Ni Atenas Ni Israel

Archive for septiembre, 2013

Generación contra clase. Acerca de la muerte de las promesas en nuestra cultura.

by on Sep.11, 2013, under Sin categoría

Ser joven es renovación de lo vivo, sobre el sentimiento exacto del lugar en el que vive, su tierra original

Ser joven es renovación de lo vivo, sobre el sentimiento exacto del lugar en el que vive, su tierra original

En el silencio de nuestros dolores y disconformidades va creciendo un gran océano de talentos y potencialidades que es cruelmente ahogado. Nuestros sueños y esperanzas frustrados alimentan el magma de mucha rabia y de rebeldías clandestinas, que permanecen irrepresentados en la soledad de los caminos de la supervivencia diaria. La candidez de una sonrisa, la profundidad de una mirada, aquel compromiso que surge como un juego, va trocándose con el tiempo en selvas de rufianes infestadas de promesas que perecen rápidamente, y que relatan la trayectoria de vidas desperdiciadas y olvidadas en los basureros del tiempo. Nuestra sociedad ya no es una niña que contenga la expectativa de seguir, sino es una anciana repleta de proyectos extraviados, y de decepciones persistentes que culminan en la mentira y en la inmadurez más ridícula. Es una sociedad que ha hallado en la destrucción de si misma como cultura, la manera de sobrevivir como patéticos consumidores. En el desamor a lo que no llegamos a ser como sociedad reside la apariencia de despiadados competidores económicos que desilusionados por todo lo que callan y no les dejan hacer se lanzan a crecer como ejecutivos orgullosos, pero sigilosamente carcomidos por un vacío existencial creciente.

Una cultura sin amor a si misma, y a todo lo que nace con la mayor de la inocencias se entrega a las adicciones más escandalosas y a los disfraces más delincuenciales con el sólo objetivo de esconder su gran miedo, y desesperación. Todo lo que brota con profundidad y en lo que anida la trascendencia acoge las mentiras con el paso de los años, y a la larga se va envolviendo en ellas paralizando lo que soñaba por dentro. Hoy no basta con ser noble, hace falta salir de sí mismo, llevar los sentidos por fuera, pero la infamia de la reacción, de calcular en la oscuridad, se convierte en las mejores ecuaciones donde mueren los apetitos de la interioridad, y con ella las ganas de vivir un solo rostro. Ya no hay con quien hablar, ni con quien comentar de sí mismo en confidencia. La desconfianza hacia fantasmas que han vuelto de la cultura y las relaciones sociales una zona de guerra por los bienes más escasos, hace que se diga cada vez menos, y se sepa cada vez menos de sí mismo. Solo se permanece por el terror a la vergüenza, y hacemos de lo siniestro y de la violencia una forma de placer, donde aquello que más se busca se pierde del modo más estúpido.

Hoy los peruanos hemos sido seducidos por el cuento de vivir aquí y ahora, pero no se puede respirar y reír con seguridad sobre la descomposición de culturas y de naciones diversas, sobre el carácter inconcluso y cada vez más atrofiado de nuestro proyecto de sociedad; hacer eso es no vivenciar más que un pedazo de lo que se puede llegar a ser, conformarse con poco, y ser un severo obstáculo latiente a los sueños sin representación de múltiples generaciones. Y eso es lo que es nuestra cultura con su indiferencia y su barata atomización individual, un gran cementerio de promesas y de proyectos, donde la dispersión y el caos originario de querer alcanzar apócrifos reconocimientos culturales terminan por sofocar en el marasmo la casi eterna como indistinguible indigencia que nos corroe como civilización.
Nuestra miseria, no es cualquier miseria, sino aquella que se arrincona en la estupidez y a la vez en la arrogancia, una cierta sabiduría practica que ha sido el motor de nuestra ininteligible supervivencia a través de la historia, y hoy de nuestro autodestructivo crecimiento socioeconómico, pero que se contenta con las migajas de la globalización, sin querer darle a ese sincretismo telúrico a esa audacia casi remota un modo expansivo de desarrollarse como singularidad social de modo público y compartido. Es esa falta de identidad, y de no saber como no ser descarrilados de los rieles de una historia cada vez más tecnificada y desarraigada lo que nos hace permanecer en los rincones de la mediocridad, agazapados en los localismos cuasi turísticos, en la nostalgia más desubicada, y en los conflictos entre hermanos más ridículos, la que no nos deja expresar hacia afuera un tipo de organización política que expulse, de los confines de nuestra más sagrado como mancillado honor, toda aquella nobleza y promesa de realización sociocultural, que termina, por lo general, mordiendo el polvo de la frustración y de la rabia más profunda

Y es en estos renglones sísmicos donde, precisamente, se narra la muerte de muchas generaciones. He querido hacer este paréntesis poético para mostrar que dichos cementerios de nuestra historia política y a la vez cultural han abierto hoy más que nunca heridas a flor de piel, y que para cerrar dichas yagas es urgente hablar con motivación cercana a la agresividad y la crítica cultural para desnudar los reales conflictos que nos cierran el paso como civilización. No hay que llegar a la imprecación panfletaria, pero si a la denuncia que ubique la crítica ante el verdadero obstáculo que impide el cambio cultural. Pues, lo sostengo, lo que hoy conocemos como los instrumentos conceptuales y políticos que profetizan dichos cambios a nivel de un conflicto de clases, de desposeídos en contra de opresores, neblinan de modo cuasi perfecto la real dinámica de cambio estructural y cultural que hoy se ha vuelto imprescindible. Nuestro problema de sociedad, es un problema de recambio generacional, de hacer nacer lo que permanece latente como nuevas subjetividades y darle a esa riqueza confinada en el arte, y en las diversas expresiones de la cultura popular una forma de organización institucional y a la vez política.

Conjeturo como supuesto a revisar que el modo errado como se ha construido nuestra sociedad en base al conflicto de clase desde buena parte de nuestra historia ha ocultado e incluso echado a perder la renovación y la consolidación espiritual de cada época en específico. Es necesario señalar aquellos momentos de pérdida de renovación cultural en la historia y leer de un modo distinto el desarrollo de nuestra historia basado en que los cambios que garantizan la premisa para todo cambio sostenible son cambios de orden político. Se debe decir que hoy como ayer los cambios de naturaleza política solo centran su fuerza en relevamiento de intereses; que la captura del Estado, y luego el uso de este aparato para imponer otra relación entre el Estado y la sociedad no garantizan nada en realidad. El solo planteamiento de que el problema del país es sólo un dilema resuelto por la lucha de intereses y del modo de distribución horizontal de los recursos a mano del Estado no dejan ver que el sostenimiento en el tiempo de estas política redistributiva o basada en la desigualdad jerárquica para afianzarse, debe alcanzar una forma de organización social y política que compatibilice y promueve la expresión de su cultura interna en específico.

