Ni Atenas Ni Israel

¡Los políticos no saben bailar! De sacerdotes y guerreros.

by on Jun.27, 2014, under Sin categoría

Figura del leviatán

Figura del leviatán

Ronald Jesús Torres Bringas
ronsubalterno@gmail.com

Por ahí leí hace algunos días a esos comentaristas políticos señalando que en la actualidad en cuanto a concepciones sobre el estado y la institucionalidad política se requiere menos Hobbes y más Maquiavelo. Es decir, menos cristianismo y más la clasicidad grecolatina. Su argumento aunque a fin al tono de la ortodoncia demagógica de la época ignora un gran desliz en su verborrea que suena a saber, cuando es sólo frase de textos fantasiosos. Yo osaría decir, a fin a mis alergias civilizadas que ni Hobbes ni Maquiavelo. Hobbes representa la restauración del oscurantismo religioso, envuelto en construcciones matematizadas de controlar la vida, de sitiarla y domesticarla para salvarla del pecado de ser jovial y erótica. Su concepción materialista del Estado responde al programa de una clase cortesana y clerical de triturar el espíritu disidente del Renacimiento, de Rebeláis y de Montaigne, y volver su savia en servidumbre de nuevos súbditos llamados ciudadanos desaparecidos en un Estado autoritario llamado el aterrador Leviatán. Como revisaré en este ensayito de campesino su antibiótico a la vida anarquizada y lujuriosa partió de una hipótesis errada como convenida.

Su politología y su contractualismo es en realidad el pensamiento de los menospreciados y los tiranos disfrazados de caballeros templarios, y de nuevos monarcas despóticos. En cuanto a Maquiavelo, su sueño de que la política ingrese la coexistencia y la resolución de disparidades fuera del control de las religiones inflexibles en tiempos de guerras santas y cruzadas de evangelización, ha sido la alucinación de los antiguos ladrones y aventureros en que la virtud y la armonía retorne como forma de gobierno al servicio de los villanos y burgueses cansados de sus caravanas y piratería “indiana Jones”. En su afán de restaurar la antigüedad de Grecia y Roma se narra la idea de devolverle a Europa sucia y cargada de fanatismo un poco de ese honor que los argivos y los macedonios derramaron con sus espadas sobre Troya y Asia pérsica. En esta veta que luego revisaré, se halla la necesidad de darle al espíritu de los nuevos comerciantes y negociantes de Florencia y de la mafia de los Borgia, los ropajes de los antiguos héroes y volverlo liberalismo político: derechos liberales.

En esta antigua odisea, pues Odiseo fue uno de esos héroes que se le castigaba con la soledad y el naufragio por manipular la alegoría, el proto-burgués astuto y a la vez extrañado, se esconde la lucha entre la libertad política y la igualdad política, entre la tiranía y la democracia. Aunque Sartori haga piruetas fascistoides para señalar que la libertad negativa es más fácil de exportar como institucionalidad, que la idea democrática de la libertad positiva muy rara de anclar en todas las culturas y épocas, hoy lo que conocemos como Estado, política y la ontología de sus ingenieros y maestros de obras ha sido, es y será el proyecto de dominio, hecho arquitectura, que expresa de modo velado el ancestral conflicto entre los sacerdotes y sus esclavos. La discordia entre la alegría y la severidad. La guerra a muerte entre la antigüedad y sus exiliados modernistas por hacerse del control de la tierra y que la vergüenza de Europa no despierte a los pueblos originarios y ancestrales adictos de egoísmo liberales y de alucinaciones socialistas. Por ello ese reajuste permanente que ha existido entre las diversas versiones del contractualismo, es decir, las discusiones entre los elitistas y el institucionalismo sin alma tales como, Weber, Sartori, Popper, Hayek, Nozick; o los snobs irresponsables de todas las épocas, cuya idea de Estado es impracticable, como Rousseau, Marx, y hoy Bobbio, Negri, Habermas, o Laclau, o Dussel, expresa en formas de conceptos y propuestas rebosantes de Estado y organización social la idea Aristotélica de que las sociedades deben responder a una autoridad legítima que preserve la verdad regia en medio de un mundo lleno de barbarie y de afanes anárquicos de amor y sensualidad.

