Ni Atenas Ni Israel

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Los límites del consumo y el agotamiento de la cultura

by on Jul.12, 2011, under Sin categoría

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Resumen:

Hoy más que nunca que el descarrilamiento de la cultura del consumo y del deconstruccionismo simbólico desestructuran y colocan en la incertidumbre a las culturas subalternas, se hace necesario una crítica de este modelo de liberalismo cultural asentado en una economía desbocada, como el único antídoto para que la sociedad democrática obtenga un control participativo y fijado de contextos de significados y sistemas de creencias que entumecen la acción política y convierten el derrotero de las identidades en una pluma desarraigada en manos de las manipulaciones de la anarquía global del capitalismo.

Abstract:

Today more than ever that the derailment of consumer culture and the symbolic deconstruction unstructured and placed in subordinate cultures uncertainty, it is necessary a review of this model of cultural liberalism anchored in a runaway economy, as the only antidote to get a democratic society and participatory control set of contexts of meaning and belief systems numbing political action and make the route to the uprooted identities in a pen in the hands of the operations of global anarchy of capitalism.

Palabras claves: Consumo, ideología, deconstrucción, modernidad, estudios culturales, subalternidad

¿Cultura o ideología?

Más allá de que este bache en el capitalismo sólo sea un ligero traspié o resfrío ilusorio del patrón de desarrollo occidental, la verdad es que el aparente desprendimiento de identidades híbridas que han sido estimuladas por la explosión infinita de la mass media evidencia el desvío histórico del sistema productivo de consumo para perseguir y devorar los sistemas de significación y de creencias que se han agotado, en un momento donde la vida excluida presiona por ser incluida en el modelo de desarrollo. Si bien la huida de la referencia social de la reificación industrial ha sido perseguida hacia los confines de la intersubjetividad por una proliferación de bienes culturales que consiguió deshacer la protesta histórica, lo cierto es que la fragmentación y caos cultural que ha provocado han culminado por derribar un patrón de crecimiento soberano que ofrecía garantías de control histórico y autonomía a las identidades subalternas del mundo. El agotamiento de lo que se conoció como Estado de Bienestar o populista ha desencadenado el desdibujamiento de la narrativa del progreso histórico, ingresando la construcción de la personalidad en un escenario donde la estructura social se hace añicos y todos los referentes culturales que antes daban cobijo a la vida socializada son desmanteladas en centenares de ruinas, dejando un cuerpo social desbaratado y al acecho de singularidades agigantadas .

El desarrollismo keynesiano económico como sostén material de una sociedad que salía salvada del holocausto bélico fue la respuesta institucional que ofreció la sociedad ante los ultrajes económicos de la desregulación financiera que provocaron las guerras mundiales. El mundo capitalista ante la presión del socialismo realmente existente, ante los movimientos de liberación nacional del tercer mundo, y ante las propias contradicciones internas de sus sociedades específicas, tuvo que cerrar un pacto de reconciliación con los actores democráticos inaugurando un estado de crecimiento que vinculaba el capitalismo, los actores mercantiles con las organizaciones de la sociedad civil de tal modo que el Estado se comprometió a garantizar e incentivar la producción empresarial siempre y cuando la rentabilidad se hiciera en correspondencia y en beneficio de los actores civiles . El Estado nivelaba las desigualdades en la medida que remercantilizaba a los agentes económicos que quedaban rezagados en la tendencia a la monopolización, al capacitarlos y al hacerlos ingresar en relaciones de oferta y demanda . El acuerdo democrático hasta cierto punto resulta en la medida que bloqueaba las contradicciones sociales que las sociedades avanzadas experimentaban, disciplinando las fuerzas sociales y asegurando la gobernabilidad del Estado en relación a la planificación económica que acallaba la multiplicación de las demandas sociales.

Es en este escenario de modernización hasta cierto punto autoritaria del sistema cultural, incentivado por los medios de comunicación que va ir paulatinamente liberándose de la lógica disciplinaria un proceso de personalización que permitió modelar psicología proclives a consumir los bienes materiales y simbólicos, de una sociedad sumida en la segmentación simbólica, y es lo que va a crear una ontología cultural que huye de los edificios estandarizados de la lógica sistémica, porque percibe en la racionalización de la vida social relaciones de dominación que persiguen rutinizar la vida y sumirla en la vida conformista . Hasta cierto punto esta cultura consumista liberada de su referencia material provocó poco después el agotamiento y acoso del estado desarrollista, ya que la culturización postmoderna que producirá irá atrofiando lentamente el predominio de la industrialización como modelo de desarrollo social .

A la larga este giro cultural y de apropiación estratégica de la vida cultural ocasionó el despliegue y desarrollo de una razón tecnológica y científica que asentará la producción y los intereses de capital en la dominación estratégica de los sistemas de creencia y hábitus individual. Es decir, la huida de la vida de la razón histórica, el descontento cultural de un proceso de revolución que solo botaba dominación y estandarización, decidirá que la intersubjetividad se replegará hacia un existencialismo vanidoso, pero solitario, que abandonará el exterior por una agitación espasmódica de una mente que se refugiará en el consumo y en estilo de vida ideológico-narcisista . El deseo cínico y gastador de reconocerá como la lógica sistémica que estimulará la construcción y proliferación de la complejidad organizativa, ya que el sistema productivo capitalista, en este contexto de desorden cósmico, se va a organizar y va a succionar su plusvalor en función del montaje de una industrialización cultural que fomenta y exarceba el estereotipo y la hibridación sociocultural .

En algunas sociedades donde la expansión institucional del sector público va a significar el sostén material que facilitará la asimilación y control ciudadano de la alienación consumista, es donde recaerá una simetría y coexistencia entre el tiempo de trabajo y tiempo del ocio. En otras palabras, la culturización gigantesca que representa la sociedad del conocimiento y del consumo va estar amortiguada por una estructura organizativa de actores ciudadanos, lo cual determinara que la alienación consumista no hecha a perder la iniciativa laboral y disciplinaria de los agentes económicos.

Esta situación no sucederá con similar forma en las regiones periféricas del sistema capitalista donde el agotamiento de las economías nacionales, aunado a las resistencias que supondrán las relaciones culturales tradicionales, desactivará de plano los esfuerzos históricos por completar el ciclo de formación de la auténtica modernidad racional . Más allá de que este completamiento socioestructural de la formación histórica no se consolidó, debido a la crisis de recesión que experimentó el capitalismo en los años 70s, y a la presión socialista que desestabilizaba las condiciones para introducir correctivos legítimos en la estructura social, creemos que lo que explica el degradamiento del estado populista es la dependencia económico-cultural que padecían los capitalismos periféricos y el hecho de que la planificación moderna se iría paulatinamente evaporando para rediseñar un escenario productivo donde el conocimiento, la información y el deseo resquebrajarán las relaciones de dominación civilizatorias, en una vida reticular y compleja donde el poder ideológico se decide en función del voluntarismo y creatividad empresarial .

La vida colectiva, la vanguardia revolucionaria se desintegrará en una multitud de nuevos movimientos sociales, que además de buscar la tan ansiada redistribución económica, irán detrás del desmantelamiento de la relaciones de dominación simbólica. En otras palabras, la lucha por el reconocimiento irá desalojando las preocupaciones por eliminar la explotación social, redefiniendo el capitalismo multinacional en función de la solidaridad global e internacional que buscara equilibrar con la democracia directa la escandalosa sensorialización del poder y su introyección descarada en la vida significativa .

El crecimiento de una red interminable de referentes culturales irá sacando de la preocupación pública el tema utópico de la revolución social, lo cual irá otorgando al sistema desorganizado de la existencia cultural una centralidad absoluta en la medida que las tipicidades burguesas o yuppies que legitiman la sociedad de consumo se irán expandiendo por el universo planetario, hibridizándose y en otra ocasiones hegemonizando con los sistemas de referencia, local, regional o nacional. Mientras que la producción cultural es cercada por el capitalismo de flujos e inversiones trasnacionales tanto más esta invierte las relaciones de poder en sistemas de expectativas locales y democráticos, deconstruyendo el sometimiento en una vida que padece el cáncer de la ideología mercantilizada . Es decir, el asentamiento del capitalismo en la apropiación descarada de las culturas tradicionales y de las idiosincrasias locales, no sólo busca convertir el peligro de la revolución en vida domesticada y servil, sino que esquiva elegantemente el propósito de los actores democráticos de enriquecer igualitariamente las condiciones de vida social que ofrece el desarrollo global. Es decir, el plusvalor supracultural que consigue vive de la regresión sociopsicólogica del actor singular, de su no completamiento dialéctico, de la contención ahistórica que promueve un modelo de desarrollo social que no cancela la industrialización, pero que la restringe para pocas sociedades que monopolizan las atribuciones del desarrollo tecnocientífico . En la medida que los descubrimientos e invenciones de la ciencia se orquestan en función del despliegue de las industrias culturales y de la razón cínica, será muy difícil liberar los beneficios del desarrollo tecnológico del control autoritario de las ideologías planetarias, masificar su aprovechamiento democrático, ya que la tendencia demuestra que los adelantos tecnocientíficos son utilizados para saciar las expectativas hedonistas de una individualidad saturada y bombardeada de espectacularidad cínica .

La proliferación de los híbridos culturales, liberados de la lógica unidimensional y autoritaria genera toda una gran conspiración ideológica en contra del espíritu subalterno que persigue democráticamente transformar las condiciones jerárquicas y antidemocráticas de la globalización socioeconómica. Es la obstinación del ánimo histórico de seguir siendo un esclavo glotón de la razón del deseo capitalista lo que impide la desestructuración de la complejidad del poder, ya que tal revolución cultural no podrá partir para su éxito de un solo cambio de horizonte mental sino que tendrá que afincarse en el desarrollo responsable de las fuerzas productivas, que le dan a la individualidad potenciada una base material donde hacer concreta su felicidad.

Crítica de los estudios culturales.

Al amparo del repliegue político que padecieron las fuerzas de izquierda con el neoliberalismo, se mantuvo la estrategia desde el pensamiento comprometido de relegar el análisis crítico hacia aquellas posiciones donde el liquidamiento neoliberal no lograra desalojar la potencia de la filosofía de izquierda. Quizás el problema de esta resistencia táctica haya sido que la fuerza para continuar con la crítica despiadada de la vida mistificada se convirtió con el paso del tiempo en la siembra de un estilo de vida que ha terminado por capitular ante las arremetidas culturalistas de la razón lingüística y de la ideología neoliberal. ¿En que consiste este conservadurismo repentino? Que ante la licuación de la estructura social y de las condiciones objetivas que posibilitaban la revolución del horizonte capitalista la vida contestataria se protegió de la ofensiva neoliberal en la crítica cultural, en el cuestionamiento acendrado del estilo de vida aburguesado y de las industrias culturales como una manera de conservar vital una forma de pensamiento que no había podido evitar la intensa culturalización de la estructura capitalista .

Al haberse definido que la transformación del capital dejaba sin aliento a la teoría crítica ya que este giro ontológico significaba el engarrotamiento y la pérdida de seducción de la filosofía negativa las capas sociales que antaño le daban validez cognitiva cambiaron arriesgadamente su campo de creencia revolucionaria por un deconstruccionismo cultural que empieza a leer el idealismo de los sistema abstractos en función de los esfuerzos de integración individual y de resistencia semántica que la particularidad golpeada por la globalización ejercía peligrosamente. Es decir el individualismo metodológico de las individualidades más calificadas se convierte en el etnométodo para alcanzar supervivencia en un escenario histórico donde la preservación del mundo de la vida se va a dar en función de que tanto la subjetividad sepa maniobrar con audacia en la sociedad del conocimiento, de que tanto su habilidad para reproducir información le facilite el reconocimiento de su estructura doméstica de vida cotidiana .

En este sentido, los estudios culturales van a reflejar según las características de las sociedades subalternas las diversas estrategias de resistencia cultural de las identidades dominadas en tanto la desestructuración de la modernidad sólida va a implicar un proceso de desmaterialización de la gramática del poder capitalista, en campos de exclusión sociocultural donde se sensorializa la dominación y esta se recubre de ideologización estética .

A diferencia del hombre unidimensional y estandarizado se irá modelando una mentalidad compleja que va a disponer de la prerrogativa de desactivar el poder corporalizado en el propio centro de la experiencia cognitiva, lo cual va a denotar una transgresión valorativa de las coordenadas del poder mistificado pero en función de la naturaleza singular del actor solitario. Por ello si bien el escape de la gramática de la dominación va a implicar una subjetividad que se las arregla para integrarse a los repertorios de acción colectiva aceptando el racismo de los sistemas de conocimiento, lo cierto es que tal acomodamiento etnometodológico va a significar instrumentalizar los espacios de socialización y los contextos de significación donde se forma la psicología de los actores más vulnerables y empobrecidos, poniendo el cuerpo social en función de los intereses egoístas y de reproducción sensorial del actor individual. Es decir, la vida mistificada va a deconstruir las ideologías que pretenden dominarla siempre en relación de concretar los apetitos de reconocimiento estético que los actores se propongan edificar, y todo esto en función de concretar biografías que otorguen provisionales máscaras de certidumbre cultural . Para decirlo de otro modo el poder va ser barrido cuando los actores deseen hacerlo, y lo harán siempre y cuando le resulte agradable y divertido; en tanto la dominación les resulte confortable no la dejarán, haciendo creer al capitalismo que sus reificaciones son discursos eficaces de poder que embrutecen al agente social, cuando en realidad son sólo revestimientos cómodos que otorgan identificación y cierto cobijo étnico .

La integración es legitimada porque a través de ella el actor consigue acceder a las facilidades e informaciones que hacen posible la reproducción social; no hay sistema moral que movilice al individuo a utilizar los marcos institucionales; la verdad es que la sociedad es rehecha porque sin el amortiguamiento emocional que ofrece el actor no se decide a mediarse a través de ella; la realidad social no existe a excepción de las intermitentes iluminaciones y solidaridades convenidas que dan la simulación de que ésta existe. A las raíces sociales cada quien las manipula a su antojo, lo que quiere decir que el proceso de individualización bloquea y desaparece la socialización a despecho del desarrollo integral de la personalidad que queda detenida según las circunstancias en desarrollo embrionarios e infantilidades socio-psicológicas . Al quedar desamparada la identidad por obra del desmantelamiento político de la realidad social la subjetividad recrea toda una variedad de instalaciones populares y folklóricas propias de su desenvolvimiento cultural, creyéndose todas las aventuras ideológicas que el subconsciente enfermo imagina como auténticas formaciones sociales .

De acuerdo a esta terquedad de proseguir la subjetividad inscrita en las maniobras de la espectacularidad ideológica es de donde la epistemología culturalista recoge signos de asentamiento de su posición neoconservadora. Al admitir que el giro lingüístico ha hecho ingresar al espíritu social ante las embestidas y riesgos de un mundo desbocado, que es difícil de ser predecible, creen que el poder puede ser rebatido solo de manera etnocultural o deconstructiva, lo cual genera que la lucha por democratizar las estructura mundializadas de la globalización económica sea abandonada por ser anticuada. El integrado, el multiculturalista cree que sólo puede revolucionar las jerarquías del poder simbólico con una cuota de voluntarismo constructivista, cuando esta estrategia de saturación discursiva se desarrolla a costa de referencias sociales que hacen posible la materialización del beneficio individual. Al intensificarse el relativismo y el enraizamiento temporal y desechable de las mutaciones ideológicas se ingresa en un escenario objetivo donde la explosión y fragmentación de órdenes sociales no es capaz de encubrir la evolución real de la estructura social, con el consiguiente añadido de la inmadurez de los sometidos.

