Ni Atenas Ni Israel

Ficciones 8. Un verano para recordar. Tres por tres

by on Sep.08, 2015, under Sin categoría

El verano del 2001 me la pase trabajando en carga por toda Lima. Cursaba el tercer año de sociología y como no podía aún desempeñarme en mi carrera me ganaba los frijoles cargando todo tipo de objetos pesados y llevarlos a almacenes en diversas partes de Lima. Ya hace algunos años atrás había chambeado en RAMSA y en el puerto, pero como tenía que estudiar pronto abandoné ese trabajo. Me recursie ese verano cargando guías telefónicas y dejarlas en las casas en todos los distritos de Lima. Estaba al cargo de un camión y un ejército de cargadores que facilitaban el trabajo. Los dejaba en puntos clave de los barrios y luego los recogía al terminar el trabajo. Eran días de apretada laboriosidad y de camaradería con bromas y disparates con los amigos de la chamba.

Los tres meses me los iba pasar al cargo del camión y de la administración de los trabajadores sino fuera porque cometí un gravísimo error. Primero por no cumplir con los descargos de guías al tiempo requerido perdí el rango de administrador del camión y pase a ser uno más del ejército de repartidores. No me disgustó el trabajito pues en bivirí que usaba y con la juventud que a la postre disfrutaba recibía todo tipo de regalos en las casas, y uno que otro besito de alguna dama con afecto. Era agotador y criminal tener que estar todo el día cumpliendo con los encargos y solicitar si tenían guías usadas para una campaña de solidaridad con el sol abrazador que había. Pronto en los almuerzos y al recibir la paga quincenalmente trabé una buena amistad con chicos de toda procedencia y de diversas partes de Lima. Fue una lástima que me degradaran hacia febrero a descargar trailers lleno de guías en las madrugadas.

La travesura que me atreví a hacer fue querer intercambiar las guías por algún sencillo aludiendo que tenía autorización de la empresa. Una vecina de las tantas a la que visitaba se quejó con mi administrador y pa esa tarde estaba frente al supervisor recibiendo todo tipo de reprimendas y amenazas con salir del trabajo. Gracias a mi buena fortuna me pusieron a dejar guías en oficinas y en hoteles de toda la ciudad. Mi jefe en estas travesías me puso dos compañeros que habían también cometido travesuras en su chamba e íbamos como bultos en la parte trasera del camión. Luego de estar paseando por todas las empresas importantes de Lima, cambiábamos algunas guías por empanadas y pie de limón sin que nadie se diera cuenta y jugábamos carnavales con los transeúntes en las calles. De seguro recibimos las observaciones de nuestro jefe, pero éramos tan jóvenes y pata e perro que no hacíamos ningún caso.
Uno de los tres se enemistó con el chofer. El camión que retrocedía se choco con un auto y el chofer nos echó la culpa por no avisar. El más forajido de los tres, Chico malo casi se va a las manos con el malcriado chofer que le mentó la madre. El supervisor del camión era buena gente y en parte se dio cuenta que era sólo un incidente menor así que nada decía. Hasta que en una de las oportunidades nos vio cambiar una guía por una empanada, y a otra vez estábamos frente al jefe recibiendo advertencias duras y jodidas. Nos repuso en el trabajo pero nos disminuyo de nuestras quincenas una parte importante. Chico malo y Oscar eran padres de familia y las reducciones dolían en sus hogares.

Se terminó el trabajo de repartición en oficinas y a mí por pedido especial de una de las supervisoras estuve unos días repartiendo guías en algunas locaciones que se le habían escapado a los jefes. Ella se llama Alejandra, y era novia de uno de los jefes. No supe nunca porque me escogió para que le ayudara luego de tantas faltas que había cometido. Nos hicimos buenos amigos, pues comíamos y conversábamos juntos en el camino. Ella era una mujer bella y sofisticada. Cada vez que chico malo la veía me pellizcaba en el brazo pues esta mujer se manejaba un tremendo derrier que sobresalía para todos los mañosos. No dejaba de verla y ella me preguntaba muchas cosas insinuantes averiguando cosas sobre mi vida. En una de las frenadas me resbale hacía su cuerpo y hubo un hecho bochornoso, pues su carcajada casi termina en un beso.

– Cuidado que tengo mi marido y es el jefe
– No señorita no fue mi intención
– Bien que te has ganado con el empujon, me voy a quejar
– No señorita Alejandra voy a perder el trabajo.

Paramos en una torre de oficinas ejecutivas y subimos con la carga hasta el doceavo piso. Yo iba con las guías en el hombro. En una de los trompeteos del ascensor de nuevo me resbale encima de Alejandra. Pero esta vez ella me castigo con una besote mientras yo quería más, pero me detuve en el beso que duro como seis segundos.

– Esto no ha pasado amigo
– Si lo entiendo señorita, aunque yo quería más
– Mas que, no te pases, eres un chibolo cojudo
– No me importa lo que diga yo sólo quiero conservar el trabajo
– No te preocupes esto se queda acá.

Luego de tres días de trabajo con Alejandra trabajando volví a repartir en el camión guías con Oscar y Chico malo. “Paso algo pendejo con la potona. Nada compare, absolutamente nada solo trabajamos. Eres un huevon me dijo Chico malo”, mientras chupábamos un roncito en la parte trasera del camión. Ahora se nos había comisionado recoger guías viejas de los almacenes y llevarlas al almacén central de Caritas Perú, como parte de una campaña. Lo que no sabíamos que el nuevo supervisor del camión dejaba una cantidad importante de las guías telefónicas en las recicladoras de la Victoria y repartía las ganancias entre los compinches y luego nos íbamos a chupar cervezas al cono corte. Era una travesura ilegal pero durante dos semanas de Marzo que hicimos este trabajo nos alcanzaba para tomar y pasarla bien. De algún modo inesperado hicimos amigos con el nuevo supervisor que era un pendejo. Temíamos ser descubiertos pues venían lotes no tan importantes de guías viejas a los almacenes de Carita. Pero nadie decía nada. Durante buenos días cargábamos borrachos las guías con la sonrisa en la boca.