Aunque este no es el sitio para remover los cimientos históricos de la sagrada Europa, a través del psicoanálisis o de las reconstrucciones eruditas de Weber o Norbert Elías, sólo diré que en la arquitectura simulada de modernidad y de progreso técnico del mundo globalizado se propaga la alerta secreta de que las formas de gobierno signadas en los criminales derechos liberales de propiedad o en la alquimia de opio de los maestros de la improductividad se halla un acuerdo reproducido a través de la historia que refuerza el poder de la maquinaria y le entrega nuestra sangre y sueños. Tanto el liberalismo, hijos de los antiguos tiranos conservadores, así como sus hijos renegados, holgazanes, y opiómanos anarquistas y socialistas se siente el hedor de los Europeos por no abdicar a su poder y gobierno ¡ilustrado! sobre las selvas y los paraísos a los que desean con ardor. Esa antigua dialéctica, palabreja de amargados y arrogantes, ha permitido como metafísica de especialistas, una falsa lucha clasista entre los pueblos y sus hermanos para exportar como forma razonable de coexistencia, reordenamiento, reconciliación y deliberación el cáncer de los desiertos industriales y sus templos del consumo. Fausto y Mefistófeles son los hermanos de clanes y truhanes que beben y mataperrean todo el tiempo y que fingen ante la vida que nace, su eterna rivalidad aparente e indisoluble. ¡Goethe eras genial!

Dejando la insolencia desnudaré cómo las formas organizadas del poder como el Estado, y de cierto modo la empresa capitalista han sido producto de la represión sobre lo vivo, para servirse de la naturaleza y protegerse de su indómita rebelión. La producción y sus fábricas ingeniosas son formaciones desarraigadas de Estados y campos de concentración, de antiguas tiranías y monasterios de aterrorizados donde lo vivo y la alegría ha sido víctima de la oscuridad de lo más negro y enfermo del alma humana. Desde los antiguos tótems terroríficos, personificaciones de sacerdotes hábiles, hasta las formas más embellecidas de los manicomios, las mazmorras donde la biología y su química se vuelven armas de destrucción masiva, y los palacios de administración burocrática y policiaca se repite la remota obsesión de que la creación y los afanes de libertad natural no se expresen por si misma. Ahí donde el lenguaje del nombre conjura y representa la vida se da la analogía de los gobernantes y sus visires para administrar justicia sobre un territorio repleto de erotismo, violencia y superstición al que temían por haber perdido el encanto para enamorarse de la vida profusa. El poder como palabra maestra de orden e iluminismo es el altar solitario encarnado de impotencia a que no se pueda gozar con transparencia y regocijo. El poder es el muro que busca matar el apetito de lo vivo y lo desnudo, para construir sobre cuarteles y mansiones de nobleza y sublimidad un purgatorio secreto de burdeles y de administración de las orgías, la locura y la embriaguez donde la vida se avergüenza de sus cuerpos y sus pulsiones. El poder y la lucha política ama el orden y las reglas del funcionamiento porque confía en que la mejor forma de conocer lo que necesita y apetece es violentarlo y la amenaza de la muerte. No hay que comprenderlo y sentirlo, dejarte llevar o vivir sin límites. El saber como el poder ha entendido equivocadamente que el bien es producto del dominio estable y de la cosificación de lo más bello y excepcional. Bajo esta lógica el control sobre la plasticidad de la vida y sus delicias crece con la misma virulencia del auto-desprecio y envidia de los monarcas hacia aquellos que magnetizan con el amor arrebatado y a flor de piel. Poder no es en realidad conjurar, domesticar, sino crear vida, y más vida, amar más allá de todo lo existente. Poder es querer. Y el corolario de esta lección de pícaro es que el poder existe y es fuerte en la medida que el mal contagie la lepra de su desconfianza e imposibilidad hacia el querer a sus subordinados y esclavos y le llame con total sabiduría madurez racional. ¡Qué imbécil fue Kant!