La cultura jala la atención del individuo hacia la deliciosa actividad de los sentidos, pero aún cuando lo sepulta en la hipercomplejidad de lo recreativo y supra-estético no cancela la sensación de que envejecemos y que no estamos preparados para abandonar la vida. Cuando la facticidad del lenguaje nos hace ingresar en la juguetería emocional de lo que se deshace en nuestras manos, percibimos el perjuicio de una fuerza oscura que tratamos de disimular, pero que está ahí hiriente, acechando en los márgenes de lo que no es posible nombrar. Esa fuerza es la vida material que la epistemología cultural no logra enmascarar y que se cuela como una naturaleza vengativa que se levanta alrededor de los momentos de luz de la represión tecnocivilizatoria . Este mundo oculto es la sustancia de lo que no es prolongado o ideologizado por la inteligencia emocional de las organizaciones sensoriales; una ruta indomesticable que la razón estratégico-lingüística no logra leer oficialmente y que es retratada en la medida que el abismo de conocimiento no destruye las coordenadas pulsionales de donde brota lo que se trastoca en discurso frío. El lenguaje es el vestido místico que mantiene en la infantilidad lo que se escabulle en el inconsciente. Cuanto más la vida huye de lo abstracto en los confines indómitos e irracionales de la interioridad tanto más la exterioridad del mecanismo helado del capital se las arregla para acrecentar la falsedad de los híbridos que dice representar. Pero es la audacia del interior, que a veces asoma la cabeza por los dominios del sistema, lo que conspira para reencantar de vida rebelde las instalaciones disgregadas de la complejidad del capital, para reformarlo y a veces ponerlo festivo y jovial .

Tal vez en estos momentos en que se produce una indigestión de discursivismo es que se gesta la oportunidad para que la subalternidad logre aterrizar el idealismo de los sistemas abstractos, con el control reterritorializador de las culturas híbridas y locales. Tal vez sea el momento que los estudios culturales dejen la agencia exageradamente referencial del lenguaje y consigan regresarle a la vida el control sobre su sensoriedad idiosincrática, a salvo de una vez de las tecnologías estéticas que dividen el mundo entre los que saben gozar burguesamente y los que no saben hacerlo. El descontrol lingüístico, el libertinaje sígnico de la mass media ha ido bastante lejos en su intento de liberar a la naturaleza humana de sistemas cerrados y de visiones unilineales, consiguiendo en verdad hacer depender a la conciencia de estructuras ideológicas que desatan la cínica y oscura adicción de la irracionalidad aún a sabiendas de la conciencia sometida. La cultura que ha desbordado las instancias sólidas de la modernidad debe retirar su confianza en la habilidad integradora de las biografías sometidas, porque estas no se han tragado el cuentazo de que la felicidad reside en una existencia que devora ideologías, ya que de un modo inesperado las multitudes revolucionarias empiezan a creer que la emancipación depende de que la vida no confunda el apetito de materialidad por ideas agradables que sólo empequeñecen la subjetividad.

La vuelta del desarrollismo.

Ante la crisis que atraviesa el capital global se abre la hipótesis que la trasnacionalización de las decisiones políticas en materia de crecimiento económico provocó una fuga deflacionaria de los flujos económicos, lo que a la larga desincentivo las coordinaciones lucrativas que sostenían el modelo y desalento el consumo de los mercados regionales del mundo globalizado. La excesiva desregulación de la economía mundial, aunado a un achicamiento despolitizado del Estado, que confería posibilidades de dominio a la economía empresarial, ha ocasionado que la excesiva concentración del capital en control de los grupos de poder global vaya excluyendo de la capacidad de consumo y de inclusión productiva a las multitudes empobrecidas, que por su inhabilidad para acceder a los estratos estereotipados del consumo se han aventurado a recrear caóticamente los lenguajes micro empresariales como la única alternativa de supervivencia que les faculta ingresar a las cárceles ideológicas del estatus y distinción burguesa .

El capital al confiar en la escandaloso psicologización y movilización de las tipificaciones del consumo ha cimentado erróneamente la producción de utilidades en una domesticación y culturización del tejido biopolítico de la producción, lo cual a conducido a que se vayan acumulando en núcleos monopólicos y en redes económicas periféricas las actividades cognitivas que hacen posible la reproducción de lo real. Esta culturización linguistizada de la producción hace que las ventajas de la vida empresarial se hallen atravesadas por ideologías, clasificaciones, estatus y complejos estéticos que movilizan la carne social para reproducir prerrogativas del desorden capitalista. Como no es fácil de suponer esta mescolanza de realidades diversas ha acercado a la dominación biopolítica a la habilidad de las clases subalternas de democratizar desde la creatividad psicoempresarial los ámbitos elitistas de la producción capitalista.

Es la concientización soberana de las multitudes o de la razón populista que inunda el mezquino y unidimensional estado de derecho neoliberal, lo que hace que entre en una fase crítica el capital, porque recibe la presión democratizadora del proletariado cultural que exige una redefinición redistributiva de una constitución oligarca que se ha cerrado implacablemente . No es sólo la subalternización antropologica, que desborda la estandarización de la hegemonía capitalista, lo que preocupa a la razón cínica sino además la crítica reformista que recibe el autoritarismo del imperio de las clases populares, para redefinir adecuadamente la civilización capitalista, lo que obstruye la continuación y permanencia de un edificio global que hizo depender el crecimiento económico de la estimulación individualista y del desgarramiento de las solidaridades tradicionales. En este sentido la pluralidad productiva del proletariado si aspira a reconfigurar el esqueleto misterioso de la producción debe dirigir el deconstruccionismo subjetivista de la vida sometida a la invasión solidaria de la exterioridad sistémica del capital como la única estrategia para que el cambio de mentalidad este acompañado del necesario redimensionamiento de la estructura capitalista.

Al necesitar el imperialismo del capital de las diversas racionalidades económico-culturales de las sociedades populares, genera la oportunidad de democratizar radicalmente la globalización y de anular de una vez por todas el racismo e intolerancia de los enclaves culturales, de una burguesía asustadiza que se refugia en la ideologización estética y nihilista. El capital si ha de querer continuar con la globalización de los flujos de poder debe resolver los problemas de gobernabilidad de una sociedad popular que tiende a la mundialización, con la construcción de una economía social que se preocupe por la agenda social y por la poblaciones atrapadas en la pobreza estructural, ya no con la mendicidad de la política social sino nivelando a los actores políticos que van quedando rezagados en la lucha socioeconómica y así combatir la desigualdad social .

No obstante, esta tarea viene siendo obstruida por el repliegue del capital hacia los dominios intervencionistas de los Estados-nación buscando con ellos recuperar las coordinaciones de la inversión privada y restaurar la potencia globalizadora del tejido mercantil. El estado es el llamado a salvar la situación disgregada que experimenta el capital, mediante inyecciones importantes de capital líquido y por medio de ciertas prerrogativas constitucionales que indican donde debe ser repotenciado el mercado internacional. Se utiliza el poder público de un Estado que había sido menospreciado hasta la saciedad como único responsable del subdesarrollo y de la inestabilidad sociopolítica, para que remercantilice el tejido social de intereses privados que escapando al control soberano de los actores democráticos ponen la sociedad al servicio de los intereses particulares del capital. Hoy como nunca la hipocresía de la organización capitalista se hace cargo de la problemática social para arguyar que el futuro de la sociedad depende de que tanto reflote la rentabilidad del empresariado mundializado, cuando en realidad lo que se busca es mantener condiciones oligopólicas y elitizadas de control técnico para hacer creer a la opinión pública que lo que padece la sociedad de mercado es sólo una ligera dolencia o que es sólo pasajera . Creo – para añadirle más leña al fuego- que el crack del capital no consiste en una patología pasajera, sino que es producto de la especulación cínica y nómada de los flujos de inversiones que han desestructurado y desmaterializado las sociedades para ir formateando singularidades proclives a desenvolverse en los vericuetos funcionales del sistema capitalista mundializado .

Frente a esta situación los movimientos sociales que tanto se han engullido la tragedia de la traducción multicultural deben equilibrar la lucha por las diferencias excluidas con un replanteo táctico de su visión de economía solidaria, que a mi parecer no se quiere comer el lío de la competencia industrial, anarquizando y haciendo muy rudimentaria la producción de los sectores del mercado interno. Si las redes socioeconómicas de la supervivencia quieren convertirse en un pujante sector productivo, deben intentar como mecanismo de negociación política, internacionalizar y acrecentar el poder de los mercados regionales, generando circuitos económicos que vayan evadiendo la monopolización sistémica de la típica organización capitalista, para de este modo equilibrar la desterritorialización de los flujos del capital con vigilancia democrática local . No es volver a mantener cautivo al capital bajo las coordendas del poder político estatal de donde sale la reconstitución de la agencia económica sino estar a la altura de lo que es irreversible y cuya respuesta debe ser ejecutada sólo a nivel trasnacional.

Lo nacional es sólo un nivel de amortiguamientos reticulares que se ve obligado a realizar los actores democráticos para construir bloques regionales de poder económico-político que hagan más fácil a su vez la eficacia de los modelos de desarrollo social en beneficio de la sociedad. El desarrollismo entra como aquel discurso progresista que reensambla lo social para recrear un patrón de crecimiento interno que se ejerza en correspondencia con la fiscalización de la naturaleza social y de la promesa política de que el rendimiento del capital sea desideologizado y descentralizado en la sustancia populista de la sociedad.

¿Deconstruccionismo o revolución?

Con el debate sobre la condición posmoderna quedo bien claro que la dinámica histórica de la maquinaria social había estallado en un sinnúmero disperso de narrativas que al no haber podido vulnerar la gramática de la razón instrumental se fueron paulatinamente resguardando del caos cultural en la profusión de un discursivismo ideológico que esquivo la necesidad de revolucionar la estructura social de la modernidad . Se constató que la materialidad que había sostenido ciertamente el proceso de hibridación de los repertorios culturales de la sociedad de consumo se fue perjudicialmente desvaneciendo a vista y paciencia de un derrotero cultural que contesto con la trágica culturización de los sistemas de referencia biográfica. Frente a la licuación de la estructura material y su ingreso en el biopoder cognitivo de los dominados se evidenció que la medida para desactivar el recorrido desenfrenado de la razón cínica del deseo, pasaba necesariamente por deconstruir solitariamente la sensoriedad del poder desde la experiencia corporal para alterar la verticalidad de la dominación en mentalidades rebeldes que evadan la instrumentalización .

La constitución moderna que había dirigido totalmente el decurso de la hibridación cultural hasta los límites históricos que permitía la creatividad lingüística, explosionó en la proliferación sobresaturada de innovaciones y renovaciones socio-lingüísticas que colisionan irremediablemente contra el muro ontológico de la desilusión dialéctica. Cuanto más la razón histórica promete que su esfuerzo democrático es capaz de atravesar el muro sistémico de la razón cínica tanto más el capital toma la apariencia de una corriente de duración interna que se le escapa a la conciencia ; es decir, el caudal incontrolable del capital se ha identificado con la vida que somete tornando las cosificaciones del poder simbólico en cárceles sistemáticas que se van apoderando de la existencia que se rebela y resiste, haciendo naufragar sus esfuerzos disidentes y de inclusión en reintegraciones sensatas que reproducen lo real del poder, mandando , de este modo, toda la subversión subalterna hacia estereotipos ridículos dignos de ser despiadadamente apartados.

El cáncer que hoy amenaza la constitución de la modernidad es que las hibridaciones y mestizajes subalternos que resultan excluidos de los espacios monopólicos de la vida aburguesada ven alterados y rechazados sus legítimos pliegos de reclamos y protestas democráticas que plantean ante las oligarquías planetarias, viéndose obligados a mutar sus prácticas de reproducción cultural hacia las periferias delictivas y corrosibles de la vida pauperizada y peligrosa como una estrategia de supervivencia ontológica que les garantiza ilegalmente predominar objetivamente . La ley es transgredida porque no resulta no ser más que una envoltura normativa que contiene el curso espontáneo y recíproco de la vida solidaria que observa cínicamente como el Estado de derecho y los laberintos jurídicos obstruyen el desarrollo histórico de la vida social, lo cual lo obliga a caer cautivada bajo las seducciones de la cultura de la delincuencia que atrofia la existencia y torna salvaje la civilización. La proliferación de los híbridos se agarra e instrumentalizan delictivamente los marcos institucionales de la sociedad burocrática, intentando deconstruir sensorialmente la cosificación, pero lo que consiguen es revitalizar la fuerza de un cinismo subalterno que corroe la sensibilidad de la vida honesta y comprometida. Lo que es honrado y justo muta en lo que amenaza desviadamente a la razón civilizatoria de las burguesías planetarias, pero no de un modo revolucionario sino deseando fácilmente las comodidades y ventajas de un narcisismo cultural, que tanto es achacada como una existencia a la cual todos pueden acceder libidinalmente, cuando no es verdad. Aunque la ley declare que el crimen obedece a la tendencia resentida y desviada de las clases populares, la verdad es que el deterioro sistemático de los contextos de significación, que protegen la vida cotidiana de los subalternos, empuja a la existencia empobrecida a restaurarlos con la captura ideológica de bondades económicas que sólo son posible con el saqueo absurdo de la propiedad privada.

El río caudaloso del capital que asemeja el mundo del detalle con los sofisticados ensamblajes etnotecnológicos del desarrollo económico ocasiona el desenvolvimiento de una conciencia subjetiva que aprende a tener un rastreo simbólico del mundo heterogéneo desarrollando una actitud pragmática e intuitiva que le permite desplegarse en un escenario de herramientas y significados culturales. Es justamente esta vida cosificada que detesta desvestirse de sus innumerables micro-ideologías, la que otorga validez a un mundo de reificaciones funcionales donde nadie se deshace de su lectura de sí mismo o varia sus pautas culturales, porque el temor al tránsito dialéctico de la identidad es más fuerte que la facticidad del empobrecimiento socio-económico. En otras palabras el dramatismo de una identidad atrincherada en refugios ideológicos que se desvanecen – poniendo en grave riesgo la certidumbre socio-psicológica del actor individual- es lo que facilita la desestructuración de un mudo complejo y desbocado donde cada relación que se establece con el entorno, implica reproducir el desorden cósmico del capital, que ha logrado detener el impulso revolucionario con la desactivación de la acción política en una vida de asociaciones reticulares efímeras e invisibles . El cambio ontológico que representa un escenario complejo y de construcciones provisionales que exponen la sensibilidad cultural al riesgo de una trayectoria accidentada, es la condición trágica que debe ser cambiada por la transformación ontológica del esfuerzo revolucionario, cuya acción política debe superar dialécticamente la proliferación del discursivismo postmetafísico porque de no hacerlo las intenciones hedonistas naufragarán en el desequilibrio de lo caótico y de la muerte sistémica.

Es urgente revolucionar la resignación ante la transgresión de un mundo desarraigado y complejo por una identidad democrática que aprenda a vivir en el caos de las afirmaciones simbólicas, que sea capaz de controlar y adelantarse a las convulsiones sistemáticas del universo, y que este acostumbrada a rastrear positivamente los recursos escurridizos del capital global . Se debe dejar a un lado el deconstruccionismo simbólico como cambio de pautas culturales y buscar una acción colectiva de corte político que ayude a desactivar la gramática exterior y economicista de los flujos del capital, reinsertando, si es posible una planificación desarrollista del mundo complejo que subordine las ganancias de un capitalismo reticular a consideraciones de bienestar general. En tanto el mecanismo organizacional y gerencial del espíritu cínico del capital logre aprovecharse del decurso vital de los subalternos – porque logra poseer una lectura más apropiada del caos cósmico – no se conseguirá derribar ni revolucionar la situación rizomática y esquizofrénica que padece le mundo de la vida . Es ahí en las alteraciones irracionales y corpusculares de un mundo que se evapora objetivamente de donde la subjetividad rebelde debe extraer la fe en la superación de las contradicciones macroscópicas del mundo capitalista.

Si deseamos no ser víctimas de los desórdenes cósmicos de un mundo complejo debemos intentar incursionar con éxito en él, sólo a través de la consistencia que otorga un espacio de certidumbres culturales, que es a su vez producto de la gestión crítica y solidaria de una vida profundamente reticular. La sociedad no funda de una manera negativa y proteccionista sino como un organismo solidario y viviente que tendríamos que estar redefiniendo a cada instante y darle un sentido afirmativo, siempre estando alerta.

