de organización de los pueblos. Aún cuando hay muchos “PPKausas” desperdigados por ahí creemos que la reserva moral y la ética profesional de nuestros jóvenes valores y talentos sociales no debería correr la suerte de una estructura profesional enferma y defectuosa, pero eso es una lucha que implica una decisión individual y colectiva que hoy es sólo una promesa.

Conclusiones. Hacia un modelo de integración. Teoría-tecnocracia-clase política.
Como acápite final y a manera de conclusión ensayaré los lineamientos sueltos de un modelo de integración profesional, como aporte sociológico para superar la jaula de hierro delincuencial y autoritaria que representa nuestra estructura organizativa interna. Si bien la tarea es titánica y rebasa las fuerzas de mi reflexión exploratoria, aquí sólo soltare algunas ideas directrices que deben ser aterrrizadas en acción operativa:

1. En el nivel de la teoría (ciencias y humanidades) es necesario superar de manera real los serios límites organizativos, epistémicos, políticos y morales que existen en la producción científica. Es urgente independizar al librepensador y a la curiosidad de la ciencia de las manipulaciones y conveniencias políticas de los financistas y operadores políticos a raudales, recreando e imponiendo un nuevo consenso ortodoxo alrededor de líneas y temática de investigación más útiles a la recomposición de la vida social . Esto quiere decir que es recomendable beber de los múltiples enfoques científicos y filosóficos que saturan la sociedad digital para refrescar y liberar de los prejuicios eurocéntricos y dogmáticos de la reflexión científica y las humanidades. Es necesario descolonizar no sólo las ideas sino inventar nuevas aproximaciones metodológicas y técnicas al objeto de estudio cambiante y consciente, acciones concretas de comunicación y trabajo en equipo en los establecimientos universitarios que deshagan esa vieja idea weberiana de la separación ciencia e ideología que nos ha vuelto tan apolíticos y frívolos (WEBER:). No hay que alimentar ese esnobismo recreacional o esa escribalidad sin sujetos políticos, sino publicitar y hacer trabajo de base con las ideas y la comprensión-logoterapia. Pero no para alimentar liderazgos autoritarios o estrellas de cine, sino para retroalimentar la teoría y al campo académico de nuevo vigor intersubjetivo; una comunidad científica que recoja del pueblo los saberes residuales –de los que habla Foucault – y los verdaderos conocimientos tecnológicos-culturales para empoderar al sujeto político descentrado y golpeado por la desinformación de la jungla digital. No es una búsqueda de ideologización política lo que se propone, ni adoctrinamiento para confrontar, sino enseñar a las sociedades populares a redescubrirse y deconstruirse con tolerancia y autonomía. Hay que romper ese alejamiento de la ciencia del discurso popular, pero no en pos de una secularización autoritaria o moral científica, sino en búsqueda de una sociedad que sintetice lo antiguo y lo moderno, una sociedad que se autoconozca y se autoreproduzca. Hay que finalmente salir de esa sabiduría intelectualista y abrirse a la investigación participativa que escuche al sabio de la calle y del campo para construir un discurso de segundo orden que haga de la hermenéutica de la sospecha y de la superficialidad postmoderna una técnica real de educación democrática. ¡Basta ya del desperdicio cool de la inteligencia o de la atrofia tecnológica!; es preciso dejar de sentirse los sacerdotes en medio de auditores cínicos o en revistas que nadie lee. Frente a la dispersión de lo empírico, de los postmoderno la unidad de la teoría. Es preciso tal síntesis pero esto es sólo obra de niños y desquiciados.

2. En las últimas décadas el descrédito de la teoría marxista y de variados especulativismos a su alrededor, han atrofiado la comunicación entre la academia y el trabajo operativo social. Al abandonarse los cambios holísticos (reforma, revolución) las ONGs ha apelado a un reformismo microsocial o etnometodológico donde la acumulación de esfuerzos individuales o redes intercomunales (los pueblos de Villa El Salvador son un ejemplo de esta actividad autogestionaria) crearon una nueva cultura cívica y solidaria, y lo que es importante, nuevos sujetos políticos y cotidianos. Aunque tal objetivo se ha dado de forma escurridiza a raíz del crecimiento económico del PBI nacional (7% en promedio en el último año) y de los demás indicadores del desarrollo humano, la verdad es que late en las matrices de la cultura popular una asociatividad de la subsistencia y del emprendedurismo empresarial todavía muy lejos del aprendizaje del diálogo y la comunicación a varios niveles. Ya sea la desinformación o el arraigo de al cultura de la pobreza la tarea del desarrollo de capacidades ha sido complicado, y se ha quedado en meras sensibilizaciones o en celebración de talleres informativos que son un “saludo a la bandera” debido a la insostenibilidad de recetas en donde se aguarda la iniciativa individual o se predetermina indicadores ajenos a la realidad cruda de la vulnerabilidad y de la pobreza estructural. El ya decidido protagonismo sin atisbos de cooperación social y la desaparición de la sociedad nacional como referente simbólico a raíz de esta pulverización del sujeto consciente, convierten el trabajo de las ONgs en esfuerzos a medias y en muchas veces al servicio de reproducción de un dependentismo social preocupante y ridículo. Hay disposiciones y hábitos culturales, étnicos, artesanales en la sociedad real que pueden ser reflotados como cimientos de tecnología intercultural (la biodiversidad en el manejo de la economía cultural de la selva), pero esta apuesta no se concatena aún con un programa socioeconómico alternativo al de la mera acumulación de corte racionalista por la razón de que no se constituye una técnica social, física y biológica, que gestione articuladamente el territorio. El tecnócrata es ciego sin la ciencia, saber que podría que recoger el corazón trasversal de los fenómenos sociales, y ser replicado en un diseño organizativo total sano y eficiente. Como la academia carece del refresco autóctono de lo peruano y se deja hundir en disquisiciones doctrinarias, y la técnica sólo gerencia y acumula los problemas en soluciones improvisadas del “copia y pega”, es necesario un trabajo recíproco que libere a la teoría y a la praxis de postulados impracticables o de la mera acción voluntarista de los desinformados o descontentos. Esto por ahora sin una atmósfera realista de cambio es obra de otro espíritu, de otra fuerza generacional, pero esto es sólo un proyecto al que le falta tomar cuerpo y dirección
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3. Un último impase que observo para unificar el campo profesional y revitalizar así a las organizaciones de abajo hacia arriba, es la pervivencia nefasta de un club interminable de operadores, lobistas, y mercenarios políticos que ha atrofiado con tal alevosía la estructura política que su predica y audacia se ha convertido en una virtud moral de incapaces y delincuentes. El principal daño que han ocasionado a la sociedad no es como sostiene incluso ellos con desfachatez, el haber entregado a la sociedad a las manipulaciones y transformaciones inciertas del capitalismo interno y trasnacional, sino haber dejado intacto esa cultura del “pendejo” y del “vivazo”, del “divide y vencerás” en el corazón del pueblo, convirtiendo toda acción de bienestar social en populismo barato, donde su idea siciliana de perennizarse en el poder ha reproducido una raza de seres corruptos y complotadores, que no les importa la responsabilidad del cargo que ocupan, y no les importa nada realmente. En este sentido creo hay que romper esa sólida subordinación de los niveles académicos y tecnocráticos a su concurso personal, pues ello, lo sostengo, es la fuente principal del deterioro y pérdida de la calidad de las contribuciones científicas y el sojuzgamiento de las capas profesionales a un sistema de poder que los denigra y los anula. Creo que el embate a estos criminales del alma debe ser público y urgente, pero es sólo tarea de hombres nuevos y con magia. Hay que resucitar a la palabra.

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Cultura y desarrollo. La situación de la cultura urbano-popular en el contexto de la economía de mercado. El caso del AAHH Pando en san Miguel Lima-Perú

by on Ene.26, 2012, under Sin categoría

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Ronald Jesús Torres Bringas

Resumen:

En los límites de este ensayo de investigación trataré de dar cuenta del estado de reproducción de la cultura popular a nivel de su proceso de constitución interna, dejando sentada la precaución de que lo que ofrezco no es una visión esencialista o exterior de la lógica cultural sino una lectura explicativa de los procesos de socialización de las identidades populares, a partir de que toda subcultura es producto de un campo de relaciones especifico. Para ello he apoyado mis conjeturas en una detallada observación participante y en la contrastación empírica de las hipótesis a partir de entrevistas específicas de los actores claves de la zona objeto de estudio .

Palabra clave: Cultura popular, proceso de individualización, organicidad política, medios de comunicación, ideología del mercado, resistencia cultural.

El ensayo lo he dividido en cinco partes. En la primera parte, daré una visión general de la sociogénesis de la cultura popular en el contexto de los procesos de modernización nacional, así como en el ámbito de la racionalidad del mercado en los últimos quince años. Si bien la historicidad de las categorías urbano-populares alcanza ejes temporales anteriores al período considerado que arranca desde fines de los años 50•s, lo cierto es que el carácter de reproducción de las mentalidades populares alcanza en este marco sociohistórico específico un plus distinto al de otros períodos de la historia peruana: Nunca como antes el proyecto republicano encapsulado en una visión nacional desarrollista se enfrentó a las culturas populares como aquella otredad tradicional que debió ser superada en términos ontológicos para conquistar el tan ansiado desarrollo moderno sostenible. Lo que originó este período es la irrupción de las categorías populares en el proceso de conformación de una mentalidad política definida para generar un proyecto colectivo de transformación sociohistórica del escenario peruano. La descomposición acelerada de la modernización autoritaria populista (LACLAU. 2005: 176) y la desactivación de la participación popular en el proceso de constitución de la formación socioeconómica nacional pone en paréntesis perpetuo la definida soberanía interna de los actores nacionales para construir en adelante el edificio societal. La inserción de las identidades populares en la apropiación de la producción simbólica de las subjetividades colectivas hecha por la borda toda una conciencia política, inaugurando la posición objetiva de un nuevo proceso de generación de las mentalidades populares a partir de la gran transmutación gramatical que ha supuesto el impacto de los medios de comunicación en la biografía individual.
En un segundo momento ejercito un panorama situacional para ubicar la comunidad de Pando en el espacio urbano de la ciudad de Lima, trato de dar datos de su fundación e historia así como de su composición poblacional y económica.
En un tercer momento examino la decisiva relación que se establece entre la lógica del mercado como ideología que teje las relaciones sociales y el proceso de personalización periférico, que es la nueva forma en que la producción de la individualidad se desliga de su obligación objetiva con la totalidad social, formando una cultura centrada en la realización hedonista. Además exploro los cambios certeros que han recibido las formas de resistencia cultural en el contexto de la economía de mercado que desmaterializa la experiencia pero que coloca a la subjetividad popular ante el desafío de renovar el contenido ideológico de la solidaridad popular, así como, ubica en un escenario más optimista la participación de las mayorías en el proceso de modelamiento de las representaciones colectivas.
En un cuarto acápite exploro cuáles han sido, después de la crítica situación económica y del proceso de privatización de las identidades públicas, las nuevas formas políticas que adopta las categorías subalternas para incidir en el proceso de reconfiguración de las decisiones públicas, ahí donde se fuerza a las identidades regionales y locales a abandonar las estrategias políticas globales de la clásica modernización y a resistir tácticamente desde movimientos sociales que combinan demandas de reconocimiento étnico-cultural .
En un quinto episodio de este ensayo indago el impacto objetivo que ha significado la red mediática en el proceso de regeneración de las representaciones colectivas en el escenario popular, ensayando la conjetura de que si bien la lógica mediática despersonaliza la experiencia individual originando la ruptura de la comunicación interactiva del lugar antropológico, como diría Auge, (AUGE. 1998), lo cierto es que esta reencuentra a las categorías populares en formas arcaicas de existencia cultural que desatan la conjetura de que se está originando un nuevo e insólito proceso de constitución de repertorios culturales más allá de la disciplina autoritaria y manipulatoria que ha significado la modernidad occidental.
En un sexto momento daré entrada a un resumen general y ensayaré algunas conclusiones tentativas. Demás esta decir que si bien el estudio de la subjetividad popular no es mi especialidad en esta exposición que propongo a evaluación doy forma provisoria a ciertas reflexiones personales que mi humilde aportación teórica trata de verificar. Este ensayo es parte de un esfuerzo solitario por luchar en contra de la desidia académica ahí donde se sostiene que el intelectual es uno de los responsables directos de las locuras totalitarias; con mi aporte voy en contra de ese prejuicio.

1. Socio génesis de lo popular en la formación histórica peruana.

Se podría hacer un bosquejo tentativo a cerca del origen de lo popular en la realidad de la periferia latinoamericana, considerando las profundas transformaciones socioestructurales que se han suscitado en las últimas décadas. ¿Es que alguna vez hemos dejado de ser una realidad zambullida en lo popular? ¿No es acaso ahora que el goce de lo popular a través de la mass media o de la aldea global, como diría Mc Luhan, condiciona la configuración de la realidad evanescente que vivimos hoy en día, dejando en suspensión el proyecto ilustrado de domesticar al hombre?
Si en un primer momento el eje vertical que articulaba lo popular se subordinaba al avance tímido o paralizador del capitalismo primario exportador, confinando la reproducción de la cotidianidad popular en los estamentos sólidos y estáticos de la sociedad rural, en un segundo momento, a raíz de las convulsiones históricas y de la apertura de la sociedad a un capitalismo de carácter semi-industrial se produce una expansión de los dominios populares a vastas zonas de la estructura social, propugnando como sostiene Barbero, el proyecto nacional desarrollista ( MARTIN BARBERO. 2001). Es decir, la liberación de las fuerzas sociales excluidas de la anterior formación tradicional a un escenario de constante reivindicación democratizadora de los componentes populistas, centrada en la visión estatocéntrica, (LACLAU. 2005: 150) confirmó la sospecha de que la aventura desarrollista hacia ingresar a las categorías populares migrantes movilizadas a un escenario de profundas mutaciones economico-políticas ubicando a los países latinoamericanos ante la expectativa de lograr el desarrollo que habían alcanzado las sociedades hegemónicas, superando la terrible dependencia estructural (CARDOSO y FALLETO. 1969: 130).
Al agotarse esta ficción modernizadora porque no se pudo revolucionar apropiadamente la formación socio económica, y porque no se logró hacer transitar a los sistemas de significación pre-modernos hacia formas completamente modernas de existencia social, se expulsa definitivamente a las categorías populares de la construcción de la sociedad real, pasando a soportar las peripecias de un modelo de desarrollo que los asfixia y subordina violentamente. No obstante, esta conciencia objetiva de la marginalidad obliga a los diversos esquemas socio-productivos de los estratos populares a adaptarse audazmente ante la concentración del capital productivo generándose un polo marginal del desarrollo donde el entramado societal y los diversos rostros de la plebe urbana soportan informales modos de explotación social (QUIJANO. 1991: 120) pero que significan las ingeniosas estrategias de supervivencia económica que elabora sorpresivamente el mundo popular para salir de la crisis económica e increíblemente dar forma a un pujante sector económico con presencia en la economía nacional (DE SOTO. 1986). Como diría Víctor Vich:
“…A la crisis económica generalizada, la desigualdad de oportunidades, la falta de empleo y la nítida aspiración de querer ser independiente, los sectores populares respondieron con una vitalidad sorprendente no sólo pro la fuerza económica que llegaron a desarrollar sino también por el significado cultural que estas nuevas prácticas entretejieron”(VICH. 2001: 45)
Esta cita explora ulteriormente la extrema complejidad que adopta la cultura popular ante la embestida de un modelo de desarrollo excluyente, forzándolos a sofisticar con habilidad y maña popular no sólo sus respuestas económicas ante la crisis sino además a emerger prácticas culturales innovadoras que evidencia la serie de mutaciones híbridas que el proceso de industrialización y masificación iniciaron (GARCÍA CANCLINI. 2001: 236). Es decir, a diferencia de considerar estas hibridaciones identitarias como formas ontológicas que preservan rasgos esenciales de las matrices culturales originales, estas nuevas prácticas y mestizajes plantean la necesidad de ubicar la reproducción de la cultura y de sus sistemas de significación al interior de contextos históricos desterritorializados por las nuevas tecnologías de la información (BARBERO. 2001: 5-6). Más que un concepto exterior a la cultura de masas lo popular es ya un resultado de existencias e intimidades relacionales que se disputan en la lucha por la legitimación y la realización individual espacios y estilos de vida que van más allá de las distancias y fronteras que conciben las jerarquías de poder. Lo subalterno no sería construido por una exclusión esencialista de los marcos de socialización legítimos un otro encapsulado en bolsones de pobreza, sino sería como admite Gramsci una categoría que se inscribe en una lucha despiadada por derribar la subordinación a la que lo somete la cultura de los grupos dominantes . Es de mí parecer que lo popular no es el eco o reflejo de lo que se elabora en las clases dominantes sino en las sociedades periféricas una concreta experiencia de reactivación cultural para edificar en igualdad de condiciones simbólicas con el reconocimiento de las diferencias los límites y los rasgos que adquiere la realidad social. A pesar del racismo y de los estereotipos sociales que infringen la cultura supuestamente legítima los sectores populares empujados y alentados por los nuevos espacios de poder que conquistan en la ciudad están redefiniendo aceleradamente los lenguajes heterogéneos a través de los cuales se reproduce la realidad contingente, logrando subvertir la existencia concreta de identidades no socializadas por los discursos del poder. No sería la estrategia de un populismo económico lo que estaría definiendo la emergencia de las identidades populares sino un más variado y astuto plan de diseño de las coordenadas de la realidad sostenido en la transmutación de valores renovados e insurgentes que desafían el reduccionismo mercantilista de la ideología demoliberal convirtiendo el dispositivo sólido de una realidad administrada en una gramática líquida y fluida de interacción por la hegemonía (BAUMAN. 2004: 136).
Al contrario de lo que pensaban las versiones negativas de la cultura que tendían a menospreciar la existencia de códigos culturales populares predominantes, en la periferia del sistema capitalista anarquizado la forma habitual en que se constituye la personalidad individual y las diversas facetas que recepcionan las representaciones colectivas es atravesada por las conciencias subalternas recreando un pujante entramado social y un discurso de integración social que alcanza vertientes nacionales. David Word diría que en las representaciones populares como el fútbol y las artesanías se dibujan los perfiles de una conciencia que se apodera de los espacios sociales regenerando la realidad de un humor festivo y jovial (WOOD. 2005: 23). Estos imaginarios son promocionados a nivel de los demás sectores sociales de la estructura social por medio de las industrias culturales y de los aparatos de publicidad generándose cambios cualitativos en la manera como se conciben los rostros de la sociedad peruana, y dando origen a insólitos mercados simbólicos en donde se teje la conflictiva y múltiple urdimbre social de la realidad nacional. Tal vez en sociedades como la peruana en donde el impacto de la lógica del mercado, con sus reformas socio estructurales y desactivación del imaginario nacional desarrollista, situó las coordenadas de la reproducción cultural en ámbitos precarios y sumamente críticos, las identidades sociales lograron y fueron obligadas a adaptarse con sabiduría práctica ante el despiadado bombardeo de una ideología neoliberal que disolvió implacablemente las oportunidades de liberación y de soberanía socioeconómica que plantearon las fuerzas sociales de vanguardia. Actualmente ante el avance imparable del proceso de mestizaje cultural o de cholificación como diría Quijano (QUIJANO. 1991) y de una mitología hedonista que desactiva las particularidades revolucionarias se transita hacia fenómenos de realización individual que postergan definitivamente la lógica de un proceso estructuralista y autoritario que tendía a encapsular la identidad bajo el rígido corset de la historia colectiva y del progreso (LIPOVESTKY. 1986: 5-15)
Si bien estas ideologías individualistas desestructuran los esfuerzos colectivos por mantener protegida la formación de la personalidad, lo cierto es que dotan al sujeto periférico de saberes mediáticos con los cuales pueden reducir las asimetrías que plantea contundentemente el discurso oficial, aquel referente organizacional que detestan pero que necesitan asimilar para sobrevivir con eficiencia. No siempre los ardides simbólicos que urden las mentalidades populares logran atravesar la gruesa coraza que edifican las culturas legítimas, no obstante, lo fundamental para construir horizontes culturales benéficos es apropiada por la categorías populares, generándose experiencias de socializaciones e instituciones híbridas que son intocables por la racionalidad instrumental. No es una burda imitación alienante o “huachafadas” sin sentido lo que se observa en las matrices culturales de los sectores populares sino decisiones conscientes a partir de las cuales la subjetividad popular se hace con la modernidad, creando estilos de vida y narraciones colectivas que plantean cosmovisiones y atmósferas que compiten en igualdad de condiciones con la mentalidad criolla.
Desde que lo subalterno se inscribe bajo las directrices relacionales no hay algo totalmente puro, sino repertorios culturales y estados de ánimo que constantemente mutan y adquieren significados dinámicos según las circunstancias objetivas que admite la producción de la cultura. Si bien la modernización criollo-escribal para citar una expresión de Biondi y Zapata (BIONDI y ZAPATA. 2006:12) dirige bajo un convencionalismo que hace agua por todos lados la reproducción de los contenidos subjetivos, la verdad es que los mecanismos bajo los cuales lo subalterno escapa a la racionalidad formal son sumamente creativos y están disponibles en los mercados culturales para que los demás estratos sociales los utilicen a diestra y siniestra. A medida que nada está completamente oculto bajo el sol, y que la reproducción de la cultura reside en tendencia en la mass media (MUNIZ SODRE. 1998: 176), ninguna cultura está totalmente fuera del sistema social sin antes haberse instituido bajo las impresiones reflexivas de los ámbitos sociales. Lo lícito y la cultura de la representación no agota las grandes dimensiones que adopta la realidad heterogénea, razón por la cual la oferta de lenguajes alternativos enriquecen los vacíos ontológicos y depredadores que asume la facticidad de lógica moderna (VATTIMO. 1990: 157).
Que no se entienda que lo popular se inscribe dentro de los movimientos sociales por reconstruir el discurso moderno; en el Perú la emergencia de la narrativa popular corrompe la complicidad con lo postmoderno, viéndose su presencia como una forma original por reinterpretar la modernidad bajo parámetros flexibles que hagan convivir los saberes tradicionales con los modernos. Es decir una modernidad reflexiva que acepta poco a poco la diferencia y que aprende a negociar la historicidad de los cambios sociales más tolerantemente (BECK. Et.al. 1997: 45) aún cuando estos acuerdos y la maña dialógica evaden responsabilidades dialécticas e históricas que nuestra accidentada modernización populista forjaron. No es una modernidad la que se edifica sobre la base de los componentes institucionales clásicos de las sociedades occidentales sino un tejido social cargado de saberes que ante las carencias de orden normativo llena los vacíos con la convivencia de relatos entre los cuales se ubica la racionalidad del mercado objetivante. A diferencia de las sociedades hegemónicas en que existen claras distinciones entre los ámbitos institucionales de la democracia representativa en sociedades periféricas como la peruana el desorden bajo el cual se configura la realidad habla de un reencantamiento cultural en el cual el caos cultural cede su lugar a una compleja estratificación social en donde prima el circunstancialismo. Ante el desdibujamiento de la formación socio histórica de la modernidad disciplinaria los sectores populares hambrientos de redistribución y reconocimiento cultural configuran una modernización más laxa y líquida en donde el presente, vertiginoso y estancado a la vez, se abre ante la irrupción de saberes que enriquecen la percepción empobrecida y anémica de la realidad capitalista (SANTOS. 2006: 65).
Al contrario de lo que profetizaron los abogados de la modernidad como Horkheimer y Adorno la ilustración no logró contener la totalidad social en los rústicos límites de la razón tecnológica, sino que estalló en identidades descentradas y desterritorializadas que fueron dominando la producción de lo real a medida que fueron rompiendo la frágil película de falsa totalidad estandarizada (HORKHEIMER y ADORNO. 1987: 146). Esta frustrada unificación espacio-temporal dio vida a una forma de razonamiento insospechada hasta ese momento, por la cual las formas consideradas retrógradas de conocimiento- como la intuición y las formas tradicionales de cosmovisión- pasaron competir por la confección del principio de realidad. Sectores de la realidad que no fueron considerados dentro de los márgenes de esa reduccionista totalidad fueron de la noche a la mañana refugios estratégicos de los nuevos formatos globales de la identidad desarrollista.
Después de la segunda guerra mundial las regiones periféricas antes excluidas del discurso histórico de la civilización alcanzaron niveles de negociación política nunca antes vistos. El desprestigio de los sectores capitalitas a raíz de la confrontación bélica imperialista y de la experiencia amarga de los gobiernos totalitarios hizo que el centro de la modernización socioeconómica fuera reapropiado por aquellas naciones que deseaban autonomizarse de los centros hegemónicos, ensayando desde principios de los años 50s experimentos desarrollistas que buscaban transformar estructuras sociales pre-capitalistas en regímenes de producción autosostenidos. Se pensaba que la modernización acelerada de las instituciones sociales, adoptando marcos de socialización modernos barrería con los rezagos tradicionales sustituyendo una mentalidad premoderna que esclavizaba el grueso de la mano de obra por patrones sociales racionalizados y secularizados, que darían lugar a una cultura ciudadana. El desmoronamiento de las bases de acumulación primario exportadoras y de una economía de la subsistencia no logró ser una estrategia lo suficientemente contundente para desactivar los recios imaginarios idiosincrásicos que se perpetuaron más allá de los complejos ideológicos que la aventura desarrollista había inaugurado. El error de conferir a la revolución de la estructura social el papel de cambiar la formación sociohistórica dependiente no logró hacer visualizar a las coaliciones políticas de ese entonces que la transformación modernista era incompatible con un edificio social completamente ajeno a la racionalidad occidental. Lo que no comprendieron nuestras avanzadas desarrollista era que el agotamiento de la “razón populista” para citar una expresión de Laclau, no se debió a un complot orquestado por los sectores conservadores en su afán de descomponer las reformas redistributivas y de crecimiento del estado de Bienestar, sino una sorpresiva colisión con el entramado cultural de la formación socio histórica, pues las mutaciones históricas en curso no lograron desmontar las características orales de la cultura peruana que se redefinieron más rápido que los rudos artificios de la política económica. Lo que llamamos informalidad en los laberintos de la peruanidad no es el cansancio de un programa por variar las profundidades de la mentalidad peruana o una treta ideológica por preservar lo fundamental de la biografía individual, sino un más astuto proyecto de adaptación psico-afectiva para aferrarse con éxito a la internacionalización del mercado interno sin poner en riego los perfiles de la identidad. Ante los gigantescos procesos de abstracción que teje la realidad capitalista los sectores populares respondieron con la resignificación de sus narrativas cotidianas, convirtiendo los espacios societales en verdaderos laboratorios de innovación sociocultural, replegados y escondidos del principio de realidad formalista en un materialismo cultural sorprendente (JAMESON) .
La masificación de la cultura producto de los cambios institucionales que supuso la modernización capitalista cogió a la realidad peruana en un momento en que la proyección mediática sintonizó afirmativamente con la reproducción de la cultura popular, otorgándole espacios de legitimidad antes vedados por las élites criollas . Mientras que lo subalterno a través de la participación populista había sido arrojado de los escenarios políticos del régimen social, ante la embestida neoliberal, esta nueva cultura del espectáculo, para coger una expresión de Guy Debord, logró lo que la ideología estatocéntrica no había logrado: reencontrar a lo popular con espacios de reconocimiento cultural desde los cuales construir trayectorias e iniciativas particulares que superen las insoportables condiciones económica de la periferia. Contra todo lo que se pensaba la agencia mediática con toda su capacidad para extrapolar lo popular a ámbitos prohibidos al comportamiento le ha otorgado el mecanismo para reproducir el poder diseminado desde una sabiduría práctica que lucha palmo a palmo la confección de la diversidad social. Ante el repliegue de lo popular a los destacamentos de una pujante ética del trabajo los sectores populares lograron desprenderse del unilateralismo histórico y del desarrollo lineal, ensayando narrativas cotidianas que desafían e irrumpen en los espacios del discurso oficial redefiniéndolo y casi evaporándolo en la reinvención arcaizante y peligrosa de lo posmoderno popular (DEBRAY.1996: 98)
En la medida que la estrategia de capturar el Estado para realizar desde ahí ulteriores transformaciones en la realidad hegemónica hoy no consigue resultados alentadores se cede el lugar de la reproducción de la sociabilidad a un intenso paisaje de microculturas que si bien tienden a presentar un escenario caótico, construyen la realidad de un modo más maleable y negociado. Más que hibridaciones específicas la lógica de reproducción de la subjetividad popular alcanza a apoderarse de la génesis de la hegemonía, usurpando el legítimo derecho de las culturas criollas para elaborar el sentido de lo real. Esta potencialidad para diseñar las coordenadas de la vida cotidiana hace que la cultura popular desarrolle los rasgos multifacéticos de una fenomenologia de lo social intencionada que se desenvuelve independientemente de la realidad administrada (SHUTZ. 1993: 29). Aunque esta situación ocasiona el surgimiento de desigualdades y desencuentros ontológicos que no consiguen modelar experiencias de despegue económico lo cierto es que a larga van contribuyendo las particularidades sociales a fomentar un complejo armazón lingüístico que beneficia a los actores populares.
En el largo plazo está conquista de la específica modernidad desde los actores subalternos puede, unidos a capitales económicos más elaborados desde lo popular, pelear el control de los medios de producción de la periferia generando el lento desplazamiento de lo criollo como discurso hegemónico de lo real, dándose cita a movimientos y pugnas políticas por la dirección de la política económica . Esto último sería el configuramiento de un proyecto colectivo que se moldea a partir de un desborde espontáneo de las fuerzas populares en su lucha por pertenecer a una realidad que los continua excluyendo despiadadamente de la riqueza de lo que es ser peruano.

2. Marco situacional.

La asociación de vivienda Ex Fundo Pando se ubica geográficamente en el distrito de San Miguel en la ciudad de de Lima metropolitana, en la zona limítrofe con el distrito de Lima-Cercado y la Provincia Constitucional del Callao. San Miguel es un distrito con una superficie de 10,720 Km.2, con una densidad poblacional de 13,9 habitantes por Km. 2, contando con una población de124904 habitantes. Su ubicación es estratégica por lo que recibe miles de personas de paso, todos los días. Todo el sur de Lima se conecta con el Callao, San Martín de Porras y los Olivos, a través de San Miguel. Constituye ruta obligada para quien, desde La Molina, Surco o Barranco quieran ir al Aeropuerto Internacional Jorge Chávez.
Fundada paulatinamente alrededor del año 77 sobre terreno que se fueron lotizando a lo largo del tiempo esta asociación de vivienda está incrustada en un distrito que mayormente es de clase media, y con el cual, según testimonios de la gente no se establecen vínculos estrechos, debido a que siempre fueron considerados una “barriada”. Como veremos esta particularidad geográfica-urbana hace que la desorganización y la informalidad del paisaje urbanístico condicionen un cierto tipo de cultura, diferente en su configuración al de otros patrones culturales más óptimos y progresistas como es el caso de la experiencia colectiva de villa El Salvador. Otra particularidad es que a pesar de que existe una cierta espiritualidad de la pobreza, se observan divisiones y segregación territorial debido en todo caso a que existen separaciones enclasadoras entre una empleocracia que reside en mejores propiedades y migrantes que se informalizan y desempeñan oficios diversos en trabajos precarios como maestros albañiles y ambulantes .
Esta urbanización se conformo en un primer momento por tres asociaciones las cuales tenían el nombre de: Ex fundo pando, Pobladores San Marcos y Sr. de la justicia. Estas tres asociaciones fueron las que en un primer momento hicieron contrato de compra venta de lo que era conocido como fundo Pando, también hubo invasiones, todo esto sucedió en la época de las grandes migraciones del campo a la ciudad. La relación de las asociaciones fue conflictiva desde el principio lo que llevo al atraso de la zona a pesar de estar en un distrito como San Miguel el cual se desarrollaba a pasos agigantados. El estancamiento en Pando continuaba hasta la década del noventa en el gobierno de Alberto Fujimori, en el cual se empiezan a dar títulos de propiedad a los pobladores de los asentamientos humanos, es por eso que por el apoyo de algunos congresistas, se unen las tres asociaciones y se pone el nombre de Pando IX etapa el cual se convierte en asentamiento humano para recibir el apoyo del estado por medio de COFOPRI (Comisión de formalización de la propiedad informal), y también el de alumbrado.

Se describe la existencia de un pujante sector poblacional que ha montado en los alrededores de la calle principal Los Pinos a través de la cual se accede a la asociación un comercio variado: existe una pequeña “paradita”, bazares, bodeguitas, panaderías, restaurantes, comercio ambulatorio como emolienteros y vendedores de comida. Esta actividad comercial centralizada sirve de contexto para una rica interacción barrial en donde se reproduce una coexistencia entre estándares de consumo individual y una fuerte cultura de la reciprocidad, que admite elementos tradicionales redefinidos en el espacio barrial.

Mapa del distrito de san Miguel. Lo señalado con la cruz es la Asociación de vivienda Ex Fundo Pando

Se evidencia desde la entrada un caos en el dibujo arquitectónico. Como nos lo cuenta el presidente de una de las juntas directivas de Pando no todas las casas cuenta con las instalaciones de de agua y desagüe, el alumbrado público, y las conexiones de electricidad invaden áreas de construcción, además que existe una distribución territorial de los lotes a veces sin pistas ni veredas, que da la impresión de un laberinto por el desorden y al estrechez de las calles. Agregando a ello se advierte según informes del dirigente casas tugurizadas con más de una familia, cuartos alquilados para estudiantes, y casas que no cuentan con licencia de construcción.
A pesar de que se observan talleres de metalmecánica y de ebanistería, ferreterías y negocios de entretenimiento como informales salones de baile y cantinas que buscan captar al público juvenil de la Universidad Nacional Mayor de san Marcos con la cual se limita, existe una fuerte sector poblacional que sufre una fuerte depresión económica: jóvenes que trajinan de esquina a esquina sin mayor ocupación y oportunidad laboral, influidos por la droga y el alcohol, y que incursionan en actividades delictivas y de pandillaje. Como nos lo cuentan varios testimonios vecinos de la comunidad han realizados esfuerzos institucionales e iniciativas en capacitación y talleres laborales para reinsertar a este sector poblacional dentro de la economía del distrito. La iniciativa de la policía y de la seguridad ciudadana y de la iglesia católica ha iniciado conexiones institucionales para recuperar emocionalmente a los jóvenes a través del deporte y de la actividad religiosa, así como colocar en trabajos ligados a la municipalidad. También es propicio mencionar que existen instituciones educativas particulares para captar a la infancia, así como su local comunal de educación inicial Patronato Luxma creado en 1983, que además de ofrecer gratuitamente sus servicios educativos enseña actividades de crianza de animales menores como conejos, patos y cuyes, financiado por la agencia de cooperación internacional Oxfam.
Por otra parte, se observan servicio de asistencia social como tres comedores populares, siendo el principal el “Divina Pastora” y varias estrategias de supervivencia como los vasos de leche que reciben apoyo económico y alimentos del estado y de la municipalidad, a través del PRONAA (Programa Nacional de alimentación). Además se deja ver en la zona céntrica una posta de saluda pública sostenida por el ministerio de salud que cuenta con una regular infraestructura médica y que recibe fuerte afluencia de pacientes de la zona.
Un dato final que quisiera señalar es que de aproximadamente 800 lotes de la comunidad se desprende una población cercana a los 8000 habitantes, de los cuales un 60% son jóvenes, y un 40% adultos y adultos mayores, observándose fuerte afluencia de migrantes chiclayanos, ayacuchanos y apurimeños de la segunda generación, así como población de cultura criolla. En la zona se han venido realizando proyectos diversos bajo iniciativa de actores de la comunidad y de instituciones foráneas como la Universidad católica del Perú y la parroquia de San Miguel Arcángel, que dispuso un proyecto de capacitación y de prevención de la violencia familiar y para jóvenes que se truncó debido a la falta de mercado donde ubicar los productos. Se narra que han existido otras experiencias de promoción social, pero debido a la poca participación de la población y de la juventud no se han sostenido en el tiempo.

3. Individualización y cultura popular.

En esta sección rastreo algunas características de la individualidad popular con el propósito de verificar la conjetura de que la ideología del mercado en las regiones periféricas del sistema capitalista provoca cambios sustanciales en los sistemas de significación de la vida cotidiana, dando origen a lo que yo llamo proceso de personalización periférico y a formas sugerentes de resistencia cultural. A pesar que los datos textuales que he hallado no desmienten la introducción de una cultura del dinero se percibe en los testimonios un recibimiento parcial de la reificación mercantil que tiende a ser resistida por un conjunto heterogéneo de dispositivos culturales que amortiguan la cultura de la mercancía.
“Bueno, ahorita el dinero es esencial, porque sin dinero no haces nada, pero hay cosas que uno tiene que dejar pasar porque no todo es el dinero”
(NINO).
En el testimonio anterior se deja sentir la ambigüedad de una cultura que recibe el impacto de la lógica del mercado pero que sigue conservando intuitivamente espacios vitales no invadidos por la cultura del dinero. Si bien el testimonio no clarifica estos espacios se presume que es una suerte de reservorio normativo o mundo de la vida, como diría Habermas (HABERMAS. 1985: 119) que la subjetividad popular conserva a salvo de la racionalidad instrumental. Las mutaciones cognoscitivas que el mercado inaugura se dejan percibir en las mentalidades con la presencia de cuatro esquemas que toda la cultura popular asume so pena de extraviar la empresa de la sobrevivencia cotidiana.
Un primer rasgo de esta ideología del mercado que se nos impone sería la certeza de una conducta individualista. Al asociar conciencia de su individualidad con autonomía se les pregunta a los informantes “¿Cómo es su desenvolvimiento en sociedad?” respondiendo todos que son siempre “ellos mismos” independientes. Así, Juan nos dice:
“No yo soy independiente y liberal, con todo el mundo yo conservo según los temas que se están tratando, trato de siempre de ser yo mismo, sin que nadie me diga que hacer” (JUAN)

Es decir, existe la certeza en la subjetividad popular de la conciencia de “uno mismo” y que a pesar de los atropellos que se soportan de una realidad precaria y de la existencia de matrices culturales de solidaridad étnica, se mantiene una individualidad que acepta el reto de aceptarse a si misma (UBILLUZ. 2006:152).
En la línea de este primer rasgo declarado se halla un segundo rasgo: una cultura de emprendedores sociales por la cual el sujeto de los sectores populares toma la iniciativa en sus prácticas sociales ante la arremetida de una sociedad sumamente competitiva. En palabras de Iris:
“Si, si como le digo yo me la busco hago una que otra cosita, hago juntas, ayudo en el comedor, ¿me parece que eso es tener iniciativa, no chuparse, no es cierto joven?”(IRIS)
Ante la situación económica que se vive el individuo de los sectores populares “se la busca” como ellos dicen, es decir, reacciona adaptando sus patrones de conducta a las circunstancias difíciles del mercado desarrollando una ética del trabajo (ADAMS y VALDIVIA. 1994:42) que es la prolongación redefinida de la tradición andina adaptada a las duras condiciones del mercado laboral, y que permite a estos sectores incorporarse lentamente a las coordenadas de reproducción de la economía urbana.
La inmersión del individuo en ambientes hostiles y de complicada costumbre hace que los valores que guiaban su socialización original tiendan a ser disueltos y relativizados. Aunque en los testimonios resulta muy difícil captar una afirmación de instrumentalidad del otro se admite indirectamente que la persona es estafada o utilizada:
“la verdad, al verdad algunas veces. En mi trabajo por ejemplo yo le cobro tanto y le digo que voy a hacerlo en dos días y lo hago en un día, pero es una habilidad de uno, yo le cobro 50 soles por dos días y yo lo hago en un día solamente, eso es habilidad mía” (NINO)
Si bien otros testimonios despotrican contra las personas que utilizan las buenas intenciones de otras personas como si fuera una habilidad, se presume que existe una cultura soterrada de la instrumentalización que la matizan con la bien apreciada sabiduría criolla . Es decir, existe el sentimiento de rescate de los valores como discurso pero en la práctica existe lo contrario: una flexibilización y pragmatismo moral que convierte a las personas en potenciales transgresores sociales. A la pregunta que opina de las personas que siguen reglas morales uno de los testimonios se atreve a decir:
“Es, la verdad es que es un poco aburrido, porque siempre hay que ser espontáneos, no hay que ser tan apegado a la letra…por nuestro bien hay que obviar algo; si siempre usted va estar moralista va estar siempre serio. Hay que ser algo espontáneos, hay que salirse de las reglas para cumplirlas bien, no salirse totalmente en exceso, mejor dicho hay que estar ahí intermedio” (PEDRO COVEÑAS)
De este testimonio se desprende la tendencia cognitiva de los sectores populares no sólo a relativizar las normas morales, las reglas y convenciones sociales, sino además a politizar la biografía individual según las circunstancias que le toque al individuo experimentar. No se trata de una flexibilización parcial de los recursos morales sino de una característica sintomática de la mentalidad criolla que busca hacer a todos “el cholito” (PORTOCARRERO. 2004: 105) como una manera de conseguir poder y relevancia social.
Estos cuatro rasgos de la ideología del mercado por el cual el sujeto de matrices culturales diferentes a la cultura secularizada se adhiere al mercado y se torna funcional e integrado al todo social no producen un orden compacto sino que ocasionan un proceso de personalización que se desliga del proceso de la modernización autoritaria y que invade sin oposición todos los ámbitos de la sociedad poniendo fin a una de las dos lógicas de la modernidad, aquella que se refiere al modelo industrial de desarrollo. Este proceso de personalización que Lipovetsky denomina “segunda revolución individual” no significa una ruptura con la primera modernidad sino la continuación y realización masificada de la cultura de la vanguardia, que hasta la creación de los medios de comunicación de masas había estado encerrada en las élites ilustradas. Tal transformación de la vida cotidiana sobre una base hedonista, laxa que desafía el molde puritano de la cultura burguesa ha significado la desaceleración del discurso de la modernidad y la arremetida de un espíritu que no conoce frenos racionales para su expansión sensorial (LIPOVETSKY. 2000:5-15; HUYSSEN. 2002: 5-15).
Al ser la lógica del deseo, como diría Ubilluz, la que se apropia del proceso de reproducción económica, asistimos al surgimiento de una individualidad que se libera estratégicamente de la realidad burocratizada, entregándose a un proceso laxo y con el mínimo de coacciones, el cual se caracteriza en las sociedades periféricas por articularse a una realidad cargada de al lógica de lo subalterno e híbrido (CANCLINI. 2001: 266), es decir, una individualidad que no sufre los estragos del vacío con la misma contundencia que las sociedades hegemónicas, pero que por el hecho de no completar con toda madurez la subjetividad no es capaz de negociar con eficacia el impacto de lógica objetiva. Así por ejemplo, a pesar de que en las mentalidades populares se consigue una coexistencia estable entre el mandato tradicional y los efectos disgregadores de las tecnologías de la información, lo cierto es que tal convivencia no es homogénea en todos los estratos populares. En el caso de Pando se observa que el impacto de la lógica mediática provoca efectos segregadores. En uno de los testimonios se pregunta si los medios producen aislamiento alo cual se responde:
“Si porque ya no hay esa comunicación entre los padres y los hijos o entre los esposos. En el caso mío todo es televisión, ya no hay que conversar en la mesa, un rato, todo es televisión y falta comunicación” (JUANA)
En otras palabras, en lugares en donde se provoca un desequilibrio entre la subjetividad popular y el mundo de la lógica mediática se advierte el desarrollo de una cultura del aislamiento y de la soledad, que aunque no es pronunciada, no deja de hablarnos del avance de un proceso de personalización periférico que desactiva las diversas formas que había adoptado el populismo político (LACLAU. 2005: 176) para asumir un rostro culturalista y de transmutación simbólica que anuncia el predominio del horizonte nietzscheano en los debates por el cambio social .
Este proceso de personalización periférico se deja ver de forma relativa en las categorías populares en un conjunto de características que he inspeccionado. Un primer rasgo sería que de forma similar a los demás sectores de la sociedad la conciencia de los sectores populares está expuesta a un bombardeo de información por todos los flancos; el testimonio que sigue lo evidencia:
“Si en la televisión se observan muchas cosas, demasiadas cosas que uno siendo pobre no puede comprar, nos hacen desear lo que no es nuestra realidad, mucha publicidad que no viene al caso; uno sale a la calle y no tiene dinero, da gamas de comprarse alguito, pero no se puede, como le digo nos hacen desear lo que no tenemos” (ALBERTO)
Esta confesión demuestra que la subjetividad popular toma conciencia de la saturación de información a la cual está expuesta pero que, según el comentario citado, reconoce que esta información es excesiva y además hace desear objetos y estilos de vida que no les corresponde a los individuos que se socializan en contextos primarios y extremadamente precarios. No obstante, si bien este comentario es de la boca para afuera, porque demuestra un estado crítico de la sociedad de masas, se presume que las prácticas narcisistas del consumo ya están extendidas y han pasado a gobernar los espacios de la singularidad so pena de extraviar una ubicación en las jerarquías de la estratificación social. Es decir, el sujeto popular aunque se embute con un mar de significados mediáticos y toma conciencia del bombardeo ideológico que lo invade, es ya parte y producto de una realidad que debe asimilar, porque de ella depende el éxito de la reproducción social (LIPOVETSKY. 2000). Como diría Braudillard atento al fenómeno de la seducción mediática, el exceso de información no es garantía de avance social, todo lo contrario, provoca un efecto de regresión social que interfiere el desarrollo de la personalidad social. (BRAUDILLARD. 1998)
Un segundo rasgo que se deriva de un exceso de información es la estimulación de necesidades, que siguiendo a Lipovetsky representa una sociedad desbordada que ha abandonado los regímenes de la sociedad disciplinaria y pierde lo que se dice el control frente al predominio de la espontaneidad y la versatilidad del carácter individual. Aunque la mayoría de los entrevistados responden que se controlan frente a una situación de excitación de los ánimos, como dice el testimonio siguiente:
“No, no yo soy prudente, precavido trato de serenarme tengo algún problema, hablo con dios y me calmo, aunque hay tantos problemas que desesperan en realidad” (IBETH).
Lo cierto es que se sospecha que si bien se pronuncia una actitud de autocontrol existen situaciones que llevan al sujeto a perder el control y “perder los papeles” como se dice coloquialmente.
“Yo siendo hombre a veces en broncas me dejo llevar como dice usted por mis impulsos, no soy como las mujeres que se controlan; a veces cuando estoy con mis copas de más se me va la mano, no hay mala intención pero uno está con sus problemas resentido y da ganas de desahogar, que se puede hacer yo soy hombre” (ALBERTO).
Este testimonio clarifica el lado oscuro de la desesperación social cuando el equilibrio y la soportabilidad no ahogan la necesidad de explosionar y perder el control. Se presume que ante la falta de oportunidades en los sectores populares existen muchas situaciones de angustia y descontrol que evidencian la dificultad que halla el poblador empobrecido para canalizar su preocupaciones y ansiedad; debido a la poca capacidad de consumo real que tiene el sujeto de los sectores populares, debido al carácter inestable que produce este vacío de consumo el individuo se siente incapaz de sostener un nivel de aburguesamiento similar al de otros grupos sociales, motivo por el cual percibe una asimetría en cuanto a la satisfacción de necesidades que lo hunde en la frustración y el desasosiego. La racionalidad del mercado, en otras palabras, sobrestimula la ansiedad por ser un ciudadano consumidor, por ahogarse en el hechizo ideológico del desenfreno y de la libertad negativa, como reza el enfoque del individualismo posesivo, sin considerar que tal papel interrumpe la libre asociación y una conciencia más social y participativa, y a la larga trastorna todo anhelo de realización. (MACPHERSON. 1982)
Un tercer rasgo que se considera como parte del proceso de personalización es lo que llama Lipovetsky culto a lo natural, es decir, la necesidad de mostrar un cuidado más sensible del cuerpo y de la alimentación, como si la corporalidad se liberara de las restricciones que le imponía la disciplina del hombre abstracto y se desembocara en un escenario de mayor expresión y responsabilidad por la salud simultáneamente. Tal vez según los testimonios que recogemos en el mundo popular esta conciencia de una mayor retórica corporal esté bloqueada por la severidad de la moral religiosa y por la supervivencia de rezagos conservadores que no resisten en la práctica la preocupación por el cuerpo y la salud fisiológica, aunque en el discurso se sostenga lo contrario.
“Si, es muy bueno, es este positivo, siempre trato de dar a mis hijas todo lo que es natural, lejos de la químico, jarabes, medicinas. Todo lo que es natural para ellos y mi familia” (MARYORI).
“bueno yo soy serrano y como tal prefiero la comida serrana; a mi me encanta el chuño, la quinua, el trigo, pero aquí en Lima difícilmente puedo conseguir una comida así, así que tengo que contentarme con lo que encuentre… Difícil sería que yo me someta a una regularidad naturista” (SERGIO)
Estos testimonios cada uno en su contexto social señalan dos predisposiciones culturales presentes en las sociedades populares: una ligada al cambio que se muestra en la dieta alimenticia, y por lo tanto la urgencia por mejorar la calidad de vida, y el otro testimonio centrado en un discurso realista “se come lo que haya” que indica la resistencia de un imaginario grotesco asociado al placer culinario y la abundancia (BAJTIN. 1988).
Otra característica asociada al proceso de personalización periférico es la presencia de una cultura del buen humor. A pesar de que algunos testimonios confiesan que la risa y el sentido del humor ayudan a sopesar los problemas de la vida, y que incorporan el buen humor en sus actividades cotidianas, lo cierto es que las confesiones evidencian una cierta difuminación de la razón festiva en las mentalidades populares debido a la manutención y resistencia de vivencias cercanas al padecimiento y a la crisis psicológica.
“Si bien por ellas, yo soy así me transformo en un payaso cuando veo una persona con problemas o cuando yo tengo los míos trato de alegrarme la vida…es un instrumento para las penas” ¿Y aquí en el barrio hay gente bastante graciosa? “No, mayormente no, se está perdiendo debido a los problemas” (MARYORI).
“Je, je, buen sentido del humor… bueno el humor es relajante, así es que en un grupo de trabajo tener a alguien con buen sentido del humor es beneficioso ¿no? Es beneficioso, por lo tanto, por esa misma razón congenio más con alguien de buen sentido del humor” (VICENTE).
El humor y la risa cómica no están lejos de las experiencias populares. A través de bromas, chistes y situaciones jocosas se respira una risa democrática y “relajante” que desafía y entra en interacción con la risa sarcástica y “cool” que señalan en sus reflexiones Bajtin y Lipovetsky para descubrir el resurgimiento de una cultura compensatoria de la risa que ayuda a superar esa visión vertical de la seriedad y de la rigurosidad del mundo rutinario (BAJTIN. 1988; LIPOVETSKY. 2000) que sostiene con gran desparpajo jerarquías y divisiones con un humor criollo que convierte a lo popular- étnico en algo risible y digno de despreciarse .
Una quinta peculiaridad del proceso de personalización periférico es la promoción masificada de la flexibilización moral que en el mundo jerarquizado de la estratificación social urbana peruana campea como si se tratara de un código institucionalizado que atraviesa todas las prácticas e instituciones. La supervivencia de actitudes clientelares y patrimoniales, “como si fuera su chacra personal” atestiguan la coexistencia de un discurso público formalista, en cuanto al establecimiento de las organizaciones sociales, y una mentalidad del “favorcito”, de la recomendación y del “tarjetazo”.
“bueno que está bien, yo no soy apegado a las normas morales, soy un poco desordenado, y está bien me parece: ahora se ha perdido todo eso de la moral, ya no es como antes las personas. Los valores se van perdiendo por la misma situación, la gente anda muy apurada, estresada” (NINO).
En varios de los testimonios se observa con preocupación la relativización y pérdida paulatina de los valores morales en las sociedades populares como nos lo narra Nino “…la gente anda muy apurada, estresada”, es decir, presionada por demostrar que se es útil y funcional en una sociedad despiadada y competitiva, razón por la cual elaboran mecanismos de desahogo con los cuales “hacen el avión” como se dice popularmente a la normatividad, porque esos esquemas morales asfixian el deseo de expresión y libertad negativa (PORTOCARRERO. 2004) que empezaron desde hace mucho a escenificarse en espacios clandestinos de la informalidad lingüística y de la oralidad callejera (VICH. 2001).
Una sexta característica del proceso de personalización periférico es la disolución paulatina de las fronteras entre el tiempo de ocio y el tiempo del trabajo, lo cual ocasiona la arremetida de una sociedad de la distracción y del relajamiento, que desacelera y arrebata al tiempo de la producción las energías colectivas de un progreso imparable, y prolonga el imaginario de las actividades laborales más allá de la horas reglamentarias del trabajo, sin otra razón que la mera preservación de la lógica sistémica (HARD Y NEGRI. 2004). Varios testimonios confiesan debido a la persistencia de la moral burguesa con respecto a la ética del trabajo, que no se dejan arrastrar por la ociosidad, que no ocupan su tiempo en el desgano y la vagancia, pero existen confesiones que demuestran el fuerte impacto que implica la expansión del ocio en la totalidad social:
“bueno a veces me relajo, después de bastante trabajo, por lo tanto me doy mis ratos de vagancia digamos, pero no es permanente” (SERGIO).
“No, no yo soy una persona que trabaja desde chiquito, pero veo en las calle que los padres trabajan todo el tiempo y les dan libertad a los niños, a las jovencitas y entonces se acostumbran a estar en las calles, aprenden las malas costumbres, se ponen a tomar, hablan lisuras y aprenden…” (YOLANDA).
En uno de los testimonios se observa el efecto reparador que tiene el ocio después de un día de agotador trabajo, sin embargo se presume que por vergüenza personal un discurso de aceptación del ocio y de su avance paulatino en las mentalidades populares, significaría la descalificación, por eso permanece aferrado al imaginario una ética del sacrificio en el trabajo, y una opinión de rechazo a todo lo que es pérdida de tiempo como nos lo comenta la señora Yolanda. Tal vez en los últimos años frente a la inestabilidad laboral el discurso criollo de odio al trabajo que era una plaga heredada de la época colonial, se debilita frente a la expansión de un cambio brutal de las mentalidades colectivas: ser eficiente en el trabajo, cualquiera que este sea se convierte en una virtud social (ADAMS y VALDIVIA. 1994:28).
Una sétima característica del proceso de personalización periférico es la intensa necesidad que se halla en la sociedad de mantenerse joven, no sólo como una actitud mental sino como la permanencia de una apariencia física que denote vigor ante el paso de los años. Esto que Aldo Panfichi llama proceso de juvenilización para referirse a la búsqueda incisiva de la población por parecer más joven es una tendencia psicológica que se extiende en las mentalidades populares como una defensa cultural para neutralizar la sensación de envejecimiento y desgaste que se apodera de la realidad social (PANFICHI. 1999:15). Sin embargo, según los testimonios que recogemos que a la letra dicen:
“…Al menos hacemos ejercicios, yo mientras por mantenerse activo, pero eso para rejuvenecer no, a pesar que hay tantos productos que la concha de caracol, uno debe envejecer tranquilo, eso es cosa de la naturaleza. Al menos nosotros que ya pasamos los cincuenta tenemos que hacer ejercicios para estar elásticos, no para rejuvenecer, porque a todos nos llega la vejez, esos es cosa de la naturaleza” (PEDRO COVEÑAS).
“Que los jóvenes somos un gran valor social, la esperanza creo yo de sacar adelante al país” (PEDRO ROJAS).
…se observa que existen reticencias por parte del discurso popular para asimilar lo signos de la juvenilización, porque simular corporalmente una apariencia que no corresponde es casi como “hacer el ridículo” o negar el ciclo natural del tiempo. Es decir, lo popular aunque reciba el fuerte impacto de la juvenilización a través de las formas ideológicas del consumo, conserva resistencias morales frente a una etapa de la vida que es asociada a la inmadurez y la desorientación, aunque en la práctica actitudes extrovertidas y desenfadadas estén extendidas.
Un último rasgo asociado al proceso de personalización es la expansión de la violencia urbana, que asumiendo varias facetas altera el curso normal de la interacción social haciendo desembocar a la biografía individual ante la embestida de una estado de guerra permanente que rompe la convivencia y amenaza severamente el estado de reproducción social (LIPOVETSKY. 2000; HARD y NEGRI. 2004). No sólo es una violencia vinculada a la exclusión y la desigualdad social sino además un cáncer que infecta el tejido simbólico sustituyéndolo por individuaciones autoritarias que asumen la forma reticular.
“Demasiada violencia, a veces por falta económica ¿no? Más que nada el trabajo en el hogar la mayoría de los pleitos que hay es por economía” (MARIA)
“Me parece que es lo peor, sobre todo en la juventud se ve mucha violencia, que golpean cuando están borrachos, cuando todo se les viene encima, violencia es por falta de oportunidades” (PEDRO ROJAS).
De los varios testimonios que capturamos se comprueba la fuerte presencia de violencia social, sobre todo en las categorías más jóvenes, y asociado, según se atestigua, a problemas económicos y familiares. La persistencia de la crisis de sentido de la que hablan Berger y Lukman conduce a la introducción de una lógica de la agresión que impide la reproducción de los saberes, petrificando las relaciones de poder y transformando el espacio social en una realidad fragmentada y golpeada por la incomprensión y la indiferencia (BERGER y LUKMAN. 1997: 59-79).

