Ni Atenas Ni Israel

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Anotaciones acerca de la cuestión homosexual

by on Ago.04, 2011, under Sin categoría

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Una mirada limitada de un heterosexual.

Anónimo

Diferentes serían las perspectivas de reconocimiento cultural que podría obtener la narrativa homosexual sino existiera agarrado al discurso de lo real un registro criollo que anula de plano su expresión constitutiva. A corto plazo toda tentativa de convertirse en lenguaje común una semántica que se autoatribuye exclusividad absoluta, esta condenada a la postergación mientras la sigan presentando como una cruzada por barrer la intolerancia en un medio donde el escozor étnico-sexual está instalado como cultura oficial. El empecinamiento por conducir una empresa que busca derechos reales de acción individual en una realidad donde la subjetividad colectiva carece de algo que se parezca a ello, sentencia su aventura de formalizar su aceptación en una conquista mezquina que reclama derechos y prerrogativas especiales. No sólo es un conservadurismo arraigado en las mentalidades colectivas lo que obstaculiza la libre expresión de su horizonte particular, sino además un régimen de excepción cultural que obstruye el libre desarrollo de la personalidad y la ahoga en la especulación consumista.
En la medida que su ideología persigue solamente una admisión ficticia en una realidad simbólica odiosamente segregacionista, convierte su proceder en una quimera que reclama éxtasis cultural en un espacio social donde la cualidad para agradar esta dolorosamente atrofiada. Su imaginación para exhibir inescrupulosamente un ideario somático que expulsa al que no está adiestrado para gozar, democratiza una microfísica del poder corporal que desaloja despiadadamente a aquellos fenotipos descalificados que no están preparados para reproducir una estratificación estética y un gusta depurado.

No se trata solamente de reivindicar un derecho a expresar su diferencia postergada en una sociedad donde la interculturalidad goza de una salud francamente incipiente, sino de luchar porque toda la sociedad participe de una variedad emancipada, luego de concretar la liberación de la colectividad. En tanto se malgaste energías en colisionar con una realidad que niega en la incompletud el carácter realizador del individuo, el disfrute de sus privilegios culturales asfixiaran las condiciones ciudadanas por alcanzar una real redistribución de las riquezas sociales. Su egoísmo al no querer ver que sus objetivos solamente legitiman el quietismo de nuestra heterogeneidad étnico-cultural, sin advertir que su satisfacción temporal es sólo una patraña ideológica en una sociedad que vive hundida en la simulación cosmética, permite conservar una clasificación social que evita la emancipación real, engarrotando otros derechos culturales en la uniformización ideológico-estética.

El carácter culturalista de su personalidad psicoafectiva los delata como un contingente social que basa su reproducción particular en los discursos hegemónicos sin alterarlos o siquiera criticarlos; en toda caso su condición flexible, el hecho de que asimilen con mayor efectividad el impacto de la estandarización los convierte en hibridaciones reformistas que han aprendido a superar la edipización de la sexualidad y reivindican libertad de expresión para la práctica de su visión del sexo-máquina. Su propuesta no busca cuestionar la injusticia sistémica – ellos ya han aprendido a lidiar y a digerir el biopoder- sino persiguen la iniciativa de enrostrarnos su superioridad estético-libidinal en un mundo periférico en donde el conservadurismo hipócrita esconde la sed de pasión. El hecho de que la sexualización de los códigos sociales sirva para amortiguar la administración de los saberes sociales, no llega a ocultar del todo que la monopolización del poder económico-político también implica la elitización del derecho a amar y a manifestar los arrebatos íntimos.

Quien colabora indirectamente con la reproducción de un biopoder que amedrenta la realización intersubjetiva, y que legitima la práctica jerárquica y a la vez caótica de los desahogos estéticos, es in lugar a dudas la comunidad homosexual. En el centro de su agresividad ideológica no se halla una auténtica búsqueda por ahogar la discriminación cultural y naturalizar su tipicidad discursiva, sino un más completo y variado mecanismo de dominación emocional, ahí donde la atomización social nos arrebata el derecho a fantasear tranquilamente. La verdad de que hayan aprendido a normalizar la dominación de la irracionalidad instrumental es que buscan apoderarse del control de lo real para trocar la polarización sexual y el conservadurismo patrimonial en el predominio de un narcisismo sectario que ahoga el sufrimiento de la totalidad en un pansexualismo irresponsable.

