Ni Atenas Ni Israel

Ficciones 7. Mis talismanes y Cañete

by on Sep.04, 2015, under Sin categoría

Durante mi instancia en Cañete tuve mucho trabajo que hacer. Lo bueno era que en las noches de verano me distendía y me dejaba llevar por los misterios de este extraordinario valle de bellezas y de intensidad. Cañete es lo que se dice un valle de ensueño donde el vino, el pisco y las aventuras culinarias se entremezclan con las sonrisas y la sensualidad. Fue un verano ardiente lleno de sorpresas inolvidables y no menos peligrosas para mi persona.

Mi instancia coincidió con el festival del pisco en Febrero. Luego de agotador trabajo de ir para acá y para allá me dispuse a comer una parrillada y a endulzar la garganta con un vinito. Mientras cumplía con mis antojitos pude notar que estaba rodeado por todas partes de lindas mujeres. No estaba entre mis intereses hacer alguna aventura pero como forastero algunas miraditas curiosas se posaban en mi persona sin que pudiera no responderlas con alguna sonrisa. Como a veinte metros de distancia había una mesa donde una radiante cañetana estaba fijándose en mi humanidad envolvente. Luego de dar vueltas en mi cabeza le mande una rosa con un pequeño para que me permitiera hablar con ella. El truco dio efecto y en un santiamén estaba conversando y carcajeándome con esta dulzura de mujer.

Ella era empresaria dueña de un bar en Cañete, y otro en Ica. Se llamaba Priscila. Esa noche había recabado en Cañete por algunos negocios importantes y por visitar a unos parientes que a la sazón vivían en la ciudad de San Vicente de Cañete. Estaba tomando aire en la plazuela y hace gran rato se había fijado en mi rostro de niño juguetón. Por seguirle la broma le decía que era un niño y a la vez un buen amante. Que a veces el fuego se encuentra en el espacio menos pensado.

– Así tan planchadito y tan poético.
– Pero te gusta que lo sea, mediante las palabras se llega a la pulpa.
– Jajajaja que quieres decir con pulpa, la de mis labios ya tiene su amo, y yo soy su esclava.
– Esta noche yo sólo veo a una dama muy bella y solitaria, así que me adelanto a cortejarte no importando quien sea el.
– Eres un atrevido, pero ningún beso vas lograr de mí.
– Eso estará por verse- y le hice un guiño provocador mientras la jalaba a bailar un bolerito que en la plazuela se escuchaba.

No era tan bueno bailando, pero lo suficiente para clavarle la mirada de gavilán pollero en sus ojazos. Ella sonrojada se sonreía ante cada acometida de mi boca en sus cabellos y cada vez que le hacía dar vueltas y la fastidiaba en sus oídos. Me gustaba porque me derretía por esa mujer, por su voluptuosidad y ardor para amar. Pero algo pasó que flageló la noche. Llegó su marido, y me apartó de un empujón de su mujer. Yo algo caliente pero a la vez aceptando mis faltas no trate de pelear por ella. Me escabullí por otro lado de la plazuela de San Vicente de Cañete, y me puse a fumar como chino en quiebra con mi botella de pisco en la mano, como bien tomador. No insistí además porque alcancé a ver el fierro de esa persona, y eso podía acabar mal para mí.

Como la noche había traído este incidente decidía alejarme a un bar y tomarme el piscachón y comer algo mientras recuperaba fuerzas. No se como vi al otro lado de la mesa a dos chiquillas a las que había conocido en el viaje de Lima a Cañete. Pamela y Marjorie se llamaban las traviesas. No se como estaban sueltas en plaza a tal altura de la noche. Para mi eran dos luces en esa noche que me había desdibujado la sonrisa. No me avente a buscarles de nuevo conversación y parecían no alcanzarme a reconocer desde tan lejos. No se como en ese reconocimiento de miraditas alcanzaron a verme y se matricularon con mi billete con un plato de anticuchos para cada una. Las había conocido en el bus y hablamos que cuando esté libre las llamara para que me enseñaran Lunahuana. No abrigue falsas esperanzas, pero la casualidad dio que nos reencontrarnos y que pudiera otra vez embelesarme con su dulzura y frescura nuevamente. Pensé que sólo se quedarían un momento pero al verme que tomaba Pisco se trajeron otra botella más, y otra más. Mientras las horas de la noche nos atravesaban con un candor risueño y un juego de miraditas para nada inhibido empecé a halagarlas a jugar con pases de baile con ellas, en tanto al parecer nadie en el bar se molestaba por tal demostración de atrevimiento.