Zona comercial de Pando, calle Los Pinos.

Hemos revisado uno por uno los ocho rasgos que verifican la variable del proceso de personalización periférico, logrando demostrar que aunque se evidencia un avance sustantivo en términos de una individualización más flexible el carácter periférico de la subjetividad popular rediseña estos rasgos de nitidez cultural con un mosaico de variados dispositivos culturales tradicionales que en algunos casos contienen creativamente la afirmación de una metafísica del individuo, evitando ser leída la realidad de las categorías populares en términos de electores racionales. En este sentido, se desarrollan tras un largo período de redefinición social formas innovadoras de resistencia cultural a la lógica del mercado que obligan al sujeto a reinscribirse al interior de una red social y desarrollar corazas inmunizadoras simbólicas que le faciliten neutralizar las crisis del espacio y el desequilibrio a la cual está expuesta la identidad en la realidad evanescente (SLOTERDIJK. 2003: 16). Otros autores como Barbero y Morandé desde sus diferentes apreciaciones de la cultura popular asumen que a medida que los discursos subalternos reinterpretan creativamente los impulsos de la modernización se les hace más sencillo recrear ámbitos de cercanía y semejanza cognoscitiva que favorecen el rebrote de formas de vida arcaicas y premodernas. Es decir, al ser desplazado el discurso de la modernidad autoritaria, o al convertirse en un relato más que compite como agencia de socialización resucitan con mayor evidencia pública estilos o repertorios culturales que habían estado relegados o aplastados por la gramática desarrollista (MORANDE. 1984:25; BARBERO. 2001:128).
Este contundente renacimiento de dimensiones alegóricas o mitológicas que habían tomado la forma de saberes sometidos alcanza en la época del resurgimiento del “espíritu latino”, como augura Vattimo, posiciones de vanguardia en cuanto al diseño de la realidad. Quizás para el caso peruano, y sobre todo a partir de la experiencia de adaptación de los migrantes andinos a la gran urbe, transformando radicalmente el dualismo estructural entre tradición y modernidad, se demuestra a cabalidad el poder de confeccionar los varios espacios dominantes de la cultura peruana. Es una suerte de barroco que viviendo el sincretismo de los escenarios clandestinos no ha logrado tomar contacto con los conocimientos sofisticados del discurso oficial, aflojándolos y redefinirlos según las necesidades de un individualismo despojado de las trabas de la modernidad sólida (BE CK .2003; SANTOS. 2006)
Una primera forma de resistencia cultural es la que se refiere al proceso de repliegue familiar, es decir, el recurso que encuentran los sectores populares para domesticar la hostilidad del medio social, ampliando y sofisticando las estrategias del espacio doméstico a áreas que supuestamente eran dominio público o formal. (DEGREGORI, et al. 1986; QUIJANO. 1991). Este recurso no sólo se extiende para situaciones de adversidad económica sino que toma formas de apoyo emocional, que quedan grabadas en la conducta individual propagando un imaginario de lo privado en situaciones de despersonalización o de matiz formal. No obstante, según los testimonios que recogimos se observa que muchos de los entrevistados vacilan a la hora de afirmar que se apoyan en la familia, o simplemente confiesan apreciaciones ambiguas al respecto.
“Siempre me ha gustado llevarla sola, aunque ellos siempre han ayudado, en la familia cualquier problema siempre nos ayudamos ¿no? Pero yo siempre he tratado de que ellos no sepan las cosas que pasan en nuestro hogar” (MARIA).
En otros testimonios se insinúa un ligero desplazamiento de la lógica de la solidaridad, en la medida que las reticencias para hablar a cerca de sus experiencias particulares esconden situaciones de incomprensión y deslindes familiares que atestiguan el avance de la desestructuración de los vínculos afectivos. Es por eso que cuando se les pregunta a cerca de lo que significa la familia en la mayoría de los casos responden idealizándola, lo cual prueba indirectamente la ausencia de una auténtica integración familiar.
“Es todo, de la familia depende todo, el futura de los hijos, el futuro de uno mismo, los hermanos, la familia es todo. Si una familia está mal constituida no se puede tener buenos hijos, no hay valores que rescatar” (IBETH).
Una segunda forma de resistencia cultural es el regreso furibundo de la fe religiosa, como una táctica de compensación sociocultural que sirve para amortiguar el impacto del poder policíaco de la razón de mercado (DEBRAY. 1996:98) En los testimonios se responde una completa entrega a las prácticas religiosas, configurándose un abanico de múltiples discursos sacros que explican el carácter de somnífero que asume un discurso monolítico que se interpreta infinitamente según las necesidades de la trayectoria psicoafectiva.
“No soy asidua, no soy católica sino evangélica, si cristiana por mis padres, no asisto mucho a mi congregación por decir, sólo cuando estoy a punto de reventar, me meto en un problema recién voy y salgo aliviada y me olvido hasta que otra vez me suceda otro problema” (HAYDEE)
De acuerdo al testimonio se ejemplifica la función compensatoria que desempeña la práctica religiosa, además de una multiplicidad en la oferta del discurso religioso, con múltiples iglesias evangélicas, cristianas, adventistas, metodistas que hacen presumir el desarrollo de una tolerancia en materia de credo a la hora de compartir una creencia. Es decir, se produce en las sociedades populares un amoldamiento flexible de la explicación religiosa a las trayectorias individuales, como una especie de afrodisíaco ideológico que justifica las desgracias, errores y alegrías, además que se produce el debilitamiento del monopolio de la explicación religiosa.
“Soy católica, me parece que es un poco errado pero si es una manera de llegar a Dios que se trabaje, que se trabaje pero sin malinterpretar, sin indisponer los unos a los otras sectas, religiones que hay. Hay que verlo como un renacimiento de la religión, como una forma de salida a los problemas, una explicación a su forma de vida” (IBETH).
En este testimonio se menciona el carácter amortiguador que sintetiza el discurso religioso, como una visión antropológica que renace para dar afirmación ideológica a la identidad, pero no como algo esquemático y con fanatismo, sino como una práctica que entre otras permite leer con acierto las vicisitudes de la vida social.
Una tercera forma de resistencia cultural es el esparcimiento de una fuerte cultura de la trasgresión anómica. En el caso de la vida urbano-popular esta técnica de la trasgresión adopta desde las reflexiones de Ubilluz una forma de cinismo institucionalizado que tiende a ser encubierto por el discurso moralista pero que asume en la praxis social ribetes anómicos de perversión y narcisismo publicitado. (UBILLUZ. 2006:19). Sin embargo, en los sectores populares, debido a la práctica institucionalizada de la sobrevivencia se produce una relativización de los referentes o patrones morales que se desfiguran cuanto más se ocultan con vestuarios de disciplina y rigurosidad. Esto no quiere decir que la maldad sea intrínseca a la subjetividad; soy de la opinión que la necesidad actualmente de preservar la privacidad sensorial, es decir, de ser libre a como de lugar, arroja a la existencia social a hacer el mal con un profundo cinismo y obviedad. (SLOERDIJK. 2003; SAFRANSKI. 2000). En las opiniones que recogemos casi nadie confiesa que ha cometido una trasgresión de la legalidad o de alguna norma moral, pero se insinúa soterradamente el despliegue de una actitud que se va hacia los márgenes de la ley porque se percibe a esta convencionalidad como un muro de contención que aprisiona la libre expresión o reduce la iniciativa individual; ante un mundo sin opciones la prohibición aumenta la trasgresión.
“No. No nunca yo soy derecho y trato de ser y de inculcarlo a mis hijos, pues no me gustaría que falten a la moral o que cometan algo indebido a mis espaldas, pues así no es mi educación. Usted además me pregunta sobre las personas de aquí de Pando, pues yo les digo que todo el mundo viola la ley porque busca llevar a la mesa de su hogar, es una cuestión de sobrevivencia sobre usted; aquí no hay valores o los pasamos por encima, porque ser bueno no te da de comer” (ALBERTO)
Este testimonio para el caso de Pando que es un sector marginal demuestra que el significado anómico está extendido en los marcos de socialización apropiándose de las coordenadas de configuración de la realidad y sometiendo a una severa crisis institucional al edificio social.
Una cuarta forma de resistencia cultural que asume grandes dimensiones de función evacuadora o de desahogo colectivo es la actitud festiva de los sectores populares. Aunque esta danza de la vida aún se mantiene confinada en los límites de la noche, como señala Margulis para el caso de Buenos Aires (MARGULIS. 1997: 11-30) pensamos que la cultura de la fiesta para el caso de Lima metropolitana se desenvuelve al interior de una matriz colonial que trasciende los límites de los permisible y formal, desarrollándose no sólo en la noche sino en el día, paralizando por medio del alcoholismo y la drogadicción el decurso de la jerarquías, y poniendo de cabeza al mundo (BAJTIN. 1988; PIEPER. 1974: 11-21)
“…Ahora, anteriormente cuando era joven no me perdía ninguna fiesta. Sábado y Domingo eran mis fiestas, pero cuando ya me casé, no porque no me guste, sino por lo económico…” (PEDRO COVEÑAS)
“Aquí en pando se ve mucha fiesta, se sacan el ancho toda la semana para después derrochar la plata sin pensar en las consecuencias, sobre todo lo jóvenes, no piensan en le mañana que un día van a dejar de ser jóvenes y que tiene que ahorrar para cuando sean viejos…” (JUAN)
En ambos testimonios con sus diferencias se verifica la posición que ocupa la fiesta al interior del imaginario popular, como si se tratara de una suerte de disposición que es digna de criticarse y de negarse, porque se despilfarra recursos y se desperdicia tiempo. A pesar de que para los adultos resulta una práctica desdeñable que se pasa a los extremos consideramos que en las categorías más jóvenes es tomada de forma más natural, claro sin excesos.
“Si, cuando son reuniones de mis amigos nos juntamos ¿no?, por ahora no. Se hasta que punto llegar y no pasara los extremos…la pasa bien, solamente, queda en el momento ¿no?” (PEDRO ROJAS)
Una última forma de resistencia cultural es la clásica informalidad económica, que en el contexto social de una economía que se globaliza rápidamente a pedazos toma la forma de una mentalidad del ahorro y de lo cercano para controlar nichos y circuitos económicos marginales o de la especializada demanda que satisfacen necesidades de un mercado que no es considerado al interior de la mal llamada economía formal. Es lo que se dice pequeñas producciones con escasa calificación de la mano de obra, poca división del trabajo y rudimentaria tecnología que funcionan medianamente al margen de la legalidad y con poca capacidad de acumulación, salvo si se asocian o especializan su producción (ADAMS y VALDIVIA. 1994). En el caso de Pando se observa mucha informalidad y “comercio al menudeo” lo cual sugiere la presencia de un grueso de la población, sobre todo jóvenes que se hallan desocupados o subempleados. Muchos de los testimonios salvo los profesionales confiesan que realizan trabajos eventuales, se “cachuelean” .
“Cachueleo como dice usted,..voy de mercado en mercado, soy vendedor ambulante, .. vendo prendas que yo hago, así soluciona como puedo, pero no en cosas malas ¡aja!, solucionar como sea pero sin hacer cosas malas (risas)” (IRIS).
“Bueno si me cachueleo, como ya no estoy en edad para trabajar, estoy corto de vista ante todo, hago uno que otro trabajo de pintura, electricidad, y vivo con el sueldo de mi esposa” (NOLBERTO).

4. Una experiencia de despolitización local.

Como ya hemos explorado en el acápite anterior, existe un proceso de personalización periférico que en interacción permanente con los marcos de socialización primario y secundario, alcanza una posición de predominio sobre todo la estructura social. Esta lógica de un individualismo desligado de su compromiso con la totalidad desmorona los regímenes clásicos de la modernidad sólida poniendo en entredicho los acantonamientos estables sobre los cuales se construyó habitualmente la personalidad durante la ficción del desarrollismo (MORANDE. 1984); dando paso a la privatización acelerada del espacio público se genera rápidamente el desmantelamiento de la legitimidad que había dado origen a una cultura política del compromiso y el dogma excesivo. Al caerse las grandes ideologías se acabó el peligro de los totalitarismo colectivos, pero se pierde lentamente la energía que daba vida a las utopías políticas. Creemos que a medida que se difuminan las organizaciones de gestión comunal de los sectores populares, y se borra de las mentalidades una cultura política de corte participativa el gran responsable de la desactivación racionalista y del ingreso a un escenario de frivolidez y de impavidez política es el impacto que ha provocado de la sociedad de consumo. Es decir, la lógica del deseo que está detrás de este totalitarismo del mercado, para usar un expresión de Ubilluz, compromete seriamente la existencia de las grandes ideologías políticas fragmentándolas en un sinnúmero de microdiscursos y de un poder político que se subordina a la apropiación privada, dando origen a los nuevos movimientos sociales. (CASQUETTE. 1998: 13-18).
Para el caso de Pando, se observa a partir de los comentarios que he recogido de mi observación participante que la comunidad atraviesa un serio repliegue de su organización política y de conflictos internos que no alcanzan a definir una junta directiva única. En sus orígenes al estar dividido el poder en varias asociaciones de vivienda que se disputaban el control de las lotizaciones y de las titulaciones, se produjo una fuerte solidez de la organización comunal debido a la influencia de los partidos de izquierda y al cobertura universal de un Estado interventor. A medida que la individualización se iba divorciando de los compromisos colectivos se fue generando un parcial abandono de la organización político-local. Aunque esto se mantuvo durante los años de las reformas neoliberales como una forma de gestionar el asistencialismo y al práctica clientelar, fue perdiendo la afluencia de la población más joven, sobre todo cuando el protagonismo colectivo dio paso al protagonismo individual (TANAKA. 1999:129). Hoy en día esta ruta por caminos individuales ocasiona el desinterés político debido a que estas trayectorias particulares logran avances sustanciales en cuanto al éxito y la realización personal, es decir, el énfasis en el ciudadano consumidor y en la iniciativa empresarial facilitan la incidencia de cambios permanentes a nivel de los repertorios y biografías culturales.
Los seis rasgos que he detectado para sustentar la hipótesis de que existe una crisis de legitimidad en la organización local, nos permitieron clarificar el porqué del descentramiento de la política en las sociedades populares. Un primer rasgo que define la crisis de la democracia local se refiere a la presencia de una precariedad organizativa que se debe a la persistencia de rezagos tradicionales al interior de la cultura organizacional, lo cual se deja sentir en la incapacidad para consolidar organismos comunales que canalicen con eficiencia la toma de decisiones y conflictos vecinales, porque no se separa lo público de lo privado: se sigue viendo el cargo político como una “chacra personal” .
“Aya, si pues usted tiene razón hay mucho individualismo, tenemos una junta directiva aquí en la asociación Pando que es parcialista, que siempre sacan la cara por ciertas personas, por ciertos dirigentes, por eso es que yo no estoy de acuerdo con su sectarismo… debemos comunicarnos para estar unidos para combatir la pobreza, los vandalismos que se realizan, por eso nosotros debemos estar unidos para resolver esos problemas. Hay mucho sectarismo, y también las personas paran encerradas en sus casas, en sus cosas y no les importa la corrupción de la directiva que no comunica lo que dice, no realiza asambleas y por eso es que favorecen a su grupo, a sus familias y no a toda la comunidad” (JUAN).
Como lo demuestra el testimonio la organización de Pando esta dominada por el sectarismo y la falta de transparencia, por la desunión y el individualismo, lo cual ocasiona “que cada uno este en sus cosas” y legitime los contados esfuerzos que despliega la junta directiva para canalizar las demandas.
Un segundo problema que denota la ausencia de instituciones comunales para canalizar las demandas es la apelación al uso de la protesta social como medio para presionar y obtener recursos de las autoridades del estado. Ante el divorcio del espacio público de las peticiones populares se produce un exceso de “movimientismo” y del uso de la violencia par conseguir cambios y mejoras en la calidad de vida de la ciudadanía (FRANCO. 1998) Como lo menciona este testimonio:
“Cuando hay puertas cerradas, cuando no hay oídos por parte de los responsables a ayudar o a solucionar los problemas, entonces genera la posibilidad de que en ese extremo de incapacidad ya de tanto cerrar puertas, eh de tanto tocar puertas y encontrarlas cerradas, entonces hay gente que obviamente puede tomar este… una acción violenta, este no es una justificación, pero si es una explicación a lo que puede suceder y eso es lo que generalmente pues sucede a nivel de toda la sociedad” (SERGIO).
…se genera una situación de carencias de opciones en tanto se justifica el uso de la violencia como medio de protesta social y de una forma de hacer sentir reclamos y reivindicaciones que de otro modo no serían atendidas.
Una tercera problemática que se extiende y que no es muy revisada en los estudios sobre participación local es lo que se refiere al desentendimiento por parte de la población más joven de los asuntos de su comunidad. El hecho de que estén imbuidos totalmente en una cultura permisiva y del consumo, y el impacto negativo que significó la subversión expulsan culturalmente al joven de la empresa política, prefiriendo el protagonismo individual y las ideologías de la cultura internacional-popular (ORTIZ. 1997) como una forma de realización y éxito profesional, aunque tal alternativa suponga la exclusión social y la desocupación permanente. En los discursos que recogemos se advierte la preocupación de la población de Pando por sus pobladores más jóvenes ante la falta de oportunidades laborales y servicios sociales básicos como educación y salud se convierte en presa fácil de los vicios y de la presunta delincuencia y pandillaje juvenil.
“Bueno los jóvenes están completamente desorientados, no saben que hacer con sus vidas, eso es creo por la falta de trabajo, de oportunidades, para en las esquinas deambulando, fumando, juntándose con gente de mal vivir y reciben sus malas influencias. Acá en Pando se ha tratado de sacarlos de esa mala vida pero ellos rehuyen, no quieren cambiar. Ahora último la policía los incentiva y les aconseja, pero son muy pocos los que cambian o dan señales de cambio positivo” (ALBERTO).
Tenemos la información que la municipalidad de San Miguel a iniciativa de la parroquia San Miguel Arcángel y de la reacción espontánea de algunos vecinos han constituido un grupo de seguridad ciudadana llamado la “coalición” que se encargue de patrullar la zona y de brindar orientación, capacitación y trabajo eventual a lo jóvenes en pobreza extrema y desocupados. Sin embargo, a pesar que se ha conseguido disminuir las actividades delictivas y el consumo de alcohol y las drogas las acciones se han quedado en un carácter sólo preventivo descuidando el lado emocional y psicológico de los muchachos. Se presume que esta brecha en las políticas de la sociedad civil organizada y del Estado no puede, ni quiere resolver la gran brecha económica que arroja a los jóvenes de los sectores populares a una cultura del delito y de la violencia urbana (VENTURO et.al. 1993:33)
Una cuarta problemática es la poca proyección de la comunidad de Pando con organismos privados y no gubernamentales para resolver problemas locales. Si bien existen iniciativas vecinales para la elaboración de proyectos de inversión social que alivien los problemas de reproducción económica de la zona, lo cierto es que estos se han estancado o sólo se quedan en un nivel asistencial o focalizado; este es le caso de los tres comedores populares financiados por el Estado, o través del PRONAA, y de los múltiples vasos de leche sostenidos por la municipalidad. No hay lo que se dice experiencias horizontales y colectivas de desarrollo o se han interrumpido debido al poco apoyo y asistencia de la población beneficiaria, y debido a que se prefieren las trayectorias individuales en el estrecho y saturado mercado de Lima metropolitana.
“Acá en la comunidad no se siente. Por decirle las pistas, el agua y el desagüe lo henos hecho los vecinos, nosotros mismos, todas las personas han dado su dinero, aquí no ha habido participación de la municipalidad. Estamos un poco abandonados en este pueblo joven de San Miguel por parte del alcalde; en su campaña nos ofreció un montón de cosas y hasta ahora no se nota nada” (PEDRO COVEÑAS).
Otro ingrediente que se deja sentir es que la población a la hora de resolver una urgencia o problema comunal, por lo menos pequeños grupos vecinales, obvia la junta directiva y lo hace con sus propia mano de obra de la comunidad. Así en Pando se han logrado gestionar el agua potable, el desagüe, las pistas y las instalaciones eléctricas por la iniciativa de los vecinos sin acudir a la municipalidad, ni a su propia dirigencia local.
Una quinta problemática que se recoge en los testimonios es la lejanía del Estado, que se expresa en su burocratización vertical, es decir la poca flexibilización de los mecanismos administrativos a la hora que el ciudadano gestiona algunas demandas o solicitud a las autoridades locales y nacionales.
“El estado se preocupa por la gente que está arriba ¿no?, pero por la gente de abajo no con mucha frecuencia. Así es le país. Sí un poco alejado” (PEDRO ROJAS).
“Debería ser más rápido pe, por decir en salud la atención debería ser más rápido, mucho papeleo, que tiene que traerme esto, lo uno lo otro, a veces como uno dice está la emergencia pero uno debe pagar en caja para que lo atiendan a uno, y hay gente que a veces no tiene, ni con seguro te atienden bien, todo es trámite” (NINO)
En estos discursos se comprueba el relativo aislamiento y abandono en el que vive la población de Pando; la poca disposición y simplificación administrativa que muestran los organismos públicos obliga a que se vacíe el espacio público de la participación individual, lo cual implica en las percepciones de la subjetividad popular que la estructura del Estado sólo funcione para los grupos hegemónico descuidando el servicio social para las grandes mayorías.
Una última problemática que es ocasionada por el excesivo patrimonialismo en el desempeño de los cargos públicos, y por el carácter anómico de la sociedad es la severa institucionalización de una cultura de la corrupción. Creemos que esta no es sólo alentada como una práctica clandestina del delito para obtener recursos indispensables, sino que además la corrupción es una mentalidad del goce que increíblemente proporciona afirmación y poder personal. Como dice Hardt y Negri al referirse a la inmanencia de la corrupción que amenaza la reproducción del capitalismo global, la delincuencia simbólica infecta todos los ámbitos de la vida social y todo por una cuestión de preservación en los circuitos simbólicos del poder. En los testimonios que capturamos se advierten severos problemas de corrupción en las autoridades municipales y locales:
“Bueno, yo he sido uno de los que ha peleado duro con la otra junta directiva porque evidentemente han sido un ajunta directiva corrupta…Si hay corrupción y desgraciadamente en todo sitio, y eso es parte también del efecto del individualismo, o sea acá, hay quien dice entra acá y gano la mía…” (SERGIO).
“siempre hay, la mayoría entra a las dirigencias buscan su propio beneficio, si van hacer esto, dicen ponen esto, siempre ponen demás y eso ¿a dónde va? Al bolsillo de la dirigencia y de sus amigos; son pocas las personas que actúan como debe ser, hay mucho ratero vestido de saco y corbata” (NINO).
Aunque no se atreven a acusar o a nombrar algún nombre específico si se animan a especular que si existe corrupción generalizada y a todo nivel, lo cual deja entrever una crítica a las acciones corruptas aunque- se sospecha- de esta crítica no se desprenden intenciones para corregir o cambiar esta situación: es una crítica conservadora.

Comercio de muebles. Av. Rivagüero

4. Critica de la seducción mediática.

Al estar severamente comprometida la integridad de la comunidad debido a la ineficiencia del canal político para lograr resultados, uno se pregunta ¿cuál es el canal institucional que permite la reproducción social en un medio en donde se advierte desigualdad de recursos y un individualismo desembozado? Aunque la respuesta no es a todos los niveles de la sociedad pereciera que es la agencia mediática la que facilita una resistencia horizontal al impacto de la lógica del mercado. Cuanto más el mecanismo deshistorizante de la red mediática produce la mentalidad que devora los bienes que una producción desestandarizada vomita, tanto más se provoca un paulatino desmantelamiento de la relación antropológica cara a cara, desembocando la experiencia social en un escenario de acelerada atomización social (ARIÑO. 1997: 155).
Si dejamos las cosas ahí, supondríamos que se avizora una sociedad despersonalizada donde predomina la reacción predecible y automática, pero no es así. Si bien el avance de los procesos de insignificancia y desvalorización del saber alcanzan en las sociedades populares efectos perversos lo cierto es que el impacto audiovisual, en vez de sólo acrecentar la perversidad de la razón instrumental lo que hace es provocar una explosión de la realidad fabricada en una infinidad de discursos que se diferencian aceleradamente (DEBRAY. 1996: 52). Esta diferenciación discursiva a través de la proyección de los frutos de la individualización en la fábula mediática condiciona el surgimiento de ciertas regiones epistémicos donde la producción de nuevos saberes aparece ligada a ideologías estéticas y sensoriales que se levantan como trincheras psicológicas que permiten amortiguar, y sobre todo, revertir la manipulación a la cual es expuesta la identidad. De esta reversión nacen lenguajes contrahegemónicos que utilizan los ambientes interactivos de la realidad virtual para dar cita a la posibilidad de un proyecto de democracia subalterna que impida el avance de la mercantilización masificada. (SANTOS. 2006).
Antes de examinar estos lenguajes contrahegemónicos exploremos el efecto perverso de la mass media: la atomización social. Un primer rasgo que la define es el esparcimiento de una cultura de la soledad que aunque es resistida por las matrices étnicas de los sectores populares, que estrechan vínculos de solidaridad afectiva, se percibe que existe un avance significativo en términos de descomunicación y ruptura de los lazos afectivos. El lugar antropológico del que habla Augé se va desdibujando a medida que la sobremodernidad expande encuentros despersonalizados y ahistóricos que anulan la creatividad individual (AUGÉ. 1998: 83). En el caso de Pando a la interrogante si los medios de comunicación están aislando a las personas unas de otras, generando personas solitarias la mayoría de las personas responde afirmativamente. Como lo dice este testimonio:
“…hay familias que no tienen el concepto de lo que es una familia y se aíslan los hijos, paran prendidos en el Internet, como que propaga valores que hace que se disuelvan los lazos de familia o la misma necesidad de los padres que trabajan y llegan todo el día y ve a los hijos en el vicio, no se comunican con los hijos” (IBETH).
“problemas de comunicación de padres a hijos, porque mayormente los hijos están en Internet, ya no conversan con sus padres y de ahí es que empiezan a alejarse; mientras uno está trabajando ellos la pasan en Internet y se acercan a lo malo y negativo” (MARYORI).
A pesar de que es innegable el desarrollo de las tecnologías de la información y los efectos benéficos que traen se captura una opinión de rechazo contra los medios de comunicación. Eso no significa que la experiencia adulta no este incluida en la realidad mediatizada, sino que cuanto más modelado esta tanto más se dan apreciaciones de repulsión en contra de los contenidos obscenos y desenfrenados que se difunden. Creemos que en los sectores populares los efectos regresivos de conciencia, como argumenta Sartori, llegan a deteriorar los lazos comunicativos haciendo ingresar la biografía individual en el escenario de una experiencia del vacío y de desmaterialización de la realidad objetiva. (PAZ. 1984: 175-191)
El siguiente rasgo que se explora y que es una consecuencia derivada de a atomización es el avance de un proceso de insanidad mental, de esquizofrenia no sólo cultural sino de huida autista de la realidad como producto de la institucionalización de la descarada y cruel competencia económica. Amenazada la persona por un efecto del licuamiento ideológico de las grandes narrativas, despedazada y arrojada la conciencia en el mecanismo espasmódico del mercado de los sentimientos (CID HIDALGO. 2002) esta tiende a suicidarse lingüísticamente en los abismos del alma de donde no quiere regresar. Al ser el capitalismo un sistema que gestiona el caos sensorial e irracional este obliga a la mente a extraviarse en un mar de significados disímiles y fragmentados, que es fabricada por un proceso de mediatización que no conoce límites. El peligro de usar una razón desencializada es ser acosado por el infarto del alma en un contexto de liberación del deseo (DELEUZE y GUATTARI. 1973).
Aunque nuestras averiguaciones con respecto a las distorsiones psicológicas a partir de los testimonios que recogemos no llegan a proporcionar una información asequible con respecto a esta problemática, lo cierto es que las citas textuales llagan captar que las nuevas tecnologías de la información producen problemas de conducta y hasta enfermedades psicológicas.
“Si, si los maltratan demasiado a la niñez, a la juventud sobre todo por medio del Internet se dan enfermedades psicológicas se vuelven mañosos y eso no está bien. Por vender los medios de comunicación de una cosa pequeña la hacen grande y maltratan la mente, lo periódicos, la televisión transmiten cosas que no son y perjudican la conducta de nuestros jóvenes” (JUAN).
“Si, al menos la televisión con toda la propaganda que hay, muchas personas con eso del Internet y los celulares le ocasionan enfermedades de actitud como dice mi hija que es psicóloga, todas las cosas que ofertan hacen que ansíen algo que de repente no pueden tener, que no es su realidad y trae problemas psicológicos y de adaptación” (IBETH).
Un último rasgo de al atomización social es el significativo repliegue de la subjetividad hacia microidentidades grupales abandonándose los grandes referentes ideológicos que con anterioridad otorgaban sentido de pertenencia social a un todo social que se movilizaba históricamente. Aunque estas representaciones colectivas como el sentido patriótico no han desaparecido sino que se han mediatizado, por lo tanto, redefinido ideológicamente hablando, lo cierto es que el gran otro objetivo del que habla Ubilluz se esta desvaneciendo provocándose la parición de una subjetividad liberada de restricciones normativas y éticas (UBILLUZ. 2006: 18-22) a la pregunta de si los medios de comunicación disuelven nuestro amor por la patria se responde:
“Bueno, pues yo creo que también res producto de la globalización ¿no? La identidad nacional como tal yo creo ya se ha perdido ¿no?, nadie se enorgullece de decir soy peruano ¿no? Los que se van afuera incluso, no sé yo nunca he estado en el extranjero pero supongo que les dará vergüenza decir soy peruano…No hay identidad nacional positiva” (VICENTE).
“No creo, ahora en la televisión todo es Perú, pasan en le canal siete costumbres del país, comidas, vestidos, es bonito creo, y así debería ser, para que mis hijos conozcan su país” (IRIS).
Estas dos respuestas opuestas entre sí comprueban el debilitamiento del imaginario nacional en tiempos de globalización, y el estado de redefinición laxa que atraviesa como por efecto de las nuevas tecnologías de la información. Estoy en lo correcto al decir que esa especie de chauvinismo patrio que nunca que se llegó a experimentar con toda magnitud en el país cede su lugar a una suerte de ideario desconectado de procesos políticos y en más interacción con la cultura desterritorializada internacional-popular. (GARCÍA CANCLINI. 2001:270).
Ahora por último examinemos la tímida formación de formas reencantadas de existencia cultural. He de decir con anticipación que estos indicadores propuestos no han sido percibidos en toda su complejidad debido a que los informantes estos códigos no los reflexiona cotidianamente sino solamente los sienten, motivo por el cual al no hallar coincidencias textuales he recogido mis observaciones sobre la base de argumentos un tanto sesgados y contingentes.
Un primer retorno de formas de existencia cultural es el regreso de la retórica popular. Relativamente aplastada por el imaginario escribal a través de la modernización educativa, la oralidad tiende a volverse invulnerable y a recibir un plus mayor debido a la proyección que recibe de su sintonía cultural con el lenguaje electronal. Aunque esta compenetración pone en paréntesis perpetuo la reproducción hegemónica del desarrollismo ilustrado, lo cierto es que se produce el imperialismo de una cultura de la mercancía y de la degradación cognoscitiva (SARTORI. 1997: 41-45) que descontextualiza la experiencia exponiéndola al desamparo y al desmantelamiento progresivo de las formas de socialización de la modernidad temprana. En los testimonios que recogemos al respecto no se trasluce directamente la asociación entre el código oral y el electronal, pero si se deja entrever que la tecnología Internet si significa un avance sustancial para la sociedad, pero se agrega que se utiliza para lo negativo y ruin, lo cual implica que los medios de comunicación se introducen rápidamente en el tejido social pero a costa de ir desactivándolo contundentemente y rompiendo la convivencia social.
“Es bueno en parte para el desarrollo pero no como ahora es, deberían reorientar los programas de televisión y los medios de comunicación. Más pasan cosas negativas que cosas positivas para la sociedad” (JUANA).
“Creo que si es bueno a la larga porque uno se puede comunicar con otra partes del mundo, pero sin que exista la maldad, que no exista la corrupción porque por intermedio del Internet se cometen crímenes, las violaciones de los niños, porque no hay sentido del bien para el otro, porque hay mucha maldad” (JUAN).
Una segunda forma de existencia cultural que retorna es la presencia de esquemas de sabiduría popular, sobre todo en los medios televisivos locales. La imagen a contracorriente de las tendencias occidentales se carga de la influencia de los estilos de vida subalternos, relativizándolos y reapropiándose de los bienes simbólicos que oferta la cultura internacional-popular. Por ello no es raro notar la incorporación paulatina de contenidos e imágenes de formas de vida popular articulados a los bienes de consumo, como una manera de llegar a las matrices étnicas que no son socializadas sino en los márgenes de la modernización. En los testimonios que capturamos se expresa que a pesar del predominio de formas de vida occidental se escurren decididamente imágenes y contenidos subalternos en los programas de televisión.
“Hay bastante, ahora no era como antes, pura cara blanquita. Ahora están los cómicos ambulantes, que hacen reír, pero no son educativos. Hay mayor espacio para nosotros los provincianos, la música folklórica, la música criolla, la chicha que no me gusta pero la bailo bastante con mi esposo” (YOLANDA).
Una tercera forma de existencia cultural es la emancipación de los saberes e identidades sexuales de las restricciones impuestas por la modernidad disciplinaria. Aunque el avance de la desestandarización sexual es tímido en los sectores populares debido al predominio de un conservadurismo prohibitivo que subordina el placer a los confines de la reproducción doméstica, se presume que empieza a expandirse un socavamiento de la polarización sexual hombre-mujer, dando cita a un complejo y más variado mecanismo de identidades sexuales a medida que el otro universal se desdibuja irreversiblemente. (UBILLUZ. 2006: 119-139). Esta liberación de la sexualidad no significa en los sectores populares la consolidación de una libido creativa y con iniciativa sino la evaporación sistemática de las seguridades tradicionales, ahí donde toda la identidad esta sometida al caos y al vacío erótico. Por ello no es raro indagar con extrañeza que ahí donde existe mayor libertinaje y derroche del cuerpo el sujeto se encuentra desprovisto de la necesaria inteligencia sensorial para convertir las pulsiones iniciales en relaciones conyugales certeras.
“específicamente el famoso reggeton ¿no? Por eso trae gente ¿no? Porque emula, emula lo que es el sexo, por eso la prensa no ha tenido ningún reparo en tildarlo de sexo con ropa ¿no? Pero los jóvenes hinchan el pecho como si fuese de algo de que enorgullecerse” (VICENTE).
“…la obscenidad, creo que ya se ha hecho común y no debería haber porque se confunde mucho, que si una chica hace esto o lo otro, ya uno ve en todo, o busca lo morbo, lo obsceno ¿no?…” (HEYDEE).
Este desprecio de una realidad inundada de códigos sexuales no comprueba el desempeño de un sexo-máquina, sino todo lo contrario: el miedo a no ser capaz de gozar, de no ser capaz de amar en una época en donde toda relación y lenguaje esta invadido por un imaginario sobre la sensualidad y los sentidos.

4. Conclusiones.

Hemos explorado las principales categorías de este ensayo logrando demostrar fragmentariamente las principales características de los conceptos propuestos. A pesar que he contado con material empírico abundante, logrando saturar varios de los indicadores, en muchas ocasiones me he visto precisado a forzar los comentarios explicativos pues la información de los indicadores ha resultado muy sesgada, motivo por el cual he limitado la riqueza del análisis a algunas conclusiones aproximadas y especulativas.
En primera instancia, a través de la inspección realizada de la información empírica se comprueba que la interpenetración de la lógica desregulada del mercado, sobre todo en las sociedades populares, conduce a un divorcio explícito entre la entrega a un individualismo transgresivo y sin fronteras, y numerosos mecanismo de resistencia cultural. Aunque esta individualización tiende a ser contenida por la proliferación de una realidad diseñada por el escenario multicultural, lo cierto es que esta hibridación como señala García Canclini, es repelida por la emergencia de un contexto arcaico y subalterno. No es el regreso a un esencialismo puro y sin fronteras sino el producto de una creatividad popular que cuanto más golpeada es por la rutina estandarizada de la razón de mercado tanto más se las ingenia para revertir y apropiarse de los tentáculos cibernéticos del capitalismo desregulado. Como es lógico señalar este desafío obliga a la subjetividad popular a una iniciativa redentora en el mundo de la competencia y del consumo, revitalizando los ámbitos que invade con un espíritu de la existencia de lo grotesco y de la vida carnavalesca. Creemos que la estrategia de la concientización de clase y de la confrontación revolucionaria cede su lugar a un mecanismo de traducción y de inteligibilidad de las diferencias y de los saberes sometidos, mediante la lucha contrahegemónica que busca disolver la gramática de la dominación con la consumación de una cultura estético-expresiva. (SANTOS. 2006).
Me parece que sin abandonar las transformaciones paulatinas de la estructura económica se debe complementar esta con una reforma educativa que logre hacer expresar el ideario religioso-popular del mundo subalterno, ahí donde la identidad está atrapada en la trampa de la pobreza cultural. Claro está se debe abandonar el principio único de modernización, y la constitución de un actor único por un dispositivo del diálogo entre saberes que permita un mayor enriquecimiento de la realidad, en un contexto en donde las nuevas tecnologías de la información pueden hacer posible el fin de la relación colonial y la erradicación de la pobreza.
Una segunda conclusión se refiere al carácter desmovilizador que se respira en asentamientos populares como el de Pando, que muestran las características del tugurio. En un contexto como Lima metropolitana en donde se advierte la hegemonía del discurso criollo que es fuerte, no obstante el mestizaje que viene desactivando a la realidad cargada de estereotipos y prejuicios raciales, se evidencia que la ruta seguida para una mayor democratización y disminución de la desigualdad no es la organicidad política, sino la transmutación sociocultural a partir del protagonismo individual. Por eso no es raro observar el modo cada vez más sofisticado que toma la avanzada cultural con la manifestación de una conciencia más tolerante y estético-expresiva, que abandona las formas de gestión comunal ante la arremetida de la privatización de la vida social. No es que esté de parte de la metafísica del individualismo, creo que sigue siendo importante la presencia de los proyectos colectivos como rutas para lograr cambios sociales, pero creo que toda aventura proselitista debe tomar en cuenta la realidad objetiva de la individualización para diseñar mejores opciones propositivas. La política debe acercarse a los problemas de la gente, a la cotidianidad y dejar de lado aquel discurso serio que rompe cualquier contribución y sacrificio personal.
Una última conclusión se refiere a la realidad de los medios de comunicación. Si bien nadie niega lo fundamental que son para el desarrollo de una sociedad, la mayoría de los discursos que recogemos señalan la evidencia pública de su perversión y obscenidad explícita. En esta sección del ensayo hemos tenido que dejar de lado algunas nociones teóricas que acompañaron el diseño de los indicadores ante la evidencia que es más fuete la atomización social y los problemas que ello acarrea, que las supuestas formas de reencantamiento de la existencia cultural, que no fueron verificados en toda su exactitud. Es a consecuencia de la poca compenetración y libertad que han encontrado los pobladores de esta comunidad para desplegar su herencia cultural, lo que explica el rechazo que muestran ante una realidad cargada publicidad y de la mass media. El hecho de que estén atrincherados como una cuña en un distrito con mayor nivel de desarrollo los hace persistir en un imaginario individual ciertamente atrapado en la asimetría cultural y en la trampa de la pobreza.

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22. HABERMAS Jurgen 1999(1983) Teoría de la acción comunicativa. ( Madrid. Ediciones Santillana, S.A.)
23. HARDT y NEGRI 2004(2004) Multitud: Guerra y democracia en la era del imperio (Argentina. Debate)
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26. LIPOVETSKY Giles 2000(1986) La era de vacío: ensayos sobre el individualismo contemporáneo (Barcelona. Editorial Anagrama, S.A.)
27. MARTÍN BARBERO Jesús 2001(1987) De los medios a las mediaciones (Barcelona. Editorial Gustavo Pili, S.A.)
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29. Macpherson C.B 1982(1981) La democracia liberal y su época. (Madrid. Alianza Editorial, S.A.)
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37. SAFRANSKI Rudiger 2000(1997) El mal o el drama de la libertad (Barcelona. Tusquets Editores, S.A.)
38. SANTOS Boaventura de Sousa 2006(2006) Conocer desde el sur (Lima. Fondo Editorial de la facultad de Ciencias Sociales- UNMSM)
39. SARTORI Giovanni 2000(1997) El Homo Videns: la sociedad teledirigida (México. Taurus Ediciones)
40. SLOTERDIJK Peter 2004(1983) Crítica de la razón cínica (España. Ediciones Siruela, S.A.)
41. SLOTERDIJK Peter 2003(1998) Esferas I. Burbujas (España. Ediciones Siruela, S.A.)
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43. SODRÉ Muniz 1998(1998) Reinventando la cultura (Barcelona. Editorial Gedisa, S.A.)
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46. VATTIMO Gian 1990(1989) La sociedad transparente (Barcelona. Ediciones Paidos Ibérica, S.A.)
47. VENTURO Sandro 2001(2001) Contrajuventud: Ensayos sobre la juventud y la participación política
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49. WOOD David 2005(2005) De sabor nacional: el impacto de la cultura popular en el Perú (Lima. IEP; Banco central de reserva del Perú)

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Ni frívolos ni aburridos.

by on Nov.14, 2011, under Sin categoría

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Contrariamente a lo que idealmente debería estar sucediendo en la facultad de ciencias sociales; es decir, un encuentro de visiones del saber social en disputa, cuya dinámica conseguiría despertar conciencias políticas y académicas a cerca de los principales problemas sociales del país, lo que vemos es el despliegue de una lucha irracional y pragmática de facciones y de grupos de interés político. En vez que el botín de este conflicto irresoluble sea generar las condiciones institucionales más laudables para el resurgimiento de una producción teórica y aplicada, lo que se ve es un conato desesperado de broncas y líos coyunturales por el control burocrático de las drenadas arcas de la institución educativa, y lo que el renombre ideológico arroja a nivel de la promoción social y la gestión administrativa del conocimiento social.

La verdad es que cada vez que se abre un período de elecciones, y el sabotaje campea, se evidencia una conflagración ridícula por las migajas de un centro de estudios que ha perdido el brillo ideológico y cognoscitivo que obtuvo antaño. Y este comentario a pesar de no alcanzar a la sensibilidad creativa de varias generaciones que han visto y ven resignados sus esperanzas de reconocimiento intelectual y político a lo largo de las últimas cuatro décadas, no deja de ser acertado para personajes politiqueros que creen estúpidamente que la consagración reflexiva de las ideas elevadas tiene algo que ver con esparcir argucias y artimañas para imponer de forma autoritaria ideologías trasnochadas e intereses de poder que arruinan y salan toda empresa académica.

No sólo estas disputas nauseabundas por el corazón de una facultad que ya no respira ni vanguardia ni fecundidad política dejan evidencia lo podrido que se haya la psicología biográfica de operadores políticos y sacerdotes canibalescos, sino que además confirman la hipótesis que ahí donde la utopía envejece o simplemente ha fracasado en su intento de transformar el mundo esta arrastra a las conciencias intelectuales al lado de la corrupción y la delincuencia. Y no estoy hablando de un delito literal- ¡Dios los coja confesados!- pero si hablo de todo el perjuicio académico y político que han ocasionado la reproducción dictatorial de cuadros que a la larga han destruido las condiciones intelectuales donde debería asentarse una cultura de humanistas y de investigadores sociales.

Su terquedad política para aferrarse a cargos administrativos y a la noble tarea de pedagógica de formar conciencias, a las cuales envenenan y les transmiten toda su bestialidad social, sería comprensible si es que estos gendarmes de las ciencias sociales hubieran generado una verdadera revolución científica, pero lo que vemos es la reproducción de consignas e ideas escleróticas, prejuicios y complejos dogmáticos que no tienen ningún asidero en la realidad, y que a lo único que han conducido es a una crisis inexorable de las ciencias sociales; crisis teórico-metodológica que se expresa en su obstinación por no redefinir el marxismo de “manual” y así salvarlo de la pseudocrítica, o no refrescarse con idearios teóricos nuevos, a los cuales tildan de inmorales o simplemente postmodernos, sin siquiera leerlos o explorarlos. Al no haber cimientos epistemológicos serios y arraigados en el cambio social y cultural que se percibe en las últimas tres décadas, todos sus diagnósticos y tesis anacrónicas no son capaces de ofrecer una comprensión y explicación de las grandes transformaciones ontológicas de la estructura social, por lo cual se acelera la fragmentación de los idearios y de toda gestión operativa que vive en la improvisación de la ceguera técnica.

