Ni Atenas Ni Israel

Femenicidios y sociedad. Apuntes

by on Sep.30, 2016, under Sin categoría

Buscar las razones de porque nuestra sociedad es tan violenta en contra de la mujer, y se llega al caso de los feminicidios es penetrar en la raíces estructurales de nuestra vida cotidiana como país. A pesar de los avances modernizadores del feminismo y del rol cada vez mas protagónico de las mujeres en la vida social, aun persisten en nuestro país grandes zonas grises de barbarie y antimodernización, donde la mujer es poco más que una reproductora del hogar doméstico. Y esto se debe a que como proyecto de nación la modernización sólo ha llegado a las ciudades más grandes y es ahí donde el rol empoderado de la mujer se hace sentir sin ningún atropello. Pero como no somos una cultura integral donde la energía de la modernidad se propague de modo homogéneo, es arraigado aún un profundo subsuelo de ignorancia y de tradicionalidad que no deja verter la racionalidad de la comunicación y de la deliberación en el hogar, y en las relaciones sociales más íntimas. Sigue subsistiendo la idea de que Lima es una esponja, un vampiro que se chupa lo mejor del desarrollo para sí misma, y deja a las regiones en el atraso y en la formación de una cultura colectiva sumamente escasa y violenta.

No solo el atropello en contra de la mujer es un síntoma de que la racionalidad de la comprensión no se extiende de modo democrático en el país, sino además que de modo histórico subsisten imágenes psicológicas de la mujer como un objeto de producción privado que es la base del rico asociativismo comunitario que vive el país. En su tarea de sostener el hogar la mujer ha extendido a las sociedades barriales la fuerza de un tejido voluntario que ha permitido en nuestras peores épocas sostenernos de la violencia y de la crisis económica. Este mundo de una economía de la subsistencia a través de los comedores populares y los clubes de madre ha hecho notar la ausencia de una figura patriarcal que nunca estuvo en su poder construir una poder público resplandeciente. Lo que vemos es que nuestra esfera pública es débil y penetrada por el patriarcalismo porque a los hombres les quedo grande constituir de modo democrático un Estado reprublicano. En su lugar el patriarcado nos ha hecho conocer una masculinidad peruana que ha hecho lo posible por hacer permanente el poder de la aldea y del latifundio tanto en las relaciones públicas como en lo privado. Y esto para hacer constante la figura de un señor todopoderoso que es dueño de tierras como de mujeres. En su terquedad por mantener un poder arcaico y atrasado han devastado la posibilidad psíquica de construir vínculos afectivos duraderos y democráticos, justo cuando la modernidad clamaba racionalidad para la sociedad moderna.

Es esta confusión entre lo público y lo privado lo que ha hecho que no desarrollemos una sexualidad liberadora. Y en su lugar haya sido casi incólume una racionalidad del sexo conservadora e hipócrita que ha hecho de la intriga, del sobón y del rajón, un vehículo cultural para hacerse de los favores del placer como para construir una sexualidad reprimida y enferma. A no dudarlo es esta manutención de una cultura colonial y patriarcal de la abstinencia lo que freno en la resignación al mundo andino y permitió a las oligarquías que pasaron por nuestra historia desarrollar una sexualidad más potenciada y libre. Es este desencuentro en cuanto al poder hegemónico de la carne lo que ha arrojado sobre las relaciones sociales más subalternas una personalidad atizada por el odio y la frustración. Y no hay que negar, si no funciono o no existió una cultura democratizadora y sin complejos de la sexualidad es esto lo que ha hecho fracasar el suelo para una cultura sin discriminaciones e igualitaria. Es una sexualidad y un amor conquistado a fuerza de violencia simbólica lo que arroja hoy en día sobre nuestra historia cultural una vida íntima atravesada por la psicología de la violencia y del aprovechamiento subjetivo y corporal. En este sentido cualquier proyecto para modernizar las relaciones entre los hombres y las mujeres debe entender los profundos abismos psíquicos que existen sobre nuestra cultura en relación a la sexualidad, y no seguir aventando al caballazo fuerzas liberadoras de la sexualidad sin comprender las heridas históricas y antropológicas que atraviesan al peruano.

