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Conflictos sociales y proyecto de nación.

by on Jul.28, 2012, under Sin categoría

El péndulo de siempre. Sin habernos organizado

El péndulo de siempre. Sin habernos organizado

Hipótesis general.

Los últimos acontecimientos en Espinar (Cuzco) y el polvorín social que se ha vuelto Cajamarca a raíz de la implosión violenta de una inversión minera lesiva, desde todo punto de vista para la vida humana y natural de esas jurisdicciones, han sido leídos por la academia, el periodismo, la tecnocracia política, incluso por las fuerzas de vanguardia con los ojos de un inconveniente pragmatismo y con poca profundidad. Reducir este conflicto socio ambiental a una mera propuesta de detalles técnicos, o a un lío generado por intereses políticos obtusos, desconoce los temas de fondo que poco a poco se esclarecen, pero que no se discuten por la calculada mezquindad de la coyuntura que maneja la clase política. Es necesario como propondré en este ensayo dejar de lado versiones parciales y facilistas, y reconocer estructuralmente los temas de orden nacional que han despertado estos cuellos de botella de violencia y de incomprensión social.

La conjetura que ensayo para recorrer las líneas maestras de esta disertación estriba en los siguiente: el crecimiento desproporcionado de una democracia social, en los últimos tiempos, es decir, el surgimiento de nuevas mutaciones intersubjetivas en el seno del modelo de desarrollo que ha condicionado su emergencia, pero que no los incluye socialmente como factor de desarrollo, provoca la aparición de una crisis de crecimiento del patrón de acumulación que no esta siendo detectada por los grupos de poder, y por el Estado comisario, que bloquean los cambios urgentes del diseño estatal y de la estructura productiva decidiendo la salida pragmatista de acallar y disciplinar policiacamente a estas fuerzas que presionan por ser admitidas en la necesaria evolución de nuestro diseño social.

Al interior de este supuesto late soterradamente la eterna costumbre de nuestra clase dirigente de montar una camisa de fuerza jurídica, política y económica que favorece sus intereses particulares, y que se despliega autoritariamente a espaldas de los progresos subalternos de que es capaz la cultura popular para vivir a pesar de todo. Justo ahora que el remolino político que despertó la elección de Ollanta Humala como presidente de la República, es aplacado por la vuelta de un Estado autoritario que no quiere comprender estas mutaciones democratizadoras, vemos que predomina a sangre y fuego, un estilo criollo y totalitario de ver la vida en este país; una red mafiosa que nos destruye y que hace de su bienestar la marca siempre intacta de la imposibilidad de ser un país organizado y unido.

Replanteamiento del diseño organizativo del Estado-nación:

Prosiguiendo con la exposición. Este impase histórico que ha planteado el retroceso del proceso de descentralización, iniciado en el gobierno de Toledo (2001-2006), dota de ciertos elementos de juicio para sostener que la manera tan artificial cómo se echó a andar este procedo de reorganización de la recuperada democracia ha provocado el violento antagonismo entre el gobierno central y las identidades regionales y locales. Esta severa contradicción de no tener presencia real y orgánica en las regiones de un territorio poco integrado en cuanto a vías de comunicación y serios desfases en el desarrollo humano, ha sido fortalecida paradójicamente con los vicios centralistas de una cultura política autoritaria que ha despertado en los gobiernos sub-nacionales.

Aunque se hayan transferido a los gobiernos regionales y locales competencias jurídicas, políticas y administrativas que han modernizado los atributos y la autonomía perdida durante la dictadura, esta decisión apresurada de dividir el poder público y dar mayor presencia a la autoridad real en territorios alejados de todo desarrollo, la verdad es que tal reorganización del Estado en red no surgió como parte de una lectura atenta de las mutaciones regionales y socioeconómicas que se manifestaban en el país, sino como un avance organizativo que no reúne como respuesta de la cultura real ciertas condiciones materiales, burocráticas y socioculturales necesarias para que funcione.

Tal desadaptación del movimiento real de la economía y la cultura en las regiones en relación a las entidades estatales, ha hecho que el sistema político se convierta en una camisa de fuerza que no logra incluir, ni representar idóneamente los movimientos de la sociedad civil local, sino que inhibe y ahora reprime todo intento de descentralizar adecuadamente el sistema político nacional. Veamos que condiciones no existentes no permiten la compatibilidad entre la cultura local y los niveles de gobierno sub-nacional.

1. Uno de los principales déficits estructurales que evidencian un urgente replanteamiento de la descentralización es la ausencia de una estructura técnica y profesional diseminada en el entorno del territorio, como para ejecutar las funciones y las metas reales que se plantean los gobiernos sub-nacionales. La falta de recursos humanos calificados, y la predominancia de una mano de obra elemental y de servicios es parte de un problema mayor que compete a la reforma educativa, y a los bajos niveles de calidad educativa y de resultados pedagógicos que demuestra la sociedad. Es este no poder participar de la demanda de trabajo al interior de los proyectos económicos que se lanzan en la provincia, lo que provoca un serio divorcio entre la sociedad local y la política, siendo capturada por la reproducción del gamonalismo o caudillismo político de los operadores regionales que penetran estos niveles de gobierno, sin poder ejecutar todo lo que proponen, dando paso a una camarilla de personajes corruptos e informales que hacen retroceder todos los buenos avances formales del proceso de descentralización.

2. Un segundo déficit más serio que el anterior es el no control territorial y administrativo de las jurisdicciones de los gobiernos regionales y locales. La desarticulación territorial, la falta de cominos y obras de infraestructura que permitan una mayor penetración de los espacios poblacionales, así como esa mala conexión entre geografía, distribución demográfica han perjudicado una adecuada recomposición territorial de las identidades locales. Si le añadimos a ello que históricamente el manejo del espacio ha adolecido de una comprensión racional de nuestra accidentada geografía, y que las elites irresponsables, han sobrepuesto sus mezquinas visiones territoriales sin acompasarlas con las ancestrales y más coherentes ordenamientos territoriales, se entenderá, por último que urge de una reconstrucción nacional del territorio que nos dote de soberanía geopolítica sobre él, y que permita una correcta racionalización del uso de los recursos y destrezas demográficas. En tanto la concentración poblacional persiga afianzar una urbanización desordenada, como expresión hegemónica de una pésima construcción del espacio, que amenaza el equilibrio ecológico de éste, se sobrepondrá un esquema de organización del territorio que cohíbe y obstruye por utópica o complicada de hacer una espontánea integración nacional.

3. Un tercer rasgo que bloquea la descentralización es que esta se efectúa sin dotarla de un sistema de planificación social, es decir, centros de desarrollo que regulen y promuevan los diversos proyectos económicos que se han dado en sus jurisdicciones. La formación de las actividades económicas (agrícolas, comerciales y artesanales) han ido divorciadas del principal agente dinamizador en estas últimas décadas de neoliberalismo, como es la minería formal y artesanal. Se ha ido generando en todas la áreas de impacto social cercanos a la actividad minera centros urbanos congestionados y desordenados que han concitado una transformación inusitada de las tradicionales relaciones sociales, trayendo una dinámica comercial y material importante, pero que han alterado la conexión tradicional entre la actividad agrícola, hoy en retirada, y la dinámica social hoy caótica y ciertamente patologizada.

Esto último ha provocado una licuación de los ancestrales lazos comunitarios del mundo andino y amazónico, predisponiendo la desaparición de los saberes productivos del mundo rural, e intercultural, arrojando toda la marea migratoria que ocasiona esta alteración de las relaciones encorsetadas y fijas a un mundo urbano congestionado donde la construcción de la identidad y de su economía política es siempre un actividad desarraigada y sin ninguna planificación holística.

Al cifrarse el desarrollo de la economía formal e informal sin tomar en cuenta las potencialidades cualitativas del territorio, y sin prestar atención a los conocimientos interculturales de las economías ancestrales, se produce una perjudicial separación con respecto al despliegue étnico-cultural que anuncia la modernización; disolviéndose la relación armoniosa entre la relación social productiva y una economía de gran escala extractiva y saqueadora que funciona como un molino satánico que succiona toda la enorme acumulación que produce la nación sin devolverle como contraparte un sistema de bienestar, o condiciones materiales cognoscitivas para que la población pueda organizar proyectos industriales con mayor valor agregado. (Aunque esto es un sueño sin una revolución del sistema educativo, y sin una ley revolucionaria del sistema del trabajo formalizado en todo el territorio nacional)

Esta cohibición de una democratización de la economía y de una recapacitación de la mano de obra, hacen que se reproduzca una economía exportadora de recursos materiales que utiliza poca fuerza de trabajo, que ingresa en los territorios explorados a manera de una costra o enclaves productivos que no establece mayormente cadenas productivas con las economías regionales, y que muchas veces mantiene incólumes las condiciones de pobreza y los calamitosos indicadores del desarrollo humano. Si este esquema tal como lo resumo ha sido legitimado es porque ha sido interiorizado por los emprendedurismos infinitos de la cultura popular, por medio de los ejércitos de negocios micro empresariales, que funcionan como un reservorio de recursos de todo tipo social que compensan la miseria, y las enormes desigualdades del territorio nacional.

4. Una cuarta hipótesis que quisiera bosquejar que arruina el pomposo proceso de descentralización es de corte más especulativo y no tomado en cuenta por los diseños estatales. La descentralización ha distribuido como herencia del gamonalismo, una cultura política y un sistema de representaciones sociales en los períodos postmodernos actuales que hegemoniza la tradicional piscología de la viveza criolla en todo el territorio, con sus excepciones salvables. Es decir, ha creado condiciones formales en todo el territorio para que las matrices interculturales andinas o amazónicas sean desterritorializadas de sus relaciones sociales antiguas, e incorporadas a un mosaico variopinto de símbolos comunes, que son los criollos, como la cultura mercantilista, el delito simbólico, la violencia cultural y la sabiduría conservadora, que remueven peligrosamente todos los saberes ancestrales de cada campo social, subordinándolos de modo naturalizado al culto a una inmanencia individualista que lo decide todo.

Si ha ello agregamos, como análisis de otra parte, que el Estado fomenta el monoculturalismo burocrático y empresarial en todas sus incursiones políticas, frente a una galaxia interminable de hibridaciones y mestizajes que no ofrecen, como tendencia, mayor dependencia de las insospechadas mutaciones y desequilibrios de la esfera político económica, se comprenderá, por último, la gravitante desconexión entre un proceso cultural que se emancipa de modo inconveniente de la estructura social, en esta coyuntura histórica, cuando es urgente vincularla a un proyecto de nación.

5. Una quinta condición que no esta cumpliendo el proceso de descentralización en curso, es la persistencia de una clase política de operadores autoritarios y retrógrados. No sólo la inconsistencia en la administración de los recursos públicos, o su declarada ineficiencia para concretar proyectos de desarrollo parece ser el abismo objetivo que explica la inoperancia de los gobiernos locales, sino sobre todo la privatización caudillista o pragmática de los niveles sub-nacionales a cargo de camarillas y clientelas políticas, que penetran estos espacios públicos para hacer fortuna o defender tras los escudos protectores de la politiquería y el proselitismo socialista niveles de gobierno que invaden con una lógica mafiosa, de prebendas y de corrupción socializada.

Más allá de que los espacios locales cuenten con agrupaciones políticas, y grupo de interés, que si representan demandas locales y comunitarias, sostengo que estas premisas bien intencionadas son ahogadas por la sólida reproducción de una cultura política parroquial y autoritaria, que procede de todos los niveles organizativos del organismo barrial, rural, vecinal y cuya naturalización no virtuosa permite afirmar que la descentralización en marcha, con todos los atributos jurídicos y políticos que ha transferido a las regiones ha distribuido las malas prácticas de un centralismo burocrático y corrupto.

La no existencia de una democratización de la cultura de servidores públicos, arranca a las justas demandas y urgencias provinciales de una legión de buenos representantes políticos, lo cual ahonda más la división de los pueblos, y expone a las sociedades precarizadas a la penetración de intereses políticos particulares, que la desorganizan y erosionan sus certidumbres interculturales y solidaridades comunales. En este nivel sub-nacional, como premisa autosuficiente es necesario que la sociedad local cuente con una clase política moderna y juiciosa que sepa interactuar y negociar, con los actores sociales y empresariales de su jurisdicción, con el Estado nacional, y sobre todo con la inversión trasnacional, arrancándole al capital el compromiso de desarrollar la sociedad local.

6. Una sexta carencia estructural que observo es la no integración de un sistema de tecnologías de la información, sino un mosaico desarticulado de medios televisivos, radiales, publicitarios y digitales, donde ciertamente la hegemonía mediática que moldea el sentido común de la opinión pública, son los grupos de poder televisivos que se despliegan desde el capital central. Hoy que duda cabe, una descentralización incoherente de medios locales, sobre todo radiales y canales de señal abierta local que transmiten en ciertos espacios regionales, modelando la cultura política de las identidades y grupos de interés local; sin embargo, el socius cultural de la nación esta dominada por la influencia sociocultural que producen los grupos de poder mediáticos del centro metropolitano, condicionando la formación de una cultura criolla y accidental que sirve de modelo formal a la diversidad del país. Por ello de la alguna manera, es lógico suponer que al no existir un instrumento mediático que mantenga informada a la sociedad local de los movimientos políticos de sus representantes, se garantiza la interpenetración de signos audiovisuales ajenos a la cultura local; señales que erosionan y desgastan la solidez implícita de la política local.

Habiendo reconocido, de modo general, las propiedades estructurales de las que carece el proceso de descentralización, o su confluencia desordenada en un espacio local totalmente mal edificado, presumimos de modo histórico que esta organización política caótica – que asumimos con el tiempo puede provocar la completa división política del Estado-nación – es resultado suficiente de los pésimos esfuerzos por dotar de coherencia soberana al territorio nacional, o incluso producto de la escasa iniciativa por organizarlo en armonía con el despliegue material y simbólico de las culturas plurinacionales. Pero considero que esta descomposición organizativa en la que ha devenido el diseño estatal responde a tres oleadas ontológicas, o tres alteraciones o ajustes estructurales que han intentando organizar al territorio y a la sociedad en función de un patrón de acumulación, o incluso como hoy sin ningún norte y definición estratégica:

1. Una primera oleada ontológica fue el intento organizativo de pasar por el cedazo de la dialéctica del desarrollo a toda la enorme complejidad formativa que se prolongó hasta bien entrado el siglo XX, bajo la figura de la feudalidad. Aunque las decisiones políticas de la reforma agraria, los cambios en la matriz económica de crecimiento cancelaron de raíz la pervivencia de instituciones anacrónicas como el gamonalismo y latifundios improductivos, las alteraciones a las que nos conduzca el desarrollo desbocado intentaron involucrar a las culturas diversas al interior de un modelo homogéneo de ciudadano asalariado y secular; la idea de una sociedad planificada y organizada por un Estado desarrollista.

Aunque este primer intento de imponer una lógica de la organización territorial al espacio nacional fracasó y desencadenó cambios secularizadores, como la migración y el movimiento de pobladores, lo cierto es que embarcó a la cultura en el proyecto tentador de la modernidad, que ha extendido al espacio patrio una modernización desbocada que muchas veces no ordena nada, o desorganiza aún más. Por diversos motivos, pero debido a la alta complejidad de nuestra formación nacional este reto de una sociedad planificada, es decir, una maquinaria organizada que respondiera a las exigencias democráticas de una cultura nacional integrada se agota fortuitamente al ser derrotado políticamente todo el movimiento político de los 70s por las dictaduras disciplinarias, y al ingreso a la formación social a un período de sistemático liquidamiento de la base industrial que el Velasquismo ayudo a forjar.

2. Un segundo escenario que asentó en la nación la legitimación política del ajuste estructural neoliberal, fue la ponderación de un cierto estilo de desarrollo que se rebeló como una camisa de fuerza que inhibe la complejización productiva y que se ha dedicado a desmantelar las condiciones jurídicas, sociales y políticas para la forjamiento de proyectos industriales ( o mas apropiadamente de cierto valor agregado).

Este escenario ontológico que yo llamo de modernización individualista se caracteriza por la pervivencia de una economía política disuelta, fragmentaria y desconectada de toda planificación social; una base material en manos de los grupos de poder económico que organizan a la sociedad en función de una pastoral de estilos de vida individual y privatizadores; consintiendo el despegue de expresiones micro empresariales y de economías solidaria, en la medida que afianzan la iniciativa liberal, pero cuya administración política se divorcian de una coherente modernización orgánica e integral de nuestra economía política. Al autonomizarse la economía de sus fiscalizadores políticos y de toda sintonía con la realización de las culturas diversas los únicos espacios de secularidad o de experiencia modernizadora parten de los esfuerzos individuales o racionales de un actor social que trata a toda costa de competir y no ser expulsado de la raquítica división social del trabajo. La modernización no es más una política económica, es sólo una vivencia cultural e ideológica.

3. Una tercera modernización, o principio de realidad que venimos experimentando en estos últimos años es la precipitación de una racionalización del saqueo y de la destrucción de la naturaleza y la sociedad. La modernización ya no es un enfoque que se vincule a un proyecto de organismo colectivo o secularidad individual sino un régimen de excepción que busca atropellar todos los obstáculos sociales y políticos de modo policiaco para imponer una lógica de la expoliación y de violencia simbólica que permite la introducción de actividades económicas en nuestro territorio que no tiene ningún compromiso de generar prosperidad o desarrollo social sostenido. Al contrario amparado en los estados vasallos desmantelan más a la sociedad y la convierten en un ambiente ingobernable, plagado de violencia y de falsos ídolos distractores.

La conclusión de este primer apartado consiste en que el proceso histórico cómo se ha construido nuestra organización política, es decir, nuestro contrato social resulta un diseño incompatible con el despliegue misterioso y arcaico de las culturas populares; las cuales construyen de la nada universos de realización paralelos y clandestinos que aún más diferencian y desestructuran la posibilidad de un Estado integrado y cohesivo. Por último, es urgente un replanteamiento del estado de democrático y de sus múltiples tentáculos institucionales a lo largo del territorio nacional, para aprovechar las enromes mutaciones culturales y materiales que esta viviendo la cultura peruana en la última década; pero este salto cualitativo depende de un recambio en la concepción política del Estado, y por lo tanto, representa un programa político a construir. Y no es un rediseño que venga de arriba desde las esferas del Estado como las leyes universiyarias, la ley del servidor público, o la ley de salud, buenas intenciones. Pues estas ideas no van a modelar las actitudes si no se hacen serias reformas en los espacios locales, donde autoridad local, tejido social (Centros educativos, juntas vecinales, comedores, vasos de leche) y la presencia de la empresa privada. Este triángulo debe ser atacado sino reformas que vengan desde las alturas no van a corregir nada lo digo humildimente, como viajero que soy.

Interculturalidad y relaciones comunitarias.

Si algo claro hemos percibido en los desencuentros comunicativos entre el Estado y las autoridades regionales en los espacios de conflictos socioambientales es la carencia de un elemental juicio de la negociación y de escuchar al otro. Más allá de que sea política de Estado o rasgos de las idiosincrasias regionales se ha percibido que la apertura al diálogo ha estado plagada de prejuicios raciales y de la incomprensión antropológica hacia nuestras culturas plurales.