Si bien la realidad por escuelas es radicalmente diferente, todas en común padecen de tres problemas importantes:

1. Al no deshacerse de edificios conceptuales zoombies que intentan subordinar la realidad cambiante a constructos teóricos harto obsoletos y petrificados, lo que se establece es una regresión cognoscitiva, un aprisionamiento intolerante que tiene el propósito de perennizar un activismo político violentista y manipulatorio que no desea el real cambio social, pues su idea escolástica de revolución esta por encima de la producción de enfoques creativos.
2. Al carecer de filosofía, pues el prejuicio cientificista la considera un trabalenguas especulativo con el cual hay que romper para alcanzar la tan anhelada objetividad sistémica, se cae en una ceguera metódica que convierte la verdad en un resultado lógico-aristotélico, cuando lo que se requiere es una desarrollada intuición categorial o instinto reflexivo, una empatia sensorial con lo que se analiza, y no ese distanciamiento cartesiano que anula la racionalidad y pervierte el pensamiento.
3. Al no haber teoría acorde con la realidad nos acercamos a una pastoral tecnocrática unilateral e improvisada, que fuerza el tejido sociocultural a una prueba arbitraria de indicadores preestablecidos, cuyas conclusiones son del todo ajenas a una complejidad organizada de identidades y estructuras en red. El descripcionismo afecta severamente la realidad, e impone un autoritarismo conceptual que disecciona torpemente la realidad de los entramados culturales.

En líneas generales, lo que se intenta demostrar es que el control político de la facultad, por eternizar la hegemonía de grupos políticos que intentan a su modo de reproducir sus ideologías de activistas y pragmáticos de izquierda, lo que ha provocado es el devaluamiento ontológico de las producciones científicas y sociales, ahí donde el momento histórico urge de visiones constructivas y holísticas, que se han abandonado por sembrar el odio y el arribismo político. Al creer con torpeza que un buen intelectual es el resultado de haber sido un buen mercenario político o un asaltante o buen estafador de las ideas, lo que se causa es la desvinculación dramática de todos los buenos talentos y nobles pensadores que se ven empujados a sobrevivir en la redes del asistencialismo tecnocrático y de las mafias populistas del tercer sector.

Es esta triple separación entre una teoría de cadáveres, una metodología y tecnocracia que ha hecho de la pobreza y la desigualdad un negocio de supermercado, y una política llena de inmorales y arribistas, lo que infecta el porvenir de las ciencias sociales. En la medida que esta enfermedad del conocimiento de izquierda (llámese resentimiento o abandono existencial de la promesa revolucionaria) y me atrevería a decir de sus alternativas hedonistas, se apodera institucionalmente de nuestras cátedras y organizaciones sociales de base se llega a comprender la enorme pobreza cultural que atraviesan la canteras del pensamiento negativo; situación de miseria fáctica que no ha permitido la renovación de cuadros políticos e intelectuales, y que facilita la reproducción de una idea totalitaria que es sólo repertorio proselitista de sobones, rajones y de toda una fauna criolla de enclasamientos incapaces de una auto examen crítico.

Pero esta escoria ideológica que examino no es sólo consecuencia de una sarta de pendejos aprovechadores que han sido expectorados de la vida, y que por lo tanto, en su afán de revancha se sienten estúpidamente una propuesta de cambio alternativo, nada más insensato e irresponsable. Es también el producto condescendiente de una arquitectura neoliberal a la cual le conviene ver como se desangra la universidad pública, pues así halla, astutamente, los enemigos emocionales apropiados para justificar la represión y su admitida construcción aristocrática y estilística. No quiero ver este atolladero netamente político de la facultad y de las ciencias sociales como responsabilidad inherente a la necedad política de unos cuantos mandarines y bohemios de la teoría – ¿¡si la hay!?- ; en gran parte todos los que hemos vivido tangencialmente este problema y no lo hemos enfrentado por simple conveniencia económica y profesional, somos también parte del mismo cáncer social, por nuestro apoliticismo privatista. Sin embargo, soy de la idea que un verdadero esfuerzo arqueológico de los orígenes culturales de esta brutal violencia simbólico-dogmática arrojaría algo de luz a un dilema enraizado en la manera como la izquierda ha enfrentado su acercamiento a las sociedades populares, de cómo fue consentida inicialmente como los sacerdotes del cambio social, y hoy en día como rezagos de épocas oscuras y desquiciadas donde la pérdida de centralidad política fue castigada con genocidio y asesinato ideológico y físico.

No quiero entrar en detalle acerca de los traumas del carácter social, pero en gran parte el rencor y la desidia ideológica que arrastra a nuestras vanguardias es un producto de la forma asimétrica e injusta como ha sido construida nuestra formación social. No sólo la agresión y la intransigencia son rasgos de una mentalidad relegada y subalternizada, incapaz de deshacerse de la falsa seguridad y certidumbre de los dogmas ahistóricos, sino que además esta forma de protesta y reivindicación es el canal empleado usualmente por los excluidos doctrinarios para imponer sus visiones sin negociación, aduciendo principios fundamentalistas o fórmulas erráticas impracticables en la realidad polifacética. A la larga, si bien me he ido por las ramas, lo que quería es describir el carácter cultural de nuestras energías políticas, inhabilitadas históricamente para llevar a la concreción vital toda la promesa de la emancipación social, pues se piensa torpemente que el abandono de posiciones principistas traicionaría utopías idealistas oleadas y sacramentadas. No se trata de ser un aguafiestas, pero en tanto no se alteren estos pragmatismos políticos en todos los niveles de la educación superior, y más en todo el tejido organizativo de los sindicatos, movimientos y instituciones barriales, se seguirá permitiendo el daño a las bases morales de la investigación social y de la creatividad política, condicionando el despliegue de la corrupción y del delito social como si fuera algo natural y normativo, sostenido en manuales venerables donde se aprende el abecedario de la toma de poder.

Hay que acabar con la mentalidad criolla en el seno de nuestra comunidad universitaria. Esta cultura criolla no sólo es propia de visiones hegemónicas de la oligarquía urbana que expanden la sabiduría escéptica y la viveza mercantilista a todos los rincones de la sociedad; está también instalada vivamente en el núcleo ideológico de las fuerzas de izquierda al sentirse víctimas dolientes del excluyente patrón de acumulación, y por lo tanto, los únicos equipados con la reserva ética para cambiar la sociedad inundada de aberración e instrumentalización, de la cual no se sienten influenciados. Mientras no predomine la exigencia de hacer concretos y factibles las ideas de una economía democrática-participativa, y a la vez que no renuncie a la acumulación capitalista, mientras la confusión de los epígonos del marxismo siga bloqueando la expresión inmanente, descolonizada y plural de nuestras identidades sociales, no se podrá entender que la utopía marxista y revolucionaria, tal como se ha sembrado en el país equivocadamente durante décadas de doctrinarismo y politiquería, es sólo un idealismo incompatible con nuestras raíces histórico-culturales, un contrasentido objetivo que nos hundiría aún más en la metástasis social y la violencia. Se hace necesario imponer dialogadamente y desplegar una visión de país, por encima de esquemas románticos impracticables – que a veces han sido vendidos como la panacea del desarrollo-. Ser de izquierda, en este sentido, es relativizar las creencias e idolatrías del marxismo y rendirse ante la imaginación de construir una sociedad plural, real y nacional, capaz de enfrentar la globalización con realismo y la vez con pasión solidaria.

Bajo un forma crítica, en un contexto social en que la izquierda ha llegado al poder, es necesario no sólo hacer una observación al radicalismo ciego de la izquierda, sino también, como es preciso, al narcisismo intelectual que se ha apoderado de las condiciones reflexivas de nuestro pensar, y que ha herido la dignidad de todos aquellos actores sociales que no pueden ser redimidos en los intersticios de la bohemia y del estilismo, a medida que avanza la elitización de los sentidos. Más allá de que esta sea una época donde el fenómeno estético se apodera de todas las interacciones sociales al precio de enmascarar y hacer más llevadera la hostilidad del mundo capitalista, no deja de ser verosímil que subsisten raíces coloniales en torno a las reclasificaciones estéticas y raciales del contexto actual; monopolios del poder sensorial que edifican espacios, cuerpos, sentidos y territorios culturales liberados de la presencia “grotesca” y dizque vulgarizada de las multitudes a las que perciben como el cuadro patético del cual hay necesidad de rescatar una individualidad aristocrática y auténtica.

En vez que esta dominación de las apariencias cosméticas sea denunciada por nuestra sensibilidad intelectual es equivocadamente celebrada como un mosaico insospechado de prácticas y rituales, sabidurías populares y multivoces que son sólo descritas, sin que de estos recorridos superficiales se desprenda una crítica reconstructiva de los complejos y atolladeros micro-culturales de la cotidianidad criolla, la cual permanece intacta en este empirismo ahistórico e irresponsable. Si bien es comprensible y hasta saludable la evolución intelectual última de nuestros pensadores hermenéuticos y eclécticos en su afán de ofrecer una lectura cualitativa e interdisciplinaria de la realidad, de ahí al compromiso de intervenir en la realidad para reeducarla o reconstruirla existe un gran abismo político; abismo entre el pensamiento y la realidad cosificada que acrecienta la irresponsabilidad del dandy criollo, que sólo escribe para divertir y alcanzar reconocimiento, o para presentarse más cautivador ante una juventud, ahí donde la vida jovial ha sido desperdiciada en el activismo político de antaño. Más allá de que el intelectual deba demostrar una conducta intachable en relación a lo que postula o defiende con ardor pensante, creo yo que el ser reflexivo tiene derecho a vivir y tropezarse en la relaciones humanas, después de todo es un ser humano, pero de ahí a utilizar el saber social para politizar su biografía y obtener algunos favores en la guerra de los sentidos con suma astucia, rebela su poca disconformidad con los submundos sensoriales de la cultura criolla a la cual dice enfrentar.

Si el vacío existencial del intelectual es domesticado con la politización radical o con este esteticismo seductor, que sólo vomita elitismo y discriminación étnico-racial, entonces el conocimiento social estará colonizado por un imaginario anómico que el mismo pensamiento declara querer reconstruir. En verdad hay que asumir la tesis de que un real cambio ontológico de la sociedad se producirá ahí donde se modifique axiológicamente los valores de la trasgresión criolla, que es paradójicamente, el fundamento cultural que hace posible un sistema político clientelar y autoritario, y una formación socioeconómica improvisada y elemental. Mientras cada aporte de la ciencia social sólo sirva en el mejor de los casos para edificar una formalidad administrativa, en la cual se deposita las esperanzas del recambio generacional, no querrá ver que los graves desencuentros culturales que padece la sociedad peruana se deben a la manutención hipócrita de un imaginario degradado y violento, que todos decimos querer disolver, pero que contradictoriamente conservamos con placer.

No es la crisis del capitalismo eurocéntrico, ni una atmósfera de transición hacia un nuevo estadio histórico más complejo e indescifrable, ni siquiera los complots del neoliberalismo en su afán de erosionar la investigación en la universidad pública, los que han decidido la crisis de las ciencias sociales en el Perú; es sin lugar a dudas la incapacidad para pensar el Perú sin ataduras doctrinarias de ayer y de hoy, y sin atavismos irracionales y dizque vitalistas, lo que ha provocado el trastorno moral de las bases sociopsicológicas del pensamiento crítico, el cual se ha convertido innoblemente en discurso de activistas manipuladores, o en “piñata” de la frivolidad de algunos presocráticos esclarecidos que han hecho del razonamiento social una diversión egocéntrica.

Digámoslo con todas su letras. No hagamos de Pilatos a la hora de dar un diagnóstico de este enfermo doliente que es el pensar social en el susodicho foco de las ideas sanmarquino. Si bien hay expectativas de que este politeísmo de los enfoques teóricos y visiones metodológicas de los últimos años retorne al pensar a una tradición netamente peruanista y madure en una lectura descolonizada y multidisciplinaria de la realidad peruana, es necesario superar esta visión fragmentaria, empirista y ahistórica de la producción social, (que es fiel reflejo de nuestros desencuentros culturales), y avanzar hacia una posición de síntesis histórico- cultural expresada en teorías, paradigmas científicos y divulgación de las ideas sociales.

De hacer todo lo contrario, y rendirse olímpicamente ante la oferta turística de referencias teóricas y sofisterías conceptuales no daremos señales morales de haber roto con la cultura autoritaria reticular y heterónoma que infecta nuestro tejido social. Frente a la heterodoxia de la realidad la unidad de de la teoría. Sólo de este modo el hiperrealismo de los prejuicios y prenociones totalitarias que infectan ideológicamente la vida cotidiana, no hará mella en la objetividad lógica de lo que noblemente puede renovarlo y enriquecerlo. Y me refiero a un sistema de representaciones contingente y en construcción continua que atrape la rica heterogeneidad del cuerpo social, y no sea condicionado absurdamente por el juego de apariencias de una vida que grita existencialismo y miseria. Salvemos a la vida de sí misma, y esto se empieza con la imaginación racional.

Basta ya de que los intelectuales sean un saber sometido de ermitaños aislados o vedettes extravagantes. Es quizás hora de demostrar ante la sociedad que podemos ser una comunidad científica que produzca ideas originales con aplicación práctica, que se interese por los temas estructurales -tontamente olvidados- y las preocupaciones cotidianas y que socialice el saber abstracto y lo vuelva instintivo, que rompa con el distanciamiento serio y dogmático con el pueblo y los otros discursos sociales. Producir teoría y socializarla es reeducar estéticamente y racionalmente a los desamparados y a los cínicos, atrapados en una realidad rutinaria y empobrecida, y de esta manera enriquecer culturalmente, emancipar y comunicarnos entre nosotros mismos, así de este modo hallar una ubicación para nuestra escribalidad militante y a veces esquizofrénica. Solo este nuevo pensamiento será el resultado de la lucha de las bases juveniles, rompiendo las cadenas de la marginación generacional y política, sepultando todas las ideas momificadas y recicladas que durante cincuenta años nos han enfrentado entre hermanos. ¡OTRA REFORMA DE CÓRDOVA!

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Los límites del consumo y el agotamiento de la cultura

by on Jul.12, 2011, under Sin categoría

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Resumen:

Hoy más que nunca que el descarrilamiento de la cultura del consumo y del deconstruccionismo simbólico desestructuran y colocan en la incertidumbre a las culturas subalternas, se hace necesario una crítica de este modelo de liberalismo cultural asentado en una economía desbocada, como el único antídoto para que la sociedad democrática obtenga un control participativo y fijado de contextos de significados y sistemas de creencias que entumecen la acción política y convierten el derrotero de las identidades en una pluma desarraigada en manos de las manipulaciones de la anarquía global del capitalismo.

Abstract:

Today more than ever that the derailment of consumer culture and the symbolic deconstruction unstructured and placed in subordinate cultures uncertainty, it is necessary a review of this model of cultural liberalism anchored in a runaway economy, as the only antidote to get a democratic society and participatory control set of contexts of meaning and belief systems numbing political action and make the route to the uprooted identities in a pen in the hands of the operations of global anarchy of capitalism.

Palabras claves: Consumo, ideología, deconstrucción, modernidad, estudios culturales, subalternidad

¿Cultura o ideología?

Más allá de que este bache en el capitalismo sólo sea un ligero traspié o resfrío ilusorio del patrón de desarrollo occidental, la verdad es que el aparente desprendimiento de identidades híbridas que han sido estimuladas por la explosión infinita de la mass media evidencia el desvío histórico del sistema productivo de consumo para perseguir y devorar los sistemas de significación y de creencias que se han agotado, en un momento donde la vida excluida presiona por ser incluida en el modelo de desarrollo. Si bien la huida de la referencia social de la reificación industrial ha sido perseguida hacia los confines de la intersubjetividad por una proliferación de bienes culturales que consiguió deshacer la protesta histórica, lo cierto es que la fragmentación y caos cultural que ha provocado han culminado por derribar un patrón de crecimiento soberano que ofrecía garantías de control histórico y autonomía a las identidades subalternas del mundo. El agotamiento de lo que se conoció como Estado de Bienestar o populista ha desencadenado el desdibujamiento de la narrativa del progreso histórico, ingresando la construcción de la personalidad en un escenario donde la estructura social se hace añicos y todos los referentes culturales que antes daban cobijo a la vida socializada son desmanteladas en centenares de ruinas, dejando un cuerpo social desbaratado y al acecho de singularidades agigantadas .

El desarrollismo keynesiano económico como sostén material de una sociedad que salía salvada del holocausto bélico fue la respuesta institucional que ofreció la sociedad ante los ultrajes económicos de la desregulación financiera que provocaron las guerras mundiales. El mundo capitalista ante la presión del socialismo realmente existente, ante los movimientos de liberación nacional del tercer mundo, y ante las propias contradicciones internas de sus sociedades específicas, tuvo que cerrar un pacto de reconciliación con los actores democráticos inaugurando un estado de crecimiento que vinculaba el capitalismo, los actores mercantiles con las organizaciones de la sociedad civil de tal modo que el Estado se comprometió a garantizar e incentivar la producción empresarial siempre y cuando la rentabilidad se hiciera en correspondencia y en beneficio de los actores civiles . El Estado nivelaba las desigualdades en la medida que remercantilizaba a los agentes económicos que quedaban rezagados en la tendencia a la monopolización, al capacitarlos y al hacerlos ingresar en relaciones de oferta y demanda . El acuerdo democrático hasta cierto punto resulta en la medida que bloqueaba las contradicciones sociales que las sociedades avanzadas experimentaban, disciplinando las fuerzas sociales y asegurando la gobernabilidad del Estado en relación a la planificación económica que acallaba la multiplicación de las demandas sociales.

Es en este escenario de modernización hasta cierto punto autoritaria del sistema cultural, incentivado por los medios de comunicación que va ir paulatinamente liberándose de la lógica disciplinaria un proceso de personalización que permitió modelar psicología proclives a consumir los bienes materiales y simbólicos, de una sociedad sumida en la segmentación simbólica, y es lo que va a crear una ontología cultural que huye de los edificios estandarizados de la lógica sistémica, porque percibe en la racionalización de la vida social relaciones de dominación que persiguen rutinizar la vida y sumirla en la vida conformista . Hasta cierto punto esta cultura consumista liberada de su referencia material provocó poco después el agotamiento y acoso del estado desarrollista, ya que la culturización postmoderna que producirá irá atrofiando lentamente el predominio de la industrialización como modelo de desarrollo social .

A la larga este giro cultural y de apropiación estratégica de la vida cultural ocasionó el despliegue y desarrollo de una razón tecnológica y científica que asentará la producción y los intereses de capital en la dominación estratégica de los sistemas de creencia y hábitus individual. Es decir, la huida de la vida de la razón histórica, el descontento cultural de un proceso de revolución que solo botaba dominación y estandarización, decidirá que la intersubjetividad se replegará hacia un existencialismo vanidoso, pero solitario, que abandonará el exterior por una agitación espasmódica de una mente que se refugiará en el consumo y en estilo de vida ideológico-narcisista . El deseo cínico y gastador de reconocerá como la lógica sistémica que estimulará la construcción y proliferación de la complejidad organizativa, ya que el sistema productivo capitalista, en este contexto de desorden cósmico, se va a organizar y va a succionar su plusvalor en función del montaje de una industrialización cultural que fomenta y exarceba el estereotipo y la hibridación sociocultural .

En algunas sociedades donde la expansión institucional del sector público va a significar el sostén material que facilitará la asimilación y control ciudadano de la alienación consumista, es donde recaerá una simetría y coexistencia entre el tiempo de trabajo y tiempo del ocio. En otras palabras, la culturización gigantesca que representa la sociedad del conocimiento y del consumo va estar amortiguada por una estructura organizativa de actores ciudadanos, lo cual determinara que la alienación consumista no hecha a perder la iniciativa laboral y disciplinaria de los agentes económicos.

Esta situación no sucederá con similar forma en las regiones periféricas del sistema capitalista donde el agotamiento de las economías nacionales, aunado a las resistencias que supondrán las relaciones culturales tradicionales, desactivará de plano los esfuerzos históricos por completar el ciclo de formación de la auténtica modernidad racional . Más allá de que este completamiento socioestructural de la formación histórica no se consolidó, debido a la crisis de recesión que experimentó el capitalismo en los años 70s, y a la presión socialista que desestabilizaba las condiciones para introducir correctivos legítimos en la estructura social, creemos que lo que explica el degradamiento del estado populista es la dependencia económico-cultural que padecían los capitalismos periféricos y el hecho de que la planificación moderna se iría paulatinamente evaporando para rediseñar un escenario productivo donde el conocimiento, la información y el deseo resquebrajarán las relaciones de dominación civilizatorias, en una vida reticular y compleja donde el poder ideológico se decide en función del voluntarismo y creatividad empresarial .

La vida colectiva, la vanguardia revolucionaria se desintegrará en una multitud de nuevos movimientos sociales, que además de buscar la tan ansiada redistribución económica, irán detrás del desmantelamiento de la relaciones de dominación simbólica. En otras palabras, la lucha por el reconocimiento irá desalojando las preocupaciones por eliminar la explotación social, redefiniendo el capitalismo multinacional en función de la solidaridad global e internacional que buscara equilibrar con la democracia directa la escandalosa sensorialización del poder y su introyección descarada en la vida significativa .

El crecimiento de una red interminable de referentes culturales irá sacando de la preocupación pública el tema utópico de la revolución social, lo cual irá otorgando al sistema desorganizado de la existencia cultural una centralidad absoluta en la medida que las tipicidades burguesas o yuppies que legitiman la sociedad de consumo se irán expandiendo por el universo planetario, hibridizándose y en otra ocasiones hegemonizando con los sistemas de referencia, local, regional o nacional. Mientras que la producción cultural es cercada por el capitalismo de flujos e inversiones trasnacionales tanto más esta invierte las relaciones de poder en sistemas de expectativas locales y democráticos, deconstruyendo el sometimiento en una vida que padece el cáncer de la ideología mercantilizada . Es decir, el asentamiento del capitalismo en la apropiación descarada de las culturas tradicionales y de las idiosincrasias locales, no sólo busca convertir el peligro de la revolución en vida domesticada y servil, sino que esquiva elegantemente el propósito de los actores democráticos de enriquecer igualitariamente las condiciones de vida social que ofrece el desarrollo global. Es decir, el plusvalor supracultural que consigue vive de la regresión sociopsicólogica del actor singular, de su no completamiento dialéctico, de la contención ahistórica que promueve un modelo de desarrollo social que no cancela la industrialización, pero que la restringe para pocas sociedades que monopolizan las atribuciones del desarrollo tecnocientífico . En la medida que los descubrimientos e invenciones de la ciencia se orquestan en función del despliegue de las industrias culturales y de la razón cínica, será muy difícil liberar los beneficios del desarrollo tecnológico del control autoritario de las ideologías planetarias, masificar su aprovechamiento democrático, ya que la tendencia demuestra que los adelantos tecnocientíficos son utilizados para saciar las expectativas hedonistas de una individualidad saturada y bombardeada de espectacularidad cínica .

La proliferación de los híbridos culturales, liberados de la lógica unidimensional y autoritaria genera toda una gran conspiración ideológica en contra del espíritu subalterno que persigue democráticamente transformar las condiciones jerárquicas y antidemocráticas de la globalización socioeconómica. Es la obstinación del ánimo histórico de seguir siendo un esclavo glotón de la razón del deseo capitalista lo que impide la desestructuración de la complejidad del poder, ya que tal revolución cultural no podrá partir para su éxito de un solo cambio de horizonte mental sino que tendrá que afincarse en el desarrollo responsable de las fuerzas productivas, que le dan a la individualidad potenciada una base material donde hacer concreta su felicidad.

Crítica de los estudios culturales.

Al amparo del repliegue político que padecieron las fuerzas de izquierda con el neoliberalismo, se mantuvo la estrategia desde el pensamiento comprometido de relegar el análisis crítico hacia aquellas posiciones donde el liquidamiento neoliberal no lograra desalojar la potencia de la filosofía de izquierda. Quizás el problema de esta resistencia táctica haya sido que la fuerza para continuar con la crítica despiadada de la vida mistificada se convirtió con el paso del tiempo en la siembra de un estilo de vida que ha terminado por capitular ante las arremetidas culturalistas de la razón lingüística y de la ideología neoliberal. ¿En que consiste este conservadurismo repentino? Que ante la licuación de la estructura social y de las condiciones objetivas que posibilitaban la revolución del horizonte capitalista la vida contestataria se protegió de la ofensiva neoliberal en la crítica cultural, en el cuestionamiento acendrado del estilo de vida aburguesado y de las industrias culturales como una manera de conservar vital una forma de pensamiento que no había podido evitar la intensa culturalización de la estructura capitalista .

Al haberse definido que la transformación del capital dejaba sin aliento a la teoría crítica ya que este giro ontológico significaba el engarrotamiento y la pérdida de seducción de la filosofía negativa las capas sociales que antaño le daban validez cognitiva cambiaron arriesgadamente su campo de creencia revolucionaria por un deconstruccionismo cultural que empieza a leer el idealismo de los sistema abstractos en función de los esfuerzos de integración individual y de resistencia semántica que la particularidad golpeada por la globalización ejercía peligrosamente. Es decir el individualismo metodológico de las individualidades más calificadas se convierte en el etnométodo para alcanzar supervivencia en un escenario histórico donde la preservación del mundo de la vida se va a dar en función de que tanto la subjetividad sepa maniobrar con audacia en la sociedad del conocimiento, de que tanto su habilidad para reproducir información le facilite el reconocimiento de su estructura doméstica de vida cotidiana .

En este sentido, los estudios culturales van a reflejar según las características de las sociedades subalternas las diversas estrategias de resistencia cultural de las identidades dominadas en tanto la desestructuración de la modernidad sólida va a implicar un proceso de desmaterialización de la gramática del poder capitalista, en campos de exclusión sociocultural donde se sensorializa la dominación y esta se recubre de ideologización estética .

A diferencia del hombre unidimensional y estandarizado se irá modelando una mentalidad compleja que va a disponer de la prerrogativa de desactivar el poder corporalizado en el propio centro de la experiencia cognitiva, lo cual va a denotar una transgresión valorativa de las coordenadas del poder mistificado pero en función de la naturaleza singular del actor solitario. Por ello si bien el escape de la gramática de la dominación va a implicar una subjetividad que se las arregla para integrarse a los repertorios de acción colectiva aceptando el racismo de los sistemas de conocimiento, lo cierto es que tal acomodamiento etnometodológico va a significar instrumentalizar los espacios de socialización y los contextos de significación donde se forma la psicología de los actores más vulnerables y empobrecidos, poniendo el cuerpo social en función de los intereses egoístas y de reproducción sensorial del actor individual. Es decir, la vida mistificada va a deconstruir las ideologías que pretenden dominarla siempre en relación de concretar los apetitos de reconocimiento estético que los actores se propongan edificar, y todo esto en función de concretar biografías que otorguen provisionales máscaras de certidumbre cultural . Para decirlo de otro modo el poder va ser barrido cuando los actores deseen hacerlo, y lo harán siempre y cuando le resulte agradable y divertido; en tanto la dominación les resulte confortable no la dejarán, haciendo creer al capitalismo que sus reificaciones son discursos eficaces de poder que embrutecen al agente social, cuando en realidad son sólo revestimientos cómodos que otorgan identificación y cierto cobijo étnico .

La integración es legitimada porque a través de ella el actor consigue acceder a las facilidades e informaciones que hacen posible la reproducción social; no hay sistema moral que movilice al individuo a utilizar los marcos institucionales; la verdad es que la sociedad es rehecha porque sin el amortiguamiento emocional que ofrece el actor no se decide a mediarse a través de ella; la realidad social no existe a excepción de las intermitentes iluminaciones y solidaridades convenidas que dan la simulación de que ésta existe. A las raíces sociales cada quien las manipula a su antojo, lo que quiere decir que el proceso de individualización bloquea y desaparece la socialización a despecho del desarrollo integral de la personalidad que queda detenida según las circunstancias en desarrollo embrionarios e infantilidades socio-psicológicas . Al quedar desamparada la identidad por obra del desmantelamiento político de la realidad social la subjetividad recrea toda una variedad de instalaciones populares y folklóricas propias de su desenvolvimiento cultural, creyéndose todas las aventuras ideológicas que el subconsciente enfermo imagina como auténticas formaciones sociales .

De acuerdo a esta terquedad de proseguir la subjetividad inscrita en las maniobras de la espectacularidad ideológica es de donde la epistemología culturalista recoge signos de asentamiento de su posición neoconservadora. Al admitir que el giro lingüístico ha hecho ingresar al espíritu social ante las embestidas y riesgos de un mundo desbocado, que es difícil de ser predecible, creen que el poder puede ser rebatido solo de manera etnocultural o deconstructiva, lo cual genera que la lucha por democratizar las estructura mundializadas de la globalización económica sea abandonada por ser anticuada. El integrado, el multiculturalista cree que sólo puede revolucionar las jerarquías del poder simbólico con una cuota de voluntarismo constructivista, cuando esta estrategia de saturación discursiva se desarrolla a costa de referencias sociales que hacen posible la materialización del beneficio individual. Al intensificarse el relativismo y el enraizamiento temporal y desechable de las mutaciones ideológicas se ingresa en un escenario objetivo donde la explosión y fragmentación de órdenes sociales no es capaz de encubrir la evolución real de la estructura social, con el consiguiente añadido de la inmadurez de los sometidos.

La cultura jala la atención del individuo hacia la deliciosa actividad de los sentidos, pero aún cuando lo sepulta en la hipercomplejidad de lo recreativo y supra-estético no cancela la sensación de que envejecemos y que no estamos preparados para abandonar la vida. Cuando la facticidad del lenguaje nos hace ingresar en la juguetería emocional de lo que se deshace en nuestras manos, percibimos el perjuicio de una fuerza oscura que tratamos de disimular, pero que está ahí hiriente, acechando en los márgenes de lo que no es posible nombrar. Esa fuerza es la vida material que la epistemología cultural no logra enmascarar y que se cuela como una naturaleza vengativa que se levanta alrededor de los momentos de luz de la represión tecnocivilizatoria . Este mundo oculto es la sustancia de lo que no es prolongado o ideologizado por la inteligencia emocional de las organizaciones sensoriales; una ruta indomesticable que la razón estratégico-lingüística no logra leer oficialmente y que es retratada en la medida que el abismo de conocimiento no destruye las coordenadas pulsionales de donde brota lo que se trastoca en discurso frío. El lenguaje es el vestido místico que mantiene en la infantilidad lo que se escabulle en el inconsciente. Cuanto más la vida huye de lo abstracto en los confines indómitos e irracionales de la interioridad tanto más la exterioridad del mecanismo helado del capital se las arregla para acrecentar la falsedad de los híbridos que dice representar. Pero es la audacia del interior, que a veces asoma la cabeza por los dominios del sistema, lo que conspira para reencantar de vida rebelde las instalaciones disgregadas de la complejidad del capital, para reformarlo y a veces ponerlo festivo y jovial .

Tal vez en estos momentos en que se produce una indigestión de discursivismo es que se gesta la oportunidad para que la subalternidad logre aterrizar el idealismo de los sistemas abstractos, con el control reterritorializador de las culturas híbridas y locales. Tal vez sea el momento que los estudios culturales dejen la agencia exageradamente referencial del lenguaje y consigan regresarle a la vida el control sobre su sensoriedad idiosincrática, a salvo de una vez de las tecnologías estéticas que dividen el mundo entre los que saben gozar burguesamente y los que no saben hacerlo. El descontrol lingüístico, el libertinaje sígnico de la mass media ha ido bastante lejos en su intento de liberar a la naturaleza humana de sistemas cerrados y de visiones unilineales, consiguiendo en verdad hacer depender a la conciencia de estructuras ideológicas que desatan la cínica y oscura adicción de la irracionalidad aún a sabiendas de la conciencia sometida. La cultura que ha desbordado las instancias sólidas de la modernidad debe retirar su confianza en la habilidad integradora de las biografías sometidas, porque estas no se han tragado el cuentazo de que la felicidad reside en una existencia que devora ideologías, ya que de un modo inesperado las multitudes revolucionarias empiezan a creer que la emancipación depende de que la vida no confunda el apetito de materialidad por ideas agradables que sólo empequeñecen la subjetividad.

La vuelta del desarrollismo.

Ante la crisis que atraviesa el capital global se abre la hipótesis que la trasnacionalización de las decisiones políticas en materia de crecimiento económico provocó una fuga deflacionaria de los flujos económicos, lo que a la larga desincentivo las coordinaciones lucrativas que sostenían el modelo y desalento el consumo de los mercados regionales del mundo globalizado. La excesiva desregulación de la economía mundial, aunado a un achicamiento despolitizado del Estado, que confería posibilidades de dominio a la economía empresarial, ha ocasionado que la excesiva concentración del capital en control de los grupos de poder global vaya excluyendo de la capacidad de consumo y de inclusión productiva a las multitudes empobrecidas, que por su inhabilidad para acceder a los estratos estereotipados del consumo se han aventurado a recrear caóticamente los lenguajes micro empresariales como la única alternativa de supervivencia que les faculta ingresar a las cárceles ideológicas del estatus y distinción burguesa .

El capital al confiar en la escandaloso psicologización y movilización de las tipificaciones del consumo ha cimentado erróneamente la producción de utilidades en una domesticación y culturización del tejido biopolítico de la producción, lo cual a conducido a que se vayan acumulando en núcleos monopólicos y en redes económicas periféricas las actividades cognitivas que hacen posible la reproducción de lo real. Esta culturización linguistizada de la producción hace que las ventajas de la vida empresarial se hallen atravesadas por ideologías, clasificaciones, estatus y complejos estéticos que movilizan la carne social para reproducir prerrogativas del desorden capitalista. Como no es fácil de suponer esta mescolanza de realidades diversas ha acercado a la dominación biopolítica a la habilidad de las clases subalternas de democratizar desde la creatividad psicoempresarial los ámbitos elitistas de la producción capitalista.

Es la concientización soberana de las multitudes o de la razón populista que inunda el mezquino y unidimensional estado de derecho neoliberal, lo que hace que entre en una fase crítica el capital, porque recibe la presión democratizadora del proletariado cultural que exige una redefinición redistributiva de una constitución oligarca que se ha cerrado implacablemente . No es sólo la subalternización antropologica, que desborda la estandarización de la hegemonía capitalista, lo que preocupa a la razón cínica sino además la crítica reformista que recibe el autoritarismo del imperio de las clases populares, para redefinir adecuadamente la civilización capitalista, lo que obstruye la continuación y permanencia de un edificio global que hizo depender el crecimiento económico de la estimulación individualista y del desgarramiento de las solidaridades tradicionales. En este sentido la pluralidad productiva del proletariado si aspira a reconfigurar el esqueleto misterioso de la producción debe dirigir el deconstruccionismo subjetivista de la vida sometida a la invasión solidaria de la exterioridad sistémica del capital como la única estrategia para que el cambio de mentalidad este acompañado del necesario redimensionamiento de la estructura capitalista.

Al necesitar el imperialismo del capital de las diversas racionalidades económico-culturales de las sociedades populares, genera la oportunidad de democratizar radicalmente la globalización y de anular de una vez por todas el racismo e intolerancia de los enclaves culturales, de una burguesía asustadiza que se refugia en la ideologización estética y nihilista. El capital si ha de querer continuar con la globalización de los flujos de poder debe resolver los problemas de gobernabilidad de una sociedad popular que tiende a la mundialización, con la construcción de una economía social que se preocupe por la agenda social y por la poblaciones atrapadas en la pobreza estructural, ya no con la mendicidad de la política social sino nivelando a los actores políticos que van quedando rezagados en la lucha socioeconómica y así combatir la desigualdad social .

No obstante, esta tarea viene siendo obstruida por el repliegue del capital hacia los dominios intervencionistas de los Estados-nación buscando con ellos recuperar las coordinaciones de la inversión privada y restaurar la potencia globalizadora del tejido mercantil. El estado es el llamado a salvar la situación disgregada que experimenta el capital, mediante inyecciones importantes de capital líquido y por medio de ciertas prerrogativas constitucionales que indican donde debe ser repotenciado el mercado internacional. Se utiliza el poder público de un Estado que había sido menospreciado hasta la saciedad como único responsable del subdesarrollo y de la inestabilidad sociopolítica, para que remercantilice el tejido social de intereses privados que escapando al control soberano de los actores democráticos ponen la sociedad al servicio de los intereses particulares del capital. Hoy como nunca la hipocresía de la organización capitalista se hace cargo de la problemática social para arguyar que el futuro de la sociedad depende de que tanto reflote la rentabilidad del empresariado mundializado, cuando en realidad lo que se busca es mantener condiciones oligopólicas y elitizadas de control técnico para hacer creer a la opinión pública que lo que padece la sociedad de mercado es sólo una ligera dolencia o que es sólo pasajera . Creo – para añadirle más leña al fuego- que el crack del capital no consiste en una patología pasajera, sino que es producto de la especulación cínica y nómada de los flujos de inversiones que han desestructurado y desmaterializado las sociedades para ir formateando singularidades proclives a desenvolverse en los vericuetos funcionales del sistema capitalista mundializado .

Frente a esta situación los movimientos sociales que tanto se han engullido la tragedia de la traducción multicultural deben equilibrar la lucha por las diferencias excluidas con un replanteo táctico de su visión de economía solidaria, que a mi parecer no se quiere comer el lío de la competencia industrial, anarquizando y haciendo muy rudimentaria la producción de los sectores del mercado interno. Si las redes socioeconómicas de la supervivencia quieren convertirse en un pujante sector productivo, deben intentar como mecanismo de negociación política, internacionalizar y acrecentar el poder de los mercados regionales, generando circuitos económicos que vayan evadiendo la monopolización sistémica de la típica organización capitalista, para de este modo equilibrar la desterritorialización de los flujos del capital con vigilancia democrática local . No es volver a mantener cautivo al capital bajo las coordendas del poder político estatal de donde sale la reconstitución de la agencia económica sino estar a la altura de lo que es irreversible y cuya respuesta debe ser ejecutada sólo a nivel trasnacional.

Lo nacional es sólo un nivel de amortiguamientos reticulares que se ve obligado a realizar los actores democráticos para construir bloques regionales de poder económico-político que hagan más fácil a su vez la eficacia de los modelos de desarrollo social en beneficio de la sociedad. El desarrollismo entra como aquel discurso progresista que reensambla lo social para recrear un patrón de crecimiento interno que se ejerza en correspondencia con la fiscalización de la naturaleza social y de la promesa política de que el rendimiento del capital sea desideologizado y descentralizado en la sustancia populista de la sociedad.

¿Deconstruccionismo o revolución?

Con el debate sobre la condición posmoderna quedo bien claro que la dinámica histórica de la maquinaria social había estallado en un sinnúmero disperso de narrativas que al no haber podido vulnerar la gramática de la razón instrumental se fueron paulatinamente resguardando del caos cultural en la profusión de un discursivismo ideológico que esquivo la necesidad de revolucionar la estructura social de la modernidad . Se constató que la materialidad que había sostenido ciertamente el proceso de hibridación de los repertorios culturales de la sociedad de consumo se fue perjudicialmente desvaneciendo a vista y paciencia de un derrotero cultural que contesto con la trágica culturización de los sistemas de referencia biográfica. Frente a la licuación de la estructura material y su ingreso en el biopoder cognitivo de los dominados se evidenció que la medida para desactivar el recorrido desenfrenado de la razón cínica del deseo, pasaba necesariamente por deconstruir solitariamente la sensoriedad del poder desde la experiencia corporal para alterar la verticalidad de la dominación en mentalidades rebeldes que evadan la instrumentalización .

La constitución moderna que había dirigido totalmente el decurso de la hibridación cultural hasta los límites históricos que permitía la creatividad lingüística, explosionó en la proliferación sobresaturada de innovaciones y renovaciones socio-lingüísticas que colisionan irremediablemente contra el muro ontológico de la desilusión dialéctica. Cuanto más la razón histórica promete que su esfuerzo democrático es capaz de atravesar el muro sistémico de la razón cínica tanto más el capital toma la apariencia de una corriente de duración interna que se le escapa a la conciencia ; es decir, el caudal incontrolable del capital se ha identificado con la vida que somete tornando las cosificaciones del poder simbólico en cárceles sistemáticas que se van apoderando de la existencia que se rebela y resiste, haciendo naufragar sus esfuerzos disidentes y de inclusión en reintegraciones sensatas que reproducen lo real del poder, mandando , de este modo, toda la subversión subalterna hacia estereotipos ridículos dignos de ser despiadadamente apartados.

El cáncer que hoy amenaza la constitución de la modernidad es que las hibridaciones y mestizajes subalternos que resultan excluidos de los espacios monopólicos de la vida aburguesada ven alterados y rechazados sus legítimos pliegos de reclamos y protestas democráticas que plantean ante las oligarquías planetarias, viéndose obligados a mutar sus prácticas de reproducción cultural hacia las periferias delictivas y corrosibles de la vida pauperizada y peligrosa como una estrategia de supervivencia ontológica que les garantiza ilegalmente predominar objetivamente . La ley es transgredida porque no resulta no ser más que una envoltura normativa que contiene el curso espontáneo y recíproco de la vida solidaria que observa cínicamente como el Estado de derecho y los laberintos jurídicos obstruyen el desarrollo histórico de la vida social, lo cual lo obliga a caer cautivada bajo las seducciones de la cultura de la delincuencia que atrofia la existencia y torna salvaje la civilización. La proliferación de los híbridos se agarra e instrumentalizan delictivamente los marcos institucionales de la sociedad burocrática, intentando deconstruir sensorialmente la cosificación, pero lo que consiguen es revitalizar la fuerza de un cinismo subalterno que corroe la sensibilidad de la vida honesta y comprometida. Lo que es honrado y justo muta en lo que amenaza desviadamente a la razón civilizatoria de las burguesías planetarias, pero no de un modo revolucionario sino deseando fácilmente las comodidades y ventajas de un narcisismo cultural, que tanto es achacada como una existencia a la cual todos pueden acceder libidinalmente, cuando no es verdad. Aunque la ley declare que el crimen obedece a la tendencia resentida y desviada de las clases populares, la verdad es que el deterioro sistemático de los contextos de significación, que protegen la vida cotidiana de los subalternos, empuja a la existencia empobrecida a restaurarlos con la captura ideológica de bondades económicas que sólo son posible con el saqueo absurdo de la propiedad privada.

El río caudaloso del capital que asemeja el mundo del detalle con los sofisticados ensamblajes etnotecnológicos del desarrollo económico ocasiona el desenvolvimiento de una conciencia subjetiva que aprende a tener un rastreo simbólico del mundo heterogéneo desarrollando una actitud pragmática e intuitiva que le permite desplegarse en un escenario de herramientas y significados culturales. Es justamente esta vida cosificada que detesta desvestirse de sus innumerables micro-ideologías, la que otorga validez a un mundo de reificaciones funcionales donde nadie se deshace de su lectura de sí mismo o varia sus pautas culturales, porque el temor al tránsito dialéctico de la identidad es más fuerte que la facticidad del empobrecimiento socio-económico. En otras palabras el dramatismo de una identidad atrincherada en refugios ideológicos que se desvanecen – poniendo en grave riesgo la certidumbre socio-psicológica del actor individual- es lo que facilita la desestructuración de un mudo complejo y desbocado donde cada relación que se establece con el entorno, implica reproducir el desorden cósmico del capital, que ha logrado detener el impulso revolucionario con la desactivación de la acción política en una vida de asociaciones reticulares efímeras e invisibles . El cambio ontológico que representa un escenario complejo y de construcciones provisionales que exponen la sensibilidad cultural al riesgo de una trayectoria accidentada, es la condición trágica que debe ser cambiada por la transformación ontológica del esfuerzo revolucionario, cuya acción política debe superar dialécticamente la proliferación del discursivismo postmetafísico porque de no hacerlo las intenciones hedonistas naufragarán en el desequilibrio de lo caótico y de la muerte sistémica.

Es urgente revolucionar la resignación ante la transgresión de un mundo desarraigado y complejo por una identidad democrática que aprenda a vivir en el caos de las afirmaciones simbólicas, que sea capaz de controlar y adelantarse a las convulsiones sistemáticas del universo, y que este acostumbrada a rastrear positivamente los recursos escurridizos del capital global . Se debe dejar a un lado el deconstruccionismo simbólico como cambio de pautas culturales y buscar una acción colectiva de corte político que ayude a desactivar la gramática exterior y economicista de los flujos del capital, reinsertando, si es posible una planificación desarrollista del mundo complejo que subordine las ganancias de un capitalismo reticular a consideraciones de bienestar general. En tanto el mecanismo organizacional y gerencial del espíritu cínico del capital logre aprovecharse del decurso vital de los subalternos – porque logra poseer una lectura más apropiada del caos cósmico – no se conseguirá derribar ni revolucionar la situación rizomática y esquizofrénica que padece le mundo de la vida . Es ahí en las alteraciones irracionales y corpusculares de un mundo que se evapora objetivamente de donde la subjetividad rebelde debe extraer la fe en la superación de las contradicciones macroscópicas del mundo capitalista.

Si deseamos no ser víctimas de los desórdenes cósmicos de un mundo complejo debemos intentar incursionar con éxito en él, sólo a través de la consistencia que otorga un espacio de certidumbres culturales, que es a su vez producto de la gestión crítica y solidaria de una vida profundamente reticular. La sociedad no funda de una manera negativa y proteccionista sino como un organismo solidario y viviente que tendríamos que estar redefiniendo a cada instante y darle un sentido afirmativo, siempre estando alerta.

Rematerializar la vida.

Suene a una estrategia reaccionaria o no creemos que la única manera concreta de desactivar la gramática de los sublime, de lo que es por naturaleza abstracto y no humano, es volver hacer ingresar la práctica social en los confines materiales de un empirismo radical y pragmático . Si queremos deshacernos del sometimiento y rebajamiento de lo que es sistémico y funcional debemos creo reintroducir los planes privados en fines prácticos y finitos de felicidad y belleza que no impliquen adherirnos a proyectos trascendentales de naturaleza teorética u ontológica. Pero para que ellos sea real la vida debe superar la despiadada carga de lo abstracto, y de la burocratización de los sentidos por un tránsito político de la identidad a una vida liberada de compromisos estructurales y de cosificaciones ideológicas. El concepto audaz y seductor de la razón tecnológica debe ser invadido por una lógica sensorial que relocalize o reterritorialice las tendencias trascendentales de la razón cínica capitalista. Creo que la misión de controlar un mundo desbocado pasa necesariamente por desactivar intuitivamente la violencia de la instrumentalización, de hacer aterrizar sensorialmente un mecanismo abstracto que sentencia la vida a ser sólo un reservorio absurdo de plusvalor y de legitimaciones mediáticas.

La naturaleza explotada por la modernidad rampante al regresar como una patología virulenta que amenaza la integridad de la civilización hace peligrar en la absurdidad de la inmadurez nihilista a toda la rescatable capacidad histórica por desconectar la sublime gramática ciberespacial del capital. El agigantamiento de singularidades criminales por obra de la emancipación electrónica debe ceder ante la arremetida revolucionaria de los actores democráticos, los únicos esfuerzos clínicos por detener una maquinaria que condena a la vida a la oscuridad lingüística y a la destrucción ecológica.

El hechizo de un organismo hambriento de sordidez digital, la cárcel íntima de los signo mediáticos debe ser contenida por la transvaloración revolucionaria de los valores abstractos y sistémicos, porque es esta lógica la que esta ocasionando el desarrollo vertiginoso de un animal de consumo que devora, depreda y saquea la naturaleza interna y externa del planeta . En tanto la rentabilidad del capital descanse en el estímulo irreversible de una naturaleza pervertida se hará casi imposible rescatar la lucidez del pensamiento individual de los oscuros vacíos de la vida digital, la cual ha de conducir a una constante degradamiento de la naturaleza social e histórica. Es hoy la inconmensurable selva de lo abstracto, la que ha provocado el contagio de la existencia aislada del individuo de un biopoder mercantilista que hace responsable a cada individuo de la civilización del destino del mundo natural y social .

Quizás la estrategia para conjurar el desaforado mecanismo de la globalización consista en poner cotos a esta segunda naturaleza semiótica del consumo por medio de un proceso de organización local y subalterno de las identidades políticas que consiga crear conciencia ciudadana una cultura política responsable por el desarrollo y gestión de la sociedad democrática. En la media que los flujos y decisiones desterritorializadas del capitalismo sean vigilados desde los actores idiosincrásicos, la sociedad será capaz de entender que la permanencia d la vida privada y solidaria reposa en hacer que la economía capitalista sirva a los intereses de la civilización y no a la inversa.

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Trasgresión y cinismo en nuestra cultura (notas del campo)

by on Jul.12, 2011, under Sin categoría

Trasgredir es parte de nuestra identidad. ahi donde nos hemos olvidado quienes somos. Es antidoto y veneno

Trasgredir es parte de nuestra identidad. ahi donde nos hemos olvidado quienes somos. Es antidoto y veneno

Ronald Jesús Torres Bringas
ronsubalterno@gmail.com

Genealogía de la trasgresión colonial.

Contrariamente a lo que se piensa todo síntoma de anomia en el devenir contemporáneo no obedece a raíces de una descomposición de la religiosidad popular, sino a la generalización de una tendencia al delito simbólico, que se originó con la incrustación de la elite colonial dominante, al desmantelar el edificio mimético de las culturas arcaicas.

Ahí donde el diseño desgastado y anticuado de los invasores españoles trasladaron su ethos feudal y oscurantista, obstaculizando la síntesis panandina, que estaba en proceso, en el Tahuantinsuyo, tanto más la desadaptación psicológica a las viejas estructuras de la feudalidad descompusieron los cimientos alegóricos de la tradición andina. Insertándose la vida sometida a las categorías subalternas y deshechos culturales que la invasión construyo por obra del encuentro civilizatorio. En posición subordinada la cultura andina consiguió sobrevivir sincréticamente, a pesar de ver diezmada su población y sus ritos religiosos, pero el costo de readaptación al principio de realidad de la colonia fue desastroso: nunca como antes los saberes arcaicos de la heterogénea sociedad indígena abrazaron y se reapropiaron de los esquemas eurocéntricos de la colonia, con el objetivo de ser incluidos en los vericuetos civilizatorios de la dominación española y así poder disfrutar del ethos barroco y trasgresor que delataban con descaro en el edificio colonial.

No obstante, advertiendo la inmoralidad y degradación sociopsicológica, las elites indígenas aspiraban secretamente ser incorporadas en las desenfadadas manifestaciones orgiásticas de la administración colonial, lo que delataba, a pesar del racismo disimulado e hipócrita que soportaban las elites curacales, estas vivían apegadas al boato virreynal y dependían económicamente de los intrincados circuitos comerciales del Virreynato, a los cuales sólo querían ver más sofisticados, en la línea de sus intereses de sector social. El doble dolor por ver derruido los antiguos cantares de los Andes con la muerte pública de los Inkas de Vilcabamba, hizo sentir que el esfuerzo insuficiente de no desaparecer mediante la generosa civilización de los reinos andinos trajo una gran catástrofe. El tiempo frente al cual combatieron se volvió silencio, olvido y por supuesto adaptación anómica a una cultura virreynal profundamente hipócrita y de mucho menos valor que la desarrollada por el Imperio Incásico.

En cierta medida la parcializada integración de las clases curacales no aseguraba la total democratización de la estructura colonial – pues en el fondo era una sociedad imperante de castas- sin embargo, esta ambigua convivencia simulada no dejaba de ocultar que subsisten mecanismos de filtración arribistas de movilidad social que evacuaban la dureza de un discurso oficial sumamente discriminador y agobiante.