Nos hicimos tan amigos con Oscar y Chico Malo que pasábamos los fines de semana en Villa el Salvador a una cantina cuyo rótulo en la entrada era “Donde la Vida no vale nada”. Un sábado quedamos. Eran ya los días finales del trabajo, y yo regresaría a la universidad. Chico malo y Oscar se quedarían sin trabajo. Conversamos de estos en la cantina mientras escuchábamos los boleros de Iván Cruz y pronto las borracheras de las otras mesas se tornaban complicadas con gritos, murmullos y alguna que otra pelea inusual. En la cantina pude darme cuenta que mi presencia causaba molestias en las mesas contiguas. Por alguna razón cuando ya todo eran gritos y escaramuzas un sujeto de una de las mesas se acercó con el pecho descubierto buscando camorra. Chico malo semidormido por el alcohol lo paró en seco, lo amenazó de tal modo que se detuvo y retrocedió. Había sacado una navaja y eso lo impacto. Todos nos reímos de la escena. Chico malo se volvió a dormir era una pollo. Ya tomábamos cañazo a eso de la dos de la madrugada cuando Oscar recibió una llamada. Pronto luego de unos minutos vino acompañado de tres morochitas muy bellas amigas de su barrio en San Juan de Miraflores. De pronto Chico Malo se despertó y se le detuvo el corazón, y quizás algo más.
En la cantina también vendían marihuana. No se como de la cerveza, al cañazo luego pasamos a fumar unos porritos. MI acompañante se llamaba María José, era una morocha bien linda, y aunque a veces no escuchaba sus palabras pues estaba ebrio pronto supe que todo eso acabaría en la intimidad más loca de la noche. EN la escena de la mesa veía como Chico malo y Oscar producto de la droga eran risa y risa y caricias desembozadas. Volaban las botellas y las peleas fuera de la cantina eran lo usual.

– Quieres salir Ronald- Me propuso María José
– Aún no- Se precipitó Chico malo- nos vamos a ir todos juntos a otro lado.
– Sera chévere Ronald, marihuana y trago a granel- Pronunció Oscar
– “Si, si…”- todos gritaron al unísono
– Ronald aunque estoy ebria me gustas mucho, quiero estar contigo.
– Te voy dar un beso- besé a María José, mientras le acariciaba las piernas
.
Estábamos todos tiesos. Salimos de la cantina con rumbo a la calle. El aire me emborrachó más pero estaba aún consciente. La droga me tenía semidormido. Entramos a un hotel y yo con María José a una habitación. Tan empilados estábamos que nos desnudamos con arranques de furor y dentelladas. Ella era cálida y su cuerpo dulce y estremecedor. Ella hacía el amor como una salvaje, y me devoraba con su calor. Le recitaba dulces palabras en su oído mientras ingresaba en su cuerpo con movimientos melodiosos y su risa entrecortada me arañaba la piel. Estar con ella era quemarse las entrañas, era estar hipnotizado por momentos. Los espasmos de nuestros cuerpos, con los efectos del alcohol y la marihuana vibraban repletos de mordidas y de lágrimas de emoción. De pronto sonó la puerta.
Abrí un poco la puerta y fui empujado por Oscar Todo desnudo.

Se abalanzó sobre María José, que se carcajeó y me dijo que hiciera lo mismo con su pareja. “Oye huevetas vamos a pasar los tres por las tres, así que haz lo que te digo” Impresionado algo me jaló desde la habitación de Oscar, era su mujer que pronto me animó a que le hiciera el amor. Estaba tan conmocionado por la travesura que me abalance sobre esa mujer. Pronto me sobrecogí de tal modo que una violencia sensorial me derretió el cuerpo. De pronto sonó la puerta. Era Chico malo desnudo en la puerta. Salí corriendo y en unos segundos estaba encima de la mujer de Chico malo. Las risas y los rumores de los catres danzantes recorrían la estancia. Ninguna mujer sería nuestra por aquella acción de locura desbordante, pero algo si era seguro. Nadie olvidaría esa aventura. Amaneció y los tres bajamos agarrados de nuestras parejas a desayunar en algún restaurant cercano. No se como en tan sólo una hora esas mujeres eran unas completas desconocidas. Nada poético o romántico sucedió aquella noche sino sólo sexo y del mas desmesurado.

Regresamos a los últimos días de trabajo en Marzo. Nos comunicaron que ya no seríamos parte de la empresa. Debido a nuestras faltas era el justo castigo. Me despedía de ellos con la promesa de volvernos a ver, y hacer mataperreadas juntos. Pero los compromisos en la universidad y los peligros que había pasado hicieron que me olvidara de ellos a los pocos meses. Tome mi paga de trabajo y me compre unos casetes de Silvio rodríguez y me fui al mar a pensar. La política y el rencuentro con mis patas de estudio me hicieron olvidar mis aventuras de trabajo. No debí olvidar a Chico malo ni a Oscar, pero el progreso me aventó hacia lo seguro y sofisticado. Se que ahora eran unas amistades más mas sinceras y decididas. No como lo que hallé después.


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