Ni Atenas Ni Israel

Archive for noviembre, 2011

Las siete plagas de la sociología peruana

by on Nov.14, 2011, under Sin categoría

A Mis maestros: los huecos, la clínica, el bosque, y los pasillos

A Mis maestros: los huecos, la clínica, el bosque, y los pasillos

Observaciones preliminares:

En los límites de este ensayo se despliega una crítica constructiva de los serios límites teóricos, metodológicos y operativos que evidencia el quehacer sociológico en el Perú contemporáneo. El supuesto que acompaña estas reflexiones no busca la irrefutabilidad, sino presentar un esquema tentativo de explicación semántica de los conceptos y enfoques que han recorrido el análisis social, con el propósito de despejar el camino de la trayectoria académico-política de todo aquel positivismo iconoclasta que ha infectado la base psíquica de nuestros diagnósticos y conclusiones, y que ha garantizado el sometimiento ontológico de la disciplina sociológica a una división profesional del trabajo sinceramente instrumental y tecnocrática. En fin la hipótesis que recorre estas notas de investigación es que el divorcio escandaloso entre el saber sociológico, y en general de todas las ciencias sociales, con respecto a la vida domesticada no ha sido ocasionado por la derrota ontológica de la narrativa socialista, y su posterior evaporación en la gramática operativa del tercer sector, sino por un más fino desencuentro político entre un discurso negativo que se iría colonizando y pragmatizando con el tiempo, y una vida desguarnecida y ritualizada que rechazaría de plano las cosificaciones enajenantes de la modernización eurocéntrica. Si hay que buscar motivos pertinentes en los extramuros de las ciencias sociales para explicar la crisis de la sociología peruana, habría que detenernos a considerar que la separación politizada entre un individualismo metodológico y existencial, y por otra parte, un operativismo gerencial en el seno profesional de la sociología no ha sido ocasionado por la supremacía incontrolable del caos global y sus determinaciones complejas, sino por razones estrictamente internas en el quehacer de la comunidad científica.

No me refiero al desgaste de los enfoques dominantes (marxismo dependentista, hermenéutica, liberalismo, etc.) en su búsqueda de atrapar y reorientar la realidad sino a que este atrofiamiento que evidencia el análisis social ha sido producto de la imposición política de verdades de consignas, todo por favorecer la multiplicación doctrinaria de organizaciones sociales de izquierda en la regiones ritualizadas de la cultura popular, a sabiendas que este acomodamiento proselitista del discurso negativo iría empobreciendo y destruyendo la disposición psíquica de la rebeldía social, a medida que la realidad cultural iba cambiando y se perdía el protagonismo colectivo de las vanguardias socialistas. La razón cultural y ciertamente filosófica que describe esta sociología de los conceptos, en su explicitamientos y ocultamientos, reside en el examen acucioso de la dinámica sociológica en la actual realidad académico-profesional. Para ello he detectado siete enredamientos epistemológicos o políticos, cuyo devenir histórico cultural ha imposibilitado la desactivación psicológico-hermenéutica del comportamiento criollo en el seno de los personajes intelectuales y profesionales de esta disciplina. A continuación se revisa la historia semántica de algunas trabas ideológicas.

1. Empirismo.

En primera instancia un vicio epistemológico que padece el análisis social es la trabazón irracional del empirismo: la incapacidad para organizar y remontarse sobre los datos para correlacionarlos y reconstruir abstractamente la realidad en base a formaciones teóricas. Pero definamos, en primera instancia el empirismo como actitud cognoscitiva en la historia del pensamiento filosófico a modo de complemento.
Al contrario del racionalismo, inspirado en las observaciones de Descartes – que creía firmemente que la experiencia no proporcionaba señales fidedignas sobre las cuales reposar conocimiento objetivo, ya que la realidad empírica es un hecho subjetivo, una derivación incongruente del saber ideal- el empirismo sostiene que el dato sensible no es una falsificación subjetiva, sino la prueba fiel y concreta de que se existe, cuya realidad vivencial permite la construcción de saberes y prácticas reales. En las observaciones epistemológicas de David Hume la evidencia reporta un suelo confiable para construir conocimiento, no negando la racionalidad sino orquestándola a partir de la organización lógica de los datos, cuya fenomenología autónoma proporcionaría lecturas desideologizadas, y por tanto, impresiones objetivas de como conducirse en la práctica. Ambas conformaciones ideográficas son insuficientes en la realidad de hoy, donde objetividad y realidad están velados, sobre una infinidad de interpretaciones diversas. Alcanzar un juicio verosímil en un mundo fragmentado como esté obedece a vivencias rodeadas de acción permanente, donde casí la teoría responde a acciones impensadas y sagaces. La idea de lectura-metodo, yerra en lo esencial, pues prejuicia la interpretación y los resultados, y los altera sin pensar que el consenso ortodoxo desde el que se piensa algo es lo correcto o no. pensar hoy es un instinto de comunicación y de hallazgo, en culturas donde pensar y actuar son una unidad locuaz como la peruana. Nuestra racionalidad es instrumental, por ello se pondrá lo que conviene o lo que se siente como dogma. Descartes era un imbécil!

Este severo cuestionamiento a esta forma elemental de producir conocimiento, y por lo tanto, de intervención práctica, es que ofrece poca capacidad de intervención real sobre procesos y contextos más macro, ya que siempre es un saber ideologizado y cargado de prenociones tradicionales, que no escapa a los sistemas de valores locales. Se podría decir, que esta forma inicial de construir conocimiento es útil en algunas experiencias simples de acción práctica, pero no lo es en niveles de mayor complejidad y generalización. A lo mucho estas exploraciones curiosas sirven para acumular datos e impresiones sobre algún fenómeno empírico, a partir de cuya sistematización más reflexiva se puede posteriormente elaborar marcos teóricos de mayor amplitud u observación parcializada. la sociología debería hacer esto, pero está acostumbrada a escribir sobre curiosidades y postales, o hacer guiones para ALFHS. Mientras no se sienta al Perú se seguirá pensando que Marx, Durkheim, o Weber, sirven… Siquiera Fausto tuvo su Mefistofeles!

En el caso del Perú, este empirismo cognoscitivo estuvo presente desde el inicio de la formación de nuestras sociedades ancestrales, en los horizontes culturales, precolombinos. En base a la observación paciente y emulativa de las regularidades de la naturaleza circundante, pudieron edificar una civilización compleja y rica en sabidurías prácticas que fue reproduciéndose a través de las síntesis panandina de las culturas amerindias. En esta etapa precolombina se podría conjeturar que la experiencia acumulada en las organizaciones andinas confirmaba la idea de que la vivencia lógica armonizaba con la construcción práctica y ritual de conocimiento. A pesar de las alteraciones últimas que experimentó la organización cultural incásica en su consolidación imperial, ciertamente el saber ritual se mantuvo inalterado y fue transmitido sincréticamente a la dominación virreinal, donde a pesar de la obra evangelizadora y la imposición forzosa de la aculturización eurocéntrica el empirismo andino seguiría reproduciéndose subordinadamente en la arquitectura plural de la organización colonial. La razón que explica que en el saber artesanal, ni nada sofisticado de la producción gremial, sobreviviera el empirismo ancestral es que el nivel civilizatorio de la empresa colonial no representó una ruptura cognoscitiva con las sabidurías indígenas, sino que la dominación se acopló unilateralmente sin trastocar de manera biopolítica la herencia panandina. La colonia como psique pre-científica en su producción artesanal y primarizada no significó una separación entre arte y técnica que si se manifestaría en el capitalismo industrial eurocéntrico.

Es la descomposición ulterior que experimentó la formación social a manos de la modernización estructural de las teorías del desarrollo, la que sirvió de contexto implícito para desconectarse de este empirismo larvario en el área de la inteligencia social. A pesar que el humanismo antropológico acumuló crónicas y materiales etnográficos a lo largo del desarrollo del pensamiento social sobre los cuales se edificó un material importante de conocimiento histórico-cultural a cerca de la realidad peruana, este saber literario y descriptivo no podía ser propiamente un diagnóstico racional que facilitara la acción planificada y el cambio estructural. Por ello el paso siguiente a una realidad que se trastornaba rápidamente en concurrencia objetiva con los actores sociales de la modernización era cientifizar y sistematizar los hallazgos empiristas, y erosionar así una tradición del saber social que bloqueaba el encumbramiento sociologizado de enfoques y construcciones teóricas. El empirismo social que anteriormente nutría un discurso político en sintonía con los cambios iniciales y paulatinos de la estructura social, devino pronto en ineficaz como visión social a medida que la secularización industrial exigía una planificación holística que asegurara el control histórico y racional de la formación social. Por múltiples razones esta transformación fáustica que se dejó percibir en las observaciones del Cepalismo, el marxismo ortodoxo y el dependentismo, cedería su lugar al retorno de un positivismo empirista, en la medida que el perfil social se alteraría y estallaría en microrealidades heterogéneas y escenarios objetivos, que obstaculizaron lecturas totales y consejos fieles a la condición autoritaria de esta estratificación social. Este empirismo político se dejaría ver en las actitudes administrativas del tercer sector y en la hermenéutica testimonial de la tradición culturalista.

En relación al sector tecnocrático del empirismo sociológico, la reflexión entregaría toneladas de evidencias descriptivas sobre las cuales se tomarían decisiones estratégicas y postergatorias de los males sociales donde la reflexión acertada de asesores sería escandalosamente maquillada según los intereses de reproducción de una realidad gerenciada, y contenida en el asistencialismo de la política social. En cuanto al testimonio hermenéutico, el fragmento intertextual de la entrevista, la historia de vida y las técnicas grupales recogerían el proceso íntimo e intersubjetivo de los fenómenos sociales; una cultura testimonial demasiado cargada de consideraciones ideográficas y prenociones locales, sobre las cuales es imposible constituir un compromiso teorético más amplio, dado el carácter distorsionado y fragmentario de los datos cualitativos. El hiperrealismo del enunciado personal dejaría de servir en la medida que este nos habla de una cultura alienada que no existe más que de modo imparcial, ya que el testimonio sensible ocultaría algo más trascendental: la muerte de una sujeto y de una conciencia en un mar de fuerzas pulsionales y cínicas.

2. Ahistoricismo.

Un vicio actual del razonamiento sociológico es la casi desconexión aparente entre las grandes conclusiones de la investigación social y procesos históricos de larga duración. Este presentismo, desinformado de la génesis histórica de la totalidad de las temáticas que atraviesan al pensamiento sociológico, es el resultado inesperado del impacto sociocultural que supuso la violencia política en el país. Las consecuencias psicosociales de la violencia dogmática sobre las mentalidades populares, y a larga sobre la disposición intelectual de las clases medias informadas ha significado la desaparición cínica de la memoria histórica, lo que define el completo naufragio de la vida cotidiana en la reafirmación individual. Se podría sostener contundentemente que el desencuentro ontológico entre la cultura ritual, hoy presa del consumismo instantáneo, y el historicismo socialista ha arrojado al organismo social al culto de un sensualismo desbocado que disipa toda tentativa de sublimación histórica, y que ha contenido toda evolución armoniosa de la vida material en relación a los sistemas de valores y representaciones sociales. Este divorcio natural entre la religiosidad inmanente de las culturas populares y su susodicho progreso cultural ha evitado la institucionalización de las ciencias sociales en la cultura política de los grupos sociales, y además la ha estigmatizado para los valores nihilistas actuales como un saber terrorista e incongruente con el pragmatismo y sensualismo cotidiano que impera.

A la larga la demencial violencia política, manifiesta por la desadaptación gregaria de porciones poblacionales significativas con respecto a la imposición del criollismo individualizante, ha acelerado el rechazo de las culturas subalternas y de la diversidad individual a la razón histórica, lo cual ha delatado la incapacidad de la vida compleja a pensarse como comunidad, y en términos de progreso compartido. La ausencia de historia en la constitución sociocultural de las identidades sociales, las hace más permeable a la incertidumbre y a la contingencia trágica, lo cual dibuja la sentencia filosófica: que ahí donde la inmadurez de la formación social no logra expresarse en términos históricos, la personalidad micrológica experimenta el carácter eternamente inconcluso y desrealizado de su existencia individual. La historicidad sería percibida como el predominio de un tiempo macabro que siempre pasa y que nos torna transitorios y efímeros. El precio de no caer en la tentación autoritaria de darle un sentido histórico a la vida, es habitar en el sinsentido espumático de la existencia atomizada, ahí donde el único peligro es desaparecer en la paz de lo estúpido e insignificante.

Si bien existe en la recuperación historiográfica de nuestra historia, una actitud por redescubrir las raíces temporales de una memoria que se desvanece en el presentismo estúpido, este esfuerzo no halla eco en el devenir académico-profesional de la sociología. En primera instancia, nuestra ciencia tecnocrática carece de una visión histórica del éxito programado, vive en la completa gestión de la ideología, reproduciendo un trabajo de enmendaduras y de capacitaciones reafirmantes que a lo único a que conducen es a perennizar el dominio tecnoburocrático. La técnica avanza ciega, sin escuchar a la ilustración de la sociología aplicada, y reproduciendo un ideario de compensación útil a la vida domesticada y excluida del imperio. Nuestra cirugía técnica es la de un distribuidor de regalos y acuerdos fotografizados, donde el sociólogo es una especie de traductor concilierie del desprecio que las profesiones más jeraquizadas tienen por las poblaciones donde operan los proyectos extractivos. Nuestra labor es de la logística, coordinación, evaluación, y recomendaciones a la altura del Trome. Muchas de nuestros estudios conocen el almacen o el cartel publicitario. Bueno chamba es chamba! Plop!

En el caso de la historiografía cultural ésta ciertamente ilumina aspectos olvidados del proceso de construcción de la vida cotidiana, lo que ha variado o se ha repintado pero esta no impacta sino levemente en la sociología preexistente más que como mero dato de un curso repetitivo. La ahistoricidad de la ciencia histórica y de la sociología académica es que han abandonado toda empresa de influir racionalmente en el presente; es decir, celebran como pasiones irresistibles que deben ser leídas sin prospectiva aparente. El modo como se desarrolla la crónica de viajeros en la historia de nuestras mentalidades, delata la tendencia psicológica de las clases medias que han renunciado al cambio responsable, convirtiendo la indagación histórica en un anti acuario de recuerdos nostálgicos y exóticos. La sociología criolla de la mesocracia revolucionaria es incapaz de presentar relatos históricos en la larga duración porque ciertamente se teme romper con el pasado, en el cual se refugia ante el impacto del progreso tecnológico y se mantiene petrificada ante la evidencia de un organismo exhausto, preñado de una enfermedad modernizante que no logra comprender a cabalidad.