Gran parte de las lealtades y consentimiento cultural que lograban las administraciones coloniales de la diversidad indígena reposaban en la acriollada metodología trasgresora, que ponían en práctica con la inmediata consecuencia de dibujar una sociedad de castas que no era tan inmaculada, sino que permitía la mezcla y el mestizaje simbólico y racial, algo que se deseaba y menospreciaba silenciosamente aunque se practicara cínicamente. Ayer como hoy son razones eminentemente psicohistóricas las que legitiman esta mezcla depreciada de las identidades. A pesar que esta convivencia asolapada es desde ya un avance ontológico y pluralista, no deja de ser evidente que la sociedad peruana tolera hipócritamente una mosaico fragmentado de reconocimientos, que es el reflejo estructural y funcionalista de un sistema cultural que deshoga el rencor y el descontento, a través de la trasgresión más delincuencial. En esta realidad se teje una sexualidad donde el dolor es casi coincidente con el dolor y la violencia, así como con la risa.

Realmente uno se pregunta lo tremendamente mortificante e indigno que debió de ser para las clases populares del VIrryenato tener que soportar la explotación y aún más la exorbitante postergación etnocéntrica de la cultura oficial, que no sólo buscaba la aculturación teológica, sino que perseguía confirmar a las identidades a un principio de realidad francamente degradante y anticuado. No obstante, la vida licenciosa y el lujo despilfarrador era una prerrogativa e la elites coloniales, paulatinamente esa festividad trasgresora fue adoptada por toda la estratificación social, como el elemento cultural unificador que hacia posible el orden social, a pesar de ser un ingrediente de articulación que despabilaba frustración y disconformidad en todas las bases sociales.

La razón de que se consintiera una ideología conservadora en la esfera religiosa, que secretamente era libertina y nihilista, era de que obraba como una suerte de filtro de mezcla que posibilitaba la convivencia y la comprensión, desde el comienzo de la invasión colonial entre todas las identidades. Articulaciones subalternas que sólo eran producto de una soportabilidad hipócrita y racista, pero que delataba la dependencia mortífera de las clases subordinadas a un edificio colonial que les permitía una vida trasgresora, y una cultura de la informalidad sociocultural francamente compensatoria. Ahí donde había placer por el delito el cuerpo era un don de democracia oscurecida, que nadie hacía público, aunque la anomia lo desarrollaba en la intimidad. Famosa es la historia de la Perricholi, y Mariquita Ramos, que tan bien narro Ricardo Palma.

Y esa dependencia adicta a una cultura oficial degradada y bañada de feudalismo, no sólo se explica por el disciplinamiento silencioso de las masas explotadas y su irresistible y sistemático despoblamiento durante la colonia, sino que además ayudaba a comprender como la pluralidad de identidades arcaicas aceptaban el orden virreynal, como la consecuencia ineluctable de una catástrofe cosmológica, y por lo tanto, como un orden religioso y sincrético que permitía la reproducción asolapada de sus ritos y tradiciones al interior de la aculturización y de la persecución pedagógica de las misiones eclesiásticas.

El tiempo al que no conocían pero ya temían se expresaba en una cultura religiosa que hacía de la muerte en gracia y aflicción un paliativo al hecho de ser esclavos y siervos. La cruz trajo consigo un dolor como sentido, así como reforzó esa soledad y resignación que marcaría la sumisión del indio. El olvido de su propia fuerza telúrica, y la huida hacia la fiereza de la evangelización infravaloró la personalidad de las identidades subordinadas al yugo virreynal, así como constituyó una identidad en permanente desequilibrio como afanes de represión y de venganza. Más que explotación dura al andino soportó una humillación, ahi donde antes hubo nobleza y armonía con todo lo existente.

El sincretismo andino del principio de realidad feudal por parte de las clases subordinadas, no obedeció sólo a la complacencia mimética con el orden teológico, al cual se veneraba ambiguamente como reemplazo ideológico de la síntesis pananandina, sino que además tal estrategia era como un sistema de evasión ideológica que imitaba la moral trasgresora de las elites virryenales. Adoptando paulatinamente una cultura del delito y de la anomia institucional, que descompuso la milenaria tradición de los códigos morales de la sociedad incaica. A medida que el feudalismo inmoral de la colonia era distribuido por los curacazgos hacia las posiciones más subordinadas de la estructura colonial, la hegemonía española encontraba los apuntalamientos culturales suficientes para acomodar las instituciones indígenas a sus requerimientos de explotación y saqueo mercantilista.

Si bien el esfuerzo de las identidades subordinadas a través del tráfico comercial consiguió desarrollar estructuras económicas paralelas a la presuntuosa rigidez del orden colonial, nunca la floreciente mezcla y convivencia de los mestizajes alcanzó una integración cultural e idílica en el gobierno colonial. Debido en gran parte a la soberbia purificación ideológica de la concepción criolla, que veía las imperfecciones de su sociedad tradicional como defectos estructurales provenientes de la habitual degeneración y descomposición racial de sus gobernados. En tanto el régimen de poder facilitara el enriquecimiento del monopolio español, la desviadas intenciones de sus subordinados coloniales, eran tolerados como males necesarios que generaban el disciplinamiento y el consentimiento al orden colonial. Era una forma de ser devotos saliendo a pasear con el goce prohibido, para luego ser absueltos con más gracia y veneración.

En vista que la derrota del incanato no se debió a una superioridad civilizatoria de los españoles por sobre el imponente imperio incaico, uno no se llega a explicar ¿cómo lo peor y más degradado del feudalismo europeo consiguió conquistar y ulteriormente administrar territorios miméticos que habitualmente se defendían de la opresión apelando a la guerra? Más allá de que el racionalismo bélico de los europeos aprovechó las divisiones y antagonismos internos que padecía el Incanato, creemos que la ulterior aceptación de la hegemonía eurocéntrica no se debió sólo al mantenimiento y conservación interesada de las instituciones indígenas, como los curacazgos y favores a las etnias aliadas, sino a un más fino mecanismo de mestizaje cultural que descompuso la savia civilizatoria de la moral indígena, apelando a una adopción acriollada de la moral trasgresora cínica de los invasores, como una manera de ganar el compromiso cultural y devastar de paso la subjetividad arcaica de los dominados o colonizados.

La trasgresión colonial como mecanismo que erosionó la solidez alegórica de las mentalidades indígenas a pesar de ser sólo un registro cultural difundido en las elites coloniales es la razón originaria que explica la mutua convivencia cultural entre las instituciones indígenas y el empotramiento artificial de la administración feudalizada. Pues sólo una invitación a ser como las fuerzas coloniales en el sentido comercial y hedonístico del término, ayuda a comprender como las matrices subalternas incorporaron el ethos barroco cultural de la colonia y le demostraron su adhesión incondicional. la habitual calentura de los indios, más allá de ver corrompido su mundo sagrado arrojó a las mentalidades colectivas golpeadas por la guerra contra el tiempo a adoptar los patrones de un mundo donde el delito y trasgresión estética era la regla común, y a la vez parte de una sociedad que escoondía tras el oficio de la Cruz, una sociedad despiadada y sin un ápice de esfuerzo por trabajar y obedecer mandatos morales.

Hay que reconocerlo pero la raíces históricas de la gramática criolla y de la ulterior seducción modernizante hunden sus cimientos fenomenológicos en el enfermizo enraizamiento del programa virreynal de dominación. Raíces subjetivas que ni el más atrevido desarrollismo revolucionario o deconstrucción secular han podido desactivar, porque es el complejo psicohistórico trasgresor que explica y constituye nuestra identidad fragmentada y con tendencia a la desviación.

Postmodernismo y trasgresión.

Algunos razonamientos sociológicos ubican la profundización de nuestras patologías estructurales en la crisis cultural que vivió el país en la convulsionada década de los 80s. El desdibujamiento del desarrollismo populista, que fue el último esfuerzo nacionalista de barrer con las estructuras coloniales y oligárquicas de la dominación peruana, encontró a la tradición cultural ante una dolorosa encrucijada ontológica.

No sólo la cultura arrancada a las matrices gamonales no podía regresar concretamente a los enclaves y a los latifundios feudales, deshechos por la reforma agraria, sino que además el motivo historicista de su migración creativa y de su movilización política era destruida por la desregulación neoliberal, lo que trajo como consecuencia una dematerialización accidentada de la cultura migrante, que ante la pérdida de la base económica industrial se las arregló desordenadamente para generar emprendedurismos y pujantes economías populares como indicios claves del resurgimiento moderno de la tradición andina en escenarios seculares y presuntamente criollos. El desvanecimiento del campo, hizo al migrante consciente de reinventarlo en la ciudad con la informalidad y el trabajo duro, frente a un medio que nunca los ha tratado bien.

Es decir, el desborde popular que sufrieron las ciudades costeras consiguió probar la tesis que se abría una modernización subalterna y en mezcla permanente.
Una democratización desde abajo que buscaba hacer suyos las conquistas de la aculturacion, sometiendo el ethos criollo a una escisión masificada, y confirmando que la emergencia de la cholificación construía un Perú de todas las sangres. El crisol de mutaciones étnico-culturales que provocó el mito de la educación y de las intactas oportunidades económicas logró perennizar el mito productivo del caótico autodesarrollo microempresarial. Expuso al orden cultural ante una tragedia de desencuentros y hegemonías asfixiantes, donde los dispositivos anómicos de la trasgresión cultural y del individualismo narcisista destruyeron las bases ontológicas de un proyecto nacional, que fomento el gobierno Militar. A raíz del industrialismo modernizante, y posteriormente, con el impacto de las tecnologías de la información se desconfigura la posibilidad de parir una socialización saludable y normativa. El camino del Estado como ruta de integración nacional nunca fue realmente un arma para mantener unidos a los peruanos tan diversos e impredecibles.

Ese es quizás el proceso interno. Globalmente se desarrollaba un ataque furibundo a los macrorelatos de la modernidad racional, cuyos consecuencias, brevemente, fue la descomposición del sujeto cartesiano y de toda base moral y humanística donde recaer los beneficios de la racionalidad económica. No sólo la sociedad de consumo, sino además la hipermodernización personalista ( el hombre consumidor) – de la que habla Lipovetsky – sacudió terriblemente los idearios nacionales de la identidad chola, socavando desde entonces toda posibilidad de regenerar un individuo reflexivo, donde repose la arquitectura fiel de una sociedad racional o levemente orientada.

Al difuminarse toda probabilidad de un discurso con solidez, que se evapora en la vida impulsiva y en lo relatos de la subversión narcisista, asistimos a la concreción de una personalidad desarticulada, emocional y debilitada donde la ideología extrema del individualismo consumista, consolida el cancelamiento de la conciencia y la razón, y la substituye por el impulso trasgresor y absurdamente criminal. La vida no es más que pulsión reticular e intermitentes señales de juicio y banalidad.

El ser fracturado, succionado por la red inconmensurable del mundo digital (internet, TV, publicidad) se adapta ante la facticidad de los efímero y obsoleto en la vida social. Como la cultura sufre las amenazas cosificadoras del mundo organizado, aprende a intimar con la trasgresión cultural, como un medio natural de reconstruir la agresividad de los escenarios de su vida cotidiana, que experimentan los riesgos de una vida individual, sumamente adaptada al delito y al cinismo cultural.

Si bien esta realidad cultural de trasgresores sólo es posible ahí donde la conservación de las personas la precisan como un remedio ubicuo para defender las bondades de su mundo de la vida, la verdad es que esta legitimidad común de un mecanismo inmoral e infrahumano no deja de esconder una crítica severa a la violencia cultural del mundo capitalista. El patrón de acumulación sólo descansa en la constante desviación etnocéntrica y anómica de las mismas conciencias que padecen su impacto degradante y de las que sirve.

Si bien el estímulo de consolidar un comportamiento trasgresor se deja sentir por el impacto indirecto de la mass media y la diseminación digital, la verdad es que el Perú urbano, y presumo en el ámbito rural, este suceso cultural alcanza altos niveles de metástasis social, que se deja ver en tres tipos de subjetividad que aperturan este mundo nihilista :

1. Los brutos: en este tipo de trasgresión moral tanta es la acción irracional de desgastar la conciencia, que uno adopta patrones bárbaros de calificación del significado anulándola o simplemente erosionándola, hasta no ver la daga que te hiere tan sólo por hacer más soportable la existencia que es frecuentemente agresiva y dolorosa. Aquí la estupidez adquirida socialmente por la pobreza de la experiencia individual consigue cancelar la reflexión y el yo pensante, pero al precio de convertirse en un ser anómico que evade constantemente lo prohibido, y que perjudica la interacción con el otro por la sarta de torpezas ingenuas y ocurrencias disparatadas que es capaz de producir una existencia embrutecida.

La moral no es abandonada tan sólo por ser una contranaturaleza – como sostiene Nietzsche – sino porque la estructura cínica que pretende no consigue sublimar eróticamente un goce trasgresor que se rebela como incontenible y despiadadamente libertino. En tanto la ley moral se destaque como un imperativo que le pone muros al alma, no podrá curar más que interrumpir abruptamente un deseo ciego y estúpido que se ha vuelto en la contemporaneidad absolutamente deseable y aceptado. La acumulación de una ley represora pero impecable ha gestado una cultura subterránea de subterfugios e inmoralidades que es un medio de protesta como de parasitismo convencional. Ser estúpido es una opción ahí donde el alma carga pretensiones no escuchadas, y donde el embelasamiento del ego nos cuenta que todos podemos acceder a la felicidad sin ningún sacrificio y sin tener que sudarla con la fe del trabajo.

2. Una segunda trasgresión moral es la distorsión sofista, que si bien constituye un desahogo y espontaneidad lingüística en el manejo estilístico del diálogo muchas veces no termina siendo un instrumento al servicio de la comunicación de la verdad objetiva, sino un conjunto retórico y cosmético de falsas verdades, que no sólo buscan movilizar las emociones, sino imponer máscaras ilusorias que producen y controlan identidades.

El lenguaje en vez de comportarse como un aclarador transparente de nuestra soberbia moral, un dispositivo que nos libre de las corazas seductoras de las astutas ideologías, se convierte en un recurso semántico para el engaño y la corrupción moral. En una realidad de máscaras e ideologías permanentes el sujeto cínico, consciente del embaucamiento publicitario de las industrias culturales, se deja empantanar por la seducción ideológica. La identidad estable y diferente no reside en la obligación a un imperativo moral o legal, sino en probar el delicioso néctar de lo oculto y misterioso.

Un ejemplo de esto resulta la estrategia del cortejo, en donde la fémina acepta el ritual retórico de la seducción, la química siempre cautivadora del enamoramiento, y aunque ambos saben que lo único que quieren es literalmente “probarse”, aunque sabe que todo es falso e ideológico se cede ante los atenuantes magicos del momento, pues lo que importa es el impacto de la agresión verbal y estilística, mas que el contenido moral de la persona a la cual elige y ama. El amor para la mujer como para el hombre es retórica fenoménica y simulada. En verdad rechaza las pocas virtudes ontológicas de la personalidad masculina y viceversa, aunque se presuma que se amarían y se respetarían. Lo que importa es la química no de lo que se dice, sino de lo que se atreve a o no decir, de un lenguaje corporal de juegos y celadas donde el contacto es mas que lenguaje, sino olfato y roces dulces. Todo cortejo es impacto, donde el hablar es sólo algo muy referencial, pero si decisivo para persuadir, no importando el rango que se tenga. Cuanto más animal es mejor. Solo se seguro.

3. Un último tipo de trasgresión es el acontecimiento de convertir el arte en una ideología. Si bien sabemos que la contemplación extática del arte fue una prerrogativa celosa de la alta cultura aristocrática, desde que las industrias del goce y la comunicación han expandido el espectro estético del arte de vanguardia moderno a las clases populares, se asiste a una constante realización esteticista de las interacciones cotidianas.

Si bien los ropajes publicitarios de la sociedad de consumo y el impulso ideológico de expandir una cultura de la politización de los cuerpos hablan de un reencantamiento mitológico y politeísta de la dominación estética, no es para nadie un secreto que este bombardeo esteticista oculta un mundo de interacciones arruinadas y hostiles, y en todo caso potencia solitariamente una existencia amenazada por el cáncer cultural y la insignificancia ontológica. En este sentido, la trasgresión estética representaría el mecanismo exitoso de aparecer lo insoportable de la voluntad dolida en algo cosméticamente presentable y devorable. Sólo un arte absoluto puede darse en la absoluta violencia de la sociedad de mercado . El arte se vuelve una moral, donde el cosificar se convierte en regla común. Sólo un arte que se haga piel puede derribar la carga del racismo. Mientras este confinado a sentidores que sólo buscan espectáculo el arte reproducirá lo que denuncia: la constante separación superficial del lo bello. El arte es sólo arte cuando los cuerpos a los que se dirige son solo formas horizontales. trasgredir es un acto estético, si es que se hace público, sino es privado de su propia energía redentora y genera el odio que tanto desea ver aniquilado.

La virtual descomposición trasgresora de la identidad , que es en el fondo la lógica cultural de nuestro capitalismo primario-exportador, no es sólo un proceso complotado por la globalización digital, para arruinar la eticidad democrática y solidaria de la sociedad civil. Sino una procesualidad interna y vernacular de rechazo y adaptación al diseño demoliberal de la razón de mercado, cuando éste en nuestra pobreza civilizatoria nos conmina a adaptarnos a un mundo racional y burocratizado que es sólo el artificio succionador de nuestro plusvalor material al gran capital. Cuanto más el poder sistémico nos cosifica y nos empuja a llevar los vestidos de la mercantilización técnica, tanto más la vida domesticada asimila la violencia del exterior capitalista con el embadurnamiento populista de la trasgresión. Como un mecanismo de resistencia cultural conduce al sistemático desmoronamiento de la identidad, y es la única receta de traducción cultural con que cuentan las categorías subordinadas para sobrevivir absolutamente en esta realidad capitalista profundamente relativizada. A su vez la trasgresión es una herramienta para improvisar y crear nuevas realidades productivas, muchas de ellas asociadas a la ilegalidad, pero que duda cabe también creadoras de artificios productivos que hoy han alcanzado el rubro microempresarial. De la anomia sale creaciones como amenazas al orden establecido.

Teoría del asesinato. (casos de anomia)

El derecho a la vida es un principio intangible que hace posible el orden civilizado. Sin esta premisa jurídica que funda el valor del individualismo burgués es imposible la vida social y la libertad de los ciudadanos de contratar y practicar relaciones de intercambio. Si bien la mercantilización deshace los lazos humanos previos a toda acción contractual, pronto el frío vínculo del dinero deposita en los cuerpos una interacción cosificada y agresiva, donde hasta el lenguaje más agradable está instrumentalmente dirigido. Una especie de muerte sistémica que no elimina la vida pero la torna inútil y trivial ante los ojos de la explotación.

En la experiencia trasgresora y autoritaria – que no es sino una conducta producida por la incisión fracturante que produce el mercado en la cultura – es donde reposa el empobrecimiento de la cultura, que al quedar secuestrada la capacidad de juicio y reflexión se produce una personalidad emocional y resentida que todo lo selecciona, según el apetito o el humor que posea en cada acción. El secuestro de la capacidad de juicio o sensatez que conduce a una exposición sobreexcitada de las emociones, que se posesionan en delirios mortificantes, es el resultado del desabastecimiento de una cultura cargada de valores negativos y superfluos. Una razón debilitada que es incapaz de gobernar un campo irresistible de fuerzas internas que al no ser sublimado en acciones con significado estallan de un modo agresivo y violento.

La razón liquida el subconsciente caótico y energético cuando lo invade con su cuota de normatividad y orden lógico, pero el resultado no es una personalidad domesticada y juiciosa, sino un carácter colonizado y reprimido que aplasta el fuego interno que produce la enferemedad de la cultura por intermedio del bombardeo audiovisual. Lo cual conduce a una sobreexcitación de fuerzas activas, que no logran ser controladas y las vuelven impulsivas y violentas. El esfuerzo por expandir la represión como una manera de acallar la sublevación de los sentidos estimulados por el impacto digital conduce al efecto contrario: volver mórbida a una conducta que sólo destruye y se torna delincuencial por no saber darle un registro cultural al espíritu.

Es este empobrecimiento racional de la sociedad o su descomposición en un mecanismo autorepresivo de domesticación y selección lo que lleva al triunfo de la insignificancia o a su constante elitización monopólica. En vez que la variedad de la vida social enriquezca con su savia vivencial al mundo de la vida que se atrofia al carecer de significado, se convierte en una realidad alienada cargada de fragmentación y hostilidad donde el espíritu empobrecido no logra conseguir cobijo y todo se torna desolado y extraño de manera ontológica. Cuanto mas pobreza y represión en una cultura no educada, tanto más se corre el peligro que su libertad consentida despierte el no respeto por la vida, y hasta vea como deporte el asesinar, bajo presupuestos banales y sin equivalencia. En un mundo donde nada tiene valor y todo es igual a los ojos de personas con un mal uso de libertad, el matar se vuelve en contingencia natural, y hasta una cacería negociada.

El empobrecimiento del juicio que atrofia las bondades de una razón comunicativa, incapaz de neutralizar un espacio repleto de conflicto y degradación, es lo que produce un ser que ante la ausencia de compensaciones emocionales y de resguardo comprensivo se entrega a la embriaguez del valores negativos y de iniquidad, como una manera de llenar con el goce anecdótico y diferencial una identidad vacía de significado que se deshace en el autoritarismo y la violencia social.

Es de este empobrecimiento consumado que nace el asesino. Este no es sólo producto de una racionalización policíaca y represora, como en las sociedades avanzadas, sino el producto de una realidad que no haya salida cognoscitiva en el mundo administrado, y que decide la ejecución del delito como una explosión de desahogo, ante la imposibilidad de sublimar sus impulsos embotados, y simultáneamente alterados.

Ahí donde el juicio y la comunicación no rehacen simbólicamente los vínculos sentimentales rotos por a mercantilización, se desarrolla una personalidad mórbida, que halla en la naturaleza violenta y en la tortura asesina de la otredad la excusa perfecta para incrementar su diferencia. Es decir, se mata, se trasgrede el derecho a la vida porque se lo encuentra placentero e identificante, un magma de violencia y agresividad que es el resultado histórico y contingente por pacificar la sociedad, con la silenciosa y amenazante violencia simbólica.

Tal vez en la vida mixtificada agobiada por una historia de abstinencia y represión, testimonios dolorosos de existencias aplastadas por el olvido y la explotación, el asesinato es un accidente incontrolable explicado por el desabastecimiento del juicio y de razón dialógica, lo que hace natural y socializable el autoritarismo y la violencia, como evento emergentes de furia arcaica que sale como producto del abandono educativo de las poblaciones y su ingreso en los juegos del lenguaje autoritarios de la postmodernidad. Una explosión de violencia asesina es más que una acumulación de un odio no comprendido, sino ya un tipo de personalidad que halla en la frialdad de la muerte un medio de vida. Una forma desquiciada de atreverse a hacer algo contra la sociedad a la que tanto odia, sin tener razones reales de porque hacerlo.

Pero fuera de este panorama de dolor y opresión policíaca, en las clases dominantes, donde la armonía entre el espíritu y el cuerpo es posibilitada por una historia distinciones y anécdotas, el asesinato halla un motivo no en la irracionalidad de la acción, sino en la supremacía de un delito que no es castigado por estar más allá de bien y del mal. Es el poder consagrado a venerar una vida llena de empoderamientos y de excesos legitimados, como en toda la sociedad, lo que justifica muestras presuntuosas de decidir sobre el derecho a la vida de otros.

Ya que es la posición social que se ostenta suficiente protección legal contra acciónes delincuenciales necesarias para acrecentar su dominio o simplemente mantenerlo. El asesinato más allá de ser producto del desorden social ocasionado por una modernización accidentada, es un recurso que resalta lo endeble que es la institucionalidad penal para corregir o revertir ideológicamente una acción desviada que halla su desbocamiento impune en una realidad caótica y empobrecida.

El fuerte posicionamiento de una historia de gobiernos autoritarios, es la premisa objetiva necesaria pata evidenciar como el asesinato es un recurso político para eliminar las aberraciones del poder, y que ahí donde hay corrupción y demostración de poder político este recurso es visto como un sacrificio necesario para asentar y estabilizar gobiernos. El sólo yugo denostativo de las clases populares, sólo frena en su intención de imponer el principio histórico-democrático cuando comete genocidios y masacres como estrategias para contener los ánimos de regeneración democratizante, pero más allá de ser actos instrumentales para sembrar el miedo son rituales sacrificiales modernos con los que se demuestra el poder complejo de las oligarquías financieras, son cuotas de sangre necesarias para la refundación del acto político soberano.

Es el miedo la roturamiento de la hegemonía eterna de las clases dominantes el que empuja a echar mano del asesinato político; no sólo basta un acto de represión de la protesta, sino un derramamiento terrible de sangre inocente como un medio de delatar los propósitos dictatoriales del poder, que suele castigar al asesino pero no penaliza el esquema arrogante que lo genera. El crimen impune se acostumbra como expresión refleja de una individualidad arrogante que no tiene límites, que sólo es persuadida con la prevención y no por medio del ennoblecimiento educativo-

En fin se podrían dar tres razones estructurales y de contexto que explican la promoción cínica del asesinato en este mundo administrado:

1. El asesinato sería causado por un exceso de biopoder (concepto caro a Michael Foucault) represor en las estructuras de la subjetividad: en vez que la razón organice a las fuerzas activas del organismo psíquico se convierte en un muro represor que castiga cualquier evasión dionisiaca del poder corporal con una estructura libidinal reprimida que invita a la explosión desublimadora. Violentar se vuleve una forma de desfogue irracional cuando Eros esta inhibido. (Todo tipo de violencia marital por celos y engaños)

2. En un segundo momento complementando el argumento anterior, el asesinato es provocado por una sobrestimulación mórbida y libertina de los sentidos que ante la oferta deliciosa de la sociedad de consumo y el impacto de la publicidad digital, constituyen una energía individual sumamente incontrolable que no se puede institucionalizar más que desahogar en el goce renovador. El desmarque de la individualidad de las referencias morales comunes invitaría a transgredir la ley social que es vista como una camisa de fuerza que cohíbe la plena liberación de los sentidos. (Asesinos en serie como los que se producen en las escuelas de EEUU o los tan mentados Maras en Brasil)

3. En un tercer momento, el asesinato expresaría la lógica irracional de perturbaciones ontológicas más profundas debido a la presencia distorsionante de la civilización humana. El hombre en su afán de liberar zonas artificiales para la expansión de su particular naturaleza cultural habría acelerado el proceso de degradación de sus condiciones instintivas que al ser atrofiadas por los proyectos de domesticación racional habrían tomado una forma explosiva y caótica, una naturaleza interna salvaje y misteriosa incapaz de ser domada por la modernización autoritaria. (el caso a este argumento es la Guerra entre naciones y organizaciones terroristas)

A cerca de la violación y el abuso sexual.

Muchos celebran como una evolución cultural el creciente poder social que vienen obteniendo las mujeres. Nadie sospecha – so pena de ser autoritario o idiota sensual- que este conjunto de atributos simbólicos y feministas que se condensa en la atmósfera social esconde una guerra silenciosa por sobre el control del principio productor de los sexos.

Sigilosamente el ataque al principio sólido del machismo no está generando una equidad civilizada entre los géneros, sino un caos relativista de los sentidos, ahí donde la identidad sexual era moldeada con seguridad. Lo que quiere decir, que esta tan comentada liberación sexual es una máscara para ocultar el debilitamiento en la configuración de la sexualidad cuando el sexo es culturizado brutalmente. Osea se trata de volcarlo en negocio a toda costa.

Si bien la introyección del amor cortesano le había otorgado a la formación de los sexos un mecanismo de sublimación idealista culturizando el goce animal y dándole una figura respetada por la sexualización religiosa a través del la conformación del matrimonio, la verdad es que esta figura socializada de la pasión amorosa pronto daría paso con la emancipación del individuo de las fauces de la tradición a una configuración más liberal de la sexualidad que empezaría a ser vista como un saber de sublevación de los rígidos alcances de la socialización tradicional y autoritaria.

Es decir, al perderse la forma de la sexualidad polarizada ( Hombre- Mujer) que había instaurado la modernidad se asiste a la celebración postmoderna e hipersensorial de la sexualidad; que a través de la excitación de la cultura de la publicidad y del consumo encontrara los impulsos necesarios para acumular una identidad más acostumbrada a la sociedad del riesgo global. Tal vez el costo de dar paso a una realidad reencantada es que se provocarían la aparición de socializaciones morales reaccionarias, que no aprobarían esta liberalización erótica de los sentidos, porque se comportaría como un saber de vanguardia que debelaría lo inadaptado de los cuerpos individuales para mantener el equilibrio identitario en una realidad profundamente erotizada.

Este descontento con la emancipación sexual no sólo resucitaría discursos comprometidos con el fundamentalismo religioso moral, sino que además se provocaría un clima de violencia social como expresión de la crueldad maquínal de la que hace demostración la ideología sexual, una energía flexibilizada que levanta aristocracias y razas del goce auténtico, que despierta la disconformidad de la vida oprimida ante la imposibilidad de alcanzar una experiencia del goce desestresada cuando este ese elitiza despiadadamente.

Es sin lugar a dudas, la desmaterialización radical del sexo y su alianza estrecha con la soberanía erótica lo que estaría ocasionando una pobreza pasional de la experiencia sexual, en la medida que las oligarquías del placer estético concentran los usos y costumbres legítimos del goce auténtico y se transfiere hacia estas regiones todos los defectos simbólicos de la esfera cultural, lo que confirma el empobrecimiento de la vivencia amorosa y erótica. Toda sexualidad mediada culturalmente tarde o temprano se empobrece, si es que no es atrapada por la mecanización del mercado.

El hecho de que la propiedad simbólica de la esfera erótica delate la incapacidad somática de los sexos para resistir la obligación de mantener en equilibrio la capacidad de seducción y satisfacer las excitaciones del cuerpo, ejemplifica que esta brutal culturización de la sexualidad hiere en el núcleo de su discurso romántico al amor individual, predisponiendo la conformación de identidades sexuales que hallan en la agresión destructiva el escape perfecto para liberar todas las energías extáticas estimuladas por el bombardeo audiovisual y publicitario.

Como es imposible ser sublimada la energía social producida por el éxtasis postmoderno, a través del amor idealizado, toda esta irracionalidad jovial no conoce salida que la violencia auto-destructiva, que halla entre sus principales víctimas a todas aquellas poblaciones menores que significan una fijación mórbida para psicópatas y perturbados.

Es tanta la exigencia sensorial que pesa sobre una realidad jerarquizada, que el amor es abandonado como experiencia máxima y se prefiere apelar a una vida llena de hostilidad sexual y hedonismo sobre-limitado, como expresión de una identidad que no quiere delatar su no poder responsabilizarse del estallido amoroso En la medida que el amor se convierte en una capacidad incontrolable, al cual se remite su anticipado control de los símbolos, asistimos a un manejo desigual de la cultura y del poder simbólico, que pesa entra las clases así como entre los géneros sexuales.

Esta distribución asimétrica del poder erótico esta siendo movilizada biopolíticamente por el feminismo reconstructivo, que aprovechando la validez de su cruzada cultural, impone un control prosumidor ( no pierde sus obligaciones en la casa,así como también se supera) de la experiencia íntima, que debilita el machismo en el control gendarme de la sexualidad. Esta debilidad y vulnerabilidad de la masculinidad que se ha erosionado con la emancipación del rol femenino del ámbito domestico y su irrupción hacia la esfera pública, donde pierde terreno biopolítico, esta expandiendo el poder cualitativo de la esfera femenina a todos los espacios subalternos de la cultura oficial, volviendo relativo y a veces fundamentalista el control masculino del principio de realidad.

La mayor disposición simbólica para gerenciar hábitos culturales del conocimiento productivo y su mayor habilidad para sublimarse en un capitalismo esquizofrénico dotan a la féminas de un poder político lo suficientemente feroz para reconstruir las fortalezas unidimensionales y autoritarias de la racionalidad masculina, que al debilitarse tiene que aceptar el relativismo sexual que este ataque ontológico ocasiona y ser rechazo hacia los submundos clandestinos de la violencia y de la ociosidad.

Es la mayor complejidad biopolítica de la sexualidad femenina la que torna difícil la rápida adaptación de la virilidad masculina a una especie de cortejo más sofisticado y de mayores exigencias, por lo que el discurso masculino se deteriora y es fácilmente asimilado por la voracidad femenina, si desarrolla una retórica del embaucamiento y de al persuasión seductora. Los cambios producidos por el empoderamiento de la mujer ocasionan la desestabilización de lo masculino que tiende a arrinconarse hacia un machismo exagerado que juega con la violencia y el maltrato al no aceptar con propiedad el poder de negociación que las féminas alcanzan. Ahi donde hay mayores requisitos que cumplir para adquirir pareja, tanto más el hombre desconoce a las féminas, y no pocos les importa un bledo, lo cual genera la aparición de extensiones como el dinero y el poder como formas de tener parejas sin necesidad de conocerlas o respetarlas para algo más serio. En cierta medida ambos sexos se cosifican, y de ahí esa guerra melosa y divertida en que se ha vuelto la polaridad Hombre- Mujer.

Como obviamente la avanzada despolarización de los sexos empobrece y desublima la vivencia masculina muchas veces ante la desventaja de no ser un respetuoso y taimado seductor, la identidad no halla mecanismos de evasión suficientes y contundentes para evadir la regresión bárbara y cultural que experimenta el sexo masculino. ( solo trato de comprender). El mayor despliegue simbólico del discurso femenino, y unido a ello, el complot sofístico de la tolerancia biopolítica y relativista que las vuele incriticables ante cualquier argumento racional – so pena de ser calificados como reprimidos o bárbaros machistas- convierte a la virilidad masculina en una selva agresora e irracional, en sus propios déficit emocionales y corporales. No defiendo para nada la violencia física y sexual de estos individuos – que no saben ser hombres y lo confunden con ser agresivos y mantener el control autoritario de sus hogares, a través del miedo y la manipulación- sólo trato de reconstruir y comprender el estallido emocional de la violencia física, psicológica y sexual de estos residuales hombres.

En su subjetividad arruinada y autoritaria ejercer violencia sobre la mujer es lo mismo que afirmar el dominio pírrico sobre el amor de sus parejas, cuando en verdad tal actitud primaria demuestra el ablandamiento psicológico de lo masculino, que ante la imposibilidad de maniobrar racionalmente en un mundo de máscaras simbólicas y etnolingüísticas tiene que soportar la sagacidad y conducta escurridiza de la mujer, que ante la vehemencia de lo concreto plantea la superioridad de su indiferencia y cálculo simbólico, su arsenal semántico. Solo intento describir que siglos de astucia han sido la forma que las féminas han hallado para evadir el autoritarismo de lo masculino, algo que en pleno debilitamiento de este patrón de poder es lo que provoca en medio de la ignorancia y la desinformación la violencia injustificada de los varones. Como dije ahi donde no hay educación, ni comunicación, la libertad puede conducirnos a peores resultados.

En realidad el abuso sexual es condenable desde todo punto de vista, pues saca a relucir la supervivencia de registros violentistas en plena era del diálogo y del giro hermenéutico, rezagos problemáticos que no hacen sino evidenciar los límites y el empobrecimiento racional de una sociedad de mercado que encarga la peligrosa facultad de ser individuos a las masas cuando éstas no han pasado por una segura y exitosa secularización educativa.

Acerca de la corrupción pública.

De entrada la conjetura que propongo para entender el fenómeno del corrupción en las instituciones públicas, pasa por comprender la naturaleza social de la formación profesional, y como asentamiento ideológico de la profesión, un fenómeno más complicado y resistente de la cultura organizacional tradicional. Ambos impasses estratégicos de la cultura han sido complementarios del ajuste estructural y sociocultural en fin, que ha padecido la formación social peruana, consolidando una gramática burocrática que no es sino producto de la desestructuración de la tradición patrimonial y su descarada conservación culturizada en el seno del Estado.

Para empezar hay que examinar la genealogía histórica de las profesiones. Lo que actualmente destacamos como una transformación tecnocrática exitosa del recurso humano ha posibilitado el despliegue de la acumulación capitalista no es sino una forma más aberrante de la tradicional cultura profesional que deviene desde la introducción de la colonia. Como bien lo atestigua Mariátegui la empresa colonial no trajo a estas tierras elementos empresariales del embrionario capitalismo protestante, sino una legión de vividores, clérigos, militares, médicos y juristas que administraron clientelarmente la colonia, pero que no imprimieron un desarrollo burgués a la estructura económica, porque pertenecían a una clase social feudalizada, que poseía una mentalidad rentista y parasitaria.

Como prácticamente su cultura profesional carecía del hábito de invención y productividad, durante los tres siglos del Virreynato y durante el oscurantismo latifundista de la República oligárquica el perfil profesional de nuestro recurso humano tendió a girar sobre el cultivo de una personalidad humanistoide y barroca, cercana a la mística criolla y heredera de ese ethos bohemio y cucufato, que sería la base cultural para la expresión de un pensamiento culturalista y filosófico de reflexión sobre la realidad nacional del país. Como es difícil romper con el registro profesional heredado de la colonia gran parte del imaginario cognoscitivo que sirve de base moral para el desarrollo de un profesional responsable fue abandonado por la tecnificación especializada del nuevo perfil profesional, que conjuro la poca productividad y excesivo humanismo manierista del profesional con una estructura meritocrática y mercantilista a la que sólo le importaba recoger resultados y soluciones gerenciales.

A medida que el mercado de trabajo profesional y el sistema superior de educación se subordinaban a las demandas tecnocráticas de este nuevo rostro empresarial se fue amputando la base moral humanista que bloqueaba la fría especialización y se fue constituyendo un funcionario preparado para las convulsiones administrativas del mundo empresarial, que responde al dinero del mejor postor y completamente desalmado para ser eficiente y barrer con los conflictos y turbulencias gerenciales. Así sin cultura, sin moldeamientos psicológicos y educativos gravitantes se fue conformando un profesional mercantilista dotado para maniobrar con los etnométodos estratégicos de la cultura organizacional y carente de la necesaria reflexión y energía crítica para valorizar y calificar ese ejecutivismo nihilista de cultura del vacío burocrática y capitalista.

Así la voluntad de cultura en un mundo de pragmáticos embrutecidos y reformistas se convierte en combustible de la maquinaria administrativa desposeída de las obligaciones y consecuencias morales de su incursión, fácilmente aliad de una corrupción organizativa que no es sino el otro rostro de un cruel egocentrismo y exhibicionismo individual. Ahí donde no hay valores, ni autocrítica no hay sentido de culpa ni límites para el delito moral, lo que a larga erosiona la habilidad funcional de su labor profesional y nos condiciona al error y al retraso cognoscitivo.

Por otra parte, si la degradación de nuestra cultura burocrática y organizacional se debe a la resistencia de discursos profesionales ineficientes e inmorales, otro tanto sucede con la interioridad de nuestra estructura estatal. La tesis que persigo es que la supervivencia sincrética de una cultura patrimonial en el seno del Estado no sólo ha debilitado los esfuerzos pro regular la actividad soberana de las instituciones políticas a lo largo del territorio nacional, sino que además la personalidad burocrática se ha visto asaltada por una red mafiosa de clientelas partidarias y gerontocráticas que desangran el Estado y lo convierten en un aparato de sirvientes gerenciales, que defienden os intereses del gran capital, desperdigando una voluntad policíaca y disciplinaria sobre la sociedad civil organizada. La subordinación antidemocrática del Estado a los intereses empresariales del poder económico lo hace permeable a la privatización de las demandas públicas y poco receptivo ante las reivindicaciones sociales, que son en más de las veces para las frívolas autoridades ruidos desestabilizadores y una fiscalización que entorpece los negociados y las componendas que se maquinan al interior del Estado.

Yo diría que un aparato estatal que es filtrado por la delincuencia de cuello y corbata es de todo conveniente para los intereses erosionantes de los poderes trasnacionales, pues un Estado deslegitimado anta las sociedad invadida de mafias y clientelas corporativas es más fácil de influir y corromper por el poder del dinero. La poca voluntad que demuestra el Estado actualmente para reformarse y hacerse más ágil a las peticiones y solicitudes de la sociedad civil, delata que la carrera pública esta invadida de una lógica empresarial por servir al gran capital, incapaz, por lo tanto, de representar las reivindicaciones populares que se tornan antagónicas y obstaculizantes de las autoridades corrompidas.

Si históricamente el Estado ha respondido a los clamores desarrollistas del pueblo y ha sido prácticamente inexistente para las sociedades populares que han elegido el autodesarrollo autárquico y fragmentario, es porque en su enraizamiento organizacional siempre ha existido una estructura jurídica y cognoscitiva que ha defendido la propiedad privada y el derecho negativo de los poderosos. A espaldas de las reivindicaciones ciudadanas el Estado autocrático siempre ha hecho alianza con los poderes fácticos, reprimiendo sin excusas toda manifestación de descontento, y aún cuando ha habido ciertas refundaciones institucionales de su arquitectura interna que han tratado de poner la legalidad al servicio del bienestar social, siempre el Estado moderno se ha rebelado como una entidad disciplinaria incrustada en un mundo heterogéneo y desarticulado, incompatible y sin capacidad de sintetizar nacionalmente una pluralidad que es la panacea del desarrollo y el motivo severo de nuestros desencuentros culturales.

En síntesis, la corrupción no es el síntoma más amplio de la degradación de la moral cotidiana -estimulada hoy en día por a vulgaridad pragmatista del mercado- sino además la prueba fidedigna que el Estado peruano es una identidad extraña a nuestra idiosincrasia, que nos gobierna y regula descaradamente para sembrar la instrumentalización de los agentes privados, mientras las autoridades se comportan como empresarios que se levantan nuestro patrimonio a expensas de un cuerpo social descoyunturado y en guerra cultural. Las sociedades sin Estado, o en donde éste cumple labores policíacas, sufren el cáncer de la corrupción pública como expresión de un agigantamiento individual que no conoce límites, ni temor a las penalidades sociales del pueblo sublevado, que en el fondo por el camino privado se comportarían similarmente.

Perspectivas.

Actualmente la cultura trasgresora corroe despiadadamente todo lo que queda del edificio social. Paradójicamente se diría que la lógica cultural que hace posible nuestro particular patrón de acumulación es esta gramática de la trasgresión, por lo que el hecho de desconectarla resulta particularmente contraproducente y moralista. Más allá de que la educación institucional y la pedagogía familiar hagan noble esfuerzos por deshacerse de esta anomia institucionalizada la verdad es que nuestra energía civilizatoria la nutre y la promueve, como una idiosincrasia cultural que trasciende discretamente cualquier proyecto social que trate de cambiar nuestra identidad corrupta e inmoral.

Ahora en plena sociedad de mercado y a lo largo de toda nuestra historia, se dan evidencias suficientes para sostener que la trasgresión cultural ha sido el resultado de la articulación accidentada de nuestra cultura al esquema cosmopolita y presumido de a colonización racional. Bajo otras palabras, la gramática trasgresora de la pervertida sociedad española del s XVI, y a lo largo de toda su administración se masifica como subjetividad de resistencia a la rígida y severa cultura oficial, y con el paso del tiempo se convirtió en el sello de fábrica de nuestra particularidad civilizatoria. En contra del dominio del poderoso y de su colonización biopolítica las clases populares y en particular todas aquellas mentalidades que padecían la condición subalterna se las arreglaron para expandir la cultura trasgresora como signo de sobrevivencia cultural, dañando y enfermando con su informalidad social todo aquello que resulta inmarcesible y ordenado. Más allá de que el ethos postmoderno desentierre desde los misterios de la sensoriedad una irracionalidad del goce desbordado que simpatiza y sobre estimula nuestra trasgresión civilizatoria, la verdad es que ésta red de la clandestinidad y la piratería cultural resulta muy difícil de desactivar, pues no sólo ha alcanzado niveles globales con su entramado popular, sino que además se rebelan como as estrategias de supervivencia semántica con que cuentan as clases populares para soportar los torbellinos de la mundialización y vivir con éxito en las fauces infinitas de a sociedad digital y de la información.

En la medida que el cambio cultural y la ruptura epocal con el nacionalismo metodológico se acrecientan Toda estrategia de reconstruir los vínculos deshechos por la instrumentalización desde el esfuerzo regresivo del Estado no desembocará más que en la violenta culturización y en la perdición tecnologizada, lo que es lo mismo decir que nuestro espíritu mutilado se desterritorializará y naufragará en la vida arcaica y mitológica que resucita pérfidamente la mass media. No soy profeta, espero estar equivocado, pero esta sutil resistencia de las culturas populares a lo largo de la historia para evadir creativamente el poder, decide hoy en día su elección por el mundo espectral del ciberespacio, donde todo destino colectivo es postergado o cruelmente congelado en los recuerdos de la historia de la razón.

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Insurgencia, y tración a la cultura en el Perú contemporáneo

by on Jul.12, 2011, under Sin categoría

Hoy la violencia es red. Si el poder lo quiere regresara como Estado

Hoy la violencia es red. Si el poder lo quiere regresara como Estado

Ronald Jesús Torres
ronsubalterno@gmail.com

Resumen:

Se hace un recorrido social de las situaciones históricas en donde se ha bloqueado toda democratización de las fuerzas populares y se lanza la conjetura de que la violencia y la naturaleza autoritaria de nuestra cultura es un resultado del los desencuentros y de las promesas culturales que las políticas de desarrollo modernizante han obturado sobre la materialidad y sensibilidad de los procesos históricos. En síntesis hoy en día el desarrollo reflexivo y anárquico que padece nuestra civilización produce rivalidad y un resentimiento estructural que pone en paréntesis perpetuo las expectativas de la complejidad cultural. Aún asi la vida es más plástica y pronto estas mafias caerán ante el poder de lo orgánico y natural en nuestras formaciones culturales.

Abstract:

There is a social tour of historical situations where democratization has blocked all subordinate forces and launched the assumption that violence and the authoritarian nature of our culture is a result of the misunderstandings and cultural policy promises modernizing development have blocked on the materiality and sensitivity of the historical process. Today In short reflective and anarchic development that our civilization have produced structural rivalry and resentment that perpetually places in parentheses expectations of cultural complexity.

Palabras claves. Violencia, modernización, desarrollo, cultura, autoritarismo, resentimiento cultural, globalización.

Violencia y catástrofe cosmológica:

La colisión cultural que representó el encuentro entre el Incanato y la invasión española generó una asimetría ontológica entre la cultura subordinada y la dominación española que se tradujo en la construcción de un edificio colonial sumamente discriminador de las culturas aborígenes del pasado Tahuantinsuyo . A pesar que la inserción hegemónica de la administración española fue el fiel reflejo de las alianzas y acuerdos a los que tuvo que llegar con las culturas subordinadas del Incanato para derrotarlo, la configuración sedentaria de la colonia limitó dichas confabulaciones a una convivencia civilizatoria francamente desigual y en perjuicio de la diversidad del desaparecido Incanato. A medida que las jerarquías colonizadoras absorbían y se afincaban en las entrañas de las instituciones indígenas iban desdibujándose las diferencias étnicas y cosmológicas que la administración incaica había conservado, reduciendo todas las imágenes y representaciones étnicas a un estrecho y vulgar concepto cultural de “indio” .

Si bien la coexistencia desigual entre ambas culturas permitió la preservación de las élites curacales de las culturas dominadas, lo cierto es que tal conservación institucional era para mantener la comunicación y la canalización de los intereses explotadores hacia la masa indígena indiferenciada. La violencia del reduccionismo colonial permitió un acceso segmentado y limitado a las castas oligárquicas de la cultura oficial en cierta medida para acallar las ambiciones políticas de los curacazgos que buscaron a lo largo de la colonia deshacerse del domino español sin perder las prerrogativas políticas e ideológicas sobre la masa indígena. El incremento del sojuzgamiento y de la explotación servil en el sistema productivo colonial fue desestimando los brotes de insurgencia de la población indígena en parte porque el desahogo religioso de las elites curacales le permitió conservar sus cultos y creencias tradicionales, y en parte porque la destrucción de imperio incaico fue concebida como una catástrofe cosmológica interpretada teológicamente desde la cosmovisión andina .

La violencia que soporto la sociedad andina de la superestructura colonial, que interfirió su plena síntesis cultural relegó el proceso de conformación de las identidades dominadas hacia los márgenes del principio de realidad impuesto, constituyendo un patrón de poder en activo sometimiento de las características fragmentadas de la civilización andina. Aún cuando la realidad colonial persiguió la adoración de idolatrías como una manera de barrer con las creencias y representaciones religiosas que se le oponían su aculturación desarrolló una convivencia hipócrita con las potencialidades míticas del mundo andino, como un modo de aprovecharse y dejar intactas las destrezas milenarias de la sociedad andina.

El orden colonial expresó con su dominación semi-disciplinaria el propósito de incrustar una constelación del poder mecanicista y unilateral que sólo succionaba el plusvalor material de estas tierras, por lo que dejó conservadas en los reduccionismos racistas y discriminador de su política de coexistencia, la naturaleza arcaica de un espíritu avasallado . Es la astucia sincrética de las culturas dominadas unida a la flexibilización que desarrollaron para dar legitimidad al régimen feudal lo que dio validez a un régimen de poder colonial que basó su acomodamiento ideológico en el constante rechazo de las hibridaciones y mestizajes culturales, que se suscitaron en las entrañas de la sociedad colonial, por vía de la seducción individualizadora de su lógica cultural, que sirvió como un código de cautiverio criollo que deshizo la unidad política de las culturas dominadas .

A medida que la dominación real sintonizaba con la adaptación acriollada de las múltiples identidades que ambicionaban el reconocimiento noble de la corona española, se fue incubando en las profundidades del orden aparente una violencia física y simbólica de enormes proporciones, violencia sólo contenida por los gigantescos esfuerzos de dar una inclusión subordinada a la masa indígena. Si bien existió una inscripción progresiva de los mestizajes y de las elites indígenas a las coordenadas variopintas de la estructura colonial, la discriminación asolapada y la cruenta rigidez del sistema colonial eran de tanta contundencia bio-cultural que disciplinaban agresivamente las conciencias y cuerpos de los explotados. En el seno de un sistema feudal anacrónico y que se enquistaba ideológicamente en la seducción del tradicionalismo barroco-estético surgió unas mentalidad plebeya y política lo suficientemente débil y humana para desear secretamente las ventajas socioculturales del estatus oficial, pero con las necesarias agallas para deshacerse de la herencia colonial que los aplastaba y explotaba, en la medida que la misión evangélica no podía vulnerar el odio a nuestra raza y cultura .

El orden colonial y su orgullosa alianza con el evangelismo cristiano deshizo la unidad precaria que había alcanzado el Tahuantinsuyo al precio de verse invadido por el desborde cultural de las identidades subalternas, que vigentes en la informalidad del sincretismo religioso y en los bordes de la explotación económica, lograron desarrollar prácticas legítimas de resistencia cultural que enriquecieron el desperdicio ontológico del edificio colonial. La agresividad psicológica del orden colonial, no obstante, haber depredado el patrimonio socioeconómico de la cultura andina, recibió la reacción deconstructiva de las heterogeneidades oprimidas que buscaron, a partir de las hibridaciones y tolerancia ilustrada que desarrolló la colonia hacia el fin de su existencia, una forma dialógica de apropiarse el discurso criollo de la cultura oficial.