Al socavar el tradicionalismo sexual, que ordena la constitución de los sexos en ámbitos definidos, no sólo logran entregar la imaginación erótica a los fines de la industria cultural, sino que además buscan desmantelar los cimientos ideológicos que daban vida precaria a la organización familiar. Al librar a la institución de la reciprocidad de toda protección cultural facilitan la descomposición de las socializaciones que moldean la subjetividad, consolidando la desestructuración de las redes solidarias y entregando la fabricación de la conciencia a una iniciativa asoladora y despiadada en donde la mente en formación es impregnada de una individuación muchos antes de que su conciencia sepa que hacer con ella. No se trata solamente de promover la desconfiguración de una organización que ha domesticado lo considerado vital, sino que esta evaporación sistemática de la solidaridad produce una psicología autorreferida y desamparada, incapaz de autoexplicitarse en su integralidad, y por lo tanto, más dotada para deambular en la indeterminación y el caos afectivo. Al ver el discurso homosexual en la conciencia gregaria un proyecto autoritario que desaprueba su particularismo esquizofrénico, hace todo lo posible por ridiculizar y deconstruir un esquema comunitario que bloquea su desenfrenado goce totalitario.

A pesar que se sabe que en la periferia la culturalización sin resistencia de la economía política apertura el campo de expresión de la libertad a una precarización absoluta de la felicidad individual. El discurso homosexual soberanamente conservador sentencia la realización de la personalidad a una pragmática de lo desaforado y efímero, a sabiendas que la identidad divide el mundo entre los que alcanzan la especialización hedonista, y aquellos que excluidos de la utopía erótica se refugian en la desublimación y en le rencor teórico. Querer desmitificar la disciplina cosmológica y el autosacrificio colectivo y reemplazarlos por un discurso de la colisión estética es relativizar todo aquello que resulta significativo para el individuo, es empobrecimiento sensorial en el mismo instante en que la reconciliación civilizatoria se diluye en el contoneo erótico y en la eyaculación ahistórica.

No quiero decir, con lo anterior, que hay que arrancar como un mutilado católico la seducción, nada más alejado de la verdad. En la medida que esta se convierte en una energía restauradora que constituye el tejido social creo que debe seguir siendo sublimada y movilizada por una institucionalización que traduzca el deseo postergado en una democratización axiológica de los escenarios sociales, consolidando una producción de lo real que naturalice la práctica de una racionalidad saludable y emancipatoria, y no convertirse en cómplice de un elitismo esteticista que reproduce relaciones de fuerza y de subordinación que cancelan toda posibilidad de disfrutar de una intimidad creativa y desjerarquizada. Al exigir un estado de derecho servil que vigile policialmente su concepción orgiástica y mezquina de la sexualidad, arrebatan a la inmadurez socializada toda habilidad para politizar el cuerpo y participar libremente de una carnavalización de los códigos estéticos y de las identidades sexuales.

Si bien esta transmutación simbólica de la psicología individual encuentra a la formación sociohistórica en un contexto de franco deterioro y parálisis de las condiciones materiales soberanas, creo que la expresión de esta economía libidinal puede llegar a convertirse en la ritualización de la existencia psicoafectiva que incentive la consolidación dirigencial de una economía política más auténtica y subalterna. En tanto esta ideología de los cuerpos y de la mercancía sexual siga reproduciendo un elitismo sensorial acriollado, que venera un ethos colonial francamente limitado, será muy difícil lograr una satisfacción auténtica de nuestra materialidad psicoafectiva, todo cuento más las etiquetas de la felicidad individual impiden un goce democratizado y divinizador. En la medida que el sexo siga atrapado en la transgresión clandestina y en la práctica de un lenguaje cosificador será casi imposible elaborar una lectura contrahegemónica de este discurso regresivo y antidemocrático, y así poder evidenciar el derecho que tiene toda identidad sexual e imaginación sobre el placer a publicitarse y expresarse libremente. De acuerdo a lo anterior el ascenso camuflado y exhibicionista de la hibridación homosexual en un contexto en donde se experimenta una fuerte crisis de la sexualidad tradicional, no puede ser otra cosa más que un proyecto de dominación de los cuerpos que sofistica al extremo y sin ningún desparpajo la decadencia de la ideología criolla, entregando la poca certidumbre de la intimidad a una relativización y búsqueda enfermiza del placer.