La postura del estado ha enfrentado estos conflictos con una lectura claramente tecnocrática y pragmática, sin querer abrirse al entendimiento intercultural de las posiciones en juego, y por lo tanto, arbitrariamente ha creado la enemistad entre las fuerzas regionales, sembrando la clientela y el prebendismo como fórmula para lograr aliados e imponer proyectos de desarrollo, sin mayor discusión de la noche a la mañana. Aunque hay reconocerlo una fuerte ausencia de una ética del discurso en las poblaciones impactadas por la minería, debido a los desfases en los niveles del desarrollo y la pervivencia de una concepción patrimonialista del estado, reafirma la idea de que la empresa, por medio del Estado, plantea la urgencia del diálogo cuando debajo de la mesa hace los arreglos políticos necesarios para imponer su política de Estado, sin discutirla o negociarla con las poblaciones impactadas.

Y no sólo eso. La resolución de estos conflictos generalmente arranca acuerdos declaratorios y proselitistas, que no contienen ninguna política de desarrollo de largo aliento, prefiriéndose provocar la desorganización política de las fuerzas que enfrentan y respondiendo con represión y prebendismo.

Es necesaria no sólo la entrega de las relaciones comunitarias a especialistas sociales, con claro manejo intercultural, sino que es necesario la introducción de principios mínimos en la organización del estado que comprendan de modo más sistémico todas las variables en juego en un conflicto socioambiental. Es urgente una visión intercultural y democrática de los operadores políticos del Estado, que no reduzcan el manejo de estos escenarios políticos complicados a salidas coyunturales y parciales, que lo único que favorecen es la acumulación del descontento, y el olvido de las promesas de progreso social que se arrancan en los acuerdos políticos.

A pesar de que modo declaratorio y documentario existen esfuerzos académicos y políticos para generar una reforma intercultural del Estado, que acerque a éste a la sociedad, estas intenciones comprensivas han sido resistidas por la visión monocultural y autoritaria de la clase política, que impone de modo convenido y calculado la mejor fórmula que signifique no perder hegemonía y favorecer a los grandes intereses. Ahí donde se carece de intenciones interculturales, para solucionar conflictos sociales, que esconden motivaciones más estructurales, lo que se evidencia en el fondo es la conservación de un diseño de Estado que es funcional a los grupos de poder, con la peligrosidad que significa no entender a la sociedad y mantener postergadas las justas reivindicaciones de las poblaciones impactadas. No hay malas intenciones elitistas como señala la izquierda, sólo hay abismos históricos y especialistas como abogados y psicólogos que no deberían estar mediando y negociando estos conflictos altamente sensibles. Hay que dejar de lado esa idea racista que la izquierda fomenta

La carencia de instituciones interculturales, perjudicial para una unificación democrática entre el Estado y la sociedad civil, es lo que facilita, también por parte de la sociedad víctima el aferrarse a ideologías revanchistas que desinforman y complican el escenario. Si vemos desde este punto de vista, al ausentarse de las poblaciones organizadas una adecuada comprensión cívica de estos impases sociales, lo único que se favorece es la expansión de una cultura autoritaria del odio, que no conversa ni sabe defender sus posiciones.

Es decir, no existe más que en los representantes locales una frágil conciencia ciudadana, que no permite la comprensión de las propuestas del Estado, facilitando el resentimiento y la decisión del Estado de elegir el camino represivo “del divide y vencerás” como opción facilista. Vemos que estos abismos en el diálogo, y el hecho de que políticamente estas desinteligencias permiten opciones politiqueras y mafiosas, a lo único que conducen es a la vulnerabilidad de las sociedades que se movilizan; pues en el terreno de las grandes conspiraciones estos “ríos revueltos” son caldos de cultivo para tranzamientos oscuros y la insurgencia de figuraciones políticas con claros intereses de poder.

Por ello se requiere que el sistema educativo, en primera instancia, y el despliegue democrático de las demás instituciones socializadoras, fiscalicen el acceso a la información objetiva y su distribución, para desactivar de este modo la hegemonía de discursos impropios y rengados que se condicen con las reivindicaciones de la sociedad, aunque el desatamiento de estas pasiones encierre propósitos oscuros. Aunque este camino es muy lejano y complicado de recorrer.

Este desfase en los niveles de comunicación, como expresión que el Perú es un país difícil de gobernar, y de recoger adecuadamente sus demandas, son alimentadas por la visión represiva del estado y por la incrustación política de la empresa al interior de las regiones del país. Como se sabe la historia política de enclave o de feudo cerrado, sin mayor conexión con el despliegue económico y cultural del territorio, atizan más los conflictos en las áreas de influencia directa, no sólo por la ausencia de especialistas comunitarios que escuchen atinadamente los problemas que genera la actividad minera – en su mayoría son ingenieros sin calificación antropológica- sino porque la penetración de estas actividades de enclave erosionan el ciclo de vida ecológico y cultural de estas sociedades campesinas, predisponiendo la acumulación de la enemistad hacia la empresa, que es responsabilizada, de modo coherente, de los desequilibrios espaciales, y soterradamente culturales que provoca esta economía del saqueo.

Si vemos sólo técnicamente estos conflictos socioambientales, ( como lo ven los abogados y los ingenieros) y no es capaz la empresa minera de comprender cuál es su rol social como agente de cambio que altera esas geografías y órdenes sociales, será imposible persuadir a los pobladores afectados de las declaradas intenciones de desarrollo de la inversión extractiva; escogiéndose la disciplina y el hostigamiento como mejor forma de robar las entrañas de nuestros suelos, poniendo en paréntesis perpetuo los reclamos y alternativas que el pueblo con su esfuerzo diseña a pesar de todo. Saber escuchar y dialogar, es dejar esa visión de que el Estado ya hace mucho con sentarse y darle la mano a las poblaciones dizque ignorantes y bárbaras, para la foto, sino aprender a tomar en cuenta las idiosincrasias y los motivos ocultos que guardan los pliegos de peticiones, y trabajar por el desarrollo de la nación como un organismo vivo.

Límites del concepto de responsabilidad social empresarial:

Partiendo de la premisa que la resolución de conflictos no es una negociación sólo técnica y de estrategias de concesiones, sino el arte político de que el Estado se comprometa a insertar una estrategia de desarrollo más decidida y profunda que el sólo asistencialismo de la política social, podemos conjeturar cuáles son las responsabilidades globales de la inversión minera.

La tesis que destaco en este apartado es que la manera discursiva y retórica como ha ingresado el concepto de responsabilidad social empresarial en nuestro país no permite un mayor involucramiento progresista de la empresa en la vida de la comunidad. No sólo se carece de estrategias plausibles para tal injerencia, sino que la minería no hace nada para desarrollar socialmente los espacios locales a donde ingresan sus intereses. No es que no quiera, no esta bien asesorada, y la verdad es que no lo sabe hacer. Es decir, como hemos sostenido la política asistencialista que despliega y la compra de lealtades a cambio de lograr legitimación en las sociedades locales, no es parte ni en el largo plazo de la actividad promocional de su gestión.

Aún cuando sabemos por definición que una mayor preocupación del bienestar y capacitación social de los trabajadores a su cargo, así como de los hábitats sociales en donde interactúa podría conseguir la aceptación social de la actividad empresaria y mejorar la productividad, no se percibe más que una contención prebendista y politiquera de las grandes acumulaciones de descontento y contaminación comprobada que genera.

Es decir, la historia larga de maltratos y de malos relacionamientos con las comunidades posiblemente afectadas, así como del hecho de que la presencia de la minería no afianza el desarrollo social, sino que desorganiza los equilibrios sociales del campesinado y de las comunidades, han hecho que la inversión minera se vea ante la obligación de imponer policíacamente su modernización del saqueo para ingresar a los ricos yacimientos mineros que las economías más avanzadas precisan suma urgencia.

Para el caso del país de modo tentativo soltaría cuatro grandes tareas que tendría que ejercer la actividad empresarial para prevenir los conflictos socioambientales, ante la presencia de su concurso:

1. Es urgente que la inversión minera, por medio de las autoridades locales, establezca organismos de cuidado ambiental interdisciplinarios que estudien participativamente los riesgos posibles del impacto minero; no sólo agenciando los permisos legales respectivos, sino que además recogiendo en las poblaciones empobrecidas cuáles son las propuestas y elementos que garanticen las construcciones de planes de desarrollo reales, consultando además cuáles serían sus percepciones y reclamos ante los riesgos de la minería y problemáticas de la pobreza más profundas.

Esta ley de consulta previa que actualmente se ha postergado su ejecución, podría convertirse en un instrumento jurídico y social que vaya más allá o complemente las tradicionales estudios de impacto ambiental (EIA); en la medida que garantizaría el compromiso de las poblaciones afectadas, su consentimiento a romper la reproducción de una cultura política autoritaria, y la recolección de ciertas estrategias holísticas de desarrollo, adecuadas a la realidad y necesidades de cada comunidad. Sería para culminar un marco o contrato social de progreso que no permitiría la lucha de facciones o la penetración de intereses desestabilizadores, sino un plan sostenible que respete la naturaleza y las tradicionales actividades productivas que se genera en ello. Osea Programas sociales dirigidos a mejorar el capital humano en clave local, y en relación estrecha con las organizaciones sociales aliadas y sus directas necesidades de desarrollo.

2. Una segunda tarea maestra que queda pendiente es la restauración de una visión agrícola del desarrollo como sostén sociocultural a las alteraciones desbocadas que genera la actividad minera. Aún cuando de acuerdo a visiones estereotipadas y desacreditadoras la actividad agrícola tal como se desarrolla en las zonas alto andinas no permite la superación de la pobreza rural, sino es que es una actividad condenada a la desaparición por otras empresas económicas más eficientes para combatir la pobreza material, la verdad es que la agricultura tradicional, es decir, la vida en el campo es parte de una existencia sistémica de lo andino, una concepción cultural que entiende la tierra como una prolongación animada del hombre andino.

En otras palabras, una de las estrategias de la tecnología minera sería crear las condiciones más laudables para desarrollar la agricultura, permitiendo el pleno empleo y la seguridad alimentaria; es decir, una seguridad ambiental que permita la reproducción y evolución ciudadana de los cambios urbanísticos que el impacto minero ha traído consigo, en conjunción con las compensaciones socioculturales que implica la agricultura para el hombre de campo. Aunque esta propuesta es difícil de ejercer, porque la minería produce el crecimiento inusitado de las ciudades, y cambios inesperados en la estructura social de estas comunidades, como el comercio o la delincuencia, así como la crisis de valores, creo en los planes de cierre y como parte de una estrategia más horizontal de relación con las poblaciones la minería debería modificar relativamente los órdenes sociales en lo que ingresa; pues estas alteraciones traen consigo acumulación de descontentos. La empresa como parte de su política de responsabilidad social, alenta y debería alentar un mercado interno de capacitaciones técnicas mínimas para los jóvenes obviando a los institutos o universidades que son solo negocios.

3. Una tercera tarea pendiente por la empresa es la búsqueda más interactiva de generar con apoyo del gobierno local, y los actores sociales involucrados (centros educativos, autoridades de salud, grupos de interés diversos) una estrategia de desarrollo real y viable que supere la habitual atrofia de los niveles sub-nacionales de gobierno. Es decir, generar las sinergias necesarias para un control privado-público de la economía minera, y las diversificaciones productivas que de ello resultaría, mejorando el rostro social de la empresa, y superando, esa clásica relación clientelar y feudal que la ha caracterizado. Ahí donde hay asistencialismo y regalitos es urgente avanzar hacia una concepción más orgánica del progreso social, que cree las condiciones estructurales para que la minería produzca un primer piso de acumulación para una presunta evolución industrial descentralizada, soberana y conocedora del territorio. Valor agregado por red de pymes asociadas y gremios de invención artesanal. Se debería usar los Centros educativos y la dirección política de las juntas vecinales para fomentar esta recalificación de mano de obra de acuerdo a los requerimientos de la empresa y lo que desean las Áreas de influencia directa AID.

4. En cuanto a la minería informal, como anotación al margen es necesario, no sólo formalizarlos para adecuarlos a la supervisión ambiental y tributaria, sino incorporar estos desarrollos micro empresariales al interior de una lectura global del desarrollo local, que evite los graves impactos ecológicos y contaminación que han generado en los últimos tiempos –como en Madre de Dios- y pueda ser una economía regional que genere empleo y active los mercados internos.

Me parece que la manera como se ha manifestado esta minería de pequeños productores, controlados de modo adecuado, y eliminando la mala sangre que hay en este entorno social, se podrían generar asociaciones económicas que expresen el crecimiento de un sector de empresarios nacionales, que puedan equilibrar y romper el carácter de enclave de la gran minería, y así dinamizar los mercados regionales. Pero esta es una propuesta muy lejana a la realidad actual de este sector.

Cultura de la miseria:

Huelga comentar en este último apartado la persistencia perversa de una lógica cultural al interior de los poderes regionales y movimientos sociales que ha generado la explotación minera. En relación a estas fuerzas políticas sostengo que la manera tan asimétrica y desarticulada como ha sido construida nuestra organización política ha privado a regiones enteras de los desarrollos concentrados y centralizados que se han dado en las ciudades de la costa, y sobre todo en Lima.

A sabiendas que históricamente la pobreza y la explotación han sido dinámicas sociales que han modelado identidades y culturas regionales, se ha hecho predominante un estilo de desarrollo que ha fraguado descontento y ausencia de reconocimiento cultural. Es decir, desde la Colonia, la intersubjetividad de la provincia y de los espacios empobrecidos de las ciudades desarrolladas ha sido prefigurada obedeciendo a un discurso de la miseria y al papel paternalista del Estado, que ha convertido ante la opinión pública a estas poblaciones como víctimas escandalosas del subdesarrollo, y hoy de los intereses trasnacionales.

Todo origen histórico de nuestros desencuentros han provenido de las divisiones y fracturas políticas que las elites han complotado, eso que duda cabe; pero con el paso del tiempo se ha desarrollado una cultura miserabilista en el seno de las organizaciones de base, que no es capaz de verse a sí misma como identidad que ha contraído su propio desarrollo humano, en parte. Aunque en el presente por detrás de esta proposición se esconde para los sectores conservadores el pretexto perfecto para olvidar a los sectores populares, hay que reconocer objetivamente que la pervivencia o arraigo de estructuras culturales anacrónicas en el seno de estos sectores han bloqueado diversas iniciativas para potenciar y desarrollar poblaciones enteras, y que para esclarecer, por ejemplo, lo que sucede en los conflictos socioambientales hay que abandonar posiciones maniqueas, del bien y del mal, y avanzar hacia diagnósticos que evidencien los intereses en juego, y las enormes revanchismos que encierra la protesta y el desaforamiento de la violencia social.

Creo que una mirada en la larga duración ayudaría a demostrar como esta estructura de la miseria se ha inoculado en nuestra cultura política, dañando y despolitizando grandes proyectos de integración social; y que a medida que se ha abrazado adictivamente la tentación de modernizarse se ha estabilizado una ira tan terrible en los submundos de nuestra personalidad periférica que se ha vuelto casi imposible concitar el apoyo público a cuanta solución programada se haya intentado proponer noblemente.

No quería decirlo, lo digo con todo amor, pero creo que es conveniente desenmascarar los grandes traumas de nuestra herencia cultural que no nos dejan vivir, pues soy de la creencia que la responsabilidad de nuestras miserias civilizatorias no descansa sólo en el arribismo de la oligarquía, en su desvergonzado afán de poder, sino en los traumas ideológicos que el hombre popular no ha sido capaz de resolver dentro de sí mismo, proyectando todo su odio y nihilismo hacia grandes mitos, y viviendo en las sombras de una gran ceguera e inercia cultural.

Esta ira se ha vueltos estructural y aun cuando nuestra cultura ha sido capaz de superar grandes economías del odio y la venganza, el modo tan deshonesto como nos construimos, y como crece el desinterés hacia nuestra sociedad con egoísmo e indiferencia, me precipitan a decir que somos una cultura que no se conoce a sí misma, y que poco le importa arruinar el camino del progreso a generaciones enteras y espíritus honrados que nunca faltan. La política tal como la veo tanto a izquierdas y derechas, y tal como he escrito en otros ensayos es en el Perú una actividad en la que la persona aprende un saber que esta en capacidad de aplicar pero que no ejecuta porque su fin privado, y sus traumas están primero. Para hacer política, es mi humilde consejo, hay que obedecerse así mismo, amar. y luego cuestionarlo todo. Sino se responde la maldad con la maldad.

1. Un primer origen de esta cultura de la miseria se da en la Colonia, con la extirpación de idolatrías y la furibunda evangelización aculturizante de la iglesia. El catolicismo ante el afán de triturar toda creencia pagana y ritualista del indígena, sustituyó la perdida cultura incásica, y su variedad politeísta con la religiosidad del valle de lágrimas y de la miseria del seglar, convirtiendo al indio, a los esclavos y a los sectores explotados de la Colonia en víctimas agraciadas del reino de los cielos.

Gente castigada y en padecimiento perpetuo cuyo castigo supremo fue haber pertenecido a un imperio de pecadores y bárbaros. Aunque la inmediata evangelización no pudo eliminar del todo la sublimación, y el sincretismo de los cultos andinos, si que le imprimió al hombre andino la etiqueta de una casta sufrida y miserable, una cultura cuya persecución y aplaste cultural se justificaba por entorpecer y contraer los valores magnánimos de la Colonia.

A esta mecánica del sufrimiento había que agregarle que secretamente las prácticas diletantes y barrocas de las elites criollas y españolas eran anheladas y reproducidas en la trasgresión por las clases subordinadas, lo cual incrementaba un gran resentimiento hacia no poder ser aquello que odiaban. Es decir, en la conformación de esta personalidad evangelizada se depositó un moralismo feroz, acompañado secretamente de un deseo de trasgresión y desborde; un conservadurismo que disfrazaba una fecunda inmoralidad. (La actitud de la Ñusta hija de Atahualpa me lo demuestra y de otros ejemplos) Se podría argüir que las grandes vulnerabilidades psíquicas de nuestra singularidad civilizada se originan en esta paradoja cultural: se detestaba al estado explotador, pero al mismo tiempo se le exigía todo. La explotación vertical iba acompañada de una gran degradación personal.

2. Es complicado mencionar donde surge nuestra ilusión individual. A pesar que los laberintos de la personalidad se remontan a la formación del yo cristiano, es con el gamonalismo y paradójicamente con la educación monocultural que auspició la aristocracia civilista de la primera mitad del siglo XX, que se puede hablar de la construcción de un yo edípico y paternalista. El gamonal, la iglesia conservadora y todo el circuito de un parentesco que llegaba al juez paz y a toda la arquitectura de latifundios envolvían a un campesinado servil, explotado, cuya única seguridad descansaba en la protección enfermiza que le prodigaba el “misti”.

la creatividad andina pudo reproducir sus tradiciones y costumbres festivas, se puede conjeturar que el lazo de poder que lo unía al gamonal le otorgaba orientación y sentido de pertenencia. Este triangulo sin base, del que habla Cotler, se desvanecería paulatinamente con los resultados inesperados de la educación pública, que si bien patrocino de modo indirecto los levantamientos campesinos y las oleadas de migración a las ciudades, forjó un individuo aún atrapado por grandes traumas patriarcales, al mudar la base de su dependencia psíquica al Estado, y a los principios referenciales de un Estado-nación. Este trauma se agiganta al perderse el principio de autoridad gamonal en el campo, y al entregarse la personalidad subordinada a la figura de un individuo que negaba e intentaba disolver las procedencias tradicionales de donde provenía el actor migrante.

3. El proyecto desarrollista, que podría argumentarse que fue el intento de secularizar y barrer de raíz estructuras enmohecidas y coloniales, también fue alcanzado por una actitud salvífica y teologizante. ¿En qué sentido? Pues el desarrollismo y su gran proyecto de industrializar el país envolvía la vieja fórmula de abandonar lo considerado bárbaro, el valle de lágrimas de la feudalidad, y alcanzar la gracias y la salvación de un Estado homogéneo y moderno. La luz que representaba pasar por el cedazo de la dialéctica histórica a toda la gran oscuridad e ignorancia del mundo tradicional.