Es a medida que la sociedad colonial recibía el influjo estremecedor de las nuevas ideologías que su naturaleza autárquica y cerrada se fue abriendo a las influencias racionalistas y cientistas de la ilustración francesa, como una manera de originar en la rigidez de la estructura de castas una renovación institucional y más en interacción con las vanguardias intelectuales y económicas del eurocentrismo. Pero tal apertura ideológica sólo removió superficialmente la estratificación feudal, pues el conservadurismo monárquico del régimen colonial aunado a la sumisión autoritaria de la población andina favoreció la adicción a la tradición colonial que se mantuvo intacta a pesar de la insurgencia de las ideas ilustradas .

En suma: la sincronización material y simbólica entre la sociedad andina y las garras regresivas del orden feudal colonial otorgó a la cultura oficial una fortaleza inmarcesible que pudo soportar los embates transformadores de la revolución burguesa, que se fue difuminando a medida que los procesos de atomización regional no calaban en la petrificada formación socio-feudal de la colonia. Gran parte de la victoria que supuso la reinstauración de la ideología conservadora reposo en que la ilustración no llegó impregnada a estas tierras de un espíritu propiamente nacional, sino que inspiro lecturas sesgadas de un exhibicionismo modélico que sólo fue capaz de movilizar la conciencia de cierto sector ilustrado de los criollos independentistas.

De algún modo el racionalismo revolucionario sirvió a los afanes separatistas de la clase criolla, pero no para introducir un espíritu propiamente republicano que sacara del atraso feudal a las categorías subordinadas – golpeadas por un modo de producción atrasado y extractivo- sino para fundar un modelo político de dominación que sólo favoreció a ciertas élites criollas que hundieron en la fragmentación rural a las clases populares que fueron movilizadas por la gesta emancipatoria .

La violencia colonial que había guardado un lugar de cierta convivencia hipócrita con los discursos dominados se trastocó con la hegemonía criolla subsiguiente en la dureza refeudalizante del campo y del modo de producción. Un país cuyo movimiento ilustrado sólo sirvió para adornar algunas conciencias intelectuales de un republicanismo iluso y antidemocrático, siguió viviendo bajo el oscurantismo ideológico de lo tradicional y arcaico en cuyo centro la esperanza de una redención indígena se convirtió en un deseo de venganza irracional y milenarista, acorde con la explotación y la excesiva sumisión y dependencia del campo frente a la ciudad aristocrática . La agresividad de un contrato de cascarón en medio de un fondo retrógrado y barbárico no fue suficiente canal ciudadano como para enfrentar la calamitosa persistencia de una estructura feudal que sólo beneficiaba a una aristocracia civilista parasitaria, que logró contener toda la utopía revolucionaria que había despertado la ideología ilustrada.

Ilustración y violencia:

El cocinado cambio de administración criolla por el de la península, como sabemos, no involucró un cambio de paradigma político, menos económico . En gran parte las desavenencias con la madre patria reposaban en la falta de reconocimiento cultural que padecían los criollos acaudalados y los mestizos en una sociedad jerárquica donde el indígena al ser derrotado, fue desplazado por los intereses criollos que se auto-atribuyeron los discursos de fundación del nacionalismo periférico a partir de la ideologización política que supuso las luchas por la independencia. En vez que las luchas populares maduraran en un proyecto subalterno de nación que incluyera la unidad de los pueblos internos, el nacionalismo criollo arraigó solamente en el sector ilustrado y pudiente de la sociedad colonial, por lo cual las rebeliones en curso y los cambios que se operaron en el diseño político no alteraron la estructura de castas, ni el modo legítimo como se reproducía la sociedad peruana, que al refeudalizarse ejerció una violencia y opresión indescriptible sobre las categorías populares serviles que ayudaron a la gesta independentista, curiosamente .

La derrota de las rebeliones indígenas, anteriores al fortalecimiento de los intereses criollos, permitió el descabezamiento de las elites curacales, lo que provocó que las luchas por la emancipación social se vincularan a la dirección de las clases criollas ilustradas y a la fuerza de sectores intermedios como los mestizos y caciques ilustrados, que al conseguir la independencia de España reprodujeron una estructura feudal más represiva y más injusta que la convivencia civilizatoria colonial. El desgaste del milenarismo andino que en cierto momento de la sublevación alcanzó el presentimiento de que las categorías ruarles oprimidas alterarían todo tipo de rezagos coloniales y códigos de la dominación, fue disuelto con el concurso de los criollos y mestizos disidentes, pues el sólo hecho de que el levantamiento indígena hubiera llegado al poder hubiera significado el desarrollo de una nación democrática y subalterna, inconciliable con los intereses aristocráticos de la clase criolla y mestiza. Mas allá de que la ideología nacionalista fue usada para movilizar a las naciones colonizadas, en realidad sólo fue un vehículo ideológico en manos de los intereses de la ascendiente clase criolla, que fundó una república igualitaria y soberana sólo en el discurso, en un discurso que animaría el exhibicionismo de las discusiones entre liberales y conservadores, y que montaría una republiqueta acriollada sobre el fondo desigual de lo estamental y feudalizado. El contrato republicano que civilizó sólo aquellas que serían considerados clases oligárquicas en realidad dejo fuera de juego a los sectores populares que dicha propuesta no podía ni quería civilizar; la excepción que hicieron con el Perú real fue la excusa perfecta para justificar el atraso del desarrollo político y económico, la otredad de la barbarie que decían debía ser domesticada y aplastada por condenar al país a la desunión y división social .

De esta temprana incapacidad para asimilar democráticamente a las masas excluidas surgiría un debate iconoclasta entre liberales y conservadores a cerca del problema del indio y de su posible inclusión al ejercicio de una ciudadanía funcional con los intereses de la versada república. Si bien las concepciones de la diferencia antropológica del indígena eran escépticas en el punto esencial de coexistir culturalmente con grupos literalmente considerados inferiores y un lastre para la nación, lo cierto es que el humanitarismo criollo depositó en el proyecto de inserción educativa, elaborado tras casi un siglo de discusión, las esperanzas de resolver políticamente la fragmentación sociocultural de la república peruana. Conforme la unilateralidad del proyecto educativo oficial colisionaba negativamente con la heterogeneidad étnica de la nación embrionaria se constataban las reticencias discriminadoras al discurso oligárquico, que no llegaba a comprender que el problema de la inclusión del indio no consistía en adoctrinarlo pedagógicamente para que pensara de modo ciudadano, sino en que debía cambiarse su injusta posición en la atrasada y anacrónica estructura productiva que lo explotaba y lo confinaba al último lugar de la escala social .

En tanto el acriollamiento que proponía el orden aristocrático de Lima no atinaba en el real problema de transformación de la estructura social y económica sus buenas intenciones de inculcar educación y valores ciudadanos funcionaban como una domesticación salvaje de las identidades, no reconociendo más que de modo despreciativo la naturaleza ritualizada de la vida rural y ejerciendo violencia al núcleo plural y descentralizado de la cultura popular peruana. A pesar que tal adoctrinamiento significaba decirle a la vida rural que abandonara y destruyera sus ancestrales saberes subalternos, este fue promovido de un modo inescrupuloso e ideologizado como la única estrategia para unificar políticamente la enorme heterogeneidad y diversidad estructural que era el motivo supuestamente del atraso nacional.

En ciernes, el reduccionismo educativo que consistía en una igualación cultural sobre el fondo de una formación socio-histórica feudal, chocaba negativamente con la rica variedad de las culturas populares ejerciendo violencia simbólica homogeneizante y prejuiciosa de los valores culturales, por lo que se mantenía la solidez y monotonía de un régimen de producción que reproducía una cultura tradicionalista y francamente petrificada. Lo valores educativos modernos si bien eran contenidos por el carácter latifundista y hacendatario de la estructura tradicional supusieron un avance intercultural de enorme importancia que buscaba desactivar las estructuras coloniales del patrón de poder oligarca y gamonalista, pero sin querer reconocer que la misma génesis simbólica de la estratificación hegemónica no deseaba sino perpetuar el cáncer de una cultura desigual e inhumana. El proyecto educativo noblemente dirigido difundió valores de la clase dominante al amparo de una estructura social que impedía la reproducción sostenida de dicha cultura, pues las asfixiantes asimetrías de la violencia cultural que promovían los discursos oficiales impedían todo intento de movilidad social alternativa a los estilos refinados de los sectores oligarcas, y relegaban toda lucha por alterar un edificio social injusto a la represión del racismo y la discriminación étnica. Sólo la mecánica de la dominación – de la que habla Julio Cotler – admitía la inscripción subordinada de segmentos de las clases sometidas en la medida que asimilaran por vía del proyecto educativo, el carácter plástico y acriollado de la violencia criolla, desconociendo de este modo el carácter originario de las matrices étnicas y adaptándose a un patrón cultural de dominación que sólo rechaza todo lo que venga del pueblo .

Esta canalización segmentada de contingentes reducidos de las clases populares cumplía el propósito de dar legitimidad al rostro de un sistema político cerrado y antidemocrático. En sí, a pesar de los enormes cambios del horizonte cultural de mediados del s XX hacia delante la solidez de la estructura feudal y del dominio oligarca se mantuvieron intactos, no obstante, haberse producido movimientos campesinos, crecimientos sindicales y movimientos urbano-populares, migraciones y democratizaciones en curso que habían obligado operar cambios drásticos en el rostro de las sociedades nacionales. La violencia disciplinaria a la que se vio obligado a apelar los gobiernos elitistas, evidenció el rezago de una gobernabilidad autoritaria y unilateral en manos de la clase criolla que sólo bloqueó el desarrollo de las democratizaciones populistas porque entorpecían la estabilidad de su poder económico . Mientras el movimiento de las relaciones sociales y culturales demandaba la configuración de una renovada estructura moderna, el comportamiento represivo de la oligarquía y de las aristocracias feudales demostraba el dominio de un discurso monocultural enmohecido que sólo perseguía cierta diversificación productiva en la medida que se preservara el carácter antimoderno de los enclaves económicos del campo y la ciudad.

A pesar de lo estricto que fue el régimen tradicional para contener la fuerza de los nuevos sectores, no pudieron impedir la reapropiación y redefinición de las instituciones feudales en clave progresista; en especial el sistema educativo que luego de enrostrarle su condición subordinada provocó en las estructuras culturales un mandato generacional de progreso y revolución social que fue desplazando el mito de Inkarri de la venganza milenarista por un discurso de modernización e inclusión educativa que minaría las bases oligarcas de la tradición . Aún cuando las evasiones elitistas insistían en la pervivencia de una jerarquía feudal, ya se habían producido un conjunto de mutaciones socioculturales que arrojaron a la subalternidad en los brazos de la dialéctica de la modernidad, debido a la promesa de una democracia popular y de ancha base que transformaría radicalmente el rostro de los espacios feudalizados. No es para nadie un secreto, pero estoy en lo correcto cuando afirmo que la evaporación desordenada y explosiva de la tradición en término culturales, sin antes haberse producido una economía política que estabilizara las hibridaciones del tejido sociocultural y diera una economía base a dicha culturización arrojó a las mentalidades populares a las garras de la certidumbre dogmática y de la violencia revolucionaria, como aquel mito fundacional de sentido que daría seguridad cultural, ahí donde la tradición cultural se había hecho añicos.

Modernización autoritaria y revolución.

Digámoslo así, el socavamiento de la estructura tradicional y de sus sistemas sólidos de significados eran las premisas necesarias para movilizar a las poblaciones oprimidas en contra de la cultura obsoleta y monocultural de la dominación que bloqueaba el desarrollo de una estructura racional e industrial . Ahí donde las culturas orales del campo y la ciudad resistían aferradas en las corazas de un mundo antiguo que se hacia pedazos, la ideología seductora de los medios de comunicación predigitales (TV. radio, prensa) auspiciaban la integración nacional-popular, como aquel cambio revolucionario que ofrecería reconciliación y bienestar económico y cultural para las categorías subalternas. Para destruir las bases productivas del antiguo poder aristocrático el discurso desarrollista tuvo que desactivar los enclaves sociales de la dominación, liberando la mano de obra, y dirigirla hacia los acantonamientos proletarios de la autoritaria y acelerada industrialización periférica, con el objetivo de construir un principio de ciudadanía igualitario basado en una justa redistribución de la riqueza social .

Parapetar una sociedad moderna representaba un enorme esfuerzo para las clases progresistas, ya que al no haber ya configurada cierta base económica y tecnológica que aprovechar y que promover políticamente se tuvo que apelar a un voluntarismo fáctico y proselitista para cambiar aceleradamente la estructura productiva en la dirección del desarrollo social. No obstante, haberse producido mutaciones colectivas de creciente importancia en el escenario cultural del país – que hablaba a las claras de una evolución espontánea de la estructura social- la verdad es que tal movilización contestataria no era suficientemente relevante como para alterar progresistamente la naturaleza reacia de un poder tradicional que gozaba de buena salud, a pesar de las críticas justificadas y la pérdida de legitimidad ciudadana.

A pesar que en la evolución histórica la república aristocrática dotó al país de una clase dirigente plutocrática que no supo más que diversificarse en la estructura económica de modo esporádico, lo cierto es que el concurso de una clase política vetusta y anticuada que levantó al país luego de la derrota en la Guerra del Pacífico, se fue desvaneciendo cuando esta clase dirigente no quiso hacer reformas sustanciales y democráticas en la estructura social que cambiaba por la presión de las luchas de liberación nacional y la ideología desarrollista hacia el aplacamiento de todo rezago o división social que implicara origen o estatus idiosincrásico .

Cuando la convulsión sobredimensionada de los cambios revolucionarios deshizo progresivamente la estructura feudal y sus sectores avanzados, aún cuando las categorías populares dependían de la sumisión que demostraban ante las clases dominantes se fue evidenciando una escisión ontológica con respecto al apoyo que alcanzaba el paradigma desarrollista. En la efervescencia sobreideologizada de las grandes mutaciones estructurales que se suscitaron en la cultura peruana, se provocó una separación cultural entre un sector reformista y otro revolucionario.

Mientras el primero percibió que una sociedad movilizada no otorgaba las garantías del caso para producir una reestructuración saludable de la economía, en la línea de un Estado populista, otro sector animado por la legitimidad democratizadora de los movimientos populares pronosticó que las luchas sociales no madurarían en cambios justos y saludables para las clases oprimidas en tanto el país no experimentara el radical paso de constituir una república socialista al estilo cubano. Como se vera, la sensatez de las reformas desarrollistas sólo perseguían construir un Estado capitalista que respondiera a las crecientes demandas materiales, a través de una dirección planificada e industrializante que estableciera una economía de guerra que soportara el embate reivindicacionista: esta fue la opción que abrazo el gobierno militar Velazquista, que si bien tuvo un carácter progresista no percibió que la modernización autoritaria que edificó para las clases populares no recibiría el complemento de una cultura nacional, claramente fragmentada y sumergida en conflictos de naturaleza étnica .

En tanto el otro sector más radical no vio que su responsabilidad utópica no era más que el desastre de una lectura de consigna inapropiada para las características socio-periféricas de la formación social peruana que no se decidió a transitar hacia un racionalismo responsable que desconociera las profundidades sagradas de las culturas orales. El revanchismo que supuso la visión dogmática del marxismo-leninismo-maoísmo no quiso ver que si la cultura popular se precipitó por la decisión de apoyar su causa combativa y de vanguardia fue porque en determinado momento la interpretación marxista del mundo significó para las clases oprimidas un discurso de modernidad y de desarrollo cultural más allá de los tintes doctrinarios del mismo discurso negativo. En otra palabras, el mensaje de redención que prometió el marxismo funcionó como un culto fundamentalista que ocupo el lugar dejado por una tradición transmutada y redefinida por el lenguaje seductor de los medios de comunicación de primera generación . Un mundo hecho trizas en el campo, y las ansias de libertad en las ciudades hizo que se reposara en la violencia política los semas de un espíritu social que deseaba nuevas firmezas y esperanzas a un mundo arcaico e injusto hecho escombros.

De forma general, el agotamiento del paradigma desarrollista que ponía en el ojo de la tormenta el carácter cada vez más ingobernable de las sociedades populares cooptaría de un modo brusco la naturaleza esperanzadora del mensaje moderno para transitar hacia el estadio irreconocible e imprevisible de la culturización (modernidad, sin modernización) de la estructura productiva de un capitalismo informacional y del conocimiento.

Quiero decirlo palabras entendibles, pero creo que la interferencia ontológica del desarrolismo, por obra de las dictaduras disciplinarias, no buscaba crear un clima de gobernabilidad que garantizara el crecimiento de la estructura industrial, sino realmente detener y ahogar en la persecución la naturaleza revolucionaria y desgarradora del discurso socialista peruano, que comandaba el romanticismo y la juventud verdadera de las clases populares. El haber redirigido de un modo renovado la promesa republicana hacia la construcción de una sociedad sin clases y reconciliada con las urgencias de la clase trabajadora era el discurso que se contuvo con la llegada de las dictaduras y de las estructuras institucionales de la democracia burguesa.

Al redefinirse de una manera violenta la relación entre el Estado y la sociedad para darle mayor vitalidad al protagonismo individual de los liderazgos empresariales y economicistas no se consideró lo difícil que supuso para las culturas populares acondicionarse a una artificialidad ideológica que cancelaba de plano las voluptuosas utopías colectivas de la modernidad sólida . De ahí que se comprenda que el inicio de la ruptura secular con las tradiciones populistas de la izquierda radical deviniera en una “insecularidad” y regresión ideológica de grandes proporciones que fueron excluidas y se auto-excluyeron de las falsedades genéricas del proceso de personalización nominalista, de la que habla Lipovetsky .

Lo que discuto en mis argumentaciones con el concepto de “insecularidad” del profesor Castillo es que según mis intenciones, la segunda secularización racional (la de los medios de comunicación liberal)-individualista que experimento la cultura real fue tan devastadora e irracional con las clases populares, que fue percibida por éstas como el salto a lo absurdo y vacío, diferente a la concepción de la falta de un Estado o de la teoría de privación relativa, que supone que la violencia política se debió al excesivo centralismo cultural del discurso oficial. Deacuerdo a mis objetivos, la regresiva tradicionalización desestabilizadora que padecieron las élites rurales, regionales y locales al acercarse el rostro racionalizante de la modernidad líquida recogió en la demencial violencia política el descontento popular con un régimen de producción cultural que abandonaría a la subjetividad a los submundos olvidados de la soledad y de la libertad negativa .

Estoy en lo cierto cuando sostengo que la liberación reprimida de la violencia desquiciada que asoló al país no fue producto de un accidente estructural o resultado de un cuello de botella ideológico, sino que tal agresividad se debió a que la excesiva aceleración autoritaria de los cambios modernos desembocaría en un cancelamiento sorpresivo e impactante de toda promesa de la cultura, y por consiguiente, en el desconocimiento injusto e inmoral de todos los grandes sueños e ilusiones que habían despertado las grandes democratizaciones en curso.

Sin que las variaciones estructurales y materiales estuvieran acompañadas al mismo ritmo por las relaciones socioculturales, se produjo una situación parecida al fascismo alemán donde el desatamiento de un Estado totalitario se debió a que los acelerados modernizaciones en curso que se operaron en al estructura social alemana, desestructurando violentamente la vida cotidiana tradicional, empujaron a la cultura a ejercer violencia de Estado por sobre todo aquello que se considerara inauténtico o contrario a la raza aria. Lo que concluyo es que la no espontaneidad de la modernización peruana arrojó a ciertos sectores, desadaptados al caos y a los procesos de personalización individualista, a una opción sin salida y de venganza con la nueva dominación compleja que se enquistaría .

La democracia liberal como traición a la cultura.

El ingreso de la cultura peruana a un escenario de fuerte interdependencia ontológica entre las naciones y agentes trasnacionalizados, donde el capitalismo ya no buscaría conciliar la acumulación productiva con el bienestar universal, sino que se recrearía sobre la base de las iniciativa simbólica de las singularidades empresariales, desembocaría en una escandalosa exclusión y una pavorosa pobreza estructural de los grupos sociales que no supieron embarcarse en el yate de la competencia y del giro lingüístico y digital. El gran mecanismo de naturaleza procedimental y civilizatorio que inauguraría la democracia liberal para ofrecer un orden saludable para el desarrollo de la vida individual y asociativa, impondría a su vez, un orden heterónomo donde la subjetividades populares tendrían que ir deshaciéndose de la ventajas socializadoras del Estado proteccionista, para transitar a un escenario de fuerte descomposición social e incertidumbre psicoafectiva.

La cobertura universal del Estado providencialista si bien había garantizado el resguardo y el desarrollo pleno de la vida social en un sujeto sin iniciativa y emprendimiento creativo, en un contexto donde el camino para construir una sociedad desarrollada requería del esfuerzo material y simbólico de los pueblos. Quizás el dilema de este orden contractual es que permitió el regreso de una visión elitista de la democracia, debido a la imposición de una plantilla antropológica colonial y eurocéntrica que sólo promovía aquellas trayectorias simbólicas que más se acercaban a comportarse como individualidades competentes y autosuficientes . El imperativo de presentar una realidad con individuos atomizados, y hacer funcionar las instituciones sociales como si esta fuera una tautología indiscutible crea un déficit cultural con respecto a esta concepción antropológica: que tal colonialidad del poder simbólico terminaría convirtiéndose en un proyecto de dominación cultural incompatible con una especificidad histórico-cultural ajena a las tradiciones liberales del individuo autoafirmante.

El efecto de descomposición social que padeciera la estructura social en los 80s no se debería, según esto, a la desestructuración forzosa del paradigma desarrollista, cuando todavía no se había completado el ciclo de formación de nuestra economía nacional, sino a la silenciosa disconformidad cultural con un patrón ideológico que destruiría todas las bases soberanas y productividades locales para instalar un territorio gobernado por flujos desterritorializados y organicidades complejas y aceleradas, donde ninguna subjetividad halla alguna conexión fija o certidumbre identitaria.

Ahí donde el poder policíaco del Estado demoliberal arraigó en instituciones sociales que sólo invitaban a la seducción del individuo, mientras toda seguridad ontológica se desvanecía, se volvió a producir un divorcio social entre identidades culturales que asimilaron convenientemente el cambio cultural nominalista y una inconmensurable población migrante y no migrante que presionaba con sus reclamos y reivindicaciones sobre la esfera pública para arrancarle ventajas materiales a un sistema político claramente cerrado y elitista.

En la medida que el inmaculado acorazamiento de la democracia representativa y del estado de derecho procedimental otorgaba una libertad negativa acorde con el desarrollo espontáneo y natural de la vida social se iría gestando una situación de adaptación paradójica. Mientras en la práctica el florecimiento de las organizaciones civiles del tercer sector daban una base económica, proporcional a los insospechadas mutaciones del tejido social, se fue produciendo una suerte de asimetría cultural y amor-odio con una cultura de la felicidad mediática que integraba ciertamente al individuo a la esfera tecnocultural, pero que hacía oídos sordos a los múltiples sufrimientos y diferencias emocionales que se producían en las profundidades del ser popular . Un racismo asolapado de múltiples rostros.

La no conexión sensorial con un orden heterónomo que infectaba todo de un salvajismo cosificador decidió a la cultura popular a huir y reproducirse en los submundos informales del caos interior, como la única estrategia para escapar a una racionalidad instrumental que todo lo salpicaba de eficacia y exigencia administrativa. Es decir, si bien en el papel la colonialidad del mundo de la vida es compensada con la evasión exterior de las mezclas populares, que se atreven a reencantar la experiencia social, este aguantamiento mitológico de las identidades populares no logra borrar la sospecha de que el éxito individual no es la felicidad soñada, de que existe algo falso en el reconocimiento concreto que nos sacude y estremece de un modo injusto y endemoniado. A pesar que la cultura subalterna ha aprendido a lidiar extraordinariamente con las convulsiones del capitalismo desorganizado, existe una desilusión cultural con la esclavitud funcionalista del mundo real a la cual se le esquiva dulcemente y con sagacidad pero a la cual se halla uno aferrado por mor de la sobrevivencia.

Cuanto más la violencia concreta de la razón estratégica oprime las conciencias con el propósito de succionar el plusvalor cognoscitivo tanto mas la cultura devorada responde con al huída hacia a la ideología que tercamente ponen delante de sus ojos para no ver el desastre de un mundo vaciado de sentido y de razón.

No obstante, haberse ganado cierto orden civilizatorio con la llegada de la democracia burguesa elitista, y ante el enfriamiento de las rutas alternativas al contractualismo individual, se reproduce de modo estructural un ciclo perverso de violencia política autoritaria que no sería el resultado de la “insecularidad” de ciertas regiones del país afectadas por el atraso y la pobreza sino producto de la desaceleración histórica que se generaría con el trituramiento y desarraigo de la cultura, al ingresar ésta en una vida embadurnada por la mentira persistente del consumo y la publicidad.

El divorcio relativo entre una cultura popular que se avienta a los mundos plastificados de la seducción mediática – aunque presiente que tal expresión no lo completa como individuo- y una racionalidad organizacional que solicita constante esfuerzo e irracionalidad tecnológica, es la razón de que actualmente el muro que contiene el desarrollo de nuestra formación sociocultural resida en la profusión de un discursivismo postmoderno, que sólo desvía la identidad de su papel de desatar el nudo de la dominación y la ideología ahistórica .

A pesar que la creatividad subalterna ha sabido asimilar mágicamente la inflexible trampa de cascarón economicista, redefiniendo inteligentemente las economías populares y los saberes tradicionales en la dirección del progreso material, tal avance material contrae curiosamente el desarrollo espontáneo de la vida cultural real, exhibiéndose la manifestación de una cultura autoritaria y violenta que aminora toda expresión de armonía y reconocimiento cultural. El Hecho de que el diseño político democrático se desentienda de la conducta de las estructuras culturales explica que la cara opuesta de la individualidad tolerante y cosmopolita, que propagandea la cultura del mercado, sea el desarrollo de un fundamentalismo cotidiano que sólo desperdiga resentimiento y odio hacia lo que sí logra flexibilizarse y adaptarse.

Cuando el desaforamiento revolucionario es desactivado como razón política y se contiene su violencia antimoderna éste se fragmenta en el desarrollo de un individualismo delictivo y cínico, que infecta el entramado sociocultural de un egotismo desviado y enfermo capaz de ya no arrebatar el poder estatal pero si de transgredir todo orden social con la amenaza física y simbólica para el derecho de propiedad y la integridad humana .

La descentralización de la cultura autoritaria es la táctica que hallan las culturas populares para reservarse sentido, cuando el vacío del cosmopolitismo hipócrita le arrebata a la subjetividad porciones significativas de certeza y seguridad ontológica. Aun cuando tal existencialismo defensivo y delictivo es ideológico y autodestructivo se prefiere su dominio regresivo e ignorante a tener que acostumbrarse a los torbellinos inciertos de la modernización reflexiva, o la postmodernidad individualizante, porque la velocidad de la vida moderna desenmascararía que esta en realidades no tiene sentido, que todo es vacío y efímero . Aún la cultura sigue buscando la autenticidad.

Mercado y resentimiento estructural.

Con la llegada del mercado irrestricto como principio de organización monetaria de todas las relaciones sociales, se producirían grandes mutaciones de orden cultural que desvanecerían el peligro de la violencia política pero que gestaría nuevos atascamientos de raíz cultural que dificultan hoy en día el acomodamiento democrático e institucional de la diversidad social. La fuerza de la democracia representativa se desvanece en la medida que la economía de mercado liberada divide y fragmenta a las sociedades populares, y por consiguiente, vuelve en irrepresentables a las necesidades de los actores democráticos que perecen relegados en la pobreza y en la conducta radicalista.

Cuanto más el contractualismo liberal expulsa de modo humano a la pluralidad cultural, que dice representar, porque su sola inclusión significaría reformular una democracia de bienestar incompatible con los intereses empresariales, tanto más le otorga a la razón mercantil la legitimidad para disolver y utilizar los marcos de socialización que dicho mercado dice favorecer.

La sociedad segregada por el mismo mecanismo apátrida y desarraigante que debería combatir dicha segregación, es subordinada con todas sus riquezas y sistemas de significación a un patrón de acumulación que concentra poder económico y destruye las capacidades productivas de las naciones. Es la guerra que se ha gestado contra el centro de la vida cultural, hundiéndola en las profundidades de la imprevisible industria cultural para transformarla en conocimiento gerencial y administrativo, que sólo reproduce el poder de la muerte, lo que debe poner en guardia a la vigilancia democrática para no caer en el hechizo del placer desbordado que sólo genera traición y egoísmo.

En otras palabras, la decadencia de la sociedad y de su rica sustancia solidaria es la que entrega a la vida inclasificable en las manos de la atomización cosmética e hipócrita – donde todo es frívolo, diplomático y pragmático- o en el rencor de los fundamentalismos moralistas donde cada quien se hunde en la fuerza autodestructiva de la falsa comunidad .

La globalización económica no sólo le arrebata a las sociedades el derecho de autodeterminarse y conducirse soberanamente – con la internacionalización de las decisiones en materia de política económica- sino que además obliga a la cultura sometida a acostumbrarse a los vientos huracanados del caos ontológico que provoca el socavamiento digital de los medios de comunicación y la destradicionalización de las biografías vitales. Es esta constante desestabilización y metástasis sociocultural a la cual se ha acostumbrado la parte empresarializada de la vida subalterna, cuando se trata de sobrevivir y reproducir el patrón de acumulación, lo que empuja a la vida sentirse descontenta con el perpetuo paréntesis en que se halla la cultura.

Es la propia vida que se ha integrado a las fauces del capitalismo informacional lo que provoca ese resentimiento nihilista hacia aquel sistema anarquizado que defendería como enajenados que son. El contentamiento ejecutivo con la oscuridad de la mercancía se trastoca impunemente en rechazo a la sensibilidad honrada de la persona que es calificada de sentimentaloide y débil; el liberalismo cultural que publicita desvergonzadamente una individualidad que debe acostumbrarse a la mayor prostitución de la cultura es el pretexto que encuentra la violencia autoritaria para defender cerradamente a la cultura de las provocaciones del cosmopolitismo.

El libertino y el cínico que entregan las costumbres a la mayor de las manipulaciones son combatidos por la envidia o su flexibilidad bohemia o hedonismo placentero. El no poder ser un individuo completo luego de tantos embelesamientos despavoridos es el motivo que empuja a romper el juego falso de ser un individuo atiborrado de ideologías por el regreso de un moralismo represivo que le dice no a los sentidos desbocados. El ascenso y la caída del ser individuo que experimentan las identidades persuadidas a aceptar el liberalismo antropológico es el precio que hay que pagar por sofisticar la autoconservación. A mayor cosmopolitismo autocultural mayor es el odio que le reporta la cultura de los que quedan rezagados en la lucha económico-cultural . En las funciones hay equidad en la cultura subsiste la segregación, que toma la forma de violencia.

Aunque gracias al agotamiento de la modernidad disciplinaria se ha aprendido a desarrollar una visión reduccionista de la naturaleza humana, sino un panorama que atrape las diferentes dimensiones enriquecidas de ésta, la verdad es que tal personalismo que auspicia el progreso de un enfoque etnocéntrico ha representado un retroceso para a la formación estructural de los espacios periféricos. Es decir, mientras el proyecto inacabado de la modernidad cedió el paso en los centros hegemónicos a una versión cualitativamente superior del vitalismo postmoderno – por lo que se puede decir que ahí se anida concretamente un multiculturalismo frívolo conciliado con la reflexividad del sistema complejo de organizaciones – aquí en los ámbitos subdesarrollados la adopción de la sensualidad postmoderna sin que se lograra expresar una conciencia social medianamente racional ha devenido en la siembra de una vida narcisista que desconecta al individuo funcional de su responsabilidad con la totalidad social, ahí donde toda racionalización empresarial implica la destrucción de un multiculturalismo fracturado y agresivo .

Quiero decirlo con todas sus letras: el postmodernismo como fase cultural del capitalismo tardío e informacional en las sociedades periféricas funciona como una gran ideología que estimula la mezcla consumista de las categorías populares y todo con el objetivo de fabricar una gran cultura de la dominación que evite la evolución de la estructura económica, ahí donde este queda atrapada en la vida reticular de las economías solidarias . La razón del fracaso de la nación como organismo unificado reside en que el sistema productivo primario-exportador del cual depende la población peruana, paradójicamente bloquea el ciclo natural de desarrollo de la formación socio-histórica atascada, por consiguiente en la ceguera ideológica de las identidades digitales y de las organicidades complejas.

Conclusiones: dogmatismo y proyecto subalterno.

La fragmentación de la totalidad social o su redefinición en una red compleja de conexiones efímeras, que no alcanzan a consolidar relaciones fijadas, delatan los sinsabores de aquellas identidades que no saben acondicionarse a los inciertos rumbos espasmódicos del ser global. El dogma y la certeza ideológica se instalan como los escudos simbólicos que despliegan las identidades disconformes con la celeridad caótica del mundo administrado, porque es la desigualdad en la cobertura de asegurar el desarrollo de la individualidad la que genera subjetividades proclives a no saberse desenvolver con astucia en el desorden global.

Aferrarse a un plan predeterminado durante toda una vida, por el propósito de no extraviar el sentido que a uno lo llena, es la colonialidad ideológica que no deja que el individuo sepa adaptarse a las variadas circunstancias del mundo capitalista. Como nada debe tener un origen que no sea expresado de modo monetario se hace difícil para el sujeto echar raíces en algún lugar que no sea deshecho por los procesos de modernización cultural.

A pesar que cada quien anhela un destino doméstico donde poder atrincherarse existencialmente, lo cierto es que la vida se ve obligada a tener que acomodarse a los paisajes organizativos del ser funcional, porque de no hacerlo, al no politizar su propia biografía todo aquello que más adora terminaría siendo una mentira. La necesidad de evadir el dolor, de garantizarse algo fijo donde reconocerse lo hunde a uno en la edificación de una suerte falsa que no nos llevaremos cuando fenecemos; aún cuando sabemos que un escepticismo terapéutico aliviaría de modo decente el tránsito hacia la nada, se persigue agigantar los impulsos culturales del individuo como un modo estrecho de inmortalizarse, cuando tal, ideología destruye y cohíbe el real imperativo de una vida conforme consigo misma. La destrucción que despliega el sujeto para defender su nicho cotidiano lo hace esclavo de sus propias fabricaciones ideológicas. Ya que la vida social es desviada de las reales preocupaciones cotidianas que aún se centran en las susodichas políticas de reconocimiento cultural, todavía se enmascara la problemática de la desigualdad material.

Aún cuando en la incompletud ontológica que experimentamos todos, sobrevive la sospecha de que la cultura también es un hecho inacabado que se recrea ideológicamente – pareciendo de este modo realizada- se sigue promoviendo como síntoma de la derrota simbólica un orden de significados vacíos que lo único que desatan es una violencia social incontrolable, pues en la concreción del trauma físico sobrevive la idea incuestionada de que si existe y se posee un poder transitorio.

En tanto la dicha del capitalismo sea reproducirse sobre la gestión de su anarquía cultural que despoja a la subjetividad de toda seguridad axiológica, y que funciona como una muralla metafísica, la individualidad seguirá experimentando de que los valores que la guían y la determinan son insignificantes y vacíos. Porque la vida contaminada por el hechizo de lo abstracto es la clave de toda esclavitud ontológica, se debe apelar a aquellas partes del orden social que poseen residuos de una existencia incontaminada, como parte de una creación de nuevos valores que ayuden a persuadir que la plasticidad cosmética del hombre burgués es sólo detenerse y subdesarrollarse a sí mismo.

Mientras todo colisione contra las barreras ideológicas de los discursos monoculturales, no haciendo más que enquistarnos en la ilusión del poder no podremos ver que la naturaleza de éste no reside en la represión desublimada sino en el libertinaje de corporalidades que llevan fragmentariamente la modelación de lo ideológico. Sólo un proyecto subalterno que atraviese la solidez de los discursos cotidianos, donde la vida se identifica con la muerte, con la guerra cultural, es capaz de deconstruir la violencia que nos ha perseguido como lo contrario a la falsedad de lo civilizatorio y lo cosmopolita. Y hoy sin atisbos de prganización política esa fuerza emerge como nación a través de las emeociones y los esfuerzas de los emprendedores y sus redes de información de y de vida social. Faltarán años para que estas formaciones cuajen una institucionalidad política. Pero eso ya es obra de que lo viejo que fue tan discriminante y abusivo deje nacer lo nuevo, en base al reencuentro insospechado de la cultura con la tierra de nuestra antigüedad extraviada

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Profesión, mercado y sociedad peruana

by on May.03, 2011, under Sin categoría

Ronald Jesús Torres Bringas.

La brusca reestructuración del perfil profesional en función de un acomodamiento de las fuerzas sociales a la lógica del mercado, evidencia el total subordinamiento de la psique cognitiva a un esquema de producción de conocimientos que se desdice de la obligación ética de construir interpretaciones con una finalidad de otorgar sentido y afirmación subjetiva. Es decir, la cruenta disolución de las condiciones intelectuales que orquestaban una evolución programada de la formación socioeconómica, condicionó que la energías profesionales se dirigieran no sólo a legitimar ideológicamente el nuevo modelo de desarrollo que se impuso, sino que además obligó a que se reconstruyeran curricularmente, en términos de diseñar talentos que reprodujeran acríticamente las agendas tecnocráticas, sin importar que tales ambientes formativos influyeron en la edificación de caracteres sociopsicológicos que pisotearían las resistencias oníricas y las fantasías colectivas que la vida profesional jura en el discurso respetar.

Los actores democráticos sin la necesaria habilidad institucional para contener de modo frontal el avance de una moralidad técnica que los pondría de espaldas a las urgencias nacionales, no obstante, consiguieron evolucionar ilusiones estratégicas y microsistemas de domesticación democrática, como fueron las experiencias populares de la economía informal, para reapropiarse de modo alternativo el impacto de una filosofía profesional y ejecutiva que exigió despóticamente en ellos máximo rendimiento y complicidad absoluta, pero que fue haciendo reposar en los talleres artesanales de la innovación sociocultural, reservorios terapéuticos de significado con los cuales le fue posible a las poblaciones explotadas domesticar intuitivamente y justificar la inestabilidad del mercado laboral.

La caótica y desarticulada división del trabajo que se apoderó de la oferta laboral, si bien no fue reconfigurada políticamente a favor del bienestar general, sobre todo de los excluidos por la competencia económica, fue posible ser sublimada por la personalidad periférica a través de la evasión de requerimientos administrativos, y a través del robustecimiento de una ética del trabajo- “chamaba es chamba”- que legalizo indirectamente el avance de una razón técnica que empobreció la experiencia de verdaderas motivaciones individuales. Aquí el desequilibrio entre el trabajo intelectual y el trabajo manual se decidió en términos de la naturalización degradante del trabajo intelectual, que en las sociedades de un abismal consumo se traduce en la forma de una labor afectiva y de servicios sociales, que lo único que desarrolla es una habilidad, disimulación y falsa tolerancia, porque en realidad lo que representa este trabajo social es la aceptación de una introyección técnica disfrazada de buenos modales y de una cortesía ridícula. Esta en lo cierto Hard y Negri cuando afirman que las demás formas de trabajo se subordinan a la forma del biopoder del trabajo inmaterial, pero lo que no dicen es que el rostro miserable que cobra este en las realidades periféricas bloquea el intervalo y la distancia simbólica necesaria para invertirlo en una práctica acrecentadora de las cualidades personales, en una real humanismo no esclerotizado ni esnobista, que es desalojado de las regiones subdesarrolladas.

En la medida que aquí la sobre exposición maximalista de la razón tecnocrática apertura el dominio de lo real a la multiplicación de los agentes empresariales, se facilita una colonización irresistible de la personalidad periférica, por obra de una descentralización microesférica del poder capitalista, no quedándole a esta más remedio que fugar a través de la deconstrucción cínica, y del avance de una estupidez consciente que torna irrelevante la explotación de la naturaleza material y sensorial del individuo. Cuanto más el mundo económico es trastocado en función de los intereses privados, tanto más el profesional oprime sus propios planes de redención individual con el propósito de programarse e inmunizarse frente a la proliferación de organismos técnicos que lo van despojando irrefrenablemente de la visión moral para responder ante las consecuencias sociales que desata su presunta vocación profesional. El silencio psicoafectivo al cual se ve reducida la individualidad profesional delata el repliegue de una identidad que no cuenta con mecanismos institucionales de negociación para traducir la extenuación que le reporta la economización desbocada de la realidad, y por consiguiente, se ve obligada a originar transmutaciones psicológicas de su propia integridad psíquica, con el objetivo de adaptarla a las convulsiones mercantiles de un mundo regido por organizaciones.

En otra palabras, la carencia de contrapesos comunicativos desde el mundo de la vida extiende el poder de la afinidad técnica en las sociedades sin autonomía histórica al extremo tal que sus fuerzas ideológicas se ven contaminadas de una responsabilidad sólo gerencial y eficiente, cernadas, por lo tanto, las raíces ontológicas para rebatir emancipadamente un saber digital que priva a las energías intelectuales del derecho de pensar la sociedad concretamente. A medida que se nulifica la imaginación dialéctica para depositar en los movimientos sociales propuestas civilizadas de desarrollo, el instinto reflexivo es desterrado de las subjetividades radicales, obligado, por lo tanto, a refugiarse en la corporalidad de existencias geniales y talentos apartados, que no cuentan con el suficiente liderazgo político para traducir la voluntad de su discurso proselitista en experiencias prácticas de desarrollo. Cuanto más la sociedad urge de ser movilizada y mejorada técnicamente hablando, tanto más la ciencia de los conocimientos puros se retira hacia el padecimiento abstracto, arrebatándole al ingenio técnico auténticas capacidades empresariales para traducir los ejercicios especulativos en garantía de desarrollo sostenible, y así poder superar la división corrupta entre un humanismo irresponsable y teoricista – sin la necesaria convicción hermenéutica y descolonizada- y un devenir tecnocrático, que despejado de la suficiente prudencia desarrollista se hunde en la ceguera administrativa y en el despilfarro de las fuerzas profesionales.

Si bien el equilibrio macroeconómico que ha logrado la formación social se debe a que nuestra fragmentación y culturalización empresarial coinciden con la reacción voluntarista de los sectores populares que la vivifican, lo cierto es que esta estabilidad autopiética se sostiene sobre al inclusión escasa de los segmentos poblacionales más aptos para sobrevivir en la competencia socioeconómica de organismos complejos, y no en el control solidario de los circuitos económicos que puedan arrancarle a la inversión privada acuerdos sustanciales de redistribución material y democratización simbólica. En la medida que la riqueza de la totalidad depende de la ampliación descarada de un individualismo organizativo, acorde con las necesidades de reproducción de los intereses privados y trasnacionales, se obstruye el desarrollo de las epistemologías colectivas desde las cuales sostener materialmente saberes alternativos que contrabalanceen y redefinan el poder abrumador del capitalismo global. El habitual dominio y adoctrinamiento de nuestras capas profesionales, por obra de una psicología de la eficacia y de la calidad total, embiste de frente a la claridad humanística necesaria para iniciar desde la aventura intelectual la constitución de un registro analítico que permita la expresión emancipada y directa de los saberes sometidos

Estos desprovistos de la precisa habilidad deconstructiva para desconfigurar aquellos tejidos obsoletos y autoritarios, que restringen su participación efectiva en la redes de la política económica, se deciden por la improvisación artesanal y las economías solidarias del discurso microempresarial, provistos de un intuicionismo gerencial para leer oportunidades de inversión en el mercado de bienes y servicios, pero privados de la suficiente especialización y calificación productiva para desarrollar experiencias empresariales de mayor calado y racionalización. Quizás la evolución de una mentalidad peculiar para desarrollar una racionalidad productiva coherente con la heterogeneidad ecológica de las economías populares, esté bloqueada por la terquedad de los saberes subalternos para no expresar civilizatoriamente y en el espacio público sus contenidos culturales implícitos, de un modo institucional, en el progreso y consolidación de una estructura industrial singular, que aproveche los mestizajes y las innovaciones simbólicas que se manifiestan de manera informal. Mientras que la rudimentaria economía periférica no anime, ni haga participar productivamente al grueso de los discursos populares para elaborar una arquitectura de la complejidad proporcional con nuestras urgencias nacionales, seguirá habiendo un divorcio escandaloso entre la inventiva de la sobrevivencia y los diagnósticos complejos y generales de la existencia profesional, que permitan vulnerar el estado incipiente y descalificado de las economía de la solidaridad, por medio de una orientación programada pero estratégica del desarrollo económico.
El profesionalismo al ser víctima de este desgarramiento objetivo entre la experiencia tecnocrática y el registro humanista, degenera y retrocede hacia una actividad bárbara y delincuencial, que amenaza la integridad de las redes de solidaridad que su despliegue vocacional dice defender y conservar, no sintiéndose, por lo tanto, responsable de las consecuencias sociales negativas que su acción ocasiona en la sociedad, porque reducen la ética profesional a una cuestión de eficiencia y resultado coyuntural, porque afirman ellos que “sólo cumplen con el trabajo por el cual han sido contratados”. En la medida que el desenvolvimiento irresponsable de la energías profesionales se desentienda de la textura de la vida social, que irónicamente le otorga significado y protección simbólica, seguirá colaborando para destruir las misma bases objetivas que garantizan la realización de sus éxitos profesionales, conspirando indirectamente en contra del crecimiento de ideologías morales que contengan y prevengan la expresión de discursos desligados de los intereses del espacio público. La identidad profesional al ser descabezada de imperativos éticos se hunde en la ceguera e irracionalidad tecnocientífica, con cierta disposición para ofrecer resultados auspiciosos y con cierta capacidad de adaptación al mundo técnico, pero amputada de la capacidad de juicio necesaria para comprometer su agigantamiento individual a un proyecto de desarrollo social compartido, que reclama la complejidad de una realidad altamente erosionada por el discurso del mercado.

Tal vez la paradoja de todo lo que he narrado consiste en que un mayor involucramiento de los talentos individuales implica curiosamente reportarles mayores recompensas monetarias, y por lo tanto ingentes comodidades para asegurar la práctica eficaz de sus lealtades, lo cual a la larga va desmontando el frágil compromiso moral que previamente modeló la vocación profesional con la sociedad, y va robusteciendo la visión del especialista, de su ámbito de intervención específico, de una relación cosificadora y exclusivamente funcional. Si bien lo que anima la formación del profesional en sus incursiones iniciales y en su adiestramiento técnico, es mejorar considerablemente su calidad de vida, demostrando su eficacia y competencia en el ámbito laboral, existe en el espacio de ilusiones y romanticismos embrionarios una noble actitud de modificar con su trabajo relaciones consideradas injustas, una conducta altruista que lamentablemente se va diseminando a medida que las urgencias inmediatas y la necesidad de saciar la sed de realización privada evaporan todo vínculo con el desarrollo de la inmadura totalidad.

Esta ideologización previa que suele prolongarse más allá del adiestramiento profesional obstruye en las regiones periféricas toda iniciativa por concretar individualidades capaces de adaptarse al ritmo desenfrenado de las circunstancias, porque estas no muestran la habilidad suficiente para transformar la mediocridad y el exceso de altruismo historicista por los humillados, en una solidez personal y en una mordacidad competitiva apta para aprender a navegar en este mundo congestionado de fracasos. Los cuellos de botella existencial que genera la justificación para no participar en las selvas de la competencia económica, que deteriora el respeto por la persona, siembran un amor demasiado romántico hacia las cosas, un amor, en fin, que otorga, sin lugar a dudas, un motivo para vivir, pero que va acumulando un odio visceral hacia aquellas subjetividades que consiguen desarrollar voluntades profesionales, acondicionadas para sobrevivir en esta jungla de simbolismos descarados. A la larga estas rebeliones espirituales despreparan perjudicialmente al individuo y lo van arrinconando hacia la persecución de un ideal nocivo para la salud individual, un ideal que no ingresa en los deseos de movilidad social como una ética profesional porque la desestructuración y el riesgo de la vida económica compelen a la conciencia a dejar atrás las ideologías infantiles y compenetrarse en la obligación de tener que confirmar la utilidad de su existencia.

Aunque este humanismo primario esta retrocediendo en las capas profesionales debido al impacto del proceso de personalización que incrusta en los sistemas de personalidad una disposición psicológica a favor del protagonismo individual, que manipula el entrenamiento profesional como si fuera una catapulta para ascender socialmente, la verdad es que los residuos fantasmáticos de un adecuado enfoque humanista son necesarios, porque sin ellos el individuo se instrumentaliza desaforadamente, y no se completa en él un proyecto educativo ilustrado exitoso que haga pensar que su paso por los claustros universitarios reforma el espíritu de la persona de un modo integral. No es la razón de un cambio ontológico total la que decide la conservación de esquemas humanistas en la formación profesional, sino la urgencia de contar con un carácter ético y respetuoso de la dignidad de la persona que refrene aquel totalitarismo individual que deteriora gravemente los lazos sociales, evento que lleva a pensar que la disciplina moral esta necesariamente ausente de la exterioridad profesional porque estrangula y cohíbe la iniciativa privada. En tanto la regla de la competencia profesional dependa para su funcionamiento de incentivos mercantiles que deshacen tajantemente el vínculo profesional que la calificación productiva debe tener, seguirá siendo complicado desactivar la reproducción de una moral clientelar y de la corrupción que derriba ideológicamente el apropiado camino del crecimiento profesional, concibiéndolo como un individualismo que saquea y concentra poder a espaldas de la graves problemas de la sociedad.

La tendencia del poder cognoscitivo, que reporta itinerarios profesionales a transgredir los canales oficiales para su aprovechamiento social, delata que la producción de conocimiento no se desliga de contextos de significación escandalosamente patrimoniales y autoritarios, los cuales al reproducirse reticularmente en los estratos simbólicos desplazan los compromisos iniciales que las resistencias solidarias imprimen en la personalidades en proceso de formación. Es quizás increíblemente la imposición de un proceso de instrumentalización sofisticado, correctamente orientado desde mecanismos de domesticación cultural que aminoren su tendencia a la transgresión, lo que otorgaría la ventaja original de los actores democráticos a abandonar interpretaciones excesivamente dogmáticas de la labor profesional, y de esta manera limpiar el camino institucional para el desarrollo de una pragmática que asimile que su éxito proviene de condiciones hermenéuticas originales y se dirige en su realización necesariamente a enriquecer el todo social. No verlo de este modo significaría depositar toda la confianza de una adecuada vigilancia democrática en la consolidación de transformaciones organizativas individuales que preserven por una cuestión de reserva moral cuotas civilizadas de humanismo, situación que esta lejos de la realidad y que no alcanzaría a revertir el proceso de privatización implícito que experimentan las identidades colectivas. Actualmente todo el principio de construir sociabilidad profesional no descansa en el accidentado y mezquino proceso de socialización homogéneo y represivo de la modernización autoritaria, sino en la aceptación del cambio cualitativo que representa la introducción de la moral pragmática, para ulteriormente canalizar toda la invención que genera la construcción de subjetividades profesionales que creen conocimiento solidario a partir del subordinamiento y desactivación del discurso de la rentabilidad económica.