En el pasado los maestros de la sabiduría como Jesús, Buda, Zaratustra, o Ghandi lucharon en contra de la barbarie del poder con las armas de la pasión y la energía del amor. Su mensaje no fue en esencia algo racional o que se volviera dogma de fe sino lo sublime de lo sagrado como forma de cautividad y emoción. Su poder fue conectar a los pordioseros y resentidos en base a lo que requerían con urgencia y que habían olvidado, vivir con honestidad, atreverse a conocerse en base a sus sentimientos y hambre de paz y de serenidad. En un mundo donde la gangrena de las despotismos monoteístas infectaba con su aires de nauseas por los instintos y la naturaleza a la última síntesis en que la naturaleza se volvía Estado y sagrada tradición cívica, el mensaje de los gnósticos y los antiguos guardianes de los bosques y paraísos fue hallar en la santidad derramada sobre una tierra descompuesta, un modo de sanar las heridas mortales que el odio a la vida causaban sobre los cuerpos y la libertad. Y en cierto modo en donde la mierda es una forma de alimentación lo excepcional y romántico es la leyenda de héroes y desertores desnaturalizadas que sirven para matar lo antiguo y construir nuevas servidumbres de mierda.

El poder ha garantizado su prevalencia enfermando a sus súbditos, y haciendo que cada época extravíe su misión de realización y completamiento, aglutinando cementerios de sueños y esperanzas, donde los vencidos ahora son fieles alucinados y hechizados por el ocultismo de un poder cada vez más secreto y oscuro. Todo lo que se dice es una forma de señalar su existencia, sin ubicarlo. ¡Vaya ardid! Cuando alguien dice poder quiere decir sin patria. Volver a la patria en base a al poder mismo es un ardid de los que desean el mismo poder y sus prerrogativas. El poder que sea un riesgo en contra de la esclavitud no procederá de la revancha o de un afán de disconformidad con lo existente, sino de la simpleza del querer por querer, del dar es dar (Fito Paéz). Será un acto de alegría y de erosión psicológica de la cultura establecida y sus programas de sometimiento biopolítico (como dijera Foucault ebrio en las calles) en base algo que no podrá ser pensado, sino sentido y seductor. Hoy el mundo vive sin amor, y cree conseguirlo o reemplazarlo con la astucia del consumo y las adicciones del cuerpo, pero se engaña. Los cuerpos hoy hablan como un principio de realidad original y mitológico, pero lo hacen aún en el pudor y avergonzados. Aún el sabor es cosificación de lo deseado y requiere las sombras para comer, y eso es algo que despotencia lo sagrado que en el placer existe. La droga del miedo y del poder sólo puede ser combatida por otra droga y no provendrá de lo lógico. La piel es droga de lo sagrado cuando vive su desnudez como inocencia. La promesa del habla y de lo escrito es que se haga travesuras de caricias y de hurgamientos públicos y que sin embargo la técnica y sus ciudades sigan intactas y vivas a la vez. La muerte del poder será un acto de histeria inconsciente, de emociones públicas, la evaporación de las formas.

El filósofo del martillo y su sequito de escritores malditos y anarcas vivieron con todo el veneno de lo sagrado. El vivificar a través del lenguaje a los dioses perdidos, y en ese intento morir en los textos osados y criminales que fueron producto de su desarraigo como del vivir en el peligro constante y que nadie lo supo. El poder que es en realidad principio de realidad, es decir, metafísica, no puede ser golpeada con otra metafísica o con alguna ética de la organización colectiva sino se imprime a los hombres valores de osadía y coraje. Su entrega no reside en el interés o en la eliminación de la pobreza material, sino en que resucite lo olvidado como alimento de inmortalidad. Esa fe y sus elixires sólo provienen de singularidades que han vivido en el sufrimiento de la sordidez, la locura, la gangrena y la miseria absoluta, y sin embargo, han prevalecido para hallar los aromas indicados, y propagarlos. Esos sentidores eran héroes de los pergaminos, antiguos guardianes que anhelaron toda su vida llevar a ethos personal y corporal la sangre que impregnaban en sus versos y aforismos, todo lo que despertaron para hacernos niños y leones a la vez.