Rematerializar la vida.

Suene a una estrategia reaccionaria o no creemos que la única manera concreta de desactivar la gramática de los sublime, de lo que es por naturaleza abstracto y no humano, es volver hacer ingresar la práctica social en los confines materiales de un empirismo radical y pragmático . Si queremos deshacernos del sometimiento y rebajamiento de lo que es sistémico y funcional debemos creo reintroducir los planes privados en fines prácticos y finitos de felicidad y belleza que no impliquen adherirnos a proyectos trascendentales de naturaleza teorética u ontológica. Pero para que ellos sea real la vida debe superar la despiadada carga de lo abstracto, y de la burocratización de los sentidos por un tránsito político de la identidad a una vida liberada de compromisos estructurales y de cosificaciones ideológicas. El concepto audaz y seductor de la razón tecnológica debe ser invadido por una lógica sensorial que relocalize o reterritorialice las tendencias trascendentales de la razón cínica capitalista. Creo que la misión de controlar un mundo desbocado pasa necesariamente por desactivar intuitivamente la violencia de la instrumentalización, de hacer aterrizar sensorialmente un mecanismo abstracto que sentencia la vida a ser sólo un reservorio absurdo de plusvalor y de legitimaciones mediáticas.

La naturaleza explotada por la modernidad rampante al regresar como una patología virulenta que amenaza la integridad de la civilización hace peligrar en la absurdidad de la inmadurez nihilista a toda la rescatable capacidad histórica por desconectar la sublime gramática ciberespacial del capital. El agigantamiento de singularidades criminales por obra de la emancipación electrónica debe ceder ante la arremetida revolucionaria de los actores democráticos, los únicos esfuerzos clínicos por detener una maquinaria que condena a la vida a la oscuridad lingüística y a la destrucción ecológica.

El hechizo de un organismo hambriento de sordidez digital, la cárcel íntima de los signo mediáticos debe ser contenida por la transvaloración revolucionaria de los valores abstractos y sistémicos, porque es esta lógica la que esta ocasionando el desarrollo vertiginoso de un animal de consumo que devora, depreda y saquea la naturaleza interna y externa del planeta . En tanto la rentabilidad del capital descanse en el estímulo irreversible de una naturaleza pervertida se hará casi imposible rescatar la lucidez del pensamiento individual de los oscuros vacíos de la vida digital, la cual ha de conducir a una constante degradamiento de la naturaleza social e histórica. Es hoy la inconmensurable selva de lo abstracto, la que ha provocado el contagio de la existencia aislada del individuo de un biopoder mercantilista que hace responsable a cada individuo de la civilización del destino del mundo natural y social .

Quizás la estrategia para conjurar el desaforado mecanismo de la globalización consista en poner cotos a esta segunda naturaleza semiótica del consumo por medio de un proceso de organización local y subalterno de las identidades políticas que consiga crear conciencia ciudadana una cultura política responsable por el desarrollo y gestión de la sociedad democrática. En la media que los flujos y decisiones desterritorializadas del capitalismo sean vigilados desde los actores idiosincrásicos, la sociedad será capaz de entender que la permanencia d la vida privada y solidaria reposa en hacer que la economía capitalista sirva a los intereses de la civilización y no a la inversa.

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Trasgresión y cinismo en nuestra cultura (notas del campo)

by on Jul.12, 2011, under Sin categoría

Trasgredir es parte de nuestra identidad. ahi donde nos hemos olvidado quienes somos. Es antidoto y veneno

Trasgredir es parte de nuestra identidad. ahi donde nos hemos olvidado quienes somos. Es antidoto y veneno

Ronald Jesús Torres Bringas
ronsubalterno@gmail.com

Genealogía de la trasgresión colonial.

Contrariamente a lo que se piensa todo síntoma de anomia en el devenir contemporáneo no obedece a raíces de una descomposición de la religiosidad popular, sino a la generalización de una tendencia al delito simbólico, que se originó con la incrustación de la elite colonial dominante, al desmantelar el edificio mimético de las culturas arcaicas.

Ahí donde el diseño desgastado y anticuado de los invasores españoles trasladaron su ethos feudal y oscurantista, obstaculizando la síntesis panandina, que estaba en proceso, en el Tahuantinsuyo, tanto más la desadaptación psicológica a las viejas estructuras de la feudalidad descompusieron los cimientos alegóricos de la tradición andina. Insertándose la vida sometida a las categorías subalternas y deshechos culturales que la invasión construyo por obra del encuentro civilizatorio. En posición subordinada la cultura andina consiguió sobrevivir sincréticamente, a pesar de ver diezmada su población y sus ritos religiosos, pero el costo de readaptación al principio de realidad de la colonia fue desastroso: nunca como antes los saberes arcaicos de la heterogénea sociedad indígena abrazaron y se reapropiaron de los esquemas eurocéntricos de la colonia, con el objetivo de ser incluidos en los vericuetos civilizatorios de la dominación española y así poder disfrutar del ethos barroco y trasgresor que delataban con descaro en el edificio colonial.

No obstante, advertiendo la inmoralidad y degradación sociopsicológica, las elites indígenas aspiraban secretamente ser incorporadas en las desenfadadas manifestaciones orgiásticas de la administración colonial, lo que delataba, a pesar del racismo disimulado e hipócrita que soportaban las elites curacales, estas vivían apegadas al boato virreynal y dependían económicamente de los intrincados circuitos comerciales del Virreynato, a los cuales sólo querían ver más sofisticados, en la línea de sus intereses de sector social. El doble dolor por ver derruido los antiguos cantares de los Andes con la muerte pública de los Inkas de Vilcabamba, hizo sentir que el esfuerzo insuficiente de no desaparecer mediante la generosa civilización de los reinos andinos trajo una gran catástrofe. El tiempo frente al cual combatieron se volvió silencio, olvido y por supuesto adaptación anómica a una cultura virreynal profundamente hipócrita y de mucho menos valor que la desarrollada por el Imperio Incásico.

En cierta medida la parcializada integración de las clases curacales no aseguraba la total democratización de la estructura colonial – pues en el fondo era una sociedad imperante de castas- sin embargo, esta ambigua convivencia simulada no dejaba de ocultar que subsisten mecanismos de filtración arribistas de movilidad social que evacuaban la dureza de un discurso oficial sumamente discriminador y agobiante.

Gran parte de las lealtades y consentimiento cultural que lograban las administraciones coloniales de la diversidad indígena reposaban en la acriollada metodología trasgresora, que ponían en práctica con la inmediata consecuencia de dibujar una sociedad de castas que no era tan inmaculada, sino que permitía la mezcla y el mestizaje simbólico y racial, algo que se deseaba y menospreciaba silenciosamente aunque se practicara cínicamente. Ayer como hoy son razones eminentemente psicohistóricas las que legitiman esta mezcla depreciada de las identidades. A pesar que esta convivencia asolapada es desde ya un avance ontológico y pluralista, no deja de ser evidente que la sociedad peruana tolera hipócritamente una mosaico fragmentado de reconocimientos, que es el reflejo estructural y funcionalista de un sistema cultural que deshoga el rencor y el descontento, a través de la trasgresión más delincuencial. En esta realidad se teje una sexualidad donde el dolor es casi coincidente con el dolor y la violencia, así como con la risa.

Realmente uno se pregunta lo tremendamente mortificante e indigno que debió de ser para las clases populares del VIrryenato tener que soportar la explotación y aún más la exorbitante postergación etnocéntrica de la cultura oficial, que no sólo buscaba la aculturación teológica, sino que perseguía confirmar a las identidades a un principio de realidad francamente degradante y anticuado. No obstante, la vida licenciosa y el lujo despilfarrador era una prerrogativa e la elites coloniales, paulatinamente esa festividad trasgresora fue adoptada por toda la estratificación social, como el elemento cultural unificador que hacia posible el orden social, a pesar de ser un ingrediente de articulación que despabilaba frustración y disconformidad en todas las bases sociales.

La razón de que se consintiera una ideología conservadora en la esfera religiosa, que secretamente era libertina y nihilista, era de que obraba como una suerte de filtro de mezcla que posibilitaba la convivencia y la comprensión, desde el comienzo de la invasión colonial entre todas las identidades. Articulaciones subalternas que sólo eran producto de una soportabilidad hipócrita y racista, pero que delataba la dependencia mortífera de las clases subordinadas a un edificio colonial que les permitía una vida trasgresora, y una cultura de la informalidad sociocultural francamente compensatoria. Ahí donde había placer por el delito el cuerpo era un don de democracia oscurecida, que nadie hacía público, aunque la anomia lo desarrollaba en la intimidad. Famosa es la historia de la Perricholi, y Mariquita Ramos, que tan bien narro Ricardo Palma.

Y esa dependencia adicta a una cultura oficial degradada y bañada de feudalismo, no sólo se explica por el disciplinamiento silencioso de las masas explotadas y su irresistible y sistemático despoblamiento durante la colonia, sino que además ayudaba a comprender como la pluralidad de identidades arcaicas aceptaban el orden virreynal, como la consecuencia ineluctable de una catástrofe cosmológica, y por lo tanto, como un orden religioso y sincrético que permitía la reproducción asolapada de sus ritos y tradiciones al interior de la aculturización y de la persecución pedagógica de las misiones eclesiásticas.

El tiempo al que no conocían pero ya temían se expresaba en una cultura religiosa que hacía de la muerte en gracia y aflicción un paliativo al hecho de ser esclavos y siervos. La cruz trajo consigo un dolor como sentido, así como reforzó esa soledad y resignación que marcaría la sumisión del indio. El olvido de su propia fuerza telúrica, y la huida hacia la fiereza de la evangelización infravaloró la personalidad de las identidades subordinadas al yugo virreynal, así como constituyó una identidad en permanente desequilibrio como afanes de represión y de venganza. Más que explotación dura al andino soportó una humillación, ahi donde antes hubo nobleza y armonía con todo lo existente.

El sincretismo andino del principio de realidad feudal por parte de las clases subordinadas, no obedeció sólo a la complacencia mimética con el orden teológico, al cual se veneraba ambiguamente como reemplazo ideológico de la síntesis pananandina, sino que además tal estrategia era como un sistema de evasión ideológica que imitaba la moral trasgresora de las elites virryenales. Adoptando paulatinamente una cultura del delito y de la anomia institucional, que descompuso la milenaria tradición de los códigos morales de la sociedad incaica. A medida que el feudalismo inmoral de la colonia era distribuido por los curacazgos hacia las posiciones más subordinadas de la estructura colonial, la hegemonía española encontraba los apuntalamientos culturales suficientes para acomodar las instituciones indígenas a sus requerimientos de explotación y saqueo mercantilista.

Si bien el esfuerzo de las identidades subordinadas a través del tráfico comercial consiguió desarrollar estructuras económicas paralelas a la presuntuosa rigidez del orden colonial, nunca la floreciente mezcla y convivencia de los mestizajes alcanzó una integración cultural e idílica en el gobierno colonial. Debido en gran parte a la soberbia purificación ideológica de la concepción criolla, que veía las imperfecciones de su sociedad tradicional como defectos estructurales provenientes de la habitual degeneración y descomposición racial de sus gobernados. En tanto el régimen de poder facilitara el enriquecimiento del monopolio español, la desviadas intenciones de sus subordinados coloniales, eran tolerados como males necesarios que generaban el disciplinamiento y el consentimiento al orden colonial. Era una forma de ser devotos saliendo a pasear con el goce prohibido, para luego ser absueltos con más gracia y veneración.

En vista que la derrota del incanato no se debió a una superioridad civilizatoria de los españoles por sobre el imponente imperio incaico, uno no se llega a explicar ¿cómo lo peor y más degradado del feudalismo europeo consiguió conquistar y ulteriormente administrar territorios miméticos que habitualmente se defendían de la opresión apelando a la guerra? Más allá de que el racionalismo bélico de los europeos aprovechó las divisiones y antagonismos internos que padecía el Incanato, creemos que la ulterior aceptación de la hegemonía eurocéntrica no se debió sólo al mantenimiento y conservación interesada de las instituciones indígenas, como los curacazgos y favores a las etnias aliadas, sino a un más fino mecanismo de mestizaje cultural que descompuso la savia civilizatoria de la moral indígena, apelando a una adopción acriollada de la moral trasgresora cínica de los invasores, como una manera de ganar el compromiso cultural y devastar de paso la subjetividad arcaica de los dominados o colonizados.

La trasgresión colonial como mecanismo que erosionó la solidez alegórica de las mentalidades indígenas a pesar de ser sólo un registro cultural difundido en las elites coloniales es la razón originaria que explica la mutua convivencia cultural entre las instituciones indígenas y el empotramiento artificial de la administración feudalizada. Pues sólo una invitación a ser como las fuerzas coloniales en el sentido comercial y hedonístico del término, ayuda a comprender como las matrices subalternas incorporaron el ethos barroco cultural de la colonia y le demostraron su adhesión incondicional. la habitual calentura de los indios, más allá de ver corrompido su mundo sagrado arrojó a las mentalidades colectivas golpeadas por la guerra contra el tiempo a adoptar los patrones de un mundo donde el delito y trasgresión estética era la regla común, y a la vez parte de una sociedad que escoondía tras el oficio de la Cruz, una sociedad despiadada y sin un ápice de esfuerzo por trabajar y obedecer mandatos morales.

Hay que reconocerlo pero la raíces históricas de la gramática criolla y de la ulterior seducción modernizante hunden sus cimientos fenomenológicos en el enfermizo enraizamiento del programa virreynal de dominación. Raíces subjetivas que ni el más atrevido desarrollismo revolucionario o deconstrucción secular han podido desactivar, porque es el complejo psicohistórico trasgresor que explica y constituye nuestra identidad fragmentada y con tendencia a la desviación.

Postmodernismo y trasgresión.

Algunos razonamientos sociológicos ubican la profundización de nuestras patologías estructurales en la crisis cultural que vivió el país en la convulsionada década de los 80s. El desdibujamiento del desarrollismo populista, que fue el último esfuerzo nacionalista de barrer con las estructuras coloniales y oligárquicas de la dominación peruana, encontró a la tradición cultural ante una dolorosa encrucijada ontológica.

No sólo la cultura arrancada a las matrices gamonales no podía regresar concretamente a los enclaves y a los latifundios feudales, deshechos por la reforma agraria, sino que además el motivo historicista de su migración creativa y de su movilización política era destruida por la desregulación neoliberal, lo que trajo como consecuencia una dematerialización accidentada de la cultura migrante, que ante la pérdida de la base económica industrial se las arregló desordenadamente para generar emprendedurismos y pujantes economías populares como indicios claves del resurgimiento moderno de la tradición andina en escenarios seculares y presuntamente criollos. El desvanecimiento del campo, hizo al migrante consciente de reinventarlo en la ciudad con la informalidad y el trabajo duro, frente a un medio que nunca los ha tratado bien.

Es decir, el desborde popular que sufrieron las ciudades costeras consiguió probar la tesis que se abría una modernización subalterna y en mezcla permanente.
Una democratización desde abajo que buscaba hacer suyos las conquistas de la aculturacion, sometiendo el ethos criollo a una escisión masificada, y confirmando que la emergencia de la cholificación construía un Perú de todas las sangres. El crisol de mutaciones étnico-culturales que provocó el mito de la educación y de las intactas oportunidades económicas logró perennizar el mito productivo del caótico autodesarrollo microempresarial. Expuso al orden cultural ante una tragedia de desencuentros y hegemonías asfixiantes, donde los dispositivos anómicos de la trasgresión cultural y del individualismo narcisista destruyeron las bases ontológicas de un proyecto nacional, que fomento el gobierno Militar. A raíz del industrialismo modernizante, y posteriormente, con el impacto de las tecnologías de la información se desconfigura la posibilidad de parir una socialización saludable y normativa. El camino del Estado como ruta de integración nacional nunca fue realmente un arma para mantener unidos a los peruanos tan diversos e impredecibles.