Esta figura hizo que las peticiones de modernidad y libertad individual recayeran sobre un Estado padre cada vez más incapaz de colmar las gigantescas presiones que había despertado la historicidad, con lo cual se escurrió la idea de que el socialismo podría ser ese gran jefe autoritario y salvador que cancelaría la pobreza y nos redimiría. Más allá de que el cambio estructural tenía claro que reformas sociales y económicas debía ejecutar para conseguir esta secularización de nuestra formación social, podemos argumentar que las infinitas ansiedades e historias colectivas que generó, respondían en el fondo a una época plagada de una gran religiosidad salvífica y redentora, lo cual empantanó los ajustes necesarios para construir un Estado organizado. El desarrollo impracticado porque reprodujo un estilo de religiosidad fanático que sería contraído violentamente con las dictaduras, y que sería golpeado con la descomposición social de los 80s.

4. No obstante haberlo tratado en otros márgenes rebeldes el odio de Sendero Luminoso fue el que desperdigó en las organizaciones alto andinas remotas y olvidadas un discurso de la miseria y de la confrontación que se hegemonizaría en la cultura política del mundo regional. No sólo la subversión terrorista cohesionó y representó las profundas privaciones y silencios del mundo campesino, sino que su avance se explica porque internalizó en las identidades olvidadas la emergencia del padre revolucionario; aprovechando el gran deseo de revancha y de catarsis violentista que vivía el país, con el desmoronamiento político del desarrollo industrial, los profetas del oído, como arguye Portocarrero, otorgaron un referente político de orientación inesperado en la violencia destructiva que serviría de fijación cultural sustitutiva en medios del caos social.

Su violencia como dije en otra parte, respondió a la caída estrepitosa de un mundo; en ella el vacío no ingresaba. En este sentido, aunque su moralismo purificante hablaba a las claras de un deseo alternativo de barrer la herencia colonial criolla, esta camarilla de asesinos en función de una verdad dogmática escondían las mismas enfermedades politiqueras que intentaban combatir; reproduciendo, actualmente, ante la derrota una cultura política de la denuncia radical, múltiples costumbres parasitarias y divisionistas. Este reivindicacionismo marcaría la cultura política de las organizaciones gremiales de izquierda.

5. Para rematar la consolidación de una cultura de la miseria, hoy la vivimos con la penetración radical de mafia fujimorista, que no sólo desmanteló y despolitizó toda la base organizativa en que se apoyó clásicamente la izquierda, sino que es sustitución de esta cultura asociativa montó un finísimo aparato de clientelas y de operadores políticos delincuenciales que desactivarían el movimiento popular, y que hicieron crecer en medio de la decepción y la miseria una psicología autoritaria y corrupta, cuya supervivencia garantiza la fuerte desconexión del movimiento vecinal barrial.

Focalizadas las clientelas de los partidos políticos, ONGs y la política social percibimos la conformación de feudos y asociaciones vecinales donde al interior de los vasos de leche, comedores populares, talleres productivos, clubes de madres y diversas organizaciones filantrópicas de drogadictos y adultos mayores se reproduce una visión asistencialista y de la petición caritativa como lógica política cultural que infectó el tejido social de vulgaridad y violencia simbólica.

El fujimorismo no sólo dio el golpe de gracia a la sociedad organizada, sino que además permitió la peligrosa crisis o disolución de los vínculos de solidaridad familiar y barrial, generando una psicología autoritaria “donde todo vale” y la trasgresión criolla cunde. Devorada al cultura cívica por una base social desmantelada e infectada de una cultura autoritaria, lo que presumo es que esta realidad ha cimentado a largo plazo una cultura sin la capacidad de diálogo, y si de cálculo y manipulación máxima, que no permite el entendimiento y la representación adecuada de demandas. Es esta cultura que ante la llegada de cualquier reforma o gran inversión se las arregla para parasitarla, para corromperla o para bloquearla. EN parte el decrecimiento económico de los últimos meses se debe a las trabas burocráticas y polítiqueras que los líderes anticapitalistas y los operadores regionales han provocado a la economía. Hacieno que proyectos de gran envergadura y nuevas inversiones se detengan o no se animen a venir.

Habiendo hecho un recorrido histórico de este discurso de la miseria toca ahora soltar la siguiente conjetura en torno a la actualidad: el conflicto socioambiental que se vive con ardor en Cajamarca, y con intensidad variada en Espinar (Cuzco) y en otras latitudes del territorio nacional responde a la culminación de un desarreglo histórico de la decadencia de un estilo de conducción política, de cuyos escombros esta surgiendo tímidamente un nuevo espíritu, en medio del desgobierno y el estallido social.

Hay que reconocerlo, el autoritarismo con que se asesina al movimiento social y a sus justas reivindicaciones, solo recibe como antagonismo político el facilismo de la protesta y la anarquía social, no con el objetivo de democratizar nuestra cultura, sino con el propósito de sabotear y jaquear al gobierno neoliberal, ahí donde esta izquierda radical carece del conocimiento y de propuestas operativas para administrar los territorios complejos del país. Ambas partes sólo quieren lo suyo, no lo que quiere el pueblo. Hoy hay pobreza en Cajamarca, y en varias regiones del país, por la terquedad que el ecologismo productivista nos puede dar de comer a todos. (LO digo con toda humildad)

El Péndulo de nuevo: Sin proyecto de nación

El Péndulo de nuevo: "Sin proyecto de nación"

Al carecer de agenda programada se apela a la táctica política de la lucha de clases, que arbitrariamente divide al país, y de la cual no esta surgiendo ninguna subjetividad democrática, sino pura demanda y pliegos de reclamos, sin poder efectivo para concretarlos. La inexistencia de perspectiva, y si de una protesta desestabilizadora, que es legítima como primer paso, esta desnudando la visión anacrónica de las vanguardias socialistas, y la estúpida consecuencia de acelerar la división política del país, ante amenazas externas y los intereses disociadores del capital. Esta táctica irresponsable de bloquear los proyectos económicos de las regiones de sierra y selva, a pesar que por detrás de estas penetraciones económicas no se cuenta con buenas intenciones hacia las sociedades impactadas, esta conduciendo a la acumulación de rabia social y de un reivindicacionismo exagerado, detrás de cuyas efervescencia se esconden intereses partidarios y negociaciones particulares y oscuras.

Desaforar esta cultura de la miseria es algo complicado, pues la modernización desordenada y precarizadora que experimentan las regiones andinas, selváticas y de costa hostiga las anteriores relaciones de vida social, haciendo retroceder el avance del significado democrático y alimentando la penetración de ideologías del rencor y la confrontación que a nada conducen. Es urgente una nueva relación del Estado y la empresa minera con la sociedad sobre la base de pactos y acuerdos reales. Y creo que el pendulo de sólo dejar que entre el dinero y el desarrollo, y por tanto tímidos niveles de acumulación desordenada en varias regiones del país, más por el empuje del micro empresario, y la demanda interna, al sólo exportación de materias primas con poco valor agregado y que dependan de las esquizoides fluctuaciones del merado internacional, va darle nuevos argumentos de que el mercado como asugnador racional de recursos no sirve para el país a los socialistas como Santos, Arana y compañia. MI humilde opinión es que es el eterno callejón de toda la vida enemigos a muerte pero sin soluciones ambos de verdad, y engañando al pueblo mientras el pueblo se deja engañar. Bueno cada pueblo refleja el tipo de gobernantes que merece, como dijo alguien por ahi.

Algunas conclusiones:

1. Es urgente una visión de fondo más holística de los conflictos socioambientales que sufre el país. Esto quiere decir construir una minería en función de un verdadero desarrollo humano de las regiones impactadas.

2. Es necesario de un replanteamiento más intercultural y dinámico del proceso de descentralización. Esto hace necesario regular públicamente la vinculación desarrollista entre ordenamiento territorial, economía y cultura. Esto hará posible la construcción de identidades locales, con autodeterminación y capacidad operativa. ESto lo digo es muy complicado, se hace demasiado trabajo de campo, y un rediseño del tejido social comunitario orgánico del nuevo Perú, tanto en Costa, Sierra y Selva….Sin esta base emocional del territorio y la sociedad es imposible lo más complejo complejo como el Estado y la arquitectura institucional.

3. Es necesario buscar sobre la acumulación minera el salto cualitativo a modos de producción industriales más complejos y autosuficientes. Esto hace necesario un mayor involucramiento del capital humano minero en la reorganización capitalista de las sociedades locales. Pero esto sólo es en sectores específicos y en red micromepresarial y con base artesanal, barrial

4. Es imprescindible sopesar las alteraciones y disrupciones que provoca la actividad minera (crecimiento de ciudades y debilitamiento de la estructura agraria) sobre la reconstrucción y tecnificación de las fronteras agrícolas de sierra y selva (en menor medida). Este plan de sostenibilidad facilitará el pleno empleo, la seguridad alimentaria y el respaldo sociocultural hombre-tierra que amenaza la modernización del saqueo. Ninguna economía que pretenda diversificarse se hace sin asegurar su seguridad alimentaria y sin reorganizarse sobre la base de una economía rural autosuficiente. En el Perú hay grandes conocimientos, pero hay problemas de agua y el tema eterno del enclave

5. Es urgente una real y efectiva democratización de las sociedades regionales y locales, mediante el reflotamiento del sistema educativo y el reforzamiento cultural de las idiosincrasias interculturales. Este ataque a la cultura de la miseria que es predominante en las organizaciones de base de ciudad y la ruralidad, permitirá el nacimiento de nuevos líderes y clases políticas más democráticas y tolerantes. Es clave no sólo enseñar para que sepan andar en la vida, sino para que sepan sentirse en el país con orgullo y amor en el país en el que viven. Todo Sistema organizado de poder político de poder económico y político requiere reflotar las tradiciones de las que procede y reconstruir las mentes y los cuerpos, las sensibilidades de sus ciudadanos desde que nacen, de donde proceden, quien son, hacia donde van, y sentirse orgullosos de su nación y cultura….. Sin amor como base por si mismo y lo que rodea, ninguna economía y ninguna organización o institucionalidad es posible. en el Perú he visto en las miradas de los peruanos hemos olvidado de donde venimos, y estamos avergonzados.

SOL DE LOS ANDES. (Me lo permite Jesús)

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Actitud y condición: Acerca de la noción de capital humano

by on Jul.23, 2012, under Sin categoría

Ronald Jesús Torres Bringas.

Es difícil dar una definición socioestructural de un comportamiento que por regla general no corresponde sino a una desvinculación extrema de los marcos sociales donde contradictoriamente se gesta. Arbitrariamente se coloca como extrasocial y como conocimiento productor de los lazos sociales algo que tiene su origen irrecusable al interior de contextos de significación, que determinan la capacidad de reacción del agente particular para completar su individuación y realización. El accidente que resulta de encontrarse a medio camino entre la madurez social y la libertad negativa hace que la existencia sea un período percibido como un eterno proceso transitivo e inconcluso que sólo es forzado a abandonarse si es que la conciencia se toma en serio el relato de la autodeterminación individual. A medida que la enorme ampliación extática de la imaginación individual por obra de las tecnologías de la información abre un mundo enteramente producido y conducido por aquellos que maximizan su potencialidad individual, la realidad objetiva empieza a ser fabricada por organismos que impregnan la tecnificación óptima de un carácter vital, redefiniendo y convulsionando de un modo creativo las condiciones estandarizadas y rutinizadas del ambiente social.

Si bien es cierto que la cualidad y valentía para ser verdaderos individuos reposa en aquellos seres biográficos que se autoconciben regularmente, creemos que esta sabiduría práctica sigue estando condicionada por aquellas sociedades en donde el desarrollo y agotamiento de su base ontológica ha dado paso a un incremento de la madurez individualizadora; realidad contraria a la de las sociedades periféricas en donde la interrupción abrupta de los procesos de modernización estructural ha representado un retorno a los simbolismos tradicionales, como una estrategia de evasión psicoafectiva que bloquea de modo parcial la asimilación oportuna del esquema individualista. A diferencia de las sociedades postindustriales, en donde la racionalización hace compatible la ideología del consumo con la capacidad de competencia, sin que se produzca una descomposición del proceso de secularización, en las sociedades periféricas el consumismo cultural corroe todo ethos secularizador, porque este discurso conformista desactiva la fuerza domesticadora de la sociedad civil, construyéndose una individualización que amortigua el narcisismo particularista con el reconocimiento de relatos arcaicos que inmovilizan la experiencia individual

Al saber que los contextos de significación social donde se genera la individuación periférica contribuyen estructuralmente a la formación de una conciencia desadaptada para hacer frente por si sola a los macroprocesos de abstracción social, el origen de todos los acondicionamientos particulares que se generan descansan en la habilidad innata y en el azar sociopsicológico con que cuente la subjetividad para superar los atolladeros ideológicos que le impone una cultura interna irreversiblemente mediocre. La plasticidad psicológica para esquivar racionalmente los obstáculos reticulares de una realidad donde el tejido social que la sostiene impide la evolución de tal fortaleza, termina por ser una consecuencia accidental, en un espacio donde la inexistencia de compensaciones morales convierte los contactos cotidianos en una real microfísica del poder. Nadie ejercita las destrezas del sometimiento solamente para alcanzar ubicaciones de ventaja económica, además de ello existe en el poder simbólico un deseo irrefrenable por constituir identidad a costa de la inhabilidad que evidencian singularidades inmaduras para apropiarse de certeras dosis de seguridad cognoscitiva. A medida que el apropiado despliegue de la individualidad implica el atrofiamiento del desarrollo de la totalidad se le despoja a la conciencia de la suficiente resistencia psicológica para domesticar a las fuerzas orgánicas del mercado, porque aunque se logre cierta autodefensa individual esta preservación personal que se pueda conseguir no es sino producto del deterioro permanente de los vínculos solidarios y recíprocos que hacen posible la supervivencia de la singularidad. Al corromperse los marcos sociales donde se conforma la psicología del organismo particular se provoca inevitablemente un desamparo objetivo de la personalidad, obligada a fracturarse ontológicamente y a irse desdibujando racionalmente en su aventura por lograr el predominio de sus reservorios culturales específicos. La conservación a ultranza de sus repertorios autoculturales, aún conociéndose a ciencia cierta que tal conservación resulta perjudicial para la salud biográfica del individuo, provoca un enceguecimiento patológico de la trayectoria psicofísica, y a la larga una legitimación colectiva de los nudos ideológicos donde se descomponen y fracasan la fuerza de las proyecciones y ensoñaciones colectivas.

La conciencia siempre visualizará que el desenvolvimiento social del individuo depende de la capacidad de embaucamiento y de flexibilidad delincuencial que desarrolle la particularidad para mantener posiciones ventajosas en la compleja estratificación social, por consiguiente, la búsqueda de la felicidad y éxito biográfico que recurra a canales institucionales será obstruida y obligada a adquirir hábitos de enmascaramiento para preservar posiciones ganadas, condenadas a la inestabilidad. No quisiera parecer escéptico y negativo con el diagnóstico de nuestra individualidad periférica, pero estoy obligado por una cuestión de honradez intelectual a diferenciarla del modelo más exitoso de las sociedades hegemónicas, donde el proceso de personalización se expresa sin ataduras socio estructurales, desligado , por lo tanto, de su compromiso objetivo con la totalidad evaporada, pero por lo cual –paradójicamente- alcanza la categoría de reproducción sistémica y fundamento recreador de la civilización. Al contrario sucede en esta parte marginal del anarquizado sistema mundial, donde el desarrollo tecnocrático de la particularidad se corresponde con un estado de guerra permanente que debilita las relaciones sociales y hace colapsar los marcos semióticos donde se apoya inicialmente la construcción de la individualidad. Aquí el éxito de uno implica el aplastamiento de la otredad y de toda la reserva moral que hace posible la constitución de la totalidad biográfica de los que toman la posta histórica. La personalidad no interioriza los códigos morales que los sistemas de protección solidaria le inculcan con la misma rapidez con que se nutre de una racionalidad cosificadora que hace retroceder y anula dicha moralidad, porque esta es vista como poco contundente en la aventura de la sobrevivencia material y simbólica. La malicia que este desborde individualista produce no proviene necesariamente de un defecto intrínseco que padezca el entramado social, sino de una estrategia que se ve obligado a adoptar el organismo del individuo para prolongar la trayectoria de su biografía vital. En un mundo que no resiste la instrumentalización sino sensorial el mal resulta un recurso simbólico para preservar poder e identificación existencial, aún a sabiendas que el carácter desequilibrante de éste culmina por corroer el dominio compulsivo y extravagante de la identidad dominante.

El acorazamiento cosificador de la subjetividad hace que las mentalidades colectivas privilegien las rutas singulares que la ideología del éxito empresarial prescriben de antemano, porque el eventual configuramiento de condiciones y oportunidades objetivas que el estado y la sociedad civil puedan sembrar se desdibujan tan pronto estas propiedades objetivas son confiscadas válidamente por las clases dominantes empujando a la singularidad subalterna a aprovechar y politizar los escasos recursos residuales que no se le hurtan en el camino de la competencia productiva. En la medida que la concentración desmesurada de recursos y de matrices del saber legítimo devora las condiciones objetivas donde se restablece la vida social, se obstruyen las oportunidades e incentivos capitales que hacen posible evadir la amenaza de la entropía generacional y cognoscitiva.

Arrancados los sistemas de significación de sus referencias históricas concretas se empuja a los organismos particulares a someterse a las ideologías tradicionales como una estrategia para huir de la epidemia del despojo material, reedificando una sensoriedad arcaica que culmina siendo la construcción de una circunstancialidad eminentemente reformista y fabricada. Es decir, el allanamiento sistemático de oportunidades institucionales en una realidad particularizada conduce no necesariamente a la pobreza material sino a la desesperada genialidad de los sectores golpeados por la exclusión socioeconómica para inventarse sus propias condiciones sociales ya culturalizadas, pero permanentemente usurpadas por los discursos empresariales que van privatizando la creatividad subalterna. No es la mediocridad unidimensional lo que aplasta la acción histórica de las identidades colectivas, sino la decisión fragmentaria y desintegrada de la singularidad individual lo que provoca el desencantamiento de las rutas colectivas, en un principio de realidad donde la vida se mofa clandestina y transgresoramente de la mentalidad de rebaño y estandarizada, porque ha aprendido que la mecánica de su deseo es más fuerte que la simplicidad del poder policíaco que impunemente trata de homogeneizarla. La condición al no ser cedida por un poder centralizado ni disciplinario es reinventada a partir de la sabiduría práctica y de los residuos tradicionales de los sectores populares, que son rearmados creativamente para sobrevivir, pero que después al ser detectados por su originalidad y productividad son arrebatados por el lenguaje empresarial, que los extrapola para la acumulación. En una realidad en donde en la práctica todo debe alcanzar la conformación lingüística y cultural, la facilidad que hallen los organismos particulares para conseguir el predominio de su principio de realidad, proviene de la capacidad para manipular y recrear la realidad exterior y estandarizada, por lo cual cada sistema de significación esta obligado a crear su propio entorno cultural de acción y así alcanzar la transustanciación de su experiencia vital.