Hoy en día al esfumarse toda actitud realmente histórica en las indagaciones sociológicas se ingresa en un escenario investigativo donde cada conclusión o resultado refleja una total carencia de pronóstico o tendencia remarcada. Es el cambio drástico de la mentalidad de las capas medias, unido a un tejido popular hundido en las fauces del hiperconsumo, lo que expulsa del imaginario intelectual a la causalidad histórica, donde el razonamiento advierte el despliegue de un discurso celebratorio que ha convertido el examen de nuestra realidad en un museo de extravagancias y piezas de colección filológicas, que se subastan al mejor postor. No quiero pecar de fastidioso, pero la impaciencia historificante que demuestran las organizaciones de vanguardia, unido a ello, la práctica de una sociología histórica que ha abandonado toda alternativa programada por recrear barrocamente los paisajes del pasado extraviado, son los motivos suficientes que explican el pesimismo ahistórico de nuestra cultura de pensadores criollos. En este mundo de misiones monásticas a la conciencia hambrienta de una mentalidad ahistórica, que desea ardientemente eternizar el presente en la inmanencia del discurso seductor, este pensamiento de recoger reliquias suele convertirse en una actitud de petrificar el pasado, a sabiendas que esto es capitular de forma cultural al recuerdo asesino. La sociología por extensión está contaminada de esta costumbre ahistórica, ya que su presentismo empirista naufraga en los islotes del lenguaje, incapaz de verter en la imaginación social los tesoros de un tiempo que todo lo envejece, de una nostalgia que esta tarada de no poder ser expresada en la exultación de la vida. La sociología carece de memoria, pues no se conecta como una escuela en acumulación progresiva entre saberes. cada época mata lo que lo anterior ha escrito. Y la idea de historia expresa en la sociología es pensada como una ciencia anexa que ayuda a justificar el presente. Cada época hace lo que los cronistas hicieron escribieron con el arcabuz en el cuello, y con la cruz como chupete. La falta de historia es el remordimiento de haber matado un tiempo sin tiempo. El crimen de un mito es olvidado contando que somos iguales aunque a la pacharaca a los los europeos….

3. Carencia de visión filosófica.

Un tercer vicio es la postergación intencional del aporte filosófico al mejoramiento y perfección del análisis social, rasgo presente en casi todas las ciencias sociales, desde sus orígenes. El motivo que explica por qué ha sido expulsada la filosofía especulativa de los espacios destinados a la reflexión científica tiene su génesis en la particular negación epistemológica de la tradición arielista de los pensadores sociales, que fusionaban en el ensayismo diversas disciplinas de la humanística sin perder la cohesión visionaria de lo que pensaban. Este rechazo a cualquier discurso filosófico se comprende en la medida que se lo emparentaba con proposiciones pseudocientíficas, cuyos diagnósticos estaban elaborados sin respetar metodología alguna, sólo apelando al intuicionismo y al ensayismo narcisista, y cuya propedéutica era finalmente nula o sólo recogida en el proselitismo político de coyunturas electorales. Sin embargo, a pesar que el matiz que predominaba antes de la institucionalización de la sociología era el originario de la erudición y del humanismo consagrado, no dejaba de ser cierto que este saber era muy subjetivo e inapropiado para intervenir la realidad, dado el hecho que había que contrastarlo o verificarlo primeramente con la adopción del método científico y luego convertirlo en planificación operativa.

Sin embargo, soy del supuesto indiscreto y desideologizado que no fue el inadecuamiento tecnológico de la filosofía para asesorar a la gran razón lo que explica su desplazamiento político del escenario del desarrollismo social, sino una más audaz empresa de instauración política de una vanguardia intelectual marxista, que vio en el cambio estructural las señales cognoscitivas apropiadas para la asunción de su poder. El respaldo ideológico que se percibió en el cientificismo económico de las primeras décadas de una modernización indetenible, redujo la totalidad del pensar social a la repetición escolástica de la lucha de clases y demás consignas del marxismo, haciendo ver que el derrotero de las investigaciones sociales sólo confirmaría sus sacras leyes historicistas y sólo había que levantarse a la acción y realizarla en lo concreto. En otras palabras, el marxismo ortodoxo, ni como teoría analítica ni como guía para la acción logro deshacerse de la disposición totémica que imperaba en la formación social, sustituyendo la necesidad de un sentido religioso con el dogma irrefutable del fundamentalismo racional, que luego Sendero Luminoso convertiría en guerra popular. Es esta creencia enceguecida en el marxismo de manual, lo que debilitaría el desarrollo correcto de la ciencia social, y lo que atrofiaría en una pastoral del resentimiento al cumplimiento de la utopía a toda costa.

En síntesis: el surgimiento hegemónico de una ciencia sociológica marxista, a pesar de todas sus contribuciones documentales que ha aportado a estos escenarios periféricos del capital, erosiona la riqueza de contenidos y de abordajes que demostró el pensamiento arielista, estropeando la posibilidad de generar una filosofía peruana acorde con estas realidades sacrificiales. Al identificarse la filosofía con desviación burguesa o material inservible de trabalenguas se negó toda cercanía de desarrollar la razón y su profundidad analítico-sintética, que es lo mismo decir que no se practicó certeramente el pensamiento, sino que se creyó fervientemente en postulados ideales que con el tiempo serían inconciliables con una realidad que cambiaba aceleradamente, y que el marxista no aceptaba. La pobreza del marxismo actual proviene de este culto desesperado a un régimen de verdades consagradas, frente a las cuales demostrar desacuerdo es poco más que una traición burguesa; es decir, no se hizo filosofía radical aun cuando se presumía todo lo contrario, porque estas reflexiones a toda variedad de haberse dado hubieran significado competencia a la ideología dominante en el sociologismo.

Este consenso ortodoxo empobreció el análisis social, y por ende, a la organicidad política de las clases populares que fueron reducidas a su componente proletarizado, y a una estrategia de lucha reivindicativa claramente confrontacional y voluntarista. Es la hegemonía estupidizante de un saber político de etiqueta lo que atrofia y seguirá atrofiando el encuentro ontológico en el intelecto del socialismo filosófico y las formaciones socioculturales del país; generándose una inteligencia incapaz de escapar a la pseudocultura del marxismo, y por lo tanto, habituada a rechazar cualquier conocimiento filosófico intercultural, por carecer de la suficiente solidez lógica para ser aplicado, o por ser simplemente tachado de trivialidad pequeño burguesa.

Desde este desencuentro entre filosofía racional y vitalista, y una realidad intelectual empapelada de consignas pseudocientíficas asistimos a la supremacía de consumidores de cultura, y de todo un ejército de facilitadores de información posmoderna que carecen de la originalidad para autoconocerse. En vez que esta multiplicación posmoderna de diagnósticos relativistas y turísticos sea redefinida e impregnada de nuestra particular espiritualidad periférica, se devora inconscientemente y se desplieguen informes de investigación que acomodan la realidad a una teorización y exploración celebratoria, careciendo todos ellos de un verdadero compromiso por hallar los cimientos orgánicos de nuestra racionalidad mimética. Es esta colonización de la estructura intelectual a manos del culto exhibicionista de las clases medias, lo que permite continuar con una sociología repetitiva en el campo de la investigación social; una sociología fácilmente inclinada a someterse al oficio instrumental, y que subordina su interpretación culturalista a un juego recreativo de mercenarios profesionales y operadores comunicativos, accesibles y corrompidos por la ideología del mercado. Hay que contentarse con el copia y pega de wikipedia, o tener que escuchar las conversas aburridas de los postgrados de ccss, donde frívolos y aburridos! hablan de un saber que no entienden y se la han llevado fácil engañando que han leído libros de brujería…. Para ser filósofo hay que viajar a través del sentido de un pueblo, sentirlo e integrarlo como una unidad. Los único que se acercaron a elló fueron John Murra, Arguedas y Fuenzalida… porque Haya era, un lee condorito, y Mariátegui estaba empeñado en que el Marxismo nos daría una nación suigeneris. En 1929 se dió cuenta que eso era imposible y quería irse a la Argentina, pero fue tarde.

Finalmente, soy de la tesis discutible que la erosión desmoralizadora que padece la estructura intelectual en su esfuerzo de ser admitidos innoblemente en la división internacional del trabajo, sumándose a ello el arribismo histórico de las capas medias, es lo que incapacita a las mentes más esclarecidas a poder desarrollar filosofía auténtica, y a liberarse de todo aquel odio conceptual y doctrinario que impide una correcta lectura holística y desafiante de la locura administrada del Perú contemporáneo.

4. Politicismo y apoliticismo.

Tal vez uno de los problemas más serios de la sociología peruana es la marcada reproducción de los mismos males de la organización y la cultura política, que dice pomposamente cuestionar. En primera instancia, la pragmatización clientelar del poder político ha generado que los mejores cuadros profesionales de las ciencias sociales, hayan tenido que ha abandonar las rutas institucionales de crecimiento profesional – ¡si las hay!- para tener que adherirse a una división interna del trabajo que impone desde los actores privados las principales líneas de investigación y promoción social. La brusca tecnificación de la política no sólo ha impuesto una realidad laboral sinceramente opuesta a toda ética académica, que aún se sigue vociferando en la ingenuidad de la crítica romántica, sino que además ha subordinado las destrezas operativas al despliegue formalizado de una ingeniería social francamente enceguecida, en donde la virtud política es reproducir obstinadamente una idea siciliana de poder. En vez que la lógica de la política criolla, de los partidos tradicionales haya sido negada con el ejemplo alternativo de una moral blanca y transparente, se ha permitido que la ambición de ser poder fáctico haya carcomido los cimientos de una antropología política completamente diferente, aun cuando tal discurso del cual se precia la academia sea constantemente plagiado en función de intereses particulares, y de facciones políticas que sólo desean ardientemente la experimentación de la razón de Estado.

Al dejar que el patriarcalismo de nuestros feudos intelectuales sean subordinados a las pugnas de operadores políticos, y de lobbystas voraces, se ha permitido que la ascensión del saber social y de la generación digna de teorías sociales, sea dirigida innoblemente a justificar el predominio de un campo político-académico de donde impera una cultura profesional generalmente parroquial; que en el fondo utiliza el discurso del cambio cualitativo para capturar el entramado institucional del sistema político, y no alterar sino convenidamente la lógica biopolítica de la infraestructura social. No soy lo suficientemente moral para admitirlo, pues hacerlo sería un suicidio económico, pero el reino enquistado de esta mala política, que sólo utiliza el discurso de la lucha de clases para maquillar su ambición por el poder supremo, es el muro ideológico que no permite, ni permitirá la desactivación de la gramática de la dominación criolla, pues la conservación de esta red fétida de saberes escépticos y cínicos facilita y hace eficaz su vieja idea bolche de tomar el poder.

No hay un real compromiso por iluminar la cultura de los sometidos (si es que lo son tal), de deconstruir los complejos entramados de la explotación y del abuso cultural, sino una actitud aristocrática por exhibir esta denuncia estética de nuestros desencuentros culturales como si fuera curiosidades exóticas dignas de ser discutidas y celebradas. En cuanto la praxis honesta torna guía estas recomendaciones temerarias, enseguida cae sobre el romántico avezado el descredito de la envidia, el resentimiento y la dizque inmadurez infantil. Ahí donde gobierna impunemente un conocimiento moderado de la sociedad, que vive desconectado de la política radical de montoneros de las clases populares, se facilita el recrudecimiento de una moral mercantilista y del delito mafioso, que asume el más escandaloso ropaje de los diplomático y la concertación, y que se atreve a criminalizar todo atisbo de descontento por carecer de la necesaria hidalguía del dialogo florido e hipócrita.

Sé que revertir moralmente el avance del mercado político es sinceramente una locura angelical que puede acabar mal, pero soy portador de la suficiente inocencia para denunciar las aberraciones y patologías que sufre la acción política en el seno de las organizaciones partidarias socialistas, y por extensión de todas aquellas actividades que tratan de relaciones sociales, como es la sociología. Sé que es difícil admitirlo, pero es el histórico manejo politiquero de la comunidad científica sociológica, lo que ha obstaculizado el feliz connubio entre la razón intelectual y la naturaleza empírica de la vida, y a la larga la que ha garantizado la lenta decadencia ideológica del análisis social al fracasar la transformación dialéctica del mundo, y haberse convertido la estructura profesional en una selva oscura de clientelas y componendas políticas de la que nadie puede deshacerse so pena de arruinarse y desaparecer. Es esta incapacidad político-profesional por defender un norte en el decurso de la sociología lo que ha permitido que sus discursos y contenidos sociales hayan capitulado ante una literatura de bohemios, en el peor de los casos. Hoy la experiencia de los que monitorean proyectos y resuelven temas de antagonismo social, conoce ciertamente como operan los localismos y las idiosincrasias rurales y urbanas, pero su convicción es sólo hacer mejor comunicable la misión de la empresa, y compensar los efectos disgregadores que hace la inversión privada. Su utilidad asistencialista y de seminarios llenos de la foto a lo Isabel Maldini, no permite al saber social avanzar hacia una reingeniería institucional y territorial acorde con cada cultura, una suerte de planificación social y económica de actores que gestionen su territorio en base a sus potencialidades y autonomía cultural. El sociólogo de hoy en día no tiene idea de esto. ¡Por eso le siguen diciendo ingeniero en los restaurantes!

Quería dejar para el final de este acápite el análisis de la desafección cívica que existe en el seno de las ciencias sociales. La descomposición de la cultura cívica en la estratificación social debido al impacto del protagonismo individual como lógica de acción social, influye como disposición psicológica a la cultura profesional del sociólogo, lo cual lo hace vulnerable, o ser indiferente ante el estado lamentable del campo profesional y a tener que adaptarse como sea. Quizás la consideración de ver instrumentalmente a la sociología como mero trabajo, como simple herramienta de movilidad social ha asegurado la lenta institucionalización rentable del saber sociológico en el rubro operativo, pero ha ocasionado una actitud acrítica ante el proceso de formación curricular, en donde la carencia de valores sociales a la hora de permitir la hegemonía del mercado laboral, ha causado un profesional que vende sus destrezas analíticas y de gerencia al mejor postor. Este lento acomodamiento de la psicología organizativa a una estructura profesional que exige un trabajo social de asistencia y de resolución de conflictos en temas sensibles de producción extractiva y de sostenibilidad ambiental, generalmente describe el dramático predominio de la técnica social a amparar y justificar el excesivo avance de una forma de producción elemental, que se enemista brutalmente con la evolución civilizada de los mercados internos locales, regionales, y con toda la evolución, por ende, de la cultura y de los sistema de valores democráticos que se difunden como panacea de correcta socialización.. Al concebirse el trabajo social como una actividad educativa e interpretativa que debe contener privatizadamente el impacto desrealizador de la lógica sistémica del desarrollo se sujeta la inteligencia comprensiva y la hermenéutica del diálogo a un mero oficio de reafirmación individual, en donde la inconsciencia del cinismo y de la mentira instalada hacen ganar jugosas cantidades a todos los ingenieros de la comunicación y de la máscara social.