Ese es quizás el proceso interno. Globalmente se desarrollaba un ataque furibundo a los macrorelatos de la modernidad racional, cuyos consecuencias, brevemente, fue la descomposición del sujeto cartesiano y de toda base moral y humanística donde recaer los beneficios de la racionalidad económica. No sólo la sociedad de consumo, sino además la hipermodernización personalista ( el hombre consumidor) – de la que habla Lipovetsky – sacudió terriblemente los idearios nacionales de la identidad chola, socavando desde entonces toda posibilidad de regenerar un individuo reflexivo, donde repose la arquitectura fiel de una sociedad racional o levemente orientada.

Al difuminarse toda probabilidad de un discurso con solidez, que se evapora en la vida impulsiva y en lo relatos de la subversión narcisista, asistimos a la concreción de una personalidad desarticulada, emocional y debilitada donde la ideología extrema del individualismo consumista, consolida el cancelamiento de la conciencia y la razón, y la substituye por el impulso trasgresor y absurdamente criminal. La vida no es más que pulsión reticular e intermitentes señales de juicio y banalidad.

El ser fracturado, succionado por la red inconmensurable del mundo digital (internet, TV, publicidad) se adapta ante la facticidad de los efímero y obsoleto en la vida social. Como la cultura sufre las amenazas cosificadoras del mundo organizado, aprende a intimar con la trasgresión cultural, como un medio natural de reconstruir la agresividad de los escenarios de su vida cotidiana, que experimentan los riesgos de una vida individual, sumamente adaptada al delito y al cinismo cultural.

Si bien esta realidad cultural de trasgresores sólo es posible ahí donde la conservación de las personas la precisan como un remedio ubicuo para defender las bondades de su mundo de la vida, la verdad es que esta legitimidad común de un mecanismo inmoral e infrahumano no deja de esconder una crítica severa a la violencia cultural del mundo capitalista. El patrón de acumulación sólo descansa en la constante desviación etnocéntrica y anómica de las mismas conciencias que padecen su impacto degradante y de las que sirve.

Si bien el estímulo de consolidar un comportamiento trasgresor se deja sentir por el impacto indirecto de la mass media y la diseminación digital, la verdad es que el Perú urbano, y presumo en el ámbito rural, este suceso cultural alcanza altos niveles de metástasis social, que se deja ver en tres tipos de subjetividad que aperturan este mundo nihilista :

1. Los brutos: en este tipo de trasgresión moral tanta es la acción irracional de desgastar la conciencia, que uno adopta patrones bárbaros de calificación del significado anulándola o simplemente erosionándola, hasta no ver la daga que te hiere tan sólo por hacer más soportable la existencia que es frecuentemente agresiva y dolorosa. Aquí la estupidez adquirida socialmente por la pobreza de la experiencia individual consigue cancelar la reflexión y el yo pensante, pero al precio de convertirse en un ser anómico que evade constantemente lo prohibido, y que perjudica la interacción con el otro por la sarta de torpezas ingenuas y ocurrencias disparatadas que es capaz de producir una existencia embrutecida.

La moral no es abandonada tan sólo por ser una contranaturaleza – como sostiene Nietzsche – sino porque la estructura cínica que pretende no consigue sublimar eróticamente un goce trasgresor que se rebela como incontenible y despiadadamente libertino. En tanto la ley moral se destaque como un imperativo que le pone muros al alma, no podrá curar más que interrumpir abruptamente un deseo ciego y estúpido que se ha vuelto en la contemporaneidad absolutamente deseable y aceptado. La acumulación de una ley represora pero impecable ha gestado una cultura subterránea de subterfugios e inmoralidades que es un medio de protesta como de parasitismo convencional. Ser estúpido es una opción ahí donde el alma carga pretensiones no escuchadas, y donde el embelasamiento del ego nos cuenta que todos podemos acceder a la felicidad sin ningún sacrificio y sin tener que sudarla con la fe del trabajo.

2. Una segunda trasgresión moral es la distorsión sofista, que si bien constituye un desahogo y espontaneidad lingüística en el manejo estilístico del diálogo muchas veces no termina siendo un instrumento al servicio de la comunicación de la verdad objetiva, sino un conjunto retórico y cosmético de falsas verdades, que no sólo buscan movilizar las emociones, sino imponer máscaras ilusorias que producen y controlan identidades.

El lenguaje en vez de comportarse como un aclarador transparente de nuestra soberbia moral, un dispositivo que nos libre de las corazas seductoras de las astutas ideologías, se convierte en un recurso semántico para el engaño y la corrupción moral. En una realidad de máscaras e ideologías permanentes el sujeto cínico, consciente del embaucamiento publicitario de las industrias culturales, se deja empantanar por la seducción ideológica. La identidad estable y diferente no reside en la obligación a un imperativo moral o legal, sino en probar el delicioso néctar de lo oculto y misterioso.

Un ejemplo de esto resulta la estrategia del cortejo, en donde la fémina acepta el ritual retórico de la seducción, la química siempre cautivadora del enamoramiento, y aunque ambos saben que lo único que quieren es literalmente “probarse”, aunque sabe que todo es falso e ideológico se cede ante los atenuantes magicos del momento, pues lo que importa es el impacto de la agresión verbal y estilística, mas que el contenido moral de la persona a la cual elige y ama. El amor para la mujer como para el hombre es retórica fenoménica y simulada. En verdad rechaza las pocas virtudes ontológicas de la personalidad masculina y viceversa, aunque se presuma que se amarían y se respetarían. Lo que importa es la química no de lo que se dice, sino de lo que se atreve a o no decir, de un lenguaje corporal de juegos y celadas donde el contacto es mas que lenguaje, sino olfato y roces dulces. Todo cortejo es impacto, donde el hablar es sólo algo muy referencial, pero si decisivo para persuadir, no importando el rango que se tenga. Cuanto más animal es mejor. Solo se seguro.

3. Un último tipo de trasgresión es el acontecimiento de convertir el arte en una ideología. Si bien sabemos que la contemplación extática del arte fue una prerrogativa celosa de la alta cultura aristocrática, desde que las industrias del goce y la comunicación han expandido el espectro estético del arte de vanguardia moderno a las clases populares, se asiste a una constante realización esteticista de las interacciones cotidianas.

Si bien los ropajes publicitarios de la sociedad de consumo y el impulso ideológico de expandir una cultura de la politización de los cuerpos hablan de un reencantamiento mitológico y politeísta de la dominación estética, no es para nadie un secreto que este bombardeo esteticista oculta un mundo de interacciones arruinadas y hostiles, y en todo caso potencia solitariamente una existencia amenazada por el cáncer cultural y la insignificancia ontológica. En este sentido, la trasgresión estética representaría el mecanismo exitoso de aparecer lo insoportable de la voluntad dolida en algo cosméticamente presentable y devorable. Sólo un arte absoluto puede darse en la absoluta violencia de la sociedad de mercado . El arte se vuelve una moral, donde el cosificar se convierte en regla común. Sólo un arte que se haga piel puede derribar la carga del racismo. Mientras este confinado a sentidores que sólo buscan espectáculo el arte reproducirá lo que denuncia: la constante separación superficial del lo bello. El arte es sólo arte cuando los cuerpos a los que se dirige son solo formas horizontales. trasgredir es un acto estético, si es que se hace público, sino es privado de su propia energía redentora y genera el odio que tanto desea ver aniquilado.

La virtual descomposición trasgresora de la identidad , que es en el fondo la lógica cultural de nuestro capitalismo primario-exportador, no es sólo un proceso complotado por la globalización digital, para arruinar la eticidad democrática y solidaria de la sociedad civil. Sino una procesualidad interna y vernacular de rechazo y adaptación al diseño demoliberal de la razón de mercado, cuando éste en nuestra pobreza civilizatoria nos conmina a adaptarnos a un mundo racional y burocratizado que es sólo el artificio succionador de nuestro plusvalor material al gran capital. Cuanto más el poder sistémico nos cosifica y nos empuja a llevar los vestidos de la mercantilización técnica, tanto más la vida domesticada asimila la violencia del exterior capitalista con el embadurnamiento populista de la trasgresión. Como un mecanismo de resistencia cultural conduce al sistemático desmoronamiento de la identidad, y es la única receta de traducción cultural con que cuentan las categorías subordinadas para sobrevivir absolutamente en esta realidad capitalista profundamente relativizada. A su vez la trasgresión es una herramienta para improvisar y crear nuevas realidades productivas, muchas de ellas asociadas a la ilegalidad, pero que duda cabe también creadoras de artificios productivos que hoy han alcanzado el rubro microempresarial. De la anomia sale creaciones como amenazas al orden establecido.

Teoría del asesinato. (casos de anomia)

El derecho a la vida es un principio intangible que hace posible el orden civilizado. Sin esta premisa jurídica que funda el valor del individualismo burgués es imposible la vida social y la libertad de los ciudadanos de contratar y practicar relaciones de intercambio. Si bien la mercantilización deshace los lazos humanos previos a toda acción contractual, pronto el frío vínculo del dinero deposita en los cuerpos una interacción cosificada y agresiva, donde hasta el lenguaje más agradable está instrumentalmente dirigido. Una especie de muerte sistémica que no elimina la vida pero la torna inútil y trivial ante los ojos de la explotación.

En la experiencia trasgresora y autoritaria – que no es sino una conducta producida por la incisión fracturante que produce el mercado en la cultura – es donde reposa el empobrecimiento de la cultura, que al quedar secuestrada la capacidad de juicio y reflexión se produce una personalidad emocional y resentida que todo lo selecciona, según el apetito o el humor que posea en cada acción. El secuestro de la capacidad de juicio o sensatez que conduce a una exposición sobreexcitada de las emociones, que se posesionan en delirios mortificantes, es el resultado del desabastecimiento de una cultura cargada de valores negativos y superfluos. Una razón debilitada que es incapaz de gobernar un campo irresistible de fuerzas internas que al no ser sublimado en acciones con significado estallan de un modo agresivo y violento.

La razón liquida el subconsciente caótico y energético cuando lo invade con su cuota de normatividad y orden lógico, pero el resultado no es una personalidad domesticada y juiciosa, sino un carácter colonizado y reprimido que aplasta el fuego interno que produce la enferemedad de la cultura por intermedio del bombardeo audiovisual. Lo cual conduce a una sobreexcitación de fuerzas activas, que no logran ser controladas y las vuelven impulsivas y violentas. El esfuerzo por expandir la represión como una manera de acallar la sublevación de los sentidos estimulados por el impacto digital conduce al efecto contrario: volver mórbida a una conducta que sólo destruye y se torna delincuencial por no saber darle un registro cultural al espíritu.

Es este empobrecimiento racional de la sociedad o su descomposición en un mecanismo autorepresivo de domesticación y selección lo que lleva al triunfo de la insignificancia o a su constante elitización monopólica. En vez que la variedad de la vida social enriquezca con su savia vivencial al mundo de la vida que se atrofia al carecer de significado, se convierte en una realidad alienada cargada de fragmentación y hostilidad donde el espíritu empobrecido no logra conseguir cobijo y todo se torna desolado y extraño de manera ontológica. Cuanto mas pobreza y represión en una cultura no educada, tanto más se corre el peligro que su libertad consentida despierte el no respeto por la vida, y hasta vea como deporte el asesinar, bajo presupuestos banales y sin equivalencia. En un mundo donde nada tiene valor y todo es igual a los ojos de personas con un mal uso de libertad, el matar se vuelve en contingencia natural, y hasta una cacería negociada.

El empobrecimiento del juicio que atrofia las bondades de una razón comunicativa, incapaz de neutralizar un espacio repleto de conflicto y degradación, es lo que produce un ser que ante la ausencia de compensaciones emocionales y de resguardo comprensivo se entrega a la embriaguez del valores negativos y de iniquidad, como una manera de llenar con el goce anecdótico y diferencial una identidad vacía de significado que se deshace en el autoritarismo y la violencia social.

Es de este empobrecimiento consumado que nace el asesino. Este no es sólo producto de una racionalización policíaca y represora, como en las sociedades avanzadas, sino el producto de una realidad que no haya salida cognoscitiva en el mundo administrado, y que decide la ejecución del delito como una explosión de desahogo, ante la imposibilidad de sublimar sus impulsos embotados, y simultáneamente alterados.

Ahí donde el juicio y la comunicación no rehacen simbólicamente los vínculos sentimentales rotos por a mercantilización, se desarrolla una personalidad mórbida, que halla en la naturaleza violenta y en la tortura asesina de la otredad la excusa perfecta para incrementar su diferencia. Es decir, se mata, se trasgrede el derecho a la vida porque se lo encuentra placentero e identificante, un magma de violencia y agresividad que es el resultado histórico y contingente por pacificar la sociedad, con la silenciosa y amenazante violencia simbólica.

Tal vez en la vida mixtificada agobiada por una historia de abstinencia y represión, testimonios dolorosos de existencias aplastadas por el olvido y la explotación, el asesinato es un accidente incontrolable explicado por el desabastecimiento del juicio y de razón dialógica, lo que hace natural y socializable el autoritarismo y la violencia, como evento emergentes de furia arcaica que sale como producto del abandono educativo de las poblaciones y su ingreso en los juegos del lenguaje autoritarios de la postmodernidad. Una explosión de violencia asesina es más que una acumulación de un odio no comprendido, sino ya un tipo de personalidad que halla en la frialdad de la muerte un medio de vida. Una forma desquiciada de atreverse a hacer algo contra la sociedad a la que tanto odia, sin tener razones reales de porque hacerlo.

Pero fuera de este panorama de dolor y opresión policíaca, en las clases dominantes, donde la armonía entre el espíritu y el cuerpo es posibilitada por una historia distinciones y anécdotas, el asesinato halla un motivo no en la irracionalidad de la acción, sino en la supremacía de un delito que no es castigado por estar más allá de bien y del mal. Es el poder consagrado a venerar una vida llena de empoderamientos y de excesos legitimados, como en toda la sociedad, lo que justifica muestras presuntuosas de decidir sobre el derecho a la vida de otros.

Ya que es la posición social que se ostenta suficiente protección legal contra acciónes delincuenciales necesarias para acrecentar su dominio o simplemente mantenerlo. El asesinato más allá de ser producto del desorden social ocasionado por una modernización accidentada, es un recurso que resalta lo endeble que es la institucionalidad penal para corregir o revertir ideológicamente una acción desviada que halla su desbocamiento impune en una realidad caótica y empobrecida.

El fuerte posicionamiento de una historia de gobiernos autoritarios, es la premisa objetiva necesaria pata evidenciar como el asesinato es un recurso político para eliminar las aberraciones del poder, y que ahí donde hay corrupción y demostración de poder político este recurso es visto como un sacrificio necesario para asentar y estabilizar gobiernos. El sólo yugo denostativo de las clases populares, sólo frena en su intención de imponer el principio histórico-democrático cuando comete genocidios y masacres como estrategias para contener los ánimos de regeneración democratizante, pero más allá de ser actos instrumentales para sembrar el miedo son rituales sacrificiales modernos con los que se demuestra el poder complejo de las oligarquías financieras, son cuotas de sangre necesarias para la refundación del acto político soberano.