Y eso es justo lo que no han hecho las ideologías que se han posicionado de nuestras energías políticas y de construcción popular a través de la historia: encontrar o poner en práctica una forma de organización social, política y en estos últimos años técnica que sintonice y exprese la emergencia de los productos culturales e intersubjetivos que las diversas generaciones han reproducido y manifestado a través del tiempo. Por lo general, ha primado como forma de dominación social y a la vez de un facilismo consentido a todo nivel, un armazón descoordinado y caótico de formulas y construcciones institucionales que han coaccionado los deseos y contenidos de realización de cada generación que ha nacido, ahogando con ello los apetitos de compatibilización de la vida social con las configuraciones y formaciones de poder público que no han alcanzado más que el rótulo de su inspiración. Tal vez el mayor daño que se ha hecho, es que la perdida en calidad y en compromiso afectivo de la vida cultural con respecto a los aparatos y configuraciones administrativas que se han impuesto ha sido que se ha generado una mentalidad de huida de la vida hacia los submundos del sincretismo y de la anomia social como costumbre y fijación psíquica que ha devaluado y sentenciado al desperdicio a todos los talentos e ingeniosidades que nacen en su seno.

Es esta no expresión abierta y horizontal de las promesas de cada generación o de cada singularidad histórica en los contextos institucionales en que se inscribe y que acontecen de modo fáctico, lo que se esta acelerando y acentuando de modo severo y peligroso, con el consiguiente resultado, de que el desarrollo afectivo y expectante de cada vida que busca vivir y expresarse se pierde irremediablemente en la separación, en la segregación cultural, y en los conflictos intergeneracionales. La acumulación de proyectos vitales que se pierden en la violencia y en la mediocridad ha fortalecido una forma de poder, que fue también un producto y una apuesta generacional, y que actualmente es la razón del divorcio y fragmentación de la cultura interna con respecto a una selva de diseños y técnicas de administración social cada vez más extrañas e incompatibles. Toda la cultura material y los diversos artificios técnicos que se han desarrollado a través de la historia no han sido el resultado de la osificación pacífica de los productos culturales que han emergido a través del tiempo, sino que ha existido, desde nuestros orígenes civilizatorios, una inorganicidad espantosa de la vida institucional, ocasionada por esta no explicitación emancipada de las culturas, lo que significa, en última instancia, la insuficiencia de los sistemas de organización social que se han practicado como el desinterés de la vida a conciliarse con esta realidad de organizaciones que la circunda.

Quiero señalar antes de examinar las vidas desperdiciadas de nuestro presente, hacer un ejercicio histórico de los momentos y etapas en que dicha emergencia generacional ha tomado su punto más álgido. Se sostiene en estos pasajes que estas coyunturas histórico-culturales han devenido, casi siempre, en el fracaso objetivo de estos poderes culturales, luego de haber propuesto una nueva forma de práctica política y una visión del mundo que los circundaba y que a la larga no consiguió institucionalizarse u osificarse. Con el paso del tiempo, la complejización de las sociedades y la sofisticación de la influencia de poderes técnicos externos esta condenando a este descontento y efervescencia de generaciones a una cada vez más incapacidad de plantear sus necesidades y demandas de modo político y en forma de concepciones de mundo. En la actualidad, para adelantar mis observaciones, se puede afirmar que el descontento ha alcanzado la forma de una violencia irracional y de histerias tribales que es la prueba real del desprecio al mundo organizado y extraño que los convoca, así como la prueba real, también, de la inconsciencia para darle a esa riqueza cultural y emotiva una forma de pensamiento y de nueva praxis política.

En primera instancia, se puede mencionar que la primera emergencia de esta energía generacional se produjo hacia finales de la Colonia. Aunque no poseo datos concluyentes, se puede sostener que todo el movimiento político independentista que arranca desde la Revolución de Túpac Amaru hasta las luchas de criollos hacia el final de la caída del Virreynato fue obra de una nueva espiritualidad que alcanzó expresiones políticas e ideológicas. Las luchas revolucionarias en Europa a cargo del secularismo francés, y las nuevas transformaciones materiales que introdujo la revolución tecnológica inglesa dieron el contexto perfecto y las herramientas ideológicas exactas para movilizar los apetitos de liberación de los pueblos subordinados a una Europa cada vez más hegemónica. La concepción de mundo que surgió de estos renacimiento de generaciones, fue el discurso nacionalista criollo, de tinte liberal y con cada vez más presencia en los Virreynatos mas alejados del centro político y más conservador del continente. En el Perú, dado el carácter ultraconservador de las elites limeñas, este pensamiento liberal y a la vez nacional no halló mucho eco afectivo en todas las clases sociales de su régimen de poder. A diferencia de las otras pre-naciones latinoamericanas donde los proyectos de liberación fueron más enraizados en sus sociedades y más homogéneos, en el Perú la efectividad del discurso liberal solo concito luego de la politizada rebelión indígena de Túpac Amaru solo levantamientos focalizados y aislados que fueron rápidamente sofocados.

La razón que explica este aislamiento de los intentos de subversión reside en la vinculación afectiva y en el sentido cultural compartido de los criollos en relación a la administración virreinal, lo cual bloqueo que ellos creyeran fielmente en las premisas liberales, aunque les sirvieran de modo instrumental para sus objetivos separatistas. Y la otra razón quizás más soterrada pero no carente de fuerza se ubica en que el aplacamiento sanguinario de los levantamientos indígenas de Túpac Amaru en el S. XVIII provocó en los sectores populares y más subordinados una desafección ante las causas emancipadoras. Aunque el discurso liberal si alcanzó a la ilustración de los grupos curacales la ideología que estimuló, sobre todo, su sublevación más allá de los intereses de reacomodo económico fue una mentalidad de separación netamente indigenista, influenciada por la lectura de los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega, y el revanchismo de las elites indígenas a recuperar una situación de independencia política. Como se sabe dicho intento fue sofocado y dejo enteramente la fuerza de la independencia a un timón exterior con la ayuda débil pero influyente de las elites mas esclarecidas de nuestras aristocracia criolla.

Y en ese no contacto movilizador de las clases populares de modo ideológico o sentimental, pues el milenarismo de las bases había sido liquidado décadas antes, resurgió la mentalidad sincrética y servil que luego los sectores criollos aprovecharían para hacer de la revolución emancipadora un cambio de poder que reforzó el feudalismo, y convirtió al país en una coraza de enclaves y feudos desconectados y en la anarquía total. Hay que decirlo de manera más enfática que los historiadores de la Independencia, la victoria de la aristocracia criolla, en apoyo a regañadientes de los ejércitos externos de San Martín de Porres y de Simón Bolívar no fue sino un proceso político que sentenció el nacimiento de una nueva unidad política en el papel nacional, pero con el costo de un gran sacrificio de energías y de pueblos que fueron ingresados a la fuerza y sin su consentimiento a un tipo de organización republicana y secularizada incompatible y que desorganizó aun más a las culturas internas del país.

