Ni Atenas Ni Israel

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Cultura de la soledad.

by on May.03, 2011, under Sin categoría

Ronald Jesús Torres Bringas.
Resumen:
En las líneas de este ensayo lo que trato de presentarles es la idea de que la soledad es una parálisis de la dialéctica social. En la medida que no somos un animal fijado -para usar una expresión de Nietzsche- sino un ser en permanente transición hacia la nada, los argumentos de este escrito sostienen que la amenaza de la atomización social es extraviar el sentido del contrato social, y de la convivencia humana. El hecho de que la autoconservación predomine por sobre la reproducción de la moral social hecha por la borda cualquier aventura de realización de la cultura, en tanto el ser siga desgarrado entre la seducción de los sentidos y el hechizo de lo abstracto. Desde ya argumentamos que esta lógica de la cosificación solo puede ser vulnerada si es que logramos escapar a la perdición de la naturaleza pervertida, con un proyecto de construcción colectiva de la sociedad.

Palabras centrales: Ideología, cinismo, soledad, amor individual, ontología
A veces escucho a Nietzsche cuando profetizaba que el hombre nihilista de la sociedad moderna terminaría convertido en una cuerda tendida entre la razón y la locura1. Un ser transitorio atrapado en la incompletud era lo que denunciaba el discurso de Zaratustra cuando cual fantasma atrapado en la existencia deambulaba solitario por bosques y aldeas intentando tener confianza en el animal hombre, que aferrado a las formas y a la insignificancia era devorado por un’macroproceso irreversible que no dejaba de crecer. El anacoreta habíase dado cuenta que si bien el hombre escapaba a la segunda naturaleza2, que no el deparaba una preservación absoluta, esta trasgresión accidentada hacía el conocimiento y la cultura le encumbraba al poder por excelencia, pero le amputaba la capacidad para realizarse como sujeto ontológico.
Si en primera instancia el aventurero encarnado en Ulises había sorteado la naturaleza monstruosa logrando engañarla y conseguir la autoconservación, en un segundo momento congelado entre simbolismos y accesorios plásticos era sistemáticamente agredido por una nulidad cultural que aumentaba a medida que su deseo extraviado era aplastado por el desarrollo técnico. Ulises conquistaba la individualidad como episodio enclaustrado en la fantasía, creando un mundo ideológico que lo inmunizaba contra las potencias aterradoras de lo natural3. Desde esa leyenda hemos aprendido a capturar la realidad con un exceso de vértigo, posesionándonos con osadía y beligerancia de todo lo que necesitamos par sobrevivir, pero al mismo tiempo hemos ido contaminando ilimitadamente lo refugio vitales en los cuales se decide mágicamente el rumbo de nuestro destino, al confundirlos con espacios de una despiadada competencia y absurdo mercantilismo. El hombre se ha hecho consciente de la falsa conciencia ilustrada4 que lo embruja/ sin embargo, cuanto más intenta deshacerse de ella percibe en su deformidad racional la sensación de irrumpir en al vacío más desolador. Los seres sensibles que viven intensamente la vida buscan huir del viento mistificante, no obstante, la impresión de que van quedándose cada vez más atrás los fuerza a apropiarse de los recursos cínicos con violencia envenenando sus almas al mismo tiempo que van dando forma a un ser vampirezco que caza voluntades y espíritus. Al hurtarle a la ideología su carácter ingenuo y al utilizarla como una droga seductora el sujeto politiza su propia biografía para mantener a su conciencia a salvo de una realidad que la explota y la disminuye. El individuo ha aprendido a dirigir su voluntad de un modo agresivo y aparente, ya que ello le reporta no sólo la tan difícil preservación física sino que además le permite inflar su identidad de subjetividades e ilusiones que va tragando contundentemente.
En las sociedades hegemónicas este arrebato mítico que supone la razón cínica es elegantemente contenido por la vigilancia institucional que proporciona la sociedad civil5. Aunque el individualismo autoritario ha sido resistido fervientemente por el desarrollo de un proceso de personalización que lo libera de los macroprocesos totalitarios6, lo cierto es que obliga a los sujetos a apropiarse salvajemente de los recursos cognoscitivos no como una evidencia de progreso normativo sino como la edificación de un blindaje amoral que busca la trasgresión como una experiencia de placer. A medida que crece la conciencia de un cinismo institucionalizado crece también la adicción hacia su uso, y de ahí que la lucidez de la maldad sea una forma ingenua de ceguera y envilecimiento. Los sujetos saben lo que hacen, saben que esta mal, pero la falsedad, su seducción criminal los lleva al daño irreparable, pues no pueden contener el goce de lo fluido y de la maliciosa espontaneidad.
Partiendo de esta evidencia, de la naturaleza seductora del mal7 se prueba que este es un producto de los esfuerzos desesperados que despliega la identidad por huir de la cercanía de la nada. El hecho de que las estructuras, las instituciones, las funciones que desempeñamos estén preñadas del vacío empuja a los individuos a ejercer poder sobre la realidad que los administra. La soledad es un suicidio simbólico que arrastra a los individuos a las antípodas de lo concreto, por lo cual estos para no perder el piso en el cual se desenvuelven ejercen violencia sobre la realidad, cosificándola y así sentir el aroma de algo material que los proteja. El micropoder en manos de despojos sedientos de la subjetividad de otros hombres se convierte en la única realidad que vale, ya que las rutas institucionales son percibidas como caminos objetivadores, demasiado ajenos.
Siempre existe la sensación de que el mal, la evidencia de su trasgresión no termina por llenar el espacio inhóspito que nos embarga, siempre existe un vendaval de irritaciones, una penumbra insondable que aisla nuestros esfuerzos, que torna impracticables nuestros intentos de realización, que al final
Aquí intento refutar los argumentos de Arendt a cerca de la banalidad del mal, acercándome a los argumentos que esboza Portocarrero en su libro “Los rostros criollos del mal” va haciendo ingresar nuestra personalidad en un mutismo impostergable, imposible de deshacerse de él. La claridad que raras veces acecha nuestros pensamientos nos emancipa por fugaces momentos de esta coacción gramatical; es difícil escapar a la trinchera ideológica que hemos pervertido, que estamos consumiendo como estupefacientes y ello nos hace ser víctimas de un miedo inconmensurable que nos hace desarrollar una conducta de la estrategia y de la máscara. Sabemos que al tomar el tren del saber, de la supervivencia técnica este nos aleja de los peligros de la locura, de la venganza de la naturaleza8, pero esta seguridad ontológica, esta superioridad fáctica no es lo suficientemente sólida para difuminar la impresión de que estamos solos en el paisaje de la creación. Al dominar la naturaleza, al adecuarla en relación a nuestra forma de vida civilizatoria corremos el riesgo de trastornar la espontaneidad del cosmos, de salimos de la armonía alegórica que pensamos haber dejado atrás. Negamos el origen del cual procedemos, un pasado que jamás irrumpirá en el presente y que al dejarlo atrás en el olvido regresa en nuestras conciencias como un mar de recuerdos, de escenas imborrables que se escurren en nuestros pensamientos y que a la vez que compensan nuestros padecimientos coyunturales, nos hacen percibir la evidencia de una espacio natural, jovial del cual hemos sido arrojados9.
La soledad es un estado de ánimo infinito que nos hace sapientes de nuestra insignificancia a medida que la maquinaria crece postergando nuestra realización. Mientras los tejidos societales en los cuales nos desenvolvemos nos van consumiendo al mismo tiempo que los construimos con algarabía y creatividad, somos conducidos por afán de grandeza y de plenitud hacia procesos de abstracción cada vez más insólitos en donde depositamos nuestra confianza y desarrollo. Se huye de la obligación objetiva, ejecutándola con distracción a la vez que el individuo desarrolla una imaginación con la cual persuade su emoción para que no sea vulnerada por los espacios estresantes de la sociedad del conocimiento. La experiencia de ser jalados por fuerzas que no terminamos de gobernar provoca que hurtemos a la razón desbocada su poder colonizador, aplicándolo en nuestros paisajes cotidianos con total malicia y oportunismo. La consecuencia es ir delatando nuestra pobreza ontológica en la desesperación de hallarle un sentido certero a nuestra personalidad.
El hecho de que el sujeto troque la historicidad que lo debía orientar hacia una utopía definida e inclusiva por la permanencia en una parálisis indomable habla de la naturaleza equilibrista de éste, que se mantiene a salvo de los peligros del instinto tomando partido por una racionalidad que lo conduce al triunfo de la cosificación. Cuanto más queremos escapar al totalitarismo del tiempo en las clandestinidades del ser hedonista tanto más caemos cuando la juerga culmina en la sensación de una atomización indescriptible. La concreción de la sensoriedad en los discursos de la fiesta y el erotismo nos devuelven a un espacio histórico absolutamente diluido en el cual se rebaja la muerte de la metafísica10 por el hechizo de lo espasmódico y lo extraño. Ponemos en paréntesis perpetuo nuestra dudas y vacilaciones, nuestros traumas e impotencia, y nos sumergimos en la invocación a un ser seductor y travieso que hace renacer nuestro descontrol e intuición al precio de quedar varado a mitad de camino entre la muerte y la felicidad. Se busca el placer desmedido para borrar de nuestra conciencia la carga inútil del saber, pero al culminar la embriaguez, la resaca de todo lo vivenciado nos hace parir la crudeza de una realidad dominante de la cual no nos podemos deshacer. El concepto con toda su capacidad de darnos seguridad nos hace seres que prevalecen en los paisajes de la reproducción social, sin embargo, esta acción cosifícadora que suplanta la dignidad de una vida virtuosa nos hace habitantes perpetuos de existencias desarraigadas. La seducción de un mundo plagado de oportunidades de realización nos va arrancando de nuestro nicho doméstico y nos convierte en viajeros sedientos de estabilización en una realidad movediza y gaseosa que se nos desvanece de nuestras manos tan pronto somos engañados por la ficticia modernidad. La lógica de un mundo que halla su regeneración en la mistificación de la existencia individual nos proporciona aditamentos especiales para transmutar la mente, pero esta adaptación terapéutica nos alimenta de discursos irreconciliables y carentes de significados que sólo postergan la libertad real.
El hecho de que en la luz del claro del bosque11 el hombre decida apartarse de la dirigencia del desarrollo civilizatorio nos entrega al abandono más lacerable; nos convence dejar a un lado la pedantería que tanta rivalidad ha generado en la historia, siendo tan solo destinatarios del pensamiento débil12 que no quiere nada, que nos hace espectros de discursos distanciados e incomunicados. El espíritu fuerte que había fabricado una realidad unilateral se descompone en un mar de circunstancias variadas que empapan nuestra conciencia haciéndola ingresar en escenarios irreales y simulados. La cultura que había entregado a la civilización la evidencia de un saber que se sabía privilegiado por prometer la redención se disipa en la multiplicidad de discursos contingentes que hacen del hombre un competidor hostil y desesperado por hallarle un sentido a la existencia.
Olvidamos la facticidad de la muerte en el sistematismo de la maquinaria social, perdemos de vista la agresividad y soledad de la personalidad cuando nos entregamos con ingenio a intentar sobrevivir en los paisajes cibernéticos de la realidad social; a veces esta brutalidad de lo sistémico, esta economía del éxito individual nos embadurna tanto de seguridad que terminamos por institucionalizar la salvaje lucha por predominar. Aunque esta cruda realidad noá atomiza y conduce a todo fracaso la débil película de la comunicación, es la única experiencia de poder que nos hace seguros habitantes de la certeza ontológica, aunque no nos realice. La supervivencia del más fuerte nos lleva a la soledad de la sabiduría a la evidencia de un lenguaje que vemos por primera vez como un recurso ficticio y taimado.
Si bien el contexto urbano facilita los recursos cognoscitivos para la reproducción, lo cierto es que las decisiones verosímiles que nos harían seres realizados son escasas y están distribuidos desigualmente. En esta situación toda empresa individual por preparada que se encuentre, por acorazada que se halle se da de bruces contra el muro objetivo que representa la gramática del mercado, pues el auténtico cambio es contenido en un cementerio de dialécticas, cuyas fuerzas son utilizadas para reproducir el sistema descentrado pero que no son utilizadas para lograr la expansión individual. La impresión de que habitamos en paisajes impuros, in esenciales, nos hace tomar la súbita decisión de negarnos a madurar: en la evolución esta la felicidad pero también está le peligro de la derrota, de la caída en la espesura de la insignificancia13.
La esquizofrenia de estos cambios repentinos y bruscos nos obliga a mutar en diversas direcciones, nos hace peones de un molino satánico14 del que escapamos lingüísticamente, aunque nuestros cuerpos estén adheridos al ritmo pulverizador de la supervivencia. A veces existe la sensación de que la salida a esta condición inconclusa es radicalizar el proceso del cual somos víctimas y liquidar de una vez por todas los rezagos míticos de lo inculto y natural, pero queda siempre la sospecha de una gran nostalgia que nos persuade a echar raíces en un espacio del cual sabemos que es inestable y apócrifo. Las delicias de la ceguera, la seducción de la ideología resultan más reconocibles y familiares a la hora de maniobrar con audacia, porque si bien estamos subyugados, lo cierto es que existe una diferencia ontológica que nos constituye, que nos explica de dónde venimos y quiénes somos. Tal vez en la soledad el hombre despojado de todo escudo identitario sienta que la realidad le ha cedido discursos miserables, pero el miedo al dolor, a quedarse sin una respuesta desde la cual construir un sentido vital lo hace postergar astutamente la facticidad de la muerte.
El accidente del conocimiento, aquel elemento separado del devenir natural, nos conduce a la primacía de nuestra identidad, nos hace sabios de la supervivencia, sin embargo, pobres moradores de una cultura que se resiste a concretarse y que se va disolviendo en las trampas del etitismo y del buen gusto. Mientras la mass media difunde mensajes e imágenes que uniformizan los comportamientos el ser social periférico expuesto a su violenta exhibición sufre el impacto de una cultura que no puede probar; si bien la masificación del consumo democratiza el acceso al saber, lo cierto es que las diferencias que más resisten el atrevimiento de la democratización se hallan impermeables en le cinismo estético, fueros aristocráticos en donde se concentra la sensualidad y el caos. El ser solitario de este mundo masificado percibe en la multitud la mezcla inverosímil de relaciones y matrices étnicas que puede olfatear, que desea, pero que disfruta de un modo adulterado y disminuido. El estilo de vida sensorial es un imaginario salvaje en donde el cuerpo manipula los recursos ideológicos para devorar la integridad de otros seres, pero cuyo resultado antropológico nos expone ante los vicios de la maldad y el ultraje. El saber allí se subordina ante el desorden de los apetitos, convirtiéndose en un recurso separado de su connotación ética. La embriaguez de la calle, el destino eufórico de las osamentas nos transforman en hechiceros de la noche y de sus misterios; cualquier individualidad que profundice en este imperio de las formas, que intente darle la contra a este poder sutil de lo estético queda relegado en el mutismo del concepto, incapacitado para amar y sentir. La soledad en este sentido es la experiencia en carne propia de la amputación de los sentidos, de un mago que ha sabido expandirse en las categorías pero que ha extraviado la palabra para seducir y cortejar.
A diferencia de las sociedades hegemónicas en que las biografías particulares están compensadas por un conjunto de dispositivos institucionales democráticos que permiten al sujeto empírico disfrutar de su individualidad, en las sociedades periféricas la experiencia de la individuación se percibe como un sistemático abandono de los marcos de socialización en los cuales se forma la personalidad inconclusamente, produciéndose un ser despedazado en varios niveles y expuesto ante un mundo mercantilizado que lo desmorona lentamente. Aquí la soledad se asemeja a un sentimiento de desamparo profundo que halla al sujeto periférico ante dos alternativas: o bien se resiste obstinadamente en difundir repertorios societales con los cuales a la larga negociar el despliegue de soluciones alternativas, o bien toma la decisión de navegar solitariamente escogiendo la opción de innovar y crear conocimiento útil para el mercado.
Mientras que en la terquedad de combatir la lógica del mercado se esconde a la larga la reproducción de un sistema cerrado autoritario que genera una soledad represiva en la otra alternativa el individuo decide ser parte del vacío que desea desesperadamente combatir. Aunque ya no se refiere su identidad a repertorios de acción colectiva sino a recursos desperdigados en la inmensidad de los espacios de los espacios sistémicos, lo cierto es que este segundo individuo es un ser cuya única patología es haber institucionalizado la ley de la selva hasta en las características más íntimas y subjetivas del ser social. La soledad en él es un diálogo desigual y ritualesco con la oscuridad de la muerte, cuyo último parlamento demuestra la inutilidad del lenguaje, que hasta esa última vivencia se revela como una carga errónea que no cumplió con la verdadera liberación.
En la periferia del mundo la ausencia de un decurso histórico, la preponderancia de rigores técnicos cuya desnudez pone en cautiverio a los movimientos alternativos, y la expansión de mecanismos coactivos que predeterminan la conducta al punto de haberse desarrollado socializaciones marcadamente regresivas, hacen que la experiencia personal quede atrapada en la empatia ideológica desprovista de los recursos cognoscitivos suficientes para revertir o controlar el proceso que lo deshumaniza. Aquí la soledad no es el resultado de la evolución cognoscitiva de vanguardia de las sociedades hegemónicas sino producto de una parálisis ontológica que deja seducido al hombre en el embrutecimiento sensorial a costa de la sensatez objetiva que lo ayude a sobrevivir. Si bien los remedios subjetivos están desplegados de tal modo que el individuo se siente saturado de un sin fin de información que lo sobre estimula, lo cierto es que este se halla ante la incapacidad de sintonizar con el proceso histórico que los despoja y lo empobrece. La soledad que