La condición es fabricada desde la existencia concreta y no proveída por los sistemas de protección exteriores, como es la política social del Estado, porque en una realidad líquida e inmanente, transversal e hibrida, la supervivencia no se alcanza esperando la intermediación ideológica y asistencialista de los esquemas autoritarios y burocráticos, sino apostando por convertir lo imposible y engarrotado en algo mágicamente posible a través de la formación de una racionalizada inteligencia emocional. Sabiéndose que la existencia irrevocable de la condición sólo hace posible la secuencia de una ocasión posterior, sabremos que en una sociedad vaciada de condiciones se originan procesos de realización individual truncos pero además se empuja a que estos sean conseguidos por la improvisación tecnolingüistica que adquieren las biografías más potenciadas, si es que se quiere evadir la amenaza de la muerte sistémica, que es esquivada con la creación de valor significativo desde la profundidades la interioridad. La suficiente plasticidad e inconsistencia de los sistema de control para evitar los accidentes ontológicos hacen que la vida empape a la regularidad sistémica de una dinámica y complejidad distinta al de las sociedades unidimensionales, lo cual quiere decir que esta cuenta con la suficiente habilidad de elección o de preferencia para reinterpretar el bombardeo informacional y tecnocrático de los discursos hegemónicos, a pesar del empoderamiento cognoscitivo de la realidad exterior.

La reinvención de la exterioridad a manos de la individualización desligada de su compromiso social, produce una desorganización y a la vez una masificación de la autodeterminación biográfica, pero es debido al afán de acumular poder – sobre todo el poder que corresponde al de los significados- que esta habilidad autocultural ocasiona que se terminen por concentrar los recursos cognoscitivos y sensoriales, y se bloquee el desplazamiento exitoso de las singularidades que intentan autodeterminarse. La disminución de la iniciativa social a causa de la propagación de la parálisis de la historia cotidiana, y el exceso de vacío cósmico que ocasiona la salvaje competencia mercantil al interior de la reproducción de lo mismo, originan que las fuerzas sociales que condicionan el desarrollo se atrincheren en los laberintos estrafalarios de la diferencia, como una estrategia para huir del cansancio y del envejecimiento objetivo de la conciencia, provocado a su vez por la acción emancipada de vivir al extremo, en una realidad encallecida y absurda. Es sólo la reafirmación maligna del poder arcaico la única capaz de acelerar, contradictoriamente, la salud de la identidad, pero a su vez es la vanidad transgresora del poder lo que puede mantener el veneno de la desigualdad y de las relaciones de fuerza. En la medida que se entienda que todo afán ilimitado de realización individual implica la recuperación terapéutica de los lazos de solidaridad, la voluntad de poderío no servirá más que para reproducir y sofisticar el totalitarismo del mito, del cual procede la necesidad maldita de esquivar la putrefacción de lo existente. La búsqueda de controlar la venganza de lo esencial que anida desfigurado en los abismos del inconsciente, es la única garantía de que la naturaleza individual pueda expresarse a plenitud, en una realidad donde la velocidad y mutación del cáncer persuade a las mentalidades cosificadoras y conformistas a concentrar poder y a vivir de su seducción. En tanto ser individuo signifique aplastar la condición hermenéutica del otro, considerando que los débiles son los ineptos que siempre la historia ha confeccionado como tales para ser instrumentalizados, no se podrá en verdad escapar a la corrosión de la dominación. La vida halla en el poder un recurso de conservación, el problema es cuando esta iluminación competitiva en realidad esta erosionada por la oscuridad de lo originario, que al ser sometido contagia los procesos abstractos y la sensoriedad comunicativa, con los cuales se redefine el sistema social, de una corrupción generalizada que atenta contra la sustancia misma de la vida.

Solamente la postergación perdurable de la degradación civilizatoria con la reelaboración constante de un tejido social que la disfraza culturalmente puede contener el avance de la insignificancia. No es la objetividad de un significado consumado lo que se vive realmente sino solamente la idea figurada de su concreción lo que decide el rumbo imparable de la regresión cósmica y sistémica, ya que la pérdida incontenible del lugar antropológico es compensada con la ficción de un sentido reencarnado que termina por usurpar el lugar privilegiado y legítimo de la acción democrática. Es en esta mentira, en esta ceguera, que avanza cuanto más la inminencia de la entropía hace peligrar la restauración de la vida, en donde reside la oportunidad de desactivar la abominación de lo negativo, de rematerializar lo que se ha vuelto profundamente abstracto. Es en la individualidad que vive peligrosamente su tiempo en donde reside la empresa de vulnerar subversivamente el estancamiento de la razón instrumental. No sólo la distracción distendida de lo festivo, sino la crítica despiadada de lo reprimido es, a la vez, el antídoto para comprometer una particularidad descarriada, que hundida en la enfermedad de la posesión, se desliga de la prisión del tiempo, recreando una y otra vez la disidencia de lo semiótico y enviciado.

El virus de la trasgresión biográfica, que a larga deteriora los propios cimientos sociales donde reposa la identidad extenuada, sólo puede ser detenido con la introducción de un mecanismo ético, descentrado, ni autoritario, que suponga la coexistencia de lo pulsional y las identidades empresariales, bajo el amparo de un principio de autoridad que , no obstante, no sancione represivamente la consolidación de saberes criminales y clandestinos que corrompan la socialización de la realidad social. Es con el desarrollo de organismos particulares, no divorciados relativamente de su correspondencia social, que se puede hallar una dialéctica contundente, pero imperceptible, entre la creación productiva de la riqueza social y su legítima y democrática redistribución comunitarista. Cuanto más la competencia desgarrada de las identidades empresariales y mercantiles excluya naturalmente la fuerza humana improductiva de la sociedad, tanto más la existencia reivindicativa y ética del Estado deberá reincentivar y capacitar aquellas identidades económicas que han quedado rezagadas en el camino del éxito socioeconómico.

Al existir un mecanismo exterior que utiliza el poder desideologizadamente, sin atisbos de venganza ontológica por parte de las poblaciones apartadas del patrón de desarrollo, se impide que el despliegue de la sociedad obedezca enteramente a intereses particulares que lo único que persiguen es la maximización de su poder económico. Si bien este mecanismo creador de condiciones existe rudimentariamente en nuestra realidad periférica, lo cierto es que la tendencia es a que pierda capacidad de gerencia soberana porque la política se va convirtiendo en una agenda predeterminada y policial que garantiza el predominio y el saqueo de los agentes privados, Cuanto más la identidad política es un espacio que administra el atrofiamiento de nuestra formación sociohistórica tanto más los discursos subalternos adquieren el derecho político de arrancar condiciones reales de participación económica, en un medio en donde el quebrantamiento del egoísmo institucionalizado debe necesariamente conducir a una auténtica democratización del conocimiento y a una real evolución de la estructura socioeconómica.

La instalación de un sistema de compensaciones y subsidios socioculturales, a través de un agresivo programa educativo, permite que las individualidades se habitúen a aprovechar las mínimas ventajas que pueden se distribuidas, y a crearse ingeniosamente nuevas oportunidades eventuales, cuando la desintegración funcional y la crisis económica acechan la realidad cotidiana. La sistemática adicción por constituir elementales mecanismos de vigilancia social debe ir acompañada de una política que entienda que la conservación de la sociedad debe provenir de la estimulación permanente de la libertad individual, porque si la incentivación socioeconómica solamente busca atentar en contra de la reproducción de la propiedad privada socializándola, se cercena toda la creatividad individual que hace posible al regeneración de los recursos económicos si se subvenciona a los sectores rezagados del sistema social.

La carrera existencialista por preservar a salvo de la contaminación mercantil el significado originario de la vida social es complicada de observar en nuestra complejidad periférica, porque aquí la descapitalización de los sistemas de significación, es decir, la escasa habilidad para que crezca una plasticidad biopolítica, implica el trastorno y depredación sistemática de la trayectoria sensorial, un decrecimiento pavoroso del propósito de la vida que provoca la invasión de la nada social. Aún siendo la nada la consecuencia de un deterioro ilimitado de la subjetividad irreductible, lo cierto es que esta última conserva significados reparadores que no son controlados ni representados por la epidemia de lo estandarizado. Cuanto más la individualización es colonizada por la lógica de lo rutinario y secularizador, convirtiendo lo que nace esencializado en pura cáscara aparencial, tanto más la mentalidad embadurna y recrea esta irracionalidad formalista con una huida ontológica y diferencial que hace resucitar los viejos espíritus arcaicos y alegóricos, con los cuales se amortigua el desgarramiento que la individualidad provoca en el ser social. Si bien la reserva material que ostenta la subjetividad subalterna tiende a la evaporación económica, lo cual implica que esta acuda a la innovación pragmática de los saberes sometidos para hacer prevalecer su contingencia ontológica, la verdad es que esta adaptación obsesiva de la identidad a la normatividad del mercado ocasiona un desamparo simbólico de los secretos vitales que el individuo va imaginando en su decurso biográfico. Se llega aun estado de ceguera pragmática y relativista que la preservación administrativa de la vida coyuntural tiende irremediablemente a la depredación de los principios programáticos que aseguran la reproducción de la vida social en el largo plazo.

En otras palabras, la aceleración digital de la vida tecnológica produce como proceso contrario un retroceso ideológico de la condición hermenéutica, una persecución biopolítica de los escasos bienes simbólicos sobre los cuales se resguarda y constituye la vida con significado, convirtiendo la sociedad en un espacio cargado de canibalismo y de cosificación individual, en donde la realización de uno mismo supone el vacío ontológico del otro. Mientras el sujeto siga atrapado y fabricado por la complejidad organizada todo saber íntimo no será más que contradicho y aplastado, a menos que la desesperación y la herida del conocimiento empujen a la recreación visionaria de la trayectoria empresarial, transformando este discurso en una descolonizada propuesta de reacción histórica que garantice la restauración constante de condiciones objetivas para una población que vive arbitrariamente el despojo de su innovación gramatical y productiva.

El hecho de que la proyección mediática de la individualidad asegure la eventual constitución de identidades que con toda probabilidad convierten la sociedad abierta en una usurpación policíaca del conocimiento, en un libertinaje cultural que sobreestimula la reificación social, no debe ser justificación para entorpecer la evolución socioproductiva y la expresión mitológica de la totalidad. La sociedad no debe ser fabricada a costa de la desrealización del individuo, lo cual quiere decir la protección de un negativo conformismo cultural y repetitivo que anula la diferencia, ni tampoco su cuerpo ontológico deber ser sacrificado a expensas del disfrute descarriado de la particularidad. Sólo la dialéctica entre una condición que se politice en actitud, y una actitud que se trastoque en condición, garantiza salvar a la sociedad de la amenaza del caos metafísico, que es desde ya la lógica absurda de perpetuación del capitalismo tardío

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La cultura de la periferia

by on Jul.23, 2012, under Sin categoría

Ronald Jesús Torres Bringas

La relación de dependencia económica entre el centro y la periferia alcanza en la época de la globalización límites insospechados. Al autonomizarse los agentes económicos de sus fiscalizadores políticos son capaces de subordinar a su antojo a las élites políticas de los países subdesarrollados provocando que las sociedades periféricas con todos sus esquemas de pensamiento se modelen de acuerdo a los intereses de los susodichos agentes económicos. Obligados a disputarse una posición en el universo del capital los sectores más diversos de la periferia ajustan sus socializaciones específicas a los moldes culturales que exportan los centros hegemónicos. Esto ocasiona, entre otras cosas, el abandono sistemático de las matrices culturales en donde originariamente se socializó la personalidad periférica por el predominio progresivo de referentes culturales en los cuales se acepta la forma mercancía, típica de la sociedad burguesa. La individualidad, que es la forma hacia la cual se reduce la existencia cultural cobra en contextos periféricos una doble relación. Por una parte, el individuo lleva inscrito en su existencia la marca revolucionaria del intercambio burgués, y por otra parte, el individuo sintetiza en su persona los efectos dramáticos de la cosificación social. El esfuerzo por darle sentido a la existencia individual es reemplazado paulatinamente por una existencia en la cual toda significación pierde relevancia histórica. La necesidad imperiosa de articularse a las convulsiones mercantiles, para poder obtener los recursos con los cuales poder sobrevivir, obliga al sujeto periférico a adaptar sus primarias matrices culturales a las artificiales normas culturales del universo burgués. Se genera , lo que se dice, un mosaico temporal desde el cual interpretar la existencia subjetiva, ya que aferrarse inútilmente a marcos de socialización que revisten períodos históricos tradicionales significa la autodestrucción sistemática del universo físico y mental. El individuo sobre le cual reposa la subsistencia material, combina transitoriamente elementos culturales tradicionales con elementos biográficos modernos que empiezan a predominar a medida que se va imponiendo la modernidad como forma de experiencia subjetiva. El desarraigo es doble: por una parte, el individuo se ve desprovisto de sus originarios referentes culturales, los cuales se disuelven paulatinamente, y por otra parte, el individuo ingresa en contextos de sentido en los cuales la sobrevivencia física se paga al precio de nulidad cultural

En un contexto social en el cual lo más importante, objetivamente hablando, es conseguir los medios para integrarse económicamente al sistema, la verdadera integración social no puede ser mas que el resultado de una legitimidad cultural a un orden de cosas que excluye día a día los significados acumulados de las clases populares. Estos, obligados a proveerse los recursos materiales para poder sobrevivir, conservan un universo inagotable de expectativas culturales en los abismos de la mente; prácticamente todas las aspiraciones que confecciona el sistema audiovisual quedan anulados en los laberintos de la fantasía. Aún cuando la existencia cotidiana de la mayoría se quede estática, producto del concentramiento de los recursos económicos, existen, sin embargo, rutas alternativas en las cuales se realizan las expectativas estancadas. Esto ocasiona que segmentos cada vez más minúsculos, logran movilizarse socialmente hacia posiciones económicas exitosas, pero esto siempre y cuando, interioricen una moral pragmatista carente de valores; la instrumentalización de los recursos culturales hasta de los que conforman la biografía del actor social, son requisitos indispensables a la hora de procurarse una posición de sostenimiento material y cultural en la sociedad. El éxito es un resultado necesario de la progresiva cosificación de la vida social. En los centros hegemónicos la vida social también cae presa del hechizo objetivo, pero a diferencia de la periferia existen normas sociales que contienen y domestican el avance de la técnica sobre las esferas culturales. El cinismo, que es una condición para la subsistencia material en la periferia, prácticamente se ausenta de las relaciones de los centros hegemónicos. El problema de la periferia es que para poder predominar el sujeto se ve obligado a liquidar su energía histórica en los laberintos de la producción, en cambio el sujeto de los centros hegemónicos se siente parte de un proceso en el cual su esencia individual contiene los gérmenes de un discurso histórico concreto. La subjetividad en la periferia debe reducirse a la libertad interior mientras toda la sustancia mental se va trocando lentamente en necesidades fabricadas por el sistema de consumo, en tanto que en los centros hegemónicos la libertad de competencia reafirma el potencial expresivo del individuo; aquí la subjetividad no tiene más peligro que la absorción del individuo en la maquinaria social.

La dualidad entre sujeto-objeto se va haciendo más notoria en la periferia en la medida que las aspiraciones del individuo se ven reducidas a la mera existencia y en la medida que la naturaleza física es invadida por la racionalidad técnica. El abismo entre esencia y representación se hace unilateral deacuerdo a que los fenómenos lingüísticos se van convirtiendo en auténtica realidad. El lenguaje, de este modo, a parte de reducirse a instrumento de comunicación se troca en auténtica objetividad que no admite enmascaramiento. En un contexto en que todo es convertido en mercancía la comunicación es contemplada solamente como acuerdos que no anulan el conflicto; tan pronto como la tregua no puede evitar la secuencia del conflicto se corrompe severamente el protocolo. El dialogo que verdaderamente funciona en los centros hegemónicos es expulsado de un ambiente en el cual la esencialidad de la autoconservación rompe con todos los marcos interpretativos que contemplen la racionalidad comunicativa. La alarma por verse despojado del alma fuerza al individuo a considerar el dialogo como recurso inservible en un espacio en donde huir del dolor se vuelve prioritario para la existencia. Relativamente, en los centros hegemónicos, la incorporación sistemática en un clima urbano aliena al sujeto con respecto a los complejos objetivos, pero también le otorga al sujeto condiciones históricas para afirmar su biografía interior. La locura que reside en los estadios avanzados del capitalismo es un producto de la sobreexplotación cualitativa del trabajador, en cambio en la periferia la sensación de verse excluido del panorama objetivo no sólo convierte en orate al marginal sino que además obliga al individuo a elaborar discursos lingüísticos marginales al discurso oficial con los cuales consigue una comprensión explícita de sus contenidos existenciales. La cultura a medida que es derrotada en la realidad exterior por el pensamiento técnico es atrincherada en la imaginación, en la propaganda publicitaria y sublimada paulatinamente hacia refugios existenciales desde donde se resiste el poder salvaje del capitalismo. El auténtico pensamiento periférico no obtiene por los altos niveles de usurpación que alcanzado la cultura occidental, medios potenciales de expresión en las clases populares; prácticamente los intentos constituidos de descolonización del saber se repliegan hacia el discurso demagógico o hacia elucubraciones intelectuales sin desprenderse de los residuos conceptuales de la metafísica occidental

Los orgullosos humanistas del saber con sus pretensiones de modernizar el país deacuerdo a los moldes exteriores no hacen más que modificar las bases estructurales de la vida cotidiana en correspondencia a los intereses de los agentes empresariales, ocasionando la total sujeción de la savia espiritual a los cánones de la tecnificación del mundo social. El mundo de la vida en la periferia no alcanza a convertirse en un ámbito de expresión familiar y de reconocimiento social, como en los centros hegemónicos, sino en una trinchera existencial en donde se resiste los ataques del mundo objetivo muy a pesar de saber que la vida cotidiana tiende hacia su desaparición. La contención simbólica del desastre del nicho existencial es que el sujeto moderno de la periferia se ve obligado a relativizar su sustancia cultural en comunicación con otros ámbitos culturales: algo que se suele llamar cosmopolitismo. La necesidad imperiosa de hallar espacios para su expansión biográfica obliga al individuo a hacer suyos en circunstancias variables los esquemas subjetivos de otros mundos culturales, abandonando los fundamentos específicos sobre los cuales se edificó originalmente su proyecto vital.

La vida en la periferia es una cuestión de continua mutación psicológica; poner a prueba los cimientos emocionales de que el sujeto es portador en contextos se significación bruscos y fugaces. En cambio en los centros hegemónicos a pesar de que la vida es más abstracta, existen marcos societales compensadores en donde la vitalidad haya expresión diversa sin perder las raíces originales de su identidad. Es decir, el cosmopolita de los centros hegemónicos pierde las bases tradicionales de su imaginario por una constante reafirmación de su identidad en contextos de significación cambiantes. La personalidad ejecutiva, que es la identidad funcional del capitalismo avanzado, es también el modelo de personalidad carente de valores que necesita el sistema productivo. El lenguaje en los centros hegemónicos es sinónimo de manifestación individual, en la periferia un instrumento de formalización que no cumple muchas veces su labor de comunicación; los discursos lingüísticos transmiten a los nichos existenciales significados con los cuales se construye la personalidad, pero estos significados son negados en la medida que se objetualiza la existencia en el sistema productivo; prácticamente en la periferia los recursos lingüísticos son utilizados como elementos objetivos que refuerzan estructuras de dominación; la identidad en la periferia es un resultado de procesos de dominación que se informalizan y que son enmascarados por ideologías que publicitan consenso y comunicación. La racionalidad que se convierte en un cimiento institucional de la cultura burguesa hegemónica al imponerse en la periferia a las matrices culturales vernaculares destruye la base anímica sobre la cual se sostiene la acción social con sentido. El impacto de la racionalidad instrumental en le periferia reduce la existencia cotidiana a reacciones operativas con las cuales sobrevive el sujeto de estas dimensiones tan precarias. La realización individual que adquieren los centros hegemónicos se impone al precio de la sistemática destrucción de los complejos culturales de la periferia; es como si para lograr la expansión del bienestar que alcanzan los centros hegemónicos estos se ven precisados a expulsar hacia la periferia toda la muerte cultural que hace nacer el pensamiento científico-técnico. La cultura es una posibilidad en los centros hegemónicos, en la periferia una mera ilusión. Cuanto más la racionalidad técnica se expande por el planeta tanto más se convierten las expectativas de reconocimiento social en vitalidad condenada al exterminio. Al propagarse el eurocentrismo como requisito para no que dar al margen del sistema la realización cultural se va concentrando en una pequeña élite que no sólo comanda los destinos del sistema sino que además monopoliza el potencial estético de la cultura occidental. La normatividad con la cual se aprende a mediar las demandas por los marcos institucionales se revierte policialmente en contra del individuo tan pronto este crea ideologías subversivas que pretenden mínimamente transgredir el orden existente. Se debe controlar la conciencia de la periferia porque esta es susceptible a asimilar la ideología de resentidos censurada de los centros hegemónicos, muy a pesar que la inmadurez intelectual de la periferia impide el desarrollo de una conciencia cognoscitiva en nuestras clases progresistas.