La liquidación del proyecto proto-nacional de las rebeliones indígenas dejo al país naciente sin una proto-burguesía en el control económico y político, cediendo el poder del Estado en teoría republicando a una lucha de facciones y de clientelas de liberales y conservadores, que nunca buscaron en realidad la conformación de premisas de corte nacional, pues la fragmentación feudal y la anarquía de la nación les favoreció abismalmente. La derrota de los españoles también fue una derrota de las clases populares, que vieron disminuida sus influencia en los destinos del país, perdiéndose de este modo la gran riqueza generacional que las emancipaciones despertaron pero que el conservadurismo criollo manipulo y al final ahogó con la sofisticación del servilismo feudal y hasta racista. El desperdició de esta generación a la que se le dio erradamente el rótulo ideológico de liberal permitió al poder posterior, hasta la guerra con Chile, consolidar una visión política e intelectual que bloqueo la integración de los intereses del pueblo atrapado en los enclaves feudales; es decir, su administración política promovió la eficiente desnacionalización del país, con la consiguiente corrupción y concentración del poder que lo caracterizó. El predominio de un conflicto de clase entre criollos y españoles ocultaron el conflicto acumulado y generacional que realmente subyacía en los subsuelos de este proceso político: el conflicto entre los pueblos subordinados al control español y también a su manera a la parte criollo-liberal.

El marasmo moral y social que nos dejo la guerra con Chile posibilitó una ruptura generacional que no tuvo consecuencias políticas pero si culturales y a la vez intelectuales. Las razones de la debacle y de la ruina de una sociedad que volvía a su habitual indiferencia y desafección elitista causaron en mentes esclarecidas y radicales la aparición de los temas de realidad nacional que serían la bandera ideológica de los posteriores movimientos de masas de principios del s. XX. Mentes como las de Gonzales Prada, luego la generación del Arielismo o Generación del 900, y luego en esta etapa la generación de los años 20, con Mariátegui, y Haya del Torre se propusieron construir una visión integral de este país anarquizado y sin identidad. A su modo desde las proclamas de Gonzales Prada, pasando por las visiones cooperativistas del anarquismo sindicalista, hasta las propuestas sociales más elaboradas como las de José Carlos Mariátegui y Haya de la Torre se construyo una lectura de los problemas del país, que puso el peso de su comprensión, en el antagonismo histórico entre las clases dominantes y las clases oprimidas. Mientras que en la otra vertiente las lecturas hispanistas de José de la Riva güero, Belaúnde, entre otros, se obstinaban en señalar que los problemas del país se explicaban en el carácter inconcluso y desdibujado del proyecto republicano.

Dentro de todas estas posiciones se puede conjeturar que todas pertenecían a la órbita del ensayo arielista latinoamericano. Este pensamiento en esencia era un acercamiento histórico-culturalista muy erudito que empleaba el medio del ensayo político y muy literario para generar una comprensión de las realidades a las que se examinaba. Si bien en muy contados casos era un medio de expresión escrita que utilizaba medios de indagación empírica, se puede decir que era una forma de reflexión social ajustada a realidades poco cohesionadas, o donde la influencia de un pensamiento aplicado era muy rara. Ahí donde las conformaciones de sociedades industriales permitían un pensamiento social con orientaciones aplicadas y de alcance nacional, en contextos de sociedades desarticuladas o en formación se puede decir que la forma de inteligencia social apropiada era de modo especulativa y de corte ideográfico. Lo que no se unía de manera real, había que sentirlo de manera espiritual, o si quiera imaginarlo.

Y una de las conclusiones o hipótesis culturales que ensayaron era que una nación solo era el producto de una identidad generada y rebuscada en las raíces de la historia. En esos recorridos sumamente eruditos en búsqueda de fundamentos de las naciones, organizaron un sistema de informaciones y de fuentes históricas que permitieron la conformación de una intensa vida académica humanista y orgánica, que daría a las generaciones siguientes los postulados básicos y el ethos cultural nacional exacto para el cambio estructural. En una de esas premisas consiguieron detectar que la razón estructural de nuestra falta de identidad y de no haber alcanzado un desarrollo nacional era que nuestras sociedades estaban atravesadas por serios antagonismo de clase y de grupos de poder expresados en una estructura social que no permitía el desarrollo de una sociedad igualitaria, y con identidad nacional. Se puede señalar, que el máximo exponente de esa hipótesis es José Carlos Mariátegui, quien diagnosticó al Perú como una sociedad donde el grupo de poder oligárquico, en confabulación externa con los poderes trasnacionales, y los poderes señoriales en el Perú rural e interno poseían un control improductivo de la economía interna, en detrimento de las clases campesinas y el endeble proletariado. Es decir, la clave del cambio social en este período de la historia era ciertamente un conflicto de intereses histórico por el control del Estado, y que se hallaba en este aparato la herramienta política para construir o lograr el desarrollo socioeconómico.

No obstante, es lícito señalar que la fuerza intelectual de esta generación consiguió la expresión organizada de partidos de masas, que plantearon la lucha por el poder como un enfrentamiento entre las clases desposeídas y las clases oligárquicas. En otras palabras, la generación que arranca con el diagnóstico de la ruina nacional luego de la guerra con Chile halló en el Arielismo y en la visión nacional culturalista las herramientas conceptuales para lograr una visión global del país, y en el discurso marxista clasista la herramienta política para la realización de nuestra sociedad. El discurso de clase era representativo y aglutinaba en su interior los diversos antagonismos y luchas culturales que desgarraban al país, y era a no dudarlo un discurso político que movilizaba el descontento y organizaba demandas a nivel de las identidades dominadas. Incluso los severos antagonismos u búsquedas de identidad en el indigenismo político de naturaleza étnica hallaron en el discurso de clase un aliado muy rico y cooperante en que expresarse.

Culminando se podría decir que la fuerza genética de esta generación hasta los años de su declive político en los 60s, es la responsable de los cimientos ontológicos de lo que pondrían en practica la generación de la Nueva izquierda, y de los sentidos de realidad que actualmente vivenciamos como parte de nuestro país. Si se agoto su influencia fue porque el desplazamiento político y a la vez generacional que sufrieron por obra de la nueva sangre consiguió poner en el sentido común la necesidad de dar un paso hacia la modernidad estructural y secular, más allá de su sola mención ideográfica. El sólo posicionamiento de la crítica en los márgenes literarios del ensayo y las creaciones literarias, inclinaron a las energías intelectuales hacia un hábito poco calificado para convertir dichas premisas intelectuales en líneas claras de intervención social y técnica.

Ahí donde se buscaba el cambio estructural era necesario organizar las fuerzas de la inteligencia social en función de cuadros orgánicos y aparatos partidarios que lograran expulsar de sus restricciones arcaicas y tradicionales todas las promesas que el proyecto republicano no pudo ejecutar. Se puede sostener que los objetivos sociales e ideológicos de esta brillante generación se cumplieron de modo cultural, dejando a sus herederos de izquierda la tarea de concretar la construcción de una sociedad nacional e industrializada. A medida que nación y socialismo coincidían en el plano territorial de los proyecto de liberación latinoamericanos se generó la idea que el Estado populista estaba orientado a practicar un nacionalismo modernista, y que este era el estadio necesario para la ulterior practica de la patria socialista. Ambos movimientos generacionales encontraron en el discurso de clase un ente ideológico representativo para las búsquedas de realización y reproducción de sus sueños originarios.