experimenta el individuo en el mundo atomizado es un engarrotamiento en su desarrollo objetivo, sentimiento que le impide hacer fluir y concretar en resultados reales las acciones desesperadas que manifiesta. La acción se reduce a la capacidad de articularse a las arenas movedizas del mercado abatiendo las demás oportunidades subjetivas que la vida estandarizada aplasta. La duración del tiempo social que es una realidad generada por la producción social se desvincula del control social, ocasionando un sometimiento objetivo al individuo cuya carga envejecedora es sublimada con la orgía festiva o el tiempo del carnaval15.
La experiencia desperdiciada que supone la inmensidad del mundo social impide que el sujeto pueda armonizar correctamente con un proceso social que lo desvirtúa y le va quitando el suelo desde donde constituir su identidad individual. La soledad en este punto al mismo tiempo que es la concientización fáctica de esta vida empobrecida es la perversión de un vicio, de un estancamiento subjetivo que se apodera de la mente del sujeto en la misma medida que todos los esfuerzos para escapar de esta condición atomizada son inútiles al respecto. La necesidad para establecerse en una realidad precaria y líquida16 que se disipa tan pronto creemos llegar a buen puerto nos hace aferramos a etnicismos y trincheras existenciales desde las cuales creemos soportar cuando en realidad son refugios que a la larga no encubren la muerte del alma. Se posterga inescrutablemente la historicidad de la biografía individual, su trayectoria social, haciéndola víctima de micro procesos sensoriales que son las formas objetivas que adopta actualmente la metafísica dominante. A pesar que el individuo ha retomado el rumbo del proceso histórico arrancando de él iniciativas de reproducción individual, lo cierto es que el mundo desbocado17 que es resultado del despotismo del sistema lo vuelve solitario doblemente. En la actualidad que el escenario capitalista no urge de mano de obra masificada para poder reproducir, se da forma a una subjetividad desamparada atrapada en el tiempo de la acumulación18 y en el tiempo del exilio.
AI no ser el sujeto importante para el ritmo de la acumulación se abren existencias al margen del sistema, individualidades preñadas de vulgaridad y de pobreza espiritual que no logran transitar hacia formaciones modernizadas. Lo realmente complicado se presenta cuando esta condición transitoria es imprescindible para abandonar el ontologismo de la existencia y transportarse hacia individualidades completamente reconciliadas con el devenir. Cuanto más los esfuerzos conceptuales por elaborar una visión fidedigna del proceso objetivo chocan contra el subjetivismo intenso de la intelectualidad, tanto más el abismo insondable de la soledad contamina y amengua la fortaleza de los dirigentes políticos. Toda solución o pronóstico negativo que el análisis filosófico percibe se presenta antes como una enfermedad en la individualidad extasiada del intelectual. Solamente cuando los remedios que propaga la intervención política se concretan, las brechas y angustias que sufre el intelectual cristalizan como estilos de vida masificados, produciéndose situaciones límites en donde el individuo divorciado de instituciones intermedias sufre todo el impacto distorsionado de la globalización económica. Esa relación despótica entre el individuo atomizado, tarado de lenguajes que disfrazan el padecimiento ontológico, colocan a la existencia totalmente expuesta ante la facticidad de la soledad, que no sólo contiene la dialéctica biográfica sino que además envuelven a la personalidad en una nube abstracta en la que se respira la muerte.
Tal vez el único bálsamo con el cual enfrentamos la realidad de un ser-para-la-muerte es le embrujo henchido del amor individual. Aunque en muchas ocasiones la experimentación de este sentimiento nos sustrae a la administración de la sobrevivencia y nos hace seres agradables conducidos por un exceso de intensidad y jovialidad, lo cierto es que este perfume es doblemente deleznable y mortífero. En aras de transgredir los límites de la soledad el hombre deposita toda su energía en la empresa desesperada de hallarse en el otro con total supremacía de su ser, pero esta experiencia sobrecogedora no deja de ser un antídoto ficticio contra la sospecha de que resistimos totalmente embriagados en las trincheras de la existencia. La aventura de hallarle un significado a la existencia primarizada con la expulsión de los valores internos hacia el hostil exterior encuentre al romance en una situación de peligrosidad consumada. Para quedar prendado del ser del otro hay que salirse de sí mismo con la promesa de que tal exposición consiga conocer sensorialmente las profundidades de la vitalidad de la persona amada.
La peligrosidad que reconoce que el amor no es suficiente para redimir al ser humano de su no fijamiento, reside en que la entrega a la perdición del amor vertical es un sentimiento demasiado inestable para ser cierto. La ficción de caer en la infinidad de la pasión es una aventura que termina desviando a la identidad de su cada vez más escasa reconciliación, porque el dolor de querer salvarse en el mundo simulado que se fabrica la pareja lo saca de la dirección del tiempo hacia el cual su amor desbordado debería enfrentar. El amor individual no debe ser un pretexto para olvidarse de la realidad, sino un motivo de fuerza para extender el calor de la particularidad hacia una propuesta de trascendencia colectiva. Vivir como un niño lejos de los conceptos y de las convenciones, autista en un tiempo ebrio casi inmortal, no debe convertirse en un deleite indiferente, incapaz de compadecerse por los padecimientos del espíritu social. La posesión del otro es una carga demasiado angustiante y despiadada, pues las máscaras que deseamos perforar para llegar a la fascinación del alma no terminan por convencernos que la alegría que disfrutamos es solo una evasión para llenar el solitario vacío de la existencia. Perplejos ante los caprichos de la objetivación somos capaces de saborear ante una decisión confortable las atrocidades de la ideología.
Ante el vacío que nos merodea en esta periferia de sujetos ahistóricos que disfrutan conscientemente de los desperdicios de la ideología lo único certero para frenar la epidemia de la soledad es radicalizar la democratización de los espacios cotidianos. Al contrario de los que piensan que la política consecuente basta para barrer los residuos autoritarios de la práctica cotidiana/ aquí se sostiene que la única alternativa a una realidad atomizada que fetichiza y banaliza la circulación del lenguaje es organizar estilos y mentalidades creativas que intenten superar los prejuicios y la prisiones gramaticales de la existencia inmediata. En la medida que la soledad va despojando al sujeto de toda capacidad para armonizar con su contingencia ontológica, el auténtico primer paso par domesticar el impacto negativo de la globalización y reencontrarnos con nuestro sustrato originario/ es exteriorizar revolucionariamente los frutos universales de nuestro mundo interior. El pavor a una realidad cargada de cosificación nos hace replegarnos en nuestra privacidad cotidiana, intentando desde ahí resguardarnos de la guerra objetiva, pero lo único que se consigue es quedarse totalmente solo ante la inminencia de la muerte.
AI esquivar la violencia de la metafísica con la terquedad de los etnicismos lo único que se hace es hacernos cómplices de los abusos y hostigamientos de la realidad capitalista. Si bien el sujeto ha aprendido a revertir el proceso del desencantamiento del mundo con la explosión de una diferencia irreductible, lo cierto es que este sortilegio popular nos convierte en socios audaces de la mafia de la desigualdad y de la pobreza. El hecho crudo e irónico de que en la inmensidad de la ideología se halle para el hombre desgarrado la facticidad de la emancipación trivializa la integridad de éste, restándole legitimidad cultural para merecer la humanización del mundo mercantilizado. Cuanto más huye con el disfraz del atolladero de la existencia tanto más los pueblos, víctimas del poder desnudo del capital, son responsable de la soledad abstracta que dicen combatir: esta soledad es el horrible resultado de un ser egoísta que no ha sabido comunicarse y que ha preferido la salvación de su pellejo, antes que compartir un trocito de su valor a la consecución de un proyecto colectivo.
La creencia en la realización de la cultura individual ha persuadido al individuo de que la soledad solo es un mal transitorio y que toda relación de poder que la define es el precio que hay que pagar para lograr la tan ansiada conservación civilizatoria. Aunque la sociedad con todos sus mecanismos de negociación se termine subordinando a la explotación del particular, esta experiencia de erotización del ser individual es bastante minúscula para transmutar los valores negativos que la sociedad moderna defiende abiertamente. En más de las veces el sortilegio del consumo individual agranda las heridas que el conocimiento abre en la conciencia, porque aunque sature la existencia de discursos e imágenes deliciosas este placer del detalle no culmina por ofrecernos una realización superlativa del contenido de nuestra personalidad: lo único que provoca es desacelerar la trayectoria histórico-cultural de nuestra persona dibujando todo el tiempo la figura inmaculada de una eterna juventud, que resulta al final una terrible vejez consumada. La soledad es la evidencia palpable de esta mutilación de los sentidos, de la ineptitud para transgredir nuestros propios miedos, de la debilidad para asumir una identidad concreta en el momento en que todo se torna insoportablemente abstracto.

La sabiduría material para deshacernos de las representaciones consiste en involucrar a los individuos aislados en la práctica de estilos de vida estético-expresivos que tengan el compromiso de configurar vínculos cercanos entre los sujetos con el propósito de ampliar el reduccionismo económico del sistema. Si se logra combatir la atomización con la solidaridad como aventura del conocimiento, se logrará reencantar la realidad de un lenguaje concreto y originario que desactive el poder embrutecido de la maquinaria social. Aunque en muchos sentidos el capitalismo se ha hecho arcaico y sensorial, explotando la naturaleza mitológica del mundo de la vida no ha podido subyugar las profundidades inexploradas del espíritu social, debido a que el devenir falso que plantea no ha conseguido sustituir la corriente vital19 de la existencia. Al no evadir la soledad más que con ideología, no conseguirá detener la dialéctica que esta esconde y reprime, provocando que ante el peligro de caer en la nada se hallen los elementos embrionarios de un nuevo valor de la vida social. “Vivir peligrosamente../’como reza Horddelin20

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Profesión, mercado y sociedad peruana

by on May.03, 2011, under Sin categoría

Ronald Jesús Torres Bringas.

La brusca reestructuración del perfil profesional en función de un acomodamiento de las fuerzas sociales a la lógica del mercado, evidencia el total subordinamiento de la psique cognitiva a un esquema de producción de conocimientos que se desdice de la obligación ética de construir interpretaciones con una finalidad de otorgar sentido y afirmación subjetiva. Es decir, la cruenta disolución de las condiciones intelectuales que orquestaban una evolución programada de la formación socioeconómica, condicionó que la energías profesionales se dirigieran no sólo a legitimar ideológicamente el nuevo modelo de desarrollo que se impuso, sino que además obligó a que se reconstruyeran curricularmente, en términos de diseñar talentos que reprodujeran acríticamente las agendas tecnocráticas, sin importar que tales ambientes formativos influyeron en la edificación de caracteres sociopsicológicos que pisotearían las resistencias oníricas y las fantasías colectivas que la vida profesional jura en el discurso respetar.

Los actores democráticos sin la necesaria habilidad institucional para contener de modo frontal el avance de una moralidad técnica que los pondría de espaldas a las urgencias nacionales, no obstante, consiguieron evolucionar ilusiones estratégicas y microsistemas de domesticación democrática, como fueron las experiencias populares de la economía informal, para reapropiarse de modo alternativo el impacto de una filosofía profesional y ejecutiva que exigió despóticamente en ellos máximo rendimiento y complicidad absoluta, pero que fue haciendo reposar en los talleres artesanales de la innovación sociocultural, reservorios terapéuticos de significado con los cuales le fue posible a las poblaciones explotadas domesticar intuitivamente y justificar la inestabilidad del mercado laboral.

La caótica y desarticulada división del trabajo que se apoderó de la oferta laboral, si bien no fue reconfigurada políticamente a favor del bienestar general, sobre todo de los excluidos por la competencia económica, fue posible ser sublimada por la personalidad periférica a través de la evasión de requerimientos administrativos, y a través del robustecimiento de una ética del trabajo- “chamaba es chamba”- que legalizo indirectamente el avance de una razón técnica que empobreció la experiencia de verdaderas motivaciones individuales. Aquí el desequilibrio entre el trabajo intelectual y el trabajo manual se decidió en términos de la naturalización degradante del trabajo intelectual, que en las sociedades de un abismal consumo se traduce en la forma de una labor afectiva y de servicios sociales, que lo único que desarrolla es una habilidad, disimulación y falsa tolerancia, porque en realidad lo que representa este trabajo social es la aceptación de una introyección técnica disfrazada de buenos modales y de una cortesía ridícula. Esta en lo cierto Hard y Negri cuando afirman que las demás formas de trabajo se subordinan a la forma del biopoder del trabajo inmaterial, pero lo que no dicen es que el rostro miserable que cobra este en las realidades periféricas bloquea el intervalo y la distancia simbólica necesaria para invertirlo en una práctica acrecentadora de las cualidades personales, en una real humanismo no esclerotizado ni esnobista, que es desalojado de las regiones subdesarrolladas.

En la medida que aquí la sobre exposición maximalista de la razón tecnocrática apertura el dominio de lo real a la multiplicación de los agentes empresariales, se facilita una colonización irresistible de la personalidad periférica, por obra de una descentralización microesférica del poder capitalista, no quedándole a esta más remedio que fugar a través de la deconstrucción cínica, y del avance de una estupidez consciente que torna irrelevante la explotación de la naturaleza material y sensorial del individuo. Cuanto más el mundo económico es trastocado en función de los intereses privados, tanto más el profesional oprime sus propios planes de redención individual con el propósito de programarse e inmunizarse frente a la proliferación de organismos técnicos que lo van despojando irrefrenablemente de la visión moral para responder ante las consecuencias sociales que desata su presunta vocación profesional. El silencio psicoafectivo al cual se ve reducida la individualidad profesional delata el repliegue de una identidad que no cuenta con mecanismos institucionales de negociación para traducir la extenuación que le reporta la economización desbocada de la realidad, y por consiguiente, se ve obligada a originar transmutaciones psicológicas de su propia integridad psíquica, con el objetivo de adaptarla a las convulsiones mercantiles de un mundo regido por organizaciones.

En otra palabras, la carencia de contrapesos comunicativos desde el mundo de la vida extiende el poder de la afinidad técnica en las sociedades sin autonomía histórica al extremo tal que sus fuerzas ideológicas se ven contaminadas de una responsabilidad sólo gerencial y eficiente, cernadas, por lo tanto, las raíces ontológicas para rebatir emancipadamente un saber digital que priva a las energías intelectuales del derecho de pensar la sociedad concretamente. A medida que se nulifica la imaginación dialéctica para depositar en los movimientos sociales propuestas civilizadas de desarrollo, el instinto reflexivo es desterrado de las subjetividades radicales, obligado, por lo tanto, a refugiarse en la corporalidad de existencias geniales y talentos apartados, que no cuentan con el suficiente liderazgo político para traducir la voluntad de su discurso proselitista en experiencias prácticas de desarrollo. Cuanto más la sociedad urge de ser movilizada y mejorada técnicamente hablando, tanto más la ciencia de los conocimientos puros se retira hacia el padecimiento abstracto, arrebatándole al ingenio técnico auténticas capacidades empresariales para traducir los ejercicios especulativos en garantía de desarrollo sostenible, y así poder superar la división corrupta entre un humanismo irresponsable y teoricista – sin la necesaria convicción hermenéutica y descolonizada- y un devenir tecnocrático, que despejado de la suficiente prudencia desarrollista se hunde en la ceguera administrativa y en el despilfarro de las fuerzas profesionales.

Si bien el equilibrio macroeconómico que ha logrado la formación social se debe a que nuestra fragmentación y culturalización empresarial coinciden con la reacción voluntarista de los sectores populares que la vivifican, lo cierto es que esta estabilidad autopiética se sostiene sobre al inclusión escasa de los segmentos poblacionales más aptos para sobrevivir en la competencia socioeconómica de organismos complejos, y no en el control solidario de los circuitos económicos que puedan arrancarle a la inversión privada acuerdos sustanciales de redistribución material y democratización simbólica. En la medida que la riqueza de la totalidad depende de la ampliación descarada de un individualismo organizativo, acorde con las necesidades de reproducción de los intereses privados y trasnacionales, se obstruye el desarrollo de las epistemologías colectivas desde las cuales sostener materialmente saberes alternativos que contrabalanceen y redefinan el poder abrumador del capitalismo global. El habitual dominio y adoctrinamiento de nuestras capas profesionales, por obra de una psicología de la eficacia y de la calidad total, embiste de frente a la claridad humanística necesaria para iniciar desde la aventura intelectual la constitución de un registro analítico que permita la expresión emancipada y directa de los saberes sometidos

Estos desprovistos de la precisa habilidad deconstructiva para desconfigurar aquellos tejidos obsoletos y autoritarios, que restringen su participación efectiva en la redes de la política económica, se deciden por la improvisación artesanal y las economías solidarias del discurso microempresarial, provistos de un intuicionismo gerencial para leer oportunidades de inversión en el mercado de bienes y servicios, pero privados de la suficiente especialización y calificación productiva para desarrollar experiencias empresariales de mayor calado y racionalización. Quizás la evolución de una mentalidad peculiar para desarrollar una racionalidad productiva coherente con la heterogeneidad ecológica de las economías populares, esté bloqueada por la terquedad de los saberes subalternos para no expresar civilizatoriamente y en el espacio público sus contenidos culturales implícitos, de un modo institucional, en el progreso y consolidación de una estructura industrial singular, que aproveche los mestizajes y las innovaciones simbólicas que se manifiestan de manera informal. Mientras que la rudimentaria economía periférica no anime, ni haga participar productivamente al grueso de los discursos populares para elaborar una arquitectura de la complejidad proporcional con nuestras urgencias nacionales, seguirá habiendo un divorcio escandaloso entre la inventiva de la sobrevivencia y los diagnósticos complejos y generales de la existencia profesional, que permitan vulnerar el estado incipiente y descalificado de las economía de la solidaridad, por medio de una orientación programada pero estratégica del desarrollo económico.
El profesionalismo al ser víctima de este desgarramiento objetivo entre la experiencia tecnocrática y el registro humanista, degenera y retrocede hacia una actividad bárbara y delincuencial, que amenaza la integridad de las redes de solidaridad que su despliegue vocacional dice defender y conservar, no sintiéndose, por lo tanto, responsable de las consecuencias sociales negativas que su acción ocasiona en la sociedad, porque reducen la ética profesional a una cuestión de eficiencia y resultado coyuntural, porque afirman ellos que “sólo cumplen con el trabajo por el cual han sido contratados”. En la medida que el desenvolvimiento irresponsable de la energías profesionales se desentienda de la textura de la vida social, que irónicamente le otorga significado y protección simbólica, seguirá colaborando para destruir las misma bases objetivas que garantizan la realización de sus éxitos profesionales, conspirando indirectamente en contra del crecimiento de ideologías morales que contengan y prevengan la expresión de discursos desligados de los intereses del espacio público. La identidad profesional al ser descabezada de imperativos éticos se hunde en la ceguera e irracionalidad tecnocientífica, con cierta disposición para ofrecer resultados auspiciosos y con cierta capacidad de adaptación al mundo técnico, pero amputada de la capacidad de juicio necesaria para comprometer su agigantamiento individual a un proyecto de desarrollo social compartido, que reclama la complejidad de una realidad altamente erosionada por el discurso del mercado.