La lucha política que nazca de lo ámbitos periféricos deberá conseguir su emancipación especulativa a medida que va comprometiendo la praxis social de las categoría s populares. La ideología que haga posible el bienestar universal de los pueblos, surgirá ahí donde las contradicciones objetivas del sistema se mudan a la esfera cultural, ahí en donde en apariencia no se encuentran conectores lógicos en un diversidad que niega la transformación total del sistema. Según esto, el pensamiento periférico deberá desvincularse de los constructos cognoscitivos exteriores al fusionar la reflexión con la realidad en un nuevo proyecto de sociedad que niegue la frivolidad del razonamiento científico-técnico. Cuanto más el pensamiento cosificador fragmente la conciencia de los pueblos en pos de la creación que alimente le sistema, tanto más las potencias cognoscitivas estarán comprometidas con la transformación de lo existente. Las aporias que aprisionan el desarrollo del pensamiento occidental son los puntos de arranque desde los cuales surgirá un orden que favorezca la solidaridad de las clases marginadas del discurso oficial. Mientras la severidad del medio social se siga considerando como un resultado inevitable de la sociedad capitalista será casi imposible convertir en acción política la especulación filosófica que huye cada vez más de la realidad. Se seguirá considerando que la autoconservación es la característica metafísica de la vida social aún cuando la nobleza del imaginario social clame instintivamente al emancipación de este orden absurdo. La nada es el destino de occidente, que no nos arrastre hacia ella a las poblaciones periféricas que merecen construir un entorno exterior deacuerdo a nuestras necesidades específicas.

Aunque los productos del progreso objetivo extienden las regresiones espirituales hacia la periferia, ésta no es incapaz de elaborar paulatinamente un análisis lo suficientemente desvinculado de los centros intelectuales hegemónicos. En la medida que se asentúa la pauperización y la ignorancia, la periferia es capaz de concentrar el saber social en sujetos geniales. Al ser marginadas las enfermedades del sistema hacia la periferia, la capacidad histórica de esta es susceptible de acumularse en la trayectoria académico-política de algunos sujetos brillantes. Los frutos de la razón histórica son aislados hacia la periferia ocasionando que en ella se den las condiciones objetivas para el despegue revolucionario. Lamentablemente en la medida que el nihilismo es sinónimo se supervivencia material las bondades del pensamiento quedan conservadas en el limbo académico de los intelectuales. La reflexión perecerá si es que no se concreta una propuesta política concreta de desarrollo concertado de la periferia. Debemos dejar de ser los basureros de occidente.

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Nihilismo (Crisis de valores) y sociedad peruana.

by on Jul.17, 2012, under Sin categoría

Valores. Instituciones. Comunidad. Base.

Valores. Instituciones. Comunidad. Base.

Ronald Jesús Torres Bringas
ronsubalterno@gmail.com

Este ensayo me surgió a raíz de una febril lectura del libro de Enrico Volpi “el nihilismo”, un estudioso de las ideas que hace un recuento histórico genético del concepto de la nada, la pasión por la nada en la Europa moderna. Aunque no es sino un eurocentrismo descarado traer este debate a las sociedades periféricas, donde la pervivencia resistente de un pensamiento mágico religioso es penetrante, y es complicado sostener que la singularidad es algo que ha roto con el pasado alegórico, lo cierto es que el modo como se ha distorsionado la modernización cínica y expoliadora en las últimas décadas si habla del forzado ahogamiento de una vida ancestral y sabia de las culturas populares.

Pese a los esfuerzos por sofocar los incendios de los conflictos socio-ambientales con la pérfida figura de una modernidad del consumo y la urbanización individual, el país experimentó el tránsito peligroso a la disolución de nuestros sincréticos saberes populares. Todo aquel mana y reservas comunitarias que profesamos para salvaguardarnos de las inclemencias de una crisis permanente, esta severamente dañado por un proceso de modernización que esta destruyendo los hábitats territoriales de las culturas tradicionales y amenazando el equilibrio orgánico de nuestra accidentada organización social.

Y este daño a la vida cotidiana, este desequilibrio que siembra abandono y desadaptación a un organismo social atomizado y seriamente desarticulado, se expresa en los serios reveses civilizatorios que esta experimentando la vida rural, pero sobre todo las culturas urbano-populares: vemos como todo este torbellino de degradación y funcionalismo del saqueo deja su impronta en los incontrolables estallidos sociales, en la inseguridad ciudadana o delincuencia de todo rango, en los climas de violencia barrial e intrafamiliar, en la vulgaridad de la cultura personal y en el regreso de toda una cultura de la estupidez o miseria mental asfixiante.

Más allá que la pulverización de los cimientos sólidos de nuestra modernidad conduzca al único resultado, digamos positivo, que significa erosionar el pasado feudal, es decir, constituir una vulnerable singularidad individual, un yo traumatizado y replegado a una euforia del consumo, lo cierto es que todo este proceso entrampado de promesas y golpes estructurales ha conducido a la licuación violenta y demencial de nuestro edificio social, con el único traumático resultado: la conformación o el retorno a una vida en red cuyo nefasto dominio es la vivencia estresante y dolorosa de un individuo solitario y acomplejado, donde todo vínculo o lazo social es precario y falso; donde toda conciencia se disuelve y es devorada por un mundo complejo y fugaz de organizaciones inteligentes.

La premisa que persigo en estas páginas llenas de decepción y de un esfuerzo por reunir a los náufragos de este bajel hundido que es el Perú, es que la manera como las fuerzas políticas de nuestra segunda ilustración peruana, y me refiero al experimento modernizador de los 60s y 70s, nos incorporaron a una dialéctica negativa de la modernidad que ha herido de muerte toda posibilidad de reconstruir el edificio social que se nos prometió, con el único producto de haber arrojado a la experiencia cotidiana a un escenario lleno de violencia, y de un sinsentido de la vida que nos desune y nos enfrenta en antagonismos cínicos por tratar de sobrevivir.

No obstante, a pesar de este clima de incertidumbre y de precariedad generalizado existen subculturas, experimentos populares, que se las han ingeniado por rechazar el acecho de la nada, y crear economías y espacios culturales en los que retorna todo el asociativismo del mundo ancestral y de las solidaridades andinas, cuyo único escollo para conseguir la hegemonía del principio de realidad y volverse un socius la constituye un sistema político desde las bases sociales hasta los grandes sistemas burocráticos y empresariales, que bloquea una suerte de reconciliación nacional.

La historia que cuento en estas páginas es la historia de una mala decisión, de una soberbia socrática, por haber licuado todo un mundo y no haber sabido realizar esa realidad de bienestar y desarrollo que se prometió. La filosofía social de la que me empapo no busca negar esta transvaloración que significó la modernización industrial (idea muy pomposa e impracticable), ya se ha dado mal que bien el paso un mundo moderno que predomina como una tentación infantil, lo que busco es salvar a la vida cultural de un sistema anárquico y degradado que lo golpea y los disuelve, con el objetivo de que esta vida coaccionada pase a la ofensiva e invada esta lógica irracional del saqueo y de la guerra interior, y dote al milagro de la personalidad de un carácter social capaz de vivir y ser feliz a pesar de las inclemencias del mundo moderno.

Mito y valores.

Buscar los orígenes de los valores auténticos de nuestra singularidad civilizatoria implica retroceder históricamente hacia aquellos tiempos arcaicos donde los valores telúricos y ritualistas predominaban, y existía una racionalidad panteísta en armonía con la naturaleza y las identidades indígenas. Rememorar este pasado descolonizado, previo al trauma ontológico busca el propósito de rescatar de las ruinas de una civilización ancestral todo aquel rico magma sincrético que hoy resucita de modo sagaz en los intersticios de las categorías migrantes. El asunto es que toda esa riqueza panandina que estaba en tránsito de constitución de una sociedad total sacrificial, esas culturas politeístas y ocupantes de los accidentados andes, fueron por siglos perseguidos y aplastados, por el proyecto de saqueo colonial, generando una cultura trashumante, una suerte de plasticidad nómada que fue reapropiándose de los saberes dominantes, reconstruyendo paulatinamente un carácter social comunitario que es hoy el colchón ideológico y material que exorciza la tendencia a las crisis del mundo moderno.

Como bien documenta la arqueología peruana, la religiosidad andina no era mesiánica ni historicista, era una cultura cuya plasticidad y cultura material vivía sumergida en los ciclos regulares de la naturaleza, la respetaban, y construía una civilización orgánica en consonancia con las tribulaciones y giros accidentados de los inhóspitos andes. La racionalidad del hombre andino era cíclica y de una repetición mítica, donde el acervo cultural heredado de generaciones, y de un profundo conocimiento del territorio andino, le dotaba de una valentía sobrenatural y alegórica, una amistad con el trabajo asociativo de la tierra que lo enorgullecía y le brindaba un hogar inconmensurable cargado de animosidad. No era un animal aterrorizado por el insondable cosmos, ni un ser arrojado en la inmensidad de su soberbia sabiduría, sino una figura cooperativa y asociativa que reía trágicamente ante las contingencias de los espacios infinitos, y a pesar de ello creaba toda una exhibición de dioses e infraestructura ritualista que le otorgaba refugio y realización.

Jamás entendió las escarpadas montañas y los peligrosos abismos guturales como el horror vacui de una existencia inundada de miedo y de violencia, sino un espacio con el cual podía hablar e interactuar, el cuerpo de una pacha mama que lo cobijaba y alimentaba, que lo volvía un habitante incrementado por la vida y su pluralismo religioso. Muy a pesar que las cultura pre-colombinas se habían desarrollado domesticando y ocupando de modo lento los horizontes lejanos de los andes, jamás sintieron a este como el acoso de un dolor extraño y malvado; no sabían que era lo malo; sus asideros religiosos y su complicada institucionalidad panandina permitían la repetición de una existencia sagrada e intercultural donde la naturaleza y sus misterios eran amigos a los cuales se veneraba y amaba.

Demás esta decir, que esta antropología panteísta conjuraba los peligros del medio inhóspito conociendo de manera armoniosa las quebradas y los valles viviendo en equilibrio amigable con territorios a los cuales sentía como prolongaciones embellecidas de un cosmos abierto y en expansión. Esta arquitectura de un universo abierto, sus templos e intrincada infraestructura de caminos y de edificaciones megalíticas florecían con asombro en medio de una raza que ocupaba la tierra para trabajar y vivir en ella como obra de una cultura de la reciprocidad y trabajo colectivo.

A pesar que las culturas de este horizonte andino padecían guerras, enfermedades y las inclemencias de un clima escabroso, este mundo de precariedades era parte natural de la tendencia de estas sociedades a confluir, tal vez de modo conflictivo, sintetizando todos los saberes económico-culturales del mundo andino en una gran expresión civilizatoria que estaba en tránsito de consolidación con la llegada de los españoles. Pero no era una sociedad configurada como la mezcla desarmónica de civilizaciones muertas y antiguas, sino una gran cultura que en plena creatividad autárquica supo construir una figura heterogénea y heterodoxa que extrajo de un medio agreste e indescifrable los recursos y sabidurías ancestrales que la ensalzaban y acrecentaban.

Lo sostengo, todo lo que pudieron dar las culturas precolombinas en cuanto a su grado altísimo de conocimientos económicos productivos, y culturales fue una expresión sólida del profundo conocimiento y coexistencia con una naturaleza insospechada y rica, la cual les doto de una religiosidad mítica y de una química con el territorio vital que les permitía domesticar y dialogar con ella, además de fortalecer un natural asociativismo panteísta que avivaba la vida en comunidad, y en relación al trabajo colectivo. El legado civilizatorio de los Inkas, de dar armonía a los andes y batallar en contra del tiempo, para que los Andes no cayeran en una profunda muerte mítica, fue a través de la generosidad y el ensamblaje de pueblos y reinos a los cuales se les invitaba a ser parte de un cosmos único y sagrado. Como sabemos esa guerra alegórica en contra del tiempo en contra de la historia no se ganó. Y Tal fue el holocausto que cayo sobre la mente de los andes el atropello sobre sus corazones que sus mentalidades, y rituales quedaron olvidados en una profunda tristeza, como en una ira inextricable que hoy parece verse a veces en el sonido desolado de los cerros o en la mirada aletargada e indiferente de nuestros limeños estresados de todos los días. Nuestro mito fue muerto con la idea de la historia cristiana, de la idea de la cruz, y de que los indios eran el diablo y una raza considerada bazofia, y sin merecimientos de ninguna clase.

Esta síntesis cultural, sin agentes externos importantes que pudieran interferirla, fue cortada violentamente con la desorganización civilizatoria que significaría la conquista. A pesar de ser una cultura matriz, de semejante relevancia a la de las culturas antiguas de otras latitudes, el edificio del Incanato se desmoronó aceleradamente debido al proceso de guerras civiles internas de las que había salido, con la confrontación entre Huáscar y Atahualpa, la fragilidad en la que se hallaba el imperio al haber absorbido rápidamente a diversos reinos conquistados que presionaban y desorganizaban su constitución, y debido sobre todo a la táctica de guerra política de los conquistadores, de dividir a las culturas, antagonizándolas y aplicando una idea de racionalidad política que disolvería lentamente la naturaleza mágico religiosa de las culturas indígenas del Incanato. Es esa vulnerabilidad estructural en la que se hallaba el imperio, con la coexistencia desarticulada de diversas racionalidades económicas que estaban en disputa lo que permitió a su vez un proceso de desorganización político-cultural que debilito al imperio, facilitando la estrategia del divide y vencerás y de aliarse con los reinos opositores al Incanato.

Este divisionismo de las fuerzas políticas no sólo sería la expresión de cómo quedaría diseñada las posterior civilización colonial, sino el resultado que ahondaría la fragmentación consustancial a la cultura peruana, quedando las sabidurías ancestrales, y toda la racionalidad mítico religiosa como un saber residual en permanente persecución y autonomía sincrética. El indio paso a la colonia y por lo tanto el peruano de a pie paso a la república odiando su origen y avergonzandose de quien es. Olvido si magma, su energía, olvido sus tradiciones y en ello reside genealógicamente la actual falta de valores, o cultura de valores, o cultura de la depresión que los psiquiatras ponen de moda. Los barbones nos metieron que teniamos que avergonzarnos de ser indios, de nuestros cuerpos, de nuestros derecho a ser felices. Creo que Jesucristo no hubiera permitido tal cosa.

Los posteriores mecánicas de la dominación construirían empresas y economías de poder favoreciendo esta fragmentación y menospreciando de modo paternal todo el rico magma diverso de las culturas indígenas, intentando disolver la hegemonía mágico-religiosa de los saberes populares, y disponiendo las expectativas de crecimiento cultural a la veneración de una identidad colonial foránea que negó todo nuestro origen arcaico.

Si bien la colonia fue el resultado organizativo de cómo quedaron intactas las fuerzas políticas ganadoras del proceso de conquista, las guerras de los encomenderos y la reorganización social del Virrey Toledo, las culturas dominadas sufrirían el peso tergiversador de la extirpación de idolatrías y la explotación consiguiente; quedando sólo una nobleza indígena como figura de legitimidad y culto para garantizar el control sobre las masas explotadas, y tener la corona española un medio político aliado frente a los intereses separatistas de los sectores criollos.

Es la manera tan particular como se persiguió la aculturación y en cierto modo la coexistencia asimétrica con las sabidurías mágico religiosas de los sectores dominados –expresión esta en la edificación político institucional del Virreynato- lo que me permite conjeturar que la extraordinaria plasticidad de las culturas indígenas populares para reinterpretar el mensaje eclesiástico, e incluso reflotar sus mentalidades ancestrales en medio de la dominación evangélica a lo largo de generaciones, es lo que explica la supervivencia y el predominio de una racionalidad andino-heterodoxa que vivía y coexistía con las culturas oficiales; constituyéndose una arquitectura de instituciones y de mestizajes que es la prueba envolvente de una cierta convivencia asolapada entre dominadores y subyugados.

Considero que la enorme complejidad que alcanzó el Virreynato, haciendo retroceder la habitual discriminación cultural de las elites criollo-españolas, en un clima de trasgresiones festivas y de sensoriedades clandestinas fue contenida al abrazarse el diseño republicano, al acentuarse el control discriminatorio y feudal de los criollos independentistas. La república detuvo el proceso de síntesis cultural que se estaba orquestando a fines del siglo XVIII, pues si bien las reformas borbónicas de Carlos III, habían tratado de imprimir alteraciones institucionales en el mundo antiguo y plural de la colonia, esta siguió coexistiendo con el mundo ritualista de las culturas indígenas de un mundo no oficial y trasgresor. Esta idea de una convivencia disforzada y hasta dialogante entre espíritus civilizatorios sacrificiales – el catolicismo y el ethos andino sincrético- fue remecida con el inicio de las rebeliones indígenas de fines del siglo XVIII, Túpac Amaru es un ejemplo de ello, pero estas mutaciones imprevistas fueron síntomas de la decadencia organizativa en la que ingresaba el régimen antiguo de la colonia, por supuesto, al recrudecer el verticalismo de la explotación pero no fueron expresiones culturales de un rechazo orgánico al carácter también mitológico del régimen colonial, sino la reincidencia simbólica de retornar a la sagrada tradición incásica.

No obstante, ser la coraza de creencias católicas, un montaje híbrido que persiguió y asumió curiosamente elementos de la religiosidad panteísta del indio, la astuta plasticidad del mundo mítico indígena, acostumbrado a arrancarle animismo a todo poder vigilante y aplastante, supo modificar y reinterpretar el autoritarismo del mensaje cristiano, y así conservar secretamente la naturaleza ritualista del ethos indígena. Es esta suerte de amalgama entre cristianismo y el ethos arcaico de las culturas precolombinas lo que fue severamente dañado con la asunción del Estado republicano, y el rebajamiento racista de la república de indios a la condición de siervos de los latifundios de las elites criollas.

El mito andino retornaría a un laberinto de formaciones feudales, siendo expulsado de los claros de ilustración y de civilidad del mundo moderno, hacia los remotos espacios altos andinos de las regiones serranas, desdibujándose todo el sistema mercantil y de economías populares que se había levantado hacia el final de la colonia, y que las guerras separatistas ayudaron a desestructurar. Esta síntesis híbrida que la colonia configura con elementos culturales de tradiciones dispares, sería golpeado en sus cimientos estructurales, constituyéndose desde entonces la figura de un islote de lucidez y modernidad, el supuesto Perú oficial, sobre un océano de antigüedad y barbarie, que escondía la no menos preciada sabiduría alegórica de los Andes.