Por diversos motivos es hacia esta época de ruptura con el mundo oligárquico que se dieron las condiciones históricas singulares para la liberación de todos los talentos y compromisos afectivos acumulados en las culturas diversas a través de la historia, con el producto consiguiente que su solo fracaso, como se dio, generó las disgregación intergeneracional siguiente, ya que esta época fue la que logro comprometer, como ninguna otra, a los heterogéneos deseos y aspiraciones de una tierra tan desarticulada. Lo que se abrió como una época de esperanza hasta de lo más íntimo halló en estos mismos postulados ya obsoletos pero aún hegemónicos las razones que explican el desmoronamiento social y sistémico que sufrimos hoy en día. Y me explicaré porque razones pienso esto.

Lo que hoy vivimos es una época de decadencia, de muerte sistémica de todo los que nace por carencia de un mundo que seguir construyendo. El discurso de clase, su antagonismo cualitativo que en su momento representó como ningún otro ethos la esperanza de un mundo redimido y materializado ha perdido su atractivo ontológico. No solo se ha desnudado como una pastoral paupérrima que plantea la solución a los problemas del país como un mero conflicto de intereses sino que ha perdido el compromiso de la cultura y de las nuevas subjetividades que nacen, por ser entre otros un discurso que no moviliza los subterráneos apetitos de realización cultural de las sociedades populares. Es más, el completo fracaso de esta cultura de clase estriba en que el modelo de modernización que se planteo y que al final fue el que se operativizó nunca fue compatible realmente con las aspiraciones generacionales y los deseos de liberación social de aquellas generaciones que se lo arrogaron como destino ineluctable del país. En si el salto cualitativo no fue, como he sostenido en otra parte, de ningún modo una decisión progresista, convirtiéndose hacia nuestra época actual en un discurso cuya osificación ha comprometido seriamente la expresión libre y pacífica de todo el milagro de la vida que nace.

Tanto la pastoral del exitismo de los sectores conservadores, que recibe fuerte acogida en la población, como el discurso negacionista de los sectores más radicales de la izquierda son expresiones similares y a la vez antagónicas de esta cultura que no deja nacer lo nuevo, que estrangula el contenido realizador de las nuevas subjetividades que acontecen y que se ha convertido en un muro de naturaleza psicosocial que cancela toda posibilidad de materialización de las culturas que nacen. Su éxito es tal que han logrado desconectar los deseos de realización de los grupos sociales de los espacios organizativos en que a pesar suyo confluyen, sentenciando a la sociedad a un envejecimiento vital prematuro, donde el impulso ciego y la violencia anarquizada son expresiones de todo aquello que no se sublima o se institucionaliza racionalmente. La vida no halla sistemas de usos y de costumbres donde referir con flexibilidad sus aspiraciones y desarrollarse, sino que halla una selva desordenada de organizaciones y de dispositivos técnicos que tiene que tolerar y asimilar por mor de la supervivencia. Pero estos no representan para si objetivaciones culturales adecuadas a sus deseos de expansión y de bienestar social, lo que se traduce en que las emociones y los sentimientos contenidos y desperdiciados no hallan más ruta que el desfogue primitivo de los impulsos, la depresión social, y la violencia como lógica de existencia social. Hace falta una urgente reconciliación entre la vida contingente y el mundo producido, de lo contrario las subjetividades e imaginarios que acontecen decidirán huir más hacia la trasgresión oscura y hacia la mascara, y el mundo producido perderá la savia de la invención técnica para reproducirse y evolucionar de modo legítimo.

En mis observaciones lo que vivenciamos aceleradamente es la imposición de una sociedad dominada por serias contradicciones de orden cultural, que no están siendo reconocidas de modo hegemónico. De modo falso y errado se sigue afirmando que la más severa conflictividad es de un antagonismo de clase, y que todos los contrastes de esta realidad represiva hallan su resolución en el desenmascaramiento de las exclusiones y los diversos rostros de la dominación social. La captura del Estado y su inmediata movilización política para modificar estructuralmente la realidad es la fórmula matemática precisa para desconectar los apoyos legítimos del capital de la vida que se libera. De modo equivocado y cegatón se publicita hasta la saciedad que la formula sigue siendo resolver el conflicto de clase en sus cimientos económicos, logrando constituir un mundo producido donde la sociedad administre su propia vida material y cultural.

Pero el problema es que esta fórmula keynesiana y a la vez estructural yerra en lo esencial. Pues hace ya bastantes décadas desde que la cultura decidió abandonar la sociedad y anidar en lo clandestino el Estado ha dejado de ser el centro desde el cual se puede alterar de modo orgánico a la sociedad. Las propuestas estatocéntrica y a la vez de mercado son eslabones secuenciales de un mismo proceso estructural, que impuso formas organizadas de poder y de asociatividad completamente ajenas a las disposiciones culturales que nacieron a través del desarrollismo y el ajuste estructural. Y que por lo tanto, el discurso de clase sentido aún en las izquierdas y con más razón en las clases dominantes son esquemas porfiados y anticuados ya, que intentan malamente explicar una realidad de imaginarios y de culturas que hace tiempo se ha escapado y que ha construido un Perú inexplicable. Es la ceguera por mantener el análisis en el antagonismo y en la confrontación politizada de la cultura la que no deja ver que la cultura es mucho más plástica que el poder, y que en todos estos años de informalidad y de sobrevivencia cultural, ésta ha conseguido edificar un Perú que reclama a gritos un nuevo contrato social, es decir, una nueva organicidad política visible acorde con esta sensibilidad, que nuestros conceptos sociales no han sabido nombrar con propiedad.

El problema de esta urgente necesidad es que la astucia y la creatividad de estas culturas rechazan su objetivación política y organizada. El habitual sincretismo en que se han visto envueltas y el disfrute anómico que han hallado a través de la cultura de consumo y de la multiplicación de estímulos postmoderna, divorcian a los contenidos culturales de las nuevas generaciones de sus objetivaciones tecnocráticas, así como de su aprovechamiento disciplinario en las construcciones más sofisticadas de la ciencia como del conocimiento racional. La fuerte desconexión afectiva entre los productos generacionales y el mundo producido, no es sólo provocada por el extrañamiento que experimentan en una realidad cada vez más rutinaria y mecanizada sino que las personalidades han hallado en el desequilibrio y en la crisis intersubjetiva que vivencian una oportunidad para hacer de sus adicciones y de sus prótesis sensoriales una nueva forma de vida autosostenible, que paga el precio, de tener que desvincular las energías instintivas de cualquier ámbito de la producción en donde se subliman o se convierten en técnica reconocida. El resultado es una desvalorización del trabajo, o la prevalencia de un ritmo de trabajo poco creativo y productivo; y también la desafección psicológica de las personas a querer formarse y desarrollar sistemas de conocimientos expertos que ayuden a conformar una tecnología propia. Hay por consiguiente, un abismo subjetivo y emocional hacia la necesidad de resignificar el mundo producido, porque las personas prefieren extraviarse en la cultura del consumo cada vez más erotizada.