Tal vez la paradoja de todo lo que he narrado consiste en que un mayor involucramiento de los talentos individuales implica curiosamente reportarles mayores recompensas monetarias, y por lo tanto ingentes comodidades para asegurar la práctica eficaz de sus lealtades, lo cual a la larga va desmontando el frágil compromiso moral que previamente modeló la vocación profesional con la sociedad, y va robusteciendo la visión del especialista, de su ámbito de intervención específico, de una relación cosificadora y exclusivamente funcional. Si bien lo que anima la formación del profesional en sus incursiones iniciales y en su adiestramiento técnico, es mejorar considerablemente su calidad de vida, demostrando su eficacia y competencia en el ámbito laboral, existe en el espacio de ilusiones y romanticismos embrionarios una noble actitud de modificar con su trabajo relaciones consideradas injustas, una conducta altruista que lamentablemente se va diseminando a medida que las urgencias inmediatas y la necesidad de saciar la sed de realización privada evaporan todo vínculo con el desarrollo de la inmadura totalidad.

Esta ideologización previa que suele prolongarse más allá del adiestramiento profesional obstruye en las regiones periféricas toda iniciativa por concretar individualidades capaces de adaptarse al ritmo desenfrenado de las circunstancias, porque estas no muestran la habilidad suficiente para transformar la mediocridad y el exceso de altruismo historicista por los humillados, en una solidez personal y en una mordacidad competitiva apta para aprender a navegar en este mundo congestionado de fracasos. Los cuellos de botella existencial que genera la justificación para no participar en las selvas de la competencia económica, que deteriora el respeto por la persona, siembran un amor demasiado romántico hacia las cosas, un amor, en fin, que otorga, sin lugar a dudas, un motivo para vivir, pero que va acumulando un odio visceral hacia aquellas subjetividades que consiguen desarrollar voluntades profesionales, acondicionadas para sobrevivir en esta jungla de simbolismos descarados. A la larga estas rebeliones espirituales despreparan perjudicialmente al individuo y lo van arrinconando hacia la persecución de un ideal nocivo para la salud individual, un ideal que no ingresa en los deseos de movilidad social como una ética profesional porque la desestructuración y el riesgo de la vida económica compelen a la conciencia a dejar atrás las ideologías infantiles y compenetrarse en la obligación de tener que confirmar la utilidad de su existencia.

Aunque este humanismo primario esta retrocediendo en las capas profesionales debido al impacto del proceso de personalización que incrusta en los sistemas de personalidad una disposición psicológica a favor del protagonismo individual, que manipula el entrenamiento profesional como si fuera una catapulta para ascender socialmente, la verdad es que los residuos fantasmáticos de un adecuado enfoque humanista son necesarios, porque sin ellos el individuo se instrumentaliza desaforadamente, y no se completa en él un proyecto educativo ilustrado exitoso que haga pensar que su paso por los claustros universitarios reforma el espíritu de la persona de un modo integral. No es la razón de un cambio ontológico total la que decide la conservación de esquemas humanistas en la formación profesional, sino la urgencia de contar con un carácter ético y respetuoso de la dignidad de la persona que refrene aquel totalitarismo individual que deteriora gravemente los lazos sociales, evento que lleva a pensar que la disciplina moral esta necesariamente ausente de la exterioridad profesional porque estrangula y cohíbe la iniciativa privada. En tanto la regla de la competencia profesional dependa para su funcionamiento de incentivos mercantiles que deshacen tajantemente el vínculo profesional que la calificación productiva debe tener, seguirá siendo complicado desactivar la reproducción de una moral clientelar y de la corrupción que derriba ideológicamente el apropiado camino del crecimiento profesional, concibiéndolo como un individualismo que saquea y concentra poder a espaldas de la graves problemas de la sociedad.

La tendencia del poder cognoscitivo, que reporta itinerarios profesionales a transgredir los canales oficiales para su aprovechamiento social, delata que la producción de conocimiento no se desliga de contextos de significación escandalosamente patrimoniales y autoritarios, los cuales al reproducirse reticularmente en los estratos simbólicos desplazan los compromisos iniciales que las resistencias solidarias imprimen en la personalidades en proceso de formación. Es quizás increíblemente la imposición de un proceso de instrumentalización sofisticado, correctamente orientado desde mecanismos de domesticación cultural que aminoren su tendencia a la transgresión, lo que otorgaría la ventaja original de los actores democráticos a abandonar interpretaciones excesivamente dogmáticas de la labor profesional, y de esta manera limpiar el camino institucional para el desarrollo de una pragmática que asimile que su éxito proviene de condiciones hermenéuticas originales y se dirige en su realización necesariamente a enriquecer el todo social. No verlo de este modo significaría depositar toda la confianza de una adecuada vigilancia democrática en la consolidación de transformaciones organizativas individuales que preserven por una cuestión de reserva moral cuotas civilizadas de humanismo, situación que esta lejos de la realidad y que no alcanzaría a revertir el proceso de privatización implícito que experimentan las identidades colectivas. Actualmente todo el principio de construir sociabilidad profesional no descansa en el accidentado y mezquino proceso de socialización homogéneo y represivo de la modernización autoritaria, sino en la aceptación del cambio cualitativo que representa la introducción de la moral pragmática, para ulteriormente canalizar toda la invención que genera la construcción de subjetividades profesionales que creen conocimiento solidario a partir del subordinamiento y desactivación del discurso de la rentabilidad económica.

El agigantamiento del capitalismo de flujos, al cual se remite el relato profesional por preservar el derecho a sobrevivir no niega el hecho de que un exceso de competencia profesional resulta agresivo y arbitrario para la integridad de los lazos subjetivos que preservan los factores democráticos, pero también un exceso de confianza en la domesticación civilizatoria, que ofrece el relato humanista, termina por desactivar la voluntad para estimular un crecimiento del fenómeno económico. Tal vez la redefinición de los saberes emergentes demuestra que este conflicto entre visiones útiles del saber profesional esta llegando a su fin, y que el dualismo se resuelve a favor de la tecnificación de los discursos profesionales, lo que provoca un desentendimiento comercial de las posibles capacidades saludables que adoptaría un discurso humanista, reducido en estos casos a una pantomima agradable y esnobista sin derecho a hablar. Este desequilibrio que se inserta como lógica biopolítica se demuestra con mayor claridad en las carreras profesionales asociadas al humanismo técnico y a un trato cordial y responsable con la integridad física de la persona. Es un hecho aceptado silenciosamente por ejemplo, que el galeno para ejercer un cuidado sanitario del cuerpo del paciente hace uso de un poder vertical y despótico sin el cual sería imposible conseguir el propósito de diagnosticar y erradicar la enfermedad, pero de ahí a basar la eficacia de la sanación en el negocio de la enfermedad más que en el deber interior de salvar vidas es en realidad una deformación ideológica que debe contenerse y corregirse.

No quisiera etiquetar de un modo despectivo el comportamiento de la lógica médica. En su gran mayoría la corrupción mercantil no ha a dañado los atributos morales del legado hipocrático, pero muchas veces la frialdad que necesitan para conseguir resultados clínicos lo transmiten impropiamente a dimensiones donde se debe escuchar un ligero trato y comprensión humana. El mismo trato de vaciamiento ético se observa en carreras donde la práctica profesional necesita una eficacia desnuda e indiferente como son abogacía y educación. Es cierto que la intromisión desmesurada de prejuicios altruistas puede desacelerar la pericia para resolver prácticos pueden convertirse en serios reveses ideológicos que ahogan a la personalidad en un odio justificatorio irreversible, pero de allí a expulsar los fines éticos de la rigurosidad profesional sin importar las consecuencias negativas que pudieran surgir, sólo por conservar cuotas deliciosas de dinero comodidad y éxito individual es un hecho que debe ser reprobado y corregido de inmediato. La ética no sólo esta restringida a los intercambios individuales, a la rigurosidad de procedimientos para conseguir resultados auspiciosos en lo profesional o en una sugerencia humanitaria e instructiva que nadie cumple, sino que su influencia cualitativa debe compensar y controlar a la descarriada competencia y a la rivalidad que los conglomerados transnacionales y ejecutivos osan desperdigar en el mundo social de las profesiones. En la medida que la vida sea absorbida por la razón del mercado, el discurso ético formalista que defiende la libertad negativa debe ser conculcado por insuficiente, siendo subordinado toda ventaja económica a la permisa simple de reproducir sin riesgo alguno la vida comunitaria. En este contexto el perfil profesional que está siendo delineado por las fuerzas económicas debe incluir más allá de una sólida competitiva un vivo interés por conectar los desarrollos personales y toda la gama de saberes especializados a un proyecto de desarrollo público, dejando de lado aquel arbitrario pretexto de que la masificación del bienestar en sí misma desactive el hambre por prosperar de que la redistribución justa y la socialidad de los vínculos personales cohíben la iniciativa privada. En última instancia una conciencia profesional que no admita en sus acciones principios éticos cualitativos corre el riesgo de no tener lecturas apropiadas y veloces para domesticar y sintetizar la complejidad de los movimientos caóticos del capital. Es una cuestión de ética del discurso lo que haría del pragmatismo económico una cuestión saludable de reinvención democrática.

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Curriculum, perfil profesional e intelectualidad orgánica

by on May.03, 2011, under Sin categoría

Ronald Jesús Torres Bringas

La polémica con respecto al vivo interés que despierta en los últimos tiempos la reactivación comunitarista del movimiento estudiantil, concita en los límites de este ensayo una serie de reflexiones socio políticas referentes al abismo epistemológico y antropológico entre la producción universitaria del conocimiento y su protagonismo práctico concreto. En la contemporaneidad de un movimiento social múltiple que presiona sobre los cimientos reduccionistas del Estado de derecho neoliberal el que se debate con respecto a los fundamentos pedagógicos y produccionsitas del diseño curricular cobra un énfasis original, en la medida que las organizaciones de la sociedad política de los claustros universitarios urgen del control estratégico del proceso educativo de las inteligencias académicas para legitimar y operativizar teóricamente las decisiones que en materia de gestión ciudadana se hacen necesarias en el espacio público de esta sociedad periférica

El relativo aniquilamiento ideológico de los centros de producción del conocimiento nacional-desarrollistas y el subordinamiento posterior de la subjetividad universitaria a los cánones empresariales y tecnocráticos del nuevo patrón de poder global, han condicionado que el despliegue científico sea percibido erróneamente como una labor administrativa por la cual se percibe una remuneración periódica, desplazándose paulatinamente de la conciencia cotidiana el concreto compromiso ético que significa el trabajo científico con el porvenir de la sociedad peruana. No negamos que el inflamiento ideológico que supuso el proyecto populista trajo serios problemas a la hora de resolver problemas técnicos, que urgían decisiones no bloqueadas por dogmatismos obnubilantes, pero la verdad es que el desdibujamiento estructural que prosiguió al agotamientos del proyecto populista dejo en una situación precaria al componente político de la decisión gubernamental, es decir, sin la suficiente capacidad de maniobra ejecutiva para desarrollar una lectura apropiada en función del bienestar general.

Desde que el diseñó profesional y sus productos técnicos se desentienden de las consecuencias sociales de sus incursiones tecnocráticas se ingresa e un escenario donde la validación del patrón de desarrollo se sostiene sobre la base desideologizada de la metodología individual burocrática, en la cual la práctica organizacional del Estado o de la empresa privada, a la cual no se la percibe como parte vibrante del proyecto de vida singular. Creo que la razón principal de que no exista una sólida ética del funcionariado público en nuestra realidad organizacional descalificada, es que el escenario universitario donde se forja la subjetividad profesional esta siendo infectado por una psicología egocéntrica que sólo percibe el adiestramiento cognoscitivo como una etapa previa y embrionaria de sus deseos de movilidad social y no como un proyecto ilustrado de formación integral de la personalidad, tan necesario en la realidad organizacional de hoy, porque es la única garantía antropológica de que se exprese una inclinación afectiva con respecto a los programas colectivos que se derivan de las jerarquías burocráticas. Sostener la lealtad procedimental del profesional sólo en un sistema sofisticado de recompensas salariales dejando de lado la legitimación ideológica que la labor individual le debe a la estructura burocrática. Por eso, visualizando que la carencia de una estructura actitudinal humanista conduce a un escenario de grupos profesionales interesados, creemos que un estudio a profundidad del lugar ontológico donde se forma primariamente la intencionalidad profesional resulta coherente con el examen minucioso de la s relaciones entre el perfil curricular y la formación social específica.

Humanismo y formación profesional.

Hablar de curriculum académico en un contexto social tan expuesto a la obsolescencia y lo efímero como el nuestro, significa estar siempre atento a las improvisadas e ingeniosas modas académicas que asaltan el embrionario espacio público del debate social. Adecuar estratégicamente las energías cognoscitivas para dar validez y sostén ideológico a conspicuos y diletantes modas académicas, que no trascienden mayormente en políticas públicas, significa en el fondo parapetar a los escenarios universitarios de ideologías farfulleras y de exageradas consignas doctrinarias, que proveen a la individualidad intelectual de una atmósfera política cargada de símbolos y de banderas humanistas, que en última instancia alejan al talento individual de las bases empíricas y prácticas del real ejercicio profesional. Si bien la inserción de la conciencia juvenil en cascarones ideológicos, rotundamente dogmáticos, engarza a una identidad juvenil – generalmente desorientada y sin compromisos sociales – con un acertado y justificado mensaje crítico. Al verdad es que esta virtud reflexiva se va convirtiendo, a medida que las exigencias profesionales se apoderan de las circunstancias prácticas, en una sólida regresión psicológica que obstaculiza la adopción saludable de un necesario poder de gestión social sin el cual el perfil profesional se ve desprovisto de la imprescindible experiencia práctica para sobrevivir.

Como el bombardeo de una atmósfera universitaria conciliada con el discurso humanista de la justicia social provee a la conciencia juvenil de un discurso apasionadamente reivindicacionista se hace muy difícil que el entrenamiento curricular que se consume en los cinco años de pregrado. Logre vulnerar los complejos y prejuicios ideológicos que detienen en sí el urgente desarrollo académico-profesional. Por más que los aspecto pedagógicos del curriculum profesional estén diseñados para dotar de habilidades de producción intelectual a la subjetividad del educando, lo cierto es que los discursos ideológicos socialistas y la previa intencionalidad egoísta del universitario bloquean el progreso de identidades intelectuales, que sin sacrificar el aprendizaje de un oficio que recompensa económicamente, logren elaborar lecturas totales u congruentes con la problemática y agenda social que se discute tímidamente en el espacio público. Mientras se observa que el desarrollo de los intelectuales orgánicos es algo seriamente escaso en la producción académica de las instituciones de educación superior, debido a que la autoconservación individual se impone como lógica cruda de la supervivencia material y simbólica, también se termina por imponer la carencia objetiva de liderazgos intelectuales en relación estrecha con la producción de subjetividades rebeldes que originan los movimientos sociales. En la medida que no exista una vinculación originaria con el ethos subalterno de las víctimas cotidianas de la pobreza estructural, es decir, en la medida que no exista una fuerte imbricación ideológica con la cultura popular será muy difícil alterara significativamente esa mala costumbre de explorar turísticamente el espacio público, en la búsqueda de ornamentos exóticos y esencialistas que sólo enfatizan la capacidad de transmutar valores para el cambio cultural como la única alternativa de resistir el poder monocultural del capitalismo

Es urgente hacer frente a esa desviación narcisista que introduce una epistemología existencialista en las órbitas de las preocupaciones de investigación, porque este exhibicionismo estético en la confección pseudomusical de la reflexión social lo único que causa es incrementar la brecha ontológica que existe entre el intelectual despreocupado e irresponsable que sirve de confidente dicharachero de la oralidad trágica, y una textura social desprovista de amortiguamientos políticos con que conquistar un reconocimiento y redistribución social negado históricamente por las oligarquías culturales. Es difícil decirlo, pero el cambio de época que influye sobre la cosmovisión representativa de las categorías mesocráticas ha hecho que estas sustituyan obligadamente los enfoques críticos de la ideología nacional-desarrollista por un pensamiento fenomenológico y subjetivista que deposita la confianza del desarrollo cultural en la disposición voluntarista y en los esfuerzos constructivistas de las categorías individuales. Creemos ciertamente que la tendencia que demuestra el diseño curricular a promover una postura espiritualista resulta coherente en estos tiempos postmodernos, en donde nada alcanza sostenidamente afirmación simbólica, pero creo que de un modo objetivo y responsable esta posición ideológica aleja verticalmente a la reflexión social de su compromiso funcional con la formación socio-histórica. Esta conclusión es algo parecida a lo que Quijano insinuó en uno de sus artículos: la currícula adiestra con una epistemología de derecha mientras que la atmósfera universitaria respira una epistemología de izquierda.