Su resignación fue decirnos que lo vivo sólo conocía el confinamiento de lo escrito, y que en tiempos de indigencia y de guerras mortales el testimonio de lo vivo, y de la desesperación de la naturaleza como época del acero, era la manera más honrada de permanecer con vida. Si invención y su fuerza también fue su tumba. Esperaban a los guerreros de la palabra y de la danza, y desearon con todo su corazón ser esos santos vivificadores, ahí donde el olvido del dolor es lo mismo que ser estúpido. Eran fieles a Europa, y que lo despreciado por los gobernantes y la modernidad regresara sólo en esas añejas explanadas y ruinas de la antigüedad. Su mensaje cargado de vigor e ira fue usado como la presión para alimentar la guerra y la muerte en la sangre como oxigeno vital. Hoy como ayer su mensaje sólo sabe del estigma, cuando sus intensidades oriundas sólo cultivan el contagio de lo más vivo, que es volver al mana en tiempos del acero más insolente. La industrialización del todo como empequeñecimiento del alma es el desierto que ellos desearon volver selvas y jardines. Cuando no hay paz en el corazón asesinar y morir por nada se vuelve una forma de existencia que el dinero tampoco paga ni puede controlar, sólo espera escapar constantemente a la gangrena, sin esperar ninguna redención a cambio. Pero la naturaleza pare lo genial cuando ya nada puede ser peor. En tiempos de guerra democrática la violencia y la muerte se vuelven una forma de vida signada por el disfraz más sombrío y a la vez cínico. La tierra y lo más vivo que encerramos aguarda que redescubramos nuestro origen como el milagro del cual venimos, y eso es un acto de amor desenfadado como de sinceridad amigable. La tierra no es de nadie sólo de aquello que la protege y vive en comunión con ella. Los santos tienen la última palabra.

Hoy la civilización capitalista, la globalización como forma de resistir el embate de un nuevo desastre a través de la aniquilación velada y echa filmografía, es la cúspide de una técnica emancipada de cualquier control sintiente. El gran Estado universal que lo administra es la proyección de la obsesión por la exactitud y la matematización de la vida. Los grandes logros de la lógica y de la observación paciente de los ritmos impredecibles de la vida natural han hecho del pensar y los sistemas de conocimiento consignas que temen el accidente y que persiguen que todo permanezca igual aunque remasterizado. Su miedo no es al virus y a las monstruosidades que su insolencia tecnológica provocan sino a que lo múltiple y a la vez único resurja de los escombros de seguridad y vigilancia a toda costa. Su hambre de seguridad y orden niegan el progreso de la vida y la tornan atrofiada e insalubre. De la ira de los ofendidos y humillados el poder halla la sensibilidad que requiere para hacer más sofisticado su régimen de producción y de gobierno destructivo de la vida. Llenarnos de rencor y de confianza en la venganza, es la fijación implantada en las almas de los ejércitos de desplazados y esclavos para que la razón de Estado y sus tentáculos de estabilidad perfeccionen el poder y sus simulaciones de institucionalidad y deliberación trivial. La argamasa y las piedras angulares sobre las que reposan, una y otra vez los grandes reinos y estados sitiadores de la vida, esta echa sobre la sangre y la vena de sueños y expectativas arruinados en los pantanos del engaño y e ideas fuerza equivocadas.

La mejor forma de represión es aquella en donde la violencia es invocada como elemento de gobierno, en base a la corrupción y la destrucción de la moral y el amor por la tierra en la que gobiernan. Su programa es la eterna simulación de que las instituciones deben mejorarse o que los problemas irresolubles demandan mayores reajustes y vigilancia organizada. La técnica del estado es sólo perfecta como razón de vigilancia y de adoctrinamiento en base a la estupidez como felicidad. Sus gendarmes favorecen el desmantelamiento del orgullo de los ciudadanos, y alimentan y liban con sus antagonistas con la infección de la protesta y el descontento, provenientes de la ira y el desamor por no hacer nada útil por la vida. La pelea entre los sacerdotes y los esclavos es por el control del poder como seguridad ante el banquete de los cuerpos, pero los discursos y los señuelos son celadas ideológicas que remueven el miedo y la esperanza, para luego destruir los sueños y con ello la idea de que se merece ser amado como ser social. A nivel sanguíneo descomponer la mente y la imaginación es un modo de acceso seguro al cuerpo como objeto de explotación y de botín administrado luego de la competencia perfecta. En un mercado absoluto el dinero excita, y por ello la cosificación del cuerpo y las adicciones es el fin más buscado.