Es el miedo la roturamiento de la hegemonía eterna de las clases dominantes el que empuja a echar mano del asesinato político; no sólo basta un acto de represión de la protesta, sino un derramamiento terrible de sangre inocente como un medio de delatar los propósitos dictatoriales del poder, que suele castigar al asesino pero no penaliza el esquema arrogante que lo genera. El crimen impune se acostumbra como expresión refleja de una individualidad arrogante que no tiene límites, que sólo es persuadida con la prevención y no por medio del ennoblecimiento educativo-

En fin se podrían dar tres razones estructurales y de contexto que explican la promoción cínica del asesinato en este mundo administrado:

1. El asesinato sería causado por un exceso de biopoder (concepto caro a Michael Foucault) represor en las estructuras de la subjetividad: en vez que la razón organice a las fuerzas activas del organismo psíquico se convierte en un muro represor que castiga cualquier evasión dionisiaca del poder corporal con una estructura libidinal reprimida que invita a la explosión desublimadora. Violentar se vuleve una forma de desfogue irracional cuando Eros esta inhibido. (Todo tipo de violencia marital por celos y engaños)

2. En un segundo momento complementando el argumento anterior, el asesinato es provocado por una sobrestimulación mórbida y libertina de los sentidos que ante la oferta deliciosa de la sociedad de consumo y el impacto de la publicidad digital, constituyen una energía individual sumamente incontrolable que no se puede institucionalizar más que desahogar en el goce renovador. El desmarque de la individualidad de las referencias morales comunes invitaría a transgredir la ley social que es vista como una camisa de fuerza que cohíbe la plena liberación de los sentidos. (Asesinos en serie como los que se producen en las escuelas de EEUU o los tan mentados Maras en Brasil)

3. En un tercer momento, el asesinato expresaría la lógica irracional de perturbaciones ontológicas más profundas debido a la presencia distorsionante de la civilización humana. El hombre en su afán de liberar zonas artificiales para la expansión de su particular naturaleza cultural habría acelerado el proceso de degradación de sus condiciones instintivas que al ser atrofiadas por los proyectos de domesticación racional habrían tomado una forma explosiva y caótica, una naturaleza interna salvaje y misteriosa incapaz de ser domada por la modernización autoritaria. (el caso a este argumento es la Guerra entre naciones y organizaciones terroristas)

A cerca de la violación y el abuso sexual.

Muchos celebran como una evolución cultural el creciente poder social que vienen obteniendo las mujeres. Nadie sospecha – so pena de ser autoritario o idiota sensual- que este conjunto de atributos simbólicos y feministas que se condensa en la atmósfera social esconde una guerra silenciosa por sobre el control del principio productor de los sexos.

Sigilosamente el ataque al principio sólido del machismo no está generando una equidad civilizada entre los géneros, sino un caos relativista de los sentidos, ahí donde la identidad sexual era moldeada con seguridad. Lo que quiere decir, que esta tan comentada liberación sexual es una máscara para ocultar el debilitamiento en la configuración de la sexualidad cuando el sexo es culturizado brutalmente. Osea se trata de volcarlo en negocio a toda costa.

Si bien la introyección del amor cortesano le había otorgado a la formación de los sexos un mecanismo de sublimación idealista culturizando el goce animal y dándole una figura respetada por la sexualización religiosa a través del la conformación del matrimonio, la verdad es que esta figura socializada de la pasión amorosa pronto daría paso con la emancipación del individuo de las fauces de la tradición a una configuración más liberal de la sexualidad que empezaría a ser vista como un saber de sublevación de los rígidos alcances de la socialización tradicional y autoritaria.

Es decir, al perderse la forma de la sexualidad polarizada ( Hombre- Mujer) que había instaurado la modernidad se asiste a la celebración postmoderna e hipersensorial de la sexualidad; que a través de la excitación de la cultura de la publicidad y del consumo encontrara los impulsos necesarios para acumular una identidad más acostumbrada a la sociedad del riesgo global. Tal vez el costo de dar paso a una realidad reencantada es que se provocarían la aparición de socializaciones morales reaccionarias, que no aprobarían esta liberalización erótica de los sentidos, porque se comportaría como un saber de vanguardia que debelaría lo inadaptado de los cuerpos individuales para mantener el equilibrio identitario en una realidad profundamente erotizada.

Este descontento con la emancipación sexual no sólo resucitaría discursos comprometidos con el fundamentalismo religioso moral, sino que además se provocaría un clima de violencia social como expresión de la crueldad maquínal de la que hace demostración la ideología sexual, una energía flexibilizada que levanta aristocracias y razas del goce auténtico, que despierta la disconformidad de la vida oprimida ante la imposibilidad de alcanzar una experiencia del goce desestresada cuando este ese elitiza despiadadamente.

Es sin lugar a dudas, la desmaterialización radical del sexo y su alianza estrecha con la soberanía erótica lo que estaría ocasionando una pobreza pasional de la experiencia sexual, en la medida que las oligarquías del placer estético concentran los usos y costumbres legítimos del goce auténtico y se transfiere hacia estas regiones todos los defectos simbólicos de la esfera cultural, lo que confirma el empobrecimiento de la vivencia amorosa y erótica. Toda sexualidad mediada culturalmente tarde o temprano se empobrece, si es que no es atrapada por la mecanización del mercado.

El hecho de que la propiedad simbólica de la esfera erótica delate la incapacidad somática de los sexos para resistir la obligación de mantener en equilibrio la capacidad de seducción y satisfacer las excitaciones del cuerpo, ejemplifica que esta brutal culturización de la sexualidad hiere en el núcleo de su discurso romántico al amor individual, predisponiendo la conformación de identidades sexuales que hallan en la agresión destructiva el escape perfecto para liberar todas las energías extáticas estimuladas por el bombardeo audiovisual y publicitario.

Como es imposible ser sublimada la energía social producida por el éxtasis postmoderno, a través del amor idealizado, toda esta irracionalidad jovial no conoce salida que la violencia auto-destructiva, que halla entre sus principales víctimas a todas aquellas poblaciones menores que significan una fijación mórbida para psicópatas y perturbados.

Es tanta la exigencia sensorial que pesa sobre una realidad jerarquizada, que el amor es abandonado como experiencia máxima y se prefiere apelar a una vida llena de hostilidad sexual y hedonismo sobre-limitado, como expresión de una identidad que no quiere delatar su no poder responsabilizarse del estallido amoroso En la medida que el amor se convierte en una capacidad incontrolable, al cual se remite su anticipado control de los símbolos, asistimos a un manejo desigual de la cultura y del poder simbólico, que pesa entra las clases así como entre los géneros sexuales.

Esta distribución asimétrica del poder erótico esta siendo movilizada biopolíticamente por el feminismo reconstructivo, que aprovechando la validez de su cruzada cultural, impone un control prosumidor ( no pierde sus obligaciones en la casa,así como también se supera) de la experiencia íntima, que debilita el machismo en el control gendarme de la sexualidad. Esta debilidad y vulnerabilidad de la masculinidad que se ha erosionado con la emancipación del rol femenino del ámbito domestico y su irrupción hacia la esfera pública, donde pierde terreno biopolítico, esta expandiendo el poder cualitativo de la esfera femenina a todos los espacios subalternos de la cultura oficial, volviendo relativo y a veces fundamentalista el control masculino del principio de realidad.

La mayor disposición simbólica para gerenciar hábitos culturales del conocimiento productivo y su mayor habilidad para sublimarse en un capitalismo esquizofrénico dotan a la féminas de un poder político lo suficientemente feroz para reconstruir las fortalezas unidimensionales y autoritarias de la racionalidad masculina, que al debilitarse tiene que aceptar el relativismo sexual que este ataque ontológico ocasiona y ser rechazo hacia los submundos clandestinos de la violencia y de la ociosidad.

Es la mayor complejidad biopolítica de la sexualidad femenina la que torna difícil la rápida adaptación de la virilidad masculina a una especie de cortejo más sofisticado y de mayores exigencias, por lo que el discurso masculino se deteriora y es fácilmente asimilado por la voracidad femenina, si desarrolla una retórica del embaucamiento y de al persuasión seductora. Los cambios producidos por el empoderamiento de la mujer ocasionan la desestabilización de lo masculino que tiende a arrinconarse hacia un machismo exagerado que juega con la violencia y el maltrato al no aceptar con propiedad el poder de negociación que las féminas alcanzan. Ahi donde hay mayores requisitos que cumplir para adquirir pareja, tanto más el hombre desconoce a las féminas, y no pocos les importa un bledo, lo cual genera la aparición de extensiones como el dinero y el poder como formas de tener parejas sin necesidad de conocerlas o respetarlas para algo más serio. En cierta medida ambos sexos se cosifican, y de ahí esa guerra melosa y divertida en que se ha vuelto la polaridad Hombre- Mujer.

Como obviamente la avanzada despolarización de los sexos empobrece y desublima la vivencia masculina muchas veces ante la desventaja de no ser un respetuoso y taimado seductor, la identidad no halla mecanismos de evasión suficientes y contundentes para evadir la regresión bárbara y cultural que experimenta el sexo masculino. ( solo trato de comprender). El mayor despliegue simbólico del discurso femenino, y unido a ello, el complot sofístico de la tolerancia biopolítica y relativista que las vuele incriticables ante cualquier argumento racional – so pena de ser calificados como reprimidos o bárbaros machistas- convierte a la virilidad masculina en una selva agresora e irracional, en sus propios déficit emocionales y corporales. No defiendo para nada la violencia física y sexual de estos individuos – que no saben ser hombres y lo confunden con ser agresivos y mantener el control autoritario de sus hogares, a través del miedo y la manipulación- sólo trato de reconstruir y comprender el estallido emocional de la violencia física, psicológica y sexual de estos residuales hombres.

En su subjetividad arruinada y autoritaria ejercer violencia sobre la mujer es lo mismo que afirmar el dominio pírrico sobre el amor de sus parejas, cuando en verdad tal actitud primaria demuestra el ablandamiento psicológico de lo masculino, que ante la imposibilidad de maniobrar racionalmente en un mundo de máscaras simbólicas y etnolingüísticas tiene que soportar la sagacidad y conducta escurridiza de la mujer, que ante la vehemencia de lo concreto plantea la superioridad de su indiferencia y cálculo simbólico, su arsenal semántico. Solo intento describir que siglos de astucia han sido la forma que las féminas han hallado para evadir el autoritarismo de lo masculino, algo que en pleno debilitamiento de este patrón de poder es lo que provoca en medio de la ignorancia y la desinformación la violencia injustificada de los varones. Como dije ahi donde no hay educación, ni comunicación, la libertad puede conducirnos a peores resultados.

En realidad el abuso sexual es condenable desde todo punto de vista, pues saca a relucir la supervivencia de registros violentistas en plena era del diálogo y del giro hermenéutico, rezagos problemáticos que no hacen sino evidenciar los límites y el empobrecimiento racional de una sociedad de mercado que encarga la peligrosa facultad de ser individuos a las masas cuando éstas no han pasado por una segura y exitosa secularización educativa.

Acerca de la corrupción pública.

De entrada la conjetura que propongo para entender el fenómeno del corrupción en las instituciones públicas, pasa por comprender la naturaleza social de la formación profesional, y como asentamiento ideológico de la profesión, un fenómeno más complicado y resistente de la cultura organizacional tradicional. Ambos impasses estratégicos de la cultura han sido complementarios del ajuste estructural y sociocultural en fin, que ha padecido la formación social peruana, consolidando una gramática burocrática que no es sino producto de la desestructuración de la tradición patrimonial y su descarada conservación culturizada en el seno del Estado.

Para empezar hay que examinar la genealogía histórica de las profesiones. Lo que actualmente destacamos como una transformación tecnocrática exitosa del recurso humano ha posibilitado el despliegue de la acumulación capitalista no es sino una forma más aberrante de la tradicional cultura profesional que deviene desde la introducción de la colonia. Como bien lo atestigua Mariátegui la empresa colonial no trajo a estas tierras elementos empresariales del embrionario capitalismo protestante, sino una legión de vividores, clérigos, militares, médicos y juristas que administraron clientelarmente la colonia, pero que no imprimieron un desarrollo burgués a la estructura económica, porque pertenecían a una clase social feudalizada, que poseía una mentalidad rentista y parasitaria.

Como prácticamente su cultura profesional carecía del hábito de invención y productividad, durante los tres siglos del Virreynato y durante el oscurantismo latifundista de la República oligárquica el perfil profesional de nuestro recurso humano tendió a girar sobre el cultivo de una personalidad humanistoide y barroca, cercana a la mística criolla y heredera de ese ethos bohemio y cucufato, que sería la base cultural para la expresión de un pensamiento culturalista y filosófico de reflexión sobre la realidad nacional del país. Como es difícil romper con el registro profesional heredado de la colonia gran parte del imaginario cognoscitivo que sirve de base moral para el desarrollo de un profesional responsable fue abandonado por la tecnificación especializada del nuevo perfil profesional, que conjuro la poca productividad y excesivo humanismo manierista del profesional con una estructura meritocrática y mercantilista a la que sólo le importaba recoger resultados y soluciones gerenciales.

A medida que el mercado de trabajo profesional y el sistema superior de educación se subordinaban a las demandas tecnocráticas de este nuevo rostro empresarial se fue amputando la base moral humanista que bloqueaba la fría especialización y se fue constituyendo un funcionario preparado para las convulsiones administrativas del mundo empresarial, que responde al dinero del mejor postor y completamente desalmado para ser eficiente y barrer con los conflictos y turbulencias gerenciales. Así sin cultura, sin moldeamientos psicológicos y educativos gravitantes se fue conformando un profesional mercantilista dotado para maniobrar con los etnométodos estratégicos de la cultura organizacional y carente de la necesaria reflexión y energía crítica para valorizar y calificar ese ejecutivismo nihilista de cultura del vacío burocrática y capitalista.

Así la voluntad de cultura en un mundo de pragmáticos embrutecidos y reformistas se convierte en combustible de la maquinaria administrativa desposeída de las obligaciones y consecuencias morales de su incursión, fácilmente aliad de una corrupción organizativa que no es sino el otro rostro de un cruel egocentrismo y exhibicionismo individual. Ahí donde no hay valores, ni autocrítica no hay sentido de culpa ni límites para el delito moral, lo que a larga erosiona la habilidad funcional de su labor profesional y nos condiciona al error y al retraso cognoscitivo.

Por otra parte, si la degradación de nuestra cultura burocrática y organizacional se debe a la resistencia de discursos profesionales ineficientes e inmorales, otro tanto sucede con la interioridad de nuestra estructura estatal. La tesis que persigo es que la supervivencia sincrética de una cultura patrimonial en el seno del Estado no sólo ha debilitado los esfuerzos pro regular la actividad soberana de las instituciones políticas a lo largo del territorio nacional, sino que además la personalidad burocrática se ha visto asaltada por una red mafiosa de clientelas partidarias y gerontocráticas que desangran el Estado y lo convierten en un aparato de sirvientes gerenciales, que defienden os intereses del gran capital, desperdigando una voluntad policíaca y disciplinaria sobre la sociedad civil organizada. La subordinación antidemocrática del Estado a los intereses empresariales del poder económico lo hace permeable a la privatización de las demandas públicas y poco receptivo ante las reivindicaciones sociales, que son en más de las veces para las frívolas autoridades ruidos desestabilizadores y una fiscalización que entorpece los negociados y las componendas que se maquinan al interior del Estado.

Yo diría que un aparato estatal que es filtrado por la delincuencia de cuello y corbata es de todo conveniente para los intereses erosionantes de los poderes trasnacionales, pues un Estado deslegitimado anta las sociedad invadida de mafias y clientelas corporativas es más fácil de influir y corromper por el poder del dinero. La poca voluntad que demuestra el Estado actualmente para reformarse y hacerse más ágil a las peticiones y solicitudes de la sociedad civil, delata que la carrera pública esta invadida de una lógica empresarial por servir al gran capital, incapaz, por lo tanto, de representar las reivindicaciones populares que se tornan antagónicas y obstaculizantes de las autoridades corrompidas.

Si históricamente el Estado ha respondido a los clamores desarrollistas del pueblo y ha sido prácticamente inexistente para las sociedades populares que han elegido el autodesarrollo autárquico y fragmentario, es porque en su enraizamiento organizacional siempre ha existido una estructura jurídica y cognoscitiva que ha defendido la propiedad privada y el derecho negativo de los poderosos. A espaldas de las reivindicaciones ciudadanas el Estado autocrático siempre ha hecho alianza con los poderes fácticos, reprimiendo sin excusas toda manifestación de descontento, y aún cuando ha habido ciertas refundaciones institucionales de su arquitectura interna que han tratado de poner la legalidad al servicio del bienestar social, siempre el Estado moderno se ha rebelado como una entidad disciplinaria incrustada en un mundo heterogéneo y desarticulado, incompatible y sin capacidad de sintetizar nacionalmente una pluralidad que es la panacea del desarrollo y el motivo severo de nuestros desencuentros culturales.