Es interesante mencionar que la vuelta del pensamiento vitalista-común en las raíces primigenias de nuestra filosofía social no representa un reencuentro originario con nuestra endógena tradición peruanista, sino la aparición subalternizada de una hibridación neofeudal que hace reposar el objetivo, que es el cambio cultural, en la asimilación hermenéutica de la metodología reconstructiva como la única vía que existe para procesar el caos ontológico que se apodera del sentido cotidiano. Yo sinceramente rescato las bondades comprensivas que significa defender atinadamente el ethos cultural de las mentalidades populares, pero creo sinceramente que la reproducción de este saber hermenéutico en manos de una clase intelectual sin ningún tipo de interés por la dinámica rebelde de los movimientos sociales predispone a la formación de un pensamiento social academicista y sordo a las súplica de la realidad irracional. En tanto el saber científico no salga a represntar el rol de traducir la semántica innovadora de los saberes populares, para que la ciencia se derrame democráticamente sobre el pueblo. Será complicado detener apropiadamente esa maligna costumbre de ver la producción de conocimiento social como una genialidad solitaria que sólo le corresponde gozar al intelectual más dotado para crear.

Gran parte de que el humanismo altruista sea desplazado por una retórica fanfarrona que sólo desataca las aventuras artísticas de la existencia intelectual es que el diseño curricular sea interpretado por el educando de un modo tergiversado, debido a que el mundo humanista es asimilado como un atributo comunicativo para mejorar los intercambios y la seducción cotidiana. Si bien existe la necesidad de saber comunicar los argumentos científicos y conjeturas para reproducir una cultura intelectual que mantenga la disposición crítica y la capacidad de investigar, la verdad es que los comportamientos indagatorios en ciencias sociales deberían sólo estar acompañados de una virtud retórica y expositiva, y no invadir estos las preferencias sociales a la hora de dar moldeamiento a una figura intelectual o a la hora de seleccionar el tema de investigación social.

La interacción e endeble entre el curriculum académico y el contexto ideológico en el cual este se práctica genera que la formación sólida de los personajes intelectuales este desprovista de un rendimiento profesional lo suficientemente eficaz como para asegurar la reproducción socioeconómica del particular. En ala mayoría de los casos la educación superior no consigue comprometer a los embrionarios intelectuales en un proyecto de ilustración sociopsicológica que logre expresar, por último, un genio para lectura cognoscitivas, porque la transformación emotiva que conlleva moldear la habilidad filosófica implica sacrificar y desprepararse para la vida cotidiana. El rechazo que recive el proyecto escribal del ser intelectual, pues provoca una vida solitaria y empobrecida por la inteligencia observacional, ocasiona que esta sección ideográfica de producción humanista sea descuidada peligrosamente por los actores democráticos, lo cual a la larga condiciona la colonización privada de la razón instruemental, que percibe el saber científico como una terquedad especulativa que hace mucho daño a la conciencia social y a sus intereses particulares.

Gerencia social y formación profesional.

El relativo empoderamiento que ha significado en los últimos veinte años la avalancha tecnocrática en las relaciones sociales ha debilitado la ilusión desarrollista de expandir el juicio racional y modernista en una realidad considerada dominada por la superstición arcaica y por los poderes tradicionales. El apogeo burocrático que ha conseguido la empresa privada, con un sistema flexible y autorreferencial de organización compleja atento a los cambios culturales en la vida económica, ha penetrado convenientemente en el tejido sociocultural de las clases populares y de los sectores mesocráticos desplegando toda una red sofisticada de pequeñas y medianas empresas particulares en términos de la reproducción de estilos de consumo y de las preferencias postmodernas de los sectores subalternos. A demás esta textura microempresarial como prueba palpable de la hibridación tecnoadministrativa que se ha agotado en los últimos tiempos, se comprueba la recepción cultural de una moral instrumentalizadota y del cálculo administrativo que moldean los repertorio simbólicos y los sistema de usos sociales, lo cual esta condicionando el reforzamiento de una racionalidad instrumental que define toda acción social en términos de una resultado funcional y mercantil. El hecho de que la vida esté expuesta a la concepción de una conducta de la rentabilidad y del interés racional fortalece un organismo social infectado de una cohesión de la supervivencia y de la artificialidad frívola que va mermando la relación social comunitaria y basada en la solidaridad orgánica.

Es esta predisposición tecno-egoísta lo que incide en la formación de un diseño curricular que arroja técnicos sociales sin ningún tipo de compromiso ético a cerca de las consecuencias sociales que implica la responsabilidad de la evaluación técnica. Hay sui se quiere una intencionalidad predeterminada en la conciencia juvenil hacia la legitimación de una cultura del dinero que visualiza el sistema de adiestramiento profesional como una oportunidad existencial de escalar posiciones sociales expectantes en la sofisticada estratificación social de la sociedad peruana. No hay me parece en los actuales contingentes profesionales una inclinación solidaria a responsabilizarse de las acciones tecnocráticas, porque la realidad difícil y hostil empuja a las subjetividades profesionales a desarrollar decisiones y ejecuciones eficaces en los diversos rubros organizacionales que impliquen una validación de su desempeño individual. Creo que la gran razón de que el mercado de trabajo presione sobre el sistema universitario para producir ingenieros sociales calificados, no es sólo producto del gran impacto de las reformas neoliberales en el sector educativo superior, sino una mañas complicada demanda de utilidad social desde el tejido popular por tratar de resultar funcional y así poder sobrevivir socialmente, sin operar reformas sustanciales en la arquitectura organizacional del Estado y al sociedad.

De algún modo inesperado la gran capacidad de despliegue administrativo y reformista que presenta la mentalidad subalterna, con base en liderazgos económicos, es que las dificultades que demuestra el diseño democrático-representativo para procesar apropiadamente las demandas sociales se resuelven sólo bajo regularidades que ofrece la institucionalidad del Estado de derecho, y no en la escasez de coordinaciones golpistas o momentos constitutivos, propios de movimientos sociales que quieran provocar una ruptura con el orden existente. En líneas generales, soy de la idea que las identidades sometidas de la complejidad periférica peruana hacen reposar sus habilidades de resistencia y reinterpretación cultural en la suficiente disposición reformista con que imprimen sus múltiples interacciones cotidianas e intercambios económicos, sin deshacer las fuerzas sociales hegemónicas que los oprimen, y que ponen en paréntesis perpetuo sus variados sistemas de significación.

Es la situación particular en que la cultura peruana ha asimilado el lenguaje organizacional, tornándolo en un ethos devorador de todo vitalismo singular lo que condiciona indirectamente que la vida social se vea forzada a instrumentalizar hipocondríacamente la subjetividad del otro. Esta prueba es visible en la forma como el patrón de desarrollo ha empujado a las mentalidades colectivas a estructurar las instituciones sociales en función de una cultura mercantilista y pragmática, lo cual quiere decir, que la conciencia colectiva típica edifica un socius autoritario e individualista que construye desde tempranas edades una biografía egocéntrica y autorreferencial con respecto a la totalidad social. El abismo infranqueable entre una socialidad degradada y autoconservacionista y un proceso de personalización periférico que divorcia a la subjetividad de todo contexto social donde se edifica, inaugura una textura asocial y totalitaria que produce instituciones sociopolíticas antidemocráticas y precarias sin ningún tipo de respaldo social o comunitario. Es la manera despótica como la psicología individual es invitada a formar parte de una complejidad cosificadora y mistificante lo que desdice rápidamente a la singularidad a proteger toda solidaridad popular, pues toda realización autoconformadora a través del proceso educativo es agenciada de modo mezquino y solitario, lo cual va destruyendo los marcos de socialización recíprocos de la sociedad peruana. Digamos que el engullimiento de la vida patológica por obra de la fragmentación del biopoder prepara singularidades conscientes de su papel tecnocrático y de sobrevivientes en una realidad licuada, pero esta misma promoción de una conducta egocéntrica es la que va mermando las bases objetivas donde descansa la reproducción de la solidaridad y los significados comunitaristas del mundo de la vida.

Con respecto a este condicionamiento social del curriculum académico de las ciencias sociales creemos que el exagerado y a veces desmesurado control del lenguaje tecnocrático en la formación de talentos científicos está ocasionando el desvirtuamiento social de nuestras ciencias, y la deslegitimación de una profesión que es vista sólo como una labor gerencial con La cual se consigue remuneraciones y movilidad social. En la medida que no se comprenda que la construcción social implica un compromiso serio y una vocación de servicio social, será muy difícil hacer retroceder el cáncer mercantilista de la política global, lo cual hasta la fecha esta confeccionando una cultura social cínica y despreocupada de la problemática social.

Gremios y movimiento estudiantil.

Desde la democrática reforma universitaria de Córdoba venimos asistiendo lentamente a la inminente culturización y masificación del movimiento estudiantil. Con esto queremos decir que la habitual homogeneidad que caracterizaba la identidad estudiantil cede su lugar a la controvertida, me parece, posmodernización de los reclamos de reconocimiento cultural que hallan en la constitución del conocimiento social la precisa representación política en una sociedad tan carente de renovación de cuadros políticos. Aunque la existencia de un discurso adulto todavía muy injusto y descalificador con la juventud política reprime oficialmente la acción legítima de los actores juveniles creemos que la práctica diversa de este sector intergeneracional, en cuanto a producción de una rica subjetividad, esta seriamente presionando sobre le principio de realidad imprimiéndole la expresión de una remozada vitalidad e innovación cultural, que hace retroceder el habitual conservadurismo y puritanismo criollo.

Si bien el antiguo protagonismo colectivo es enriquecido con la práctica de estilos de vida extrovertidos y de desobediencia civil, lo cual habla positivamente de cambios culturales en el tejido despótico, lo cierto es que la fuerte devaluación y desorientación con la cual son percibidas las acciones juveniles aún le quita la validez necesaria a la cultura de la juventud como para conseguir legitimidad en esta realidad hostil y frívola. La fuerte preponderancia de un mundo sin corazón, severo y competitivo, relega el significado revolucionario de las identidades juveniles a una mentalidad anarquista y subversiva, lo cual despoja a la subjetividad creativa del control estructural de la maquinaria capitalista, lo cual a su vez es visualizado por el movimiento estudiantil como el muro de contención objetivo que mantiene en paréntesis perpetuo sus justificadas reivindicaciones y el que explota desconsideradamente a la vida subalterna y empobrecida. En tanto la multiplicidad de los saberes juveniles no quiera abandonar el reformismo cultural de sus cotidianos estilos de vida festivos será muy complicado desactivar el control material y estructural que detentan los poderes particulares sobre al formación social, ya que una práctica de vida juvenil debidamente orientada a la consecución política de una sociedad civil organizada se halla bloqueada por la desafección cívica que evidencian las misma s categorías juveniles hacia el sistema político.

Es el impacto irresponsable de la sociedad de consumo y de la cultura del espectáculo los que infringen el mayor golpe contencionista a la personalidad estudiantil, pues estas entidades la alejan de todo sacrificio colectivo y de solidaridad con alguna identificación política que pueda generar la canalización y reactivación del diseño social. Quizás la desidentificación ontológica con un proceso heterodoxo de planificación social es la que impide al movimiento estudiantil hechar raíces sobre los incomprendidos sectores poblacionales más jóvenes, pues la sola presencia de un rigor organizativo es percibido como un discurso de la dominación adulta que la permisividad juvenil y esa astuta conducta aventurera y apasionada rechaza de plano.

No obstante, existe la necesidad de que el cambio organizacional sea validado con la incorporación de la creatividad juvenil se percibe una brecha grave entre la mentalidad romántica y soñadora y un discurso sistémico de la madurez social que tarde o temprano se impone sobre la experiencia que va dejando de ser joven. Muchas veces este proceso de envejecimiento es tomado como una desilusión fáctica, como un proceso de realismo crudo que atrapa a la vida del joven en aquel entramado organizacional que él detesta, pero es a ciencia cierta la única transición que favorece el proceso de realización social capitalista a expensas de los anhelos de felicidad primarios del individuo. Es el despertar a la cruda realidad o el empecinamiento de permanecer donde la validez a una utopía con la que se entorpece la supervivencia, los que obstaculizan el necesario crecimiento y organicidad de la propuesta estudiantil, en materia de ser considerada como un conjunto de significados que enriquecen y mejoren la realidad social del estudiante.

El estado conflictuado y en estado de reafirmación sociopsicológica en el que transita endeblemente la identidad del profesional de las ciencias sociales origina que éste no cuente con la suficiente calificación práctica y apasionamiento reflexivo como para llegar a mantener la pujanza reivindicacionista de un movimiento estudiantil organizado. Es decir, la presión autoritaria por definir un estado profesional auspicioso que comulgue contradictoriamente con una vida revolucionaria enfrascado en la lucha política es la que condiciona que las urgencias de la vida privada desvanezcan, a medida que se hace necesario la competencia económica, la apasionada vitalidad por darle legitimación a un movimiento estudiantil organizado y coherente con las necesidades del estudiante.
Es además este impase objetivo de tener que madurar y ser derrotado por la fría individualidad lo que congela el afán organizativo y mantiene el control del movimiento estudiantil en el poder de un clientelismo y de franquicias retrógradas que manipulan la voluntad soñadora en pos del interés de facciones y grupos particulares, que al final sólo desacreditan más las buenas intenciones de la propuesta estudiantil. La desactivación organizativa de la juventud política es la que otorga validez a la aparición de toda una red sectorial de monopolios privados que controlan la formación de cuadros y la producción de conocimiento social de acuerdo a una versión dizque civilizado de la vida social. Hasta la actualidad inorgánica, a veces precaria, de la existencia estudiantil es producto de que esta se halla desprovista y desguarnecida ante la fatalidad de juegos de poder al interior de la universidad, los cuales utilizan las energías estudiantiles para reproducir sus consorcios académicos-políticos a costa del derecho colectivo que posee le movimiento estudiantil de recrear una generación democrática e histórica Soy de la idea que una actividad gremial correctamente respaldada por un movimiento estudiantil que produzca inteligencia científica es capaz de resultar un contrapeso significativo frente a la colonialidad de los saberes académicos y frente a la privatización y elitización de la acción política por empresas trasnacionales del conocimiento. El gremio estudiantil hoy reducido a un conjunto de espacios decorativos, recuerdo de otras épocas gloriosas, es la institución estudiantil que debe vigilar democráticamente los intereses curriculares del estudiante, y que debe hacer un seguimiento institucional al desarrollo profesional de la individualidad intelectual en concordancia directa con el despliegue político y reivindicativo de los movimientos sociales. Es la actividad gremial una experiencia subjetiva de consolidar solidaridades orgánicas y un órgano fiscalizador de a tendencia elitista que demuestra el gobierno universitario a no consultar, ni a discutir sus decisiones ejecutivas. El gremio, por último, es el centro bisagra que unifica la producción de conocimiento estudiantil con el escenario más amplio y general de los sistemas de partidos y movimientos sociales, posibilitando la conformación de demandas de un sector y luchando por revolucionar las estructuras capitalistas deificadas.

Conclusiones.

Hemos llegado a este punto para sostener la idea que el ejercicio eficaz de un currículo académico es el resultado de a interacción dialéctica con el medio político en el que se aplica como ideología y cosmovisión orgánica. Más allá de que exista una contradicción aparente entre un discurso curricular sometido a los dictados del mercado profesional, y a la atmósfera proselitista que condiciona la formación de singularidades intelectuales, existe la preponderancia de un entorno mesiánico que condiciona la dotación de recursos cognoscitivos y de un discurso semántico que orienta mal que bien el desarrollo del político y del intelectual orgánico. Somos de la idea que la vida académica y al producción ideológica como cultura de la sospecha no deben ser sacrificados a expensas del control teconocrático y proselitista del mercado, sino que la vida humanística, más allá de las complicaciones que implica la sobrevivencia diaria, debe ser preservada, porque de no hacerlo se facilita la propagación de discursos empresariales que sólo lucran con el conocimientos social de modo operativo y gerencial. No negamos que la consulta técnica es necesaria en un medio de confusiones y entropía organizacional, pero de ahí a encumbrarlo por sobre el carácter desenmascarador y discutible de la reflexión sociofilosófica es un reverendo error que se paga con la administración de lo perverso y caótico. Hay que aprender a entender que la vida dejada a su propia dinámica convulsiva se destruye irremediablemente, razón por la cual es urgente ubicar la pedagogía de un pensamiento cotidiano desocultante en la posición precisa de una racionalidad negativa que contenga la tendencia social que demuestran las identidades privadas a privatizar el carácter democrático de la sociedad

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Cultura de la oligarquía.

by on May.03, 2011, under Sin categoría

Imagen de elites peruanas

Imagen de elites peruanas

Ronald Jesús Torres Bringas.

Historicidad de las elites.

Se diría que la máxima aristocrática que Nietzsche ejemplifica de que lo bueno se condice con lo aristocrático y guerrero se derrite al entrar la moral cristiana y democrática en el escenario de la historia del eurocentrismo. En buena medida la historia del resentimiento es el cuento sin fin de una vida que no escucha su corazón y no es honesta consigo misma, cuando las crisis morales de la subjetividad acechan su existencia y prefiere culpar a otros, a los que si se esfuerzan y acumulan, de su desdicha y desesperanza cultural. Si gran parte de lo notable e inmarcesible escasea en la realidad de la mediocridad es porque los desastres de la masificación, la irrupción de la tiranía de las mayorías han generado la materialización de una cultura donde los impulsos sobrexcitados han huido de las sublimaciones racionalizadas, y han destruido toda posibilidad de reingeniería de la vida social.