El agigantamiento del capitalismo de flujos, al cual se remite el relato profesional por preservar el derecho a sobrevivir no niega el hecho de que un exceso de competencia profesional resulta agresivo y arbitrario para la integridad de los lazos subjetivos que preservan los factores democráticos, pero también un exceso de confianza en la domesticación civilizatoria, que ofrece el relato humanista, termina por desactivar la voluntad para estimular un crecimiento del fenómeno económico. Tal vez la redefinición de los saberes emergentes demuestra que este conflicto entre visiones útiles del saber profesional esta llegando a su fin, y que el dualismo se resuelve a favor de la tecnificación de los discursos profesionales, lo que provoca un desentendimiento comercial de las posibles capacidades saludables que adoptaría un discurso humanista, reducido en estos casos a una pantomima agradable y esnobista sin derecho a hablar. Este desequilibrio que se inserta como lógica biopolítica se demuestra con mayor claridad en las carreras profesionales asociadas al humanismo técnico y a un trato cordial y responsable con la integridad física de la persona. Es un hecho aceptado silenciosamente por ejemplo, que el galeno para ejercer un cuidado sanitario del cuerpo del paciente hace uso de un poder vertical y despótico sin el cual sería imposible conseguir el propósito de diagnosticar y erradicar la enfermedad, pero de ahí a basar la eficacia de la sanación en el negocio de la enfermedad más que en el deber interior de salvar vidas es en realidad una deformación ideológica que debe contenerse y corregirse.

No quisiera etiquetar de un modo despectivo el comportamiento de la lógica médica. En su gran mayoría la corrupción mercantil no ha a dañado los atributos morales del legado hipocrático, pero muchas veces la frialdad que necesitan para conseguir resultados clínicos lo transmiten impropiamente a dimensiones donde se debe escuchar un ligero trato y comprensión humana. El mismo trato de vaciamiento ético se observa en carreras donde la práctica profesional necesita una eficacia desnuda e indiferente como son abogacía y educación. Es cierto que la intromisión desmesurada de prejuicios altruistas puede desacelerar la pericia para resolver prácticos pueden convertirse en serios reveses ideológicos que ahogan a la personalidad en un odio justificatorio irreversible, pero de allí a expulsar los fines éticos de la rigurosidad profesional sin importar las consecuencias negativas que pudieran surgir, sólo por conservar cuotas deliciosas de dinero comodidad y éxito individual es un hecho que debe ser reprobado y corregido de inmediato. La ética no sólo esta restringida a los intercambios individuales, a la rigurosidad de procedimientos para conseguir resultados auspiciosos en lo profesional o en una sugerencia humanitaria e instructiva que nadie cumple, sino que su influencia cualitativa debe compensar y controlar a la descarriada competencia y a la rivalidad que los conglomerados transnacionales y ejecutivos osan desperdigar en el mundo social de las profesiones. En la medida que la vida sea absorbida por la razón del mercado, el discurso ético formalista que defiende la libertad negativa debe ser conculcado por insuficiente, siendo subordinado toda ventaja económica a la permisa simple de reproducir sin riesgo alguno la vida comunitaria. En este contexto el perfil profesional que está siendo delineado por las fuerzas económicas debe incluir más allá de una sólida competitiva un vivo interés por conectar los desarrollos personales y toda la gama de saberes especializados a un proyecto de desarrollo público, dejando de lado aquel arbitrario pretexto de que la masificación del bienestar en sí misma desactive el hambre por prosperar de que la redistribución justa y la socialidad de los vínculos personales cohíben la iniciativa privada. En última instancia una conciencia profesional que no admita en sus acciones principios éticos cualitativos corre el riesgo de no tener lecturas apropiadas y veloces para domesticar y sintetizar la complejidad de los movimientos caóticos del capital. Es una cuestión de ética del discurso lo que haría del pragmatismo económico una cuestión saludable de reinvención democrática.

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Curriculum, perfil profesional e intelectualidad orgánica

by on May.03, 2011, under Sin categoría

Ronald Jesús Torres Bringas

La polémica con respecto al vivo interés que despierta en los últimos tiempos la reactivación comunitarista del movimiento estudiantil, concita en los límites de este ensayo una serie de reflexiones socio políticas referentes al abismo epistemológico y antropológico entre la producción universitaria del conocimiento y su protagonismo práctico concreto. En la contemporaneidad de un movimiento social múltiple que presiona sobre los cimientos reduccionistas del Estado de derecho neoliberal el que se debate con respecto a los fundamentos pedagógicos y produccionsitas del diseño curricular cobra un énfasis original, en la medida que las organizaciones de la sociedad política de los claustros universitarios urgen del control estratégico del proceso educativo de las inteligencias académicas para legitimar y operativizar teóricamente las decisiones que en materia de gestión ciudadana se hacen necesarias en el espacio público de esta sociedad periférica

El relativo aniquilamiento ideológico de los centros de producción del conocimiento nacional-desarrollistas y el subordinamiento posterior de la subjetividad universitaria a los cánones empresariales y tecnocráticos del nuevo patrón de poder global, han condicionado que el despliegue científico sea percibido erróneamente como una labor administrativa por la cual se percibe una remuneración periódica, desplazándose paulatinamente de la conciencia cotidiana el concreto compromiso ético que significa el trabajo científico con el porvenir de la sociedad peruana. No negamos que el inflamiento ideológico que supuso el proyecto populista trajo serios problemas a la hora de resolver problemas técnicos, que urgían decisiones no bloqueadas por dogmatismos obnubilantes, pero la verdad es que el desdibujamiento estructural que prosiguió al agotamientos del proyecto populista dejo en una situación precaria al componente político de la decisión gubernamental, es decir, sin la suficiente capacidad de maniobra ejecutiva para desarrollar una lectura apropiada en función del bienestar general.

Desde que el diseñó profesional y sus productos técnicos se desentienden de las consecuencias sociales de sus incursiones tecnocráticas se ingresa e un escenario donde la validación del patrón de desarrollo se sostiene sobre la base desideologizada de la metodología individual burocrática, en la cual la práctica organizacional del Estado o de la empresa privada, a la cual no se la percibe como parte vibrante del proyecto de vida singular. Creo que la razón principal de que no exista una sólida ética del funcionariado público en nuestra realidad organizacional descalificada, es que el escenario universitario donde se forja la subjetividad profesional esta siendo infectado por una psicología egocéntrica que sólo percibe el adiestramiento cognoscitivo como una etapa previa y embrionaria de sus deseos de movilidad social y no como un proyecto ilustrado de formación integral de la personalidad, tan necesario en la realidad organizacional de hoy, porque es la única garantía antropológica de que se exprese una inclinación afectiva con respecto a los programas colectivos que se derivan de las jerarquías burocráticas. Sostener la lealtad procedimental del profesional sólo en un sistema sofisticado de recompensas salariales dejando de lado la legitimación ideológica que la labor individual le debe a la estructura burocrática. Por eso, visualizando que la carencia de una estructura actitudinal humanista conduce a un escenario de grupos profesionales interesados, creemos que un estudio a profundidad del lugar ontológico donde se forma primariamente la intencionalidad profesional resulta coherente con el examen minucioso de la s relaciones entre el perfil curricular y la formación social específica.

Humanismo y formación profesional.

Hablar de curriculum académico en un contexto social tan expuesto a la obsolescencia y lo efímero como el nuestro, significa estar siempre atento a las improvisadas e ingeniosas modas académicas que asaltan el embrionario espacio público del debate social. Adecuar estratégicamente las energías cognoscitivas para dar validez y sostén ideológico a conspicuos y diletantes modas académicas, que no trascienden mayormente en políticas públicas, significa en el fondo parapetar a los escenarios universitarios de ideologías farfulleras y de exageradas consignas doctrinarias, que proveen a la individualidad intelectual de una atmósfera política cargada de símbolos y de banderas humanistas, que en última instancia alejan al talento individual de las bases empíricas y prácticas del real ejercicio profesional. Si bien la inserción de la conciencia juvenil en cascarones ideológicos, rotundamente dogmáticos, engarza a una identidad juvenil – generalmente desorientada y sin compromisos sociales – con un acertado y justificado mensaje crítico. Al verdad es que esta virtud reflexiva se va convirtiendo, a medida que las exigencias profesionales se apoderan de las circunstancias prácticas, en una sólida regresión psicológica que obstaculiza la adopción saludable de un necesario poder de gestión social sin el cual el perfil profesional se ve desprovisto de la imprescindible experiencia práctica para sobrevivir.

Como el bombardeo de una atmósfera universitaria conciliada con el discurso humanista de la justicia social provee a la conciencia juvenil de un discurso apasionadamente reivindicacionista se hace muy difícil que el entrenamiento curricular que se consume en los cinco años de pregrado. Logre vulnerar los complejos y prejuicios ideológicos que detienen en sí el urgente desarrollo académico-profesional. Por más que los aspecto pedagógicos del curriculum profesional estén diseñados para dotar de habilidades de producción intelectual a la subjetividad del educando, lo cierto es que los discursos ideológicos socialistas y la previa intencionalidad egoísta del universitario bloquean el progreso de identidades intelectuales, que sin sacrificar el aprendizaje de un oficio que recompensa económicamente, logren elaborar lecturas totales u congruentes con la problemática y agenda social que se discute tímidamente en el espacio público. Mientras se observa que el desarrollo de los intelectuales orgánicos es algo seriamente escaso en la producción académica de las instituciones de educación superior, debido a que la autoconservación individual se impone como lógica cruda de la supervivencia material y simbólica, también se termina por imponer la carencia objetiva de liderazgos intelectuales en relación estrecha con la producción de subjetividades rebeldes que originan los movimientos sociales. En la medida que no exista una vinculación originaria con el ethos subalterno de las víctimas cotidianas de la pobreza estructural, es decir, en la medida que no exista una fuerte imbricación ideológica con la cultura popular será muy difícil alterara significativamente esa mala costumbre de explorar turísticamente el espacio público, en la búsqueda de ornamentos exóticos y esencialistas que sólo enfatizan la capacidad de transmutar valores para el cambio cultural como la única alternativa de resistir el poder monocultural del capitalismo

Es urgente hacer frente a esa desviación narcisista que introduce una epistemología existencialista en las órbitas de las preocupaciones de investigación, porque este exhibicionismo estético en la confección pseudomusical de la reflexión social lo único que causa es incrementar la brecha ontológica que existe entre el intelectual despreocupado e irresponsable que sirve de confidente dicharachero de la oralidad trágica, y una textura social desprovista de amortiguamientos políticos con que conquistar un reconocimiento y redistribución social negado históricamente por las oligarquías culturales. Es difícil decirlo, pero el cambio de época que influye sobre la cosmovisión representativa de las categorías mesocráticas ha hecho que estas sustituyan obligadamente los enfoques críticos de la ideología nacional-desarrollista por un pensamiento fenomenológico y subjetivista que deposita la confianza del desarrollo cultural en la disposición voluntarista y en los esfuerzos constructivistas de las categorías individuales. Creemos ciertamente que la tendencia que demuestra el diseño curricular a promover una postura espiritualista resulta coherente en estos tiempos postmodernos, en donde nada alcanza sostenidamente afirmación simbólica, pero creo que de un modo objetivo y responsable esta posición ideológica aleja verticalmente a la reflexión social de su compromiso funcional con la formación socio-histórica. Esta conclusión es algo parecida a lo que Quijano insinuó en uno de sus artículos: la currícula adiestra con una epistemología de derecha mientras que la atmósfera universitaria respira una epistemología de izquierda.

Es interesante mencionar que la vuelta del pensamiento vitalista-común en las raíces primigenias de nuestra filosofía social no representa un reencuentro originario con nuestra endógena tradición peruanista, sino la aparición subalternizada de una hibridación neofeudal que hace reposar el objetivo, que es el cambio cultural, en la asimilación hermenéutica de la metodología reconstructiva como la única vía que existe para procesar el caos ontológico que se apodera del sentido cotidiano. Yo sinceramente rescato las bondades comprensivas que significa defender atinadamente el ethos cultural de las mentalidades populares, pero creo sinceramente que la reproducción de este saber hermenéutico en manos de una clase intelectual sin ningún tipo de interés por la dinámica rebelde de los movimientos sociales predispone a la formación de un pensamiento social academicista y sordo a las súplica de la realidad irracional. En tanto el saber científico no salga a represntar el rol de traducir la semántica innovadora de los saberes populares, para que la ciencia se derrame democráticamente sobre el pueblo. Será complicado detener apropiadamente esa maligna costumbre de ver la producción de conocimiento social como una genialidad solitaria que sólo le corresponde gozar al intelectual más dotado para crear.

Gran parte de que el humanismo altruista sea desplazado por una retórica fanfarrona que sólo desataca las aventuras artísticas de la existencia intelectual es que el diseño curricular sea interpretado por el educando de un modo tergiversado, debido a que el mundo humanista es asimilado como un atributo comunicativo para mejorar los intercambios y la seducción cotidiana. Si bien existe la necesidad de saber comunicar los argumentos científicos y conjeturas para reproducir una cultura intelectual que mantenga la disposición crítica y la capacidad de investigar, la verdad es que los comportamientos indagatorios en ciencias sociales deberían sólo estar acompañados de una virtud retórica y expositiva, y no invadir estos las preferencias sociales a la hora de dar moldeamiento a una figura intelectual o a la hora de seleccionar el tema de investigación social.

La interacción e endeble entre el curriculum académico y el contexto ideológico en el cual este se práctica genera que la formación sólida de los personajes intelectuales este desprovista de un rendimiento profesional lo suficientemente eficaz como para asegurar la reproducción socioeconómica del particular. En ala mayoría de los casos la educación superior no consigue comprometer a los embrionarios intelectuales en un proyecto de ilustración sociopsicológica que logre expresar, por último, un genio para lectura cognoscitivas, porque la transformación emotiva que conlleva moldear la habilidad filosófica implica sacrificar y desprepararse para la vida cotidiana. El rechazo que recive el proyecto escribal del ser intelectual, pues provoca una vida solitaria y empobrecida por la inteligencia observacional, ocasiona que esta sección ideográfica de producción humanista sea descuidada peligrosamente por los actores democráticos, lo cual a la larga condiciona la colonización privada de la razón instruemental, que percibe el saber científico como una terquedad especulativa que hace mucho daño a la conciencia social y a sus intereses particulares.

Gerencia social y formación profesional.

El relativo empoderamiento que ha significado en los últimos veinte años la avalancha tecnocrática en las relaciones sociales ha debilitado la ilusión desarrollista de expandir el juicio racional y modernista en una realidad considerada dominada por la superstición arcaica y por los poderes tradicionales. El apogeo burocrático que ha conseguido la empresa privada, con un sistema flexible y autorreferencial de organización compleja atento a los cambios culturales en la vida económica, ha penetrado convenientemente en el tejido sociocultural de las clases populares y de los sectores mesocráticos desplegando toda una red sofisticada de pequeñas y medianas empresas particulares en términos de la reproducción de estilos de consumo y de las preferencias postmodernas de los sectores subalternos. A demás esta textura microempresarial como prueba palpable de la hibridación tecnoadministrativa que se ha agotado en los últimos tiempos, se comprueba la recepción cultural de una moral instrumentalizadota y del cálculo administrativo que moldean los repertorio simbólicos y los sistema de usos sociales, lo cual esta condicionando el reforzamiento de una racionalidad instrumental que define toda acción social en términos de una resultado funcional y mercantil. El hecho de que la vida esté expuesta a la concepción de una conducta de la rentabilidad y del interés racional fortalece un organismo social infectado de una cohesión de la supervivencia y de la artificialidad frívola que va mermando la relación social comunitaria y basada en la solidaridad orgánica.

Es esta predisposición tecno-egoísta lo que incide en la formación de un diseño curricular que arroja técnicos sociales sin ningún tipo de compromiso ético a cerca de las consecuencias sociales que implica la responsabilidad de la evaluación técnica. Hay sui se quiere una intencionalidad predeterminada en la conciencia juvenil hacia la legitimación de una cultura del dinero que visualiza el sistema de adiestramiento profesional como una oportunidad existencial de escalar posiciones sociales expectantes en la sofisticada estratificación social de la sociedad peruana. No hay me parece en los actuales contingentes profesionales una inclinación solidaria a responsabilizarse de las acciones tecnocráticas, porque la realidad difícil y hostil empuja a las subjetividades profesionales a desarrollar decisiones y ejecuciones eficaces en los diversos rubros organizacionales que impliquen una validación de su desempeño individual. Creo que la gran razón de que el mercado de trabajo presione sobre el sistema universitario para producir ingenieros sociales calificados, no es sólo producto del gran impacto de las reformas neoliberales en el sector educativo superior, sino una mañas complicada demanda de utilidad social desde el tejido popular por tratar de resultar funcional y así poder sobrevivir socialmente, sin operar reformas sustanciales en la arquitectura organizacional del Estado y al sociedad.

De algún modo inesperado la gran capacidad de despliegue administrativo y reformista que presenta la mentalidad subalterna, con base en liderazgos económicos, es que las dificultades que demuestra el diseño democrático-representativo para procesar apropiadamente las demandas sociales se resuelven sólo bajo regularidades que ofrece la institucionalidad del Estado de derecho, y no en la escasez de coordinaciones golpistas o momentos constitutivos, propios de movimientos sociales que quieran provocar una ruptura con el orden existente. En líneas generales, soy de la idea que las identidades sometidas de la complejidad periférica peruana hacen reposar sus habilidades de resistencia y reinterpretación cultural en la suficiente disposición reformista con que imprimen sus múltiples interacciones cotidianas e intercambios económicos, sin deshacer las fuerzas sociales hegemónicas que los oprimen, y que ponen en paréntesis perpetuo sus variados sistemas de significación.

Es la situación particular en que la cultura peruana ha asimilado el lenguaje organizacional, tornándolo en un ethos devorador de todo vitalismo singular lo que condiciona indirectamente que la vida social se vea forzada a instrumentalizar hipocondríacamente la subjetividad del otro. Esta prueba es visible en la forma como el patrón de desarrollo ha empujado a las mentalidades colectivas a estructurar las instituciones sociales en función de una cultura mercantilista y pragmática, lo cual quiere decir, que la conciencia colectiva típica edifica un socius autoritario e individualista que construye desde tempranas edades una biografía egocéntrica y autorreferencial con respecto a la totalidad social. El abismo infranqueable entre una socialidad degradada y autoconservacionista y un proceso de personalización periférico que divorcia a la subjetividad de todo contexto social donde se edifica, inaugura una textura asocial y totalitaria que produce instituciones sociopolíticas antidemocráticas y precarias sin ningún tipo de respaldo social o comunitario. Es la manera despótica como la psicología individual es invitada a formar parte de una complejidad cosificadora y mistificante lo que desdice rápidamente a la singularidad a proteger toda solidaridad popular, pues toda realización autoconformadora a través del proceso educativo es agenciada de modo mezquino y solitario, lo cual va destruyendo los marcos de socialización recíprocos de la sociedad peruana. Digamos que el engullimiento de la vida patológica por obra de la fragmentación del biopoder prepara singularidades conscientes de su papel tecnocrático y de sobrevivientes en una realidad licuada, pero esta misma promoción de una conducta egocéntrica es la que va mermando las bases objetivas donde descansa la reproducción de la solidaridad y los significados comunitaristas del mundo de la vida.

Con respecto a este condicionamiento social del curriculum académico de las ciencias sociales creemos que el exagerado y a veces desmesurado control del lenguaje tecnocrático en la formación de talentos científicos está ocasionando el desvirtuamiento social de nuestras ciencias, y la deslegitimación de una profesión que es vista sólo como una labor gerencial con La cual se consigue remuneraciones y movilidad social. En la medida que no se comprenda que la construcción social implica un compromiso serio y una vocación de servicio social, será muy difícil hacer retroceder el cáncer mercantilista de la política global, lo cual hasta la fecha esta confeccionando una cultura social cínica y despreocupada de la problemática social.

Gremios y movimiento estudiantil.

Desde la democrática reforma universitaria de Córdoba venimos asistiendo lentamente a la inminente culturización y masificación del movimiento estudiantil. Con esto queremos decir que la habitual homogeneidad que caracterizaba la identidad estudiantil cede su lugar a la controvertida, me parece, posmodernización de los reclamos de reconocimiento cultural que hallan en la constitución del conocimiento social la precisa representación política en una sociedad tan carente de renovación de cuadros políticos. Aunque la existencia de un discurso adulto todavía muy injusto y descalificador con la juventud política reprime oficialmente la acción legítima de los actores juveniles creemos que la práctica diversa de este sector intergeneracional, en cuanto a producción de una rica subjetividad, esta seriamente presionando sobre le principio de realidad imprimiéndole la expresión de una remozada vitalidad e innovación cultural, que hace retroceder el habitual conservadurismo y puritanismo criollo.

Si bien el antiguo protagonismo colectivo es enriquecido con la práctica de estilos de vida extrovertidos y de desobediencia civil, lo cual habla positivamente de cambios culturales en el tejido despótico, lo cierto es que la fuerte devaluación y desorientación con la cual son percibidas las acciones juveniles aún le quita la validez necesaria a la cultura de la juventud como para conseguir legitimidad en esta realidad hostil y frívola. La fuerte preponderancia de un mundo sin corazón, severo y competitivo, relega el significado revolucionario de las identidades juveniles a una mentalidad anarquista y subversiva, lo cual despoja a la subjetividad creativa del control estructural de la maquinaria capitalista, lo cual a su vez es visualizado por el movimiento estudiantil como el muro de contención objetivo que mantiene en paréntesis perpetuo sus justificadas reivindicaciones y el que explota desconsideradamente a la vida subalterna y empobrecida. En tanto la multiplicidad de los saberes juveniles no quiera abandonar el reformismo cultural de sus cotidianos estilos de vida festivos será muy complicado desactivar el control material y estructural que detentan los poderes particulares sobre al formación social, ya que una práctica de vida juvenil debidamente orientada a la consecución política de una sociedad civil organizada se halla bloqueada por la desafección cívica que evidencian las misma s categorías juveniles hacia el sistema político.

Es el impacto irresponsable de la sociedad de consumo y de la cultura del espectáculo los que infringen el mayor golpe contencionista a la personalidad estudiantil, pues estas entidades la alejan de todo sacrificio colectivo y de solidaridad con alguna identificación política que pueda generar la canalización y reactivación del diseño social. Quizás la desidentificación ontológica con un proceso heterodoxo de planificación social es la que impide al movimiento estudiantil hechar raíces sobre los incomprendidos sectores poblacionales más jóvenes, pues la sola presencia de un rigor organizativo es percibido como un discurso de la dominación adulta que la permisividad juvenil y esa astuta conducta aventurera y apasionada rechaza de plano.

No obstante, existe la necesidad de que el cambio organizacional sea validado con la incorporación de la creatividad juvenil se percibe una brecha grave entre la mentalidad romántica y soñadora y un discurso sistémico de la madurez social que tarde o temprano se impone sobre la experiencia que va dejando de ser joven. Muchas veces este proceso de envejecimiento es tomado como una desilusión fáctica, como un proceso de realismo crudo que atrapa a la vida del joven en aquel entramado organizacional que él detesta, pero es a ciencia cierta la única transición que favorece el proceso de realización social capitalista a expensas de los anhelos de felicidad primarios del individuo. Es el despertar a la cruda realidad o el empecinamiento de permanecer donde la validez a una utopía con la que se entorpece la supervivencia, los que obstaculizan el necesario crecimiento y organicidad de la propuesta estudiantil, en materia de ser considerada como un conjunto de significados que enriquecen y mejoren la realidad social del estudiante.

El estado conflictuado y en estado de reafirmación sociopsicológica en el que transita endeblemente la identidad del profesional de las ciencias sociales origina que éste no cuente con la suficiente calificación práctica y apasionamiento reflexivo como para llegar a mantener la pujanza reivindicacionista de un movimiento estudiantil organizado. Es decir, la presión autoritaria por definir un estado profesional auspicioso que comulgue contradictoriamente con una vida revolucionaria enfrascado en la lucha política es la que condiciona que las urgencias de la vida privada desvanezcan, a medida que se hace necesario la competencia económica, la apasionada vitalidad por darle legitimación a un movimiento estudiantil organizado y coherente con las necesidades del estudiante.
Es además este impase objetivo de tener que madurar y ser derrotado por la fría individualidad lo que congela el afán organizativo y mantiene el control del movimiento estudiantil en el poder de un clientelismo y de franquicias retrógradas que manipulan la voluntad soñadora en pos del interés de facciones y grupos particulares, que al final sólo desacreditan más las buenas intenciones de la propuesta estudiantil. La desactivación organizativa de la juventud política es la que otorga validez a la aparición de toda una red sectorial de monopolios privados que controlan la formación de cuadros y la producción de conocimiento social de acuerdo a una versión dizque civilizado de la vida social. Hasta la actualidad inorgánica, a veces precaria, de la existencia estudiantil es producto de que esta se halla desprovista y desguarnecida ante la fatalidad de juegos de poder al interior de la universidad, los cuales utilizan las energías estudiantiles para reproducir sus consorcios académicos-políticos a costa del derecho colectivo que posee le movimiento estudiantil de recrear una generación democrática e histórica Soy de la idea que una actividad gremial correctamente respaldada por un movimiento estudiantil que produzca inteligencia científica es capaz de resultar un contrapeso significativo frente a la colonialidad de los saberes académicos y frente a la privatización y elitización de la acción política por empresas trasnacionales del conocimiento. El gremio estudiantil hoy reducido a un conjunto de espacios decorativos, recuerdo de otras épocas gloriosas, es la institución estudiantil que debe vigilar democráticamente los intereses curriculares del estudiante, y que debe hacer un seguimiento institucional al desarrollo profesional de la individualidad intelectual en concordancia directa con el despliegue político y reivindicativo de los movimientos sociales. Es la actividad gremial una experiencia subjetiva de consolidar solidaridades orgánicas y un órgano fiscalizador de a tendencia elitista que demuestra el gobierno universitario a no consultar, ni a discutir sus decisiones ejecutivas. El gremio, por último, es el centro bisagra que unifica la producción de conocimiento estudiantil con el escenario más amplio y general de los sistemas de partidos y movimientos sociales, posibilitando la conformación de demandas de un sector y luchando por revolucionar las estructuras capitalistas deificadas.

Conclusiones.

Hemos llegado a este punto para sostener la idea que el ejercicio eficaz de un currículo académico es el resultado de a interacción dialéctica con el medio político en el que se aplica como ideología y cosmovisión orgánica. Más allá de que exista una contradicción aparente entre un discurso curricular sometido a los dictados del mercado profesional, y a la atmósfera proselitista que condiciona la formación de singularidades intelectuales, existe la preponderancia de un entorno mesiánico que condiciona la dotación de recursos cognoscitivos y de un discurso semántico que orienta mal que bien el desarrollo del político y del intelectual orgánico. Somos de la idea que la vida académica y al producción ideológica como cultura de la sospecha no deben ser sacrificados a expensas del control teconocrático y proselitista del mercado, sino que la vida humanística, más allá de las complicaciones que implica la sobrevivencia diaria, debe ser preservada, porque de no hacerlo se facilita la propagación de discursos empresariales que sólo lucran con el conocimientos social de modo operativo y gerencial. No negamos que la consulta técnica es necesaria en un medio de confusiones y entropía organizacional, pero de ahí a encumbrarlo por sobre el carácter desenmascarador y discutible de la reflexión sociofilosófica es un reverendo error que se paga con la administración de lo perverso y caótico. Hay que aprender a entender que la vida dejada a su propia dinámica convulsiva se destruye irremediablemente, razón por la cual es urgente ubicar la pedagogía de un pensamiento cotidiano desocultante en la posición precisa de una racionalidad negativa que contenga la tendencia social que demuestran las identidades privadas a privatizar el carácter democrático de la sociedad

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La necesidad de la izquierda

by on Ago.07, 2010, under Sin categoría

Un ensayo algo antiguo

Un ensayo algo antiguo

Ronald Jesús torres Bringas.

El avance incontenible del proceso de globalización que arruina las economías nacionales, la ahistoricidad consumista en que es encarcelada la cultura como consecuencia del impacto del esquema individualista, y la privatización descarada de la agenda del desarrollo, sin que la política pueda negociar las ventajas más racionales para las sociedades, pone en el ojo de la tormenta la necesidad estrecha de refundar un discurso de izquierdas que sea capaz de superar cualitativamente esa metafísica del mercado que subordina la existencia a un estado de guerra permanente , y que arrebata a la vida la oportunidad de concretizar su crecimiento ilimitado sin que la desigualdad y la arbitrariedad del poder posterguen taimadamente la felicidad del espíritu social. Más allá de los caprichos interminables que esbozan las identidades privadas para no socializar las ventajas económicas que ofrece el aparato productivo, más allá del desprecio racista que mantienen incólumes los sofisticados monopolios culturales, y más allá de la instrumentalización desvergonzada del trabajo político, que la rebaja a ser una actividad oscura marcada con el sello de lo vil, creemos que la elaboración de un programa conciliado con el bien público es urgente en un momento donde el divisionismo ideológico y la corrupción de las oligarquías financieras desanima a la subjetividad a vulnerar victoriosamente la fluctuante y ubicua gramática del poder . La izquierda en este contexto de violencia y de desalmada competencia organizativa se convierte en el espacio de formación y de agrupamiento de las identidades populares no para conseguir un adoctrinamiento enceguecedor que siembre el rencor y el resentimiento, sino para representar un salto cualitativo de transformación de los saberes sometidos, en un escenario cultural donde todo afán de reconocimiento esté compensado por una redistribución productiva de la riqueza social.

Si la propuesta de izquierdas enfrenta la multiplicidad de los dispositivos del poder a través de un solo relato que deposite la confianza del progreso en la dureza y sagacidad de un actor único, colisionará indefectiblemente con una realidad compleja en la que la agresividad del mecanismo de la historia alcanza una prolijidad asombrosa para desterritorializarse y despedazarse en micrologías cotidianas. En la medida que la praxis combativa y la predisposición para derrotar las inmanencias existenciales se propongan extraer del quietismo narcisista toda la creatividad histórica y la solidaridad suficiente para desterrar la indiferencia, será mas sencillo entender que la búsqueda de una mentalidad progresista significa combinar simultáneamente un ejercicio transcultural con una política económica que reorganice la propiedad privada en función del bienestar social, sin renunciar la desarrollo económico.

Actualmente que el poder de los conglomerados económicos subordina las complejas estructuras sociales para desmantelarlas o simplemente despolitizarlas, se hace necesario equilibrar el poder del capital como una primera condición para flexibilizar y amenguar la racionalidad técnica, para posteriormente, trastocarla en una lógica de la responsabilidad y del cuidado ético que signifique defender la vida de los riesgosos procesos de abstracción social que la atrapan en un mecanismo de excesiva exclusión y explotación económica. El derrumbe del estado populista como productor de lo real cede su lugar a la fabricación digital del ser que deslocalizando el funcionamiento de las economías regionales supedita la constitución de la identidad a procedimientos desvergonzadamente mercantiles, en un contexto en que la vida naufraga irremediablemente entre la locura social y la impavidez tecnocrática. Ahora que la subjetividad esta atrincherada en la desidia hedonista o en la retirada a la barbarie, es urgente reinscribirla en la conformación de una práctica emancipada que suponga comprometer a la mentalidad subalterna en la discusión acalorada de las problemáticas sociales con el propósito de aperturar el sistema político a la inclusión productiva de las mayorías. Esto no significa sobredimensionar la capacidad del Estado como ámbito de resolución de conflictos o encarnación de una verdad absoluta que aplasta las diferencias – lo cual acarrearía un severo problema de inestabilidad democrática- sino entender que le verdadero cambio social implica reorientar las fuerzas de la inversión privada a través de una política que la contrarreste y la obligue a identificar rentabilidad empresarial con desarrollo humano.

Mientras que la violencia ontológica de la razón occidental vigila compulsivamente nuestros esfuerzos por concienciar sobre los efectos catastróficos del cambio climáticos y del daño ecológico, creemos que un discurso de izquierda debe ubicarse en el necesidad de redefinir su paradigma de la planificación industrial, porque de no hacerlo seguirá siendo responsable del acrecentamiento de un consumismo irresponsable que bajo el rostro de la masificación de la satisfacción social escande una visión instrumental de la naturaleza, convertido en una despensa del apetito del voraz progreso material. La necesidad de defender la vida -definida como aquella dulce película que se moviliza en base a ensoñaciones y proyectos de felicidad- de las desviaciones genéticas y programadas de la maquinaria global resulta imprescindible porque de no hacerlo no sólo la vigencia del discurso contestatario resultaría inútil, sino que además su humanismo bohemio se tornaría en una perorata reaccionaria y esnobista que derramaría por le mundo el fundamentalismo y la desadaptación a los cambios tecnológicos. La búsqueda incesante de una compensación civilizatoria a la trasnacionalización del capital se ha de sostener necesariamente sobre la complejización de pactos sociales en donde el objetivo imprescindible sea la introducción solidaria y democrática para la creación de conocimiento, de la cual se deriva urgentemente un cuidado clínico de las diversas manifestaciones de la vida social. No basta con celebrara la socialización de los bienes económicos sino que hay que perseguir constituir subjetividades radicales que sean capaces del leer y deconstruir apropiadamente las trampas cosificadotas y la degradación del poder.

Crítica del individualismo:

Es difícil ponerse a argumentar que la realización de los sueños colectivos que las identidades populares despliegan implica desechar como anacrónico e inmoral aquel visceral individualismo, que supone frente a todas las críticas el eje ontológico alrededor del cual se autoconforma la producción de lo real. Si bien como argumentaba Durkheim, la complejidad de la división social del trabajo asegura temporalmente que la trayectoria privada se ancle al interior de un proyecto de desarrollo compartido , la verdad es que en realidades atravesadas por severos cuadros de anomia y de subjetividades transgresoras esta enfrente la decisión de desligarse forzadamente de permanencia de referentes generales, porque de ello depende la preservación de su integridad física y simbólica.

A grandes rasgos la conjetura que se maneja es que la sofisticación del éxito individual, la realización de la existencia privada, coacciona el desarrollo de una cultura de la solidaridad, porque la inexistencia de mecanismos institucionales y de agendas comunes de prosperidad que estrechen la felicidad particular con el bienestar colectivo obliga la sujeto carente de una ética social a decidir por su beneficio privado. ES la ausencia de una moralidad individual que consiente un mínimo de respeto por le bienestar del otro, debido a la normatividad salvaje de la economía de mercado, que considera como descartable todo discurso que implique un gasto innecesario de cursilerías humanoides, lo que ocasiona que las energías productivas sean utilizadas en función de intereses privados. Mäs allá de que exista una peculiaridad bondadosa en toda personalidad, no erosionada por la instrumentalización del mercado, creemos que este resto de ideología limosnera no representa un sistema de creencias capaz de contener la corrosión de la marejada cosificadora, ya que dicha envestidura estratégica se impone como un conjunto de reglas soterradas que aplana cualquier iniciativa comunitarista como condición única para dar validez a la sobrevivencia individual.

No queremos condenar al ostracismo toda alternativa de equilibrio civilizado al capitalismo descarriado, pero en las sociedades periféricas esta opción no representa, ni desea proponer una serie de modificaciones reformistas a la ideología del mercado, porque se considera inviable un tránsito acordado hacia una economía social por el terrible poder macroeconómico que el capital privado ostenta en las estructuras sociales híbridas de las regiones periféricas. En alguna medida el derrotero de la individuación y los procesos socializadores que fabrican el perfil psicológico de las conductas tipológicas exhiben enormes cantidades de disconformidad con un ambiente de estereotipos socialistas porque perciben que estos elementos ideológicos representan un gran costo social y económico para ser ensayado con éxito. En una cultura cargada de reglas de juego mercantiles que producen individuaciones desconectadas de la reproducción de agendas comunes, la única garantía para conseguir no renunciar a problemáticas de interés público es previamente aprender a sobrevivir en una realidad saturada de esfuerzos y conductismos, aún cuando dicha habilidad se termina por convertir en una virtud que obstruye la promesa de luchar por la conservación de la totalidad social. La corrosión de espíritu social por obra de individualidades que buscan a toda costa predominar antológicamente en el ámbito cambiante de las posiciones sociales, provoca una socialización que va perfilando subjetividades que observan como algo natural instrumentalizar los bienes de la sociedad, lo cual significa que la producción de la biografía típica legitima la injusta distribución de los recursos cognoscitivos.

A medida que la sociedad plantea la urgencia de explicitar, sólo en el discurso, el desarrollo de subjetividades democráticas, tanto más estas se tornan en protagonismos atómicos que percibe el proselitismo de izquierda como una agresión en contra de la misma integridad del individuo que tanto lo necesita. Es decir, al profusión de lenguajes moralizadores y de toda una coyuntura ideológica de granes movimientos que persiguen la transvaloración de los significados, choca indefectiblemente con una metafísica que se ha disgregado en el corazón mismo de las contingencias individuales, la cual impacta en la autocultura personal como una barrera que presenta la transformación social como un estúpido e irresponsable sacrificio. Quizás, en sentido sólo especulativo la inviabilidad de construir una alternativa que logre resignificar y tener una cultura apropiada de capitalismo desterritorializado no se debe a la existencia de un defecto estructural que el error histórico evidencie, sino a que la prueba de una asimilación irresistible de la organicidad compleja delata la expresión cínica profunda de una individualización que nunca supo hacerse cargo de elaborar un relato común del destino histórico nacional. La fragmentación despótica de escenarios culturales, sin que estos lograran consolidar una síntesis antropológica que superara el empobrecimiento del significado ideológico que la subjetividad inventó para esquivar la recesión de la identidad, precipitó en los senderos de la historia una personalidad que siempre se autoconstituyó a la zaga de las gigantescas ficciones civilizatorias que proyectaba, sin la suficiente valentía para asumir el costo de revolucionar drásticamente la mentalidad acomplejada y hundida en el miedo y en la esclavitud de sí mismo.

Como quiera que sea, la facilidad que halla la globalización capitalista para arrancarnos el derecho de edificar nuestra propia objetividad, no reposa en la perfección desmesurada de los sistemas disciplinarios sino en las varias cárceles epistémicos que hemos ido diseñando, con el propósito de atribuirnos cierta estabilidad simbólica cuando la empresa de autoconcebirnos estructuralmente se presenta como una responsabilidad demasiado difícil y aburrida de cumplir. Lo que quiero decir es que en la trayectoria de ser la unidad que expresa la diversidad las identidades colectivas se han decidido por vivir la fantasía de una gran síntesis cultural, sin comprometerse seriamente con llevar a la práctica todos los ingeniosos saberes que está prometió, porque el espíritu de nuestros pueblos careció de la necesaria energía cósmica para enfrentar la falsa totalidad. En la medida que nos hemos acostumbrado a presenciar reprimidos el holocausto de nuestros vencidos, y a sorprendernos cuando otros pueblos del mundo alcanzan la cumbre de su expresión histórica, ha dada avances importantes una subjetividad subterránea y sincrética, que si bien evadió la responsabilidad de transculturizar la rémora de nuestro desarrollo social, porque rechazo de plano el historicismo evolucionista del pensamiento monocultural, permite mantener renovadas esperanzas de que no se quede varada en una sobrediferenciación absurda y mezquina sino que progrese hacia la conformación de una conciencia pluridimensional que consiga realizar todos los saberes que la maquinaria de flujos oscurece y mantiene olvidados. Creemos que en tanto la heterogeneidad sociogenética asfixie el desarrollo de las infinitas singularidades, la individuación ontológica no dejará de ser una odisea transitiva, incapaz de superar el escollo ideológico que representa una realidad sin una auténtica base económica, y por consiguiente, atrapada en el vicio de adormecerse con toda una trama de mentiras y falsedades que sustituyen hábilmente la emancipación, y que sentencian a la personalidad a no saber disimular con audacia los padecimientos objetivos.

En una individualidad que disfraza el empobrecimiento histórico de no controlar a cabalidad la producción de la realidad material la que facilita la imposición de un discurso cuyo ámbito de construcción se ubica en la administración simulada de l caos cultural, sin llegar a comprometerse seriamente con trastocar afirmativamente una formación sociocenómica atrofiada por una ideología elitista y privatizadora. Mientras la biografía individual no consiga vincularse progresistamente con la responsabilidad compartida de preservar la normatividad social, mientras el discurso de felicidad signifique aceptar como lago natural el predominio de la razón de mercado, que en el corto plazo sólo otorga autoconservación provisional, y mientras toda improvisación y pragmatismo social represente un obstáculo que oscurece la urgente visualización reflexiva de las amenazas sociales, será muy difícil concretar la elaboración de una poropuesta reconciliada con el destino de la comunidad, porque paradójicamente la transmutación benéfica de la realidad social depende del constante deterioro de las reglas del juego democrático que nadie obedece. El divorcio abismal entre una singularidad que aprende las habilidades suficientes para defenderse de la violencia de la maquinaria social, una realidad que ante el desampara de los esfuerzos individuales se licua dramáticamente, entrega la producción de las psicologías colectivas al constante reacomodamiento de sus reservorios culturales ante las convulsiones de la diferenciación sistémica, y ante los desequilibrios funcionales que provoca la imposición del desarrollo capitalista. En la medida que la expresión de lo real es el producto agresivo de una organización compleja se deshacen las posibilidades de construir integraciones lingüísticas exteriores a la imposición administrativa, porque no existen internalizados de manera compleja raíces ontológicas respetuosas de la integridad psicoafectiva de los otros, que son vistos como meras mercancías y objetos de instrumentalización. No es, en otras palabras, la propagación de una metafísica mercantil en las conciencias individuales la que ocasiona la obstrucción de la particularidad civilizatoria de nuestra identidad, sino una agresiva sincronización ideológica con el relato superestructural del consumo y de la relatividad cultural la que explica el atrofiamiento y el carácter inconcluso de nuestra peculiar antropología social, que no se halla comprometida con urgentes cambios estructurales que ponen en riesgo su falso y mediocre felicidad individual.

Puestas las cartas en al mesa, el riesgo de configurar salidas colectivas que impliquen sacrificar ventajas individuales, en un contexto donde el cambio social es imprescindible, es percibido como una empresa de orates que con el propósito de evadir el peligro de la nada termina por precipitar la dolorosa evidencia de un mundo que hace del veneno del vacío el sustrato de su realización social. El carácter anómico que experimenta la interacción cotidiana no sólo desdibuja y vuelve irrepresentable las condiciones sociales de una gran transformación colectiva, sino que además persuade a las singularidades a difundir arbitrariamente la institucionalización de tal realidad transgresiva, porque la supervivencia de la subjetividad subalterna depende del ataque y degradación infinita de los lenguajes y repertorios culturales comunes, que son sustituidos por una lógica de omnirelatos simbólicos que no aseguran para nada asumir discursos de acción y estrategias de sentido común.

No quisiera que de mi realismo ontológico se desprendiera una soberana apología a la reproducción de una complejidad cultural que no admite ni desea tener puntos de contacto con edificios estructurales que perjudican y dificultan que las ideas que afianzan la identidad se tornen en programas de acción concretos. Nada más alejado de la realidad que describo. En síntesis, creo que el divorcio que existe entre una estructura social fragmentada e involucionada que es desamparada y se diluye cuanto más su corporalidad material es manipulada y absorbida por la mundialización de la economía, y una delgada película de discursos que se aglomeran alrededor de la descarada y desigual distribución del conocimiento social que nada quiere saber de responsabilidades organizacionales, a las cuales solo instrumentaliza, es un rasgo, digamos, socio-estructural que recorre todos los esfuerzos ontológicos por reconstruir un discurso histórico coherente y reconciliado con el bien común de nuestras sociedades. A medida que el carácter social es descuidado y se evapora en el biopoder hegemónico y subalterno, que enmascara el rezago de circunstancias que se conciben tradicionales de modo ideológico e inapropiado, es difícil concebir proyectos alternativos comunes, debido a que el divorcio ontológico del que hablamos torna complicado el reconocimiento de núcleos patológicos que correctamente reconstruidos podrían consolidar singularidades capaces de alterar significados que los esclavizan y los hacen morar en el miedo. Hoy en que las realidades periféricas se desterritorializan y consumen los pocos cimientos objetivos donde hacer descansar la sensación de existir plenamente, la clave para hacer retroceder el impacto del cuerpo sin órganos, es ubicar la liberación en la adaptación permanente a la amenaza de la estandarización y del desierto del mercado, de tal modo que la identidad logre apropiarse y reprogramar el peso de las ideologías que lo someten y los engarrotan en el conformismo y en la soledad absoluta.

Deseconomización de la cultura crítica:

En las reflexiones que teje Perry Anderson a cerca del marxismo occidental se desprende que el giro cultural, filosófico y epistemológico que adoptó éste en las sociedades de los capitalismo más avanzados supuso un retroceso ontológico con respecto a la edad del marxismo clásico economicista anterior a la Primera guerra Mundial, que había ponderado la necesidad de construir teoría vinculado estrechamente con el trabajo político de las organizaciones obreras y sindicales. Si bien se comparte su explicación que este viraje sociológico y refilosofante se debió a la difuminación de las posibilidades de revolución política en las sociedades del capitalismo tardío, creemos que dicha culturización de la hermenéutica crítica buscó multiplicar el análisis social a cuestiones y áreas de la realidad social que eran soslayadas por el marxismo ortodoxo, y que correctamente exploradas atorgarían a la reflexión crítica una capacidad de maniobra y de ataque a una vida estandarizada que había perfeccionado la imposibilidad de la liberación humana. Debemos estar de acuerdo con Anderson que esta ruptura con el marxismo economicista significó el atrincheramiento del análisis social en un a crítica destructiva al proceso de racionalización, que había sido amortiguado por una superestructura cultural dirigida por la estandarización del consumo y de la cultura de masas, y que tal crítica dejaba un pesimismo ontológico incapaz de elaborar un proyecto de emancipación a la inconmensurabilidad de la maquinaria social. En lo que no estoy de acuerdo con Anderson es que su argumentación no fue capaz de visualizar que este esnobismo y espiritualismo cultural representó una inspección ambiciosa del proceso de evaporación de la estructura económica que dio centralidad a una diferenciación cultural caótica y esquizofrénica.

Talvez el marxismo occidental – sobre todo las posturas críticas de la escuela de Frankfurt- subestimó la capacidad de respuesta de las cultura oprimidas, aplastadas por la jaula burocrática, sin embargo, su aristocratismo estético significó un aporte considerable para la posterior recepción y manifestación de un materialismo cultural que tuvo una lectura apropiada de la desmaterialización de la estratificación social y de la conformación de una sociedad compleja con valores y sistema de creencia postmateriales. En tránsito de la sociedad planificada y de la producción disciplinaria de la subjetividad a una sociedad donde el deseo y la experiencia de los escenarios postmodernos influyen en la fabricación de estilo de consumo y de una variedad de mercados especulativos que ponen énfasis en al delineación de bienes culturales y redes fluidas en constante cambio, ocasionan la urgencia de una recolocación estratégica de la cultura crítica posicionada en la premisa que el proceso de personalización, del que habla Lipovestky, inaugura la consolidación de ideologías y micro-narrativas de la dominación menos coercitivas y más democráticas, no obstante, capaces de alienar con mayor sofisticación y productividad social. Este totalitarismo líquido e individualista del que habla Ubilluz, en su libro “Los nuevos súbditos” expulsa de la política económica a los actores emergentes que se demuestran incapaces de revertir y apropiarse la naturaleza despiadada de códigos plásticos y de mayor elasticidad, debido a que estos moldes simbólicos, estos laboratorios de la innovación y de al creación de conocimiento productivo, consolidan monopolios y oligarquía culturales que arrebatan y elitizan las condiciones sociales donde se produce una corporalidad y subjetividad consciente de su papel social en al estructura social. En la medida que el avance de la desrealización ontológica cohíbe el desarrollo de salidas coherentes con el bienestar de la comunidad, en la medida que el atascamiento de la identidad variada crea rutas de desahogo más vinculadas a divorciarse de la infraestructura económica, se induce la fortalecimiento del dominio de los sistemas abstractos y de una complejidad organizada que arroja al significado en el campo de expresión de una metafísica que decide desvanecerse en el olvido e y en los vestíbulos de la precariedad y de la irracionalidad mercantil. Es la recaída de la subjetividad social en la licuación de las inmanencias y del deseo desbordado lo que provoca la absorción de las formas de producción material y simbólica por un proceso de personalización periférico y subalterno que liquida todo contacto responsable con el destino estructural del país, lo cual acelera a validez del saqueo trasnacional y coloca la producción material en un escenario de enclaves extractivos, servicios inmateriales y economías informales y de la solidaridad que constituye una severa restricción para un desarrollo real de nuestra particularidad civilizatoria.

Más allá de que la cultura crítica interna no halla logrado evolucionar un relato hábil y escurridizo para cuestionar y desocultar el predominio de un biopoder que coacciona la revolución expectante de la vida cotidiana y que ubica el sometimiento de los aparatos de control, en el degradamiento intencionado de las instituciones, creemos que este defecto no significa que dejen de existir lecturas avezadas y comprometidas de la realidad capitalista, que revelen el saludable reposicionamiento del discurso negativo al interior de u espacio de entropías comunicativas y de infinidad de discursos y máquinas deseantes. Es difícil decirlo pero es el fantasma de la revolución y el desarrollismo sólido la que afinca la terquedad del relato de izquierda en la desaceleración de un resentimiento asfixiante e irresponsable que se niega a adoptar una postura más coherente y honrada con respecto a la naturaleza compleja de las clases postergadas. Mientras el empuje de las subjetividades subalternas no consiga dar forma a una teoría que acepte que hoy la dominación se juega en la culturización irreversible de los lenguajes y de la experiencia social y no en hacer estallar con una sublevación general el cimiento estructural del desarrollo social, será muy difícil persuadir a la cultura popular a desactivar y reconstruir desde su propia práctica cotidiana la gramática de una dominación ciertamente autoritaria y empobrecedora.

Hoy más que nunca que el pensamiento negativo está obligado a tejer audazmente una interpretación desideologizada de la realidad, que e permita, a su vez, hacer evolucionar una síntesis emancipada de las multitudes y de los organismos reticulares, sin que tal tarea signifique abandonar las temáticas clásicas del marxismo, sino en reparar que el poder se descentraliza patológicamente como un virus astuto y evasor que paraliza la realización y atrinchera la identidad en una estandarización estúpida e inconsecuente. Creemos que de la transvaloración de las gramáticas de la dominación y de las esferas de la descarada explotación y exclusión social se debe avanzar hacia una posición más ambiciosa y total de los problemas de las sociedades periféricas, lo cual provea a la razón subalterna de un control expectante de los sistema abstractos y de su tendencia a extraviarse en el caos de las ideologías globales y en la metafísica anárquica del mercado. La mundialización de la economía que supera las distorsiones políticas que los flujos económicos impusieron al crecimiento de las organizaciones capitalistas desdibuja en un santiamén los acuerdos y la vigilancia democrática que los Estados-nación consiguieran imponer al capital descarriado, lo cual a la larga significa el derrumbe implícito de los procesos de socialización que confeccionaron relativamente un individuo conciliado con el interés general. La decadencia del proteccionismo económico que sirvió de cimiento objetivo para que la naturaleza apropiadora de los organismos individuales no se desviara de la legitimación a la industrialización, facilitó la multiplicación de diferencias y ghetos culturales que en tensión permanente con el propósito unidimensional de construir una modernidad sólida representaron el resguardo del sentido en corazas y estrategias de supervivencia populares que expulsados de la premisa de una ciudadanía proletaria se lanzaron a la consecución de formas de producción microempresariales, y de redes de subsistencia que sirvieron para dar validez a las mutaciones subalternas que el impacto de la lógica del mercado obliga a realizar.