En síntesis, la corrupción no es el síntoma más amplio de la degradación de la moral cotidiana -estimulada hoy en día por a vulgaridad pragmatista del mercado- sino además la prueba fidedigna que el Estado peruano es una identidad extraña a nuestra idiosincrasia, que nos gobierna y regula descaradamente para sembrar la instrumentalización de los agentes privados, mientras las autoridades se comportan como empresarios que se levantan nuestro patrimonio a expensas de un cuerpo social descoyunturado y en guerra cultural. Las sociedades sin Estado, o en donde éste cumple labores policíacas, sufren el cáncer de la corrupción pública como expresión de un agigantamiento individual que no conoce límites, ni temor a las penalidades sociales del pueblo sublevado, que en el fondo por el camino privado se comportarían similarmente.

Perspectivas.

Actualmente la cultura trasgresora corroe despiadadamente todo lo que queda del edificio social. Paradójicamente se diría que la lógica cultural que hace posible nuestro particular patrón de acumulación es esta gramática de la trasgresión, por lo que el hecho de desconectarla resulta particularmente contraproducente y moralista. Más allá de que la educación institucional y la pedagogía familiar hagan noble esfuerzos por deshacerse de esta anomia institucionalizada la verdad es que nuestra energía civilizatoria la nutre y la promueve, como una idiosincrasia cultural que trasciende discretamente cualquier proyecto social que trate de cambiar nuestra identidad corrupta e inmoral.

Ahora en plena sociedad de mercado y a lo largo de toda nuestra historia, se dan evidencias suficientes para sostener que la trasgresión cultural ha sido el resultado de la articulación accidentada de nuestra cultura al esquema cosmopolita y presumido de a colonización racional. Bajo otras palabras, la gramática trasgresora de la pervertida sociedad española del s XVI, y a lo largo de toda su administración se masifica como subjetividad de resistencia a la rígida y severa cultura oficial, y con el paso del tiempo se convirtió en el sello de fábrica de nuestra particularidad civilizatoria. En contra del dominio del poderoso y de su colonización biopolítica las clases populares y en particular todas aquellas mentalidades que padecían la condición subalterna se las arreglaron para expandir la cultura trasgresora como signo de sobrevivencia cultural, dañando y enfermando con su informalidad social todo aquello que resulta inmarcesible y ordenado. Más allá de que el ethos postmoderno desentierre desde los misterios de la sensoriedad una irracionalidad del goce desbordado que simpatiza y sobre estimula nuestra trasgresión civilizatoria, la verdad es que ésta red de la clandestinidad y la piratería cultural resulta muy difícil de desactivar, pues no sólo ha alcanzado niveles globales con su entramado popular, sino que además se rebelan como as estrategias de supervivencia semántica con que cuentan as clases populares para soportar los torbellinos de la mundialización y vivir con éxito en las fauces infinitas de a sociedad digital y de la información.

En la medida que el cambio cultural y la ruptura epocal con el nacionalismo metodológico se acrecientan Toda estrategia de reconstruir los vínculos deshechos por la instrumentalización desde el esfuerzo regresivo del Estado no desembocará más que en la violenta culturización y en la perdición tecnologizada, lo que es lo mismo decir que nuestro espíritu mutilado se desterritorializará y naufragará en la vida arcaica y mitológica que resucita pérfidamente la mass media. No soy profeta, espero estar equivocado, pero esta sutil resistencia de las culturas populares a lo largo de la historia para evadir creativamente el poder, decide hoy en día su elección por el mundo espectral del ciberespacio, donde todo destino colectivo es postergado o cruelmente congelado en los recuerdos de la historia de la razón.

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Insurgencia, y tración a la cultura en el Perú contemporáneo

by on Jul.12, 2011, under Sin categoría

Hoy la violencia es red. Si el poder lo quiere regresara como Estado

Hoy la violencia es red. Si el poder lo quiere regresara como Estado

Ronald Jesús Torres
ronsubalterno@gmail.com

Resumen:

Se hace un recorrido social de las situaciones históricas en donde se ha bloqueado toda democratización de las fuerzas populares y se lanza la conjetura de que la violencia y la naturaleza autoritaria de nuestra cultura es un resultado del los desencuentros y de las promesas culturales que las políticas de desarrollo modernizante han obturado sobre la materialidad y sensibilidad de los procesos históricos. En síntesis hoy en día el desarrollo reflexivo y anárquico que padece nuestra civilización produce rivalidad y un resentimiento estructural que pone en paréntesis perpetuo las expectativas de la complejidad cultural. Aún asi la vida es más plástica y pronto estas mafias caerán ante el poder de lo orgánico y natural en nuestras formaciones culturales.

Abstract:

There is a social tour of historical situations where democratization has blocked all subordinate forces and launched the assumption that violence and the authoritarian nature of our culture is a result of the misunderstandings and cultural policy promises modernizing development have blocked on the materiality and sensitivity of the historical process. Today In short reflective and anarchic development that our civilization have produced structural rivalry and resentment that perpetually places in parentheses expectations of cultural complexity.

Palabras claves. Violencia, modernización, desarrollo, cultura, autoritarismo, resentimiento cultural, globalización.

Violencia y catástrofe cosmológica:

La colisión cultural que representó el encuentro entre el Incanato y la invasión española generó una asimetría ontológica entre la cultura subordinada y la dominación española que se tradujo en la construcción de un edificio colonial sumamente discriminador de las culturas aborígenes del pasado Tahuantinsuyo . A pesar que la inserción hegemónica de la administración española fue el fiel reflejo de las alianzas y acuerdos a los que tuvo que llegar con las culturas subordinadas del Incanato para derrotarlo, la configuración sedentaria de la colonia limitó dichas confabulaciones a una convivencia civilizatoria francamente desigual y en perjuicio de la diversidad del desaparecido Incanato. A medida que las jerarquías colonizadoras absorbían y se afincaban en las entrañas de las instituciones indígenas iban desdibujándose las diferencias étnicas y cosmológicas que la administración incaica había conservado, reduciendo todas las imágenes y representaciones étnicas a un estrecho y vulgar concepto cultural de “indio” .

Si bien la coexistencia desigual entre ambas culturas permitió la preservación de las élites curacales de las culturas dominadas, lo cierto es que tal conservación institucional era para mantener la comunicación y la canalización de los intereses explotadores hacia la masa indígena indiferenciada. La violencia del reduccionismo colonial permitió un acceso segmentado y limitado a las castas oligárquicas de la cultura oficial en cierta medida para acallar las ambiciones políticas de los curacazgos que buscaron a lo largo de la colonia deshacerse del domino español sin perder las prerrogativas políticas e ideológicas sobre la masa indígena. El incremento del sojuzgamiento y de la explotación servil en el sistema productivo colonial fue desestimando los brotes de insurgencia de la población indígena en parte porque el desahogo religioso de las elites curacales le permitió conservar sus cultos y creencias tradicionales, y en parte porque la destrucción de imperio incaico fue concebida como una catástrofe cosmológica interpretada teológicamente desde la cosmovisión andina .

La violencia que soporto la sociedad andina de la superestructura colonial, que interfirió su plena síntesis cultural relegó el proceso de conformación de las identidades dominadas hacia los márgenes del principio de realidad impuesto, constituyendo un patrón de poder en activo sometimiento de las características fragmentadas de la civilización andina. Aún cuando la realidad colonial persiguió la adoración de idolatrías como una manera de barrer con las creencias y representaciones religiosas que se le oponían su aculturación desarrolló una convivencia hipócrita con las potencialidades míticas del mundo andino, como un modo de aprovecharse y dejar intactas las destrezas milenarias de la sociedad andina.

El orden colonial expresó con su dominación semi-disciplinaria el propósito de incrustar una constelación del poder mecanicista y unilateral que sólo succionaba el plusvalor material de estas tierras, por lo que dejó conservadas en los reduccionismos racistas y discriminador de su política de coexistencia, la naturaleza arcaica de un espíritu avasallado . Es la astucia sincrética de las culturas dominadas unida a la flexibilización que desarrollaron para dar legitimidad al régimen feudal lo que dio validez a un régimen de poder colonial que basó su acomodamiento ideológico en el constante rechazo de las hibridaciones y mestizajes culturales, que se suscitaron en las entrañas de la sociedad colonial, por vía de la seducción individualizadora de su lógica cultural, que sirvió como un código de cautiverio criollo que deshizo la unidad política de las culturas dominadas .

A medida que la dominación real sintonizaba con la adaptación acriollada de las múltiples identidades que ambicionaban el reconocimiento noble de la corona española, se fue incubando en las profundidades del orden aparente una violencia física y simbólica de enormes proporciones, violencia sólo contenida por los gigantescos esfuerzos de dar una inclusión subordinada a la masa indígena. Si bien existió una inscripción progresiva de los mestizajes y de las elites indígenas a las coordenadas variopintas de la estructura colonial, la discriminación asolapada y la cruenta rigidez del sistema colonial eran de tanta contundencia bio-cultural que disciplinaban agresivamente las conciencias y cuerpos de los explotados. En el seno de un sistema feudal anacrónico y que se enquistaba ideológicamente en la seducción del tradicionalismo barroco-estético surgió unas mentalidad plebeya y política lo suficientemente débil y humana para desear secretamente las ventajas socioculturales del estatus oficial, pero con las necesarias agallas para deshacerse de la herencia colonial que los aplastaba y explotaba, en la medida que la misión evangélica no podía vulnerar el odio a nuestra raza y cultura .

El orden colonial y su orgullosa alianza con el evangelismo cristiano deshizo la unidad precaria que había alcanzado el Tahuantinsuyo al precio de verse invadido por el desborde cultural de las identidades subalternas, que vigentes en la informalidad del sincretismo religioso y en los bordes de la explotación económica, lograron desarrollar prácticas legítimas de resistencia cultural que enriquecieron el desperdicio ontológico del edificio colonial. La agresividad psicológica del orden colonial, no obstante, haber depredado el patrimonio socioeconómico de la cultura andina, recibió la reacción deconstructiva de las heterogeneidades oprimidas que buscaron, a partir de las hibridaciones y tolerancia ilustrada que desarrolló la colonia hacia el fin de su existencia, una forma dialógica de apropiarse el discurso criollo de la cultura oficial.

Es a medida que la sociedad colonial recibía el influjo estremecedor de las nuevas ideologías que su naturaleza autárquica y cerrada se fue abriendo a las influencias racionalistas y cientistas de la ilustración francesa, como una manera de originar en la rigidez de la estructura de castas una renovación institucional y más en interacción con las vanguardias intelectuales y económicas del eurocentrismo. Pero tal apertura ideológica sólo removió superficialmente la estratificación feudal, pues el conservadurismo monárquico del régimen colonial aunado a la sumisión autoritaria de la población andina favoreció la adicción a la tradición colonial que se mantuvo intacta a pesar de la insurgencia de las ideas ilustradas .

En suma: la sincronización material y simbólica entre la sociedad andina y las garras regresivas del orden feudal colonial otorgó a la cultura oficial una fortaleza inmarcesible que pudo soportar los embates transformadores de la revolución burguesa, que se fue difuminando a medida que los procesos de atomización regional no calaban en la petrificada formación socio-feudal de la colonia. Gran parte de la victoria que supuso la reinstauración de la ideología conservadora reposo en que la ilustración no llegó impregnada a estas tierras de un espíritu propiamente nacional, sino que inspiro lecturas sesgadas de un exhibicionismo modélico que sólo fue capaz de movilizar la conciencia de cierto sector ilustrado de los criollos independentistas.

De algún modo el racionalismo revolucionario sirvió a los afanes separatistas de la clase criolla, pero no para introducir un espíritu propiamente republicano que sacara del atraso feudal a las categorías subordinadas – golpeadas por un modo de producción atrasado y extractivo- sino para fundar un modelo político de dominación que sólo favoreció a ciertas élites criollas que hundieron en la fragmentación rural a las clases populares que fueron movilizadas por la gesta emancipatoria .

La violencia colonial que había guardado un lugar de cierta convivencia hipócrita con los discursos dominados se trastocó con la hegemonía criolla subsiguiente en la dureza refeudalizante del campo y del modo de producción. Un país cuyo movimiento ilustrado sólo sirvió para adornar algunas conciencias intelectuales de un republicanismo iluso y antidemocrático, siguió viviendo bajo el oscurantismo ideológico de lo tradicional y arcaico en cuyo centro la esperanza de una redención indígena se convirtió en un deseo de venganza irracional y milenarista, acorde con la explotación y la excesiva sumisión y dependencia del campo frente a la ciudad aristocrática . La agresividad de un contrato de cascarón en medio de un fondo retrógrado y barbárico no fue suficiente canal ciudadano como para enfrentar la calamitosa persistencia de una estructura feudal que sólo beneficiaba a una aristocracia civilista parasitaria, que logró contener toda la utopía revolucionaria que había despertado la ideología ilustrada.

Ilustración y violencia:

El cocinado cambio de administración criolla por el de la península, como sabemos, no involucró un cambio de paradigma político, menos económico . En gran parte las desavenencias con la madre patria reposaban en la falta de reconocimiento cultural que padecían los criollos acaudalados y los mestizos en una sociedad jerárquica donde el indígena al ser derrotado, fue desplazado por los intereses criollos que se auto-atribuyeron los discursos de fundación del nacionalismo periférico a partir de la ideologización política que supuso las luchas por la independencia. En vez que las luchas populares maduraran en un proyecto subalterno de nación que incluyera la unidad de los pueblos internos, el nacionalismo criollo arraigó solamente en el sector ilustrado y pudiente de la sociedad colonial, por lo cual las rebeliones en curso y los cambios que se operaron en el diseño político no alteraron la estructura de castas, ni el modo legítimo como se reproducía la sociedad peruana, que al refeudalizarse ejerció una violencia y opresión indescriptible sobre las categorías populares serviles que ayudaron a la gesta independentista, curiosamente .

La derrota de las rebeliones indígenas, anteriores al fortalecimiento de los intereses criollos, permitió el descabezamiento de las elites curacales, lo que provocó que las luchas por la emancipación social se vincularan a la dirección de las clases criollas ilustradas y a la fuerza de sectores intermedios como los mestizos y caciques ilustrados, que al conseguir la independencia de España reprodujeron una estructura feudal más represiva y más injusta que la convivencia civilizatoria colonial. El desgaste del milenarismo andino que en cierto momento de la sublevación alcanzó el presentimiento de que las categorías ruarles oprimidas alterarían todo tipo de rezagos coloniales y códigos de la dominación, fue disuelto con el concurso de los criollos y mestizos disidentes, pues el sólo hecho de que el levantamiento indígena hubiera llegado al poder hubiera significado el desarrollo de una nación democrática y subalterna, inconciliable con los intereses aristocráticos de la clase criolla y mestiza. Mas allá de que la ideología nacionalista fue usada para movilizar a las naciones colonizadas, en realidad sólo fue un vehículo ideológico en manos de los intereses de la ascendiente clase criolla, que fundó una república igualitaria y soberana sólo en el discurso, en un discurso que animaría el exhibicionismo de las discusiones entre liberales y conservadores, y que montaría una republiqueta acriollada sobre el fondo desigual de lo estamental y feudalizado. El contrato republicano que civilizó sólo aquellas que serían considerados clases oligárquicas en realidad dejo fuera de juego a los sectores populares que dicha propuesta no podía ni quería civilizar; la excepción que hicieron con el Perú real fue la excusa perfecta para justificar el atraso del desarrollo político y económico, la otredad de la barbarie que decían debía ser domesticada y aplastada por condenar al país a la desunión y división social .