Cuando la domesticación de los proyectos ilustrados se frustra debido a la resistencia de los registros pulsionales, siendo el hombre masa preso de ideologías del goce trasgresor irracional, se produce la corrupción subjetiva de todos los valores y sentimientos ennoblecidos del mundo educativo que son anulados tan pronto los caminos perturbadores de la autoconservación imponen otras reglas nihilistas que deforman la honradez de la auténtica personalidad. Es decir, el tener que soportar una realidad donde la permanencia de los significados sublimes representa un contrasentido a los valores de la libertad plena significa que los residuos de la cultura de notables se elitizan en enclaves culturales de exclusividad absoluta, como una manera de escapar a la impureza de una realidad donde abunda la vulgaridad y el embrutecimiento objetivo. En suma: la retirada de la ilustración de su interés por fabricar la identidad de los sometidos a los cuales necesita, garantiza la exposición de la cultura a un mundo sin raíces y principios, donde la iniciativa por hacerse con segmentos reales de la felicidad y prosperidad significa naturalizar una competencia salvaje por bienes culturales y psicológicos escasos.

Desde siempre la cultura ha sido un lujo de aristócratas y ciudadanos notables, a los cuales se rendía pleitesía sagrada porque representaban la encarnación terrenal de los dioses a los que veneraba la multitud, y los que aseguraban el dominio. El yugo que permitía la apropiación de los excedentes y la monopolización de los saberes cortesanos, reproducía un orden arcaico que era cuidado como un organismo natural, fiel reproducción de las jerarquías divinas extraídas de los ritos y de las cosmologías antiguas. Conforme la evolución de la estructura social tradicional hería el comportamiento naturalizado del cuerpo social, debido a la arremetida de nuevas entidades sociales que se apoderaba del control de las fuerzas productivas, este orden divino conocía la reprobación de las culturas subalternas que trataban de hacer estallar las jerarquías celestes y tener acceso al mecanismo real del estatus y de los monopolios culturales. En cuanto el oscurantismo de los prejuicios y supersticiones escolásticas eran barridos por la iniciativa de nuevos actores insurgentes que reclamaban su adhesión a las garantías cortesanas, era que surgía el espacio público y la política democrática, como un diseño envolvente que criticaba como artificial el statu quo del orden celestial y que reclamaba su acceso a la tecnología de las decisiones políticas. El plebeyo no sólo reclamaba su ingreso a la esfera del poder como un modo de deshacerse de las privaciones materiales que soportaba inmerso en la miseria social, sino que además lo hacía porque este orden metafísico lo expulsaba del reconocimiento cultural de sus saberes y vivencias populares. Cuando las multitudes ingresan en la producción del socius lo hacen para revolucionar programas sociales que los mantenían excluidos del poder, por lo cual apelan a la retórica deliberativa para rasgar los prejuicios aristocráticos que sumían a las relaciones sociales en la modorra y pobreza intersubjetiva.

Las desigualdades asfixiantes al perder sus ropajes naturales permiten la redefinición de los monopolios culturales de la elite, difundiéndose los valores cortesanos hacia las capas populares en donde son corrompidos por el imaginario subalterno. El trabajo de purificación de la oligarquía es dejado de lado tan pronto las hibridaciones y las mezclas rampantes que distorsionan la elevación de las culturas aristocráticas son desconectadas por el escabullimiento de las culturas populares. Las constantes mutaciones culturales que ensayan las colectividades tradicionales para desafiar la rigidez sublime del orden aristocrático inauguran la arremetida de la democratización como un modo de desactivar el orgullo del boato y la frivolidad oligárquica que aplastó con el racismo y la discriminación el carácter sensorial de las sociedades populares. En tanto la desigualdad sustente asimetrías insoportables no validadas en una legitimación religiosa que sostenga la esclavitud y el yugo cultural, la democracia como mecanismo de reivindicación de las multitudes desconocerá la limpieza y frívolo glamour de las oligarquías que mantienen el control monopólico del arte y de los sentimientos notables.

Pero dejemos las divagaciones antropológicas. En las sociedades tradicionales de una solidaridad mecánica la elite garantizaba su hegemonía y mantenía el beneficio de las desigualdades debido a que el control religioso que promovía consiguió el consentimiento naturalizado y cosmológico de las multitudes, que los veían como encarnaciones purificadas de las divinidades celestiales. Esta forma de razonar la ubicación cortesana permitía la protección de una región de la cultura espiritual y de saberes místicos, donde el ocio liberado de las obligaciones laborales era el fundamento necesario para una conciencia ilustrada y humanista. La clarividencia alegórica de los mitos y del arte antiguo sólo era posible de ser desarrollada en un espacio a salvo de la mediocridad y pobreza fáctica del mundo real; un conocimiento purificado que facilitaba el control biocultural de las subjetividades y permitía el progreso de moralidades oníricas que predijeron el porvenir de los pueblos y de su destinos culturales.

En tanto subjetividades disconformes no aceptaron el carácter contingente y accidentado de la vida era posible conservar y acumular intelectualmente los saberes teológicos y de las humanidades como una forma de hacer proliferar una conciencia original que desarrollara un estilo de vida hedonista y cortesano, y que despreciara el hedor desinformado e intuitivo de las masas bárbaras. Cuanto más en las masas emocionales abundara un estilo pragmático y vulgar de existencia incapaz de superar el carácter caótico del mundo exterior, tantos más espíritus libres y ontológicos escaparán del tiempo homicida para resguardar los tesoros de la cultura, ajenos a una realidad deshumanizada y estandarizada donde todo lleva la marca administrada del hastió y de la pobreza. La igualdad, un concepto caro a los socialistas democráticos no puede sonar más que a decadencia y desviación para los guerreros cortesanos, que observarían a la actual cultura nihilista como una provocación socialista de los instintos naturales, aplastados por la tecnificación y por el empequeñecimiento burocrático. En un mundo donde la alta cultura resguarda los frutos ennoblecidos y singulares del arte y la estética religiosa, la precipitación masificada de los ofendidos y humillados de la historia no puede significar más que una disonancia espantosa que desbarata todo proyecto educativo en un organismo reticular indómito capaz de arrojar al hombre y sus raíces a un escenario de estímulos incontrolables y de profecías catastróficas. Ahí donde falla la vigilancia disciplinada, de la que habla Foucault y la fabricación de engendros educados y complacientes, desemboca en un ser autoritario el compromiso con la alta cultura se rebela como una empresa de ermitaños soñadores, atormentados por el acelerado libertinaje e ignorancia de las multitudes, porque no logran acercarse a una experiencia de vida llena de intensidad y de goce maquinal.

Por otra parte, debilitada la religión y confinada a una cuestión de mera elección privada, se ingresa a un espacio moderno donde el diseño político del Estado civil facilitará el poder y la dirección de la explotación a un escuela de arribistas y emprendedores del Tercer Estado, que movilizarán el principio democrático de la multitudes en tanto les convengan políticamente. Se aliaron a las fuerzas milenarias del pueblo para movilizar en contra del estatus adscrito y de los valores cortesanos, una razón revolucionaria que impusiera una lógica de la iniciativa individual y del esfuerzo de pequeños productores que liberará a las fuerzas de la economía de los resquicios y entramados de la tradición y la escolástica. Si bien impusieron por medio del fragor de la ilustración y del antropocentrismo racional una lógica productiva manufacturera que aseguraba el dominio empresarial de las nuevas elites burguesas, tan pronto la capitulación de las fuerzas del antiguo régimen demostraron la victoria de la revolución modernista, iniciaron una contrarrevolución positivista que puso entre paréntesis perpetuo las aspiraciones democratizantes del proletariado. Desde que el filtro meritocrático es la forma de inclusión individualizante que propaga la maquinaria burguesa, toda forma alternativa de progreso y bienestar es cancelada como desviaciones de la correcta moralidad afirmativa, distorsiones que impactan corrosivamente sobre la lucidez empresarial y tecnocrática de la elite burguesa, y que no consiguen adaptarse a la actitud mercantilista y automatizada de la sociedad de mercado. Al barrerse con los entramados escolásticos y la iconografía religiosa de las urdimbres tradicionales, se instaló una mentalidad disciplinada que entrega el mundo industrial y fáustico a un individuo ávido de someter a la naturaleza a sus necesidades artificiales, una subjetividad rapaz y voraz capaz de levantar en los desiertos humanos campos industriales y fábricas con que justificar su poderío aristocrático en las cumbres de la calidad total.

Ante la persecución del vacío irracional ocasionado por las nuevas mareas revolucionaras y por el poder disolvente del capitalismo industrial, el individuo se entrega fervientemente a una cultura del trabajo puritana con la que repeler el carácter violento de la modernización del progreso incontenible. Aunque esta coacción de los espíritus libres signifique el atrofiamiento de las varias dimensiones de la existencia sensorial, esta represión de lo instintivo es la piedra angular sobre la que se asienta el homo faber y sobre la que reposa ligeramente toda una arquitectura compleja de los valores aburguesados del éxito individual. Aunque el modernismo estilístico, es decir, la vanguardia artística, halla logrado sublimar alegóricamente los valores reprimidos de la modernidad creando poco a poco una esfera bohemia y heroica donde el industrialismo estoico es negado como vulgar mecanización, toda esta rica fenomenología de la alta cultura se sigue reproduciendo a expensas del pragmatismo e intuicionismo subalterno de las categorías populares, conservando un terreno aristocrático a salvo de las inclemencias de la cultura de masas, y por lo tanto, una estilo de vida oligárquico inalcanzable para las capas subordinadas.

Vínculos inmateriales y elite.

Es la inmediata realización de los valores estéticos de la vanguardia en el terreno empobrecido y conservador de las inmóviles clases populares, lo que entregará a la elite un dominio instrumental sobre regiones del ser psicológico que antes habían sido despreciadas por el iluminismo ascético del capitalismo industrial. Al carcomer las industrias culturales los cimientos sólidos de la personalidad racional, se ingresa en un período ahistórico donde los sentidos sobredimensionados por la seducción consumista se libran de sus captores morales, asistiéndose a un imperialismo desbocado del goce narcisista donde el ennoblecimiento de los sentimientos humanos es convertido en plusvalor comunicativo del trabajo inmaterial. Aun cuando tal subyugamiento renuncia a la completa domesticación de los submundos del inconsciente, si que otorga una pastoral técnica de cómo adecuar los sentidos desequilibrados a un mundo caótico donde hay que habituarse a las convulsiones y devastaciones simbólicas. En una realidad postindustrial licuada hasta la raíz, donde nada está fijo y permanece estable, es recomendable aceptar la desrealización de la psicología ascética y concebir como un tránsito irreversible la conformación de una conciencia incompleta que es producto de los múltiples encuentros reticulares y rizomáticos de la experiencia social. Ahí donde el miedo a lo desordenado articula una conducta regresiva y autoritaria que obstaculiza la validez psicológica de lo inconmensurable y vacío, la razón se trastorna en una herramienta gestora de autoconservación y diplomacia, que facilita el consenso y la comunicación dialógica, como única receta ideológica para esquivar la violencia oscurantista del mundo complejo, que bloquea la constitución de una subjetividad que aprenda a vivir en la infinidad de los espacios culturales. Curiosamente esta habilidad para formalizar la razón y trastocarla en un recurso simbólico que permite el diálogo se está, en los tiempo postmodernos, elitizándose brutalmente en una aristocracia de las emociones notables, la cual no le adjudica contenido concreto al sentimiento sino que lo instrumentaliza para manipular la producción de los afectos y la comunicación, provocando la construcción de una subjetividad profundamente inclinada a negociar por intereses y mercantilismo.

En los estratos populares paradójicamente la ausencia de una oralidad comunicativa, más si de lenguajes sensoriales, es lo que dificulta la resolución de una identidad cultural potenciada que pueda reconstruir afirmativamente los códigos del poder y ganar terreno sofisticadamente en la variedad simbólica de la realidad peruana. A pesar que no se niega la extraordinaria habilidad que muestran las categorías populares para reformular y resistir el aplanamiento funcional de la cultura oficial, no se puede negar que la oralidad agresiva que se destaca en los entramados populares justifica la hipótesis de que el mercado despiadado torna autoritarios los registros biográficos de las sociedades populares acrecentando los conflictos étnicos-culturales y entregando la identidad a una degradación de la personalidad sólo llena de impulsos y de comportamientos desviados.

Ahí donde la capacitación social de los programas de desarrollo busca eliminar los intrincados abismos de la pobreza y de la descomunicación, surge la justificación perfecta para que las habilidades de una oralidad comunicativa se monopolicen en sectores minoritarios y que todo intento de salvar algo del ideal sensorial y práctico de las culturas populares quede reducido a una imaginación pulsional y belicosa que arruina toda unidad semántica de las multitudes democráticas. Al concentrarse el consenso comunicativo y sus productos estratégicos en una elite cerrada que los viabiliza no para cuidar o salvaguardar los frutos del espíritu, sino para conseguir más poder simbólico y atractivo social, se otorga legitimidad social a una distribución desigual de los conocimientos y de los saberes prácticos, que confina la irracionalidad pauperizada a las inteligencias populares que ven como todos los sueños objetivos de una comunidad pública y próspera son aplastados en la resignación y soledad individual; todo por el impulso natural de tener que sobrevivir y proteger los enjutos nichos privados de la existencia mística.

En estos tiempos de cruel desdibujamiento de la sociedad planificada asistimos a la cancelamiento de la historia obsesiva de la represión. Lo que se abre paso de forma irreversible, no es la arquitectura sólida de estructuras reificadas, que fijaban resocializadamente los comportamientos, sino un más fino dispositivo sensorial de la dominación, donde la aventura de salvar la personalidad se convierte en una empresa esquizofrénica de orates abandonados. El sentimiento inmaterial al quedar desguarnecido, de una razón que se evapora en la vulgaridad de un mundo hostil, su autoliquida en la frívola estimulación narcisista donde la psicología espiritual se desvanece. Desde que la ingenuidad de los sentimientos eran cuidados noblemente por una razón ilustrada, se podía hablar del resguardo clínico de una interioridad, en cuyas profundidades cobraban vida los misterios del yo. Al ser arrojado el sentimiento del mundo desencantado se convierte en materia cosificada del industrialismo, se ingresa en un escenario donde toda intento de exteriorizar heroicamente los frutos del yo, transmutando los valores nihilísticos del ser, conoce la resistencia represiva de una modernización violenta, donde toda reflexión vitalista y onírica es licuada en saber administrativo y tecnocrático. Sólo elites organizadas en los intersticios de la civilización, a salvo de la socialización represiva de los sistemas de control, han logrado acaparar y conservar los frutos artísticos de los sentimientos, pero no con intenciones de empoderar estéticamente las individualidades y devolverle reflexividad sustantiva a la vida, sino con el propósito de desarrollar maquinalmente una existencia dionisiaca de la seducción, donde toda conversación y cita nocturna sabe del cálculo dialógico más extremo y miserable. La nulidad de los sentimientos que se deshacen en astuta imaginación erótica, o en habilidad comunicativa, sólo conoce en los ambientes masificados un florecimiento solitario y romántico, habitando la conciencia de individualidades disconformes con la indigencia del espíritu, que ven en las humanidades o en los personajes religiosos un hábitat a salvo del sensualismo cosificante.

El costo de no poder interpretar culturalmente las señales de una realidad cargada de ideologías sensoriales -donde toda imaginación cognoscitiva y recreativa se elitiza en enclaves oligarcas, y la felicidad es un bien cultural inalcanzable por los ofendidos y humillados de la historia- es depauperante y angustiante para un ejército de excluidos y desempleados culturales que por honradez y bondad no se atreven a sobrevivir en una realidad donde uno debe aprender a cosificar y politizar su propia biografía personal si quiere supervivir y conservar algo de distinción estética. Para nada es seguro saber si a pesar de que las fuerzas populares se esfuerzan y trabajan con sacrificio y veneración, en algo se abrirán democráticamente las puertas exclusivistas de los saberes elitezcos. No sólo existe un racismo de la inteligencia y del gusto precodificado que rechaza la hibridación cultural, sino que subsisten exclusiones étnico-raciales de naturaleza presuntamente biologicista, que dificultan una democratización de las diferencias culturales, y que han ocasionado que en su afán de ser admitidos en estos castillos feudales de la exclusividad reinventen, en la jungla de los mestizajes y de la aculturación criolla, todo un mosaico variopinto y popular de la moda y del glamour subalterno, que reproduce creativamente las inclinaciones aristocráticas de segregación cultural que ensayan las elites criollo-liberales. En su anhelo de acariciar las rutas placenteras de los códigos elitezcos, la modernización cholificada ha abrazado objetivamente el ideario vulgar del consumismo criollo, que garantiza el agotamiento de los bienes productivos al precio de generar una infravaloración y empequeñecimiento de los vínculos sociales, que observa secretamente como toda intento de reconciliación económico-cultural con la modernización acaba en la mediocridad y embrutecimiento social. Hoy en día la cholificación no es más un proyecto de arrojar racionalidad productiva en los espacios heterogéneos de la migración, sino un mecanismo oscuro de vincular pulsionalmente a las categorías migrantes o un principio del goce desbocado, como el único remedio ontológico para escapar a la monotonía de la explotación y del desempleo estructural, y otorgar algo de significado anecdótico a una realidad empobrecida y privatizada.