El carácter insuficiente y doloroso del amor romántico ante la embestida de la desenfrenada moda pansexualista revela el encuentro asimétrico y violento de corrientes vitales que al no poder complementarse y sintonizar afectivamente hallan en la maquinaria erótica la protesta por un mundo que huye del amor silenciosamente. La inmadurez cognoscitiva a la cual conduce la sexualización de la realidad antropológica en un contexto de irrefrenable despersonalización de la comunicación, evidencian la vehemencia de corrientes vitales que al no conseguir reconocerse y sintonizar afectivamente se entregan a la venganza y a la violencia de la seducción como el único antídoto que sustituye la fantasía de la salvación individual por una ingeniería de los afectos en donde aquel que se enamora primero pierde y es forzado a convertirse en objeto de goce y de recorrido amatorio y anecdótico. El hecho de que el amor ya no logre sublimar lo afanes pulsionales de la identidad individual y no los traduzca en una experiencia concreta de conocimiento, lo convierte en un repertorio de recursos retóricos y manipulatorios al servicio de la inteligencia sensorial, que destruye su propia base de felicidad al politizar los cuerpos y al hacerlos colisionar en la frivolidad absoluta.
En este escenario la hegemonía de hibridaciones y mestizajes sexuales que desbordan los marcos epistémicos del amor romántico, considerado hoy una cursilería de espíritus débiles, exponen la experiencia social al peligro del tedio y de la soledad metafísica, en la medida que las colisiones estéticas y el apetito descarado de las pasiones incipientes agigantan la descomunicación y la ausencia de complementación ontológica que el amor si otorgaba con delirio. Este descontrol de las pasiones y la crisis del amor al independizarse el cuerpo de toda promesa de exaltación cognoscitiva, es propalada por aquellas narrativas que ven en el amor heterosexual una normalización del afecto que excluye las delicias de toda transgresión corporal, y por lo tanto, no permite gozar realmente. Si bien la expansión de una información más variada sobre el sexo y el cuidado casi religioso de las dotaciones corporales para politizarlo, ha significado la exploración de nuevas formas de libertad, lo cierto es que este régimen de la inversión somática y la autonimzación del placer culminan en un disfrute limitado y disminuido de la sexualidad.

El desarrollo del sexo-máquina encuentra a la subjetividad ante la imposibilidad de poder ejecutar con heroicidad toda la imaginación erótica que un lenguaje desmesurado sobre el sexo presume. El exceso de información sobre el sexo produce la atrofia del placer sexual, destinándolo a segmentos privilegiados que pueden invertir, proyectar y politizar su cuerpo. La soledad a la que conduce la administración espasmódica de la ideología sexual sentencian a las hibridaciones sexuales, que socavan la polarización heterosexual, a un envejecimiento precoz de sus ontologías específicas y a un enfriamiento de la liberación concreta.