Es este light desentendimiento de la manera cínica como ha sido succionado el trabajo social de la sociología a las órdenes de un discurso de concertación democrática que no para sino alimenta la sistemática degradación de la sociedad a la que dice proteger, lo que convierte el oficio del sociólogo en una actividad de comunicadores que enmascaran lo deletéreo como benéfico. Es esta individualización equivocada de las destrezas profesionales a un mercado laboral fragmentario, sobresaturado de mendigos y de ideologías de exiliados, lo que decide el imperio de una conciencia social que naturaliza las miserias y riquezas de la realidad inminente, una inteligencia que al aceptar lo existente naufraga en los océanos del empirismo y de la ceguera ateórica.

5. Carencia de visiones de conjunto.

Es vieja la discusión de antaño entre Popper y Adorno acerca del carácter de la sociedad democrático-burguesa contemporánea. El primero en clave liberal decía que la sociedad de los 50s y 60s era una sociedad abierta, mientras que Adorno y Marcuse sostenían que era una sociedad cerrada, en clave hegeliana-marxista. Por un parte, para Popper a pesar de las señales de una planificación homogeneizante defendía que la sociedad era una pluralidad articulada que debía desarrollarse en forma fragmentaria a diversos grados y en forma parcelada. Argumentaba que siendo la sociedad capitalista una diversidad de componentes yuxtapuestos era viable hacerla progresar en base a subsistemas funcionales cada uno con su propia lógica y no en forma de un cuerpo mecanizado, como argüía Adorno con su política holista. En cuanto a este último, dado que su diagnóstico era que “la totalidad era falsa” un organismo mutilado atrapado en la jaula de hierro burocrático, que padecía la alienación desrealizadora, esta propedéutica de Popper no le significaba más que la práctica política del viejo lema maquiavélico: “divide y vencerás” y que a larga esta fragmentación acumulada impedía la emancipación de la colectividad, y por lo tanto, esclavizaba al individuo en un mundo sin corazón.

A varios niveles esta discusión evidencia la oposición utópica impracticable. Hoy en día ante el agotamiento de la planificación universalista y el avance de formas estratégicas de conseguir el orden civilizatorio en modelo de contextos caóticos, la recomendación de Adorno no deja de ser necesaria, pero es ciertamente problemática. El diseño formal que debe guiarnos hacia una diversidad emancipada, desangra y divide al espíritu de la sociedad alienada. Si lo queremos ver dicho espíritu cobra una funcionalidad represiva en el diseño jurídico-político del Estado de derecho burgués. Pero en vez de permitir la libre acumulación variada del organismo social este diseño contiene y reprime las expresivas mutaciones de la esfera cultural acantonándolas agresivamente en el molde pastoral de la libre iniciativa privada. Es decir, la espiritualidad de la vida moderna es frenada y desalojada del edificio político democrático y llevada hacia las fauces de la clandestinidad, y del desfogue desviado, donde todo lleva el estigma de lo ilegal.

Al extraviarse el motivo pedagógico de la política holista, se ingresa en un período político donde no se puede gobernar el exterior económico y físico de la vida en civilización y natural; sólo se pueden confeccionar provisionales momentos de orden y control social, siendo esto lo más realista y maduro. A la sociedad cuya complejidad había sido planificada a centímetro para asegurar la evacuación de la violencia y del accidente fáctico, es abandonada ante la indiferencia del sistema económico y la proliferación de las organizaciones técnicas. Es este quedar desguarnecido ante la ausencia de porvenir y de planificación, lo que se exagera como ideología de poder, ante la necesidad que las instituciones sociales protectoras, y en especial el sistema educativo no ponga trabas a la introyección de una mentalidad de consumidores. Y es esta estimulación de los impulsos en la sociedad del deseo ideológico, lo que entrega a la sociedad a una constante desocialización o atomización concreta, donde todo a pesar de estar articulado lleva la marca del extrañamiento y la soledad más feroz.

Este sentimiento de un mundo fragmentado donde cada quien vive sumergido en la indiferencia autoritaria de la muchedumbre, es la que se cuela en la forma de razonamiento de la sociología de manera inusitada. De un modo increíble y desacertado se celebra como síntoma de progreso, apertura y tolerancia la heterogeneización de los enfoques, de las preferencias y de los diagnósticos de la investigación social. Más allá de que esta proliferación de estudios fragmentarios reflejen una conciencia plural e interdisciplinaria que sólo busca superar el dogmatismo y economicismo de nuestra tradición intelectual clásica, es este desorden fomentado irresponsablemente lo que bloquea la discusión interinstitucional, desanima la conformación de una comunidad científica institucionalizada, y lo que a la larga estimula una lectura estereotipada, etnocéntrica de la sociedad.

No digo con esto que haya que esclavizar o regular totalitariamente el desarrollo de una investigación, pero muchas veces esta patología asistemática de sólo investigar por entretenimiento, es lo que desnuda la gran distancia ontológica y ética que demuestra el investigador social contemporáneo hacia la elaboración de estudios o miradas totales. En un escenario donde es urgente que la sociedad de intelectuales genere una autoconsciencia del desarrollo múltiple de nuestra especificidad sociocultural, se desperdician energías juveniles en sólo estudiar lo que mi responsabilidad laboral me pide o lo que mi conciencia narcisista me demanda. Frente a la fragmentación política de la realidad la unidad de la teoría, como único antídoto imaginario para pensar una sociedad libre de desencuentros culturales y de intereses insulares, cuya errónea celebración indiferente, delataría la refeudalización del análisis social, y a la vez su cada vez más audaz sometimiento a intereses coloniales. Se que es ciertamente esquizofrénico ponerse del lado de la ambiciosa visión de conjunto, pero lo pronóstico, si la inteligencia no produce en el futuro cercano una teoría de lo que somos y seremos ténganlo por seguro, habremos desaparecido en la inmensidad de las relaciones de mercado y en un tejido autoritario y violento cada vez más espantoso.

6. Existencialismo y privatización.

Un comportamiento que parece estar inundando sin ninguna resistencia aparente, so pena de recibir el calificativo de reprimido social, el entorno de la academia es ese torpe hábito de escribir por solazamiento o por conveniencia personal. Un rezago naturalizado de ese hispanismo declarado que algunos cosmetólogos del conocimiento propagandean como si fuera algo innovador y significativo es esa actitud de inocular frivolidad en las preferencias y en las maneras de razonar las temáticas que inundan la problemática social. No es sólo un cambio de valores generacionales o la estigmatización que ha arrastrado algunos temas clásicos de la sociología, por obra de la violencia política, lo que ha decidido el nuevo rumbo culturalista del análisis social, sino una más profunda razón estructural que tiene que ver con la pervivencia psicológica del viejo humanista dandy e irresponsable que sobrevive desde la colonia.

Haga lo que se haga en vez que el pensamiento sobre la sociedad haya conservado esa obstinación solidaria por pensar a la sociedad peruana, se ha permitido innoblemente que el ajuste estructural y el impacto esteticista del cambio cultural hayan hecho trizas toda la enorme validez ideológica que tuvieron temas esenciales e indagaciones rectoras de nuestra accidentada realidad periférica. No es una excesiva generosidad lo que veo en la proliferación temática de la sociología actual sino el hechizo etnocéntrico de una mentalidad fragmentaria y egocéntrica, instalada en el corazón mismo del análisis social, lo que se impone como nuevo paradigma hermenéutico; una banalización exagerada de la reflexión social que evidencia los humores y los estados de ánimos indigentes que atraviesan a los grupos sociales y que proyectan en los sedimentos intelectuales como si fueran iluminaciones revolucionarias de las ciencias sociales. Más que revelar el actual esteticismo o hedonismo intelectual un sagrado avance de enriquecimiento cultural, o un actitud política por estudiar parcelas olvidadas del conocimiento social, lo que se nota es una elegante superficialidad y crueldad conceptual, por justificar un comportamiento perturbado e inmoral, que no hace sino repetir los mismos vicios y traumas edípicos de la vida ordinaria.

Se quiere ver inconsistentemente en el discurso disidente un vestuario cool para ocasiones de sensibilización social, un pregón subversivo y libertario que se manipula cuando la misericordia sofisticada de las labores de asistencia social enmascaran una pose de rebeldía y jovialidad, que abandonan tan pronto reales acciones de insurgencia lingüística toman la vanguardia de la historia. No quiero parecer destructivo pero ese proyecto de una socialdemocracia de la moral, para imprimir tolerancia y civilidad a los enormes pantanos de la discriminación con un diálogo eurocéntrico, preñado de retórica confusa, a lo único que conduce es a perennizar audazmente las estructuras profundas de un esteticismo criollo que no ha hecho sino hacer sufrir a todas las identidades y generaciones de vencidos que han vivido en estas tierras, porque ha mantenido intactos valores aristocráticos que todas las clases desean secretamente. Esos valores estéticos, llenos de seducción aristocrática y que son presentados como ideas fuerzas de la liberación y emancipación sensorial ciertamente no pueden ser asumidos de forma democrática como persiguen los innumerables talleres de autoestima, porque hacerlo sería reproducir la hegemonía de un poder sensible al que nadie quiere renunciar, y que sin embargo, nuestra izquierda postmoderna cuestiona con fervor religioso. Creo hoy por hoy que no se trata de ser ambiguo, ecléctico, moderado o clínicamente relativista para soportar la gramática del cáncer criollo, sin caer en las garras de su patología, pero hay que reconocerlo, y eso sería un buen avance revolucionario, que esa privatización esteticista y narcisista en su dominio masificado nos hace sufrir a todos aun cuando las mentes más empoderadas se muestren astutamente etnometodológicas o escépticos creativos.

7. Operativización o pragmatismo.

Un último vicio que comparte la sociología como toda estructura profesional de la nación, es ese enervado predominio de una base meramente técnica. Con el mantenimiento de una cierta lógica económica impone la reproducción de un cierto sistema educativo superior, en la que a su vez se entrena la fuerza de trabajo más calificada bajo un criterio eminentemente técnico, se comprenderá que las líneas de acción laboral así como los aprendizajes cognoscitivos que hacen posible la destreza profesional quedan atrapados en la constitución de un manejo saturadamente administrativo. Es esta cultura de administradores y gerentes que termina contrayendo la evolución de una psicología organizativa más creativa y empresarial, la que se impone reticularmente como cultura de trabajo, que ciertamente no rompe con el imaginario criollo del funcionariado sino que lo reproduce audazmente. No deseo ser polisémico, pero los cambios culturales que ha sufrido la cotidianidad profesional no han roto con ese humanismo recalcitrante y tradicionalista que disminuye la eficacia y la productividad laboral, sino que ha reforzado ese parroquialismo implícito de las disposiciones culturales acerca de las obligaciones en todo sentido, creando sólo un lazo monetario como promotor de la inventiva y de la productividad laboral
Es este modelamiento mercantil de la psicología profesional para incentivar su eficiencia y producción, lo que desanima la consecución de una compenetración cooperativa entre los miembros individuales y los diversos sectores de toda institución, y lo que a larga ocasiona la lenta degradación moral de los buenos elementos burocráticos porque el funcionamiento del diseño abandona su perfeccionamiento personal y autorrealización cultural. Es decir, en condiciones periféricas de dominio de un régimen de acumulación elemental y extractivista las diversas organizaciones privadas y estatales que hacen posible su administración y mantenimiento, son las que perjudican la proliferación de mutaciones organizativas y profesionales en sintonía con la evolución positiva de la estructura productiva. Este paradójico retroceso de una actividad profesional que la opinión pública y la demanda profesional endiosan es lo que no permite la secularización exitosa de las religiosidades populares, y la razón política que legitima la introyección naturalizada de una cultura profesional francamente patriarcal y abusiva. Si bien en cierta medida se ha conseguido remover los cimientos de una cultura administrativa anticuada y obsoleta, sobre todo en el sector privado, sigue persistiendo una definición del funcionariado sectorial y poco interactivo al trabajo cooperativo, que es lo que no permite la continua modernización del sector público/privado y lo que facilita la degradación de su ética profesional permeable, por supuesto a la corrupción pública y a las mafias clientelares.

Este ethos pseudoadmistrativo se amplía ontológicamente en las organizaciones reticulares del tercer sector, como son las ONGs sin fines de lucro. Ahí donde el Estado providencia retrocede, o surgen nuevas necesidades sociales se desarrolla con autonomía una red insospechada de organizaciones que recapacitan en múltiples formas de empoderamiento social a los estratos y cultura populares diversas. El objetivo es compensar psicológicamente el efecto desolador que produce el relajamiento de la esfera laboral, al ser el sistema productivo incapaz de superar el crónico desempleo y la experiencia precaria de un mercado de trabajo profundamente flexibilizado. La seguridad cultural que producía el sector asalariado promovía un tipo de cultura de la responsabilidad, actitud moral que se iría erosionando a medida que al inseguridad laboral, los sistemas de consumo mediáticos, y la descomposición de los sistemas de valores consolidarían la formación de una ética del trabajo menguada y debilitada por la expansión de la sociedad del ocio. Ahí donde el lazo que unía a las metas de una empresa es meramente de sobrevivencia material, se produce una aceptación cínica a los fines políticos de toda entidad organizativa, es decir, se hace todo con feroz pragmatismo y eficacia porque el trabajo es trabajo, no importando lo que haga la organización con mi plusvalor técnico.

Actualmente esta cultura de la responsabilidad pragmática se escurre en el mismo núcleo de la ingeniería social, haciendo del análisis social un mero apéndice consultor de una estrategia de compensación social, francamente hipócrita y sesudamente asistencialista. El reentrenamiento técnico que ofrecen las entidades sociales sin fines de lucro llevaría a dotar al paciente desviado y abandonado por el sistema económico a aceptar resignadamente lo existente, y por lo tanto, a reincorporarlo a un mundo laboral sinceramente descompuesto y fragmentado.

Conclusiones.

A modo de síntesis la crisis de paradigmas que atraviesa a sociología no sería sólo causada por el avance de factores externos como la globalización o la crisis del historicismo, sino estrictamente por la manera errónea como se ha buscado su institucionalización. Ahí donde retrocede el discurso de una secularización modernizante y la sociedad viene a ser la amalgama curiosa de componentes yuxtapuestos y en desorden funcional, se asiste a un escenario donde el consejo planificador que antaño acompañaba al cambio desarrollista es desalojado por la hegemonía de una racionalidad estratégica ciega y fragmentaria. Ese drástico subordinamiento del análisis social a la promoción de un discurso administrativo en clara sintonía con las necesidades del régimen de acumulación es lo que vuelve inservible el diagnóstico reflexivo de la sociología, ya que sería el desenvolvimiento de un saber empirista y francamente gerencial lo que eclipsaría el desarrollo de lenguajes alternativos o en decidido antagonismo renovador con la arquitectura cognoscitiva que hoy publicita la sociología peruana, tanto en el ámbito académico como profesional. Es el contundente muro institucional y epistemológico que supone la actual organización espacial/temporal de la sociología la que la hace sucumbir ante el irresistible avance de la instrumentalización neoliberal, y lo que expulsa al pensamiento comprometido al desarrollo aislado de ideologismos descentrados y esquizofrénicos que en nada contribuyen al desarrollo de la sociología con respecto al porvenir de la sociedad.