En este sentido, explicar la violencia en las relaciones de pareja es comenzar a entender que el proyecto de diálogo y de amor que la modernidad propagandeo como injerencia para que nos entendamos y comuniquemos ha fracasado. Y que en su lugar regresan de modo microfísico y corporal proyecto de odio y de resentimiento donde la subjetividad del hombre de a pie se desgarra entre la soledad y una sexualidad violenta y traumatizante. Al escasear el amor, o al perder toda voluntad el hombre y la mujer para su aprendizaje, es de preferencia demostrar un poder impactante para las relaciones íntimas y sexuales como un mecanismo de compensación y de reconocimiento que amortigua la ausencia del afecto y de la comprensión entre las personas. En la medida que las personas no se esperanzan por conseguir un afecto duradero, y hacen del amor una relación vital difícil de sostener se genera una personalidad vengativa y llena de rencor que ve las relaciones de pareja como oportunidades para divertirse o cosechar historias anecdóticas e intensas. Es la cultura de la intriga y del chisme como mecanismos de comunicación en la relación a las relaciones amorosas lo que carga de tensión y de indignación a la salud mental de los aspirantes al afecto del sexo opuesto, y esto es lo que hace estallar cuadros preocupantes de violencia y de odio desmesurados. El empoderamiento de la mujer en nuestra sociedad lleva la carga de la intriga a sectores donde no deberían llegar y esto es lo que desata la violencia en las relaciones de pareja llevando la peor parte las mujeres. Es además el embrutecimiento en que ha caído el hombre, producto del relajamiento de la masculinidad lo que ha arrojado sobre el hombre cuadros de inconsciencia y de agresión.

No es mediante la penalización o la vulneración de la masculinidad como se va lograr un equitativo entendimiento en las relaciones de pareja. No es reemplazar una relación vertical de poder por otra como se va resolver el problema de una subjetividad vaciada de paz y de bienestar. Tanto los hombres necesitan de las mujeres como viceversa. Pero hay que entender que la aplicación de políticas públicas que tengan un decidido impacto sobra la cultura de las relaciones de pareja, pasa por hacer un minucioso estudio de la subjetividad y de la intimidad en nuestra cultura nacional; y eso es algo que el abanderado feminismo debería considerar, y no sólo imponer sin ningún conocimiento de causa políticas eurocéntricas que echan más fuego al caldero. Aunque hay resistencia fuerte en los hombres por renunciar a su poder opresor hay aún una decisiva fuerza espiritual en relación a que los sexos no se separen. El amor es una fuerza espiritual que hasta el más bárbaro desea en su corazón y no debería ser considerado los romances como situaciones susceptibles de crítica y de refunfuño. Es nuestra cultura conservadora la que refuerza que el amor se convierta en una relación de opresión y de pertenencia opresiva. Cuando debería verse el romance como un aprendizaje constante de práctica amatoria, donde el poder sobre el cuerpo no sea visto como una relación de dominio.

Sigo insistiendo, mientras la modernización siga siendo una fuerza destructiva que libera y confecciona individuos consumistas e impulsivos la violencia seguirá siendo el síntoma de una cultura que no ha sabido hacerse del control de la modernidad. Hace falta entender que el proceso de modernización reforzado hoy en las regiones con los procesos mineros y comerciales echa violencia sobre la cultura porque disuelve las tradiciones y los arcaicos sistemas de representación. Al disolver estas culturas locales la modernización es la contraparte de una intersubjetividad o de una cultura local que vive en carne propia el sin sentido de la vida y de la agresividad criminal como de hogar. El feminicidio, en este sentido, es la prueba que la modernización no disuelve sino ha reforzado la fuerza del machismo, y que el hombre se ve intimidado por el empoderamiento de la mujer en estas últimas décadas. El hombre aún no entiende que la fuerza de la mujer merece todo el reconocimiento cultural de nuestra nación, y no sólo entenderla como un objeto de propiedad doméstico o de placer. Aunque las mujeres de mayor valor social y sexual hacen uso de su belleza para sus emprendimientos propios, y eso concita la crítica conservadora y el dolor moral de los hombres, lo cierto es que esta habilidad no debería verse con menosprecio, sino como un poder que la naturaleza les ha dado. El problema que vuelve violentos y desquiciados a los hombres es cuando el amor o el afecto concita un precio, y eso es algo que no garantiza sino la infidelidad latente. Pero hasta eso debería ser parte de la costumbre. Por ahora evitar los feminicidios pasa por reformar el sistema educativo de modo transversal, y reforzar las culturas barriales y comunitarias para que la formación de los niños y los jóvenes permitan identidades más democráticas y asequibles. Sino se arroja amor sobre las relaciones sociales, cualquier cosa en su lugar es lo mismo que rencor y antagonismo.


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