De esta temprana incapacidad para asimilar democráticamente a las masas excluidas surgiría un debate iconoclasta entre liberales y conservadores a cerca del problema del indio y de su posible inclusión al ejercicio de una ciudadanía funcional con los intereses de la versada república. Si bien las concepciones de la diferencia antropológica del indígena eran escépticas en el punto esencial de coexistir culturalmente con grupos literalmente considerados inferiores y un lastre para la nación, lo cierto es que el humanitarismo criollo depositó en el proyecto de inserción educativa, elaborado tras casi un siglo de discusión, las esperanzas de resolver políticamente la fragmentación sociocultural de la república peruana. Conforme la unilateralidad del proyecto educativo oficial colisionaba negativamente con la heterogeneidad étnica de la nación embrionaria se constataban las reticencias discriminadoras al discurso oligárquico, que no llegaba a comprender que el problema de la inclusión del indio no consistía en adoctrinarlo pedagógicamente para que pensara de modo ciudadano, sino en que debía cambiarse su injusta posición en la atrasada y anacrónica estructura productiva que lo explotaba y lo confinaba al último lugar de la escala social .

En tanto el acriollamiento que proponía el orden aristocrático de Lima no atinaba en el real problema de transformación de la estructura social y económica sus buenas intenciones de inculcar educación y valores ciudadanos funcionaban como una domesticación salvaje de las identidades, no reconociendo más que de modo despreciativo la naturaleza ritualizada de la vida rural y ejerciendo violencia al núcleo plural y descentralizado de la cultura popular peruana. A pesar que tal adoctrinamiento significaba decirle a la vida rural que abandonara y destruyera sus ancestrales saberes subalternos, este fue promovido de un modo inescrupuloso e ideologizado como la única estrategia para unificar políticamente la enorme heterogeneidad y diversidad estructural que era el motivo supuestamente del atraso nacional.

En ciernes, el reduccionismo educativo que consistía en una igualación cultural sobre el fondo de una formación socio-histórica feudal, chocaba negativamente con la rica variedad de las culturas populares ejerciendo violencia simbólica homogeneizante y prejuiciosa de los valores culturales, por lo que se mantenía la solidez y monotonía de un régimen de producción que reproducía una cultura tradicionalista y francamente petrificada. Lo valores educativos modernos si bien eran contenidos por el carácter latifundista y hacendatario de la estructura tradicional supusieron un avance intercultural de enorme importancia que buscaba desactivar las estructuras coloniales del patrón de poder oligarca y gamonalista, pero sin querer reconocer que la misma génesis simbólica de la estratificación hegemónica no deseaba sino perpetuar el cáncer de una cultura desigual e inhumana. El proyecto educativo noblemente dirigido difundió valores de la clase dominante al amparo de una estructura social que impedía la reproducción sostenida de dicha cultura, pues las asfixiantes asimetrías de la violencia cultural que promovían los discursos oficiales impedían todo intento de movilidad social alternativa a los estilos refinados de los sectores oligarcas, y relegaban toda lucha por alterar un edificio social injusto a la represión del racismo y la discriminación étnica. Sólo la mecánica de la dominación – de la que habla Julio Cotler – admitía la inscripción subordinada de segmentos de las clases sometidas en la medida que asimilaran por vía del proyecto educativo, el carácter plástico y acriollado de la violencia criolla, desconociendo de este modo el carácter originario de las matrices étnicas y adaptándose a un patrón cultural de dominación que sólo rechaza todo lo que venga del pueblo .

Esta canalización segmentada de contingentes reducidos de las clases populares cumplía el propósito de dar legitimidad al rostro de un sistema político cerrado y antidemocrático. En sí, a pesar de los enormes cambios del horizonte cultural de mediados del s XX hacia delante la solidez de la estructura feudal y del dominio oligarca se mantuvieron intactos, no obstante, haberse producido movimientos campesinos, crecimientos sindicales y movimientos urbano-populares, migraciones y democratizaciones en curso que habían obligado operar cambios drásticos en el rostro de las sociedades nacionales. La violencia disciplinaria a la que se vio obligado a apelar los gobiernos elitistas, evidenció el rezago de una gobernabilidad autoritaria y unilateral en manos de la clase criolla que sólo bloqueó el desarrollo de las democratizaciones populistas porque entorpecían la estabilidad de su poder económico . Mientras el movimiento de las relaciones sociales y culturales demandaba la configuración de una renovada estructura moderna, el comportamiento represivo de la oligarquía y de las aristocracias feudales demostraba el dominio de un discurso monocultural enmohecido que sólo perseguía cierta diversificación productiva en la medida que se preservara el carácter antimoderno de los enclaves económicos del campo y la ciudad.

A pesar de lo estricto que fue el régimen tradicional para contener la fuerza de los nuevos sectores, no pudieron impedir la reapropiación y redefinición de las instituciones feudales en clave progresista; en especial el sistema educativo que luego de enrostrarle su condición subordinada provocó en las estructuras culturales un mandato generacional de progreso y revolución social que fue desplazando el mito de Inkarri de la venganza milenarista por un discurso de modernización e inclusión educativa que minaría las bases oligarcas de la tradición . Aún cuando las evasiones elitistas insistían en la pervivencia de una jerarquía feudal, ya se habían producido un conjunto de mutaciones socioculturales que arrojaron a la subalternidad en los brazos de la dialéctica de la modernidad, debido a la promesa de una democracia popular y de ancha base que transformaría radicalmente el rostro de los espacios feudalizados. No es para nadie un secreto, pero estoy en lo correcto cuando afirmo que la evaporación desordenada y explosiva de la tradición en término culturales, sin antes haberse producido una economía política que estabilizara las hibridaciones del tejido sociocultural y diera una economía base a dicha culturización arrojó a las mentalidades populares a las garras de la certidumbre dogmática y de la violencia revolucionaria, como aquel mito fundacional de sentido que daría seguridad cultural, ahí donde la tradición cultural se había hecho añicos.

Modernización autoritaria y revolución.

Digámoslo así, el socavamiento de la estructura tradicional y de sus sistemas sólidos de significados eran las premisas necesarias para movilizar a las poblaciones oprimidas en contra de la cultura obsoleta y monocultural de la dominación que bloqueaba el desarrollo de una estructura racional e industrial . Ahí donde las culturas orales del campo y la ciudad resistían aferradas en las corazas de un mundo antiguo que se hacia pedazos, la ideología seductora de los medios de comunicación predigitales (TV. radio, prensa) auspiciaban la integración nacional-popular, como aquel cambio revolucionario que ofrecería reconciliación y bienestar económico y cultural para las categorías subalternas. Para destruir las bases productivas del antiguo poder aristocrático el discurso desarrollista tuvo que desactivar los enclaves sociales de la dominación, liberando la mano de obra, y dirigirla hacia los acantonamientos proletarios de la autoritaria y acelerada industrialización periférica, con el objetivo de construir un principio de ciudadanía igualitario basado en una justa redistribución de la riqueza social .

Parapetar una sociedad moderna representaba un enorme esfuerzo para las clases progresistas, ya que al no haber ya configurada cierta base económica y tecnológica que aprovechar y que promover políticamente se tuvo que apelar a un voluntarismo fáctico y proselitista para cambiar aceleradamente la estructura productiva en la dirección del desarrollo social. No obstante, haberse producido mutaciones colectivas de creciente importancia en el escenario cultural del país – que hablaba a las claras de una evolución espontánea de la estructura social- la verdad es que tal movilización contestataria no era suficientemente relevante como para alterar progresistamente la naturaleza reacia de un poder tradicional que gozaba de buena salud, a pesar de las críticas justificadas y la pérdida de legitimidad ciudadana.

A pesar que en la evolución histórica la república aristocrática dotó al país de una clase dirigente plutocrática que no supo más que diversificarse en la estructura económica de modo esporádico, lo cierto es que el concurso de una clase política vetusta y anticuada que levantó al país luego de la derrota en la Guerra del Pacífico, se fue desvaneciendo cuando esta clase dirigente no quiso hacer reformas sustanciales y democráticas en la estructura social que cambiaba por la presión de las luchas de liberación nacional y la ideología desarrollista hacia el aplacamiento de todo rezago o división social que implicara origen o estatus idiosincrásico .

Cuando la convulsión sobredimensionada de los cambios revolucionarios deshizo progresivamente la estructura feudal y sus sectores avanzados, aún cuando las categorías populares dependían de la sumisión que demostraban ante las clases dominantes se fue evidenciando una escisión ontológica con respecto al apoyo que alcanzaba el paradigma desarrollista. En la efervescencia sobreideologizada de las grandes mutaciones estructurales que se suscitaron en la cultura peruana, se provocó una separación cultural entre un sector reformista y otro revolucionario.

Mientras el primero percibió que una sociedad movilizada no otorgaba las garantías del caso para producir una reestructuración saludable de la economía, en la línea de un Estado populista, otro sector animado por la legitimidad democratizadora de los movimientos populares pronosticó que las luchas sociales no madurarían en cambios justos y saludables para las clases oprimidas en tanto el país no experimentara el radical paso de constituir una república socialista al estilo cubano. Como se vera, la sensatez de las reformas desarrollistas sólo perseguían construir un Estado capitalista que respondiera a las crecientes demandas materiales, a través de una dirección planificada e industrializante que estableciera una economía de guerra que soportara el embate reivindicacionista: esta fue la opción que abrazo el gobierno militar Velazquista, que si bien tuvo un carácter progresista no percibió que la modernización autoritaria que edificó para las clases populares no recibiría el complemento de una cultura nacional, claramente fragmentada y sumergida en conflictos de naturaleza étnica .

En tanto el otro sector más radical no vio que su responsabilidad utópica no era más que el desastre de una lectura de consigna inapropiada para las características socio-periféricas de la formación social peruana que no se decidió a transitar hacia un racionalismo responsable que desconociera las profundidades sagradas de las culturas orales. El revanchismo que supuso la visión dogmática del marxismo-leninismo-maoísmo no quiso ver que si la cultura popular se precipitó por la decisión de apoyar su causa combativa y de vanguardia fue porque en determinado momento la interpretación marxista del mundo significó para las clases oprimidas un discurso de modernidad y de desarrollo cultural más allá de los tintes doctrinarios del mismo discurso negativo. En otra palabras, el mensaje de redención que prometió el marxismo funcionó como un culto fundamentalista que ocupo el lugar dejado por una tradición transmutada y redefinida por el lenguaje seductor de los medios de comunicación de primera generación . Un mundo hecho trizas en el campo, y las ansias de libertad en las ciudades hizo que se reposara en la violencia política los semas de un espíritu social que deseaba nuevas firmezas y esperanzas a un mundo arcaico e injusto hecho escombros.

De forma general, el agotamiento del paradigma desarrollista que ponía en el ojo de la tormenta el carácter cada vez más ingobernable de las sociedades populares cooptaría de un modo brusco la naturaleza esperanzadora del mensaje moderno para transitar hacia el estadio irreconocible e imprevisible de la culturización (modernidad, sin modernización) de la estructura productiva de un capitalismo informacional y del conocimiento.

Quiero decirlo palabras entendibles, pero creo que la interferencia ontológica del desarrolismo, por obra de las dictaduras disciplinarias, no buscaba crear un clima de gobernabilidad que garantizara el crecimiento de la estructura industrial, sino realmente detener y ahogar en la persecución la naturaleza revolucionaria y desgarradora del discurso socialista peruano, que comandaba el romanticismo y la juventud verdadera de las clases populares. El haber redirigido de un modo renovado la promesa republicana hacia la construcción de una sociedad sin clases y reconciliada con las urgencias de la clase trabajadora era el discurso que se contuvo con la llegada de las dictaduras y de las estructuras institucionales de la democracia burguesa.

Al redefinirse de una manera violenta la relación entre el Estado y la sociedad para darle mayor vitalidad al protagonismo individual de los liderazgos empresariales y economicistas no se consideró lo difícil que supuso para las culturas populares acondicionarse a una artificialidad ideológica que cancelaba de plano las voluptuosas utopías colectivas de la modernidad sólida . De ahí que se comprenda que el inicio de la ruptura secular con las tradiciones populistas de la izquierda radical deviniera en una “insecularidad” y regresión ideológica de grandes proporciones que fueron excluidas y se auto-excluyeron de las falsedades genéricas del proceso de personalización nominalista, de la que habla Lipovetsky .

Lo que discuto en mis argumentaciones con el concepto de “insecularidad” del profesor Castillo es que según mis intenciones, la segunda secularización racional (la de los medios de comunicación liberal)-individualista que experimento la cultura real fue tan devastadora e irracional con las clases populares, que fue percibida por éstas como el salto a lo absurdo y vacío, diferente a la concepción de la falta de un Estado o de la teoría de privación relativa, que supone que la violencia política se debió al excesivo centralismo cultural del discurso oficial. Deacuerdo a mis objetivos, la regresiva tradicionalización desestabilizadora que padecieron las élites rurales, regionales y locales al acercarse el rostro racionalizante de la modernidad líquida recogió en la demencial violencia política el descontento popular con un régimen de producción cultural que abandonaría a la subjetividad a los submundos olvidados de la soledad y de la libertad negativa .

Estoy en lo cierto cuando sostengo que la liberación reprimida de la violencia desquiciada que asoló al país no fue producto de un accidente estructural o resultado de un cuello de botella ideológico, sino que tal agresividad se debió a que la excesiva aceleración autoritaria de los cambios modernos desembocaría en un cancelamiento sorpresivo e impactante de toda promesa de la cultura, y por consiguiente, en el desconocimiento injusto e inmoral de todos los grandes sueños e ilusiones que habían despertado las grandes democratizaciones en curso.

Sin que las variaciones estructurales y materiales estuvieran acompañadas al mismo ritmo por las relaciones socioculturales, se produjo una situación parecida al fascismo alemán donde el desatamiento de un Estado totalitario se debió a que los acelerados modernizaciones en curso que se operaron en al estructura social alemana, desestructurando violentamente la vida cotidiana tradicional, empujaron a la cultura a ejercer violencia de Estado por sobre todo aquello que se considerara inauténtico o contrario a la raza aria. Lo que concluyo es que la no espontaneidad de la modernización peruana arrojó a ciertos sectores, desadaptados al caos y a los procesos de personalización individualista, a una opción sin salida y de venganza con la nueva dominación compleja que se enquistaría .

La democracia liberal como traición a la cultura.

El ingreso de la cultura peruana a un escenario de fuerte interdependencia ontológica entre las naciones y agentes trasnacionalizados, donde el capitalismo ya no buscaría conciliar la acumulación productiva con el bienestar universal, sino que se recrearía sobre la base de las iniciativa simbólica de las singularidades empresariales, desembocaría en una escandalosa exclusión y una pavorosa pobreza estructural de los grupos sociales que no supieron embarcarse en el yate de la competencia y del giro lingüístico y digital. El gran mecanismo de naturaleza procedimental y civilizatorio que inauguraría la democracia liberal para ofrecer un orden saludable para el desarrollo de la vida individual y asociativa, impondría a su vez, un orden heterónomo donde la subjetividades populares tendrían que ir deshaciéndose de la ventajas socializadoras del Estado proteccionista, para transitar a un escenario de fuerte descomposición social e incertidumbre psicoafectiva.

La cobertura universal del Estado providencialista si bien había garantizado el resguardo y el desarrollo pleno de la vida social en un sujeto sin iniciativa y emprendimiento creativo, en un contexto donde el camino para construir una sociedad desarrollada requería del esfuerzo material y simbólico de los pueblos. Quizás el dilema de este orden contractual es que permitió el regreso de una visión elitista de la democracia, debido a la imposición de una plantilla antropológica colonial y eurocéntrica que sólo promovía aquellas trayectorias simbólicas que más se acercaban a comportarse como individualidades competentes y autosuficientes . El imperativo de presentar una realidad con individuos atomizados, y hacer funcionar las instituciones sociales como si esta fuera una tautología indiscutible crea un déficit cultural con respecto a esta concepción antropológica: que tal colonialidad del poder simbólico terminaría convirtiéndose en un proyecto de dominación cultural incompatible con una especificidad histórico-cultural ajena a las tradiciones liberales del individuo autoafirmante.