Es en el contexto de una economía culturizada que incorpora elementos de resistencia productiva en la informalidad, que la razón populista debe ingeniárselas para reactivar la noción de un desarrollismo económico en franca cercanía con programas de largo aliento, que inserten toda la creatividad se los sectores productivos y de la fragmentación microempresarial en una política económica que sostenga su eficacia en un modelo de industrialización compleja que se valga de su alianza con la explosión de a cultura popular y de las sabidurías tradicionales. Creemos que la persecución ontológica que padece el conocimiento emancipador por obra de una metafísica mercantil, utilizando en su provecho la savia creativa de las subjetividades populares para justificar el poder del capital financiero y el saqueo de los saberes de la biodiversidad, debe combatirse desde las entrañas mismas de la interioridad domesticada. Liberar la mente de las singularidades conformistas y empobrecedoras debe convertirse en el principal objetivo del relato de izquierdas, porque sin ese poder reconstructor y sin una apropiada lectura del engarrotamiento del desarrollo social, no se podrá concretar válidamente las urgentes transformaciones estructurales de un cuerpo social profundamente fracturado, asimétrico y enajenado con respecto al mecanismo de la propiedad privada. Pero téngase en cuenta lo siguiente: una real transmutación de los valores sociales no pede alcanzar identidades libres en tanto la presión revolucionaria no desactive de forma histórica el mecanismo intemporal de la trasnacionalización, confeccionando una sólida base económica que concretice el voluntarismo cultural de las subjetividades emancipadas. Hay que saber descifrar el poder de la estandarización con una política coherente de las potencialidades periféricas, para que de este adecuado diagnóstico se desprendan un variado abanico de posibilidades de imaginación histórica, que proporcionen la vida deteriorada de una capacidad de reconstruir la corrupción de los rostros de la dominación, que son valga el énfasis, demasiado desvergonzados en un intento de reducir o simplificar las ingentes destrezas que es capaz de expresar los saberes sometidos.

El socialismo o la nación:

La nueva internacionalización de los movimientos sociales después de ser aplastados por el desmantelamiento del Estado de Bienestar y de las diversas luchas antiimperialistas de las sociedades de la periferia capitalista, conducen a la razón revolucionaria atener que desenvolver su accionar teórico y práctico al interior de una marejada de organismos globales y culturas desterritorializadas que confrontan directamente la estrategia de su nacionalismo metodológico, que concebía la captura del Estado como un primer paso para reformular as directrices de las políticas públicas que eran percibidas como claramente antipogresistas. Las nuevas coordenadas de palucha contrahegemónica en un espacio social donde los aparatos del Estado sirven para garantizar la administración policiaca de los agentes privados, bien llamados por Chomsky, “Estados canallas”, visualizan objetivamente que la transformación de la complejidad capitalista y de las varias redes nerviosas del biopoder deben ser combatidas desplegando una respuesta alternativa de carácter global, que persiga la reconstrucción acelerada de las injustas y multidimensionales relaciones coloniales de poder, lo que permitirá, a su vez, la manifestación de toda la riqueza cultural y biográfica de las identidades subordinadas. Si bien la táctica de ejercer un equilibrio ontológico desde las subjetividades rebeldes comporta debilitar la eficacia de las luchas de reivindicación a nivel nacional se evidencia una interconexión creciente de las organicidades contraglobalizadoras que en su afán de dinamizar el control de la vida democrática por sobre los flujos descentralizados del poder global, enfocan sus pougnas por fuera de los necesarios cambios regionales y locales de las identidades sometidas, descuidando ciertamente los escenarios microlocales donde se inscribe el biopoder. A larga el fortalecimiento de la experiencia cosmopolita de izquierda, desamparando los conflictos internos y cotidianos de las múltiples nacionalidades empobrecidas, establecen una inteligencia aristocrática del pensamiento negativo que olvida y toma como irrelevante las rutas de construcción nacional, pues considera que la respuesta es eminentemente a nivel de la globalidad.

Aunque en la vulgata revolucionaria existe una real preocupación por las realidades particulares de cada nación, la fuerza que imprimen los movimientos sociales se ubica en la contienda por desactivar las envestiduras coloniales del poder global, sin resguardar sensatamente el cuidado de temáticas socioeconómicas que son percibidas como problemas de gestión redistributiva o resueltas por conformaciones reticulares de una economía solidaria. Al desconectarse contundentemente la colonialidad del poder se cree ciegamente que se conseguirá una disposición simbólica y democrática para consolidar formas de producción económica que articuladas a un toda sistémico logre resolver la pobreza estructural, además de otorgar condiciones sociales para el cambio afirmativo de los índices de desarrollo humano y social. Lo que no se visualiza con certidumbre es que la inyección líquida de capital a formaciones micro-empresariales que no tiene la expectativa de integrarse a una heterogeneidad productiva nacional, y la inversión exclusiva en consolidar actitudes y economías de pequeña escala, evaden la responsabilidad de afirmar y sostener un cambio socio-estructural que no signifique perder autonomía política con respecto a los intereses de las grandes corporaciones económicas, sino que en la reconstrucción política de los circuitos macro-regionales se hilen los centros nerviosos de una economía política que represente una sólida capacidad de negociación social con al mundialización e interdependencia de los flujos económicos.

En la medida que los actores subalternos comprendan que el afianzamiento mancomunado de un robusto mercado nacional acrecienta un abanico mayor de posibilidades reafirmación socioeconómica, que a largo plazo beneficia que el conocimiento social sea mejor redistribuido y no confiscado por los grandes monopolios tecnocráticos, se entenderá que la tendencia maligna hacia el engarrotamiento ideológico debe ser combatida con el aprendizaje de una pedagogía de la crisis social que sepa leer que el poder económico no resiste la reinterpretación de su discurso simplificador cuando la subjetividad y la condición simbólica se propone revertir con plasticidad la tendencia a la homogeneización social Queramos o no pero la defensa coherente de la comunidad imaginada nacional deja de ser la finalidad teleológica de la razón populista para convertirse en la consolidación de un poder público que negocie racionalmente el despegue de las identidades nacionales que alcancen destrezas globales sin que tal segmentación y desintegración sistémica signifique la atrofia o perjuicio del bien común, sino que exista una coordinación reflexiva de los actores de una geocultura nacional.

Creemos que la síntesis histórica que inspiró los proyectos de una cohesión nacional deben ser desideologizados de tal modo que esta hegemonía febril y estandarizada acepte que su rol estratégico significa constituir eventualmente coaliciones nacionales que protejan las circunstancias sociales en que se originan las socializaciones organizativas y económicas que legitiman el crecimiento del mercado interno. En al medida que el crecimiento y desarrollo tiendan a la atomización y a la degradación de los vínculos de solidaridad, porque el éxito exige una competencia efectiva y desleal, no se podrá corregir, ni siquiera detener, la dispersión interesada de los intereses económicos y la propagación de una moral tecnocrática que manipula los residuos sociales en función de la configuración de una cultura de las relaciones públicas y de los afectos, que desestructuran y diluyen los marcos de socialización en donde se protege el desarrollo de la personalidad. El rol del Estado y el secreto de su autonomía efectiva residen en la habilidad que expresa no dejarse arrebatar el espacio público donde se despliega la lucha de intereses diversos, porque sino lo mantiene lejos de la corrosión de la privatización ontológica la vida es invadida por una instrumentalización descarada que erosiona los sistemas de protección comunitarios y los sistema de creencias tradicionales e híbridos. La descomposición de la realidad social debe ser el proceso perverso que la ética socialista debe contener como un primer paso para que la identidad agote las condiciones sociales que el estado ofrece, y así pueda aprender a reaccionar ante las convulsiones económicas que desconectan las solidaridades y arruinan la vida doméstica. Lo social no es sólo asunto de los esfuerzos de una rala, pero combatible, sociedad civil organizada sino el producto obligado de las síntesis identitarias del Estado-nación, porque de no defenderse la creatividad colectiva y la metáfora “sociedad” no se podrá garantizar a ciencia cierta el desarrollo de productos singulares exitosos pero reconciliados con el cuidado y respeto por la vida social. La sociedad deja de ser el punto de partida que va desapareciendo lentamente del escenario de la globalización sistémica, para pasar a convertirse en al culminación perfecta de las luchas y convergencias ideológicas y recíprocas de los variados proyectos alternativos, es decir, el desarrollo de un consenso ideal que proteja y expanda la vida social hacia aquellas actividades donde la interconexión es sólo instrumental y descaradamente funcional.

El estado-nación es, en otras palabras, la sagrada encarnación de los anhelos progresistas y de vanguardia, la institución imaginaria donde se preparan y traducen afirmativamente los intereses diversos para concretar una antropología socialista que entienda que la estrategia es ahora revolucionar los complejos ideológicos donde se desperdicia u liquidan los deseos coherentes de la sociabilidad. El propósito es ir respropiándose de los micropoderes y de la astucia conspirativa para revertir la tendencia que demuestra la desrealización a expulsar del manejo estructural a las identidades que sufren el impacto negativo de la mercantilización y de la socialización crónica. Hay que avanzar de una defensa nacionalista de las condiciones soberanas – lo que implicaría ceder el poder a absurdas aventuras autocráticas- hacia un planteamiento inteligente que sumerja la potencialidad de dicha soberanía en el control fluido y negociado de las convulsiones lingüísticas que desafían toda negligencia sedentaria o modorra ideológica.

Ecología y discurso negativo.

La maximización de la sociedad de consumo y la multiplicación de las necesidades complejas, difíciles de ser procesadas por un sistema político que fundamentó la generación del desarrollo social en el acrecentamiento del patrón de acumulación dirigista del Estado de bienestar, se confronta con la amenaza de que el sometimiento de la naturaleza extrahumana, con todos sus recursos y sistema de biodiversidad, provocaría una crisis medioambiental que involucra el peligro de destruir las condiciones de existencia global de la humanidad. Cuanto más el sistema de consumo trastoca y desfigura el abastecimiento de la naturaleza en provecho del insaciable apetito de los estilos de vida artificiales y extravagantes. Como condición para despolitizar la subjetividad, tanto menos respuestas participativas demuestra la debilitada tradición democrática para detener el avance destructivo del capital industrial. El hundimiento de la complejidad biográfica de la personalidad burguesa en los laberintos del consumo y las sintonías híbridas de las culturas orales en la proyección mediática y cibernética de los organismos sociales, lo que condiciona el ritmo irreversible de la explotación de la naturaleza, y lo que esta provocando, por consiguiente, la aceleración de la contaminación y degradación del medio ambiente. La exageración de una vida que sólo se reconoce y sobrevive atrapada en sus invenciones lingüísticas, siempre encarnadas en tecnologías del goce y de la recreación irresponsable, conducen a la ceguera de las escandalosas mutaciones materiales que los agentes privados llevan adelante originando una mentalidad que concibe la realización únicamente a través del constante equilibrio que logra concretar la afirmación individual, despejando el camino a un monstruo tecnológico que vive asediando la vida y haciendo deliciosa la instrumentalización. El riesgo de la entropía civilizatoria conoce el mismo destino que el agigantamiento de la insignificancia y la infravaloración de la cultura. Es la proliferación celebratoria y apocalíptica de los discursos la que torna oscura la fuerza democratizadora para reconocer, a fin de cuentas, que el imparable progreso del capitalismo resulta una desviación cósmica que debe detenerse en su actual remitologización abstracta. Un reencuentro coexistencial y débil con los poderes arcaicos de la naturaleza desdibujaría el complot majestuoso que prepara el capital para asemejarse unitariamente con la vida, con el uno primordial, con el devenir, y así naturalizar cínica y publicitariamente las relaciones coloniales de dominación que se mantienen intactas.

Es un hecho de que las varias empresas depredadoras de la naturaleza, celebradas por los desordenados y pretorianos Estados canallas, como son las multinacionales que están atrás de las sabidurías locales, la despensa de los recursos minerales y bióticos, y la barata y expuesta fuerza de trabajo, están ocasionando vilmente alteraciones indetenibles en las sociedades tradicionales, originando la decadencia delincuencial y la migración forzada de los últimos residuos no globalizados de las cultura vernaculares, para extraer las riquezas de los organismos naturales que justifiquen y perfeccionen la persecución cosmética y simbólica que padece la vida interior. La legitimidad que busca sembrar en la opinión pública es que el actor estratégico de estos cambio bruscos tiene la sensata intención de superar una visión tradicional y obsoleta del aprovechamiento territorial para introducir una dinámica modernizadora que integre a las poblaciones en un desarrollo sostenible que beneficie, finalmente, a la comunidad afectada por una mentalidad excesivamente negativa hacia la inversión capitalista. Sin embargo, esta ideología presuntamente desarrollista no es confirmada en la práctica, debido a que la forma administrativa que empela para extraer los recursos es incrustar fortalezas fabriles, enclaves productivos, que no desarrollan conexiones comerciales, ni institucionales con el mercado interno, lo que sólo se compensa legalmente con el pago a la comunidad de regalías, por ejemplo, mineras, que nos son pagadas realmente por las empresas mineras, que financian obras infraestructurales y de calificación de la mano de obra que nada tienen que ver con las intenciones económicas de los asentamientos rurales o comuneros. En la medida que las comunidades campesinas se les arrebatan la posibilidad para reproducir sus economías de pequeña escala, que representan la habilidad en vivir en armonía ecológica con el territorio donde viven, se los empuja a ser sólo plusvalor material de empresas económicas a las que les importa muy poco confirmar la propuesta alternativa de un desarrollo sostenible. Es el conflicto entre sistemas de creencias que suponen un freno a una sensata modernización nacional, un cuerpo sin órganos que condene a la comunidad, sustentada en relaciones de reciprocidad a la muerte civilizatoria, la que empuja a las poblaciones rurales a abrazar ideologías regresiva y soluciones económicas delictivas como el narcotráfico, que buscan hacer tropezar y deslegitimar el sistema de enclaves productivos, que de alguna u otra manera acaba con el desarrollo endógeno de los pueblos.

En cierta manera lo que evidencia esta contradicción entre una vida que se niega a desaparecer con un sistema capitalista que succiona la savia de los pueblos ruarles, es la severa materialización de una lucha desigual e irresoluble, que como van las cosas, culmina en la controversial privatización de la propiedad comunal, y en la mutación imprevisible de luchas de resistencia armada y economías delictivas que solo justifican la represión de los sitema de control policiaco. Me parece que la clave para detener el avance de los organismos privados en el espacio de economías populares desprotegidas y frágiles, es subirse a la marea de la modernización con un proyecto de desarrollo ecológico que controle y varíela lógica depredadora del capital en función de las urgencias de los actores locales y de las identidades rurales. Esto se logrará si previamente cambia notablemente el discurso sólo compensatorio y provisional del impacto ambiental por una organicidad popular que negocie y coordine a través de las instituciones específicas un programa de desarrollo nacional sostenible, que exija que la inversión privada se responsabilice del desarrollo de los circuitos regionales y locales, como principal actor económico que es, para que esta armonice su rentabilidad con las cosmovisiones del desarrollo subalterno de las comunidades rurales.

Conclusiones.

De todo lo que venimos sosteniendo se desprende que hay que abandonar el presunto esencialismo revolucionario que dirigió las luchas contra el imperialismo económico- debido a que se pensaba que la unidimensionalidad debías ser combatida con las interrelaciones explosivas de un actor exterior, como el movimiento obrero- por una estrategia que consista ontológicamente las ramificaciones biopolíticas que despliega el poder del entramado organizacional, no para administrarlo en función de la soberanía de los gobernados sino para desactivar la tendencia mistificadora que comportan, haciéndolas más cercanas, flexibles y adaptadas a las necesidades diversas de la población. No hay que confiar en que una autoridad fuerte y autocrática puede resolver en un espacio disciplinado las enormes demandas que la democracia consumista despierta, sino en que la participación productiva, descentralizada y especializada de los actores democráticos restituya una práctica política que anule la tendencia a la formación de oligarquías y grupos de interés que limitan y manipulan las instituciones de la democracia. La izquierda debe enfrentar el peligro del estatismo monolítico y autocentrado con el desarrollo creativo de una institucionalidad y organizaciones que creen una cultura cívica coherente con el desenvolvimiento de las diversas historias individuales. La política es todavía una actividad noble en donde se desafía la naturalización del poder, es un espacio de convergencia donde debe resolverse el descrédito mismo de la opción revolucionaria para convertir la democracia en un espacio de coordinación, contención e instrucción de una libertad negativa reconciliada con el bienestar general de los pueblos. La gestión del poder debe eliminar el realismo interesado de la profesionalización tecnocrática, con el sacrificio inherente a recompensas de carácter colectivo que desbaraten la envidia, las apariencias y las desviaciones del poder.

Creemos que la razón tecnológica y la expansión desmesurada del yo pueden ser desactivadas si lo subalterno se atreve a coexistir con un mundo saturado de invenciones cibernéticas y de dispositivos técnicos. Domar el capital significa, a su anarquía y probabilística de flujos busátiles agregarles un decisionismo democrático, que este alerta frente a las trampas veloces e imperceptibles de las desviaciones ideológicas con la determinación de democratizar la resistencia al cansancio y la vida que vive en lo peligroso. El significado siempre es más fuerte que las torpes máscaras que nos embisten, hay que creer en nosotros mismos.

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Teoría y praxis. Notas acerca de la reflexión social en el Perú contemporáneo.

by on Ago.07, 2010, under Sin categoría

Ronald Jesús Torres Bringas.

El abismo cada vez más escandaloso entre el pensamiento y la vida humana demuestran el carácter cada vez más frívolo del saber social, ahí donde este se convierte en crítica literaria o en ejercicios esteticistas; desconectado, por lo tanto, de las exigencias de una realidad material que aprisiona las posibilidades de emancipación del sujeto, la reflexión se halla desprovista de la necesaria energía crítica y de los recursos epistemológicos certeros para traducir la racionalidad del consejo teórico en experiencias prácticas de desarrollo social. En la medida que el análisis social sufre el impacto del mundo fragmentario , los resultados de la investigación empírica sustituyen las soluciones de una planificación holística por el testimonio existencialista y exhibicionista, por la propaganda del padecimiento individual del analista estereotipado y contaminado por lecturas supuestamente objetivas, por creencias e ideologías que subordinan el dato empírico a lo que cree el ego presumido del intelectual sucede en la realidad lingüística .

Si bien desde el giro lingüístico sabemos que la realidad objetiva no es exterior al intercambio comunicativo, a la mediación gramatical, sino que la verdad es el resultado de la discusión, de la neutralización dialógica , lo cierto es que este mundo del lenguaje, de las redes de sentido social, es parte de una subjetividad que se convierte en simulación objetiva que coacciona y limita la acción individual, y que por consiguiente, se transforma en dato empírico que el analista social no conoce más que a través de las representaciones teóricas que se hace de la realidad. Si por una parte existe un consenso especulativo y universalista en la reflexión social que impone un modelo de aproximación al mundo empírico, y que para bien a para mal canaliza las fuerzas del desarrollo hacia oportunidades bienestar social que no deslegitiman la descarada monopolización privada del capitalismo, la verdad es que esta ortodoxia sociológica busca moldear y oprimir una realidad cultural periférica a ciertos a priori ideológicos demoliberales que sólo favorecen a los grupos de poder . Al sólo sujetar los repertorios culturales a las necesidades de reproducción de una falsa totalidad que nos vigila y no deja madurar soberanamente a la formación sociohistórica de nuestra sociedad específica, la reflexión social no es ajena a las exigencias de esta realidad manipulada, sino que en muchas ocasiones se ve obligada a subordinar los resultados del trabajo intelectual a las necesidades de justificación empresarial y de planificación fragmentaria del capitalismo trasnacional.

A medida que la reflexión social es incorporada a las urgencias de reproducción de la maquinaria sensorial, trocando el resentimiento y la sensación de extrañamiento por deliciosos comentarios y por un profesionalismo psuedocomprometido con la realidad social que merece buenos sueldos, el dato empírico es supeditado a los esquemas previos que el aislamiento intelectual elabora. Es decir, el profesionalismo sociológico al distanciarse de un tejido social hacia el cual no siente ninguna deuda ideológica y que en muchas ocasiones ahoga el talento individual en la impersonalización masificada convencen al analista social a utilizar y a manipular sin ninguna consideración ética los marcos de referencia teóricos que saturan la formación científica del intelectual. Su ceguera al no querer ver la posición de asalariado intelectual, de esclavo que fabrica ideologías que otros utilizan y ofertan en el mercado político, facilitan la colonización de nuestra estructura de pensamiento . Lejos estoy de sostener que nuestros sacerdotes del conocimiento, que nuestros abogados de la planificación estratégica son tontos útiles de un campo social que se impone so pena de quedar excluido del mercado intelectual. En todo caso el cinismo intelectual que se apodera de estas conciencias los empuja a mercantilizar sus dotes analíticas sin ninguna esperanza de redención social, y al recibir en compensación los recursos económicos para financiar una vida llena de comodidades y de hábitos extravagantes que aplaca todo remordimiento y responsabilidad que se pueda sentir hacia la realidad social. Me parece que hoy en día la colonización abrumadora de nuestra conciencia teórica es producto de un desentendimiento consciente del intelectual de una realidad irracional que sólo estimula y hace estallar sus necesidades de realización individual. Al no querer sacrificar algunos segmentos de su capacidad reflexiva a la consecución de un proyecto colectivo, al temer el aroma deletéreo de la abstracción y al no querer desprenderse de su libertad individual, el intelectual colabora con la degradación de nuestros productos culturales, ahí donde estos no se los impregna de nuestro particular espíritu civilizatorio .

He hecho un recorrido desordenado para ubicar el dilema que atraviesa el pensar peruano en nuestra época. Si bien gran parte de las reflexiones que he desplegado no le hacen justicia a una buena porción de analistas sociales que prosiguen una lucha denodada por resolver nuestras grandes contradicciones sociales, y si bien las conclusiones que desarrollo se aproximan a una crítica nada amigable y propositiva, me parece que sirven para situar los problemas que atraviesa el contexto de la reflexión social. Ahora sabiendo que un cuestionamiento sólo moralista no favorece la promoción de alternativas sociales para escapar a las paradojas que sufre nuestra reflexión social, ensayaré un análisis de los dos horizontes institucionales que legitiman la existencia del discurso científico: la esfera de la creación teórica y la técnica social aplicada. Aunque en una sociedad medianamente desarrollada estos dos horizontes producen saberes que se interrelacionan y se complementan para dar validez y orientación a las políticas de Estado, lo cierto es que en las realidades periféricas como la peruana estos dos sectores están rudimentariamente conectados y hasta se estimula su desacoplamiento objetivo . El origen de esta descomunicación de saberes es la que explica me parece, desde los aportes que la filosofía social pueda proporcionar, la desestructuración socializada que experimenta la sociedad peruana. El hecho de que nuestra formación sociohístorica no evolucione, ni este bajo control de nuestros actores internos explica que la inmadurez material y simbólica en la cual está aprisionada la acción social no se anima a imaginar la posibilidad de una reflexión descolonizada y audaz para realizar el pensamiento en la vida social.

Celebración de la dispersión teórica:

Desde que el pensamiento social peruano surgió fue un cómplice indirecto de las tendencias ideológicas del saber occidental. Fue más sencillo para nuestros primero intelectuales copiar con hidalguía los esquemas cognitivos extranjeros y celebrar con insolencia el sometimiento económico-político que padecía nuestra sociedad y los avances secularizadores que experimentaba la hegemonía occidental . Asfixiados por un eurocentrismo que infectaba las principales aproximaciones reflexivas en un mundo colonial y feudal que bloqueaba el desarrollo de un ejercicio intelectual autónomo, la reflexión giró alrededor del arte retórico, de la sátira criolla y de los dramas religiosos y bucólicos. Si bien existieron producto de la cruel agresión colonial lecturas aisladas y sincréticas como la del inca Garcilazo de la Vega y su visión trágica del choque que supuso la aculturación, lo cierto es que estas visiones no despegaban lo suficiente de los sesgos tradicionales como para generar élites intelectuales que pensaran alternativas a la realidad del régimen colonial. El mutismo de una sociedad estratificada y profundamente jerarquizada en la feudalidad impedía a los actores subalternos, aplastados por la cruel explotación socioeconómica desarrollar conectores ontológicos de meditación social, ahí donde la fragmentación social sólo estimulaba la emergencia de una teología apátrida e hipócrita que sólo buscaba desaparecer la mitología andina de las clases dominadas .

Ante el avance cosmopolita del modo de producción capitalista y del movimiento ilustrado que lo justificaba se generaron predisposiciones ideológicas aisladas que comenzaron a reflexionar sobre las posibilidades de emancipación de nuestras sociedades protonacionales. Estas conciencias individuales acompañadas de una actitud anticlerical y más optimista hacia el futuro prepararon ideológicamente el desarrollo del nacionalismo criollo escribal que buscaba la autonomía económica-política con respecto a España. Sus reflexiones si bien giraron alrededor de un pensamiento racional e ilustrado no persiguieron más que representar unilateralmente a la clase criolla, olvidando, por consiguiente, el derecho implícito de los sectores subalternos que soportaban la reproducción del régimen colonial. Al reducir la emancipación política a las urgencias de un actor único desnudaron las intenciones de no superar la dispersión étnico-económica que arrastraba la estructura social sino heredar intacto un régimen esclerótico que ahogaba en el silencio de la injusticia y de la explotación a los sectores olvidados por la independencia criolla. La presencia de un conservadurismo cultural y la refeudalización de la propiedad agrícola justificaron que los esfuerzos intelectuales por modernizar nuestra ideología política a partir de la tradición liberal no eran más que poses intelectuales para sentirse iguales a los europeos y no intenciones sinceras de lograr una verdadera autonomía ontológica.

Es con la crisis de la guerra con Chile y a raíz de las funestas consecuencias sociales que originó que se levantaron del polvo de la derrota voces indignadas por la impavidez de nuestra clase dirigente; voces como las del iconoclasta Manuel Gonzáles Prada que denunciando la ineptitud y el poco compromiso de los oligarcas con las consecuencias materiales e ideológicas de la guerra abogaron por un redescubrimiento y reconocimiento social de las clases indígenas que soportaron con humillación y dolor los costos sociales de la conflagración bélica. Este despertar despiadado de una conciencia crítica y comprometida con un cambio total de la cultura peruana supuso no sólo identificar los problemas nacionales con la dejadez de la aristocracia sino abrir además un horizonte de posibilidades analíticas y de estudios sociales a cerca de las peculiaridades ideológicas de nuestra castigada sociedad peruana. El nacionalismo criollo escribal que solamente había sido vivido como un diletantismo figurado desconectado de los graves problemas de la joven república evolucionó paulatinamente hacia una reflexión más consecuente de nuestras contradicciones civilizatorias y que daba la palabra a las categorías olvidadas por el reduccionismo oligarca. Si bien esta reflexión sólo alcanzo un desenvolvimiento ensayístico y filosófico, todavía alejado de la rigurosidad científica y de la práctica social, lo cierto es que el grado de análisis y de producción ideográfica que alcanzó proporcionó una fotografía espectacular de los abismos y posibilidades de nuestra condición cultural. Las acertadas intuiciones que produjo, que fueron luego confirmadas por la investigación empírica, otorgaron a la sociología peruana horizontes ideográficos que orientaron y guiaron el desenvolvimiento político de las vanguardias sociales y de nuestros controvertidos estadistas. Aunque en muchas ocasiones las conclusiones que ensayaron se engarrotaron en programas dogmáticos y unilaterales que leyeron erradamente la dinámica de las condiciones históricas lo cierto es que fueron lecturas alegóricas de las profundidades de la mentalidad peruana, que intentaron superar la fragmentación ideológica de la periferia sin abandonar las impresiones espirituales y anímicas de nuestra embrionaria totalidad.

Con la llegada de los grandes procesos sociales como el capitalismo industrial y la sociedad de masas se provocará una ruptura paradigmática con toda la tradición vitalista de la intelectualidad peruana. Elaborando severas críticas al intuicionismo estereotipado de nuestros filósofos sociales, como fue el caso del antropólogo José María Arguedas, el imperialismo sociológico que desarrollará esta generación de pensadores intentará traducir sus lecturas acerca de la estructura social en programas de intervención y transformación social que diluyan y desactiven las coordenadas tradicionales y arcaicas de nuestra impredecible formación sociohistórica a medida que se fuera imponiendo la sociedad moderna industrial. Sostenido en un aparato conceptual racionalista y estructural que persiguió acelerar la dialéctica histórica esta generación de deterministas socioeconómicos se vieron paulatinamente atrapados en las trampas del subdesarrollo, al que quisieron hacer estallar con un exceso de dogmatismo y mesianismo revolucionario. Quizás a estos científicos sociales no se les ha hecho del todo justicia; se ha dicho que influidos por la utopía socialista y por su protagonismo colectivo prepararon la alfombra ideológica para el nacimiento de la absurda violencia política que asoló el país. Se ha dicho también que aunque denunciaron la precariedad y las injusticias sociales de nuestra realidad no escaparon a la colonización de la racionalidad instrumental, ya que muchas de sus reflexiones simpatizaron con visiones autoritarias y cerradas de la sociedad. Sin embargo, creo que a pesar de las limitaciones y regresiones epistemológicas que supuso la asimilación del marxismo fetichizado estos esfuerzos culturales legitimaron como en ninguna otra época un acercamiento extraordinario entre la reflexión y la acción social. Desde que el discurso intelectual subsiste alejado del mundo irracional justificándolo en muchas ocasiones tras pseudos soluciones civilizatorias, este se ha convertido en un ejercicio aislado y neutralizado por la mercantilización del conocimiento. Al no haber podido ser el concepto social un proyecto exitoso de transmutación social, al no haber logrado sintetizar nuestra asfixiante heterogeneidad disfuncional este se deshace en el drama esteticista de la literatura, retratando con exotismo y con un descarado humor Light la condición esquizofrénica de la sociedad peruana. La política del fragmento y del coyunturalismo técnico repliega el conocimiento solidario y emancipador hacia los fundamentos abstractos y solitarios de la nostalgia racional, anulando y desvalorizando el saber de las voluntades apartadas que todavía intentan cambiar el mundo social. La atomización social y la fractura que sufre por todos los flancos el saber ordinario desconfigurándose la identidad en el desenfreno psicológico y en el relativismo hedonista ocasionan el eclecticismo y descripcionismo sociológico; el despedazamiento de la individualidad del intelectual y su inmadurez sensorial para sentirse ubicado en un mundo que lo rechaza lo obligan a ser el productor de creaciones simbólicas que privilegian el absurdo y la violencia estética

A medida que la realidad se hunde en la inseguridad y el caos las creaciones intelectuales en vez de reflejar el dolor y lasa ansías de liberación social lo que hacen es huir hacia las ficciones artísticas y narcisistas del ser clandestino, evidenciándose con esto, el afán de salvación del alma individual. No quiero hacer con estro apología a los mártires del saber, lo que busca hacer es que se tome conciencia del rol que desempeña el intelectual: éste no se puede dar el lujo de alimentar un individualismo desvinculado del dolor socializado; su trascendencia consiste en ser aquel que ensaya una crítica despiadada del mundo cosificado, en confiar en las características liberadoras del concepto ahí donde toda la expresión de su singularidad y de su diferencia se sostiene en la teorización de la totalidad. Frente a un mundo desideologizado, y arrojado en el vulgarismo de la dispersión simbólica el conocimiento filosófico social es aquel que puede redimirnos del existencialismo particular y superar la sensación de ser un ser en constante transición.

La tiranía de una realidad objetiva que se nos esfuma obliga al ser periférico a vencer los complejos mistificadores que proporcionan certidumbre, pero que obstruyen el desarrollo de la personalidad con un proyecto de estudio de la realidad social que deconstruya y desactive los múltiples mecanismos y los rostros del poder, trocándolos en interacciones comunicativas que enriquezcan la vida social. Mientras la teoría de la descolonización no traduzca las preocupaciones intelectuales en experiencias viables y prácticas de desarrollo será casi imposible convertir aquella descolonización en una moralidad común del ciudadano de a pie. Gran parte de los errores que intuyo en el programa de los estudios subalternos es que sus militantes y sacerdotes solamente se adhieren a la crítica cuando esta no pasa del texto que escriben, y cuando sus contribuciones políticas no les obligan a negar las comodidades y extravagancias que invalidan su susodicho compromiso ideológico. Al no ser suficientemente radicales en su proyecto democrático de reconocimiento convierten toda la teoría en sólo una moda que forma guerrilleros de papel, ahí donde se hace necesario contar con una sociedad civil convencida de su rol histórico. Un texto que no intenta ser convertirse sinceramente en contexto de sentido solamente justifica la infamia social aunque la denuncie. El desinterés hacia una realidad que desprecian por supuestamente inferior, pero de la cual extraen sus temas de investigación, los convierte en filósofos cínicos, que cultivan su singularidad artística al precio de un mundo vaciado de libertad orgánica. Para fraseando a Horkheimer: la aparente madurez del edificio social es sólo viable a través de la inmadurez de los sometidos que viven consumiendo y fabricando ideologías suculentas.

¿Imprudencia operativa o planificación estratégica?

Una historia de la técnica social es complicado ensayar, todo cuanto más la obstinación de las estructuras tradicionales dificultan la madurez organizacional suficiente como para especular a cerca de las características visibles de nuestro actual subsistema burocrático. No obstante, estas escaramuzas ideológicas, lo cierto es que los desarrollos incipientes del espíritu organizacional estuvieron centralizados alrededor de las necesidades de modernizar el Estado peruano, y paulatinamente alrededor de la empresa de acumulación privada. Es un error histórico suponer que la velocidad y el origen de la red organizativa de estas dos entidades a veces contrapuestas en el Perú contemporáneo sólo alcanzaron gran preponderancia con el desarrollismo latinoamericano. Si bien es verdad que el patrón de crecimiento económico vinculó ambos horizontes organizacionales para dinamizar el cambio estructural, y que esta conjunción se dio con la aparición de las políticas heterodoxas y populistas, lo cierto es que antes del desarrollismo ambos procesos se desplegaron separadamente y en estado larvario. Debido a la presencia de un régimen primario de acumulación que no solicitaba una gran división social del trabajo y especialización administrativa, la empresa y el Estado estaban incrustados al interior de una red jerarquizada patrimonial, intentando convertirse en núcleos articuladores de esta heterogeneidad socioeconómica cuando eran en realidad discursos aislados que poseían poco alcance nacional. Al no estar desarrollados los mercados internos regionales, al estar grandes porciones de la población en la servidumbre absoluta, y al predominar una economía meramente de la subsistencia, la racionalidad burocrática sólo hallaba existencia en los enclaves cerrados de un Estado deficiente y de empresas extranjeras que no difundían los recursos organizativos a una cultura carente de Estado de derecho.

Es cierto que las asimetrías en materia de gestión social impedían la centralización de las funciones, sin embargo, creo que a medida que la estructura primario exportadora no podía bloquear la evolución de los sectores industriales, debido al empuje ideológico del Keynesianismo y del Estado de bienestar occidental se hizo más difícil contener el progreso, eficiencia, concentramiento y disciplina del Estado moderno. Es la seducción discursiva que supuso al razón populista la que sirvió de estímulo social para que la sociedad autoconsciente se organizara alrededor de una regularidad dialéctica, que amparándose en la especialización del conocimiento científico natural y social, perfiló la constitución de una identidad administrada. Las causas de tan extraordinario movimiento histórico y de su agotamiento estructural se explican por el hecho de que la voluntad de los pueblos sometidos trató de democratizar la razón e impregnar la vida social de un sentido solidario y colectivo de felicidad. El desmantelamiento del mundo histórico más por la falta de valor para vulnerar el cáncer del lenguaje mitológico que por la llegada del cansancio posmoderno se comprende en la medida que la organización populista industrial de la modernidad sólida cede su lugar a una ontología de la organización biopolítica y sensorial que va expulsando de los beneficios de la producción a las categorías subalternas que no son capaces de generar saberes para el mercado. La soledad del exilio objetivo y esa sensación de ser parte de un engranaje que nos va devorando obligan a la vida periférica y a los marginados del mundo a reinterpretar y apropiarse magistralmente de las herramientas que los someten y empaparlas de la sabiduría arcaica y popular que hace que el arte prevalezca sobre la muerte sistémica.

Así, la organización simple que había intentando absorber a la impredecible carne social es sustituida por el paradigma complejo de la organización en donde las instituciones objetivas son reemplazadas por repertorios culturales que planifican y controlan el caos global. Ya no es más el hombre el centro de la creación, ni el que regula el devenir irreversible de la historia cínica, sino un miserable pastor del ser tecnológico en donde para sobrevivir hay que estar atento a la emboscada, a la estrategia, a las señales que nos manda el totalitarismo de la complejidad organizada. En un espacio así donde la comunicación y los flujos del capital viven amenazados por la violencia de la corrupción y de la gangrena que todo lo mata, al conocimiento del ser periférico no le queda otro remedio más que renunciar a la confrontación política y replegarse hacia la búsqueda de reconocimiento social como un modo hasta hora no descalificado de humanizar el capitalismo descarriado. Si bien esta organicidad de la mente no ha logrado desactivar las escandalosas desigualdades sociales a partir de la capacitación abrumadora y de la estimulación mediática, lo cierto es que sigue arrojando fuera de la sagrada imagen del capitalismo sensorial a los escombros de los vencidos, a toda la susodicha chusma que padece la explotación y que no es capaz de alquilar su corazón y sus entrañas al servicio de la autodestrucción civilizatoria. Cuanto más la complejidad organizada acelera el embrujo del lenguaje tanto más la incansable reafirmación individual se trastoca en una mentira, en una falsedad que no deja de atormentarnos, pues en el fondo sabemos que nos embarga la nada.

Esta organicidad de la que he discutido en la realidad periférica, encuentra desprovista al espíritu social de la necesaria capacidad para traducirlo en experiencia de desarrollo. Al retroceder el Estado en la aventura de mantener lo que se descompone apresuradamente la minúscula sociedad civil asume la responsabilidad social de mitigar los efectos perversos de la pobreza. No obstante, los severos reveses que atraviesa la política social de promoción del desarrollo sostenible, y a pesar que no ha conseguido movilizar y convencer al actor local que él es el protagonista de su propio destino, es loable la actividad que desempeñan por combatir la pobreza y la desigualdad social. Ya que muchas veces bajo la etiqueta de la asistencia técnica se esconden oscuros intereses por lucrar y vivir con cierta comodidad creemos que la iniciativa empresarial que adopta sobre todo la promoción social sólo debe ser un medio y no una finalidad por hacer riqueza y acaparar poder político. En la medida que se entienda esta premisa humanitaria se logrará comprender el papel secundario que despliegan lo que solamente aman la justicia social; identificar conocimiento con poder es el mayor error que pueden cometer los científicos sociales, y aunque muchas veces la desolación nos transmite ganas de ser héroe, creo que hay que dejar este trabajo para los políticos profesionales.

El desconocimiento al no admitir que una teoría fracturada sólo engendra una acción mutilada conduce a que los acercamientos técnicos y los diagnósticos empiricistas que se elaboran para dinamizar la realidad cosificada se convierten en proyectos que van hacia el fracaso y hacia el despilfarro de recursos. Cuanto más experimenten con realidades regionales y locales imponiendo un esquema de indicadores claramente predeterminado, tanto más las matrices culturales rechazarán las acciones reduccionistas de la ingeniería social, ya que a veces al actuar sobre una realidad específica no consideran que esta es parte de una red nodal y abierta que esta en permanente redefinición y cambio. Mientras la forma de intervención sea funcionalista e empiricista solamente se conseguirán efectos aislados y perversos, aumentando en algunas ocasiones los problemas que se desean resolver. La realidad peruana es compleja e indescifrable, por lo tanto, nuestra acción técnica e imparcial debe ser suficientemente rica y compleja como para develar los profundos misterios de la mentalidad peruana. La expresión de lo incomunicable o inimaginable merece confiar en “ir con el concepto más allá del concepto”; porque no somos una sociedad habituada al concepto por eso mismo lo necesitamos par transformarnos.

Conclusiones.

Es una tarea incompleta la que hoy se percibe en el decurso de la razón sociológica. Mutiladas las habilidades que harían posible un reencuentro entre la filosofía y la práctica social, el panorama que se cierne sobre las ciencias humanas es incierto. Toda alternativa de desarrollo no descansa sólo en la magia de la improvisación técnica y empresarial, que muchas veces nunca siente los conceptos que aplica, sino en la unificación entre una investigación que explore descolonizadamente los saberes sociales y una planificación reticular que aproveche la empatía tecnológica que hoy se percibe en el mundo periférico. En la medida que el desarrollo es un producto de la reconstrucción cotidiana y el aprendizaje espontáneo de los lenguajes tecnocráticos la iniciativa privada de todos los sectores sociales no quedará atrapada en la gramática de la recesión económica, pues seria capaz de asimilar las crisis sociales que desgastan la aventura de la autogestión, y así mutar rápidamente los recursos cognoscitivos que se urge para reactivar el patrón de acumulación. Actualmente que el beneficio económico se sostiene en la desmaterialización de los repertorios culturales, en la desrealización comunicativa, la clave para no desligarse de la economía informacional, que sentencia todo a la obsolescencia es fabricar simulacros afectivos que hagan más llevadera la encarcelación de nuestros exhaustos cuerpos.

En una realidad ahistórica en donde la formación sociohistórica es contenida en la involución ideológica, la única garantía de seguir siendo útil al mercado de bienes y servicios es crearlos para reproducir la parálisis que nos mantiene agobiados; el alma periférica adicta a los simulacros los sigue produciendo aún sabiendo que nos destruirán. La interdependencia global que hace posible la continuidad de la anarquía sistémica sólo es el camino al desarrollo total en la medida que se trastoca la dependencia estructural de los sectores económicos en mutaciones simbólicas y de conocimiento que no anulan la dependencia económica aunque la utilicen con cinismo para que la nación avance a pedazos. En otras palabras, hoy el crecimiento desordenado que experimenta una economía sin pizca de planificación, sólo es obra de los sectores más dinámicos del capital privado, a los cuales les conviene que se mantenga la condición primaria de las economías regionales, porque en ello ven el cimiento que hace posible la ausencia de competencia productiva que favorece los tentáculos de su acumulación.

En un capitalismo periférico desindustrializado, en el cual se controla al centrímeto la agenda del desarrollo humano se permite el florecimiento de las identidades particulares en la medida que la vida social canaliza sus demandas y se autoestrangula a través del formato del individuo propietario y consumidor. Si bien esta enajenación económica se traduce en simulaciones objetivas, que fingen la pobreza material, lográndose la constitución de organismos productivos que se combinan reticularmente, lo cierto es que esta maraña de subjetividades no posee la suficiente racionalidad y fuerza de negociación para transformar el patrón de crecimiento que hoy en día bloquea su especialización productiva. Y esta no parece saberlo la ingeniería social, pues huérfana de orientaciones filosóficas no se atreve a transformar esta rica subjetividad subalterna en una compleja industrialización popular que sintonice con las matrices culturales de la sociedad peruana, porque no ha logrado deshacerse de los torpes prejuicios ideológicos del actor único y de la gran conspiración que todo lo controla. El ejercicio teórico de las ciencias humanas sólo se justifica en la medida que perfeccionen las indagaciones sobre la totalidad social para mejorar la contundencia de la intervención programada. En tanto siga exiliada la reflexión de la realidad cultural a la cual anhela retornar esta no pasará de ser un oficio abstruso o artístico que refleja el extrañamiento e impotencia del intelectual, y por consiguiente, una razón neutralizada en el ascetismo de la inspiración

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Cultura del empresariado

by on Ago.07, 2010, under Sin categoría

Ronald Jesús Torres Bringas

Resumen:

En los límites cognoscitivos de este ensayo lanzamos la hipótesis de que el carácter embrionario e involucionado de la estructura económica es un resultado paradójico de las mismas fuerzas empresariales que dicen estimularla; y que si se desea vulnerar la coraza blindada del subdesarrollo integral se debe superar la visión estrecha que identifica los beneficios de las elites dirigentes con la fragmentación socioeconómica y con la perpetuación de un régimen de acumulación que condena la creatividad progresista del mercado interno al celebramiento ideológico de la mercantilización de la vida cotidiana.

Economía heterodoxa y empresariado:

En los tiempos fáusticos de la cultura latinoamericana el poder de acumulación de los intereses empresariales no sobrepasaba ni alcanzaban a erosionar la legitimidad soberana de los Estados-nación. En cierta medida la capacidad institucional del Estado desarrollista capturaba y regulaba el comportamiento expansionista de la producción capitalista, otorgándole a ésta un escenario de acción económica que no deterioraba el poder político del Estado y que sintonizaba con el bienestar socioeconómico de la sociedad nacional. El mercado interno de las economías nacionales se desarrollaba en correspondencia directa con las necesidades de desarrollo de la esfera pública, dándole a la cultura desarrollista una base material para la expresión de una ciudadanía asalariada y de una pluralidad de intereses que eran atendidos por el aparato burocrático estatal. Al apoyarse inicialmente la acumulación privada en el carácter intervencionista del Estado existía un acuerdo social democratizador que conciliaba la rentabilidad del empresariado con la generación de oportunidades económicas provenientes de la industrialización; acuerdo que implicaba vincular políticamente a la sociedad organizada con el cambio estructural modernizador para comprometer y vigilar la tendencia disgregante de la esfera economicista.
Este pacto populista de un régimen Keynesiano de acumulación del viejo Estado desarrollista se dio con singulares particularidades en las nacientes estructuras socioeconómicas de los países de la región latinoamericana, creándose en algunas de ellas burguesías nacionales conscientes de su compromiso y liderazgo económico, pero en otras, debido a la destrucción de los regímenes tradicionales de crecimiento que arrastraban estructuras patrimonialistas de organización estatal, sólo se desarrollaron segmentos de clases dominantes que no contaban con las suficientes potencialidades políticas como para consolidar el cambio estructural de ésta época revolucionaria. Es por eso que en sociedades nacionales con estructuras enclavistas de producción económica como fue el Perú, otros actores políticos no relacionados con la conformación de una clase dirigente tuvieron que sustituir el carácter retrógrado, premoderno y rentista de la variada oligarquía nacional empujándola a su desaparición o en otros casos a tener que diversificar sus posesiones en la diversificación de las actividades productivas de la nación. La singular relación colonial que estableció nuestra clase dirigente con las fuerzas vivas de la economía nacional y con la clase trabajadora, llevó a pensar al empresariado nacional que eran dueños monárquicos del territorio nacional, y que, por lo tanto, no había necesidad de desarrollar de manera moderna la estructura socioeconómica de nuestro país, pues si bien obstruían con su conducta arrendataria y gamonal el progreso de la sociedad, la forma de existencia servil y empobrecida que sufrían las clases trabajadoras era el destino que merecían luego de echar a perder el carácter distintivo de su reinado neo-colonial. En ningún momento el empresario peruano, frente a la presión social de las mayorías se dio cuenta de su misión histórica al modernizar la economía sino que abrió paulatinamente el abanico de las actividades económicas como una manera de acrecentar sus beneficios rentistas y no como un modo de hacer participar a las categorías populares de la movilidad social y desarrollo intrínseco del régimen de industrialización. En vez de interpretar el desafío desarrollista como una oportunidad de redefinir su relación dominante con la sociedad, como un actor que podía dinamizar la estructura social, la oligarquía interna se obstinó en conservar el arraigo de estructuras feudales en el territorio, obstaculizando la formación de una clase dirigente y obligada a hacer barrida por el desborde democratizador de los sectores revolucionarios.
A estas alturas la conjetura que desarrollo es que los sectores dominantes internos hubieran evolucionado al calor de la modernización desarrollista, si hubieran formado un empresariado consciente de su liderazgo a una sociedad que urgía de una direccionalidad racionalizada y secular. Por no haberse quebrado la cultura oligárquica, en relación a la administración de la economía nacional la sociedad peruana careció del desarrollo de un empresariado con una mentalidad progresista que conciliara su beneficio específico con el bienestar de la comunidad. A pesar que la ideología nacional-desarrollista potenció la consolidación de un capitalismo de Estado, en un contexto de dominación burocrática-autoritaria, en la consiguiente asunción del formalismo democrático la sociedad abandonó paulatinamente el vigor desarrollista y las metas de largo plazo, restaurándose reaccionariamente el manejo oligárquico de la hacienda nacional, en un escenario de agotamiento del paradigma estatocéntrico y de la desestructuración propiciada por el consenso de Washington. Libre de la vigilancia democrática la oligarquía nacional poco a poco fue sometiendo las relaciones productivas de corte proteccionista a sus intereses privados y enclavistas de acumulación orquestando un orden democrático que protege a través de los derechos de propiedad y libertades negativas, el carácter primario exportador de la economía.
La diferente inserción de la burguesía nacional en los procesos de desarrollo, definía la relación entre el avance tecnológico local que estas economías incorporaron y la creciente admisión de códigos tecnoburocráticos de organización administrativa para traducir las demandas democráticas en un gobierno de intereses sociales convergentes. Es la predisposición poco flexible de la administración pública, en cuanto a la inscripción de una sofisticada gramática de conducción organizacional, y debido al carácter clientelar y corrupto del Estado, lo que explica la poca habilidad de la gobernabilidad democrática para afianzar modelos tecnificados de desarrollo que adoptaran conocimiento científico y tecnología eficiente. Al carecer el estado heterodoxo de una estructura dirigencial capaz de leer apropiadamente el cambio tecnológico de los centros hegemónicos, éste evidenció el defecto de asimilar acríticamente el bombardeo tecnocrático de la sociedad del conocimiento, exponiendo a los liderazgos administrativos a la asunción despiadada de códigos técnicos de eficacia y responsabilidad empresarial, sin haber antes abandonado gramáticas tradicionales y anticuadas de organización estatal.
La creciente tecnificación del Estado populista para dinamizar el cambio estructural estuvo restringida a enclaves productivos capitalistas que conservaban actitudes tradicionales de consolidación burocrática, motivo que debilitó el vulneramiento semántico de una cultura oficial que trataba de desactivar la racionalización moderna del estado desarrollista, que había puesto enormes esperanzas de progreso en la constitución de una individualidad estable que fue perdiendo poco a poco la base económica donde asentar su particularidad psicológica. En otras palabras, la incoherencia para impregnar los avances técnicos de una específica racionalidad periférica y descolonizada, facilitaron el dominio y posterior imposición del hombre mercantilizado y con emprendedurismo tecnológico de la periferia capitalista, motivo por el cual desde las clases dirigentes nunca existió ni existirá incentivos soberanos para desarrollar una base tecnológica nacional en correspondencia con el correcto desarrollo de la economía nacional.
En este acápite he tratado de bosquejar la idea sugerente de que poseemos un empresariado cuyos intereses privados se construyen a espaldas de los objetivos nacional-populares, porque en la etapa de constitución de un empresario moderno que respete el orden democrático, se dejó pasar la oportunidad de desactivar la mentalidad oligárquico señorial de nuestra clase dirigente; rezago cultural que imposibilita que el mercado de intereses privados se desplieguen en consonancia de políticas públicas de desarrollo social.