El milagro de lo bello y lo único es sentido como droga alucinante, y cada quien no esquiva ser objeto de consumo y de perversión sobre un ropaje civilizado de decencia y de normatividad costosa pero realmente hilarante. Los programas no son perfectos porque el control y el miedo sean totales, sino porque la disociación que eternizan los manjares corrosivos de la esfera pública, ofertados como necesidades, hace del espionaje y del chisme, como eterna comilona de basura, una forma de banalizar a las personas y a sus talentos, de hacer virtuosa la miseria afectiva y de ese modo castigar a los honrados y arruinarlos. Solo en lo peor de una sociedad que aparente a toda cosa equilibrio y limpieza, es posible el contrato social de los politólogos como forma retórica de gobierno y de impecables imbéciles. La estupidez y el miedo a la anarquía es el síntoma de una enfermedad llamada política, que se exhibe como farándula de seriedad y de cordura especializada. La polis, idea arrogante de donde salió lo político ha sido el refugio de los que creían avanzar hacia la libertad y la ilustración civilizada, sobre un ágora de magos y mentirosos que temían abrir claros en los bosques, o vivir en el eterno retorno de la naturaleza de la que fueron expulsados como incapaces de arder las malezas con poesía y amor del mas desmesurado. Los eternos defensores de la dialéctica como logoterapia de hallar un acuerdo en la deliberación del bien público retroceden a los anfiteatros o a las arenas de los coliseos sagrados donde la palabra era un recurso de alardeo y de ruptura con el misticismo para huir de la espada como cura a la gangrena. Ahí donde ha existido lo público se ha matado lo orgánico de la vida, y se ha transitado hacia un armonía de mito y logos, que en realidad aseguró el control de los tecnócratas y de los interesados sin corazón.

El interés desnudo como valor de cosificación y de materia inerte ha sido originado ahí donde la política, y hoy la empresa postmoderna como mejor Estado de succión psíquica, ha extraído a los pueblos de las selvas y las regiones bucólicas, y así desterrarlos a reservaciones y campos de concentración llamados ciudad, donde la descomposición del mana y de los puntos nerviosos de la vida, es el sentimiento de una inevitable necesidad de seguridad como de confusión del alma. En las masas agolpadas antes altares y hoy personificaciones emblemáticas de dirigentes y sacerdotes, en los mítines y en los conciertos rebeldes de hoy en día se respira el arcaico compromiso ante el poder como garantía de seguridad y de regreso a un origen que nunca llega. Occidente y sus atrios de operadores y visires, de asesinos y de emisarios, se ha construido sobre la obsesión de desarraigar a los pueblos y de hacer de sus saberes y energías formas arquitectónicas de protección y de encubrimiento de la desnudez, para su mejor devoramiento publicitario e hipócrita. Cuando lo vivo reclama o se desborda en sensaciones y atrevimiento la empresa lo vuelve insumo cualitativo de la maquinaria, o lo esconde con el menosprecio, o se adelanta a decirlo y lo excomulga como distorsionado o moda que luego aburre.