El politeísmo habitual de los indígenas regresaría a su productivismo agrario, reconfigurándose la melancolía sobrenatural de los campesinos sobre una formalidad de la explotación feudal, que daría acogida a sus ritos y a su equilibrio ecológico con la naturaleza. Si bien la condición moderna de la economía peruana reposaría sobre un diseño extractivo, mayormente agroexportador de la Costa, estas formaciones de enclave no tendrían contacto cultural con el simbolismo panteísta de lo andino, dejándolo desarrollarse sobre una base rural y tradicional.

Modernidad y crisis de valores:

A pesar que lentamente la promesa de los padres de la patria se iría bloqueando ante el estado saludable de una formación feudal retrógrada e improductiva, que negaría sus postulados esenciales, se puede conjeturar que surgieron figuras históricas y alteraciones estructurales en el seno de un mundo fragmentado y antiguo, de naturaleza propiamente progresista y modernizadora. La relativa modernización y estabilidad durante el apogeo del guano, el surgimiento de una burguesía civilista y la superación de la anarquía originaria de la guerra civil de caudillos, concretarían un espacio inicial para la formación de un estado moderno, y de una capa dirigencial que lo vinculara de modo material y burocrático.

Pero esto no fue así. Los valores coloniales en la conducción iconoclasta de un estado paria, no serían penetrados por la susodicha racionalidad empresarial del hombre burgués, sino que el surgimiento de fortunas a raíz de la comercialización del guano, y de la concentración de la tierra en pocas manos, darían cierta estabilidad al naciente Estado, pero no consiguieron generar un proyecto de desarrollo e interconexión nacional, por lo que dicha bonanza económica era endeble y hasta ficticia. Los ingresos que percibió el Estado otorgaron al Estado una base material para mejorar su presencia en el territorio patrio, pero fue la carencia de una burocracia descentralizada, el desnivel en el desarrollo de las identidades regionales, y la falta de una mentalidad de inversión en el seno de una oligarquía rentista y parasitaria, lo que bloquearían el desarrollo de un nación integrada y secular. (Parece hoy no?)

Los crecientes abismos culturales entre las múltiples naciones de un organismo en formación o desintegrado, generarían una delicada exposición de riesgo frente a enemigos externos, como significó la infausta guerra con Chile.
El asunto clave de no habernos comportado como una nación unida y sólida, frente a la amenaza bélica de un país que si poseía una estrategia de crecimiento y consolidación nacional, es que el asumir los costos de un diseño político como fue la República, claramente a espaldas e incompatible, con la naturaleza sacrificial y no secular de un país arcaico, hizo que retrocedieran los logros institucionales que el mestizaje colonial ayudó a edificar, producto de las guerras emancipatorias y sobre todo a raíz del aniquilamiento de la nobleza indígena.

Es el modo como el discurso de la Ilustración y de la independencia criolla beneficiaron y movilizaron intereses políticos, propiamente criollos, lo que mantuvo intacto y hasta fortaleció con la refeudalización del campo, la naturaleza tradicional de un edificio social claramente monárquico y fragmentado. Es el juicio de los liberales y conservadores al discutir todo el siglo XIX qué estrategia política y administrativa se debía seguir para fusionar la república con una realidad desarticulada y sacrificial, llena de identidades indígenas y de profundos desencuentros, lo que hizo que el país ingresara en una profunda anarquía, con predominio político de los poderes caudillezcos y militares, y con salidas políticas que empeoraban la poca institucionalidad moderna que anhelaban los padres de la patria.

El modo convenido como el diseño civil-político penetró en escasos sectores de nuestro desconocido cuerpo social, generando una mentalidad que dividía los escasos esfuerzos políticos por amalgamar los dispares y asimétricos niveles de nuestro país, es lo que a la larga constituyó un arquitectura económico-política que dio sentido de dominación y paternalidad a los sectores subordinados del país, pero que mantuvo en la involución estructural a la raquítica y desarticulada formación social peruana, creando las condiciones perfectas para que esta mecánica de la dominación gamonal, de la que habla Cotler, se convirtiera en estuche biosocial que detenía y reprimía en la barbarie toda rica iniciativa de creación de subjetividad que las culturas populares inventaban.

A medida que la recuperación nacional luego de la guerra con Chile, en el apogeo del civilismo, dotó al país de una estructura política y económica que modernizó islotes agroexportadores y que mantuvo en una estructura eminentemente agraria a los gigantescos latifundios improductivos de la sierra, se podía decir que paulatinamente el carácter sincrético y mitológico de las identidades campesinas tuvieron las condiciones subjetivas para reestructurar su psicología y religiosidad panteísta, a salvo de un régimen de producción gamonal que no buscaba ciertamente la colonización de lo biosocial. La modernidad alcanzada sólo se restringía a los circuitos urbanos, a supuestos islotes de secularidad en los ghettos aristocráticos, y a los principales proyectos de enclave agroexportador y petroleros que no alteraban significativamente las estructuras tradicionales a donde se incrustaban.

La obsoleta estrategia del divide y vencerás y de mantener a la sociedad al interior de una estructura en red, sinceramente retrógrada y oscurantista, sirvió como un sistema de control que facilitó los propósitos del capital extranjero extractivista, y que encerró las energías progresistas a la veneración de una identidad rural y arcaica que garantizó la perennización de estilos de vida oligárquicos racistas y coloniales. Esa finísima estructura de poder, que garantizó la legítima reproducción de un gamonalismo agrario, grandes señoríos y una oligarquía limeña cortesana que le importaba un bledo desarrollar al país, creo, no obstante, las condiciones internas para su desaparición.

En primera instancia las insípidas y tímidas reformas modernizadoras que se imprimió en el país, luego del eclipse cultural del civilismo político, con la gestión de Leguía y las acciones autoritarias del Tercer militarismo (Oscar R. Benavides y Odría) dieron nacimiento a sectores autónomos de reflexión y organización política en la plebe urbana y capas profesionales, que ante la debacle social de la guerra con Chile y ante el avance mundial de las corrientes socialistas se montaron la tarea de reorientar la modernidad de enclave y construir una nación. Aunque esta opción política estaba lejana a practicarse y a gestarse de forma operativa, hallaba, sin embrago, vitalidad en el pensamiento arielista, indigenista y de izquierda de aquellas décadas iniciales del siglo XX, en un conjunto de tesis que intentaban conciliar cultural e históricamente la modernidad eurocéntrica con el rostro andino y sincrético de nuestra herencia colonial e incásica.

Era una reflexión donde modernizarse no significaba dejar atrás el ethos estético y ritualista de nuestro mundo heterogéneo, sino hallar su pronta realización y expansión en un proyecto de secularidad y de nación que incrementara y potenciara las bondades de nuestra utopía arcaica. La arquitectura contractual y política de un Estado moderno debía crear las condiciones institucionales y espirituales para mezclar soberanamente lo mejor de la civilización europea, con el significado étnico y sincrético del ethos andino, donde el núcleo espiritual, donde la rica subjetividad de las culturas populares impusieran sus contenidos a la penetración colonial de una economía de enclave y extractiva, a su lógica cultural dominante. Desbordar el capital no significaba interrumpir su inserción, sino domesticarlo y negociar con las influencias mundiales para sintetizar lo mejor de la Ilustración y el desarrollo europeo con la subalternidad andina que empezaba a organizarse. (Esta premisa del Arielismo hay que retomarla con urgencia, y volverla técnica de gobierno)

De cierta manera la segunda aculturación colonial que desplegó el civilismo con las reformas educativas del siglo XX, con la resistida llegada de la escuela pública a los andes y territorios remotos buscó desactivar el arraigo de estructuras culturales arcaicas y dizque obsoletas, para crear al ciudadano moderno y al conjunto de instituciones culturales que necesitaba un diseño político sin sujeto histórico. No sólo fue el propósito homogeneizar una cultura salvajemente heterogénea y mestiza, sino fue crear, cosa que no se logró, un carácter psicológico que diera legitimidad y adhesión cultural a la estructura patriarcal y colonial que representaba el gamonal y la oligarquía, y dar su respaldo productivo a una economía primario-exportadora que aseguraba la eterna inercia de la nación.

La educación monocultural que se practicó en estructuras plurales y complejas generó la lenta descomposición étnico-cultural del ethos campesino y sus oriundas costumbres, al estimular la migración a las ciudades y dar cimiento simbólico a una atracción individualizante que disolvió en la recreación del asociativismo barrial-urbano, toda aquella rica sabiduría telúrica y andinista que se preservó a lo largo de siglos, y que las finas intuiciones de Arguedas anticipaban su eclipsamiento. El impacto de la educación no sólo provocó los levantamientos campesinos en su búsqueda de reapropiación de la tierra, y su ulterior migración individual a las urbes, sino que curiosamente, sin sospecharlo, creo las condiciones para los caóticos laboratorios de la cholificación y de apropiación popular de la ciudad, desorganizando violentamente el régimen estático de las castas y disolviendo la separación entre alta cultura y baja cultura popular, ante el avance incontenible de una subalternización clasista y asalariada del proceso histórico nacional.

El papel de los medios de comunicación de primera generación (TV, radio, prensa), que anunciaron la irrupción de una cultura de masas que proyecto la identidad reivindicada hacia el éxito de un individuo asalariado, participativo y sujeto de consumo, provocaron el eclipse seguro de las solidaridades andinas, logrando su hegemonía un modelo de proletario ciudadano, que extrajo su respaldo en la decisión política y acelerada de alterar la anticuada estructura de dominación social, y dar cimientos socioculturales a un nuevo patrón de acumulación que resolviera los eternos dilemas histórico del país.

De algún modo insospechado la influencia de una eurocéntrica cultura de masas, en contacto con los repertorios culturales de las clases populares a través del boom de cine Hollywodense, la embrionaria publicidad, la naciente televisión nacional, la radio y la empresa periodística condicionaron la creación de una singularidad capitalista y aburguesada que no podría ser rebatida en las movilizadas capas populares por el proyecto colectivista y asociativo de las reformas populistas de democracia participativa. El modelo heterodoxo de una economía democrática e industrial que hallaría su principal escollo estructural en no haber roto todo lazo de dependencia con las inyecciones de capital extranjero, y los sabotajes de los agentes dominantes internos y regionales, sino en que el torbellino cualitativo que provocó urgió para su consolidación de barre con estructuras socioculturales añejas y persistentes, que hallaron en la naciente individualización el espacio cultural exacto para refugiarse de todo el gran abismo nihilista que significó privadamente apostar por la modernización industrial. En otras palabras esa idea de los antropólogos y sociólogos que los movimientos campesinos que reclamaban la tierra eran esencialmente comunitaristas, era relativa y hasta falsa. Buscaban individualizarse, migrar, modernizarse, y la reforma agraria, como la violencia política y los populismos posteriores ayudaron en ello.

El modo fingido y parcial como se adoptaron las reformas estructurales de la modernización industrial, crearon las condiciones sociales para el crecimiento del Estado, y de sus protegidos empresariales, con el cuento de integrar a las masas movilizadas en un proyecto socioproductivo de capitalismo social, y construir un organismo económico y cultural interconectado y moderno. No obstante, el resultado fue liberar a la mano de obra improductiva de los latifundios y generar los caracteres de consumo y de éxito individual necesarios, que subordinaran a las múltiples identidades populares y dieran una plantilla de falsas expectativas acorde con las mutaciones postmodernas que orquestaría el posterior ajuste estructural y aniquilamiento de la base económica que significaría el colapso del Estado providencia.

Al evaporar a la economía social del período anterior el ajuste estructural arrojó a la experiencia cotidiana a vivenciar la muerte de toda una promesa de cosmovisión social, cayendo la formación de la personalidad, ya individual, a una crisis de sentido referentes y creencias totales que la empujarían a aceptar resignadamente el duro oficio de sobrevivir día con día, y a inventar de la nada un tercer sector (economías de la calle), o economías microempresariales en red que la divorciarían del destino orgánico del país, aceptando una pastoral del exitismo y de la calidad total que acumularía secretamente una sociedad a punto de estallar.

Demás esta decir que la hecatombe de toda un período de síntesis nacional sistémica, más por la mala lectura y aplicación de una secularización autoritaria y reduccionista, provocó el estallido de cuerpo social en un laberinto asistémico de identidades y nuevas fragmentaciones estructurales, que serían el escenario negativo para un personalidad atribulada por el sinsentido anómica, trasgresor y violento que reproduciría todos los eternos males morales de nuestra especificidad histórica.

Dogma, violencia política y crisis de valores.

El atolladero estructural que suscitó la adopción de la dialéctica del desarrollo populista, intentando pasar por el cedazo de la industrialización y sus reformas sociales complementarias a una cultura subalterna que ya había mutado por direcciones asistémicas, ocasiona en los años previos a la salida agresiva del ajuste estructural un estado de inesperada desestructuración y crisis orgánica, que probó la vieja como polémica tesis de que las avalanchas de democratización no fueron sino grandes ilusiones que despertaron a la modernidad a los pueblos insurgentes luego de la II Guerra Mundial, pero lo único que consiguieron fue despertar una gran decepción y crisis de vacío existencial, como producto de la gran soledad que debió sentir el actor social al ver como el edificio histórico de la nación se desmoronaba.

En el fondo toda aquella marejada de decisiones radicales desde el Estado constructor con el objetivo de equilibrar el poder huidizo del capital generaron las disposiciones institucionales y económicas para el agigantamiento político de las trasnacionales, cuya lógica de interpenetración economicista crearía un modelo de desarrollo que liquidaría y volvería precaria toda tentativa de revolucionar un poder que se haría biopolítico y mitológico. Fue un gran cuentazo amigos

Ahí donde la izquierda buscaba un control nacional del capital, con el propósito de modernizar y volver competitivos las estructuras industriales que ayudo a edificar, se escurrió una estrategia que aplacó mediante el consumo y el Estado social toda aquella rica subjetividad que reaccionó liberacionistamente luego de las guerras imperialistas, produciendo un pacto implícito y calculado entre el socialismo de estado y la derecha conservadora que no culminó en el cambio de sistema, sino en la lenta desintegración de toda la sociedad, y la reestructuración de la economía bajo criterios globales e informáticos que perseguirían a la cultura rebelde hacia los confines de la interioridad domeñada, con el objetivo de crear una civilización del riesgo, del caos y de la incertidumbre que neutralizara y redirigiera toda la rica vitalidad de los pueblos. Un pacto claro. donde uno de ellos ni cuenta se dió, y queda confirmadamente confesado

Todo el tiempo se nos ha hecho creer que el Estado social, en Europa otra es la historia, fue un resultado de las luchas sociales, cuando fue el formato social perfecto que preparó la cultura conformista y cínica que requería el capital, por tanto, consentida por los intereses fácticos. La economía de gran escala, se fragmentaría y se dirigiría a perseguir y a intercambiar una vida saludable que rechazaría todo idilio con el progreso científico y civilizatorio, creando un sistema desorganizado y disciplinatorio que negaría toda aventura por instaurar un gran estado social global, arrojando a la experiencia individual a un culto de la vida digital que erosiona la sociedad como la vuelve violenta e incierta.

En nuestro país el desenmascaramiento inusitado de este gran engaño que supuso la industrialización – pues lo sostengo no consiguió desactivar la cultura económica de enclave que fue la norma de nuestras actividades económicas- generó el consentimiento resignado de gran parte de la población organizada, al aceptar la conquista del modelo democrático como el respaldo jurídico y político a libertades civiles e individuales que se convirtieron en la garantía reclamada por las fuerzas políticas y sociales. Sin embargo, la parálisis de la modernización sólida, y su capitulación política ante la partidocracia de la constitución del 79, fue percibida por diversas identidades como el salto al vacío y signo de una gran traición a la promesa social que había representado el desarrollismo nacional.

Aún cuando la apelación a la violencia fundamentalista y la deslegitimación del Estado de derecho democrático por vía del levantamiento armado en la sierra sur del país, no representan un recurso político con el que purificar y derribar el poder abusivo y explotador, me parece hay que ahondar en la psicología del terrorismo para desentrañar cuales fueron las motivaciones existenciales y sociales que arrojaron a extensas capas campesinas y a cuadros políticos organizados a los brazos de una violencia genocida, representa un esfuerzo por comprender que pasaba en la cabeza de esos dirigentes frustrados y en los jóvenes que apoyaron dicha empresa demencial.

Aún cuando he tenido acceso a los testimonios elaborados por la Comisión de la Verdad y la reconciliación nacional (CVRN) y a entrevistas hechas por el trabajo cualitativo de Gonzalo Portocarrero y de Carlos Iván Degregori, me he topado con descripciones personales que patologizan la decisión de ingresar en la guerra armada, y que envuelven en un discurso paternal y desorientado a las víctimas activistas de esta guerra interna.

Como he conjeturado en otra parte, soy de la idea que la violencia irracional que se desató en los Andes, en la Amazonía y en zonas periurbanas de las principales ciudades del país, fue la adopción desesperada de una gran decisión por salvarse de una vida absurda y vacía, que estableció el acelerado cambio ontológico del mundo, pero que cobra en una nuestra formación espiritual un matiz esquizofrénico al quebrantarse el edificio nacional y al ingresarse en una hipermodernidad individual que haría de los sentimientos y de las más sagradas intimidades capacidades para sobrevivir en una realidad hostil y absurda sin ninguna lógica. No justifico nada por si acaso. Sólo comprendo esta locura.

En nuestro país esa misión salvífica de construir un nuevo orden de bienestar y prosperidad, que fue la más alta expresión de un milenarismo que deposito en el Estado populista la encarnación de un socius, de un alma vital, se destruyó confusamente al escaparse las decisiones políticas a cerca de nuestro desarrollo y soberanía del control de un Estado paria, que a la larga sería la puerta de ingreso a manipular y a organizar la vida al antojo de una racionalidad claramente cancerígena e instrumental.

Como lo he dicho en otra parte, la introyección de una lógica de la dominación biopolítica, en el seno del socius popular, distinta a la incompleta formalización de la modernización sólida que intentaba liberar a las conciencias sobre la base de una cultura política democrática y asociativa, hizo que la construcción de la personalidad se trastocara en un proceso traumático y de lucha denodada por tener derecho a existir y ser feliz. La cancelación de la sociedad y de los valores totalizadores que daba sentido y orientación al sujeto popular, generó una subjetividad autoritaria que halló en la violencia y en culto retorcido a la maldad genocida, una salida paradójica al gran nihilismo que empezaba a acentuarse.

Ahí donde e ser individuo significa una existencia ilusoria, revestida de falsos deseos y expectativas desviadas que no consiguen calmarse, se apela a la agresión y a la humillación como un modo de construirse una identidad de la dominación a costa del prójimo. En sendero Luminoso tal apelación a la violencia significó el tratar de vencer la amarga soledad histórica que concita la miseria, el racismo y el sistemático poder de un diseño modernizador que vomita desarraigo e inautenticidad. A lo largo de una historia llena de explotación y ofensas a nuestro origen, la katarsis autoritaria vive revestida de un gran rencor, de un gran desahogo irracional donde aniquilar al enemigo y al traidor significó para ellos hacer retroceder una cultura criolla cínica e inhumana que desennoblece a las personas.

El aferrarse a un dogma doliente y sádico expresión de una gran pobreza y falta de actividad espiritual, sino en creer en algo que da certeza y convicción, ahí donde todo se desvanece en el aire, y la edad ciertamente popular no ha sabido acondicionarse a la gran violencia represora que manifiesta el orden existente. Como argumentan los pensamientos cercanos a Heidegger, el mal se ha hecho núcleo determinante del socius, no por el efecto distorsionador del poder político, sino en estos tiempos postmodernos como parte de un recurso que da cohesión y sentido. Incluso una sagrada complacencia, ahí donde impera el horror a la nada y a su angustiante persecución.