Sólo, a modo de profilaxis, un nuevo discurso original que produzca una nueva revolución científica podrá desactivar los enmarañamientos positivistas que producen el reciclamiento de una ideología colonial ciertamente escolástica e empirista. Pero esto sólo se podrá hacer si este nuevo relato con fervor histórico y vitalista es ciertamente acompañado por la organicidad de un actor político, sino la teoría se perderá en el relativismo de la vulgaridad y en el cinismo actual de la conciencia profesional. Pero como dije en otros momentos nuestra técnica profesional desconectada y sin diálogo de saberes, adolece de una lectura reconstructiva desde los saberes populares y desde el redescubrimiento de las diversas sensibilidades sincréticas que ha desarrollado las diversas culturas. Resensorializar la cultura es expresarla de modo técnico desde los sistemas educativos y de investigación y poder aprovechar ese ingenio y sensibilidad para construir nueva institucionalidad y universo de organizaciones en orden con el territorio y las capacidades productivas. En donde la cultura se sienta incorporada, incrementada e inspirada a alimentarla de modo coherente y productivo. No estamos enamorados del país, por ello ni el dinero ni los ejercicios punitivos pueden detener la mermelada, la coima, y la psicología de la sobonería y del raje. Y hoy recuerden sociólogos, la sociología es por excelencia consejera y de arquitectura institucional, de sacerdotes y guardianes del saber acumulado. Cuando hacen política patinan. Las evidencias de hace poco me lo confirman.

Auf Widerssen

5 Comments more...

Ni frívolos ni aburridos.

by on Nov.14, 2011, under Sin categoría

.

Contrariamente a lo que idealmente debería estar sucediendo en la facultad de ciencias sociales; es decir, un encuentro de visiones del saber social en disputa, cuya dinámica conseguiría despertar conciencias políticas y académicas a cerca de los principales problemas sociales del país, lo que vemos es el despliegue de una lucha irracional y pragmática de facciones y de grupos de interés político. En vez que el botín de este conflicto irresoluble sea generar las condiciones institucionales más laudables para el resurgimiento de una producción teórica y aplicada, lo que se ve es un conato desesperado de broncas y líos coyunturales por el control burocrático de las drenadas arcas de la institución educativa, y lo que el renombre ideológico arroja a nivel de la promoción social y la gestión administrativa del conocimiento social.

La verdad es que cada vez que se abre un período de elecciones, y el sabotaje campea, se evidencia una conflagración ridícula por las migajas de un centro de estudios que ha perdido el brillo ideológico y cognoscitivo que obtuvo antaño. Y este comentario a pesar de no alcanzar a la sensibilidad creativa de varias generaciones que han visto y ven resignados sus esperanzas de reconocimiento intelectual y político a lo largo de las últimas cuatro décadas, no deja de ser acertado para personajes politiqueros que creen estúpidamente que la consagración reflexiva de las ideas elevadas tiene algo que ver con esparcir argucias y artimañas para imponer de forma autoritaria ideologías trasnochadas e intereses de poder que arruinan y salan toda empresa académica.

No sólo estas disputas nauseabundas por el corazón de una facultad que ya no respira ni vanguardia ni fecundidad política dejan evidencia lo podrido que se haya la psicología biográfica de operadores políticos y sacerdotes canibalescos, sino que además confirman la hipótesis que ahí donde la utopía envejece o simplemente ha fracasado en su intento de transformar el mundo esta arrastra a las conciencias intelectuales al lado de la corrupción y la delincuencia. Y no estoy hablando de un delito literal- ¡Dios los coja confesados!- pero si hablo de todo el perjuicio académico y político que han ocasionado la reproducción dictatorial de cuadros que a la larga han destruido las condiciones intelectuales donde debería asentarse una cultura de humanistas y de investigadores sociales.

Su terquedad política para aferrarse a cargos administrativos y a la noble tarea de pedagógica de formar conciencias, a las cuales envenenan y les transmiten toda su bestialidad social, sería comprensible si es que estos gendarmes de las ciencias sociales hubieran generado una verdadera revolución científica, pero lo que vemos es la reproducción de consignas e ideas escleróticas, prejuicios y complejos dogmáticos que no tienen ningún asidero en la realidad, y que a lo único que han conducido es a una crisis inexorable de las ciencias sociales; crisis teórico-metodológica que se expresa en su obstinación por no redefinir el marxismo de “manual” y así salvarlo de la pseudocrítica, o no refrescarse con idearios teóricos nuevos, a los cuales tildan de inmorales o simplemente postmodernos, sin siquiera leerlos o explorarlos. Al no haber cimientos epistemológicos serios y arraigados en el cambio social y cultural que se percibe en las últimas tres décadas, todos sus diagnósticos y tesis anacrónicas no son capaces de ofrecer una comprensión y explicación de las grandes transformaciones ontológicas de la estructura social, por lo cual se acelera la fragmentación de los idearios y de toda gestión operativa que vive en la improvisación de la ceguera técnica.

Si bien la realidad por escuelas es radicalmente diferente, todas en común padecen de tres problemas importantes:

1. Al no deshacerse de edificios conceptuales zoombies que intentan subordinar la realidad cambiante a constructos teóricos harto obsoletos y petrificados, lo que se establece es una regresión cognoscitiva, un aprisionamiento intolerante que tiene el propósito de perennizar un activismo político violentista y manipulatorio que no desea el real cambio social, pues su idea escolástica de revolución esta por encima de la producción de enfoques creativos.
2. Al carecer de filosofía, pues el prejuicio cientificista la considera un trabalenguas especulativo con el cual hay que romper para alcanzar la tan anhelada objetividad sistémica, se cae en una ceguera metódica que convierte la verdad en un resultado lógico-aristotélico, cuando lo que se requiere es una desarrollada intuición categorial o instinto reflexivo, una empatia sensorial con lo que se analiza, y no ese distanciamiento cartesiano que anula la racionalidad y pervierte el pensamiento.
3. Al no haber teoría acorde con la realidad nos acercamos a una pastoral tecnocrática unilateral e improvisada, que fuerza el tejido sociocultural a una prueba arbitraria de indicadores preestablecidos, cuyas conclusiones son del todo ajenas a una complejidad organizada de identidades y estructuras en red. El descripcionismo afecta severamente la realidad, e impone un autoritarismo conceptual que disecciona torpemente la realidad de los entramados culturales.

En líneas generales, lo que se intenta demostrar es que el control político de la facultad, por eternizar la hegemonía de grupos políticos que intentan a su modo de reproducir sus ideologías de activistas y pragmáticos de izquierda, lo que ha provocado es el devaluamiento ontológico de las producciones científicas y sociales, ahí donde el momento histórico urge de visiones constructivas y holísticas, que se han abandonado por sembrar el odio y el arribismo político. Al creer con torpeza que un buen intelectual es el resultado de haber sido un buen mercenario político o un asaltante o buen estafador de las ideas, lo que se causa es la desvinculación dramática de todos los buenos talentos y nobles pensadores que se ven empujados a sobrevivir en la redes del asistencialismo tecnocrático y de las mafias populistas del tercer sector.

Es esta triple separación entre una teoría de cadáveres, una metodología y tecnocracia que ha hecho de la pobreza y la desigualdad un negocio de supermercado, y una política llena de inmorales y arribistas, lo que infecta el porvenir de las ciencias sociales. En la medida que esta enfermedad del conocimiento de izquierda (llámese resentimiento o abandono existencial de la promesa revolucionaria) y me atrevería a decir de sus alternativas hedonistas, se apodera institucionalmente de nuestras cátedras y organizaciones sociales de base se llega a comprender la enorme pobreza cultural que atraviesan la canteras del pensamiento negativo; situación de miseria fáctica que no ha permitido la renovación de cuadros políticos e intelectuales, y que facilita la reproducción de una idea totalitaria que es sólo repertorio proselitista de sobones, rajones y de toda una fauna criolla de enclasamientos incapaces de una auto examen crítico.

Pero esta escoria ideológica que examino no es sólo consecuencia de una sarta de pendejos aprovechadores que han sido expectorados de la vida, y que por lo tanto, en su afán de revancha se sienten estúpidamente una propuesta de cambio alternativo, nada más insensato e irresponsable. Es también el producto condescendiente de una arquitectura neoliberal a la cual le conviene ver como se desangra la universidad pública, pues así halla, astutamente, los enemigos emocionales apropiados para justificar la represión y su admitida construcción aristocrática y estilística. No quiero ver este atolladero netamente político de la facultad y de las ciencias sociales como responsabilidad inherente a la necedad política de unos cuantos mandarines y bohemios de la teoría – ¿¡si la hay!?- ; en gran parte todos los que hemos vivido tangencialmente este problema y no lo hemos enfrentado por simple conveniencia económica y profesional, somos también parte del mismo cáncer social, por nuestro apoliticismo privatista. Sin embargo, soy de la idea que un verdadero esfuerzo arqueológico de los orígenes culturales de esta brutal violencia simbólico-dogmática arrojaría algo de luz a un dilema enraizado en la manera como la izquierda ha enfrentado su acercamiento a las sociedades populares, de cómo fue consentida inicialmente como los sacerdotes del cambio social, y hoy en día como rezagos de épocas oscuras y desquiciadas donde la pérdida de centralidad política fue castigada con genocidio y asesinato ideológico y físico.

No quiero entrar en detalle acerca de los traumas del carácter social, pero en gran parte el rencor y la desidia ideológica que arrastra a nuestras vanguardias es un producto de la forma asimétrica e injusta como ha sido construida nuestra formación social. No sólo la agresión y la intransigencia son rasgos de una mentalidad relegada y subalternizada, incapaz de deshacerse de la falsa seguridad y certidumbre de los dogmas ahistóricos, sino que además esta forma de protesta y reivindicación es el canal empleado usualmente por los excluidos doctrinarios para imponer sus visiones sin negociación, aduciendo principios fundamentalistas o fórmulas erráticas impracticables en la realidad polifacética. A la larga, si bien me he ido por las ramas, lo que quería es describir el carácter cultural de nuestras energías políticas, inhabilitadas históricamente para llevar a la concreción vital toda la promesa de la emancipación social, pues se piensa torpemente que el abandono de posiciones principistas traicionaría utopías idealistas oleadas y sacramentadas. No se trata de ser un aguafiestas, pero en tanto no se alteren estos pragmatismos políticos en todos los niveles de la educación superior, y más en todo el tejido organizativo de los sindicatos, movimientos y instituciones barriales, se seguirá permitiendo el daño a las bases morales de la investigación social y de la creatividad política, condicionando el despliegue de la corrupción y del delito social como si fuera algo natural y normativo, sostenido en manuales venerables donde se aprende el abecedario de la toma de poder.

Hay que acabar con la mentalidad criolla en el seno de nuestra comunidad universitaria. Esta cultura criolla no sólo es propia de visiones hegemónicas de la oligarquía urbana que expanden la sabiduría escéptica y la viveza mercantilista a todos los rincones de la sociedad; está también instalada vivamente en el núcleo ideológico de las fuerzas de izquierda al sentirse víctimas dolientes del excluyente patrón de acumulación, y por lo tanto, los únicos equipados con la reserva ética para cambiar la sociedad inundada de aberración e instrumentalización, de la cual no se sienten influenciados. Mientras no predomine la exigencia de hacer concretos y factibles las ideas de una economía democrática-participativa, y a la vez que no renuncie a la acumulación capitalista, mientras la confusión de los epígonos del marxismo siga bloqueando la expresión inmanente, descolonizada y plural de nuestras identidades sociales, no se podrá entender que la utopía marxista y revolucionaria, tal como se ha sembrado en el país equivocadamente durante décadas de doctrinarismo y politiquería, es sólo un idealismo incompatible con nuestras raíces histórico-culturales, un contrasentido objetivo que nos hundiría aún más en la metástasis social y la violencia. Se hace necesario imponer dialogadamente y desplegar una visión de país, por encima de esquemas románticos impracticables – que a veces han sido vendidos como la panacea del desarrollo-. Ser de izquierda, en este sentido, es relativizar las creencias e idolatrías del marxismo y rendirse ante la imaginación de construir una sociedad plural, real y nacional, capaz de enfrentar la globalización con realismo y la vez con pasión solidaria.

Bajo un forma crítica, en un contexto social en que la izquierda ha llegado al poder, es necesario no sólo hacer una observación al radicalismo ciego de la izquierda, sino también, como es preciso, al narcisismo intelectual que se ha apoderado de las condiciones reflexivas de nuestro pensar, y que ha herido la dignidad de todos aquellos actores sociales que no pueden ser redimidos en los intersticios de la bohemia y del estilismo, a medida que avanza la elitización de los sentidos. Más allá de que esta sea una época donde el fenómeno estético se apodera de todas las interacciones sociales al precio de enmascarar y hacer más llevadera la hostilidad del mundo capitalista, no deja de ser verosímil que subsisten raíces coloniales en torno a las reclasificaciones estéticas y raciales del contexto actual; monopolios del poder sensorial que edifican espacios, cuerpos, sentidos y territorios culturales liberados de la presencia “grotesca” y dizque vulgarizada de las multitudes a las que perciben como el cuadro patético del cual hay necesidad de rescatar una individualidad aristocrática y auténtica.

En vez que esta dominación de las apariencias cosméticas sea denunciada por nuestra sensibilidad intelectual es equivocadamente celebrada como un mosaico insospechado de prácticas y rituales, sabidurías populares y multivoces que son sólo descritas, sin que de estos recorridos superficiales se desprenda una crítica reconstructiva de los complejos y atolladeros micro-culturales de la cotidianidad criolla, la cual permanece intacta en este empirismo ahistórico e irresponsable. Si bien es comprensible y hasta saludable la evolución intelectual última de nuestros pensadores hermenéuticos y eclécticos en su afán de ofrecer una lectura cualitativa e interdisciplinaria de la realidad, de ahí al compromiso de intervenir en la realidad para reeducarla o reconstruirla existe un gran abismo político; abismo entre el pensamiento y la realidad cosificada que acrecienta la irresponsabilidad del dandy criollo, que sólo escribe para divertir y alcanzar reconocimiento, o para presentarse más cautivador ante una juventud, ahí donde la vida jovial ha sido desperdiciada en el activismo político de antaño. Más allá de que el intelectual deba demostrar una conducta intachable en relación a lo que postula o defiende con ardor pensante, creo yo que el ser reflexivo tiene derecho a vivir y tropezarse en la relaciones humanas, después de todo es un ser humano, pero de ahí a utilizar el saber social para politizar su biografía y obtener algunos favores en la guerra de los sentidos con suma astucia, rebela su poca disconformidad con los submundos sensoriales de la cultura criolla a la cual dice enfrentar.