La empresa moderna de los políticos, y su proyecto de racionalización del mundo, como dijera el muy, muy, muy sensato Weber, es cambiar la realidad sobre la super-excitación del ojo a imágenes y reproducciones alucinadas libres de violencia donde la persona es adicta a las configuraciones de ciudades y de propuestas técnicas de modernización de la vida social, donde su energía y sueños de realización se despersonalización y se fisionan mientras las metrópolis y la obsesión del sistema es la integración total del mundo en medios de ruinas de alegría y de romances fugaces. El precio de la vigilancia es la seguridad exterior de los carteles, propiedades privadas y de las ciudades solitarias y extrañas, en base al miedo y los disfraces, mientras que en la atmósfera y en los vientos de decepción y descontento se respira el controversial hartazgo de la tecnificación de la vida sólo embalsamado por aires perfumados de risa y de jolgorio, donde la relajación y la depresión es la marca de un mundo que no esta conciliado con su sangre. Ese hartazgo se vuelve en agresión y vileza, delito y brotes de vandalismo o de histeria generalizada. Mantener la terror a la aniquilación total o a simular a veces escenarios de conflagraciones administradas es la treta de un estado y de sus sistemas de ciudades donde la ausencia de bienestar y de salud es difícil de esconder sólo bajo el estigma de la informalidad y lo suburbios de desarrapados. La anomia y el mutismo es la señal psíquica de un alma devorada por ciudades que se vuelven ruinas y escenarios de violencia, donde la persecución de la restauración urbana o la idea de un proceso lleno de museos, maniquíes y parques de diversiones es la elocuencia velada de una realidad matematizada, repleta de hologramas de felicidad, y donde la resignación, el tedio es el triunfo de la reacción y la exactitud robotizada riendo como la misma vida. En ello los bancos, y el crédito estandarizado son verdaderas maquinarias fabricantes de miserias presentadas como intenso amor al paraíso. Europa en ello ha sido genial, como mendiga de su propia destrucción. El estado no ha sido el espíritu llegado a su consumación universal, como dijera el gongoreano, Hegel, sino el síntoma de una megalomanía absurda por aparentar orden, proceso, historia, y producción organizada ahí donde imperaba la locura, el caos y la muerte. El Estado es el odio de los incapaces hecho cima del mundo, por imposibilitar que la vida viva, y despierte de los vacíos de represión y de saturación de miseria en que se revuelve el ser humano. Matar la música del mundo ha sido el proyecto de los especialistas y reyes, por evitar que explosionemos más allá de un beso, o cuando cerramos los ojos sin miedo a perder el equilibrio.

Los políticos y sus cortes de servidores, no han sido nunca lo que de ellos ha prometido los sacerdotes de filosofía política o los rufianes modernos de la politología moderna: nunca fueron verdaderos guardianes de la vida y sus secretos, de los niños y madres de los que esperaban decisiones salomónicas o la multiplicación de los panes y los peces. Su promesa de justicia en base a la movilización del mundo ha perseguido el enriquecimiento personal, o la huida a su mismo desprecio por si mismo. Cuando hoy se mata por no perder el poder, es más que el miedo a perder la apariencia de importancia o de nobleza que el miedo a perder el control sobre la administración de la política y su peculio. Cuando se dice política es similar a pedir ayuda, a pedir consuelo o amor. Es confundirse en el veneno que no te da ninguna cura. En ello los políticos están muertos, como sus antagonistas. No hay honestidad ni las razones adecuadas por hacer de la vida una maquinaria partidaria. El ridículo y vender el alma al diablo encorbatados, vive de la publicidad de honradez y amor por la tierra que no se tiene.

Sólo el Estado es amiga de la vida cuando cada centímetro o piedra en la que se desplace como magistrados de la tierra exhale el aroma que cada época y sus nacidos han consumado su misión de vida en cada rincón soberano de la nación, y sus parajes. Hay fuerza en el estado cuando su soberanía es frescura técnica y ciencia, sin que lo sientan los subordinados, ni que se sientan dominados. El Estado es el guardián de lo creado y de lo que nace y se incrementa, sólo si las nuevas sensibilidades y sus talentos son sedimentados en una forma de organización social original y nativa, que huela a pueblo y a juventud. Lo nuevo hecho poder no es dominio es nuevo lenguaje, requiere ser nombrado de otro modo, es algo inevitable. Cuando alguien dice pueblo quiere decir algo más que multitudes, o masas abrazadas y eufóricas, eso es similar a las orgías o a las discotecas. Pueblo es más que unidad es organismo, diversidad impredecible y sintiente, naturaleza que se expande e impera sobre las formas que están ahí para representarnos y protegernos. Pueblo es mana y no comunidad. En ello los marxistas erraron el camino. Bajtin y Rebeláis vieron el camino, pero no los escucharon.