En la década de los 80s la crisis de valores que atenazo a nuestra existencia no ha comportado sino un efecto desastroso sobre nuestra identidad colectiva. Esta no fue producto sólo del agotamiento de todo un horizonte sociocultural, no fuimos conducido a su crisis existencial sólo por obra de que se nos cayó un mundo, sino sobre todo porque el individuo, la personalidad se vio expulsada de improviso del centro de nuestra civilización.- En otras palabras, el conjunto de medidas políticas que sirvieron para detener y descomponer los fundamentos orgánicos de nuestra sociedad popular, llevaron la vida cotidiana a una gran metástasis y desorden psicológica en las conciencias, donde el salto al vacío de las migraciones, la discriminación racial y la pobreza estructural proporcionaron a la personalidad popular una nueva envestidura de desconsuelo y soledad por no sentirse parte del mundo que ya no tenía estructura ni lógica de sistema. La accidentada transición a una vida inorgánica y pulverizada, donde todos los progresos alcanzados por nuestra cosmovisión moderna experimentaron una severa regresión, adelantaron sobre las psicologías colectivas el reforzamiento de un protagonismo individual donde el mensaje del todo vale, y la sabiduría escéptica criolla hallarían una particular hegemonía, produciendo una cultura despotenciada y anárquica.

Como explico en estos renglones, no todos los sectores sociales pudieron adaptarse a esta hipermodernidad desestructurante, sino que en el interior de nuestra constitución moderna, todo avance sistémico y secularizador se pagaba al precio de un gran descontento y anomia cultural, instalando los signos de una gran violencia ahí donde se respira racionalidad y un supuesto progreso. Tal como se imprimió la modernidad en nuestras conciencias, desorganizando nuestra escasa institucionalidad interna, ha producido una gran explosión de violencia y desunión, donde el caos social que experimentamos no es ciertamente una relación afirmativa con el medio social, sino un principio de realidad que ha hecho retornar con más fuerza degradatoria los eternos males culturales coloniales que no permiten una adecuada socialización secular de nuestra cultura. Hoy hay menos consciencia de lo que nos amenaza, mas dolor, pero a la vez más violencia. Se sabe lo que se tiene que sabe. A eso le llamamos equilibrio psíquico.

Por más motivos que busquemos, pero acá de lanza la hipótesis polémica que la desmesurada violencia como fue introyectada la modernización, sin reconocer nuestra siempre complicada heterogeneidad cultural, ha conducido a un rechazo y a una desorganización desde el mismo centro de la vida subordinada, originando un deterioro comprensible del diseño monocultural de nuestro arbitrario estado de derecho, y además una irreversible fragmentación espacio-temporal de las identidades subordinadas. En cierta medida nuestra modernidad ha pasado de ser el esquema de construcción de nuestra nación, ha ser una fuerza ciega de inversiones agresivas que alteran y disuelven nuestros vulnerables patrones de constitución social, destruyendo en la infamia del frio interés toda base de convivencia natural que la vida domeñada podría organizar. Nuestra hipermodernidad reflexiva, de la que hablan Ulrich Beck y Anthony Giddens, ha elaborado un elector racional que acepta los torbellinos inclementes de una sociedad del riesgo con suma asociatividad creativa, pero al precio de envolvernos en una latente sociedad de la explosión y de culturas autoritarias que reproducen los eternos males culturales de una sociedad desintegrada y sin rumbo fijo.

Utilitarismo y cosificación.

Según los enfoques radicales del institucionalismo y la teoría de la elección racional norteamericana, profundizar las reformas de mercado, consigue constituir una realidad de individuos propietarios y electores, acorde con las urgencias de la oferta y la demanda. Modelar la cultura y someter la reflexividad del ciudadano a un hiperrealismo de coordinaciones mercantiles, donde toda la integridad de la cultura hallaría su realización en valorar monetariamente la vida, sería el punto de equilibrio de una personalidad que encontraría en las convulsiones e incertidumbres de una complejidad organizada los cimientos precisos de tener éxito y sobrevivir.

Una relación pura individuo-mercado no debería verse como la concretización de un sujeto inmoral y consumidor, en donde las raíces y las procedencias culturales no tendrían relevancia práctica, sino como el modelo más cercano a dotar de un marco social al individualismo agresivo que se abre en los últimos tiempos. Todos los valores morales y las sagradas inscripciones regulatorias de la sociedad, tendrían que ser pasadas por le cedazo de la mercantilización de la experiencia para dar materialización a un individuo propietario y competitivo, capaz de leer los ciclones imprevisible del cambio tecnológico y de las crisis económicas. El rotundo producto de una sociedad de mercado sería un hombre con valores utilitarios, que a pesar de todo no vería arruinada su libre voluntad para decidir sobre su vida privada y preocupaciones existenciales.

Por más que uno se fie de las grandes transformaciones utilitarias que se perciben en nuestra realidad urbana, e incluso rural en los últimos tiempos, lo cierto es que el intercambio monetario sirve de sostén material y no consigue eliminar las resistencias culturales comunitarias del mundo popular. Se podría argumentar que el poder disolvente de la razón mercantil ha dotado al ser popular de una cultura de la iniciativa y del encuentro dinerario, que la unifica alrededor de un principio de empresarios informales y el ahorro doméstico, que logra hacer renacer en medios urbanos la rica plasticidad alegórica de los mundos provincianos y artesanales.

Actualmente en que las insospechadas empresas populares han conseguido acumular el suficiente capital material y social para reestructurar las economías regionales y periurbanas de la ciudad, se asiste a la concreción de una base material en red, que permite la reproducción de la religiosidad andina, invadiendo con su habitual ethos “grotesco” y subalterno espacios de la realidad urbana, donde se gesta una gran hibridación y mestizaje cultural. Los sujetos de estos espacios urbanos y suburbios hallarían en el reflotamiento contundente de una ética del trabajo audaz y en exitismo microempresarial los fundamentos genéticos para la restauración de sus solidaridades orgánicas, mitos y costumbres, inundando las instituciones seculares de una moral del carnaval y de la asociatividad festiva, que no sería sino la estrategia para desactivar la frialdad y dura discriminación como fueron recibidas las anteriores oleadas migrantes.

A través del utilitarismo popular y su implícito economicismo familiar estas culturas de migrantes empoderados han conseguido reinterpretar y apoderarse de los elementales discursos de la calidad total y del esfuerzo empresarial, acondicionarlos a sus expectativas y reconstruir de la nada toda una rica como variopinta subjetividad popular, que sin embargo, se mantiene unida por una caótica como irrespetuosa vulgaridad comercial, o utilitarismo cruel.
Más allá de que la lógica del intercambio utilitario hegemonice los modos de producción de la cultura urbana, ya sea por intermedio del despilfarro abrazador o una ética del ahorro o inversión para acumular, lo cierto es que de manera residual mundos de la vida cotidiana que no son medidas en función del carácter utilitario, pero cuya obtención desmadrada si que hace aparecer una lucha despiadada donde la demostración cosificadora es crucial, se permiten sostener que la irrupción de los nuevos valores postmodernos nacen acompañados de un cruel pragmatismo cultural. Esta tendencia de la cultura individual a hacer permisivo el avance del mercantilismo cultural a terrenos íntimos donde la subjetividad demanda comprensión y vitalidad, erosionan los modales de respeto y de cuidado del prójimo valorizándose bienes cruciales de la existencia interna como si fueran productos mensurables y descartables.

Tal vez el peligro de haber desestructurado los medios de protección social (Escuela, familia, vida barrial) luego del ajuste estructural fue haber dejado desamparado a una subjetividad que para sobrepasar su soledad vital abrazó el poder totalitario e inestable del dinero como acceso a una felicidad paradójica del consumo que no arroja sino vacuidad y angustia. Ahí donde el dinero es el acceso primario al afecto y a las condiciones de seguridad de la existencia no sólo descompone el origen solidario de toda procedencia cultural, sino que además esta adicción al gasto, y a la generación de lucro que se despierta, sentencia a las potencias de la personalidad a ser un fabricante de recursos, y a ser apreciado y amado en función de esta salvaje productividad.

El hecho de que la desigualdad social petrifique esta concentración de recursos mercantiles en individualidades competitivas, desfigura toda recia resistencia para valorar en términos humanistas, exigiendo a la amistad y a la interacción comunicativa un cruel poder de la vanidad y de la soberbia que oculta una gran miseria biográfica. Aún cuando la naturalidad de la ironía y de una fluida comunicación no se explican de acuerdo a patrones de orientación social, sino al producto de una trayectoria individual que aprende de sus ventajas y altibajos, explotando sus innatas cualidades socializadoras, internas facultades de nuestra personalidad, el carácter tal como lo elaboramos y nos decide, estos rasgos son vistos y apreciados en función de una imparable capacidad para predominar y politizar la biografía personal. Se abre así un gran sesgo entre ejecutivos frívolos que logran proyectar instrumentalmente los secretos de su espíritu singular, y un silencioso como oculto ejército de desposeídos sensoriales incapaces de asimilar los rigores de una comunicación cada vez más diplomática y auto controlada.

Ahí donde la violencia que empotra el capital con un estado modernizador cada vez más extraño a las dinámicas y particularidades de una cultura domesticada e indescifrable, se genera como reacción una gran violencia irracional desde la sociedad, para hacer estallar este esquema de fuerzas contrarias a las expectativas de la población sometida;: reestructuración política que padeció una oposición dogmática y violenta, cuyo única carácter organizado y dizque histórico que fue la violencia de sendero, se trastocaría al quedar derrotada esta opción demencial en una brutal despolitización cultural de las interacciones y protagonismos individuales, inundada de una gran violencia ahistórica e inconsciente que denotaría los radicales esfuerzos de una identidad para hallar una desesperada existencia real en medio de una soledad de la miseria y de las obligaciones de la desleal competencia.

En vez que este golpe irracional a la subjetividad del egoísmo criollo removiera los cimientos de nuestra habitual como costumbrista desunión y racismo cultural, la derrota de la violencia política refortaleció los fundamentos psicológicos de la mentalidad criolla, ahondando y volviendo natural el aprovechamiento y la violencia simbólica hacia el prójimo, convirtiendo el oficio degradatorio de una sabiduría escéptica en una metafísica virtuosa que garantiza la correcta armazón de la personalidad. Aún cuando la introducción de la mentalidad egoísta, esta siendo resistida por la enorme asociatividad popular de nuestra fuerte cultura familiar, lo cierto es que el avance de esta insignificancia, de esta agresiva crisis de sentido en las ciudades ha destruido los escasos valores macro que pudiera promover nuestra sociedad, consiguiéndose naturalizar la penetración de un individualismo ontológico , que vuelve impracticables ideas fuerza generales, aunque secretamente existe una gran reivindicación por la unión y una romántica construcción nacional.

Creo, como he sostenido más antes, aunque la lógica de la valorización monetaria alcance ribetes de una brutal cosificación de las percepciones sociales, se concita una reapropiación extraordinaria de esta tendencia a instrumentalizar la subjetividad dominante, pero con serios límites en una experiencia cotidiana que se percibe manoseada y vulnerada por la decepción de una socialización hostil e hipócrita.

El cinismo popular que actualmente es la prueba ontológica de una fuerte decepción colectiva, es la silenciosa lógica cultural que se viene apoderando de nuestra racionalidad civilizatoria, y que es expresión desproporcionada de una gran mutación simbólica a raíz del fracaso de una sociedad disciplinada y del desamparo absurdo de su nefasta desestructuración. Cuanto más la obligación del individuo abandonado es dejar huella de su reconocimiento y existencia en la sociedad organizada, tanto más este esfuerzo racional arroja a valorar sólo el derecho a una supervivencia que niega su afán de ser amado y reconocido. Este grotesco divorcio entre su endeble cultura singular y la inmensidad de una maquinaria mezquina y autodestructiva que lo vacía y lo vuelve insolidario para competir, lo arroja a los brazos de una felicidad paradójica donde tragar falsas satisfacciones lo conduce a un fuerte desaliento y desorientación interna, donde los sentidos inflados y autonomizados lo vuelven un animal adicto a gratificantes ídolos y desgarradores erotismos.

La huida de vacío acosador lo arroja a la legitimación del poder corrosivo, como única ilusión de seguridad por medio de la humillación y el abuso. Y el miedo y el conformismo despotenciador que modela este poder lo desfigura como personalidad coherente, estallando en un encuentro confuso de fuerzas pulsionales, donde la multiplicación de estímulos y la urgencia para saciarlos lo impregna de una racionalidad mercantil y del lujo como poder sustitutorio, ahí donde gobierna una gran soledad fáctica y socialización instrumental. El dinero, y el esfuerzo para embadurnarse de su magia ficticia corroen la poca bondad que el actor es capaz de guardar, pues la acción dramática para obtenerlo a diferentes niveles de respuesta social, suprimen cualquier expectativa realizadora, pues la adopción para acumular y revestirse de su enigmática coraza ocultan la verdad de un ser acomplejado y miserable.

Sentimientos y crisis de valores.

La construcción histórica de la personalidad es un proceso traumático y violento. No sólo en las sociedades donde la madurez de la razón, la estructura edípica del tiempo, es algo que se extrae de su propia trayectoria vital, como lo es en las sociedades europeas – aun cuando la historia de esta civilización haya sido la historia de la represión de los sentidos, como sostuvo Freud- sino en sociedades ajenas al ethos moderno este adiestramiento de un modelo de personalidad funcionalista ha comportado significativos problemas. Como lo sostengo el modo cómo ha arraigado el formalismo represivo de la modernidad en nuestra particular formación social ha supuesto un rotundo crecimiento de la personalidad autoritaria, de una subjetividad que separa antagónicamente lo que sueña de lo que es real, provocando a la larga, a medida que esta sociedad se desorganiza, un sistema de personalidad pulverizado e influido por la multiplicación de estímulos.

Aún cuando es obvio que la conducta se sigue construyendo internamente, a pesar de las convulsiones anárquicas de la realidad, la idea de una interioridad reflexiva, consciente de sus abismos y riquezas se deshace a medida que domina un violento pragmatismo social En nuestra cultura la amalgama extraña entre el arcaico sensualismo de nuestra cultura popular y los liberales valores de la sociedad de consumo han echado por la borda todo proyecto de constitución de una subjetividad reflexiva, por el medio hostil de la regresiva educación pública, ocasionándose el modelamiento de una personalidad que desconoce los tesoros de su carácter interno y que actúa en la realidad en base a una mecánica reacción de lo previsible o con suma hostilidad hacia el otro.

Esta aceptación grosera de lo existente en el carácter interno interrumpe el ciclo de formación del sujeto racional y autónomo, relegando toda actividad del espíritu interno a un sobresfuerzo del actor, que privilegia las soluciones más calculadas o racionales o sus metas personales inmediatas, descolocando todo proyecto o futuro de su vida. En la medida que la persona es un canal por donde fluye un caudal ingobernable de vivencias y anécdotas inmediatas dispares, se ingresa en un escenario donde el sentido que acoge la conciencia es un resultado azaroso de las irreversibles circunstancias que toca a la vida individual, y no algo definido de antemano que queda invariado en el tiempo. Esta relatividad con que es asumida la conciencia vuelve hiperreal al entorno inmediato, volviéndose la conciencia erosionada incapaz de leer con detalle y lógica las estructuras racionales que subyacen a cada situación de vida concreta.

La única objetiva racionalidad que ordena mal que bien su supervivencia se sostiene sobre un conductismo, o resilencia a los golpes de la realidad, donde todo lo que tiene el carácter o el modo como madura el sujeto se da en función de vivir para sí mismo y su sola vida inminente. Este aceptar con pragmatismo una realidad caótica y desarticulada, empapa al sujeto de una completa ceguera contra destinos colectivos, incluso es consciente su desidia frente a sacrificios sociales, pues el dolor que estos heroísmos altruistas incorpora es visto como una patología o una desviación de quien es extraño a lo normal. La inmanencia con la que es vista la vida ordinaria, convoca una gran ironía y sensoriedad festiva, donde la risa y toda sorpresiva espontaneidad se convierten en el mejor rostro que halla el sujeto para adquirir aprecio y amistad. Actuar como lo espera el resto, inventar sobre la base de un genial carácter carismático y ser creativo y agradable con respeto es la máscara de etiqueta que utiliza el individuo para acceder al derecho de una comprensión más íntima y personalizada.

Como vengo sosteniendo el elemental armado de una identidad que esta siempre alerta ante las presiones sociales, y cuyo contenido interno es el producto del modo radical como ha politizado su carácter social, aún desconociendo todo el conflictivo trauma que significa adaptarse a una realidad dura e inhóspita, es la vestimenta objetiva que define el cómo somos reconocidos y aceptados en sociedad. El asunto problemático es que el carácter de las socializaciones pasan de ser universalistas y ciertamente románticas, como en la juventud, a ser cada vez más específicas y especializadas, cuya conservación exige en cierta medida recurrir a manipulaciones y a parapetar un frio estatus que finge y encubre la cálida amargura de nuestros sentimientos. Las habilidades histriónicas que desatamos, la ilusión que despierta lo que dejamos traslucir de nosotros mismos, se contradicen con una irreversible inmadurez y vulnerabilidad emocional. Aunque nuestra hambre por ser escuchados y ser amados con mérito y pasión, obedece a la capacidad cómo politizamos nuestra interioridad, esta innata necesidad para expresar lo interno, de convocarlo a una infinita cómo inhóspita exterioridad automática es reprimido generalmente, pues es racionalizado como debilidad, y resulta hasta algo fuertemente despreciable. Somos grandes actores de aquellos que menos estamos dispuestos a creer que existe, y que merecemos. LA mejor arma en un mundo cosificado para no volverse loco frente al gusto es el olvido, y no sentirse responsable ante nadie de nada. La desinformación, y el callar son formas de cuidarse las espaldas aunque en ello haya mucha mezquindad.

En estos medios donde el gran silencio de los sentimientos es acallado por una crueldad sin límites y una risa espasmódica que delata ceguera y negación del interno, detenerse a sufrir o a padecer las injusticias de lo real se convierte en un derecho de los que sólo sobrepasan sus dilemas diarios y no un espacio valorado por sí mismo. Inclemente es la despiadada lucha por el reconocimiento social y el acceso a sus recursos; y aún cuando nos esforzamos por traducir toda nuestra ennoblecida voluntad en algo coherente dentro de nosotros mismos, para realizar lo que sentimos, siempre queda la ingobernable sensación de que avanzamos incompletos a pedazos. Por ello la elección a medida que avanza el escepticismo y la soledad es anular el juicio y el pensar de la amistad, y llenar de violencia creativa todo nuestro inmediato entorno, ser un demonio de lo estético, un rústico encantador de serpientes para sólo devorar y transmitir amor, aunque se haya renunciado a amar realmente.