La reapropiación cholificada de los repertorios culturales de la modernización mediática ha permitido, singularmente la proliferación de una sociedad democratizada y popular, pero el precio que se ha obtenido que pagar por ello, es que se han reforzado racialmente los códigos aristocráticos de la explotación, empezándose a digerir la figura hipócrita y degradada de un sujeto popular que ante la seducción mercantil reacciona ejerciendo violencia y cinismo delincuencial; una subjetividad que ante la elitización de la felicidad global se ha entregado a una vida sin valores, anomia y clandestinidad simbólica que es el rostro oscuro y perturbado del crecimiento económico de los últimos años. Si bien no se carece de toda oralidad y comunicación que reproduce la sociedad en condiciones deprimidas, soy de la creencia que la riqueza diferencial en la vida de las elites moldea una personalidad más adaptada a desenvolverse en la sociedad del conocimiento, una personalidad flexible y tolerante que en nada se parece al lenguaje hostil y autoritario de la registros populares que tienen que soportar como el éxito y la liberación se concentran en tribus ejecutivas, que han aprendido a instrumentalizar los sentidos.

Este abismo cultural entre los tolerantes frívolos y los excluidos de una oralidad empoderada, que son expulsados hacia la pobreza estructural, representa objetivamente los desencuentros estructurales entre nuestras identidades donde la introyección del esquema neoliberal ha articulado productivamente a las diversas clases sociales de la nación plural, pero ha reforzado o quizás multiplicado los graves dilemas del país, que se han mudado de la recesión económica hacia los conflictos civilizatorios y culturales. A pesar de la pujanza hibridante y de la potenciación étnico-cultural de la migración existe una cultura tutelar, como sostiene Nuggent, que impide la sanación secularizada de nuestras matrices culturales, donde arraiga el malévolo plan de estructuras tradicionales, o la descomposición autoritaria de la vida cotidiana, y donde se legitima el elitismo acriollado y hace que todos tengamos la expectativa de ingresar en las jerarquías elitizadas del poder simbólico a pesar que sabemos conscientemente que tal arquitectura colonial es injusta y antropológicamente deficitaria.

Ejecutivismo y cultura administrativa.

Si uno compara creíblemente el desempeño profesional de una dependencia del Estado en relación a una sucursal privada de alguna trasnacional, identificará sin problemas las diferencias en los rendimientos organizativos, y clarificará en que instancia social uno crece más como profesional y en la cual otra no. Por supuesto, salta ala vista que no obstante tanta criollada patrimonial en la empresa privada existen rígidos reglamentos disciplinarios que premian la eficacia y la creatividad laboral; que hay mayor aprovechamiento cognoscitivo del elemento profesional en una estructura interactiva donde cada oficina o componente ejerce una suerte de correa de transmisión donde subsiste plenamente una retroalimentación constante entre sus partes. Como una suerte de degradación gamonalista se escurre hábilmente en las instituciones públicas una suerte de cultura clientelar y tradicional, que no sólo depreda el erario estatal, con la jugosa corrupción de funcionarios, sino que evidencia el carácter parroquial de nuestra profesionalidad, que ve el aparato del Estado como el reflejo de su chacra privada, sin ningún tipo de compromiso institucional por regular la actividad de la sociedad y podrida de un medio organizativo que no ofrece oportunidad de desarrollo moral y tecnocrático.

La dificultad de todo este breve diagnóstico es que a pesar de las transformaciones tecnocráticas que se han desarrollado en la estructura profesional de las organizaciones, es complicado todavía desactivar la influencia cognoscitiva que ejerce la mediocridad del medio social en la conformación de las psicologías administrativas del funcionariado. Pues es una conjetura sociológica, creo yo, que así como el medio social influye negativamente sobre otras actividades sociales así también esta gramática cultural tiende a desincentivar la conformación de una psicología gerencial y competitiva; mentalidad burocrática que no llega a romper con las reglas anómicas y patrimoniales del orden organizativo, sino, que es lo peor, acomoda su capacidad y eficacia a las intrincadas redes enfermas e informales de la actividad organizacional. Si es necesario empotrar en la realidad del país un diseño institucional secular que permita la reproducción de la vida individual y social, también es importante no renunciar al proyecto pedagógico de moldear la cultura cotidiana del país, pues soy de la tesis que sino se logra dar forma a los comportamientos varios de la sociedad siempre existirá una amenaza retrógrada en contra del orden sistémico, aun cuando el capitalismo periférico vive de este desorden psicológico. En otras palabras, soy de la idea de que el progreso tecnocrático y ingenieril que experimenta nuestra formación socioeconómica en las dos últimas décadas es un resultado de la lenta remoción de estructuras anticuadas de organización y de gestión, tanto en las esferas del aparato estatal como en los ámbitos corporativos de la empresa privada, toda esto como un producto agresivo del ajuste estructural de la economía de mercado. Se ha vulnerado parcialmente una forma ideologizada y humanista del funcionario público, que todavía subsiste en las estructuras burocráticas del Estado, para dar paso a una capa de profesionales y tecnócratas del servicio público, más dinámicos y de mayor rendimiento logístico, que facilitan desde el Estado, como de la empresa privada, una desenvolvimiento más eficaz de la economía nacional, aún cuando la evolución de ésta, esté atorada en una formación embrionaria y elemental, debido al carácter novel y despreparado que muestra el recurso humano profesional de nuestro país.

Tal vez al desactivarse relativamente al tradicional administrador populista como fiel reflejo de una mentalidad tradicional y estatizante, con la irrupción de ingenieros sociales más acordes a la modernización económica que experimenta el país, es que se visualiza que este cambio en las concepciones doctrinarias de la administración del edificio social trae consigo una elitización irreversible de este conocimiento gerencial y una renuncia moral a que el diseño institucional formatee la cultura institucional del país. Yo creo que la segunda razón lleva a la otra. Cuanto más la red sistemática y biopolítica de un mundo de organizaciones alienantes se apodera del conocimiento social tanto más se genera ineluctablemente en las capas profesionales una corrupción espantosa del orden moral interno de la subjetividad, y por consiguiente, se elitiza el saber administrativo en aquellas regiones de la sociedad que aprenden a navegar cínicamente en la oscuridad pagana de la maquinaria organizativa. La complejizacion accidentada de las organizaciones plurales en el escenario desocializador de la vida cotidiana, renuncia a la fabricación de una conciencia trascendental del hombre racional y legitima, con esto, la formidable precipitación de una mentalidad explotada que muestra, como rostro antagónico de un ejecutivismo corporativo, un submundo de complejos y adicciones sensoriales, donde se anula toda la intencionalidad de construir un hombre sensato y racional.

Al contrario de lo que suponía Marx, el fuerte trabajo funcional y sometido a fuertes exigencias operativas produce una subjetividad represiva y pervertida, debido a que la represión estandarizada del medio organizativo, sumado a ello, la incontenible presencia de una cultura libidinal y desbordada de impulsos, ocasionan la deformación irracional de la identidad y el empobrecimiento psicológica de la conciencia. Ahí donde uno esta habituado a la caótica instrumentalización laboral se esconde un ser nihilista y degradado, donde todo su goce oculto e hipócrita es liberado de forma trasgresora y presuntamente desviada, porque el imperio de la ley policíaca y represiva ocasionan la multiplicación de las pulsiones, como la única manera de hallar distinción y significado agresivo en una realidad privatizada y desigual. En vez que el trabajo sublime la enorme carga de una vida sobrestimulada es una sucia obligación enajenante, que atrofia la inteligencia y embota los sentidos, sin ninguna creatividad y acrecentamiento personal. En las sociedades postindustriales las principales actividades de dirección del poder encierran el fundamento social de una clase aristocrática que acapara la habilidad gubernamental para legitimar su dominio libidinal y sensorial sobre las identidades domeñadas, y de ese modo expandir el crédito objetivo para restregar su control y maltratar a los que se consideran sus subordinados. El ejecutivismo tecnocrático delata la hegemonía de un bárbaro cultural, sin ninguna conexión cultural con la tradición social; elevado y presuntuoso sólo porque su función operativa la da la brillantez para organizar y resolver problemas programáticos, careciendo al mismo tiempo de valores y distanciado de toda consideración ética hacia las personas. Las cumbres de la ingeniería pragmatista en el seno de las organizaciones son el refugio del más sórdido filisteo, aquel que saca lustre a su poder administrando las emociones y sentimientos de la complejidad organizada.

Por otra parte, al elitizarse la habilidad comunicativa y la inteligencia emocional en nichos privados, es de suponer que el control monopólico de estos aprendizajes sociales, en el contexto de la sociedad del conocimiento asegura la reproducción de corporaciones empresariales que diseñan y controlan las estrategias necesarias para acumular capital, a partir de este trabajo inmaterial de los afectos. No sólo hay una gran ventaja en la formación racionalizada del ejecutivo, cuando impone su opinión biopolítica, tanto en las negociaciones empresariales como en su vida cotidiana, sino que además tal habilidad para administrar lo sentimientos de sus subordinados en la dirección de configurar patrones empresariales y tendencias económicas, habla a las claras, de un liderazgo autoritario y gerencial como expresión funcionalista de la voluntad de poder nietzscheana. Hasta la magia para salir de este mundo rutinario y cosificador, la aventura esquizofrénica de echar algo de romanticismo en esta realidad desencantada, se reduce a la capacidad de afirmación individual de supervivir como un yuppie mercantilista. Aunque sea difícil reconocerlo, pero el poder simbólico para tener éxito en la vida se concentra en la presunción aristocrática de saber manipular económicamente el núcleo de las matrices culturales que se abren paso; de saber reinterpretar las señales reticulares del caos cultural e imponer una trayectoria empoderada capaz de autopreservarse en el mundo complejo.

No obstante, visualizarse un reencantamiento religioso cercano a la aldea global de Mcluhan – todo por obra de la tecnificación mediática – la verdad es que toda conservación y felicidad distintiva reposa en la capacidad para convertir las difíciles condiciones en que se ubica la biografía cultural, en soluciones deconstructivas a un espacio cargado de complejos y cojeras mentales. Mientras la solidez emocional y comunicativa se elitizan descaradamente en enclaves de exclusividad y lucidez reconstructiva se asiste a una estructura social segregada y en permanente descomposición donde la experiencia de ser individuo queda tendida entre la escasa habilidad para ser positivo y una solidez asfixiante. Todo lo que queda dentro de la ontología organizativa, todo lo que acepta el cáncer de la explotación y de la deshumanización cultural y se rinde ante el cinismo estructural, existe en realidad, lo demás es estupidez humanista o simplemente ilusión.

Seducción Light y cuerpo.

El poder produce las almas que la complejidad organizada necesita para su reproducción. Está en todas partes, hasta en las situaciones más íntimas y espirituales confeccionando los comportamientos limitados que consiente la maquinaria, no dejando palmo de libertad interior donde resistir el impacto del sometimiento fáctico. Aún cuando exista resistencia y capacidad contrafáctica desde el actor social, toda esta acción cultural esta plagada de reformismo y subyugación, pues el agente social prefiere la insignificancia de la alienación al tener que soportar el vacío y la soledad más asfixiante. Si hay un mundo severamente jerarquizado y privatizado es porque la carne social diviniza y aspira a ser incorporada al interior de esa sociedad de privilegios, aún cuando sabe que tal acceso reproduce la injusticia y los condena a la adicción cosificadora. Hoy no se dice abiertamente que la justificación del orden oligárquico reposa en una suerte de clase modélica sin la cual no se podrá gobernar la sociedad, la que nos salvará de la catástrofe económica, sino que se le rinde pleitesía porque es el orden purificado y exclusivo a donde uno quisiera llegar y ser admitido, porque es la alta sociedad en donde uno aprende a amar con esta habilidad el garbo y la intensidad.

En una sociedad donde el conocimiento es vaciado hacia elites tecnocráticas que monopolizan la producción de saberes técnicos, tal dominación que se ejercita sobre la producción de las habilidades técnicas de la comunicación, termina por configurar identidades sólidas y exitosas en todo plano de la vida, que empiezan probablemente a monopolizar los recursos simbólicos para caer agradables o simplemente ser seductores en la intimidad. Si bien en este terreno del cortejo o la seducción apasionada existe una mayor extensión democrática de las habilidades idílicas, al punto que se sostiene que el romance es un resultado complicado de coincidencias simbólicas y anecdóticas de una vida aventurera y sin prejuicios, tal capacidad amatoria, sin embargo, viene revestida de un espíritu ágil y espontáneo, educado y seguro de sí mismo que empieza a escasear en las capas excluidas que convierten la festividad en un orgía carnavalezca donde el ritual democratizante rebaja la espiritualidad romántica que el cortejo solitario busca imprimir en los corazones. Esta habilidad sensual para conmocionar un espíritu hundido en la interioridad existencial, e invitarlo a hechizar de melodías palaciegas los desiertos postmodernos de la inseguridad, se registra con mayor expresividad en las clases altas, a donde la química violenta del enamoramiento se convierte en una destreza que sólo quiere conocer la vibración de la pasión, aún cuando tal ecuación indescifrable despierte el amor más desesperado y angustiante. Al contrario de las clases populares que conciben el amor como una solución antropológica a un mundo de separaciones y de explotación, (el elixir mágico que atosiga el, cáncer de la instrumentalización cínica), para las clases medias y las oligarquías cerradas el amor es sólo un aprendizaje provisional que muchas veces media y cohíbe el control intenso del goce amoroso. En otras palabras, ahí donde el biopoder oligárquico controla la producción de la comunicación y de los afectos, el amor se convierte en un sentimiento prohibido y cursi que se interpone entre la politización de los cuerpos y el goce extremo y alucinógeno que tanto se busca y es escaso. Por eso no es raro conjeturar que el amor en la medida que se trastoca en enmascaramiento consumista para conquistar el goce estremecedor es la posición ontológica que todos aspiran conseguir pero cuya química vulnerable todos en realidad postergan y traicionan, pues es más fuerte el salvajismo de la pasión erótica que un amor debilitante.

No quisiera ser un aguafiestas escéptico o nostálgico, pero la sensación de naufragio que se percibe en cada singularidad biográfica no es sólo un producto del sofisticado mecanismo de la explotación cognoscitiva, sino que además esta sensación de soledad fáctica es la consecuencia de una vida que halla sosiego y estabilidad embrutecedora en la cibercultura, donde duermen melifluamente los millones de testimonios más sinceros y dolientes de una vida que se ha decidido a gozar maquinalmente. Tanto el amor como los demás sentimientos notables son obstáculos a las máquinas deseantes, porque el yo tecnológico ha dispuesto liberarse de todo rezago de fracaso y resistencia humanista, porque así puede enceguecerse lo suficiente como para evadir la responsabilidad de actor social que lo conmina a pensar y a tener que preocuparse por otros. Como el vínculo social retrasa el éxito de la supervivencia el actor social sólo instrumentaliza en su provecho cada lazo o cohesión significativa de lo social, equipándose frívola y corporalmente como un cuerpo sin órganos para asegurarse la manipulación y el goce más despiadado. A pesar que esta seducción maquinal comporta una subjetivización de la razón a las órdenes del individuo narcisista, que se desarrolla con mayor afinidad en las clases altas, existe no obstante, un defecto material de la sexualidad desbocada que no es reconocido por una realidad de presunciones eróticas. Tan inflado y decepcionante resultan las burbujas ideológicas del amor romántico a través de las locuras del cortejo, cuando se registra el exhibicionismo del coito, que las personas estimuladas buscan la diferenciación primitiva del amor subalterno, porque es tan fingido el glamour diplomático del flirteo, que se prefiere atender a los goces trasgresores, a los gustos grotescos, como una manera de satisfacer las fantasías delictivas y los tabúes que se dan en el inconsciente.

A veces el abarrotamiento carnavalezco es más sublime y liberador, que las clases altas deciden corromper su estatus elitizado de modo silencioso y clandestino, como una manera de expandir su dominio corporal y racista, hacia las capas populares que no pasan de ser consideradas poblaciones que desconocen las técnicas del cortejo y de la seducción, aún cuando soy de la idea de que es todo lo contrario. En la medida que los paraísos de la intimidad son una capacidad que se elitiza y desfigura por las maquinas deseantes, las clases subalternas se ven obligadas a reelaborar los códigos de la sexualidad, variando la idea de la seducción hacia facetas más de impresión y de hilaridad que lo permitido y esperado en las clases medias y altas. Aquí el cortejo es un ritual más detallado y difícil de concretar, que se basa en un juego de seducción donde se muestra inteligencia y distracción Light; al contrario de las clases populares donde los niveles de autoestima y la inestabilidad emocional empujan a las parejas a aceptar una relación furtiva, como receta espiritual para aplacar los dolores de la explotación y la pobreza social. Aunque por obra de la trasgresión sexual asistimos a una mayor hibridación de identidades sexuales, lo que genera enclaves del goce y aristocracias del placer exquisito, lo cierto es que la homogeneización de los medios de comunicación procura un ambiente idílico donde la vivencia romántico-sexual es un aprendizaje que tiende a romper los prejuicios de clase y las barreras aristocráticas, comulgando este escenario con el despliegue de una cultura de los afectos más democrática e igualitaria.

No obstante, a pesar de este inicio socialista el amor se elitiza por obra del egocentrismo simbólico de los agentes que en base a su poder económico o tal vez por obra de las distorsiones mediáticas que sufre el espíritu hambriento se sienten con atributos suficientes para aspirar buenos `partidos amorosos. Diríase que a pesar que se es más agradable conocer a alguien sin que medien prejuicios clasistas, pronto las exigencias de un mundo administrado y jerárquico, plagado de agigantamientos individuales corrompen la figura de un amor democrático cediéndose a la idea de que el amor es una decisión racional y complicada que amerita trayectoria, cálculo y experiencia. Mientras el amor sea una praxis comunicativa que enriquece las emociones y hace más estable el alma, se garantizará la idea de que el ser romántico es un capacidad que muchas veces tiende a la corrupción y al abuso frívolo, sobre todo cuando la cultura erótica y los signos del idilio se convierten en conexiones inestables y difíciles que evidencian el miedo a salir herido o hacer el ridículo ante la soledad más absoluta.