La historia sería otra si la propagación de la homosexualidad hubiera sido una réplica exacta de la liberación sexual que explosionó en los centros hegemónicos occidentales, pero no fue así. Al contrario de lo que sostienen los ideólogos de este movimiento, creo acertadamente que el realzamiento de su ruta específica se ha gestado en un momento histórico donde el debilitamiento del patrimonialismo y la crisis de la masculinidad, han permitido la irrupción de lógicas silenciadas por la era falocéntrica. Si bien la homosexualidad como alternativa subalterna representa para los capitalismos avanzados un estadio de transmutación simbólica que reafirma y valida la lógica de su revolución individual- programa contemplado en la vanguardia estética -, en la experiencia de las sociedades periféricas esta crisis de la masculinidad, y la consiguiente movilización de hibridaciones sexuales, coinciden con el agotamiento del proceso de modernización autoritario-desarrollista, lo cual quiere decir que la expresión desbordada de la heterogeneidad sexual no representa la expresión de una lógica cultural superior correspondiente y en interacción al desarrollo de una supuesta sociedad del conocimiento, sino un proceso ideológico cuya fenomenología explícita se divorcia de la economía política periférica y empieza a succionar su fuerza creativa hacia la institucionalización de un erotismo existencialista y regresivo que constituye la ficción de la posmodernidad. En otras palabras, a diferencia de la desactivación sistémica que supuso la modernidad, y su posterior convivencia con otros saberes emancipados, en una sociedad compleja, que permiten políticas culturales compensatorias que negocian la racionalidad del mercado, en las economías periféricas el desdibujamiento de la razón populista no supone la evolución de ética de discurso alguno sino el desarrollo de una subalternización erótica que pueda amortiguar el impacto de la lógica del mercado asimilándola como una cultura objetualizadora dadora de sentido colectivo.

Allí donde las estructuras del poder capitalista se hacen más despóticas, como es en las regiones periféricas la capacidad de contrabalancear el efecto de la dominación reificadora no proviene de ningún procedimiento dialogante, sino de la adopción sensorial de la lógica festiva de las categorías populares, infladas por el fenómeno mediático. La interiorización maquinal de la racionalidad instrumental encuentra a la mentalidad periférica ante la necesidad de resistirla con el sobredimensionamiento transmutador e incierto de la erotización de la experiencia individual; un comportamiento subjetivista que neutraliza el padecimiento de la estandarización con el confinamiento de la conciencia en la inmadurez juvenil. La subjetividad colonizada practica el amor a su sabiduría sincrética con la expresión de un materialismo combativo y plástico que muta sexualmente hablando, cada vez que se sienta amenazado por la muerte sistémica. En esta plasticidad alegórica y reencarnada que escapa con el placer corpóreo a la administración de lo real se halla el riesgo de caer en hibridaciones sexuales que no suponen en evoluciones superiores de una mentalidad más cosmopolita y tolerante, sino personalidades que soportan la desmaterialización de lo microsocial con regresiones sensoriales y agresivas, incapaces de involucrarse en un proyecto de objetivación del desarrollo.

Mientras la ideología homosexual en los centros hegemónicos goza de cierta funcionalidad ciudadana con la totalidad siendo la expresión de su ser específico aceptada por la esfera pública y la vida cotidiana- ya que no constituye una contradicción cultural en el sistema político-en las sociedades periféricas la contradicción ontológica que propone la homosexualidad constituye una narrativa que lucha por el reconocimiento particular, en un momento en que el corazón de la realidad peruana urge de condiciones materiales dignas de existencia social. Que se entienda bien, no tengo nada en contra de la ideología homosexual lo que busco hacer explícito, y es algo que esta opción trata de ocultar, pues es demasiado egoísta para luchar por la democracia auténtica, es que su avaricia lingüística enmascara y reproduce relaciones de fuerza que nuestra vanguardia multicultural no quiere superar pues legitima la desigualdad social. Desde mi punto de vista la multidimensionalidad de la dominación capitalista debe combatirse con una práctica política que logre configurar cadenas equivalenciales, como Arguye Laclau, que consigan capturar la circunstancia propicia para traducir la diversidad en una síntesis histórica de verdadero valor nacional y representativa. En tanto el multiculturalismo local sirva para financiar prácticas rentistas y acomodaticias, que no antagonizan realmente con los rostros de la dominación, no dejará de ser un discurso amable, una moda que siembra la rivalidad y la discordia, ahí donde se hace necesario un proyecto colectivo de bienestar democrático que supere el pluralismo improductivo y entrópico. Como la ideología homosexual es parte de este mosaico de la dominación creo que debe reorientarse y ser menos mezquina, porque de su acoplamiento cognoscitivo depende el enriquecimiento del discurso democrático cuanto más se hace necesario el cambio cualitativo de nuestras sociedades.

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