El efecto de descomposición social que padeciera la estructura social en los 80s no se debería, según esto, a la desestructuración forzosa del paradigma desarrollista, cuando todavía no se había completado el ciclo de formación de nuestra economía nacional, sino a la silenciosa disconformidad cultural con un patrón ideológico que destruiría todas las bases soberanas y productividades locales para instalar un territorio gobernado por flujos desterritorializados y organicidades complejas y aceleradas, donde ninguna subjetividad halla alguna conexión fija o certidumbre identitaria.

Ahí donde el poder policíaco del Estado demoliberal arraigó en instituciones sociales que sólo invitaban a la seducción del individuo, mientras toda seguridad ontológica se desvanecía, se volvió a producir un divorcio social entre identidades culturales que asimilaron convenientemente el cambio cultural nominalista y una inconmensurable población migrante y no migrante que presionaba con sus reclamos y reivindicaciones sobre la esfera pública para arrancarle ventajas materiales a un sistema político claramente cerrado y elitista.

En la medida que el inmaculado acorazamiento de la democracia representativa y del estado de derecho procedimental otorgaba una libertad negativa acorde con el desarrollo espontáneo y natural de la vida social se iría gestando una situación de adaptación paradójica. Mientras en la práctica el florecimiento de las organizaciones civiles del tercer sector daban una base económica, proporcional a los insospechadas mutaciones del tejido social, se fue produciendo una suerte de asimetría cultural y amor-odio con una cultura de la felicidad mediática que integraba ciertamente al individuo a la esfera tecnocultural, pero que hacía oídos sordos a los múltiples sufrimientos y diferencias emocionales que se producían en las profundidades del ser popular . Un racismo asolapado de múltiples rostros.

La no conexión sensorial con un orden heterónomo que infectaba todo de un salvajismo cosificador decidió a la cultura popular a huir y reproducirse en los submundos informales del caos interior, como la única estrategia para escapar a una racionalidad instrumental que todo lo salpicaba de eficacia y exigencia administrativa. Es decir, si bien en el papel la colonialidad del mundo de la vida es compensada con la evasión exterior de las mezclas populares, que se atreven a reencantar la experiencia social, este aguantamiento mitológico de las identidades populares no logra borrar la sospecha de que el éxito individual no es la felicidad soñada, de que existe algo falso en el reconocimiento concreto que nos sacude y estremece de un modo injusto y endemoniado. A pesar que la cultura subalterna ha aprendido a lidiar extraordinariamente con las convulsiones del capitalismo desorganizado, existe una desilusión cultural con la esclavitud funcionalista del mundo real a la cual se le esquiva dulcemente y con sagacidad pero a la cual se halla uno aferrado por mor de la sobrevivencia.

Cuanto más la violencia concreta de la razón estratégica oprime las conciencias con el propósito de succionar el plusvalor cognoscitivo tanto mas la cultura devorada responde con al huída hacia a la ideología que tercamente ponen delante de sus ojos para no ver el desastre de un mundo vaciado de sentido y de razón.

No obstante, haberse ganado cierto orden civilizatorio con la llegada de la democracia burguesa elitista, y ante el enfriamiento de las rutas alternativas al contractualismo individual, se reproduce de modo estructural un ciclo perverso de violencia política autoritaria que no sería el resultado de la “insecularidad” de ciertas regiones del país afectadas por el atraso y la pobreza sino producto de la desaceleración histórica que se generaría con el trituramiento y desarraigo de la cultura, al ingresar ésta en una vida embadurnada por la mentira persistente del consumo y la publicidad.

El divorcio relativo entre una cultura popular que se avienta a los mundos plastificados de la seducción mediática – aunque presiente que tal expresión no lo completa como individuo- y una racionalidad organizacional que solicita constante esfuerzo e irracionalidad tecnológica, es la razón de que actualmente el muro que contiene el desarrollo de nuestra formación sociocultural resida en la profusión de un discursivismo postmoderno, que sólo desvía la identidad de su papel de desatar el nudo de la dominación y la ideología ahistórica .

A pesar que la creatividad subalterna ha sabido asimilar mágicamente la inflexible trampa de cascarón economicista, redefiniendo inteligentemente las economías populares y los saberes tradicionales en la dirección del progreso material, tal avance material contrae curiosamente el desarrollo espontáneo de la vida cultural real, exhibiéndose la manifestación de una cultura autoritaria y violenta que aminora toda expresión de armonía y reconocimiento cultural. El Hecho de que el diseño político democrático se desentienda de la conducta de las estructuras culturales explica que la cara opuesta de la individualidad tolerante y cosmopolita, que propagandea la cultura del mercado, sea el desarrollo de un fundamentalismo cotidiano que sólo desperdiga resentimiento y odio hacia lo que sí logra flexibilizarse y adaptarse.

Cuando el desaforamiento revolucionario es desactivado como razón política y se contiene su violencia antimoderna éste se fragmenta en el desarrollo de un individualismo delictivo y cínico, que infecta el entramado sociocultural de un egotismo desviado y enfermo capaz de ya no arrebatar el poder estatal pero si de transgredir todo orden social con la amenaza física y simbólica para el derecho de propiedad y la integridad humana .

La descentralización de la cultura autoritaria es la táctica que hallan las culturas populares para reservarse sentido, cuando el vacío del cosmopolitismo hipócrita le arrebata a la subjetividad porciones significativas de certeza y seguridad ontológica. Aun cuando tal existencialismo defensivo y delictivo es ideológico y autodestructivo se prefiere su dominio regresivo e ignorante a tener que acostumbrarse a los torbellinos inciertos de la modernización reflexiva, o la postmodernidad individualizante, porque la velocidad de la vida moderna desenmascararía que esta en realidades no tiene sentido, que todo es vacío y efímero . Aún la cultura sigue buscando la autenticidad.

Mercado y resentimiento estructural.

Con la llegada del mercado irrestricto como principio de organización monetaria de todas las relaciones sociales, se producirían grandes mutaciones de orden cultural que desvanecerían el peligro de la violencia política pero que gestaría nuevos atascamientos de raíz cultural que dificultan hoy en día el acomodamiento democrático e institucional de la diversidad social. La fuerza de la democracia representativa se desvanece en la medida que la economía de mercado liberada divide y fragmenta a las sociedades populares, y por consiguiente, vuelve en irrepresentables a las necesidades de los actores democráticos que perecen relegados en la pobreza y en la conducta radicalista.

Cuanto más el contractualismo liberal expulsa de modo humano a la pluralidad cultural, que dice representar, porque su sola inclusión significaría reformular una democracia de bienestar incompatible con los intereses empresariales, tanto más le otorga a la razón mercantil la legitimidad para disolver y utilizar los marcos de socialización que dicho mercado dice favorecer.

La sociedad segregada por el mismo mecanismo apátrida y desarraigante que debería combatir dicha segregación, es subordinada con todas sus riquezas y sistemas de significación a un patrón de acumulación que concentra poder económico y destruye las capacidades productivas de las naciones. Es la guerra que se ha gestado contra el centro de la vida cultural, hundiéndola en las profundidades de la imprevisible industria cultural para transformarla en conocimiento gerencial y administrativo, que sólo reproduce el poder de la muerte, lo que debe poner en guardia a la vigilancia democrática para no caer en el hechizo del placer desbordado que sólo genera traición y egoísmo.

En otras palabras, la decadencia de la sociedad y de su rica sustancia solidaria es la que entrega a la vida inclasificable en las manos de la atomización cosmética e hipócrita – donde todo es frívolo, diplomático y pragmático- o en el rencor de los fundamentalismos moralistas donde cada quien se hunde en la fuerza autodestructiva de la falsa comunidad .

La globalización económica no sólo le arrebata a las sociedades el derecho de autodeterminarse y conducirse soberanamente – con la internacionalización de las decisiones en materia de política económica- sino que además obliga a la cultura sometida a acostumbrarse a los vientos huracanados del caos ontológico que provoca el socavamiento digital de los medios de comunicación y la destradicionalización de las biografías vitales. Es esta constante desestabilización y metástasis sociocultural a la cual se ha acostumbrado la parte empresarializada de la vida subalterna, cuando se trata de sobrevivir y reproducir el patrón de acumulación, lo que empuja a la vida sentirse descontenta con el perpetuo paréntesis en que se halla la cultura.

Es la propia vida que se ha integrado a las fauces del capitalismo informacional lo que provoca ese resentimiento nihilista hacia aquel sistema anarquizado que defendería como enajenados que son. El contentamiento ejecutivo con la oscuridad de la mercancía se trastoca impunemente en rechazo a la sensibilidad honrada de la persona que es calificada de sentimentaloide y débil; el liberalismo cultural que publicita desvergonzadamente una individualidad que debe acostumbrarse a la mayor prostitución de la cultura es el pretexto que encuentra la violencia autoritaria para defender cerradamente a la cultura de las provocaciones del cosmopolitismo.

El libertino y el cínico que entregan las costumbres a la mayor de las manipulaciones son combatidos por la envidia o su flexibilidad bohemia o hedonismo placentero. El no poder ser un individuo completo luego de tantos embelesamientos despavoridos es el motivo que empuja a romper el juego falso de ser un individuo atiborrado de ideologías por el regreso de un moralismo represivo que le dice no a los sentidos desbocados. El ascenso y la caída del ser individuo que experimentan las identidades persuadidas a aceptar el liberalismo antropológico es el precio que hay que pagar por sofisticar la autoconservación. A mayor cosmopolitismo autocultural mayor es el odio que le reporta la cultura de los que quedan rezagados en la lucha económico-cultural . En las funciones hay equidad en la cultura subsiste la segregación, que toma la forma de violencia.

Aunque gracias al agotamiento de la modernidad disciplinaria se ha aprendido a desarrollar una visión reduccionista de la naturaleza humana, sino un panorama que atrape las diferentes dimensiones enriquecidas de ésta, la verdad es que tal personalismo que auspicia el progreso de un enfoque etnocéntrico ha representado un retroceso para a la formación estructural de los espacios periféricos. Es decir, mientras el proyecto inacabado de la modernidad cedió el paso en los centros hegemónicos a una versión cualitativamente superior del vitalismo postmoderno – por lo que se puede decir que ahí se anida concretamente un multiculturalismo frívolo conciliado con la reflexividad del sistema complejo de organizaciones – aquí en los ámbitos subdesarrollados la adopción de la sensualidad postmoderna sin que se lograra expresar una conciencia social medianamente racional ha devenido en la siembra de una vida narcisista que desconecta al individuo funcional de su responsabilidad con la totalidad social, ahí donde toda racionalización empresarial implica la destrucción de un multiculturalismo fracturado y agresivo .

Quiero decirlo con todas sus letras: el postmodernismo como fase cultural del capitalismo tardío e informacional en las sociedades periféricas funciona como una gran ideología que estimula la mezcla consumista de las categorías populares y todo con el objetivo de fabricar una gran cultura de la dominación que evite la evolución de la estructura económica, ahí donde este queda atrapada en la vida reticular de las economías solidarias . La razón del fracaso de la nación como organismo unificado reside en que el sistema productivo primario-exportador del cual depende la población peruana, paradójicamente bloquea el ciclo natural de desarrollo de la formación socio-histórica atascada, por consiguiente en la ceguera ideológica de las identidades digitales y de las organicidades complejas.

Conclusiones: dogmatismo y proyecto subalterno.

La fragmentación de la totalidad social o su redefinición en una red compleja de conexiones efímeras, que no alcanzan a consolidar relaciones fijadas, delatan los sinsabores de aquellas identidades que no saben acondicionarse a los inciertos rumbos espasmódicos del ser global. El dogma y la certeza ideológica se instalan como los escudos simbólicos que despliegan las identidades disconformes con la celeridad caótica del mundo administrado, porque es la desigualdad en la cobertura de asegurar el desarrollo de la individualidad la que genera subjetividades proclives a no saberse desenvolver con astucia en el desorden global.

Aferrarse a un plan predeterminado durante toda una vida, por el propósito de no extraviar el sentido que a uno lo llena, es la colonialidad ideológica que no deja que el individuo sepa adaptarse a las variadas circunstancias del mundo capitalista. Como nada debe tener un origen que no sea expresado de modo monetario se hace difícil para el sujeto echar raíces en algún lugar que no sea deshecho por los procesos de modernización cultural.

A pesar que cada quien anhela un destino doméstico donde poder atrincherarse existencialmente, lo cierto es que la vida se ve obligada a tener que acomodarse a los paisajes organizativos del ser funcional, porque de no hacerlo, al no politizar su propia biografía todo aquello que más adora terminaría siendo una mentira. La necesidad de evadir el dolor, de garantizarse algo fijo donde reconocerse lo hunde a uno en la edificación de una suerte falsa que no nos llevaremos cuando fenecemos; aún cuando sabemos que un escepticismo terapéutico aliviaría de modo decente el tránsito hacia la nada, se persigue agigantar los impulsos culturales del individuo como un modo estrecho de inmortalizarse, cuando tal, ideología destruye y cohíbe el real imperativo de una vida conforme consigo misma. La destrucción que despliega el sujeto para defender su nicho cotidiano lo hace esclavo de sus propias fabricaciones ideológicas. Ya que la vida social es desviada de las reales preocupaciones cotidianas que aún se centran en las susodichas políticas de reconocimiento cultural, todavía se enmascara la problemática de la desigualdad material.

Aún cuando en la incompletud ontológica que experimentamos todos, sobrevive la sospecha de que la cultura también es un hecho inacabado que se recrea ideológicamente – pareciendo de este modo realizada- se sigue promoviendo como síntoma de la derrota simbólica un orden de significados vacíos que lo único que desatan es una violencia social incontrolable, pues en la concreción del trauma físico sobrevive la idea incuestionada de que si existe y se posee un poder transitorio.

En tanto la dicha del capitalismo sea reproducirse sobre la gestión de su anarquía cultural que despoja a la subjetividad de toda seguridad axiológica, y que funciona como una muralla metafísica, la individualidad seguirá experimentando de que los valores que la guían y la determinan son insignificantes y vacíos. Porque la vida contaminada por el hechizo de lo abstracto es la clave de toda esclavitud ontológica, se debe apelar a aquellas partes del orden social que poseen residuos de una existencia incontaminada, como parte de una creación de nuevos valores que ayuden a persuadir que la plasticidad cosmética del hombre burgués es sólo detenerse y subdesarrollarse a sí mismo.

Mientras todo colisione contra las barreras ideológicas de los discursos monoculturales, no haciendo más que enquistarnos en la ilusión del poder no podremos ver que la naturaleza de éste no reside en la represión desublimada sino en el libertinaje de corporalidades que llevan fragmentariamente la modelación de lo ideológico. Sólo un proyecto subalterno que atraviese la solidez de los discursos cotidianos, donde la vida se identifica con la muerte, con la guerra cultural, es capaz de deconstruir la violencia que nos ha perseguido como lo contrario a la falsedad de lo civilizatorio y lo cosmopolita. Y hoy sin atisbos de prganización política esa fuerza emerge como nación a través de las emeociones y los esfuerzas de los emprendedores y sus redes de información de y de vida social. Faltarán años para que estas formaciones cuajen una institucionalidad política. Pero eso ya es obra de que lo viejo que fue tan discriminante y abusivo deje nacer lo nuevo, en base al reencuentro insospechado de la cultura con la tierra de nuestra antigüedad extraviada

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28. MARIÁTEGUI José Carlos. Siete ensayos sobre la interpretación de la realidad peruana
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33. SLOTERDIJK Peter. Crítica de la razón cínica. Ediciones Siruela. Madrid. 2002
34. THORP Rosmery. Perú 1890-1977 Crecimiento y políticas en una economía abierta. Editorial Mosca Azul. Lima 1988
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36. ZIZEK Slavoj. El espinoso sujeto. Editorial Paidos. Bs As 2001

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