Neoliberalismo y empresariado

El debilitamiento del historicismo desarrollista y la consiguiente apertura de un escenario social inclinado hacia la crisis de los grandes relatos orientadores de la modernidad significaron la justificación perfecta para la ofensiva neoliberal. Con el agotamiento de paradigma Keynesiano de administración de la economía, y con la aparición de la desafección política se apertura la chancee política para desmontar el rol intervencionista y social del viejo Estado populista y de este modo desbloquear definitivamente todos los rigores democráticos que ataban al gran capital al poder soberano de los Estados-nación. Conforme la antigua etapa de modernizar las condiciones tradicionales nacionales ingresaba en un período propicio para la flexibilización del mercado de trabajo y para que se geste la independencia económica de los grandes emporios empresariales, se fue también abriendo la posibilidad para que el poder económico restringiera el carácter comunitarista y soberano del poder político. Al liberarse las decisiones económicas de sus captores democráticos se generó la oportunidad precisa para contagiar a los grandes aparatos institucionales del viejo Estado burocrático de una agenda policíaca del desarrollo que favoreciera los intereses de las elites capitalistas, y que comprometiera a la estructura social en una situación de fuerte desamparo social y anomia objetiva que fue deshaciendo paulatinamente los grandes procesos de socialización que construían a la personalidad estable del nacionalismo metodológico. Es la licuefacción de los grandes sistemas de significación modernos, sin que se llegara a consolidar una cultura de la ciudadanía proclive a defender objetivos nacionales lo que facilitó el desarrollo de una atomización postmoderna y cínica que dejo a la sociedad expuesta ante las fuertes descomposiciones e incertidumbres del vacío antimoderno. La pérdida estructural de una base económica que sirviera de compensación ideológica y de orientación sociopsicológica a los procesos de individuación dejo a la subjetividad ante el obstáculo de construir personalidades cada vez más desconectadas de los procesos materiales y en un franco deterioro regresivo y emocional. Es la automatización que adquieren los procesos de individualización en la periferia capitalista lo que validará el desmantelamiento inmisericorde de los vínculos sociales que antes habían blindado a la intersubjetividad, y lo que empujará a las nuevas psicologías a aprender a sobrevivir en un ambiente lleno de incertidumbre, inestabilidad y desorden objetivo, móvil que irá consolidando una personalidad cada vez más desarticulada, egoísta y distanciada de la solidaridades soberanas.
La inmersión de las nuevas mentalidades subalternas e híbridas en los escenarios inconmensurables de la civilización tecnológica es lo que irá acostumbrando a las nuevas socializaciones a asimilar los ataques tecnomorales y disgregadores de la razón instrumental, con la conformación de una emocionalidad capaz de leer audazmente el caos cultural y capaz de manipular con habilidad la pastoral empresarial y tecnocrática del orden neoliberal. Al no haber mayores apoyos objetivos desde los actores sociales para construir una individuación coherente, la vida cultural adquiere la disposición cognoscitiva de reconstruir, y volver más plásticos los discursos disciplinarios de la gramática globalizadora, reapropiándose creativamente de todos aquellos esquemas más neoempresariales que servían para sojuzgarlos. Si es hoy la vida empresarial de las clases dominantes el esquema organizativo que más éxito ha tenido para insertarse en el mercado internacional, generando una economía primario—exportadora de alta intensidad, es porque esta clase social ha sabido acoplarse a la globalización socioeconómica como el sector social de avanzada de la modernización peruana accediendo a una vida tecnocrática, digital e individualista que es le fiel reflejo de la noción empresarial de desarrollo social. Al ostentar condiciones favorables de vida económica tienen la capacidad de instrumentalizar a su antojo el acceso al conocimiento gerencial y estratégico, construyendo una estratificación social que legitima la vía técnica de desarrollo porque es la noción de racionalidad burocrática la que mejores rendimientos demuestra cuando se trata de mediatizar e imponer la racionalidad competitiva del mercado. La noción empresarial de desarrollo no desencanta a la sociedad como argumento del elitismo competitivo de Max Weber, sino que tras su dominación planificadora, la jaula de hierro burocrática se flexibiliza escapando subjetividades que aprenden a mutar la dominación técnica desarrollando una mentalidad sincrética y sagaz capaz de utilizar con sabiduría el procedimiento tecnocrático.
La sutil sincronización entre el destino social del individualismo empresarial y los esquemas burocráticos de racionalidad empresarial sirven en otras palabras para detener el ciclo de transformaciones sociales, económicas y culturales de la sociedad democrática, imponiéndose un orden tecnoeconómico que asfixia la expresión histórica de las identidades subalternas. Mediante una política de criminalización de los actores democráticos, que antagonizan con los excesos de la racionalización empresariales, la racionalidad postmoderna favorece el desarrollo de un empresariado que consigue su afianzamiento financiero a costa de la destrucción o puesta en postergación de las racionalidades productivas de los actores populares. Han hecho válido un acuerdo democrático y una agenda de desarrollo que sólo estimula un modelo de acumulación oligopólico; en este sentido se ha impuesto una racionalidad política que protege el avance de las identidades empresariales con agresividad y de modo disciplinario y que garantiza las condiciones institucionales para el desarrollo de una alternativa ortodoxa macroeconómica que sentenció a la involución y regresión económica a la formación social peruana. El interés del empresario por vía de este atraso primario-exportador no coincide con las necesidades históricas de las categorías populares. En tanto las instituciones públicas para el control parcializado de la economía harán aparecer una apuesta sobradamente privada como un acuerdo común y convergente, cuando en realidad es una alternativa que sólo favorece la multiplicación de los actores particulares, y cuya racionalidad mercantil desestructura peligrosamente las condiciones culturales e intuitivas de la vida cotidiana.
El control empresarial de la formación social obstruye no sólo la evolución natural de la economía sino que además bloquea el desarrollo material de identidades económicas que no siendo una amenaza para su monopolización primario-exportadora se atreven en red a desafiar el control de los mercados y de los recursos productivos. A pesar que formalmente existen estímulos legales para la siembra de identidades socioeconómicas que copien el esquema empresarial de explotación y organización de los recursos, lo cierto es que la presión democrática del mercado interno y de un tejido socioproductivo pujante significa una amenaza para la expansión desestructurante y fragmentada del modelo de acumulación rudimentaria que defiende con uñas y dientes la oligarquía económica. La erosión que sufre el tejido social – convertido en consumidores compulsivos sin altos grados de calificación profesional- es el principal fundamento privado que permite la acumulación desmesurada de la aristocracia neoliberal, ya que el resultado de su dominación no se consigue sólo con ofrecer una pseudo democracia que sólo garantiza derechos privados, sino que además deposita su efectividad en la interpenetración de una industria cultural que desactiva la participación y que desvía los propósitos existenciales de la vida individual hacia la celebración ordinaria de estilos de vida “light” que legitiman la atomización estética y el impacto narcisista. Es decir, el divorcio entre los planes de vida individual y los desarraigados relatos de la modernidad – que otorgaban sentido unificado- auspiciado por la sociedad de consumo, es lo que contiene en un desbordado discursivismo que culturaliza y evapora la solidez, todo el discurso histórico que promete la concreción de la utopía material y ontológica.
En este sentido, la hegemonía de la forma de vía empresarial que se introyecta hábilmente como seductores formatos de vida tecnologizada, es la principal alternativa monocausal que orienta la periferia empobrecida para salir de la aplastante insignificancia de la pobreza estructural. A no dudarlo, la funcionalidad del espíritu capitalista se basa solamente en estimular el desarrollo de una racionalidad cosificadora dejando en la completa regresión elemental a todas las otras dimensiones cualitativas de la personalidad periférica, porque el desarrollo integral de tales percepciones significaría pensar de un modo consecuente la irracionalidad del orden burgués y acaso también evolucionarían voces disidentes que cuestionarían la banalidad y perversión del desorden capitalista.
Al dejar en la deliciosa ignorancia al despliegue de la psicología subalterna la dominación capitalista se asegura de que no desarrollen intentos colectivos de superar la contención disciplinaria, porque la sola creación de valores alternativos y trasdentales ahogaría en la deslegitimación absoluta la naturaleza corrupta del régimen neoliberal. El manejo del biopoder empresarial asegura que siempre gane el poder simbólico, y aun cuando no lograran neutralizar el desarrollo de identidades transgresoras, no tiene mucha importancia pues el sólo derecho para superar cualitativamente la anarquía global significaría hacer progresar subjetividades solidarias capaces de entregar un contenido histórico superior a los valores de la burguesía. En suma: la noción empresarial garantiza la canalización mayoritaria de la vitalidad de los sojuzgados, mediante la orquestación de un régimen de acumulación embrionario que sentencia a la infantilidad natural a toda la reprimida savia popular, y a una posición de rezagamiento objetivo frente a los desarrollos capitalistas de los países de la región latinoamericana.

Capitalismo popular y PYMES.

La lenta pero despiadada expulsión de la mano de obra calificada y embrionaria de un modelo de desarrollo de baja intensidad que promociona sólo empleo de baja calidad y de una manera segmentada ha hecho que desde los 70s con el progresivo desmantelamiento del Estado sociocapitalista las sociedades populares se lanzaran a la aventura de la informalidad económica. A través de empresas de organicidad rudimentaria y con elemental capacidad tecnológica las clases populares lograron resistir el impacto empobrecedor de las reformas neoliberales consiguiendo a través de una asociatividad comercial capitalizar los suficientes recursos productivos como para producir y colocar bienes económicos de exportación en el mercado internacional. La red artesanal con la cual soportan las exigencias rigurosas del mercado global ubica a las microempresas como la fragmentada economía popular que esconde sobresalientes mutaciones en las formas de producción de la subjetividad subalterna, mutaciones objetivas que dotan a las economías familiares de una singular habilidad para gestionar la crisis social aun cuando esta economía solidaria se halle amenazada por el impacto de la mercantilización que lo monetariza todo. No sólo se ha montado una formidable economía familiar de la subsistencia que permite la protección de los valores de la reciprocidad y de la comunitarización, sino que además esta forma de crear recursos sirve como un reservorio de insumos y sabidurías locales que potencian el grado de generación de plusvalor y de inversión económica. Si bien se puede mencionar que este capitalismo salvaje de baja intensidad impone un régimen de productividad demasiado agobiante para la fuerza de trabajo, la verdad es que en esta acumulación informal las sociedades populares han hallando la base material necesaria para desplegar la manifestación de una cultura descolonizada y subalterna que redefine la discriminación etnoracial de las clases dominantes. Mediante la emancipación sensorial que provee la mass media las sociedades populares se han visto dotadas increíblemente de una verticalidad reconstructiva y reinterpretante que les permite imponer sus conocimientos sociales a los demás sectores de la estratificación social desarrollando subjetividades y contenidos culturales que están a la vanguardia de los discursos legítimos. Es a través de la publicidad, los estilos de consumo y la constitución del producto mediático que la cultura popular ha logrado controlar la producción del socius aburguesado exteriorizando una conducta masificada y diversificada que marketea como forma de vida modelo, aun cuando esta acompañado de un consumismo banal y pulsional que degrada la capacidad de reflexión y que imita en forma de parodia el estilo de consumo de las elites acaudaladas.
Para nadie es un secreto que la lectura apropiada del neoliberalismo a la peruana por parte de las clases populares cholas ha permitido la emergencia de un empresariado popular que ha conseguido niveles de competitividad creciente con las elites criollas, pero el costo ha sido, que si bien significa esto creación de empleo, han reproducido estructuras de dominación burguesa que lleva a mantener intactos niveles de violencia simbólica de la cultura oficial. Aunque en las últimas décadas el reformismo cultural e integracionista de las clases populares migrantes ha cedido frente al carácter cada vez más impactante de la exclusión social, que garantiza la reproducción aristocrática de un gusto exquisito, lo cierto es que las clases empresariales cholas se han distinguido con un formidable poder de adaptación frente a las convulsiones económicas. Este pujante capitalismo popular que provee de recursos económicos para el despliegue de un estatus definido de clase media y de clase dominante es el cimiento donde el empresariado subalterno diseña toda una estrategia de movilidad social capaz de reconfigurar la clasificación social colonial de la sociedad peruana. Aunque la clave de esta acumulación popular sea la cada vez más sincrética ética andina del trabajo que dota al agente económico de una valoración afirmativa del trabajo duro, no es condición suficiente para reconocer que este poder económico oriundo popular no significa una ruptura aun con los intereses primario-exportadores de las oligarquías dominantes, aun cuando la evolución posterior de la red empresarial chola tendrá que cuestionar el cerrojo institucional y las restricciones productivas que ha impuesto la clase criolla postmoderna. En la medida que esta evolución natural sea dotar a la informalidad marginal de una base industrial de baja intensidad que colisiona con los intereses dominantes, será muy complicado desarrollar grupos de poder con vocación nacional que pasen de una fragmentación preindustrial y artesanal a cuotas de capacidad tecnológica creciente con las que imponer un nacionalismo económico solidario y respetuoso de la comunidad política. Quizás el hecho de que su baja competitividad y poca sofisticación tecnológica no representen una amenaza para los grupos de poder criollos, pues en el fondo reproducen el patrón descomprometido del empresariado nacional, sea la razón de que todavía no exista un conflicto de intereses y su no clara armonía comercial. Las Pymes dan trabajo a las clases populares pero en el fondo significan un modelo de desarrollo que restringe las posibilidades de tratamiento macroeconómico de los sectores productivos de clave industrial, alternativa que no movilizaría a toda la nación en el proyecto de una transformación socio estructural de la sociedad peruana.

Esfuerzo individual y vida cotidiana.

Contrariamente a lo que piensan los abogados de la democracia liberal la felicidad escasa que produce el desorden burgués no es un resultado del esfuerzo o sacrificio empresarial que los individuos logran concretar sino algo antagónico que se halla en los vínculos socializadores que este orden social deposita en los residuos y comunidades locales. A despecho de los defensores de la tradición y de los valores explícitos de las economías familiares que esta conserva, la modernidad líquida disuelve los marcos de socialización de las identidades individuales bastante inestables e inmaduras exponiéndolas a las manipulaciones emocionales de la sociedad de consumo. El hecho de que se despoje al individuo de un desarrollo pleno e integral como destino de la felicidad completa, convierte a ésta en una actitud que el sujeto se ve constantemente obligado a renovar ideológicamente, una falsedad genérica con la cual la subjetividad se miente miserablemente para crearse una ilusión reconfortante que no desestabilice su comportamiento cotidiano.
Lo perjudicial de esta incertidumbre postmoderna que deja sin abrigo protector al individuo es que se le ofrece como atributo sustitutivo una moral tecnocrática de la vida cotidiana que traslada el razonamiento de las cosas al trato con personas, haciendo costumbre en la persona despabilada que ésta piense la interacción con las personas como si se tratara de un asunto empresarial o meramente organizativo. Si bien los resultados en la manipulación empresarial de las subjetividades tienen éxito pues se entiende el recurso personal como una inversión de capital humano, la verdad es que tal moral del cálculo racional trae efectos prejudiciales para la constitución de un sí mismo, y de las corazas emocionales donde halla consuelo reparador la subjetividad explotada. Es la continua manipulación de esta racionalidad tecnocrática en el seno de las relaciones sociales y vínculos humanos lo que va deteriorando contundentemente la base afectiva del significado donde reposa la definición de la personalidad cotidiana, procesándose una subjetividad que va perdiendo apoyos intuitivos para sus jugosas recompensas empresariales, aún cuando la planificación rigurosa de la vida individual le abre a éxitos resaltantes. Aún cuando para el individuo tecnocrático pasa desapercibido la razón de su vacío moral pues no puede entender como los triunfos laborales no representan valor alguno para su individualidad, la verdad es que la absurdidad de un modo de existencia cargado de instrumentalización va dibujando la sospecha de que la vida no debía ser tratada de modo cosificado. El capitalismo se las arregla para hacerse de las voluntades humanas haciendo aparecer un camino lleno de engaños y trampas ponzoñosas como si fuera otro parapetado de felicidad y de calidez humana. En tanto el deterioro de la mercantilización no depare más que el ofrecimiento de solas condiciones de vida no se logrará distinguir que la vida no se trata de asegurar pan y cobijo, sino algo más significativo e intenso que la individualidad ejecutiva y abstracta de la sociedad capitalista no consigue consolidar y que arrebata al mundo. El capital usufructúa la vida con significado; es su éxito metafísico nuestra miseria ontológica.
A pesar que mediante la empresarialización del mundo de la vida se puede acceder a una mejor existencia cultural, lo cierto es que tal glamour al que se accede no reporta una paz interior y certidumbre piscosocial, sino una paradójica felicidad compulsiva en los estilos de consumo del mundo burgués que empequeñecen la vida cotidiana para no percibir la tragedia de la dominación postmoderna. El enceguecimiento al cual se conduce la misma personalidad sometida el que legitima una vida que facilita la invasión tecnocrática y la mutación de identidades que no han aprendido a superar la seducción de la gramática empresarial y neoliberal.

Conclusiones.

Advertimos que en el proceso de regresión ontológico en que se ha sumergido la economía nacional el empresariado que se gestó, luego del agotamiento populista, tiene una responsabilidad inobjetable. La modernización autoritaria de los gobiernos populistas no solo no logró conformar un empresariado acorde con su misión histórica de dirigir a buen puerto el proceso nacional desarrollista, sino que además incrustó, como un muro reaccionario, un paradigma empresarial que francamente ha paralizado, el proceso natural de desarrollo de la totalidad social, pues ha resucitado todos los males oligárquicos y tradicionales de una clase dirigente que siempre vio la responsabilidad de administrar el erario nacional como si fuera una chacra personal. Al detener la constitución moderna del tejido social peruano ha impuesto una rentabilidad tecnocrática que logra sus jugosas ganancias a costa del subdesarrollo implícito de las identidades democráticas, y a costa del objetivo soberano de consolidar una estructura económica que se haga cargo de erradicar la pobreza y los graves problemas nacionales de siempre. La involución en la que ha sumergido el mercado interno ha estructurado un modelo de organización política regresivo que facilita la introducción de la dominación tecnológica y que ha hundido en la adopción forzosa de esta pastoral tecnocrática a todas las subjetividades organizativas del mundo subalterno. En suma: el poder económico en el país edifica un régimen democrático, que al difundir solo la multiplicación biopolítica de los agentes privados, corrompe los cimientos objetivos del tejido social nacional que le otorgan curiosamente, legitimidad a todo proceso político interno.
Es a no dudarlo la imposición de esta moral administrativa y empresarial la que erosiona las fuerzas solidarias con las que se defienden las sociedades populares. Ante la arremetida de la razón de mercado y del avance organizacional del proceso de globalización a las identidades populares no les queda mas remedio que admitir y reinterpretar esta normatividad asfixiante, generando híbridos culturales capaces de transculturalizar y domesticar la peligrosidad de la mercantilización. Si bien este proceso de un capitalismo popular ya está en curso actualmente, aún falta redirigirlo en beneficio de los intereses de una sociedad civilizada, desbaratando así las jerarquías antidemocráticas de las élites criollas. Se hacen necesarias reformas sociales e institucionales de segunda generación y una responsabilidad empresarial con el desarrollo social que carece nuestra actual plutocracia económica.

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Fútbol, deporte y sociedad peruana. (Notas)

by on Jul.17, 2010, under Sin categoría

Sorry cumpa. No es personal. Solo son negocios

Sorry cumpa. No es personal. Solo son negocios

Ronald Jesús Torres Bringas.
ronsubalterno@gmail.com

Este ensayo que se disfraza de cuestionamiento constructivo, pero sin dejar el alegato despiadado, me parece que puede contribuir a despejar el escenario de invectivas y comentarios ácidos que se han venido tejiendo alrededor de los magros resultados del deporte social, y ofrecer a partir de los datos dispersos y agresivos, una síntesis rescatable de las interacciones entre la disciplina deportiva y las condiciones sociales en la cual esta se gesta.

El propósito es desarrollar la hipótesis que el condicionamiento de la desestructuración social que padece la experiencia social peruana, aunado al peso arrollador de estructuras cotidianas que cohíben y desorientan la acción exitosa, está dibujando el posicionamiento de un ciclo perverso de fracasos deportivos, que reflejan el poco compromiso dinámico de la individualidad con metas gratificantes y decorosas en términos nacionales, lo cual se explica por el pobre desarrollo de una cultura deportiva. Hay que desterrar esa idea que el resultado y un estilo futbolístico hablando del fútbol es un laboratorio mágico aislado de la sociedad, una pureza de niños que todo el tiempo ríen en el paraíso y no se sienten perseguidos por las influencias de la cultura sentimental y los traumas emocionales que el deporte también arrastra como una cruz. La camiseta nacional debe pesar una tonelada para Pizarro, Farfán y compañía en eso nada más los entiendo.

En los límites de este ensayo creo que una sociología del deporte que centre su análisis en el fenómeno futbolístico es clave, porque se concentra en el proyecto de desarrollar automatismos y resultados colectivos todas las eternas falencias que existen para condicionar la aparición de proyectos comunes que representen el reflejo periódico de una textura social orgullosa de su autenticidad y riqueza sociocultural. No hay que dejar de lado el resultado profesional de las demás disciplinas deportivas, pero creo que fijar la reflexión de la sociedad en proyectos de reeducación cultural que introduce el entrenamiento atlético y psicológico, puede ayudar a entender porque la cultura mediocre de las personalidades típicas no es vulnerada, en este caso, por la incentivación y crecimiento de naturalezas deportivas exitosas.

Algunas ideas piscogágicas.

En sus orígenes históricos el desarrollo del deporte se asoció a una práctica de disciplinar el cuerpo para fines bélicos, en contextos históricos donde el grado de civilización escaso condicionaba que el imperio de la violencia bárbara exigiera la necesidad de movilizar a las poblaciones sociales en función de una estructura militar con que controlar los motines y maniobras desestabilizadoras de los enemigos internos y externos del embrionario Estado. En cierta medida también la necesidad de disponer de grandes proporciones de fuerza de trabajo – movilizar productivamente la sociedad en su conjunto- predispuso que los pocos adelantos tecnológicos legitimaran el uso de oficios y cuerpos adiestrados en trabajos pesados e infrahumanos, lo cual evidenció una disciplina indirecta y esclavista del cuerpo que iba en contra del bienestar del organismo, dados la poca existencia de una seguridad alimentaria masificada. Aqui de manera conjetural se puede abrir una cierta asociación entre disciplina del cuerpo, trabajo danza y artes marciales dirigidas al combate, provenientes de la atenta observación de los ritmos de la naturaleza y de los animales estables instintivos.

Es con la aparición de la estructura estatal más estable, con el control aristocrático del excedente social, y con el surgimiento de enclaves cortesanos, que desarrollaron hábitos y costumbres elitistas y disforzadas, que el cuidado del cuerpo es liberado de sus matices subhumanos y esclavistas, y es asociado al nacimiento de una disciplina deportiva y ritualezca que es empezada a sentirse como una actividad autónoma, un fin en sí misma. Es en la sociedad griega donde la génesis de los juegos olímpicos, con manifestaciones ceremoniales y estéticas, otorga un carácter nuclear a la actividad deportiva relacionando el cultivo del alma y la sabiduría a un desarrollo corporal y hedonista de la estructura fisiológica, con una añadido de ribetes exhibicionistas e individualistas, que aún no permitían la evolución de una mentalidad deportiva en sí misma. El Shaolin y las ramas secretas de as artes marciales del Aikido y Karate Do Japones, hablan del Ki, como fuerza aurática, que debe ser desarrollado con el auto-sacrificio y penosa carga del cuerpo. El espartano sabemos también compartía esta mentalidad

Es con la aparición de la sociedad moderna en un contexto de tensión entre la lógica privada y los esfuerzos socialistas que la insurgencia paulatina del disipamiento deportivo iría dándole al deporte los rasgos de una industria del entretenimiento sobre bases disciplinarias, presuntamente puritanas, que subordinaban la consecución de laureles deportivos a la constante burocratización de la corporalidad del deportista.

Es tal vez una paradoja aparente el hecho de que el fin recreativo del deporte y la formación rigurosa del deportista este entrelazados inicialmente en el escenario de una cierta coherencia socializadora; si bien la práctica socializada del deporte, en especial el fútbol anima reuniones y da cohesión social, la verdad es que este fin sólo lúdico no llega a inscribir al talento deportivo al interior de una cierta mentalidad competitiva, porque este siguiente aprendizaje es el que da validez a una cierta profesionalización del deporte que sólo se adquiere cuando los marcos de socialización logran ensamblar exitosas individualidades.

Es la contradicción que existe en ver sólo la práctica del deporte como una recreación ocasional al interior de una determinada tradición subalterna o popular lo que obstruye el desarrollo de una mentalidad del éxito en cuanto a resultados deportivos. Es decir, el entrelazamiento del deporte en un mundo festivo y consumista bloquea la entrega de la existencia singular del deportista a una adecuada secularización de la instrucción y del aprendizaje de ciertas técnicas y procedimientos disciplinarios, aún cuando el aprovechamiento de la imaginación y riqueza técnica es el producto de una vida insertada en un mundo rico en sabidurías tradicionales y barriales. Un estilo embrionario y de pinceladas de borracho.

Según lo dicho esto, se constata abiertamente en la práctica del fútbol que en cierto momento de control del conocimiento imaginativo del fútbol que este está imbuido de una metafísica romántica y artística, pero es cuando los resultados eficaces del deporte exigen una mayor disposición atlética del jugador y el aprendizaje de recursos tácticos y de posicionamiento estratégico que se subordina el despliegue de la fantasía futbolística en función de la consecución de logros deportivos de carácter enteramente racional.

Este esqueleto de potenciamiento de cualidades mágicas ya no es propio de las escuelas de la calle sino que se aprende y se impregna en el fútbol de la alta competencia de las ligas europeas, en los clubes más ricos de Europa y Sudamérica (Brasil, Argentina, China), Japón….. Este elemento racionalista de la calidad atlética racial tipo la guerra relámpago de los punzerts alemanes, fue el modo que hallaron los europeos para contrarresstar a los Peles, Tostao, Cubillas, Garrincha, Maradona, Di Estefano, Eusebio, y los genios que se divertían y les gustaba bailarse a los macheteros. Es un tipo de voluntarismo a lo Iván Drago. Brutalidad, practica hasta la saciedad, y tecnología del punta, y si mucha dinámica y disciplina deportiva.

Tal vez las sociedades que organizan su cultura popular en función del nacimiento y profesionalización de genialidades deportivas son aquellas que ostentan un grado civillizatorio sumamente rico en disposiciones organizativas que les permiten brindar condiciones sociales para que la riqueza técnica del jugador no se divorcie de su actitud competitiva que debe expresar la disciplina deportiva. Aquella organización social que no construya una infraestructura social acorde con el reconocimiento institucional de sus potencialidades deportivas no conseguirá que la práctica del deporte introduzca en las mentalidades colectivas una sabiduría del cuidado del cuerpo a través de la salud deportiva.

Esta idea anterior, el primer país en entenderla fue Holanda. Holanda entendió que Brasil, luego Argentina, Uruguay, y porque no Perú avergonzarían a los europeos sino se volvían ajedrecistas. Antes se jugaba como se juega en el barrio, al pie y te llevas a todos. Como las partidas románticas de Alekhine y Capablanca, pura pasión y amor por el sacrificio de poetas. Cada vez que lo insultaban a Pelé, el les metia goles, el estadio tenía que quedarse cayado. Asi era la creación. Mucho más que la razón. Pero los europeos son aguafiestas, y siempre quieren que se impotente sacerdote descartes o Kant nos gane. Entonces fusionaron el ejedrez con la genialidad, y nació los sistemas tácticos, de ataque, de defensa, desplazamientos, estilos, búsqueda de espacios, y de dosificación de tiempos y de cómo racionalizar la búsqueda del gol en cuanto a lo que se tiene el genio de cada equipo. Eso era Cryuift y compañía… Genios pero ajedrecistas, ingenieros, y alquimistas, como la Francia de Platini, o el Brasil de del 82 y 86.

En líneas generales, el paso de un prototipo del deporte romántico e influenciado por el carácter festivo de las cultura populares, a una racionalización de las condiciones sociales del deporte en manos de los agentes privados ha hecho que la industria del deporte este controlada por una exigencia administrativa y procedimental que sacrifica el carácter lúdico de la experiencia deportiva a una cuestión de resultado eficientista que sólo consiguen aquellas estructuras sociales que logran constituir una experiencia civilizada de organización deportiva a salvo de las confusiones simbólicas de la complejidad capitalista.

Es decir, se leyó que el mundo que conservara su cohesión como sociedad y nación conservaría su sabor y quimba, su cuerpo y autodominación para seguir jugando al fútbol y al deporte con resultados auspiciosos. Eso es las Olimpiadas. Una demostración de desarrollo y de superioridad entre países. Lamento decirlo compatriotas. El que vaya y pegue su boleto que vea. No se conservó tal cohesión. Hoy la sociedad no existe. Es una palabra. Lo que hay es un sistema variopinto y desorganizado de nodos y puntos de energía donde la vida humana sigue respirando y es un tipo de organización más.

El Perú daba cátedra antes con los Cuetos y cubillas, Uribe, Sotil, Muñante, patrulla Barbadillo, porque teníamos una escuela propia heredada de nuestro meztizaje particular, de “Todas las Sangres”. Parra del Riego dice algo de esto. Jugamos bacan, y hacíamos piruetas como los brasileros porque el mundo popular era un laboratorio de amarguras y desencuentros donde los niños y las niñas hallaban en el fútbol y en el voley, que duda cabe una forma de juego para huir del menosprecio, y crear. Uno crea, para enamorar a la adversidad de los arenales, o en los rios, o con las pistas con baches, o en mal estado, o al pie de basurales. Así como había Chicha, cumbia, Salsa, Pachanga, revolución, movimiento campesino, y boom literario había magia de baloneros en las periferias de nuestras ciudades que enseñaron a jugar a lo que ahora es Colombia, México, Chile, Venezuela, y el Ecuador….. Que Tristeza decirlo. Y no perdimos esta magia porque ya no la tengamos, o porque eran borrachos como ahora lo son Vargas y compañia. Cueto Borracho se lo jironeaba a Messi. Lo perdimos por dos razones. Porque el Fútbol dió un salto a la racionalidad atlética y funcionalista que Europa adopto con los holandeses y los alemanes. Y porque desde los 80s, se nos metió no se como en la cabeza, como a Manco que marcar unos goles en la puna, comprarte un carrito de segunda, vivir por ahi en surco, estar rodeado de sobones, y que te digan papacito por tu dinero, es sufuciente para vivir como una estrella, y que a nadie le importa si hay James Rordiguez, Guardados, Messis, Cross que juegan y buscan hacer maravillas no por el dinero, sino por hacer historia. Eso es Héroe. No se que hacen los jugadores que se están regresando de Europa a la liga peruana. Para mi no son dignos de verlos. Ver Fútbol peruano es de mala suerte. Que me perdonen mis amigos de Cañete y del Mar Rojo.

En función de lo expresado en líneas más arriba arrojamos la hipótesis de que nuestra sociedad no consigue resultados deportivos laudables – aunque si algunas experiencias aisladas- porque el carácter anómico y empobrecedor de la conciencia colectiva desanima y sirve como obstáculo para el desarrollo de racionalidades organizativas que sostengan e incentiven el crecimiento de una planificación deportiva estable que respalde el despegue de singularidades competitivas. Creemos, por lo tanto, que dejar que los éxitos deportivos lleguen como resultado de experiencias aisladas y sacrificadas, más que demostrar la magia de voluntarismos individuales – que a pesar de todas las inclemencias inscriben su nombre en la pobre historia del deporte – lo único que se evidencia es la precaria organicidad y el abandono material del deporte por parte de la sociedad, el Estado y la empresa privada.

Empresa privada y deporte:

Para el personaje de a pie no es un secreto de que el deporte, sobre todo el fútbol, mueve millonarias cantidades de dinero. Que la industria del deporte que apasiona a multitudes concibe crecientemente flujos de inversiones destinados a crear y fortalecer una industria que amasa utilidades jugosas y paga millonadas por descubrir y desarrollar talentos deportivos que reproduzcan y den legitimidad al espectáculo deportivo. No sólo se globalizan corporaciones empresariales especializadas en organizar las sociedades en función del crecimiento de identidades deportivas, sino que además alrededor de la empresa futbolística se teje una cultura e imaginarios simbólicos que integran poblaciones y configuran referentes idóneos para diseñar personalidades afines con la reproducción mediática del deporte. La FIFA en los últimos años, ante sus críticos ha ocasionado una transformación insospechada en este deporte. Donde el poder pretender no sólo ganar con la creación y la magia, sino determinarla en función de esos intereses que siempre han estado ahí. Ese 7 a 1 no es ninguna casualidad se los puedo asegurar. Es jugada de Alekhine.

En especial la empresa privada utiliza las disposiciones exitosas de figuras deportivas con la finalidad de agenciar y construir estereotipos de consumo que faciliten la venta de sus productos y el arraigo de una cultura de estilos de vida apegados al deporte. No sólo es un cometido de la política nacional desarrollar una saludable organización proclive a ocasionar una cultura y una industria del deporte – fiel reflejo de su desarrollo humano y civilizatorio- sino que además el agente privado invierte en este fenómeno de masas, porque en relación a la moda y el erotismo y otros, el deporte sirve para legitimar un estilo de consumo que cohesiona identidades y construye una cultura nacional pero en diálogo con la globalidad.

A excepción de los otros dispositivos culturales que bordean con la desviación cultural, inclinados a desarrollar subjetividades transgresoras y patológicas, la identidad del deportista respira un escenario de promoción del bienestar cultural y material, que asegura el equilibrio emocional y reconforta la salud individual. Más allá de que exista un creciente fenómeno de pandillaje juvenil asociado a una etnocultura de tribus y barras bravas que crían una cultura del delito mafioso e incontrolable, y más allá de que las personalidades del deportista alcancen espectacularidad y bochornoso libertinaje bohemio – gracias a la inmediata movilidad social que significa la profesionalización del deporte – creemos que la proyección competitiva y de mentalidad ganadora que ofrece la práctica del deporte otorga validez a la constitución de una psicología del porvenir y de la completud realizadora que no deja de aprovechar la empresa privada.

Es con todo acierto la incompatible relación que se teje entre la lógica de la mercantilización del deporte y las ramificaciones públicas de la política estatal, en materia de promoción del deporte, las que están obstruyendo el desarrollo de condiciones ideales para la explosión de la genialidad y creatividad del deportista. No sólo no existe una congruente y sólida política deportiva en el escenario nacional, sino que además la disposición monopólica y aristocrática de la inversión privada – que ve el deporte desde el punto de vista estricto de la rentabilidad corporativa – paralizan el apropiado desarrollo de una cultura del deporte con arraigo popular y barrial que logre establecer la creencia ciega en el éxito y la gloria deportiva. Hay un manejo discreto y autoritario, de los talentos que aparecen en los barrios y en las zonas empobrecidas de nuestrro país. No para nada hay un sistema integrado semilleros y de avivamiento del deporte vecinal en los centros barriales y en las zonas consideradas vullnerables, donde este estilo musical del cuerpo con sabor al gol es más mortífero a lo Romario. LO que existe a mi juicio es un sistema, pues lo he visto desde niños, en los semilleros de Universitario y de Cristal y de clubes barriales del Cercado de Lima y del Agustino, donde existe un enorme talento, pero una cultura de sobe y del raje, de la mermelada, y de la tuquería que ha matado lo digo a verdaderos genios del fútbol en nuestro país. Así como Cubillas y Cueto acá han habido 10 por lo menos. Esa cultura del padrino y hoy del empresario …….? que mueve harto billete este jodiendo con sus argollas los sistemas de base del fútbol peruano en el país. Se compran árbitros, se compran resultados, y se deciden campeonatos. Acá hay un complot contra la magia futbolera del Perú, y eso nuestro muy respetado Dr. Burga lo sabe y lo consiente. Hay un sistema organizativo del deporte a todo nivel que lo entrega al que mas tiene. es un picnic para tucos.

Una anécdota. Aún recuerdo yo de 11 años en el Cristal al cañonero Gallardo en las menores del Cristal teniendo que soportar los gritos de su propio pupilo, un jugador con peinado hongo que ni sobrresalió con su enamorada una joven que llegaría ser modelo, su novia, sólo porque le reclamo que ya tenía que volver a entrenar. Gallardo ese que le metio un bombazo a Brasil en el 70. soportando a un engreído de 15 años, y su blanquiñoza, pero chamba era chamba.

Es tal vez la separación abismal que existe entre una gramática de la pobreza, mediocre y derrotista, y la escasa valoración de singularidades con sólida voluntad de poder, que buscan escapar del empobrecimiento desmercantilizado, lo que facilita el fracaso de toda iniciativa organizacional desde el Estado – a través de los sectores democráticos de la sociedad civil – y la que apertura el apoderamiento gansteril de los consorcios privados que sólo promueven la aventura del éxito deportivo en la medida que ello le sufraga enormes riquezas económicas y asegura su control monopólico.

A no dudarlo, el escaso compromiso de los empresarios privados por institucionalizar reglas transparentes para el desarrollo de una política deportiva, que surta beneficios tantos privados como sociales, el hecho de que se manejen las endebles administraciones deportivas del Estado en función de criterios de rentabilidad y de eficiencia económica – sin considerar los contextos de significado fervoroso que arrastra la práctica del deporte en las mentalidades colectivas- facilita el modelamiento irreparable y particularizado de una empresa deportiva que debe combinar apropiadamente el desarrollo de una política pública democrática y heterodoxa en materia de deporte, con escalonadas inyecciones de capital privado que respeten y promocionen el origen popular de la vocación por el deporte.

El inmediato acaparamiento caudillesco de los lobbys deportivos por parte de una clase empresarial que desestructura y manipula irresponsablemente los referentes sociales, de donde el deportista adquiere su creativa quimba y estilo futbolístico, genera que la profesionalización de la experiencia deportiva sea cultivada y reservada a ciertas capas elitistas, que cuentan con los medios económicos para desarrollar una simpatía y disciplina asociada a una mentalidad competitiva. No quiero negar que la práctica del deporte tienda a una monopolización antidemocrática por parte de los sectores con estilos de vida oligárquicos – casos que pueden ser relevantes son el tenis, la natación, etc – pero en sí el impacto de una cultura del consumo en los sectores populares y mesocráticos disminuye la expresión de una coherente profesionalización del deporte, porque esta es percibida como un lujo narcisista del cuerpo, incompatible con la ética del trabajo y de la espiritualidad que olvida la conciencia de lo psicosomático y que esta muy difundida en la cultura conformista y holgazán de la pobreza social.

Aun así creemos que la definición patrimonialista, oligárquica y gamonal de los sectores empresariales internos, que visualizan el tejido social como una despensa de recursos inagotables, susceptibles de explotación y manipulación, sin ninguna consideración ética que valga, coopera (además de otros factores implícitos) para que no exista una adecuada industria y organicidad deportiva con un aprovechamiento responsable del capital humano de los mundos subalternos. Es el carácter particularista con que se ayuda a la formación y posterior explosión competitiva del deporte lo que bloquea el control comunitarista y democrático del deporte, lo cual daría un respaldo tradicionalista a la mentalidad ganadora del deporte, para no verla como una empresa solitaria o una quimera sin oportunidades. El colgarse con desparpajo de alguna hazaña deportiva en la cual sus mezquinos subsidios no tienen nada que ver, demuestra crudamente el abandono y los desencuentros que existen en la sociedad para avivar y enriquecer con laureles deportivos las enormes contradicciones sociohistóricas que padece nuestra realidad asistemática.

Tal como se maneja o condiciona el deporte, tal como se le psicologiza al deportista para ganar en el Perú, habla de una escandalosa ausencia de espirítu nacional, de honor y de progreso moral. Hay cobardía, y traumas acumulados, conscientes o inconscientes que la forma como están construidos los deportistas y como estos compitan en la alta competencia, hablan de disparidades entre sociiedades, civilizaciones, y choques de naciones. Vean así el fútbol amigos sociólogos y no sean tan ingenuos. Hoy todo está conectado. Sino vamos al mundial no es por culpa de Burga, o de las niñerías de Pizarro, Vargas, Farfán, y los de antes. Sino porque no se llega entender que para enfrentar a otras selecciones y ganarles hay que poner 11 jugadores que son la elite de nuesto país. La cuspide magica de un sistema organizado de talentos, de jugadas de ajedrez, de desplazamientos, de respiracion, de cuidado del cuerpo, y de presentimientos en la cancha. Cuando uno sabe dar pases y sabe jugar en la cancha, sabe que tiene que desarrollar una intuición con el campo y sus compañeros. Un radar corpòral, para hacer versos. Eso lo tenía Cueto, Pele. Maradona, Berkamp cuando los bailo a Ayala en el 98, lo tiene Messi, Suarez, James Rodriguez. por eso son genios. Ese estilo se cultiva desde chico, desde la calle, y gana con el corazón y no con el dinero. Eso se llama lenguaje corporal, y son también buenos poetas. Según se por las mamachas.

Estructura negativa y disciplina deportiva:

Las continúas desconcentraciones en plena competencia que padecen las disciplinas deportivas, cunado más se necesita de una personalidad sólida y segura de sí misma para mantener o conseguir un resultado favorable, revelan las escandalosas compensaciones psicológicas y desajustes emocionales a los que nos tiene acostumbrada la subjetividad individual en la medida que las estructuras negativas de la inacción y del empobrecimiento moral atacan y ensombrecen los impresionantes instantes de lucidez y éxito dignificante que la biografía individual se atreve a diseñar.

De cierto modo la incertidumbre que golpea hasta alma más preparada, debilita los acordes de armonía que un desarrollo integral logra fortificar porque el incentivo de capital humano no depende en última instancia del estrecho voluntarismo que una conducta endeble logra desplegar, sino del desarrollo genérico que la particularidad recibe en una formación sociohistórica donde ser individuo es deteriorar los escasos enclaves de socialización que son imprescindibles para el desarrollo de una conciencia colectiva típica.

En cierto sentido la decadencia de la formación peruana, es decir, la pérdida de control sobre la reproducción social del país equivale a que el impacto de una realidad licuada y con un escaso margen de maniobra de sus particularidades locales, sea incapaz frontalmente de deshacerse del impacto negativo de la mediocridad estructural, que confina los avances de realización individual a meros desenfrenos festivos y esquizofrénicos de un ethos transgresivo. Osea Sodoma y Gomorra le seguirán diciendo a Manco que es guapo. Perdona cumpa, no es nada personal, sólo son negocios.

El dominio de un carácter social que recoge su equilibrio emocional de conductas eminentemente transgresoras -de un registro autoritario que celebra la fragmentación de los significados, porque de ello depende el incremento de su totalitarismo sociocultural, de su éxito como cultura mediocre- conduce necesariamente a que la reacción eficaz de la subjetividad no enriquezca las empresas y aventuras exitosas que se plantea, porque las envolturas conformistas de una realidad empobrecedora las desactivan en proyectos mitomaníacos que envuelven el escenario de fantasías y falsedades subjetivas.

El influjo que el rendimiento deportivo percibe al relacionarse con una cultura mediocre, que enfatiza sólo la expresión de ciertos rasgos particulares de la personalidad, bloque la transmisión de una subalternidad deportiva, convirtiendo la profesionalización del deporte en una actividad que es sólo trabajo y no una destreza personal en la que uno logra la felicidad. Es el relativo difuminamiento del ethos popular que otorgaba imaginación a la creatividad deportiva, por irse mediatizando y tornándose híbrido a consecuencia del discurso del consumo, es lo que obstaculiza que la recepción de un relato del éxito y de la calidad total, pueda estar amortiguado por un colchón de ideologías populares que pueden hacer posible vivir el deporte como algo pasional y no mediado por la naturaleza cosificadora del dinero. El fútbol no debe dejar de ser un ritual de la calle, y juego con humildad, para que te hagas golazos por tu nación y no sólo por los verdes.

En otras palabras, el derrotismo y precariedad que atraviesan nuestras principales disciplinas deportivas es un resultado del poco compromiso y desafección que la producción de las subjetividades típicas demuestran frente a una realidad social que torna el trabajo en equipos solidarios en una rareza infectada de ambiciones monetarias y de poderío mercantil. Es el debilitamiento de un acercamiento simbólico con el medio social en el que se forma y crece, lo que obstruye la manifestación de una urgente hazaña de disciplina individual, pues el deportista se concentra para adiestrarse pero no se mentaliza para ganar, “no se la cree”. Pues los centros educativos y los amautas, si es que hay alguno no enseñan el amor a esa tradición, que podría alimentar el alma del deportista.

Creo con firmeza que una psicología no acostumbrada a los triunfos, todo cuanto más el entrampamiento de las relaciones sociales los obstaculiza, ve con perplejidad la consecución de ciertos resultados deportivos, por que la historicidad interna de la trayectoria individual jamás ha logrado tener el control de los escenarios múltiples que lo determinan, es decir, el avance de estructuras afirmativas es complicado en un contexto en donde toda empresa genérica está condenada a la degradación irremediable

. Es la actividad deportiva en estos medios desestructurados un conato dialéctico contra las murallas ideológicas que impiden el logro de la voluntad, un sacrificio solitario por superar las esferas infecciosas de una cultura anómica que “raja” perversamente de toda mentalidad vencedora que asimile convenientemente la magia de la autodeterminación axiológica. Tal vez el hecho de que el despliegue y vida del deportista esté relacionado con estilo licencioso, con un prototipo somático de capacidad sensorial, favorece la desconcentración y la irresponsabilidad deportiva. Sin embargo, creo que las tentaciones de una vida desaforada no son pretextos suficientes para desacelerar el ritmo de competencia que el perfil ganador debe demostrar en todos los aspectos de la existencia cultural.

En líneas generales, el predominio de un ethos negativo y profundamente ideológico, que desanima la pericia caracterológica del deportista y de toda individualidad que desee perforar la cultura del fracaso, es el principal motivo de que hasta la mejor predisposición empresarial no consiga resultados auspiciosos. Sabiéndose que la identidad general es el producto de un proceso histórico en donde hemos carecido de autonomía y autenticidad autoconformativa, entonces toda iniciativa de devolverle al deporte la gloria de antaño pasará necesariamente por generar un híbrido organizacional que reconozca la idiosincrasia del deportista para en base a esa premisa reconocer nuestra ventajas y limitaciones, así avanzar.

En tanto subsista aferrado a nuestro mundo de la vida una ideología miserabilista y del criollo que promociona una plantilla del hombre cosificador y mercantilista será muy difícil confeccionar un respaldo asociativo a los diversos proyectos de existencia deportiva, porque hay que entender que la sinergia colectiva, la mentalidad ganadora, sólo es ocasionada por una vida que tenga hambre de superación y gloria, más allá del impulsivo interés del dinero. De cierto modo el protagonismo de ciertas personalidades deportivas en los últimos años, habla acertadamente de una asimilación afirmativa del discurso del éxito mercantil, pero hay que aclarar que tal destacamiento individual es el producto de la convergencia de ciertas condiciones favorables unidas a un talento cuidadoso y paulatino, lo cual está muy lejos de la realidad de las mayorías empobrecidas que ven el deporte – sobre todo el fútbol- como una oportunidad de movilidad social o de salvación económica, y no como una actividad realizadora.

Conclusiones: El deporte como revolución de la personalidad.

Es característico de la sociedad peruana no contar con la extensión de una cultura deportiva profesional. Este defecto estructural evidencia el hecho de que el proceso de personalización periférico que se desarrolla en las sociedades populares compromete severamente la expresión de una mentalidad competitiva capaz de desactivar una ideología del consumo que sólo visualiza el cuerpo como un campo de expresión hedonista y del deseo. Al peruano, lo habla un hombre que se ha visto obligado a estar en gimnasios toda su vida, por su propensión a engordar y porque tengo que controlar mucha energía de barriada, no le gusta hacer deporte. La base de deporte de alta competencia es la pesa, es la sesión obligatoria de que la persona controle los ritmos y movimientos de su propia masa corporal. Para patear como pateaba Roberto Carlos Mínimo ese chato se levantaba 200kg en sentadillas. Te da potencia. Messi dicen ese chato es de piedra.

Más allá que el deporte sea concebido sólo como una distracción, un pasatiempo barroco que endilga festividades populares, creemos que justamente la no modernización de las ideas deportivas, su no profesionalización atlética, es lo que dificulta la expansión de una individualización más racional y disciplinada, capaz de servir de cimiento psicológico a la práctica del deporte de alta competencia. No obstante la popularidad que alcanzan algunas disciplinas deportivas (como el fútbol) no se visualiza en las sociedades populares una coexistencia afirmativa entre el talento creativo que la cultura popular ayuda a germinar, y la actitud racionalizadora que un estado civilizatorio superior ubica en las subjetividades deportivas, lo cual ocasionaría la configuración de una sólida cultura del deporte como expresión real de una sociedad saludable y civilizada. Creo ciertamente que convertir la práctica del deporte en una actividad organizada y democrática que logre canalizar la riqueza técnica que aflora festivamente en las clases populares es parte de una política de Estado, cuya eficacia a largo plazo lograría movilizar a la sociedad hacia una cultura del deporte conciliada con una ética del éxito y de la iniciativa individual.

Si no existen medidas públicas y legislativas para convertir el deporte en una práctica fomentada descentralizadamente, que sirva para salvar a la juventud de los peligros de la pobreza y de la parálisis consumista, será muy difícil insertar en el tejido autoritario de las clases populares una ideología voluntarista que esparza una mentalidad ganadora al fin y al cabo resultado de que las singularidades logren procesar los peligros de la complejidad organizada. El estado debe ingeniosamente mitigar los efectos dramáticos de la pobreza extrema y de la desigualdad social con el control de semilleros, de clubes deportivos, y de gimnasios populares que capten los talentos deportivos en congruencia con la empresa privada, que gestiona de la mejor manera la inversión en el mercado de los genios deportivos.

El deporte no es sólo algo recreativo sino una actividad que puede cooperar en la creación de una mentalidad con más liderazgo y efectividad, frente a la oscuridad del conformismo y de la pobreza moral. Estos experimentos ya se están haciendo pero aún en la costa, y he visto por esta, en la sierra, al pie de los hielos, y en las cochas verdaderos animales ludicos del fútbol con destrezas por descubrir. les hace falta el freno, y la vista del águila de mi barrio, pero hay pulmones, fuerza y una patada de burro y de jaguar que cualquier ruso o alemán envidiaría….. a redescubrirnos. Si No hay nación, no hay Mundial…. Y Ya díganle a Pizarro y a Guerrero, Vargas que dejen la sele, ya están viejos, recambio ya. mucha argolla y mal ejemplo.

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