La política ha sido la lucha por el control apropiado de las ciudades y del poder desnudo. El interés era la vida que los monarcas y hoy las sociedades de inteligencia bélica han buscado con afán y con beligerancia. Acrecentar el Estado o aparentar su desaparición ha sido lo mismo que volverlo lógica de dominio, reforzarlo. “Salvo el poder todo es ilusión” ha sido el santo y seña de los que han hecho de la rivalidad y la discordia motor de la historia, fingiendo tranquilidad. La violencia que araña controlar el Estado es el camino a la nada, y a la inercia, como lógica de la historia. Historia ha sido el obligar a la vida a que lleve uniformes o no ande desnuda riendo con holgura, a que se vuelvan migraciones de peregrinos camino a la Meca. Su energía se ha desperdiciado porque ha partido de la ira, y de la venganza, y eso no lleva a nada. Sólo el Estado ha dado felicidad y alegría cuando nadie lo ha sentido, cuando fue mimético con los organismos de la naturaleza, cuando ha sido una forma de vida imperceptible.

La filosofía política partió de que las personas se entendieran en base a la sinceridad, a la expresión acordada de vivir felices y con optimismo a pesar de las tragedias y las amenazas. La intensidad ante la muerte era la elección de lo sabios y valientes. Desde que los reaccionarios divergieron con Cristo, la Iglesia confeccionó el proyecto de los ulteriores politólogos. El Estado sería como los monasterios. Reservaciones aletargadas de acuerdos, y retiros para escapar a un mundo al que se temía y se llenaba de barbarie y de pecado. La infelicidad ante la antigüedad destituida, halló en las iglesias y sus pioneros de la hipocresía los sanatorios en contra de la tristeza por el mundo corrompido y lleno de esquizofrenia. Las religiones mono-teístas y luego sus cancerberos monárquicos, sus visires y sus ejércitos heredaron ese mandato y esa interpretación del mundo. La fantasía y la imaginación fueron expulsadas del mundo mientras su liderazgo se hacía necesario en base a la destrucción y la reconstrucción perpetua de sus urbes y proyectos productivos. Tanto los griegos como los procedentes de la tradición judía eran expresiones secularizadas de un mundo perdido, que creían en las ciudades como escondites ante su crimen ante lo sagrado, y ante el advenimiento de una naturaleza que se esta negando a morir, con la idea del desastre inminente. Cuando muera el amor todo será una gran mega-ciudad de hedores y perfumes: todo estará permitido. ¡Genial Dostoeivsky!

El antiguo antagonismo entre los antiguos y los modernos por el acceso al paraíso siempre ha sido narrado como el intento de la antigüedad hechas invasiones para unificar la antigüedad con lo moderno. En ello Alejandro, Napoleón y los alemanes han sido el intento de que la Ilustración en cada época no perdiera sus orígenes, accediera a la sagrada Asia, o al Edén perdido. Los modernos ganaron en cada intento, y su propósito es que los nativos del paraíso no descubran a donde esta el remedio de la vida. Los antiguos asoladores de ciudades y hoy los gerentes negociadores de armas de destrucción masiva son de la misma especie de la que ha nacido el intento de retornar al Edén extraviado. El Renacimiento de Europa, o el origen de su geo-cultura productivista de la que se sienten orgullosos tanto liberales como radicales sólo ha sido posible a base del saqueo de materiales, pero sobre todo de la destrucción de esos paraísos ocultos. Su fuerza ha sido beber la savia de estos orígenes y volverla un pacto de tecnificación perpetua. Hoy van tras los últimos reductos y no están ni en Asia ni en Europa. La democracia liberal y su amistad con los socialistas parte de esta misma ecuación, de hacer de lo vivo revitalización de Europa y hoy de sus bastardos endemoniados: EEUU, Rusia y China. Cuando alguien pone en la boca de Aristóteles “Los soñadores nos cansan…” esta queriendo decir que el poder sólo es la cuna de cualquier civilidad, de continuación de una vida a medias, sangrante y resignada, mientras avanza la instrumentalización. Como dije antes lo privado hace posible dicha instrumentalización, y es la marca de que sirvan las actuales versiones hobbesianas, o lockeanas, o Rousseanas del contrato social: la mejor virtud del ciudadano es que nadie se meta en nada, se calle, finja tolerancia y bienestar, acuerdo y coexistencia mientras el Estado hace lo que quiere y se privatiza. El chisme y el espionaje, y el sedentarismo son igual a democracia. La video-política y la protesta desde las redes sociales comparten esta sangre de crítica indecente. ¡Pero que más da! Cuando alguien dice racionalidad quiere decir acomódate, y madura. Indiferencia pura o que todo te lo de el estado mientras no se hace nada. La anarquía totalitaria y la desafección cívica son parte de la misma enfermedad: se añora la tierra, pero nadie lo reconoce. En la protesta o en el internet todos gritan algo que no pueden alcanzar, sino hay sinceridad, sino emocionan de nuevo.