Si el vacío existencial del intelectual es domesticado con la politización radical o con este esteticismo seductor, que sólo vomita elitismo y discriminación étnico-racial, entonces el conocimiento social estará colonizado por un imaginario anómico que el mismo pensamiento declara querer reconstruir. En verdad hay que asumir la tesis de que un real cambio ontológico de la sociedad se producirá ahí donde se modifique axiológicamente los valores de la trasgresión criolla, que es paradójicamente, el fundamento cultural que hace posible un sistema político clientelar y autoritario, y una formación socioeconómica improvisada y elemental. Mientras cada aporte de la ciencia social sólo sirva en el mejor de los casos para edificar una formalidad administrativa, en la cual se deposita las esperanzas del recambio generacional, no querrá ver que los graves desencuentros culturales que padece la sociedad peruana se deben a la manutención hipócrita de un imaginario degradado y violento, que todos decimos querer disolver, pero que contradictoriamente conservamos con placer.

No es la crisis del capitalismo eurocéntrico, ni una atmósfera de transición hacia un nuevo estadio histórico más complejo e indescifrable, ni siquiera los complots del neoliberalismo en su afán de erosionar la investigación en la universidad pública, los que han decidido la crisis de las ciencias sociales en el Perú; es sin lugar a dudas la incapacidad para pensar el Perú sin ataduras doctrinarias de ayer y de hoy, y sin atavismos irracionales y dizque vitalistas, lo que ha provocado el trastorno moral de las bases sociopsicológicas del pensamiento crítico, el cual se ha convertido innoblemente en discurso de activistas manipuladores, o en “piñata” de la frivolidad de algunos presocráticos esclarecidos que han hecho del razonamiento social una diversión egocéntrica.

Digámoslo con todas su letras. No hagamos de Pilatos a la hora de dar un diagnóstico de este enfermo doliente que es el pensar social en el susodicho foco de las ideas sanmarquino. Si bien hay expectativas de que este politeísmo de los enfoques teóricos y visiones metodológicas de los últimos años retorne al pensar a una tradición netamente peruanista y madure en una lectura descolonizada y multidisciplinaria de la realidad peruana, es necesario superar esta visión fragmentaria, empirista y ahistórica de la producción social, (que es fiel reflejo de nuestros desencuentros culturales), y avanzar hacia una posición de síntesis histórico- cultural expresada en teorías, paradigmas científicos y divulgación de las ideas sociales.

De hacer todo lo contrario, y rendirse olímpicamente ante la oferta turística de referencias teóricas y sofisterías conceptuales no daremos señales morales de haber roto con la cultura autoritaria reticular y heterónoma que infecta nuestro tejido social. Frente a la heterodoxia de la realidad la unidad de de la teoría. Sólo de este modo el hiperrealismo de los prejuicios y prenociones totalitarias que infectan ideológicamente la vida cotidiana, no hará mella en la objetividad lógica de lo que noblemente puede renovarlo y enriquecerlo. Y me refiero a un sistema de representaciones contingente y en construcción continua que atrape la rica heterogeneidad del cuerpo social, y no sea condicionado absurdamente por el juego de apariencias de una vida que grita existencialismo y miseria. Salvemos a la vida de sí misma, y esto se empieza con la imaginación racional.

Basta ya de que los intelectuales sean un saber sometido de ermitaños aislados o vedettes extravagantes. Es quizás hora de demostrar ante la sociedad que podemos ser una comunidad científica que produzca ideas originales con aplicación práctica, que se interese por los temas estructurales -tontamente olvidados- y las preocupaciones cotidianas y que socialice el saber abstracto y lo vuelva instintivo, que rompa con el distanciamiento serio y dogmático con el pueblo y los otros discursos sociales. Producir teoría y socializarla es reeducar estéticamente y racionalmente a los desamparados y a los cínicos, atrapados en una realidad rutinaria y empobrecida, y de esta manera enriquecer culturalmente, emancipar y comunicarnos entre nosotros mismos, así de este modo hallar una ubicación para nuestra escribalidad militante y a veces esquizofrénica. Solo este nuevo pensamiento será el resultado de la lucha de las bases juveniles, rompiendo las cadenas de la marginación generacional y política, sepultando todas las ideas momificadas y recicladas que durante cincuenta años nos han enfrentado entre hermanos. ¡OTRA REFORMA DE CÓRDOVA!

3 Comments : more...

Sociedades e indigenismo

by on Nov.14, 2011, under Sin categoría

Muy simbólica. NO violencia. MANA más que el LOGOS

Muy simbólica. NO violencia. MANA más que el LOGOS

Ronald Jesús Torres Bringas
ronsubalterno@gmail.com

El trauma histórico. Oralidad y escribalidad.

En cierta medida considerable el divorcio entre la realidad desbordada que predomina en la cultura peruana, y su siempre trunca inscripción complicada en la vida moderna, a través del ejercicio escribal o educativo, supone un trauma histórico de profundas consecuencias. Sobre la base de esta dualidad atormentable se ha levantado un proyecto de dominación escritural, que hunde sus raíces en la palabra sagrada de las tradiciones clericales, y que desemboca en la elitización técnica del conocimiento humanístico y profesional de las grandes urbes. Este programa de aculturación despiadada ha buscado barrer del tiempo histórico a toda la rica e insospechada heterogeneidad que heredó la colonia con el objetivo de imponer una cultura jerárquica y claramente conservadora que ha permitido la reproducción eterna de cuantas elites esclarecidas y estilísticas hubieron en estos espacios desolados, donde hasta el viento calla.

Si bien el problema del país para estos genios de la homogeneización residía en la desadaptación republicana que expresaban las múltiples identidades étnico-culturales del país. Lo cual los empujo por misericordia escolástica a acriollarlos primero con la evangelización y luego con la torpe instrucción violentista de la pedagogía oligarca, la verdad es que todos los intentos interpretativos y educativos de introducir reflexividad eurocéntrica en el mundo heterogéneo y regionalista del país han chocado con la matriz ritualizada y alegórica de la cultura andina, y de sus creativas reinvenciones en medio urbanos. No es como se dice un problema netamente biológico o genético lo que descalifica a las culturas amerindias a adoptar con éxito patrones racionalistas y matemáticos, fundamentales para construir abstracciones y principios científicos acordes con las sociedades demoliberales, sino el arraigamiento de estructuras culturales soterradas y sincréticas lo que decide el no acondicionamiento de los registros sacrificiales a medios hostiles que los desfiguran y los incorporan agresivamente al caótico mundo globalizado.

Tampoco es la degeneración de la cultura amerindia a lo largo del recorrido histórico de los proyectos de biopoder, lo que dificulta la no asimilación integral de las instituciones escribales, sino un más fino dispositivo de desprecio cultural, introducido en la vida cotidiana y en el sistema educativo de la variedad territorial, para cooptar los supuestos progresos racionales y emocionales de los laboratorios de la educación intercultural. Todo lo ajeno y hostil que se pueda asimilar en la soledad metódica y matematizable del mandato generacional educativo es bloqueado por la pervivencia escurridiza y desterritorializada de una cultura criolla, que infecta la formación educativa y profesionalizada de los adiestramientos cognoscitivos, cohibiendo de plano el desarrollo de talentos y sumergiendo en la mediocridad diaria todos los buenos elementos que se han expectorado de la realización profesional por razones de discriminación racial o étnico-cultural.

Es el divorcio vertical con un mundo escribal que impone una red de aparatos y organizaciones complejas que son veneradas y deseadas aún cuando se las trasgreda de modo clandestino e informal y se diga todo lo contrario, lo que predomina en el escenario de las instituciones enmohecidas y de espacios urbanos étnico-culturales distorsionados. Lo que quiere decir, que se rinde culto hipócritamente a una estructura convencional que no llega a cuajar como cultura real, pero que es ambicionada como ideología de poder y de arribismo social. Y esta veneración piadosa y a la vez instrumental hacia la actitud psicológica de las culturas oficiales sólo puede ser explicada por el canal o camino central que suponen para lograr la tan ambicionada movilidad social, y la comunicación exitosa con los agentes capitalistas del mundo global.

La mecánica de la dominación interna reproduce un imaginario de saberes sociales, unos hegemónicos, otros residuales, que se articulan a un crisol creativo de las culturas legítimas y de lo socialmente aceptado, sobre lo que se levanta epidérmicamente el registro escribal que no logra penetrar en la constitución biosocial de las identidades variadas. Como su propósito es recubrir superficialmente el contenido cultural de las diversas identidades, y no moldearlas desde sí mismas realmente, pues ello es rechazado por el carácter arbitrariamente oral de la cultura peruana, lo que se observa es un paisaje donde: (1) se aprende artesanalmente un ideario pragmático del contexto social que facilita la recreación mestiza e híbrida de las culturas locales; y (2) no se consigue una reeducación estratégica de los actores cotidianos quienes no son impactados sino egocéntricamente por los contenidos esquemáticos y ahistóricos del sistema educativo. Osea las personas fingen modales y convenciones que rechazan y deploran.

Esta violenta desconexión entre nuestra sustancial oralidad telúrica, y un tejido escribal que sólo es un adorno defectuoso por donde sólo segmentos ilustrados piensan y repiensan una vida que se hunde en la completa inmanencia sensorial, es la prueba de una historia cultural donde la separación de ambos principios de la realidad se trasluce en un proyecto de colonización cultural que ha permitido la reproducción inmutable de los proyectos de dominación históricos de nuestra formación social, a expensas de la realización y expresión emancipada de nuestra rica pluralidad étnico-cultural.

Tal vez el episodio que demarca simbólicamente este trauma ontológico hacia la escribalidad monocultural sea el evento del encuentro entre el padre Valverde, socio de la conquista, y el inca Atahualpa en las inmediaciones de la Cajamarca incásica. En este evento se describe, como afirma Antonio Cornejo Polar , el desencuentro traumático con la letra sagrada al entregarse un breviario religioso al inca por parte de Valverde para que reconozca la autoridad omnipotente del Dios occidental, quien al examinarlo con desdén y llevárselo al oído, luego lo arroja en signo de disconformidad con el reclamo teológico y convenido del religioso. Lo que sigue es conocido por la historia, pero la masacre que se inició contra la comitiva incásica, se debió calculadamente ante el menosprecio natural del libro sagrado, símbolo de la escribalidad escolástica y unilateral, por parte del Inca que ante lo desconocido y que no comunica oralmente nada reacciona naturalmente desde su alegórica racionalidad andina. El Inca no escucha que la biblia le hable, no esta viva para el.

Más allá de los prejuicios que se ha tejido alrededor de esta historia del encuentro fallido entre ambos mundos culturales, no deja de ser curioso denotar como el breviario religioso representa un signo de poder colonizador y evangélico, sobre el cual se levantaría la empresa saqueadora y genocida de la Colonia, que nunca buscó integrar realmente a la dignidad heterogénea, sino que le confirió un ropaje heterónomo infrahumano, que daría vida al histórico racismo que padece nuestra estructura social.

Aún cuando la plasticidad cultural de las identidades amerindias desarrollarían una creativa resistencia en adaptación, como diría Glave , durante todo el tiempo extractivo de excedentes de la Colonia dejando más o menos intacta las tradiciones étnicas del mundo andino, es el proyecto evangelizador y extirpador de idolatrías, y su matices de instrucción escolástica lo que impactaría negativamente en el mundo andino, buscando colonizar la estructura psicológica panteísta del indio, que ante el desprecio racial y cultural que recibió de los evangelizadores y castas virreynales se adaptaría audazmente al calidoscopio cultural de la colonia, a través del florecimiento productivo y comercial de las actividades de su economía colectivista.

Es la consiguiente tributación individual, y la presencia de una población informalizada de forasteros y economías subterráneas, lo que iría sofisticando la estructura de dominación virreynal, homogeneizando a la República de indios e ingresando en el control y organización de las poblaciones trabajadoras y de sus actividades productivas a través del surgimiento de la hacienda colonial y el sometimiento de los circuitos regionales a la actividad minera. En la búsqueda más ostentosa de los excedentes sociales de las economías amerindias se iría gestando más disciplinariamente a las culturas indígenas, tratando de romper la informalidad de sus economías, y por lo tanto, reestructurando la naturaleza social del mundo andino.

Los cambios sociales en la estructura social colonial a través de la apropiación cultural de la legalidad colonial en la persecución de ser admitidos y reconocidos sus linajes incásicos y regionales, su control curacal sobre las multitudes indígenas, irían socavando las convivencias y canales de comunicación del calidoscopio colonial, generando una resistencia sospechosa hacia el creciente poder de administración de las capas indígenas. Es a raíz del creciente maltrato y explotación de las economías colectivistas y de los mercados regionales y locales, que se gestaría una mentalidad indigenista separatista en el centro de la nobleza curacal, en vista del reforzamiento de la esclavitud feudal y del desprecio cultural de sus tradiciones y expectativas de movilidad social. Este descontento hacia un Virreynato controlado por una aristocracia parasitaria y antiburguesa, que arruinaría con el proteccionismo ortodoxo de los monopolios comerciales el despliegue interactivo de las culturas indígenas lo que desataría el camino de las rebeliones indígenas como una forma utópica de restaurar el control arcaico y soberano del Incanato.

Y si bien el mestizaje cultural era desgarrador pero astutamente comunicativo entre las castas, este esquema de desconfianza hacia las identidades amerindias luego de la derrota de Túpac Amaru II ingresaría en las mentalidades del nacionalismo criollo, como argumenta Cecilia Méndez , construyendo el proyecto republicano en creciente exclusión y oposición hacia los rezagos masificados y supuestamente barbáricos de las culturas amerindias. La refeudalización de la sociedad peruana a manos de la elite criolla, con el recrudecimiento del oscurantismo racial y cultural de la aristocracia, infectaron hasta la actualidad instituciones claves de la modernización criolla, como el sector de la educación pública en particular.

Es imposible, lo sostengo con todas sus letras, hacer reposar la revolución de las mentalidades y de los conocimientos sociales que se traza como meta el sector educativo si es que:

(1) se confía en que el modelamiento exitoso del educando consiste en barrer violentamente las tradiciones interculturales, con el cedazo formalizado de la letra y destrezas generales, cuando lo que se debería provocar es una síntesis creativa que potencie la cultura real y la reforme.