Por ello deseo sostener, que la separación entre la razón y las nuevas sensibilidades que se afianzan en la juventud no es sólo el motivo estructural que ocasiona la dominación generacional, sino que ya de por sí las nuevas generaciones se definen en el desarraigo y en el extrovertismo evacuando toda posibilidad organizada y madura de hacer de cada promesa generacional un proyecto que imponga otro principio de realidad. El solo emotivismo y protesta sociocultural que se observa en las manifestaciones de la juventud posee una fuerte carga creativa y vitalidad social, pero en sí todo este magma riquísimo no busca ciertamente su osificación histórica, y mientras ello no suceda los contornos y perfiles de la sociedad a la que ven desde sus submundos se obstruirán e involucionar. Y en ciernes todo el rechazo que se alimenta en relación al sistema y sus diseños técnicos, y que a veces alcanza la forma de un izquierdismo ético, no será en realidad mas que un desperdicio de las energías que no confluyen hacia la construcción o redefinición de la sociedad.

A la juventud le hace falta darle a ese descontento visceral un tipo de organicidad política en el que se reconozcan y articulen todas sus demandas; y sobre todo un pensamiento social que sea la expresión del triunfo y realización de los movimientos sociales en los que viven y ríen. Y esto se hará si es que dejan de nombrarse con los idearios y proclamas de la izquierda marxista, pues ella en varios sentidos, su discurso de clase, ya no representa un motivo movilizador y articulador de demandas y de aspiraciones sociales. El conservadurismo de las clases dominantes no es el único muro en contra del cual deben vivir políticamente su liberación, sino que en su mismo seno de rebeldía se ven obligados sobrepujar una significativa renovación de cuadros y de concepciones de mundo, pues el discurso de clase se ha vuelto en el pretexto perfecto para la supervivencia vitalicia de una gerontocracia que no promueve tales medidas.

Por ahora hay cierta timidez para llevar a cabo esta tarea histórica que no es precisamente de modo amable, sino que es necesaria una lucha en contra de los conceptos, los idearios y los líderes viejos con los que en el fondo no quieren romper. No sólo basta un desplazamiento político de cuadros, hace falta una nueva concepción de mundo que se atreva a cuestionar en sus presupuestos esenciales aquel marxismo y retórica revolucionaria que es hoy por hoy muy reaccionaria, y a la vez poco eficaz para enfrentarse a los poderes dominantes. Ahí donde las contradicciones de clase han sido neutralizadas y a la vez justifican la represión en contra de los sectores oprimidos, es necesario privilegiar la lucha generacional, para que la osificación de su cultura y de sus proyectos vitales vivifiquen los perfiles de una nueva sociedad, que necesita otro tipo de oposición objetiva que articule las diversas demandas y antagonismos. Con esto digo que toda lucha política es el fondo la búsqueda de una renovación cultural, de una nueva religiosidad cívica y material que rescate a las diversas organizaciones de la sociedad, incluso las de izquierda, de la degradación y corrupción en que se han visto sumidas.

Es urgente invitar a los talentos y destrezas del pueblo y de la juventud a creer en una nueva sociedad, que nazca de sus experiencias concretas y de la búsqueda de una remozada identidad nacional. Hoy como ayer la deuda de la izquierda es dejar a un lado ese imprudente como desviante internacionalismo que le descoloca de su misión de constituir una nación. Sin la construcción de tal imaginario será imposible el compromiso del pueblo al que debe ofrecérsele un referente en el que creer, y un programa operativo y comunitario en el que vivir de modo concreto; y la larga sin la nación la juventud y la izquierda serán posiblemente responsables de la desarticulación política que el tipo de desarrollo que se practica en el país están provocando, y eso sería dispararse a los pies. Por ello el movimiento de expresión de esta generación esta emplazada a combatir con su liderazgo las diversas formas de poder y de exclusión social que atormentan al peruano de a pie, pero esto se hará si se atreven a conocer al Perú en realidad, y atreverse a pensarlo de modo auténtico, allí verán con sus propios ojos los rivales a los que se deben enfrentar. No dejemos que maten la promesa, pues la decepción es el origen de todo cáncer y huida del mundo.

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La comunicación política y la democracia… Ideas sueltas acerca de como construir un poder público.

by on Sep.05, 2013, under Sin categoría

En los últimos tiempos he oído con profunda ignorancia, pero con una dosis de ese realismo pragmático que a veces asquea la idea de que son sólo las estrategias de publicitación de un candidato y su mensaje las que deciden su triunfo electoral o no. El peso mediático y a veces decisivo en toda campaña de comunicación política, es el mayor canal de afirmación de una imagen política y sus propuestas. La problemática indiferencia de los electores hacia la actividad política hace que la empresa política dependa con mayor fuerza de la construcción estilizada y simpática de una oferta electoral que no tiene conexiones reales con las organizaciones sociales a las que pide su consentimiento. Ahí donde el proselitismo depende de la creencia y comunicación racional de la verdad política, las estrategias del marketing político que todos conocemos hacen variar el peso de la elección de juicios racionales a cierta empatía sentimental y carismática con el candidato. Esto nubla la relevancia de sus propuestas programáticas, las vuelve secundarias o también las envuelve de ese matiz comercial que no deja pensarlas con acierto.

El problema de darle un énfasis sobredimensionado a una imagen proselitista en una sociedad de masas que vive sumergida en el consumo es reforzar el hecho cínico de que las campañas electorales dependen con vigor de que tanto se engañe a los electores, y no de como el sistema de elección de los poderes representativos es la proyección social de como se construye partidos y sistemas de recojo de demandas y de recursos humanos calificados que le den estabilidad y legitimidad a ese poder que se elige. Una sociedad que elige ofertas simpáticas y que apelan a los estereotipos de la cultura de masas para conseguir empatía con la gente, logra la garantía de conquistar el poder, pero vuelve endeble la construcción de programas operativos y validados en las bases sociales que este poder requiere para sostenerse.

Toda coyuntura política no es la búsqueda de resultados auspiciosos de las refulgentes políticas públicas que se emplean sino de como se hace creer que estas decisiones son resultado de consensos y convenios de poder que les reporten estabilidad, sin que importen la sostenibilidad de una medida o acción de gobierno real. La inclinación de los electores a elegir aquello que les parece más simpático y vinculado a su opción emocional de cultura hace que la comunicación política sea un acto de persuasión y de retórica a gran escala que conmueve a las masas, pero que no las invita a ser parte de la formación del poder que se organiza en su nombre.