Ahí donde la realidad nos arrebata nuestros sueños, o nos hace culminar en arrabales del fracaso y la incomprensión, el ser desposeído aplasta sus secretos más íntimos, y se trastoca en un animal sólo preparado para sobrevivir, e impregnar todo lo vital de un maquinal funcionalismo de los sentidos. Sólo el sentimiento que desconocemos y que pocas personas se atreven a darle una expresión libertaria, pues tal empresa de escuchar al corazón es una aventura que encierra mucho dolor, consigue conservarse como un recuerdo del pasado, algo bonito, una estampilla guardada en los más enigmático de nuestro interior.
Sólo sabemos al final de un recorrido de negaciones sistémicas y de inagotables tareas profesionales, que toda el gran esfuerzo libidinal cómo nos hemos desahogado y tal vez amado, todos aquellos caminos errados que seguimos para huir del dolor, de la soledad, no fueron sino ilusiones estúpidas para cubrir la enorme angustia que pudo haber significado no haber luchado por una felicidad auténtica. Haber predominado con astucia a pesar de todo, haber vivido con valor y desasosiego no bastaría para confrontar conscientemente el trauma final y solitario que supone morir. Todo aquel arrogante progreso en el que nos hemos embarcado, y del cual escapamos en la embriaguez de los sentidos en noches inolvidables, se revela al final de la existencia en una acumulación de recuerdos y jirones de pensamiento, donde sabemos ciertamente qué tan honestos fuimos con nuestro devenir, y qué tanto valor tuvimos al escuchar nuestro corazón y vivir de acuerdo a él. Sólo quien ha vivido al extremo y en la soledad de los riesgos puede hablar de lo que estoy hablando amigos.

La vida esta mal construida. Las formaciones en las que la encausamos, y en las que nos atrevemos a producirla, nos hablan de una dolorosa separación. Por un lado la alienación profesional, administrativa, que a veces confundimos con una virtual capacidad política para vivir. En ella residen todos los recorridos y fuerzas que habitan en la reacción, y que menosprecian, como descalifican la aventura de vivir. No obstante, anhelar ardientemente que su poder político o dinerario les abra los tesoros de los cuerpos, su instintivo envenenamiento político los expulsa de la simplicidad de una risa o de una inesperada locura sensorial, lo cual los empuja a querer reformar la vida, o con insensatez a desear cambiarla por injusta. A pesar que en las bases cotidianas las personas viven en una extraordinaria inmanencia carnavalezca, que ellos de modo conservador infravaloran, su orgullo o estatus profesional no es capaz de valorar el hecho de que actualmente vivimos el anuncio de una singular inteligencia de los sentidos.

El problema que esta insurgencia de nuevos valores inmateriales que se afincan en el goce desmesurado y en la ampliación de los sentidos esta revestida de una impresión negativa, por parte de un conservadurismo moral autoritario e hipócrita. Aquellos que quedan atrapados en esta visión chata y conservadora de la experiencia social viven un poder oficial completamente irrelevante, auspiciando una moralidad que se trasgrede de manera permanente, y sin contacto realmente con las insospechadas mutaciones que se suceden en la vida popular, incluso bloqueándolas con su monismo institucional.

En la otra vereda predomina de modo subterráneo una cultura clandestina que no conoce límites morales, y que en los últimos tiempos su sola expresión desata escandalosos comentarios públicos. Anegada de un narcisismo y desbordante festividad, esta cultura del deseo pleno rebosa las fronteras de lo hiperreal con las huidas alucinógenas y el fervor corporal, que cobran singular eficacia ahí donde el individuo intenta escapar y recrearse de un mundo administrado. El asunto problemático es que esta soterrada animalidad sensorial desconoce toda regla moral, levantando su oficio orgiástico en contra de toda sentimentalidad y reflexión personal, inundando el socius nocturno de una lógica de la violencia descontrolada, apertrechada, no obstante, de una rutilante seducción y coquetería impactante.
Dividida la conciencia entre estos mundos que se oponen en el discurso oficial, toda biografía no halla más consuelo a la explotación y estrés administrativo que estallar en la multiplicación de estímulos, mezclándose arbitrariamente el tiempo del ocio y el tiempo de toda disciplina sistémica. La ira que imprime e nuestros ser la función lo desgarra la noche con todos sus elixires maquinales. Al final unoa queda sucio por lo que entra y sale de su boca. desagarrado y consumido. Al final no estamos conectados, sino maquinas deseantes, que sólo consumimos con muchos cinismo. Cuando dejamos de amar el otro nos fastidia. Así de simple.

Técnica, cibercultura y valores.

Hasta aquí he examinado el devenir de una sensación de incertidumbre y vacío existencial que se apodera de nuestra civilización en las últimas décadas, a raíz del acelerado modernismo estructural que hemos vivido. Toca ahora enlazar este conjunto de análisis psicohistóricos que he delineado con la relación entre la intersubjetividad que nos ha constituido y el modo como se ha impregnado la razón técnica en nuestra formación social. La hipótesis de la que me valgo para inspeccionar este terreno es que la interpenetración de una racionalidad técnica ajena a nuestras solidaridades productivas nacionales ha ahondado la sensación de un desgobierno en la cultura sometida, acelerando en los últimos años a raíz del sensualismo digital del internet y los impactos publicitarios de la sociedad de consumo un conjunto infinito de mutaciones socioculturales en el seno de la cultura popular, que develan una falta de soberanía y precariedad en la individualidad.

Como he desarrollado en análisis anteriores, las penetraciones técnicas y administrativas que se han ensayado en los escenarios de una cultura arcaica y plural, han concitado con el tiempo un fuerte quiebre silencioso entre la técnica y la cultura en el país, siendo nuestra formación social una receptora acrítica, primero, de todas la gigantescas contribuciones programadas de la sociedad industrial, y segundo en el contexto de la sociedad de la información, de las mutaciones digitales y psicosensoriales que producido la galaxia de la internet y de los medios de comunicación de segunda generación.

En el primer estadio de una cultura industrial del empuje histórico para unificar la cultura y el sistema productivo se generaron las siguientes mutaciones culturales:

1. En cuanto a condiciones estructurales la movilización que había despertado los levantamientos campesinos, las presiones laborales de la migración en las ciudades, y el vibrante sindicalismo urbano habían empujado a las elites progresistas a generar un patrón de acumulación y a diversificar ciertas actividades industriales que contrajeran con una situación favorable de pleno empleo, la sensación de un desborde político revolucionario que se vivía hacia fines de los 60s.

2. Por múltiples razones estructurales el bienestar de la política industrial dependía de la descentralización y creación de una estructura de trabajo profesional que no existía o era rala o anticuada.

3. Además de lo anterior cierta independencia en la estabilización del modelo productivo dependía de la favorable correlación de fuerzas políticas, pero sobre todo de la génesis de una tecnología y ciencia aplicada propia que no existía o era muy elemental y atomizada. La autonomía en el ciclo de formación de la economía nacional exigía tener una supervisión científica de los sistemas de producción levantados a voluntad, pero necesitaba engarzar la ejecución de una técnica administrativa y tecnología con las disposiciones técnico-culturales del recurso humano existente. Como no hubo esta vinculación desde el inicio el humanismo recalcitrante de nuestra división social del trabajo impera en la construcción del conocimiento científico, despotenciándose la creación de una tecnificación calificada de nuestra mano de obra industrial.

4. Y desde el inicio el apoyo legítimo a la industrialización populista descansaba en los parabienes que prodigaba la sociedad movilizada, que empata con la atmósfera urbanista que creo este patrón de acumulación, sin embargo, las alteraciones incómodas que produjo en la cultura emancipada de las relaciones feudales poco a poco imprimieron una sensación de extrañeza y vacuidad a la vida en la ciudad produciéndose un quiebre entre la cultura y el sistema productivo, que la devalúa y la encierra en su carácter de enclave y de experiencia costosa desconectada de las mutaciones migrantes de la cultura popular informal.
Este primer síntoma de un desencuentro afectivo entre la cultura desbordada y la naturaleza de isla de una industrialización poco eficiente y centralista, arrojaron a la sociedad organizada a tratar de hallar el equilibrio perdido con el estallido de una opción socialista.

No obstante, tal apuesta significaba recobrar la religión extraviada en la política radical, con lo cual se desbarató la poca legitimidad del tibio desarrollismo, desmantelando las tímidas disposiciones tecnoculturales que se experimentaban en el seno de los sistemas fabriles y entregando a las energías científicas a un humanismo retrógrado que valora la consigna y la especulación proselitista. La ausencia de un pensamiento del desarrollo adaptado a nuestras urgencias nacionales, limitó la necesaria desactivación de la cultura barroca y colonial de nuestras energías intelectuales, dando paso al despliegue de una construcción social de la ciencia que bloquea o desincentiva la invención científica; deficiencia que alimenta adrede la consolidación de un funcionario público pobremente preparado para gerenciar e innovar buenas decisiones en el porvenir de la administración política del patrón de desarrollo.

Desde que nuestra cultura teórica, administrativa y científico-técnica viven atrapadas de un pensamiento poco atento a las revoluciones profesionales, se entrega la conducción del territorio a una desorganización institucional terrible, donde el sostén de las relaciones sociales de producción a una economía política poco orgánica y concentrada resulta un muro de atraso y burocratismo que alimenta la corrupción y la ineficiencia funcional. El modo histórico como la cultura feudal se ha reproducido perversamente en la lógica de la planificación de nuestro desarticulado organismo nacional ha posibilitado la obstrucción y desaparición natural de un adecuado reordenamiento de nuestra estructura productiva, lo cual conlleva a la camisa de fuerza sistémica que vivimos actualmente, donde la misma sociedad preservista vampiriza y fragmenta más a la nación, y convierte en lógica absoluta de secularización el desangramiento institucional del orden social.

En un segundo momento de fuerte descomposición del edificio industrial que postulo el populismo se ingresa a un período donde la modernización adquiere un rostro puramente del emprendedurismo individual. Desmantelada la economía política que servía de base o fundamento de una reconstrucción nacional y de la legítima conformación del ciudadano asalariado, se apertura un escenario donde el sólo esfuerzo del sujeto empresario, informado de las relaciones de mercado, es la regla que define una modernización sin grandes órdenes sociales.

Frente a esta realidad desarticulada, donde lo único secular y racional reside en el esfuerzo organizado de las individualidades conectadas, los avances técnicos no resultan productos organizados de acuerdo a una atenta lectura de las configuraciones culturales en curso, sino transformaciones tecnológicas cuya incidencia no compromete una cultura científica netamente atrofiada y colonizada. A pesar que en los últimos tiempos a raíz de una seria adaptación de la cultura popular a las normas competitivas de la acumulación privada se ha conseguido edificar en red una cierta base rudimentaria, que recoge en mucho las experimentaciones de una cultura artesanal, como son los microespacios de talleres del sector informal, y ciertos agregados técnico-administrativos de la ciudad moderna, podemos sostener, como hipótesis de trabajo, que estas mutaciones económicas no cuentan con una tecnología aplicada, producto de una estrategia planificada de crecimiento.

Ahí donde en la base de las economías populares no se depositan disposiciones de acumulación técnico-administrativo, sino una economía que produce insumos sin mayor valor agregado, debido a la simpleza en que vive la organización del trabajo microempresarial, se produce una resistencia cultural para dar saltos cualitativos en el ciclo de formación de las economías populares.

A causa de esta tendencia formativa a no producirse culturalmente complejizaciones en la estructura productiva, se hace predominante como muro que bloquea cognoscitivamente el desarrollo posible de una cultura industrial, el impacto o asimilación acrítica de las tecnologías de la información y de la cibercultura. Los conjeturo con esta tesis: el agotamiento repentino de una cultura industrial que hubiera sido la base progresista para la constitución ordenada de un organismo social, ha predispuesto al tejido social a una recepción consumista y despersonalizada de la cultura digital, lo cual fragmenta más todo socius colectivo, pues las relaciones sociales estimuladas por la infección cualitativa de toda cultura en red tienden a ser devoradas con toda la construcción del yo interior del ciberespacio, poniendo en paréntesis perpetuo la formación de la personalidad y volviendo los espacios sociales concretos en medios invadidos por una violencia irracional y por una atomización de las relaciones sociales.

Aunque el análisis de las condiciones culturales, de cómo arraiga la tecnocultura de la información sería materia de un estudio más acucioso, puedo rastrear algunas conclusiones culturales, que ayudarían a no ver tal predominio de la cultura del espectáculo, y sobre todo del internet, como sino tuviera conexión con las condiciones materiales y organizativas que modifico severamente:

1. En primera instancia, la desorganización de la sociedad a raíz del colapso del sistema social populista ha hallado en la cultura individualista que aprovisiona la mass media la lógica cultural y psíquica perfecta que legitima la fragmentación de la estructura productiva en diversas e infinitas unidades microempresariales a veces conectadas de modo orgánico. Este caos productivo de cómo ha ingresado en la conformación de la economía la pastoral del individuo, es el fundamento sociocultural que ha hecho posible el crecimiento inconmensurable del sector servicios, que satisface todas las nuevas expectativas que la sociedad de consumo ha despertado.

2. En relación a lo anterior, esta fuerte culturización de la economía social, ha proporcionado a las categorías populares de nuevos cimientos reticulares donde reposan las insospechadas mutaciones intersubjetivas del mundo popular de los últimos tiempos. No obstante, esta desviación de las energías productivas a tratar de organizar en mercados de bienes y servicios, que satisfaga, y por lo tanto, neutralice con el consumo las fuerzas socioculturales que esta despertando la creatividad juvenil y el universo postmoderno, ha hecho que esta economía de servicios, cuya cúspide es la erotización que produce la informática, sirva como un muro estructural que no permite la evolución soberana de una formación de valor agregado en red y de modo artesanal. Son muy tímidos estos closers productivos, sin conexiones con la empresa privada, ni el estado, nis las universidades, y son de materia artesanal y popular

. La inhibición sociocultural de la economía sólida, de la que habla Bauman, favorece el aislamiento de la economía minera y agroexportadora, no pudiéndose dirigir las energías laborales, la acumulación privada en ciernes que despiertan estos sectores, hacia la reconstrucción orgánica de los mercados internos regionales, lo cual a la larga asegura la penetración de los intereses extractivos, y el no control social y democrático de nuestros proyectos económicos.

3. Al haberse disuelto el control nacional de la economía interna, y al haberse causado, por lo tanto, un sector económico directamente creado para contraer todas las expectativas de realización que despierta la modernización del hiperconsumo, se produce un diseño organizativo de la sociedad completamente destructivo de las relaciones sociales. En el seno de esta organización opuesta a la vida, y cuyo montaje de servicios, comercio e infraestructura materiales sirve para modelar, vigilar e inhibir toda alternativa constructiva al orden existente, reside una personalidad atrofiada y bombardeada por las señales autoritarias y pulsionales del mundo técnico; una subjetividad que experimenta en su interior el profundo desconocimiento de sus potencias vitales, incapaz por lo tanto, de impedir el terrible empequeñecimiento, miseria e inmadurez que produce la expansión sobredimensionada de la técnica postmoderna.

4. Y por última, expuesta la sociedad a su desmantelamiento progresivo, en donde la vivencia de los lazos sociales, resulta una cohesión efímera y desocializante, se ingresa a una vida enajenada o cínica que acepta resignadamente la pulverización de loa vínculos sociales. Es el inmediato rechazo de esta atmósfera vaciada de sentido, mediante la violencia o el desarraigo de la felicidad embriagadora y la seducción, lo que hace al individuo a ser engullido por la galaxia del internet, donde el fluir de las comunicaciones guardan, una personalidad desesperada por sentir y ser comprendida, una psicología que acepta la soledad y la despersonalización de la técnica apelando a las prótesis placenteras y esquizoides del mundo digital. Cuando los valores que no hayan realización en la realidad fáctica son fagocitados por la escandalosa ideologización digital de las interacciones sociales, se provoca un sujeto antropológico cuya autocultura tiende a la desaparición y a la instrumentalización descarada de las secretos vitales; una nueva antropología de la desorganización de los sistemas psíquicos que hace de los sentimientos y de todas las creencias un mero entorno de reproducción de la sociedad capitalista. En el internet todo es posible, en la realidad casi nada lo es.

Conclusiones.

Hemos sostenido en este ensayo preparatorio de un estudio más complejo a cerca de las consecuencias de la adopción de la experiencia moderna, que el modo acrítico y voluntarista como se ejecutó en nuestra cultura la modernización no consiguió el resultado deseado por sus planificadores. En vez que el formato de la cultura secular y sus reformas sociales lograran construir una nación orgánica y moderna, cuyo contenido ontológico era el rencuentro democrático de un universo pluricultural, se produjo la licuación peligrosa de todos los órdenes vitales de la cultura peruana, exponiendo a la vida a una modernización que no significa más una protección sana para el despliegue de su identidad, sino un mecanismo perverso que arroja al individuo a una completa incertidumbre y pérdida de toda creencia real. El nihilismo que actualmente experimenta la vida social ha hecho imposible todo replanteamiento de un espíritu colectivo, provocando a su vez una sensación amarga de una inconmensurable soledad y carencia de sentido.

Ahí donde el enfoque original de la modernidad dotaba a la vida del ciudadano peruano de verdades consagradas que involucran al grueso de la población movilizada, y cuyas referencias maestras cobijaban una protección pública para el crecimiento y realización del ciudadano individual, transitamos a una sistemática destrucción hipermoderna de todas las grandes ideas-fuerza que nos orientaban a vivir mancomunadamente. Como es lógico la introyección en el caleidoscopio de nuestras culturas plurinacionales de un cascarón individualizante, del “sálvese quien pueda” ha prometido sopesar esta brusca desaparición de la sociedad ordenada, pero el costo gravísimo ha sido que las relaciones sociales, incluso las más íntimas hayan quedado desguarnecidas ente el poder discriminador de la razón capitalista. Esta sensación de desgobierno y de la obligación de sobrevivir, a pesar de todo, en un medio lleno de violencia y hostilidad ha hecho que la tentación de ser moderno haya quedado reservada en los sueños del exitismo y del esfuerzo empresarial; si embargo, tal camino a medida que se asimila y acepta la enfermedad de un sistema despedazado y desangrante, va restándole a la subjetividad de acertadas condiciones para vivir de modo realizado y estable.

Tal vez el problema principal que planteo en estas anotaciones finales es que la implosión política de nuestro organismo social, y la decisión consentida de nuestras conciencias ordinarias de desbaratarlo y manipularlo a favor de nuestra mezquindad particular, es parte de un proyecto político psíquico para rendir a la sociedad ante las fuerzas destructivas del mercado. Ya los cambios operados en el tejido social, y los cambios ontológicos que significa ser engullido por las junglas del mundo digital, nos hablan a ciencia cierta, de la imposibilidad para replantear la necesidad de reconstruir a la nación. No obstante, sostengo con toda la energía de una conciencia que no acepta el diagnóstico de vivir como destino concluyente el mundo postmoderno, que es imprescindible retomar proyectos comunes para escapar a la desolación de un mundo administrado y vaciado de sentido. Pues lo pronostico seguir aceptando hacer de nuestra vida singular una consentida destrucción de los vínculos internos y de todas las oportunidades vitales que significa el milagro de existir, no conduce sino a negar nuestra total felicidad, y caer dolorosamente en las garras de un nihilismo gélido y violento que nos anula. El mundo es infinito y múltiple. Todo es precario y efímero, pero eso no quiere decir venir a morir mucho antes de haberse atrevido a vivir la fugacidad de este instante majestuoso que es respirar y reír con alegría. Ante la absurdidad del universo se enfrenta la decisión de crear y soñar a pesar de todo. T si he tejido este ensayo es para explicar con humildad el porque no existe en el país una cultura de valores apropiados acoplados a cualquier arquitectura institucional. Ningún diseño sirve en un país tan diverso e insospechado como en el nuestro si es que no se reensambla la vida asociativa de la sociedad. Los modelos institucionalistas a lo Sartori o de la Escuela de Chicago no funcionan, pues el peruano es bien pendejo, y le van a dar la vuelta a la ley universitaria, y a la ley servir con el tiempo, a si como le dieron el tiempo a la ley de la descentralización. El peruano es un hábil mutante trasgresor.
Saludos amigos.

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