(2) Si es que se sigue entregando el resultado educativo a un multivariado arsenal de tecnicismos y pedagogías sofisticadas en forma desordenada y caótica que no toman en cuenta la historicidad emocional y heterogénea de la cultura real del niño, que sólo recibe violencia apátrida de la educación para ser incorporado tempranamente como individuo consumidor. Se sugiere que la educación debería ser mas heterodoxa, lo suficientemente programática para que no ocasione aún más la feudalización fragmentaria de nuestra ya accidentado multiculturalismo.

(3) Si es que se sigue encargando la revolución de las mentalidades infantiles y juveniles a un ejército de formadores y educadores que reproducen con sus hábitos acomplejados e incapacidad cultural todos los eternos vicios centralistas del criollismo. Una historia cultural de la instrucción que conserva secretamente, a través del apañamiento politiquero, la naturaleza colonial y la poca voluntad para estimular conocimientos personales, ahí donde reina intacto el caos desmadrado de la cultura criolla.

Y (4) si es que no se entiende que el proyecto educativo es causado por la voluntad política para reformar el sistema social con todos sus actores e instituciones, y de este modo no se pierdan en el recuerdo las destrezas y saberes diversos que enseña la escuela pública. Hay que acabar con el acriollamiento del sistema educativo para lograr una sintonía perfecta entre los saberes ritualizados e intuitivos de nuestro gran crisol cultural, que se impregnan a lo largo de nuestra experiencia vital, y el filtro educativo que no debe renunciar a la escribalidad sino conectándola interculturalmente con los míticas tradiciones de la cultura popular. Hay un ttipo de educación que no pasa por el lenguaje y que se filtra por el el lenguaje por la piel y los sentidos, y que es desde tempranas edades muy presente en el niño/a…. Nadie ha hecho salvo algún piscólogo estudios serios de las bases psicológicas del lenguaje corporal peruano, que es desde mis supuestos profundamente conservador y violento.

Indigenismo y proyecto nacional.

La consiguiente liquidación de las elites curacales y el concentramiento de grandes latifundios, producto del intento republicano de liberalizar la propiedad agraria, tuvieron el efecto desmesurado de rearcaizar la estructura social del mundo andino. El proyecto pseudoliberal de fundar la nación sobre bases presuntamente igualitarias y de cancelamiento de una estructura jurídico-cultural claramente estamental y anticuada, reprodujo lo que pomposamente quería eliminar.

Es el siglo XIX en base al retroceso político de las sociedades indígenas, al haberse descabezado a los Andes de dirigentes indígenas, el que recoge testimonios cínicos de una esclavitud escolástica y feudalizada que soportarían las multitudes rurales, agazapados en el engarrotamiento psicológico y en la desmoralización histórica y civilizatoria. Toda la flexible arquitectura de mestizajes y transculturizaciones creativas que había permitido convenidamente la colonia se evaporaron al ingresar la experiencia cotidiana del indígena en una estructura de castas infravalorada y discriminatoria, que supuso un atraso socioeconómico para los circuitos regionales, y las economías protoburguesas que se habían expandido por los Andes. Es lógico suponer que esta homogeneización indianista de la cultura subalterna, consiguió la supervivencia total de las tradiciones y costumbres vernaculares de la cultura andina, en un sincretismo telúrico y popular que reprodujo a través de décadas de olvido y marginalidad que sufrirían extensas zonas rurales y campesinas del país

La virtual irrelevancia que sopesaba sobre las expresiones mágico-religiosas del mítico mundo andino, por parte de los enclaves criollos, permitió la recuperación demográfica y cultural de la vida rural, lo que facilitó el éxito rentista y agrario de las economías de hacienda y comunidades campesinas, que recreaban sólo un sector de subsistencia y de autoconsumo desconectado del sector agro-exportador más dinámico de la costa. Al existir formaciones y mercados regionales desarticulados del vibrante desarrollo industrial sólido de los centros capitalistas avanzados, y una elite dirigente que permitía tal desintegración territorial, económica y cultural, fue difícil para la promesa liberal constituir un Estado republicano, todo cuanto más no existía las disposiciones cívico-culturales, ni la estructura burocrático territorial necesarias para imprimir tales construcciones sistémicas.

Como se intentaba en teoría y de forma idílica fundar un etéreo Estado criollo sin el resto de los estamentos campesinos e identidades rurales, no se quiso percibir con sensatez que era necesario construir un organismo social geográfico y cohesionado culturalmente para lograr tal sueño de un orden Estatal republicano. En vez de darse cuenta que su etnocentrismo de corte occidental era el eje de poder que impedía la desactivación de todo rezago colonial de poder, se continuo regresivamente con una arquitectura sociocultural barroca y esclerótica que echaba la culpa del atraso y de la anarquía política al carácter atrofiado y degenerado de las masas indígenas, incapaces por lo tanto de abrazar los ideales ilustrados de la República.

Si vemos el dato histórico concreto, fue el episodio pírrico de la Confederación peruano-bolivariana la que magnificó el racismo eurocéntrico y los profundos desencuentros culturales que subsistían en nuestra identidad territorial; rasgos objetivos que impedían un adecuado progreso de la idea cívica de ciudadanía debido sobre todo a que la idea separatista y mezquina de apartar al indio se traslucía en la censura a todo proyecto real de integración política. Al censurar el nacionalismo criollo, del que habla Cecilia Méndez, – toda idea subalterna y democrática de país se impedía que el confort rentista e improductivo que los negocios comerciales y economías exportadoras de la costa fueran fastidiadas por un proyecto a largo plazo inclusivo y realmente de corte igualitarista. Más allá de que el rediseño que propusieron los partidarios de Santa Cruz, liberales y regiones de la sierra, representaba la ambición de dar solidez geopolítica a viejos circuitos internos productivos y comerciales que hubieran desencadenado una mayor integración democrática, la verdadera razón de este abrupto aborto político era el odio acérrimo a las cultura amerindias que eran etiquetadas como el síntoma exclusivo del atraso social.

Este peso de la herencia colonial primero en los conservadores escolásticos de una economía rudimentaria y proteccionista, y luego a la evolución de una casta aristocrática con tintes liberales y de mayor apertura al mercado internacional, sería el motivo irracional que no permitió una mayor integración nacional. En los islotes de la modernidad económica y del glamour criollo subsistió arraigado una idea totalitaria de purismo y de lástima religiosa hacia los grandes océanos arcaicos de la tradición y de la religiosidad andina, un exotismo olvidado que era ninguneado y despreciado por las políticas de Estado hispanistas, que con el tiempo administraron en el papel un abanico de territorios y feudos señoriales entregados al rentismo de los hacendados y de la gramática gamonal. Se generó un sistema de dominación económico y cultural que garantizó la reproducción de una estructura productiva sinceramente elemental y dualista; una ética festiva y de la subsistencia que aseguró una cultura económica de enclave y primario-exportadora que no resultaba sino periférica y sin importancia para los centros industriales. Esta sistemática del poder reticular se iría erosionando por la aparición de nuevos actores y sobre todo por el accidente infausto de la guerra con Chile.

No obstante, haberse registrado una recuperación espectacular de la economía nacional a consecuencia de la tímida complejización burguesa de la estructura agrícola costeña y de la presencia de un rol dirigencial más activo y estatocéntrico de la oligarquía criolla, es el golpe estructural que supuso la contienda bélica la que iniciaría una visión más nacional-popular de los graves dilemas del edificio social. Es la voz altisonante y solitaria de Gonzáles Prada desde los escombros de la desmoralizada nación la que detectó que el problema del país era la pervivencia de una injusta estructura de poder que mantenía las energías sociales de los auténticos peruanos en el anonimato de la exclusión y el sometimiento señorial.

Si bien su crítica era de cierta manera radical y moralista para su tiempo, es ese protonacionalismo reflexivo de sus convicciones ideológicas la que iría alimentando a veces con escepticismo a veces con utopía el redescubrimiento cultural del indigenismo intelectual y político a inicios del s XX. La aparición política de una conciencia ideológica que se preocupaba por el estado social de las clases campesinas, atrapadas en el enmarañamiento feudal –si bien con tintes de asistencialismo teológico – propició el surgimiento de una clase entrenada para liquidar los entramados feudales que obstaculizaban el progreso social. A pesar que la comprensión literaria y ensayística del pensamiento mimético peruano desfiguró e idealizó la subjetividad andina de acuerdo a utilizar este discurso para dar validez al proyecto socialista de la izquierda, si existió un esfuerzo por sintetizar las tradiciones culturales de los Andes con proyectos de modernización providencialista y populista, lo cual implicaba comprender objetivamente la racionalidad de los espacios interculturales donde ingresó la secularidad.

Otra razón imprevista del surgimiento del indigenismo como conciencia regionalista y de movimientos campesino posteriores, es la introyección violenta del mandato generacional educativo. Como es bien sabido el porvenir de la sociedad peruana, su evolución económica y civilizada, implicaban articular las fuerzas productivas andinas a los islotes de la modernidad del centralismo aristocrático con el propósito de no sólo usar las capacidades productivas de los espacios rurales, sino poseer un control cada vez más soberano y burocrático de los recursos naturales para licitarlos al extractivismo de las compañías extranjeras. Este control administrativo que luego se le escaparía de la mano a la república aristocrática obligó a reformar la cada vez más extensiva inmadurez cognoscitiva del sistema de educación pública, justamente para introducir una secularidad necesaria que legitimara el aparto de poder, y de este modo integrar paulatinamente a crecientes zonas grises del sistema social al modelo de desarrollo agro-exportador y minero. La expansión formal de la educación preparó como resultado inesperado una cultura de empoderamiento de los regionalismos y localismos, y protagonismos colectivistas que revelaron la condición de su explotación y sometimiento étnico-cultural a medida que esta mentalidad moderna cobraba la suficiente organicidad política para desactivar el sistema de propiedad feudal, y reapropiarse así de los modos de producción largamente postergados del patrón excluyente de crecimiento. A través del mandato generacional del progreso educativo, los grupos sociales andinos abrazaron incipientemente actitudes individuales, que irían erosionando la vida telúrica y tradicional de las subjetividades andinas.

En este caso es preciso mencionar a la obra de José María Arguedas. Él en su intento monumental de retratar fielmente y sin ideologismos la realidad andina, subordinó el ejercicio de la ficción narrativa a no sólo denunciar los sufrimientos e injusticias de la sociedad rural, sino a conservar en un registro escritural el carácter telúrico y mitológico de la identidad andina. Su propósito era fusionar la lógica oral y mágico-religiosa con las modernizaciones alternativas del desarrollismo dejando intacto al sujeto andino, como logos cotidiano de una constituida identidad nacional. Como gran parte de su visión estaba dirigida por su propia experiencia vital de amor y solidaridad con la patria andina, esa emoción subalterna lo llevó a no ver que el mestizaje que él postulaba cobraba signos distintos a los que deseaba para la diversidad andina. Esa modernidad mestiza y pluricultural que erosionaría las visiones monoculturales de la cultura criolla, y expresara sin prejuicios y con amor comunitario nuestra rica diversidad, no se dio como él pensaba . Es ese dramatismo panteísta por hacer hablar en sus novelas al mismo sujeto olvidado y postergado por nuestro insospechado eurocentrismo lo que lo levo a describir una experiencia límite y doliente en sus personajes desde “los Ríos Profundos” hasta las novelas totales “Todas las Sangres” y el “Zorro de Arriba y el Zorro de Abajo” ejercitando una arqueología de todos los residuos sincréticos y miméticos que la violenta y fáustica modernización sólida iría prácticamente desvaneciendo. Siendo, como argumenta el profesor Manuel Castillo , el último pensador de un clásico ciclo de pensadores sociales, que luego el cientificismo moderno interferiría políticamente, es lógico conjeturar que su pensamiento reflejó el inicio de un horizonte cultural secularizado y el eclipse de toda una estructura cultural cuya emigración hacia las ciudades y su relativa proletarización confundiría en los laboratorios de la supervivencia cultural.

La voz en el desierto del culturalismo arguediano era el esfuerzo biográfico de rescatar del olvido desarrollista todo un universo mítico que sencillamente las vanguardias políticas consideraban como rezagos de la nueva antropología racional que deberían adoptar las ciudadanías asalariadas. Al visualizar en carne propia que todo el indigenismo político era sólo el adorno social de un espíritu cada vez más esclavo del desarrollismo enajenante, que todo lo que se reivindicaba ardorosamente sólo servía de combustible de la maquinaria planificada de la sociedad masificada, se dio perfectamente cuenta que su crítica intuitiva debía rescatar a la experiencia andina de todo ese contrato social acriollado y mundializado que hasta la actualidad no permite, sino ideológicamente el encuentro histórico de nuestras múltiples identidades costeras, serranas y amazónicas. La transculturización que su mensaje vocifero a la generaciones siguientes se torno confuso y disonante

Modernización, informalidad y cultura “chicha”.

La construcción accidentada de una modernización industrial sin la necesaria conexión cultural con las sabidurías productivas interculturales del país, provocó la edificación de una economía nacional moderna, que rompió momentáneamente con el carácter dependiente de nuestra estructura periférica. Esta base económica que se tejió busco romper con el carácter dual y desarticulado de los enclaves feudales y primario-exportadores de la clase dominante, y además poseer el suficiente volumen económico para insertarse interactivamente en los mercados internacionales. En sus orígenes los síntomas de un cambo social generalizado y de crecientes niveles de organización política de las sociedades populares, otorgaron la legitimidad requerida al proyecto de un Estado social, que pudiera incorporar en la fáustica industrialización periférica a una sociedad movilizada. El cambio estructural que se postulaba en los recetarios del desarrollismo sólo conseguiría la sostenibilidad del programa industrial si rompía la persistencia de una estructura productiva acoplada a un sistema cultural intacto y heterogéneo.

En gran parte esperanzados sectores populares y ya desarraigados de sus captores feudales aprobaron y estuvieron a la vanguardia de estos cambios, en la medida que este funcionalismo populista: (1) otorgaba una organicidad popular directa y participativa que vigilara y tradujera las gestiones del poder político; (2) daba una secularidad ideológica que homogeneizara la identidad plural sobre la base de un mestizaje nacionalista que reconociera una creciente base proletaria; y (3) en la medida que se constituyera un patrón de acumulación sólido que diera sostén económico a los nuevos laboratorios culturales del individualismo y sociabilidad urbanista.