Se iban embriagando con mis versos acaramelados y mis movidas tocantes en la pista improvisada de baile. En un momento me atreví a bailar una cumbia de Lizandro Mesa con las dos, ya completamente mareados los tres. En una de esas cumbias le propuse a Pamela que nos fuéramos a seguir tomando a mis habitaciones en un hotel cercano. Propuesta que entre cuchicheos de traviesas aceptaron siempre que hubiera trago y buena música. Nos dirigimos hacía el hotel donde residía y luego de hablar con la señora de recepción, ya estábamos acostados jugando botella borracha los tres. En todos los lances perdía y tenía que hacer lo que me pidieran; así que de buenas y a primeras estaba casi desnudo en mi propio juego. No les importó verme tras el calzoncillo al fierro. Hasta que gane uno de los lances y les pedí que si se atrevían a besarse en la boca yo les regalaría un premio. Lo que hicieron impacto mis sentidos dándoles el regalo prometido a las dos mientras ambas se abalanzaban como animales tras su presa.

Nuestros cuerpos fluyeron entre sábanas de risas y caricias en lenguaje de rumores. Desnudas ya no eran dos chiquillas caprichosas sino dos cuerpos acrisolados y flameantes. No había leyes geométricas y ni coordenadas físicas que pudieran describir lo que hice con sus cuerpos. Los sonidos y las canciones de lujuria retrataban una oscuridad llena de placeres y de néctares humeantes. Sus mordidas y juegos de amor me hacían vulnerarlas con mayor fragor, con fuerza que arrancaba sonetos de osadía y vulgaridad. Ambas drenaron todos los fluidos de mi ser y hacía el amanecer acabamos enrevesados en medio de la cama como esculturas zaceadas, tomando como desayuno los últimos tragos de pisco que quedaron en la habitación. Nunca les dije que las amaba, ni hubo promesas entre nosotros, sólo se que se fueron tan rápido como las conocí, sin dejarme algún paradero para poder ubicarlas de nuevo. Sus perfumes ardientes aún latían en mi cuerpo, y se esfumaron tan pronto supe que sólo era una travesura. Me bañe, aun con sus huellas en mi piel, y salí raudo a seguir con mi chamba.

Soñe con ellas durante días atareados de trabajo en el valle. Casi la imagen de hembra fatal de Priscila, la chica de la plazuela se había alejado de mi memoria. Me había quedado con el bichito de conocerla más a fondo. No se como estando en un mototaxi con mi pata John vi la imagen de aquel sujeto de la plazuela salir de un bar con piernas mientras me dirigía a Imperial de Cañete. Le pregunte sutilmente a John quien era el causa. Me respondió que era el dueño del bar, que era de Ica y que paraba con fierro y con seguridad personal. Me estremecí por la advertencia y le dije para entrar a ese bar mientras el esperaba a fuera con su motataxi. A mi no me molestaba que fuera una bar con piernas. Algo me decía que encontraría a Priscila entre esas mujeres de compañía. En un santiamén asaltaron mi cabeza ideas confusas de los peligros a los que tenía que enfrentar. El deleite de volver a ver a esa mujer tan cálida y dulce que conocí en la plazuela de Cañete era más fuerte que la muerte rondando. El plan estaba dispuesto y si recibía algún balazo era un riesgo que tenía que correr como aventurero.