Como el amor es una cuestión de sorpresa y seguridad madura creo, como afirma Bauman, describiendo la imaginación romántica de las sociedades avanzadas,, que el amor en las sociedades periféricas es todavía una situación que implica mucho sentimiento y esperanza, por lo que al ser todavía un acto de conocimiento supraemocional no se está lo suficientemente acostumbrado a soportar las maniobras Light y relativistas del amor sin ataduras y compromisos, aunque esta táctica ideológica implica mayor intimidad y poco dolor, menor riesgo y mas intensidad. No coincido del todo con la recomendación eurocéntrica de nómadas amantes, pero creo que ante esta realidad empobrecida y acomplejada el amor Light y narcisista es una salida provisional y destacada para domar parcialmente esta guerra de signos silenciosos e informales en que se ha convertido el entramado social. Ahí donde todo se privatiza es mejor ser gozadores sin corazón que ser idiotas sensoriales y ser, por lo tanto, el hazme reír en la sociedad del deseo.

Asia y el no lugar.

En mis visitas etnográficas a las playas del sur halle un fenómeno de purificación cultural terriblemente antidemocrático y exclusivo, que retrata silenciosamente la grave segregación racial y cultural que padece nuestra estructura social. Parafraseando la observación de Marx que el trabajo sigue al capital, aquí el comentario exacto es que la cholificación persigue el garbo criollo y exclusivista, y que aún cuando el criollo oligarca ha sido muy duro y separacionista con el migrante éste pronto instalado en la desterritorialización acriollante de la cultura, adopta los mismos patrones estéticos de consumo y de presentación que las cerradas elites limeñas, blanqueadas y occidentalizadas. Esta figura colonial y racista se repite con la venia de la sociedad en toda la historia del país, y aunque nuestra sociedad experimenta un insospechado proceso de subalternización política a raíz del crecimiento económico, es para todos visible como las clases adineradas se retiran del espacio público recibiendo a regañadientes la legitimidad cultural de las clases populares, que aspiran a recibir un poco del gusto cosmético de los monopolios culturales. Aunque esta figura es relativa, pues la purificación aristocrática no puede ni detiene el trabajo de hibridación y diferenciación que se impone masivamente en la estratificación social, si que se las ingenian para mantener a salvo de la vulgaridad y de la cholificación desbordante todo un conjunto de prácticas estilísticas y modales sacros que sólo los despliegan cuando las reuniones de etiqueta y los rituales exclusivos así lo requieren en el mundo de los grandes negocios.

Este dibujo de una cultura con aberrantes desencuentros y privatizaciones en producción se deja sentir en los enclaves culturales de la moda en el balneario de Asia, donde cobra cita una construcción artificial en medio del desierto y de la lejanía de Lima como un espacio de no lugar incrustado en le vacío, para deshacerse del desorden arquitectónico y del deterioro mestizo que soporta la capital. Como una suerte de castillo feudal levantado en un paisaje remoto el boulevard es el espacio lujoso donde converge reducidamente lo mejor del mundo cosmético del consumo exclusivo, a salvo del ethos grotesco de los mundos populares; tal vez esto sea el único espacio democrático y vulnerable a las tentaciones distinguidas de las clases populares, pues los ranchos y chalets alrededor del boulevard son residencias privadas donde seguramente – hasta allí solo especulación mía- se da rienda suelta a una interacción cotidiana y separada de la bulla hibridante, donde el libertinaje dionisiaco sólo tiene el rostro oligárquico de lo blanco y eurocéntrico, más allá de que la embriaguez corporal y los alucinógenos hallen una validez y libertad oficial.

En la cultura de la playa la fotografía es más sutil, pues a pesar de que es un espacio público donde uno distrae la mirada y se deja bañar por los recorridos esteticistas de los cuerpos sensuales y bien contorneados, existe la persecución subalterna de los oprimidos que ambicionan coger un poco de la magia aristocrática del mar de Asia, que los denigra como empleados de servicios; pero la verdad es que la presentación biopolítica de los cuerpos es más estética y glamorosa que el cuerpo popular, muchas veces más descuidado y subido de peso, que abunda en los balnearios más cercanos a la urbe capital. No obstante, pertenecer la cultura de la playa a una costumbre elitezca y eurocéntrica por historia, las categorías populares la han sabido redefinir y reapropiarse de esta sana distracción, convirtiéndola en todo un espectáculo de disipación y de atragantamiento consumista, que evidencia a no dudarlo el ethos grotesco y masificado de las sociedades populares.

En la noche las licencias al libertinaje y desenfreno cobran una normalidad descarada, pues la juventud aristocrática valiéndose de la supresión de las jerarquías y de las normas socializadoras, liberan una corporalidad biopolítica, impregnada de la belleza y de la trasgresión. A diferencia de las clases subalternas en que la festividad posee el carácter de un paliativo embriagador a la explotación y a la opresión, en las clases medias y altas la fiesta nocturna es un ritual productor de diferenciaciones y distinción placentera, en donde la conciencia no se evapora, sino que en toda momento destila un lenguaje seductor y melifluo, que comunica efímeramente al cuerpo con los orígenes. La fiesta en vez de acabar en el embotamiento y en la desazón barbárica, es en estos espacios elitizados un acto de violencia suprema y estética, donde la vivencia erótica halla regocijo y satisfacción maquinal. En todo momento el animal nocturno devora en una jungla llena de cuerpos politizados, donde todo lo ilícito y narcisista construye una subjetividad agresiva, que sólo busca gozar absolutamente, sin importarle que este saber sensorial esta mal distribuido. Ahí donde el poder estético escapa a la mixtificación masificada se explora desrealizadamente una experiencia biopolítica liberada de toda ideologización, una vida cuyas prerrogativas hedonistas le permiten constituir una personalidad soberbia y completa, que realmente vive plenamente, a expensas de las asimetrías sensoriales y deshumanizantes del mundo administrado, que engarrotan a la sensoriedad y legitiman las violaciones y hurtos subjetivos de todos los días. Arbitrariamente las aventuras de la diferencia entregan al hombre a una noche narcotizada, donde busca huir de la estandarización capitalista, sin embrago, es sólo un trance desarraigante que nos arroja con mayor violencia a las obligaciones racionalizadotas de sobrevivir y tener que demostrar que se es útil.

En suma, en la cúspide de la dominación oligárquica se despliega una clase singularizada que no sólo ostenta el control del conocimiento comunicativo, el cual sino lo tiene lo compra escandalosamente, sino que osa concentrar los saberes sensoriales del placer y la seducción, arrancándole a la sociedad el derecho al reconocimiento cultural y a la felicidad. La mimesis dionisiaca esta privatizada despiadadamente.

Conclusiones.

En las líneas que anteceden he desplegado argumentos suficientes para sostener el supuesto de que el derecho a la cultura reflexiva y a la felicidad sensual se elitizan brutalmente, y que tal saber sensorial en vez de ser utilizado de forma noble por nuestras elites padece el despliegue de una cruel instrumentalización cínica, donde sentimientos notables como el amor y la amistad, la bondad y la lealtad son rezagos humanoides que desaceleran el éxito y truncan la gobernabilidad emocional. Más allá que funciona una economía libidinal que facilita el apego relativista en las conexiones amorosas y facilita además el desarrollo de una cultura del delito estético, la verdad es que esta divinización social a los hábitos estilísticos de la oligarquía a lo único que conduce es a tener que soportar una clasificación social absurdamente injusta, incompatible con los ánimos democratizantes de las luchas sociales, donde late todo lo opuesto a la vida supuestamente lúcida y estable. Si la construcción biopolítica de la intimidad y de los deseos delata el enraizamiento de una formación sociocultural, profundamente deshonrosa y discriminatoria, es lícito querer reconstruir y desenmascarar críticamente estos esquemas étnicos-raciales del poder simbólico para introducir la saludable presencia de una cultura democrática y horizontal que embadurna la intimidad y a la sexualidad de una praxis inmanente y encarnecida, sin engaños y embaucamientos instrumentales. Pero esto no es sencillo; todo depende de que tanto sentido y esperanza depositen lo actores sociales en su mundo de la vida, sobre todo cuando para las grandes mayorías esta arquitectura asimétrica significa despojo y dolor simbólico, pobreza y una cruda violencia irracional. En la medida que los escapes a esta estructura fáctica e injusta sean sólo trasgresores y delincuenciales, es complicado reestructurar pedagógicamente la dureza de una cultura mediocre, que sólo frustra los esfuerzos y la iniciativa, y que convierte a la vida domesticada en cruel cómplice de este caos cultural y corrupción tecnosensorial.

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Estado líquido y desarrollo.

by on May.03, 2011, under Sin categoría

ideas sueltas de hace 5 años

ideas sueltas de hace 5 años

Ronald Jesús Torres Bringas.
ronsubalterno@gmail.com

Resumen:

En los límites de este escrito se defiende la idea de que la ilegitimidad del Estado, de la democracia y de todos los modelos de organización social que se han ensayado en el tiempo histórico de la nación se han rebelado como muros ontológicos de dominación y de explotación que han obstaculizado y coaccionado la legitima expresión de las identidades plurales del país. Si se desea avanzar, como dice la propuesta, hacia un estado social en consonancia con las sabidurías productivas y las capacidades de la formación cultural es necesario desactivar las versiones políticas criollas y monoculturales del desarrollo social, e imponer democráticamente una idea estratégica del progreso en red; un multiculturalismo radical que se enfrente al fascismo y autoritarismo reticular de hoy entonces que garantiza el miedo y la sujeción al Estado neoliberal

Abstract:

Within the limits of this paper defends the idea that the illegitimacy of the state, democracy and all models of social organization that have been tested in historical time the nation has rebelled and ontological walls of domination and exploitation which have impeded and coerced the legitimate expression of plural identities in the country. If you want to move, says the proposal to a social status commensurate with the productive wisdom and skills of cultural training is necessary to disable the native policies and mono versions of social development, and impose a strategic idea of democratic progress in network, a radical multiculturalism is opposite to fascism and authoritarianism today then gauze which ensures the fear and the imposition of neoliberal state

Palabras claves: Estado, modernización, cultura criolla, proceso histórico, desencuentro cultural, ilegitimidad del Estado, Colonia, República, democracia.

Estado y colonia:

Al interferirse violentamente la síntesis panandina que se orquestaba en la civilización incaica, es sencillo suponer que esta desintegración accidentada del edificio social incásico, facilitó no sólo el proceso de dominación posterior, sino que además dejo evidencia que el apogeo del Estado arcaico y alegórico estaba en proceso de reestructuración interna; fenómeno que debeló el carácter heterogéneo de una realidad que el Tahuantinsuyo reguló precariamente desde un Estado colonizador, y que no supo contraer cuando el divisionismo bélico de la empresa invasora aprovechó para desmantelar al debilitado Estado incaico. Más allá de que el desmoronamiento de la civilización andina haya sido efecto de la inteligencia táctica del belicismo occidental – experto en colonizar culturas ontológicamente más ricas que al eurocéntrica- lo cierto es que algo concreto estaba aconteciendo en la estructura de mentalidades del mundo andino que permitió la amarga victoria de la civilización occidental; la putrefacción ideológica en la cual quedaría ahogada residualmente la vida aborigen, con toda su formalización explotadora y aculturación unilateral quedaría sellada por el reinado vil y decadente de la cultura feudal ibérica; por la imposición nihilista de una antiguo régimen, que posado parasitáriamente en la multitud originaria de las instituciones andinas, se las arreglaría para desangrar la vida productiva de los andes, con toda sus riquezas materiales que guarda hoy en día en sus entrañas telúricas.

La fuerza de la dominación colonial si bien confiaba en la humillación eclesiástica de la extirpación de idolatrías y en el belicismo del Estado virreynal para desactivar y someter la resistencia indígena, no pudo evitar, con el tiempo, el sincretismo idiosincrásico de la nobleza campesina y su irresistible mutación productiva, que daría vida a un desborde cultural y al resurgimiento hegemónico de una identidad alegórica, en pleno contexto de mercantilismo y discriminación colonial. Digámoslo con otras palabras, si bien la fuerza de la dominación ibérica, descansó en transferir a las mentalidades populares una conciencia reactiva de su inferioridad e involución cultural, que legitimó y endulzó de individualismo eufórico a la conciencia curacal y a los agentes arcaicos, no es menos válido sostener que la complejidad cultural en pleno siglo barroco de escepticismo criollo y del despertar ilustrado, se reapropio de los presumidos saberes económicos del atrofiado virreynato, para reencantar circuitos económicos y mercados regionales abiertos, en la accidentada y variopinta geografía peruana. El Estado colonia si bien garantizaba policialmente la hegemonía de un patrón de acumulación que depredaba violentamente los andes, y subordinaba los sectores agrícolas a una sociedad de la subsistencia y del conservadurismo cultural, no logró tener presencia biopolítica en los saberes populares, porque esta arquitectura psicofeudal resultaba extraña como dadora de significado, además que se había convertido en su empeño de explotar los andes, en un cruel proyecto de dominación política, que asfixió durante tres siglos el progreso aurático de nuestros pueblos. Es el hecho de que existió una hipócrita convivencia señorial y racial entre las castas, que erosionaba su carácter severo y discriminador, lo que permitió la retraducción y la comunicación amical entre los estamentos culturales, y por consiguiente, adjudicó a la estructura productiva una base sociocultural para reflejar esta interculturalidad y cooperación productiva, en una economía feudal dinámica que preparó el soporte material para una estratificación social de pequeños productores. Como gran parte del acomodamiento aburguesado de las elites republicanas aplastaron políticamente la base dirigencial de esta economía en red, que no consiguió traducirse en un primigenio capitalismo, es lógico suponer que en el antiguo régimen feudal si existieron condiciones socioculturales para la siembra de una economía intercultural más democrática, a pesar del fuerte racismo colonial y el biopoder eurocéntrico que bloqueó este desarrollo.

No obstante, contarse durante toda la administración colonial con una floreciente economía artesanal o popular, que sostenía a las cortesanas castas aristocráticas del feudalismo ibérico, y que permitía la reproducción de un Estado que regulaba convenidamente este socius caótico, la verdad es que la preocupación central de las oligarquías regionales no estribaba en generar embrionario desarrollo del Virreynato, sino someter las formaciones sociales a un régimen de explotación y de saqueo material que asegurara el predominio de España como potencia europea. En ningún momento la revolución industrial inglesa, ni las ideas laborales del puritanismo burgués, incidieron en la estructura iconoclasta y reaccionaria de las dirigencias ibéricas, por lo que más su proyecto de dominación consistía en drenar económicamente a las colonias, que su belicismo conquistaba, y financiar posteriormente, la sobrevivencia fundamentalista de la contrarreforma religiosa, ethos escolástico que infectaba e inmovilizaba el espiritualismo democrático y empresarial que se empezaba a respirar con inocencia en Europa.

Demás esta decir que cuando esa hegemonía monárquica fue amenazada por la proliferación política de la ascendente burguesía europea, y por las ideas seductoras del antropocentrismo racional ilustrado, se vio obligada a promover un monopolio comercial con sus colonias, que sujetó y arruino el desarrollo espontáneo de las economías latinoamericanas, todo por tratar de interferir el comercialismo inglés, y su resplandeciente economía manufacturera, y dar vida a una moribunda ideología eclesiástica que no pudo evitar la creciente secularización y el individualismo político. Cuando en el siglo XVII en el Virreynato peruano prácticamente se producía un mercado que era la despensa de Europa, y que facilitó la acumulación originaria del capital, y como es sabido el enriquecimiento político de la península ibérica, se producía hacia el s XVIII, producto del debilitamiento económico de España y de su corrupción interna una succión enfermiza de las formaciones coloniales con el objetivo de resistir la crisis política. Esta medida proteccionista y anticuada de contener el germinal capitalismo europeo y de, quizás Latinoamérica, desactivo y segregó los mercados internos que había florecido en los andes, lo que deprimió la economía de los estamentos, y reforzó la explotación de enclave y racial que soportaron las masas campesinas. Esta exclusión étnico-cultural que ya venía experimentando el campesinado de todos los estamentos sociales que se consideraban superiores, se profundizó objetivamente cuando la estabilidad de la hacienda colonial descansó en el plusvalor productivo que absorbían del campo y a los gremios artesanales de la ciudad, lo que indispuso a las elites curacales y a la masa campesina, que se decidieron a romper este esquema de fuerzas dominante, con rebeliones y protestas formales que no hallaron eco en las autoridades virreynales, pues esta embrionaria conciencia ciudadana era incompatible con el Estado patrimonial que estaba infectado de feudalismo y de regresión cultural.

A pesar que no puede decirse que existiera una conciencia de sociedad civil en las postrimerías civilizatorias del Virreynato, ni un individualismo secular afincado en una propiedad pequeño-burguesa, debido a la resistencia de un estatus tradicional cortesano y de castas, si existían transformaciones culturales y económicas en el diseño institucional colonial, que clarificaban la fuerza incontenible de un proceso de Ilustración y de laicización accidentada que había sido despertado por los procesos revolucionarios de Francia y el despertar tecnológico-industrial de la civilización anglosajona. Más allá de que el escolasticismo terrorista puedo contener como cultura alternativa a la sujeccionada y esclavizada sociedad andina, surgieron eventos internos de formación separatista, sobre todo en las elites curacales que presionaban por la conformación de un Estado que regulara y representara la diversidad cultural y productiva de la colonia a fines del s. XVIII.