El principal problema en afianzar una oferta electoral sostenida sólo en la construcción mediática de una imagen estriba en dos dimensiones que a mi juicio son desalentadas en toda coyuntura de una campaña proselitista, pero que al no ser admitidas producen todos los problemas de gobernabilidad y construcción de poder que no repara toda apuesta política al llegar al control del Estado. Que el poder debe asentarse y ser resultado de una construcción social a todos los niveles de las organizaciones sociales en aquellos momentos donde las formas y configuraciones políticas que aspiran a la administración de la sociedad han perdido todo interés de conocer y de saber a ciencia cierta como gestionar sus demandas y conflictos internos. El sólo énfasis en la impresión mediática suele carecer de estos elementos, y reforzar los pésimos desajustes ideológicos y organizativos que mantienen en el marasmo estructural a la sociedad.

La segunda dimensión estriba en que la imagen de un poder que se exhibe, en aquello momentos en que la crisis moral es insostenible debe ser la expresión de un nuevo comienzo o renovación espiritual de las sociedades a las que se convoca. Por lo general un poder mediático que basa su atractivo en sintonizar con los estereotipos y prejuicios de una sociedad en específico para invitar a su consentimiento se convierte en una propuesta que refuerza la cultura política autoritaria que su programa intenta cambiar.

Y una tercera dimensión que no admite una comunicación encasillada en la mera impresión estética y publicitaria de una imagen política es que los electores en esta coyuntura especial que el país atraviesa, de necesaria consolidación cualitativa del modelo de desarrollo, están habidos de escuchar nuevas propuestas y ser parte de un poder que no asegura en su delegación espontánea la estabilidad de su ejercicio.

Examinando la primera dimensión se puede afirmar que toda estrategia de comunicación política que no caiga en la repetición absurda de las mismas ofertas electorales que la crisis de los partidos tradicionales incide, esta obligado a idear una forma de campaña y de acercamiento con los depositarios del poder. El objetivo no es sólo afianzar los mensajes y los programas políticos que le interesa ofertar sino generar una sinergia recíproca entre las bases y los esquemas de organización del partido para recabar y representar demandas que puedan ser sistematizadas y acopladas en los diversos programas y premisas políticas que el partido desea hacer suyas. Esta operación implica una construcción social del poder en donde se hace compleja la cohesión ideológica entre los militantes que se consigue adherir, sintetizar de modo articulado y plural una visión académica y global del país y sobre todo convocar a la fuerza de trabajo ociosa a diversos niveles de calificación que la organización del partido va a llevar al poder. Contar con adherentes y cuadros profesionalizados en los diversos niveles sociales del poder implica darle al poder que se dimensiona mediáticamente una estabilidad y solidez que le permitirá a las decisiones de la tecnocracia conseguir cambios cualitativos en la naturaleza privatizada de un Estado cada vez más obstruido y lejano de la sociedad.

En este sentido, es urgente sostener que las formas de desarrollo partidario que se han empleado hasta entonces para acompañar al poder y darle los cruciales votos que requiere hasta la fecha han echado mano de una red de operadores y de clientelas políticas a todo nivel que no permiten una nueva construcción social de la representación política, pues a inhiben y la obstaculizan con el sólo interés de reforzar y asegurar el poder de los centros políticos y de las figuras que van a la vanguardia de la conducción política. De este modo al asegurar el control vertical de una organización que remueve los cimientos y el entusiasmo social de los militantes y simpatizantes con el sólo objetivo de luego al conquistar el poder desbaratar todo el andamiaje de organizaciones a los que se ha convocado producen un poder desconectado de los cambios y la complejidad sociocultural que se produce en las bases, y por lo tanto este poder partidario no es capaz de transmitir hacia las bases ideas fuerza y sistemas de soluciones practicas que sean congruentes con los humores y estados de ánimos de la sociedades comunitarias. Yo diría que el sólo peso en figuras tradicionales y en mensajes carentes de toda conexión con los despliegues comunitarios de la sociedad obstruye el objetivo básico de toda nueva forma de organización política que es reconstruir las bases sentimentales de la política, y por lo tanto, regenerar la vida del pueblo en su ethos soberano e inmanente.

Por ello, la comunicación a varios niveles de representación esta obligada a estimular la vida asociativa y darle participación de modo regenerativo a todos los liderazgos que el pueblo articulado esconde, pues de no hacerlo el mensaje mediático corre el riesgo de apelar a los sentimientos y a las adicciones más viles de la sociedad disgregada produciendo su atomización y el descrédito posterior de toda empresa política que desea convocarla. Hasta la fecha como he sostenido las estrategias de remoción de los sentimientos políticos y democráticos del pueblo no han corregido el hecho de que todo poder viable y fuerte en el Estado es el resultado de la reconexión con una intensa vida asociativa que debe recomponerse. Es decir, el pueblo que ayudo a darle forma a una política y a un pensamiento social en la etapa del desarrollismo no es el mismo que el de hoy, y que por consiguiente, toda obstinación en acercarse al pueblo con armas devaluadas corre el riesgo de destruir todo vínculo afectivo con la democracia, y entregar a la sociedad a la violencia y al desperdicio vital que ocasiona un poder represivo.

Una segunda dimensión, que se cae de madura por lo antes dicho, es que toda estrategia de comunicación política debe no sólo alimentar conexiones ideológicas con los diversos sistemas de representación en base a la ironía y la impresión estética sino nutrir y potenciar las necesidades de la sociedad de encontrarse de nuevo. En otras palabras, en la coyuntura de inmoralidad y de desarraigo que enfrentan las culturas la comunicación política debe robustecer la esperanza en un nuevo comienzo afectivo y ético, pues en la movilización de los afectos y las carencias de reconocimiento sociocultural residen las oportunidades de firmeza ideológica de una empresa política que quiera hacer historia. El solo hecho de hacer de la publicidad y de la imagen política un cascarón vacío que simpatiza con los padecimientos y las desesperanzas de la sociedad, olvida que la imagen es también sinónimo de afirmación y de esfuerzo; que no debe apelarse a lo más bajo y risible para ganar sino intentar comunicar y persuadir en base al cambio cultural, una nueva forma de cultura democrática y radical que logre expresión política.

En este sentido, si bien la estrategia del publicista argentino Favre en las dos campañas políticas que llevo al poder ha sido eficiente, se puede argumentar que su decisivo conocimiento de la cultura de masas peruana, es decir, de potenciar mediante el sarcasmo y la manipulación los crueles antagonismos y desencuentros culturales y raciales que nos atraviesan no hizo sino afianzar el hecho que somos una cultura que hace de su anomia su mayor lazo de identidad. Por medio del negacionismo que vimos en la campaña de salvataje a la ineficiente alcaldesa Susana Villarán, con los memes en las redes sociales, en las agencias publicitarias, y con la fuerte campaña de asociativismo juvenil en diversos barrios se puede argumentar que se gano una elección, pero que el modo como se movilizó las rivalidades y los sentimientos de representación de las identidades no provocó la desactivación de la cultura criolla autoritaria que nos caracteriza sino que robusteció su hegemonía, y a la larga ha reforzado la fatal indiferencia y la cultura corrupta que hierve en todos los niveles de nuestra cultura. El no a un poder corrupto y cínico basa su pericia en el descontento y en la protesta emocional, pero este berrinche no garantiza para nada la estabilidad de la política que se defiende. Y es más movilizar la nobleza y las buenas intenciones acaba en mayor decepción y cansancio cívico, premisas que llevan a la corrupción como estrategia de sobrevivencia y de prevalencia en nuestra cultura.