Ingresé al bar hacia las 1 am de la madrugada. El lugar estaba relativamente vacío. A punta de una ráfaga de miradas ubiqué a Priscila no muy lejos de la barra de bebidas. Se ensombreció al verme. La invite a tomarnos una jarrita de cerveza cosa que accedió alegremente con una sonrisa. Nos sentamos en un lugar apartado. Le pregunté porque no había respondido mis llamadas ni mensajes. Ella mordió al responderme:

– No era obvio, tengo mi marido que me vigila.
– Tu crees que eso me importa, y que tenga fierro además
– El no esta en Cañete pero su gente está aquí cuidándome por si haces alguna locura.
– Yo sólo quiero estar recitándote baladas a la luz de la luna en una playa lejana.
– No seas tan empalagoso, no voy a caer de nuevo.
– Y si juego con tus rodillas no me das un golpe.
– No no loco, no hagas eso, están bien bailemos esta balada y te vas.
– No me voy a ir mi paloma de fuego, antes te arrancaré un beso- acto seguido asombrada le estampé una beso apasionado en sus labios mientras sentía que su piel se derretía entre mis brazos.

Vámonos de aquí! Quiero que seas mía esta noche. Al parecer era también dueña del bar y salimos raudos a la calle no sin ser chequeado por vigilancia de la puerta. John nos esperaba en mototaxi y partimos hacia el centro de la ciudad.

– Eres un loco esto nos va acostar caro. Los hombres de mi marido van avisar y entonces todo el peso va a caer entre nosotros
– No te preocupes Priscila, esta noche y no volveré a molestarte. Tu también sabes que lo nuestro es fugaz pero inolvidable.
– No soy una mujer fácil, pero contigo pierdo el control. Estas loco de verdad jajaajaja
– Lo nuestro será de una seriedad envolvente, dejaré huellas en tu cuerpo, y tu sangre no me olvidara con facilidad.
– Me muero por tus poesías.
– Apúrate John ya llegamos.

Entramos en el Hotel donde a la postre residía ya por una semana. En cuanto estuvimos desnudos su voluptuosidad y su calor intenso quemaron mis entrañas. Sólo la fuerza de un gran amante podía seguir los pasos de sus golpes de mujer, mientras el catre resonaba con dureza. Sus sonidos profundos y ese aroma de su piel no eran inmaduros como los de las dos chiquillas, sino desbordantes y bellos. Me echo pisco en el cuerpo y escribió versos en mi piel mientras sorbía cada gota del licor. Yo le arroje igualmente pisco en su piel mientras su respiración y sus rasguños me enloquecía de creatividad y de una deshinbición plácida. En aquella noche mientras le hice el amor varias veces llorando de pasión, supe de la fuerza sensual de nuestras mujeres, y supe a la vez que el recato y la pasividad habitual son letra muerta, cuando el erotismo nos sobrecoge. Cuando ellas quieren apretarnos nos desquician. Priscila fue para mi en cada pliegue de su cuerpo una radical lujuría, una sexualidad panteísta que no volví s probar en otra mujer posteriormente. No se como en la noche mientras el cansancio me inundó de su perfume se escabullo del hotel. Me dejó entre líneas una nota donde me decía que nunca me olvidaría, pero que no se atreviera a buscarme, era mucho riesgo para mi. Bese aquella nota con ternura sacrificial y me fui de Cañete esa mañana luego de haberme accidentado con tres temblores de mujer. Esa vida sísmica e intensa no pude borrarla de mis recuerdos, y aún sueño con Priscila, Pamela y Marjorie. Desde el fondo de mi corazón las percibe una época bella de mi vida.

Deje Cañete y aún luego de dos años de no estar por allá rememoro a mis amigos y socios en ese valle de ensueño. Quede endulzado con su comida y embrujado con sus encantos. Aun sigo sin encontrar el treceavo ingrediente. Me quema la sangre recordar que los poetas son los únicos que atrapan la dulzura de los moemntos, y son los únicos que hablan de lo permanente. Que locura es el Perú.


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