No doy recetas ni fórmulas. Esa espera es de aquellos que aguardan un plan, una ética. Organizarse y partidarizarse por el control del poder es conspirar por la conservación de sus tristes mundos, de sectas y bucaneros. Sólo intento que nazca una nueva emoción, o se den cuenta de sus cuerpos y de lo que encierran en la piel. Si no temen al azar, y juegan de nuevo, sus arquitecturas y sus deseos de progreso serán lo mismo que emociones extendidas como pueblo. No temerán a la muerte, y sentirán todo de otro modo, sin formas ni ecuaciones, sólo figuras y emanaciones que se hallan. Europa esta cansada, y en unos años su circuito de protección la Unión Europea caerá en las garras de EEUU, o de la Asia armada hasta los dientes. La modernización desbocada, o esa idea de la sociedad del riesgo requieren a los europeos como soldados de las nuevas mafias. Arrastrarlos a la Guerra es la limpieza que ha hallado la modernidad, y la razón escoria, para que lo vivo no renazca. Hoy como ayer el intento es unificar Asia y Europa, para repartirse el mundo, y no es el interés el que buscan, es la cura al cáncer que han hecho nacer a nivel microscópico y que lo siguen viendo como negocio. En las alturas el mal y el bien, no permiten que vibremos, y volvamos a las selvas. Los malditos no pudieron vivir ese mundo, y no esta globalizado, porque no se puede ver con los ojos, o con el panóptico de los grandes sacerdotes. Requiere una nueva psicología ni Aristotélica ni Freudiana.

Por eso digo Ni Hobbes ni Maquiavelo, ni Israel ni Atenas, ni Marxismo ni liberalismo. Con todas las cirugías reencauchadoras de hoy en día esos proyectos luchan en contra de que los mitos y que la vida tome la palabra, o se sienta de nuevo con honradez. Su exportación al mundo como receta de orden o de salvación sólo mata a la juventud o la engaña. Es el show de que la vida cambia en base la lucha por el poder político, cuando el dominio es al nivel del tejido más secreto y delincuencial, de hordas y clanes de odio y de adicción. En América Latina las naciones en las que palpita la belleza y la seducción con ingenuidad y sueños de unidad, también son el teatro de este falso conflicto en donde cuando la vida se resiente el marxismo se vuelve instrumento de reanimación de las sociedades, para recaer nuevamente en el realismo empobrecido del mercado y su desafección total. Es el eterno conflicto para que señores y siervos no entiendan el origen de América latina y como organizarse, como sentirse de forma genuina.

Combatir esa infección de odio y adicción sólo es posible en aquella base corporal en donde son fuertes: en aniquilar la vida en base a la adicción y la inercia, en base al tiempo y el desconocimiento de sí mismo, en que el cuerpo no respire de nuevo y se conecte con la tierra y sus creaciones. Algo que es como las drogas, y que es más contagioso que la programación en base a la ignorancia, es el antídoto a que las células no perezcan. Y lo digo con todo el respeto es algo que no tienen los políticos y a los que sirven. Requieren danzar y…..! Y lo dicho es algo innombrable y lo puedo decir porque procedo de una de las culturas donde el daño de alma y el olvido de su corazón son más destructivo y consentido por sus propios ciudadanos. Ese algo cuando llegue no conocerá los discursos, es espectro aires huracanados, como cuando las selvas traen algo inaudito y excepcional.


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