Esto me lleva a la tercera dimensión de toda estrategia de comunicación política, que es más un imperativo que un diagnóstico. Es necesario dejar de lado todo conservadurismo en la persuasión que tenga una lectura escéptica y derrotista de nuestra cultura. Los electores están no solo persuadidos del engaño y de las ilusiones que se movilizan en su nombre sino que en un contexto donde las promesas son las mismas en todas las tiendas políticas, la gente esta habida de escuchar nuevas propuestas e ideas constructivas que les ayuden a consolidar todo lo ganado por este ciclo de bonanza económica que aún experimenta el país. Crear una nueva forma de hacer política no descansa sólo en la limpieza en las ideas, y en la naturaleza intachable de las imágenes políticas que se publicitan sino que se debe apelar a que nuevas ideas programáticas y tecnificadas se deben ejercitar. La gente ya no cree en la retórica, en el sarcasmo o en le negacionismo como forma de atraer voluntades lo que quiere es la madurez para convertir propuestas y lindos discursos en políticas responsables y en decisiones concertadas. La comunicación política, en este sentido, esta emplazada a ofertar ideas, discutirlas e invitar a recrearlas de modo racional, pues el elector racional que ha insurgido es de un realismo y de un poder de protesta distinto. Ahí donde la risita burlona, el polo naranja o los muñequitos juegan sus chances es necesario hacer política en base al posicionamiento de programas y de fundamentos que sean, ¡claro! bien comunicados a todos los niveles de la sociedad. En todo caso la comunicación y sus estrategias deben hacer accesible y comestible esa nueva cultura de poder, ahí donde el periodismo, los contenidos televisivos y de la informática carecen de transparencia y de todo sentido de informar con honestidad y realismo político.

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Pragmatismo e intuición…. Notas a acerca del sentido practico en nuestra cultura.

by on Sep.04, 2013, under Sin categoría

Hemos llegado a un punto donde se diviniza como única fuente de conocimiento el saber practico. Aunque en el origen todos los sistemas de conocimientos refulgentes y socráticos han provenido de observaciones pacientes acumuladas durante miles y miles de años, en estos tiempos se le da un peso desmedido a la completa inmanencia de la vida como único valor congruente de felicidad y de estimación personal. La consecuencia es la completa naturalización de lo que funciona y es útil para sobrevivir, es decir, la total aceptación de lo que existe como ámbito no cuestionable de existencia. Hemos decantado en un mundo donde el cansancio del sentido intelectualista y mecanizado de la vida ha devenido en una conciencia atrapada en la inmediata necesidad, con la consiguiente desvalorización de la experiencia y del bienestar.

Hemos advertido que el sentido práctico es uno y el mismo en todas partes, y que la vida cotidiana es el ámbito donde lo practico repetido y repetido otorga seguridad, y sentido de pertenencia a las personas. El reposo del significado en la repetición estandarizada de lo seguro anula el pensar y hace que la vida sin juicio y razonamiento caiga presa de un tipo de moral practica donde se echa mano de los recursos del entorno para darse sentido, con el resultado inmediato que queda la cultura individual y a la larga social presa de una asimilación consentida y a la vez inconsciente de los prejuicios y sistemas de saber dominantes que intentan controlar la vida social. Nuestro acontecer práctico refuerza los problemas y cuellos de botella de comunicación que existen entre nuestras culturas, provocando que una vida reproducida en lo meramente práctico quede expuesta ante las inmediatas calamidades de la realidad a las que no enfrenta sino soportándolas y no resolviéndolas como reales problemas. En una realidad donde el sentido de ésta queda inmaculado esta no sólo desaparece al ser no recreada de modo soberano por los sujetos, sino hace que a la vez el sentido que este reporta sólo resida en lo que el hombre de carne y hueso pueda hacer de sus esfuerzos, una y otra vez.

El acabamiento del proyecto ilustrado como lógica de domesticación de los afectos y de los sentidos del hombre, al apagarse su amanecer civilizatorio y ennoblecedor, se ingresa en una realidad donde los diversos proyectos nacionales y sociales de ilustración a varios niveles quedan sin efecto, ocasionándose que las jerarquías globales y los sistemas políticos complejos que se montaron para superar la naturaleza autodestructiva de la vida reproduzcan con mayor fuerza los eternos conflictos y luchas sin fin que la modernización se planteo superar. Con grados distintos de asimilación el regreso del sentido practico de las cosas como único eje articulador de la vida, ahí donde la moral científica pierde terreno expresa que los países menos familiarizados con los proyectos de modernización que se montaron para civilizarlos en nombre de la humanidad, se ven devorados y entregados a una cruel descomposición de sus cimientos sociales, y de sus vínculos vitales, con el consiguiente abandono de la subjetividad a su propia suerte, y porque no su disolución interna. Toda la cultura que sobrevive ya no es el resultado de controles verticales en cuanto a un orden social integrador, sino el producto de las interacciones y encuentros caóticos de los productos individuales y de sus esfuerzos espontáneos sin ninguna lógica concreta, donde el significado social es un producto sometido a constante justificación, y por ello sujetado a los vaivenes de los referentes sociales dominantes y a sus sistemas de representaciones también desequilibrados.

El único rol orientador que decide la suerte del sentido es la cultura del dinero, y los contratos específicos de mucha complejidad que establecen los actores para conseguir resultados al interior de una realidad anegada de un sentido empresarial. El utilitarismo que acompaña a esta cultura del resultado hace que los sistemas de representaciones y los entramados culturales que se someten a su carácter disolvente se reproduzcan al interior de una vida que posee el sentido de una empresa, enfatizándose los elementos negativos y las sabidurías prácticas más funcionales al intercambio constante que se presenta en la vida social, descartándose como insolventes o carentes de utilidad los valores solidarios y ennoblecedores de las culturas.

La consecuencia de todo esto es el ascenso de un pragmatismo que refuerza como cultura dominante una subjetividad trasgresora y oportunista de la vida que violenta las mismas bases sentimentales donde acaece la formación de las personas, invitándolas a reproducir en contra de sí mismas una violencia psíquica y intersubjetiva que les permite sobrevivir a costa de su necesario bienestar emocional. Invadidos de una lógica que castiga el desarrollo de la personalidad con el desprecio o el estigma colectivo, las personas cargan sus expectativas y sueños de realización de un penetrante predominio de la necesidad primitiva. Atascados en el ámbito de la necesidad y habituados a una cultura organizativa que no premia el esfuerzo ni el desarrollo del conocimiento, los sujetos y su sentido práctico de la vida desactivan las bases de toda necesaria institucionalidad y entregan la vida de las generaciones a un empobrecimiento e inestabilidad constante de la experiencia.