En primera instancia, la desestructuración política de la ciudad industrial, debido a un abrupto agotamiento del patrón de acumulación al no poder contener la internacionalización de los flujos económicos, tuvo razones estrictamente internas: (1) la democratización participativa que promovía el Estado desarrollista aún cuando era auspiciado por grandes demandas y reivindicaciones multisectoriales, en el fondo no recibió el apoyo de una cultura política anticívica y clientelar que se oponía a todo fervor vigilante y constructivo de nueva subjetividad comunitaria. (2) La secularización proletaria que intentó superar el Estado fragmentario de las culturas diversas de la formación social de los 70s chocó contra el desacoplamiento cultural estimulado por el poder autoritario de una modernización industrial desordenada y al caballazo. Este divorcio entre el multiculturalismo ya privatizado y el carácter desordenado de nuestra experiencia modernizadora urbana, aumentó la experimentación de un tejido sociocultural anómico, que explotaría en un entramado caótico de informalidades y de trasgresiones culturales por alcanzar el tan preciado como doloroso parto de una individualidad desbocada. (3) La agonía perentoria de la industrialización no pudo absorber la gigantesca demanda de trabajo porque los crecientes saltos cualitativos que necesitaba la estructura del sector público no pudieron corromper la ausencia de una disposición cognitiva y profesional para hacer explotar transformativamente al enclave centralista y industrializante, como dice Althaus , por lo que nunca se pudo disponer de una estructura de profesionales para crear e idear innovadoras oportunidades de desarrollo profesional en una economía anémica y que se desmantelaría con el tiempo.

Es el desdibujamiento del modelo de acumulación como decisión política de un Estado que se privatizaría lo que arrojaría a las masas trabajadoras al autodesarrollo creativo, a la informalidad, a partir de la expresión de sus sabidurías interculturales, orquestando una formación económica en red e informalizada, crecientemente succionada por el mercado global, que por aferrarse a las devastaciones competitivas del capitalismo salvaje tendría que sumergir a la fuerza de trabajo en una mercantilización cultural duramente delictiva y en donde todo vale para sobrevivir.

Es la siguiente etapa de una evaporación de la economía nacional en donde la búsqueda híbrida de la modernización egocéntrica y cultural por parte de las categorías populares, que lo harían todo para sobrevivir, lo que lanzaría los proyectos culturales al abandono del mercado en donde existiría una creciente estimulación consumista de los protagonismos culturales acompañado de una sistemática desarticulación del sistema educativo, que se depreciaría en las periferias debido al embate de la cibercultura pulsional y del embate de la publicidad.

En este contexto el indigenismo que en la etapa anterior había cosechado una intencionalidad claramente politizada y colectivista cobraría un rostro marcadamente individualizado y en red, recreándose a partir de la invención electrónica y diferenciadora una identidad tradicional y vernacular en escenarios claramente urbanos y posmodernos. La insospechada fugacidad de la cultura indianista, como la llamaría Favre , se apropiaría de una sociedad biopolítica y descentradamente totalitaria, como un Estado de excepción a lo Agamben , para esconderse como antídoto simulado en el universo de una fragmentación y diferenciación cultural. ESto como receta a esa idea de la persecución de los sistémico. Es el creciente escape de las tecnologías sensoriales (Internet, celular, etc) de los sometidos de las complejas arquitecturas de los sistemas funcionales capitalistas, tal como los postuló Luhmann , lo que serviría de premisa emocional para soportar la obsolescencia y fugacidad de la vida social y crear en la nada una estructura disfuncional de populismos culturales e intimidades capaces de sortear y erosionar el disciplinamiento de una técnica empujada a ser esotérica cada vez.

Tal vez el problema de esta cultura Chicha, como la mencionaron en los 80s, es el duro contraste que supuso la desterritorialización caótica de la cultura andina, en la hostilidad de un mundo urbano jerarquizado y alienado. Al recrear agresivamente sus patrones culturales en los laboratorios de la supervivencia simbólica, fueron adoptando sus expectativas de modernización a un mundo que los rechazaba culturalmente, lo cual los empujó a tener que construir aisladamente de los consorcios de la elite cultural toda una compleja red de culturas clandestinas y de productos híbridas que les permitió vivir relativamente como identidad, pero al precio de entregar su sensibilidad y vida milenaria a accidentadas contradicciones y estallidos de violencia. El hecho de que la vida andina se reproduzca en contextos dramáticos y de inexpugnables tácticas de supervivencia rinde homenaje a una capacidad de mutación insospechada que es la base de la acumulación informal, y contradictoriamente de una experiencia individual sumergida en el sinsentido y en la desazón cínica de la anomia y la delincuencia mercantil

Cuanto más la cultura real es transmutada violentamente por la despiadada economización de la existencia, tanto más la cultura chicha, que despreció en vida Arguedas y que hoy celebran nuestros antropólogos posmodernos, como “cultura viva” es empujada a una diferenciación asfixiante, donde el significado social se deshace en la atomización y en la depravación festiva de lo tecnoarcaico, donde cada grupo emergente vive en la descomunicación y en la violencia primordialista del etnocentrismo, y donde la creatividad cultural se paga al precio de la segregación y la discriminación étnico-cultural. Es un mundo donde lo consciente e inconsciente de la agresión es relativo y sólo es valido en palabras de ellos, y no de interpretes exteriores. Porque hay elementos que ellos mismos no son capaces de comunicar debido a que el olvido ha sido un modo en estas décadas de evadir la terrible violencia y humillación que el racismo ha provocado, perdiéndose con ello grandes riquezas y testimonios.

En ciernes se podría tejer un esquema tentativo de la naturaleza social de la cultura chicha, como ethos marginal en los siguientes postulados:

1. Esta cultura sería la prueba fidedigna de un programa caótico de supervivencia que desfigura fragmentariamente el ideal de una ciudad urbana y de su psicología interna, provocando un medio de vida en constante degradación y disfuncionalidad sistémica. El crecimiento desordenado de las metrópolis y las condiciones deplorables de los suburbios y barriadas urbano-marginales, en cuanto a una organización espacial que se despliegue en armonía con la pluralidad de las identidades y representaciones sociales, ocasiona una sociedad en constante colapso civilizatorio, en donde anidan el salvajismo y el estado de naturaleza permanente, la inseguridad naturalizada en un medio que debería prevenirla. Oara ellos es criticable pero a la vez es naturalizada

2. En segunda instancia, esta cultura de lo “pacharaco” sería el resultado de la carencia multifuncional de una institucionalidad referente que expanda valores cívicos y una normatividad flexible. En vez de ello lo que se percibe es una flagrante multiplicación de trasgresiones y cinismos de toda calaña, en donde la vida generacional crece naturalmente en la infamia y en la clandestinidad psicosocial. La profundización de esta gramática de lo inmoral, recrea una inventiva insospechada de archipiélagos del delito y del lenguaje subversivo donde todo vale, y cada personalidad es la hechura completa del abandono y del desarraigo masificado. Nestra creatividad es impredecible pero vive sin los ecos del pasado, sin consultar a la tradición, por ellos puede salir cualquier cosa del Perú

3. En tercera instancia, la cultura chicha sería el intento desesperado y creativo de ser incluida la expectativa de modernización como fenómeno propiamente estético, como el derecho a consumir auténticamente y sin reproches sociales. En vez que cedan los estereotipos jerárquicos de la cultura criolla lo que se ve en sustitución es la introyección democratizadora de lo criollo como blanqueamiento artificial de las conductas populares. El goce estético y el reconocimiento de etiqueta serían vivenciados como formas distorsionadas –“huachafas”- y extravagancias sufrientes, aún cuando paradójicamente el actor proteja su autoestima en lo cosmético y se niega a dejar de lado atavíos que le duelen y lo satisfacen a la vez. Ahí donde todo se evapora el simulacro estético oculta el gran vacío de la esclavitud y del empobrecimiento cultural. Todo es bello porque todo es horrible. Sólo se da la obra de arte absoluta y esnobista en el mercado absoluto e inmoral, como sostenía Adorno . El cinismo y los espacio liberados de la modernidad chola capturan su propia belleza, y su propio glamour popular. Pero aún hay atropellos hacia aquello como los carnavales, y los cohetones…

4. Y por último la cultura chicha sería el producto abortado de un mestizaje “cholificador”, tal como lo postuló el profesor Quijano , donde toda ambición de democracia étnica desemboca en la pervivencia de un mundo cultural cargado de hegemonías y sistemas de dominación biocultural sofisticados. Tal vez el germen de una realidad con diversos espacios/tiempos yuxtapuestos y entrelazados serían los grandes y espectaculares mestizajes culinarios y las hibridaciones tecnomusicales, como lo es la cumbia peruana. La comida es la pervivencia popular de un gusto doméstico y de químicas fluctuantes donde el salvajismo de los ingredientes resiste la homogeneización industrial de lo nutritivo. Ahí donde se ha silenciado el dolor y el desencuentro de los saberes ha sedimentado un gusto grotesco deliciosamente subversivo. En cuanto a la musicalidad chicha es la desordenada fusión de ritmos sin gran educación por parámetros exclusivistas lo que provoca el sonido no contemplativo que sólo desata la embriaguez desesperada y violenta. Más que un cortejo de calidad es una depreciación objetiva de lo musical tal como lo dicta la cultura discotequera de lo occidental, por buscar una danza rabiosa de desfogues irracionales y de emociones en ebullición. Es el dolor acumulado de tener que adaptarse y hacerse un lugar entre criollos llevado a canciones de camioneros y estibadores, tal como las recogió el finado Chacalón, o la hermosa finada Edita Guerrero…. creyente en el amor hasta la muerte.

Residuo originario y dolor mítico.

Tal vez el desconcierto que se experimenta en nuestro proceso civilizatorio, y que es el estímulo concreto para el despliegue de una transculturización ( entendido como encuentro) espectacular que atraviesa todo el territorio, sea la imposibilidad psicohistórica de superar ontológicamente el abismo entre la cultura y el sistema objetivo que lo hace posible.

En vez que nuestras clases dirigentes hagan esfuerzos sobrehumanos para propiciar una armonía entre el torbellino de la modernización impuesta y la dinámica heterogénea y misteriosa de nuestra cultura, lo que vemos es el intento violento y autoritario de subordinar psíquicamente a las trayectorias de la vida cotidiana a un diseño burocrático en red que los incorpora como fuerza de trabajo empresarial, pero los excluye como identidad autónoma y realizada. El daño es que este mandato es ya algo inconsciente e ineluctable. No sólo este abismo ontológico, atizado como fundamento de maduración de nuestra sociedad, descoloca toda aspiración real de un encuentro democrático y patriótico entre las culturas, sino que históricamente este gran abismo ha ido acrecentándose a medida que nuestra formación ha ido siendo absorbida por la internacionalización de los flujos económicos, ahondando la sensación de extrañamiento en los paraísos de los exótico y digital, con un fuerte desgobierno sobre la estructura civilizatoria que nos determina.

Acaso el dolor mítico del que habla el acápite sea la imposibilidad real de todo actor consciente de esquivar el mecanismo competitivo y salvaje a la vez de la instrumentalización cínica, donde uno para existir como mundo de la vida se ve obligado a corromper el mundo social que lo circunda, y a lo largo va viciando su propio origen, que pretende curiosamente proteger. En la periferia del mundo administrado la relaciones de dominación y esclavitud psicosocial empujan al actor a adherirse a este esquematismo de lo técnico no por la expectativa publicitaria que genera en las conciencias, sino porque estar programado para ser útil significa asegurarse un rinconcito en el confort escaso.

Siempre hay la esperanza consciente de corregir todas las felonías que se cometen, pero a medida que uno se sumerge en la selva de los lenguajes funcionales va perdiendo la brújula de su vida, aún cuando predomine como actor, porque su privatización seductora lo desvincula groseramente del control consciente de la estructura social privatizada que los desfigura. A pesar que la dureza de la vida desordenada representa toda una escuela de argucias, y de relacionistas cínicos y “pendejos” necesaria para preservarse de lo desconocido, es esta insistencia en el logocentrismo natural lo que lleva al dolor de olvidar y silenciar el origen mimético de nuestros sueños y de nuestros planes iniciales. Saberse levitar desde que se nace en una realidad construida de organizaciones gigantescas y de actores cínicos, que nos secuestra toda posibilidad de vivir realmente, es lo mismo que envenenar la vida de generaciones que nacen y que vienen, sin hacer nada por realizarse en la totalidad de la vida asociativa y comunitaria.

Soy de la idea polémica que el trauma histórico que funda nuestro recorrido social es el inicio de la negación sistemática de todo lo que realmente es lo andino y lo peruano, y que este rechazo soberbio de nuestros orígenes ha sido alentado desde todas las formaciones sociales eurocéntricas que han gobernado de modo inclemente, condicionando la reacción creativa a veces resentida de la vida sometida, reproduciendo históricamente en cada etapa de la construcción de la personalidad una miserable vida inmadura. Actualmente esta desnaturalización de lo social que impacta mayormente en las capas migrantes se deja sentir en dos macroprocesos ontológicos que disuelven la vida originaria o simplemente invisibilizan para el actor popular, sobre todo si es perteneciente a los ghettos etnoculturales subalternos:

1. En primera instancia la ferocidad con que se ha introyectado el fetichismo de la mercancía en las últimas décadas ante el desmantelamiento objetivo de las últimas resistencias públicas de construir un Estado de bienestar a la peruana, ha significado la total adicción de la psique colectiva e individual al sostén monetario. Esta mercantilización de la vida peruana ha acelerado el proceso de desestructuración de la sociedad – lo social perece o se redefine sobre bases utilitarias- y a la vez ha sembrado una mentalidad que es impulsada a tener que aquilatar y poseer poder desmesurado sólo por el deseo de lucrar y de cosificar a toda relación humana que se le abra paso. Este enigmático poder de la fetichización mercantil es la base que ha reforzado, no desactivado, la cultura de trasgresores que se ha extendido a lo largo de nuestra historia desde la colonia, y el cimiento innoble donde descansa soterradamente una vida asociativa delictiva y comunitaria, que resiste el impacto del mundo administrado. Tal vez el proceso sea irreversible, y sea necesario sofisticar un mercado profundizado pero socialmente constructivo, pero en sí mismo el proceso de mercantilización ha sintonizado con el cáncer criollo, deteriorando aún más la identidad, y removiendo aún más los nichos originarios a donde nunca se regresa y se niega descaradamente. Cuanto más deseo de dinero más odio a mi propio origen, más olvido de donde vengo, más vergüenza de quien soy. Esto es un tema que nuestros doctos no se han puesto han conversar pues la verdad les sugiero la respuesta no poseen como yo el remedio. Asi es el cinismo que advirtió Arguedas en los 60s.

2. El otro macroproceso que consolida la ya desaparición y desterritorialización de la cultura peruana es el cambio cultural de la cibercultura. Este evento posmetafísico que fue acicateado en sus orígenes por la huida espontánea y subliminal de la vida, atrapada en la sociedad clásica planificada, ha despertado en los ambientes posmodernos, producto de la sociedad del hiperconsumo, una mentalidad social que vive en la completa pulsión del consumo y del goce desequilibrado. Este ya reino de los estímulos se ha intensificado exponencialmente debido al predominio de la Internet y de su cibercultura reticular implícita, que ha desecho en un santiamén todas las estructuras y herencias ilustradas del sistema educativo y profesional, sustraendo a todo agente personal del juicio racional puritano que promovió la burguesía eurocéntrica. En las sociedades periféricas y en específico las sociedades andinas, el impacto arborescente ha disuelto los sedimentos sólidos de la sociedad disciplinaria represiva, liberando a los contingentes rurales y populares de una sociedad que los había mantenido en la discriminación total.