Ahí donde la racionalidad es desalojada como razón colectiva y soberana se da paso a una racionalidad que no ennoblece al sujeto sino que los adiestra y lo pragmatiza cruelmente para sobrevivir, anegando de esta lógica del exitismo todos los ámbitos de la existencia, sin que se admita o se logre alguna formación cultural expectante. No sólo este pragmatismo vulgar y que se niega pensar derruye todo compromiso de la cultura con metas compartidas y sentidos universales de realización sino que de algún modo se convierte una lógica que satisface de poder y de status a culturas y grupos sociales que no hallan sino en el desprecio, la discriminación y la explotación una forma de vida
hegemónica que les divierte y les otorga sentido.

En la completa aniquilación silenciosa de nuestras culturas a manos de una modernización descarriada y sin controles sociales que se ha vuelto nuestro desarrollo, las personas parecen ubicar un sentido práctico que les funciona aunque los mantenga en las tinieblas y en la más completo atrangamiento de las mentiras de todo tipo. Una sociedad que ha renunciado a su unificación o a todo sentido de trabajo común parece hallar en su ignominia y en el grito de desesperación clandestino en que se ha vuelto la sensoriedad, un camino seguro para vivir en la sociedad de la información generalizada como apócrifa. Nuestro ingreso en la fastuosa nada del lenguaje se da con la constante humillación de nuestros orígenes sagrados.

Por otra parte, este peligroso abandono de la razón conduce a lo que se denomina un regreso de la personalidad a la intuición como mecanismo de conocimiento y certidumbre. Las deficiencias de una racionalidad en su búsqueda de resolver las complicaciones internas de la subjetividad, a medida que el peso del bienestar se inclina sobre la sensoriedad, hacen que se confíe decisivamente en la intuición, en las corazonadas como mecanismo de certidumbre y orientación en una realidad plagada de mascaras y de simulaciones. Ahí donde la persona con todos sus secretos huye de la esfera pública, pues la razón de guerra y de violencia la somete, se produce un reencuentro de la conciencia con aquellos saberes o facetas de la vida que habían sido descalificadas o descartadas como nociones vulgares o elementales. La excesiva simulación de las personas y esa obstinada tendencia a ocultar lo esencial hacen que se apele a la lectura de los detalles emocionales como estrategia para conocer, movilizar o conseguir resultados en las relaciones interpersonales.

Es esta liberación de las intuiciones y de los instintos de sus captores y modeladores racionales lo que favorece que estos se amplíen, se incrementen, así como se vulnerabilicen. Pero estas emanaciones de señales se mueven en el terreno de una realidad sin estructuras y sin grandes referentes orientadores, es decir, de construcciones donde las sensaciones y las emotividades públicas se confunden con la severidad de las organizaciones y sistemas cada vez más privados y despiadados. El escondite a una realidad que se ha evaporado o que se derrumba rápidamente es mantenerse en el plano de la mentira y del engaño publicitario como recurso para sentir a las personas cada vez más inaccesibles como invadidas por expresiones de violencia y descontrol. Nuestra mascara actual ya no esconde una persona reprimida por los sistemas de control cada vez más ineficientes, sino sentidos y emociones disruptivas y desorganizadas que hallan en los símbolos y en la manipulación una manera para ocultar una subjetividad completamente invadida por el miedo y el vacío existencial. Sólo la intuición parece ser el recurso de conocimiento en una vida que se vuelve gaseosa, pero a la vez evidencia la fragilidad de una socialización cada vez más desguarnecida y sometida por los desequilibrios constantes.

Por eso no es extraño que frente un mundo que se ve desalojado de la razón la persona halle en el ocultismo, y en las tendencias misticistas un contacto seguro a sus precariedades individuales, lo que denota el no saber que hacer con la vida, desbocada ya de energías que no encuentran un canal apetecible que desarrollar. Es una vida desperdiciada en la miseria de oportunidades y de formulas organizativas que contienen los apetitos de gratificación personal lo que hace que los sujetos apelen a una vida allende en la irracionalidad, y en los límites de la manipulación de los sentidos. Sentir se ha vuelto una técnica de especulaciones y supersticiones, sometida al capricho de la racionalidad del cálculo y la sospecha, y por consiguiente, en las neblinas de los desiertos de lo real y de sus interminables escombros. Las energías incalculables y que nacen día con día no hallan más que en la postergación de sus gratificaciones conscientes la prueba real de un mundo que alardea sensibilidad, pero que carece de ella, y que se ve expuesto ante el sistemático empobrecimiento de al experiencia sensorial.

La indetenible marcha del sistema capitalista que deshace los órdenes sagrados a donde anida su lógica de convertir todo en objeto de explotación hace que la razón de guerra que lo caracteriza expulse a la vida a un espacio de frágiles películas y de sensibles ideologías, donde el sentido práctico de la vida queda sujeta a la permanente comunicación y la reafirmación incansable de la personalidad. El precio que hay que pagar por alcanzar las prerrogativas de la sensación fastuosa y de la gratificación liberadora es ubicarse en el engaño de un pragmatismo que solo admite con impunidad lo que existe. Todo lo que es disuelto, y que se mantenía en el equilibrio natural de lo ritual y mitológico ingresa en un pragmatismo que no garantiza sino el relativismo desafiante de la existencia, con el inmediato vaciamiento de toda la promesa moderna y la cancelación de la felicidad resquebrajada por el cruel poder de sobrevivir.

Sin embargo, el romance persiste agazapado en lo más remoto de nuestras sensaciones. Los afanes de humanidad y de amistad que vociferan en todo el planeta, si bien no alcanzan la esfera oscura y fría de las categorías materiales de la vida social, son una señal de que nuevos apetitos y ánimos de vivir nacen todos los días. No obstante, vivir con cinismo e indiferencia en una realidad anegada de violencia e incomprensión a pesar de todo, remarcan que la aventura de vivir con audacia persiste con soberana intensidad y que es necesaria hacerla ingresar nuevamente en la regulación de lo esencial para que pueda esta a su vez poder expresarse y realizarse. No obstante, saberse que lo esencial, es decir, las fuerzas de la economía, son ingobernables y que a su vez están también fracturadas en múltiples niveles de poder es requerible que sean invadidas por una vida cultural que ambicione las raíces y que materialice esa vida que sólo conoce el desperdicio y el goce compensador.

Las fuerzas de la producción, deben ser reorientadas en función de darle a la creatividad y a los sueños de realización concreta un mundo donde la acción práctica regrese a la repetición segura y armoniosa del mito originario, donde toda la promesa de la vida y de nuestros cuerpos salga de sí misma romantizando una sociedad y una civilización que sólo halla en la represión y en la vigilancia meros mecanismos de orden y de seguridad. Solo un sentido práctico de la vida que consuma la promesa del mundo material y tecnológico que se montó para hacerla realidad es capaz de hacer sumergir la soberbia del poder y de la ciencia en el sagrado ámbito comunitario de las cosas. Pero esto requiere nivelar el poder, y el encuentro de nuevas subjetividades que hagan de la voluntad de vivir osamentas unidas y a la vez hambrientas de un inextinguible afán de caminar juntos… Y esto requiere invitar al hombre a creer de nuevo en sí mismo.

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