Ahora cada individuo elaborado, arrojado a las selvas digitales constituye sus propias raíces desmasificando y atomizando la cultura, de donde se huye hacia los continentes informáticos para sobre estimularse y reproducir una vida de mendicidad virtual, donde concurre el desprecio, el dolor y la gran irracionalidad del testimonio . No obstante, ser el centro nervioso de los flujos capitalistas, ahí todo el valor económico es plus goce, en la definición de Zizek , pero a costa de un gran sufrimiento y vacío antropológico. Esclavos de la Internet por poder gozar, terminamos siendo cautivos de un mundo que niega nuestra propia realización en la gran soledad del pronunciamiento digital. En sociedades cargadas de etnicismos y de mestizajes incompletos la cibercultura parece desestabilizar las jerarquías y segregaciones territoriales, pero lo que hace es reforzar e inaugurar nuevos fundamentalismos o relaciones de fuerza, ahí donde el glamour muere en lo grotesco y perturbado. De tanto andar en la barbarie de los sentidos prolongados, se desemboca en el culto absurdo, en el residuo mítico de un corazón herido de muerte.

El desconsuelo por vivir en una complejidad organizada que niega violentamente lo que somos – una sociedad pluricultural ancestral- revestida en estos dos macroprocesos de un cautiverio objetivo que nos hace infelices como sociedad, ocasionando actualmente una desconexión traumática entre geografía, economía y cultura, asimetrías que impiden una cohesión histórica e inmanente de lo que podríamos ser:

1. Existe una escandalosa desconexión entre potencialidades geográficas ancestrales de los costa/andes/amazonía y los formalistas sistemas de organización territorial y arquitectónico que ha impuesto el eurocentrismo. En gran parte el caótico sistema urbano de consumo y el desaprovechamiento intencional de la cultura territorial nativa de los pueblos originarios del país fomentan estúpidamente un desarticulamiento funcional del territorio peruano, el cual es visto como un organismo centralista y fragmentado en el cual se permite por pura ineptitud la integración orgánica de las identidades regionales. Esta enfermedad del organismo facilitó la colonización trasnacional de los intereses extractivos y la pérdida de toda una rica sabiduría territorial heredada de los pueblos originarios andinos y amazónicos.

2. Un segundo aspecto, que refuerza este entramado descoyunturado con desencuentros y conflictos, y que se vincula con una mala organización del territorio, es el centralismo económico y la supervivencia persistente de la formación de enclave; ambos aspectos que facilitan la reproducción económico-política de las clases dominantes, y su preferencial y anacrónico patrón de acumulación. Es la informatización de la economía y el sometimiento financiero de esta a los grupos económicos mineros y agro-exportadores, que dirigen la inserción accidentada de la formación social en la globalidad, la que bloquea por una parte la evolución natural y democrática de las estructuras productiva interculturales, y por otra parte, la que empuja a las fuerzas trabajadoras migrantes y rurales a tener que apropiarse del lenguaje psicoempresarial de la pastoral neoliberal y reinventar formas sugerentes de economías con poco valor agregado que abandonan , muchas veces, la forma mercantil o la subvierten en la clandestinidad de la explotación social. Aunque debo sostener al responsabilidad aca no es de buenos o malos…. He viajado por el Perú y es un un territorio muy complicado de articular, de saber gestionar, de saber organizar con el recurso humano que contamos en la actualidad, LO que señalan los políticos y analistas en la TV es sólo retórica ni ellos están preparados para transformar este país ni a izquierdas ni a derechas…. Solo John Murra Sabia eso y nadie le hizo caso…

3. Y un tercer aspecto que se ha caotizado aún más y que ha estimulado la recreación explosiva de la identidad es el asentamiento de la cultura peruana en medios completamente peligrosos para la vida social. La ideas que sostiene esta tesis es que el significado huidizo a veces inexistente de lo social ya no necesita, ni espera, una base económica ordenada para acontecer con éxito y seguridad, sino que parte de la cotidianidad más miserable y degradada, viviendo en el sinsentido esquizofrénico y desrealizador pero con ánimos de reír y vivir a pesar de todo. Las culturas populares subsisten presa de aquello que más nos desarraiga, como la cultura andina hoy trashumante y variopinta, pero aún así se sobreponen a la adversidad del poder, con lo cual la indignidad se mantiene secretamente fiel a su residuo originario, aunque rutinariamente lo desconozca. El indio sigue con vida, todo es cuestión de construir una nueva utopía transcultural que salve a la nación de la tragedia de lo global.

Arqueología de las ciencias sociales.

En la línea de estos comentarios se argumenta que es necesario remover los cimientos ontológicos sobre los cuales reposa el anarquizado sistema social peruano, para rescatar del menosprecio y del olvido metafísico a todo lo que realmente somos como ser sensorial politeísta y orgánico. Sin embargo, tal cuestionamiento radical ha venido siendo usurpado por una forma de razonamiento socialista, que al haber ocupado poco a poco posiciones de poder en el seno de las organizaciones e instituciones sociales ha terminado por capitular ante los mismos problemas que su intencionalidad radical creyó torpemente haber denunciado con nobleza.

En primera instancia los orígenes de este protagonismo holístico-estructural no sirvieron para romper ontológicamente con el pensamiento criollo de las clases dominantes, sino que su celebrado cientificismo desarrollista otorgó los discursos reformistas necesarios para desestructurar la sociedad feudalizada, pero en sintonía con el restablecimiento de un poder elitizado más diversificado y oculto.

Es decir, los vientos revolucionarios de un real cambio estructural sirvieron para liberar a la mano de obra atada a las relaciones de trabajo del antiguo régimen, y para generar la base psicológica de una ciudadanía consumista. La lógica de un cambio real claudica ante la intención subyacente de dar forma a una planificación industrializante, que se rebeló, como argumentó pioneramente Pedro Morandé , en un sólido programa de dominación sofisticado, incompatible con la naturaleza sacrificial de las culturas latinoamericanas. En vez que la verdadera crítica de las relaciones de fuerza criollas se depositara en una severa desactivación del centralismo cultural, que refortaleció el desarrollismo, esta se confió en que la agresividad para remover el conjunto de las estructuras sociales conseguiría los cambios ideológicos propicios para emancipar a las culturas tradicionales del yugo de un régimen de poder que evitaba la adecuada homogeneización secular. El pensamiento funcionalista y estructural-marxista que abogó por tal lectura equivocada en realidad sólo atacó una parte del problema sin éxito, ya que deposito sus esperanzas en que el voluntarismo historicista y la jovialidad de un diseño o recetario socialista corregirían paulatinamente los graves problemas de adaptación psicosocial que la modernización unilateral trajo consigo.

En lugar de corregir técnicamente la capacidad culturalista del viejo ensayismo arielista, superándolo dialécticamente con la discusión y comprobación de las nuevas tesis metódicas del análisis cientificista, se prefirió interferir todo un horizonte intelectual y cultural – representado en ese entonces por Arguedas y el indigenismo- e imponer políticamente un saber nacionalista-metodológico como el único capaz de sintetizar históricamente en un programa estatocéntrico la naturaleza heterogénea-estructural de la cultura peruana.

Toda la riqueza histórica, literaria y antropológica del pensar peruano fue obligada a retroceder políticamente por acercarse a visiones mixtificadas y pseudocientíficas sin ningún valor objetivo, y por lo tanto aplicativo, dentro del experimento totalitario de la modernización. El agotamiento del humanismo arielista no fue el resultado de una superación cualitativa, obra de un conocimiento científico-social supuestamente superior, a través de la discusión meticulosa y la argumentación racional, sino el ardid publicitario de nuevos intereses hegemónicos que vieron en la tradición hermenéutica arielista el escollo ideológico para posesionarse políticamente de los espacios y recursos académicos que sirvieron para su habitual pensamiento de consigna.

Al advertirse que la imposición del razonamiento marxista en los claustros de la formación profesional no significó una victoria académica, sino política, se entenderá que la irrupción ideologizada del saber dialéctico no representó ciertamente un enriquecimiento progresista del pensamiento intelectual, sino una regresión doctrinaria que obnubiló de dogmatismo y de posiciones epistemológicas vacías a varias generaciones de profesionales, incapaces de visualizar la nueva esclavitud estandarizada que se abrió paso.

El empobrecimiento sistemático del pensar peruano debido a una mala visualización o desocultamiento del enigma nacional, ha significado: (1) el divorcio cada vez más crítico entre el pensar social y la vida supuestamente domesticada; (2) el subordinamiento interesado de la investigación teórico-aplicada a conveniencias políticas; y (3) la caída exorbitante del análisis social a una moda posmoderna, que idealmente conectó epistémicamente con la tradición ideográfica, pero que se ha debelado como el discurso ideológico de nuevos intereses de poder en la comunicación y en el proselitismo educativo de nuevas sensibilidades culturales.

Para culminar, es necesaria una severa crítica lúdica y radical a la vez de los nuevos poderes intelectuales que están surgiendo en la estructura profesional. Esto no se logrará con sentido diplomático y con la sutilidad barroca del hablar criollo, sino a martillazos y con audacia creativa. Sino se rompen las corazas institucionales y sindicalizadas de este poder mafioso lo único que se precipitará es el eclipse inevitable de las ciencias sociales en el Perú. Sigo sosteniendo que la decadencia cualitativa de las ciencias sociales no sólo se debe a su origen incompatible con el horizonte sacrificial del mundo plural andino, sino a razones estrictamente internas, como es la visión utilitaria y proselitista que han tenido las ideas fuerza de toda la tradición, o motivos pseudopopulares, que utilizaron el arielismo, el indigenismo, el desarrollismo, la democracia, y hoy la hermenéutica para tentar posiciones de poder social en la estratificación peruana.

A puertas de un evidente cambio político con el triunfo pírrico del camarada Ollanta Humala, es necesario abandonar las posiciones paradisíacas del Estado y demostrar la suficiente ecuanimidad y honradez política para aceptar que la idea de ser de izquierda esta severamente averiada en el proceso social. (Tesis que se cumplio según parece, con el perdón del Señor) Sino se gestan las renovaciones ideológicas y políticas necesarias, para revitalizar a la organicidad del saber negativo, este terminará por reproducir la misma ideología criolla que publicitariamente dice cuestionar. Y esta renovación no puede ser orientada ni dirigida desde las cúspides hambrientas de poder y de un estatus que desconoce sus convicciones, sino desde la misma intersubjetividad de las multitudes , lo cual implica fusionar en un solo intento combativo la escritura de los sacerdotes con la oralidad de los desposeídos. Como poetizara Vallejo: “Escribir en el aire” . Pero esto ya no es un acto de religiosidad modernista, sino de empeño antiguo y sacro. Hay algo que no nace hace tiempo, ha muerto varias veces, es nuestra tradición, nuestra sangre, nuestra simiente de la peruanidad de todas las sangres….. ESte sentimiento no puede ser leido bajo las herramientas de los modernos o del sistema democrñatico es eminentemente un cambio de generacional…. Pero hay miedo, paternalismo, y a la vez corazones mordidos por el veneno…. A esta juventud les hace falta no un caudillo, un partido o una organización, lo que les hace falta es un espíritu lean su época…. y atrevanse a derribar las iglesias y las cavernas de sus creencias…. Su premisa es la nación, sin ella no pueden ver la humanidad con responsabilidad…….. Yo les dejo estas notas como amigo, no soy ideologo, solo un escribidor, sólo un viajero……. Sientan esta tierra y sabrán cuál es su pensamiento….. y lo traducen claro en democracia, pues hasta Grau rodeado de cobardes creyo en la Democracia.

Bibliografía.

1. ADORNO Theodor. W Teoría estética. Editorial Taurus. Madrid 1982.
2. AGAMBEN Giorgo. El lenguaje y la muerte. PRE-TEXTOS Madrid. 2005
3. ALTHAUS Jaime. La revolución capitalista en el Perú. FCE 2008
4. CASTILLO OCHOA Manuel. “Convivencias provocativas: mito, ciencia y postestructuralismo en el debate teórico social peruano” En: Revista Scientia Año XII No 12 Lima 2010
5. CORNEJO POLAR Antonio. Escribir en el aire. Editorial Horizonte 1ª edición Lima. 1994
6. FAVRE Henri. El indigenismo. FCE 2da Edición México. 1999
7. GLAVE Luís Miguel. “Resistencia y adaptación en una sociedad colonial. El mundo andino peruano” En: Revista de Historia Norba Vol. 18, 2005, 51-64
8. HARDT y NEGRI. Imperio. Alianza editorial. Madrid. 2002.
9. HARDT y NEGRI. Multitud. Ensayo actualidad de bolsillo. 1ª Edición. Barcelona.2005
10. HEISE María. “interculturalidad e identidades indígenas. Testimonios” En: Interculturalidad. Creación de un concepto y desarrollo de una actitud. María HEISE (comp) Programa FORTE-PE. 2001
11. LOPEZ ALBUJAR Enrique, en su artículo “Sobre la psicología del indio” En: La Polémica del indigenismo. Mosca Azul Editores.1985.
12. LUHMAN Niklas. El amor como pasión. Editorial Sudamericana. Madrid. 1994
13. MÉNDEZ Cecilia. Incas si indios no. IEP Documento de trabajo No 56. Lima 1996
14. MORANDÉ. Pedro. Cultura y modernización en América Latina. Facultad de CCSS De Universidad de Chile. 1984.
15. QUIJANO Aníbal. La nueva heterogeneidad estructural en América Latina”. En Hueso Humero, No. 26. Lima, Perú.
16. RAMA Ángel. Transculturización narrativa en América Latina. Siglo XXI Editores. 3ª Edición. México 1987.
17. SCHIWY Freya. “descolonizar las tecnologías del conocimiento: video y epistemología indígena” En: Estudios culturales latinoamericanos. Catherine Walsh (editora) Quito. 2003
18. VALLEJO César. “España, aparta de mí este cáliz”. Obras completas. Alianza Editorial. Madrid. 2006
19. VARGAS LLOSA Mario. La Utopía Arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo. FCE México 1996.
20. ZAPATA y BIONDI. La palabra permanente. Fondo editorial del Congreso. Lima 2006
21. ZIZEK Slavoj. El sublime objeto de la ideología SXXI Editores. México 2010

1 Comment : more...

Looking for something?

Use the form below to search the site:

Still not finding what you're looking for? Drop a comment on a post or contact us so we can take care of it!