No obstante, existir una convivencia hipócrita y limitada que ocultaba un mundo soterrado de transgresiones y desencuentros afectivos, si se estaban gestando articulaciones simbólicas y fuerzas organizativas que daban vida civilizada e híbrida a la administración colonial, sobre todo en la constitución de mercados internos y circuitos regionales, estimulados por la explotación minera y por el crecimiento embrionario de biografías burguesas criollas y mestizas. De alguna manera la confluencia de saberes y la comunicación intercultural que despertó el renacimiento subalterno en las economías populares, al ser duramente coaccionada por el proteccionismo racista de un Estado feudal y conservador, que subordinó a pesar de las reformas borbónicas el impulso comercial y productivo a un parasitismo aristocrático, y al mantenimiento de una corrupción interna, fue evaporado y desarticulado, posteriormente por la hegemonía criollo-independentista que por medio del milenarismo político y la ideología secular, comprometieron culturalmente a los principales líderes indígenas y sociedades mestizas. El divorcio posterior entre las matrices culturales populares y los esquemas eurocéntricos de dominación republicana, se explica por el agotamiento ideológico del proselitismo republicano, que al no institucionalizar las promesas libertarias y ciudadanas que despertó el proceso de independencia, se desnudó como un proyecto elitista y racista, que desincentivo la emergencia de las identidades populares al reimponer una producción retrógrada y parasitaria, que garantizó mediante la reclasificación social la hegemonía de una clase rentista y ahistórica. A diferencia de los procesos sociales europeos en donde la secularización burguesa invitó a las fuerzas milenarias a participar en un proyecto de esperanza y redención democrática, aquí en las colonias más conservadoras ese proceso historicista fue contenido, aplastado y puesto al servicio de una idea de cambio de dueños, sin alterar la estructura productiva.

No es para nada raro que un proyecto de separatismo político como fue la rebelión de Túpac Amaru en la sierra sur, sufriera el repudio cultural de sectores políticos que en un inicio apostaron por esta alternativa emancipatoria, ya que al radicalizarse y llevar al extremo las ideas de autonomía indígena, amenazara también con los conciábulos criollos, que sólo querían utilizarla y canalizarla para sus intereses políticos. Si esta sublevación indígena fue aplastada fue porque recrudecieron con matices exclusivos los profundos desencuentros culturales que la dominación colonial ayudo a edificar, pues una revuelta libertaria que estimuló las ideas románticas de la Ilustración a través de los curacazgos no podía germinar en una osada tentativa de barrer con el cinismo y discriminación cultural que la vida cotidiana llevaba infectada como una herida histórica. Todo el republicanismo posterior a pesar de los esfuerzos caudillezcos por llevar el Estado a un pueblo desangrado sin elites y sin historia, no fue más que una moda literaria, o discusión exhibicionista de snobistas criollos , que no se decidieron a implementarlo como forma de gobierno, ya que no se contaba con el compromiso de cambios estratégicos que hubieran debilitado su posición, o que hubieran permitido el reconocimiento político de identidades regionales e indígenas que su chato desprecio étnico no podía concebir. Por eso en gran parte la reestructuración territorial y económica de la economía naciente no respondía a la necesidad de liberar mano de obra y promover la libre empresa, sino a un proyecto de ahogar la ciudadanía y bloquear la espontánea germinación de sectores económicos que habían asimilado la matriz colonial, y se habían sobrepuesto al conservadurismo económico. Todo el proceso inclusivo a medias del pluralismo gubernamental de la colonia a fines del s XVIII fue desactivado y obligado a retroceder debido al miedo ontológico que se tenía a las masas indígenas y a las alternativas radicales, que pronto al despejarse el camino de la autoridad española, padecieron el chantaje histórico que justificaba el atraso económico y político de nuestras tenues repúblicas liberales, y su tímida inserción en el sistema internacional como sociedades periféricas.

El Estado plural que la colonia si viabilizó a construir no suponía una amenaza para la hegemonía feudal, ya que las instituciones ahistóricas de producción y regulación social se enraizaron tan fielmente a las economía interculturales de la producción indígena, que no fue difícil succionar y explotar a las poblaciones indígenas y prácticamente erradicarlas, sin que el sufrimiento y descontento de las sociedades indígenas hicieran algo para desbaratar este régimen brutal de producción. Es la derrota cosmológica de los pueblos indígenas y la ulterior simbiosis con el decadente y despreciable mensaje teológico, lo que aceleraría la erosión de las multitudes y su inmediata inserción en un sistema de dominación que los perseguía como una raza inferior y atrofiada que evitaba el ascenso sublime de las encarnaciones políticas como Dios o el Estado republicano. A pesar que la inmanencia indígena hizo nobles esfuerzos para desembarazarse socioculturalmente de los prejuicios biopolíticos que constituyeron una sociedad fragmentada con filtros y fronteras interesadas e hipócritas, lo cierto es que este doble discurso de aceptación y rechazo, interfirió duramente la conformación de un contrato social, con una sociedad de ciudadanos organizada, ya que se atrofio la elaboración de una cultura cívica. Es la pervivencia de una estructura cultural colonial que atrofió y controló la expresión democrática de la pluralidad peruana, la que obstaculizó el desarrollo de un diseño político con representatividad social, lo que al final complotó para excluir socialmente a los indígenas del edificio social y lo que asoló ontológicamente una cultura andina, que tuvo que resistir desde la alegoría y el sincretismo consolante, sin poder madurar en un sociedad republicana.

La promesa republicana y el Estado.

Para nadie es un secreto que la partida obligada de las autoridades ibéricas del naciente edificio republicano, y las cruentas guerras locales por el control de la región latinoamericana, dejaron sin la necesaria estabilidad política para lograr pactos sociales que bloqueran las pugnas internas y sentaran las bases jurídico-políticas para el despegue económico social. En forma elemental el Estado independiente no sólo estaba quebrado fiscalmente por el financiamiento de las guerras de emancipación, sino que no contaba con una racionalidad burocrática moderna con la cual hacer efectivo el progreso institucional de la formación social, lo que en otras palabras, dejaba el espacio libre para el surgimiento de caudillos y liderazgos autoritarios que garantizaban en el gobierno de aristocracias cortesanas y escolásticas, la refeudalización de la estructura productiva. Pero hay una razón más soterrada que explica el escaso interés democrático que concitó el proyecto republicano en las categorías populares: no es sino la incompatibilidad sociocultural con un diseño político de libertades civiles, que sirvió de pretexto para encapsular a las identidades campesinas en enclaves latifundistas, lo que explica el poco compromiso que recabó el Estado liberal de parte de una estructura social desmovilizada, carente de una cultura secular en que depositar la expansión burocrática del Estado. Más allá de creer que la masificación indígena no estaba preparada cognoscitivamente para la aventura idílica del contrato social, porque era una raza degenerada y embrutecida – como empezaron a creer los positivistas- , lo cierto es que la precariedad soberana y gubernamental del Estado se sustentó como a lo largo de la penetración capitalista, en el rechazo ontológico a un modelo de Estado y de sociedad civil que comprimía el desarrollo heterogéneo de la vida andina, en reduccionismos y enclaves culturales que atrapaban y combatían toda la rica productividad intercultural de las economías populares. No es una exageración conjeturar que el racionalismo asolapado y barroco de las viejas instituciones oligarcas, funcionó como una camisa de fuerza ideológica que desestructuró como peligrosas las arcaicas solidaridades indígenas, y sobre la base de este engarrotamiento biopolítico edificó un palacio estilístico de glamour y conservadurismo acriollado, que construía sus biografías aristocráticas y elitistas ignorando por completo la cruda realidad del Perú profundo, no queriendo ver que su eternidad feudal era el motivo histórico-cultural que impedía la integración, y la concreción ideológica de los postulados notables de su pedagogía liberal y civilizada.

Aún cuando los destinos de la hacienda estatal estaban repletos de una orientación proteccionista en materia económica, que permitió el control político de los enclaves productivos y de las clases rurales, pronto la mejor recaudación fiscal, con ocasión de la estabilidad política que brindó la expansión del civilismo, apostaron por modernizar sus puntos de vista económicos, lo cual abrió las puertas para restaurar una economía agroexportadora tecnificada que complementó y fue producida por el período de bonanza económica que causó el guano. Es decir, las riquezas fiscales que ostentaba la explotación desmesurada de este abono natural, fueron la base económica para que surgiera una burguesía pujante que administró las destinos del país y que facilitó desde entonces la lenta penetración de los capitales ingleses y, ulteriormente, norteamericanos, en la estructura social, aún cuando el Estado oligárquico mantuvo en la inacción productiva, por mera vigilancia política a la mayor parte de la población del país que, por consiguiente, no fue incluida en la manera como se construía una formación socioeconómica dependiente y excluida de la formidable industrialización burguesa que se ejecutaba en los centros europeos.

Soy de la creencia, sostenida en hechos históricos, que este régimen de acumulación interno era el mas apropiado a las preferencias culturales de la oligarquía, ya que legitimaba la consolidación de una estructura caracterológica del poder que los encumbraba como clase hegemónica, como modelo cultural criollo, aún a pesar que la permanencia belicista de esta lógica de enclave bloqueaba la emergencia de identidades productivas, y nuevas clases burguesas, que hubieran potenciado su dominio, y los hubiera calificado como dirigencia nacional. A excepción de las otras burguesías latinoamericanas que relativamente rompieron con el tiempo con esta política de enclave, a partir de las políticas desarrollistas dirigidas por una visión nacionalista, la supuesta elite interna, postergó autoritariamente los cambios estructurales que los vientos epocales traían con el propósito de atornillarse en un poder aristocrático que no tenía opositores serios en la rala sociedad civil peruana. Por una cuestión de seguridad estratégica, luego del debacle bélico de guerra con Chile, las oligarquías internas se vieron presionadas a relanzar un sistema productivo primario-exportador coincidente con la cultura económica de ese entonces, para repeler constructivamente los descontentos y movilizaciones populares que la resistencia campesina hacia los chilenos trajo consigo. No obstante, saberse políticamente que este renacimiento económico era potenciado por el elevado precio de nuestros productos agrícolas, y por la coyuntura geopolítica de las guerras mundiales, no se aprovechó este ciclo de crecimiento económico para complejizar la producción, ya que la plutocracia parasitaria no contaba con una visión empresarial, ni con un Estado lo suficientemente soberano del territorio como para dirigir una diversificación productiva, que remplazara paulatinamente a la anticuada formación de enclave. Es la obstinación elitista, pero más que eso la ausencia de una clase media progresista que liberara a las fuerzas burguesas del control renuente de la clase gamonal, lo que hizo que se tardaran las grandes transformaciones del período de expansión, y lo que provocó que no se tomaran las decisiones políticas ingerentes para romper con una gramática del poder patrimonial, que posteriormente, calmada las mareas populistas, validaría el retorno de una capa oligárquica más sofisticada y con ambiciones mundializadas.

A pesar de mi escepticismo sociológico la falta de un poder alternativo y progresista que emanara del pueblo, se explica no por el carácter retrógrado de la formación sociohistórica, sino por la secreta alianza reformista con una dominación sociocultural, que sirvió de referente psíquico para la resistencia autoritaria del Estado oligarca, y de las clases populares dependientes, que se desviaron hacia una forma sincrética y transgresora en la cultura, cuya lógica evasora sirvió para legitimar un régimen de acumulación que anarquizaron y desbordaron con los entramados migrantes y la pujante informalidad económica. Es en el momento en que el despertar del sindicalismo revolucionario y de los movimientos campesinos y barriales animan a los sectores populares a transformar la estructura productiva, que se concita la reapropiación intercultural de las políticas de desarrollo por parte de las sociedades populares, lo que dio paso a una inmanencia híbrida y constructiva que supo readaptarse clandestinamente a la crisis cíclicas del capital, y que no demostró mayor adhesión cultural al dogmatismo de izquierda que propugnaba un cambio cualitativo. Es esta coincidencia simbólica con la dirección oligárquica y gamonal la que arrebataría curiosamente otra vez al pueblo una inteligencia dirigente en que depositar toda la liberación modernista y revolucionaria, y crear nuevas instituciones seculares. Es de alguna manera inesperada el descabezamiento dirigencial de las localidades y pueblos diversos del país no se tradujo en la construcción creativa de un patrón de acumulación vigoroso, sino en el retroceso a una vida tradicional anárquica que rechazó como inadecuado la unidimensionalidad del desarrollo, y se refugio en la desoperatividad caótica de las economías de subsistencia y de solidaridad, como un modo de resistir el desorden populista. En medio de un horizonte cultural más insospechado y ritualizado la energía que logra liberar el desarrollismo, si bien eliminó el poder central de la oligarquía, no consiguió, sin embargo, desactivar los constructos de sentido y sistemas de representación biopolíticos o macroculturales, que se reforzaron reticularmente ante los torbellinos de la modernización autoritaria.

No quisiera caer en los adjetivos pero creo objetivamente que las grandes movilizaciones campesinas y sindicales, que se dejaron percibir en los 60s y 70s, sólo buscaban violentar revanchistamente un patrón de poder psicológico que los había humillado y ofendido como infrahombres, y que esto explica, ulteriormente, la inmadurez para alcanzar el desarrollo autosostenido, porque sólo fue un historicismo impaciente. Si bien la oligarquía se diversificó e intentó modernizar fugazmente al país, su hegemonía cultural hizo los arreglos suficientes para desbaratar cognitivamente la industrialización, lo que preparó el terreno para su descarado regreso en medio de democratizaciones liberales en todo el planeta, y ante el descontento de la población.

Populismo desarrollista y Estado.

La aventura ontológica que desplegó el desarrollismo social en la región latinoamericana, fue dentro de la época de apogeo del Estado providencia la más clara caracterización ideológica de un cambio o ruptura con al dependencia económico-política de los centros económicos avanzados. En vez que el aparato institucional del Estado representara fielmente el esquema político de fuerzas dominantes, y órgano de control férreo y disciplinatorio de la sociedad movilizada, en este escenario de ruptura política se configura una relación Estado-sociedad más estrecha y participativa , que desalojó el estado de agentes privados tradicionales, y lo entregó a un manejo popular y subalterno potenciado por un actor fáctico, como fueron los militares reformistas y empresarios nacionales, que dieron la sensación de ser el rostro capitalista de un patrón de acumulación claramente redistributivo y homogeneizador. Si bien este intento autárquico de romper con los vínculos dependientes del subdesarrollo aisló a la sociedad peruana de una cuota importante de inversiones privadas, que fueron subordinadas a un concepto social e intervencionista del mercado, la verdad es que fue el intento más radical y a la vez voluntarista de desactivar la cultura económica del enclave desde una matriz industrial con fuerte participación empresarial del Estado; es decir, una visión de nacionalismo metodológico que intentó generar un pacto social de crecimiento y redistribución que involucrara asalariadamente al grueso de la población y que alcanzara el desarrollo social autosostenido en un escenario internacional de pugnas imperialistas. Sólo este progreso social liberado de la cultura del enclave era posible si la sociedad organizada confiaba o daba su consentimiento a un estado modernizador que consiguiera el desarrollo socioeconómico a toda costa, y cediera el poder en un contexto macroeconómico diferente a actores liberales que consagraran su rentabilidad capitalista a un manejo nacional y estructural de la economía.

Por diversas razones no se consiguió la sostenibilidad del modelo, lo que permitió el retorno de los intereses privados del enclave, sin poder romper con una matriz primario-exportadora que es la premisa objetiva del atraso y de la interpenetración violenta de los agentes privados. Enumeremos las causas principales:

1. La no existencia de una burguesía autoconsciente de su rol dirigencial e histórico, devino en el esfuerzo, ciertamente prepotente de crearla bajo supervisión pública, y aunque en cierta manera se consiguió comprometer a un reducido grupo de empresarios nacionales en la aventura de consolidar el Estado, los oscuros intereses de la oligarquía relegada no fueron ciertamente combatidos, por lo que poco a poco el gobierno populista tuvo que ceder ante las presiones de la plutocracia, que dirigieron sus esfuerzos a desmontar las estructuras jurídicas y políticas del Estado desarrollista. En cierta medida, la pervivencia de una mentalidad rentista y conservadora por parte de la elite, fue el motivo que obligó a los actores democráticos a deshacer el poder económico y a fundar una base material que sirviera de premisa para el progreso cultural y el bienestar ciudadano. Aún cuando la tendencia era refundar la república bajo una orientación socialdemócrata avanzada, para inhibir el avance de la violencia y de las corrientes revolucionarias, las elites repuestas en sus cuarteles productivos hicieron todo lo posible para ahogar los reclamos populares, desmantelar y arruinar al viejo Estado populista, sin proponer mayor compromiso con las expectativas modernizadoras que el desarrollismo ayudó a estimular. Es más bien el hecho de que su visión de mundo era gamonalista y autoritaria lo que ha provocado la desestabilización gubernamental, pues desde entonces ante el sistemático desmantelamiento del Estado se ha regresado a la cómoda e involucionada fórmula de ser una economía exportadora de recursos naturales, que sólo entrega bienestar reducido, exclusión de todo tipo y pobreza en las zonas periféricas a la economía centralista. No es como se dice el poco compromiso de una sociedad desprotegida, empobrecida y violentista lo que justifica los traspiés recesivos de la infraestructura productiva, sino un más fino dispositivo conservador y antidemocrático que ha bloqueado la complejización de la estructura productiva, por instaurar una cultura de enclave sociocultural que garantiza la hegemonía de las clases dominantes.
2. Un segundo problema que minó la legitimidad del autoritarismo populista fue la politización violentista de la izquierda organizada. En vez que nuestra vanguardia revolucionaria entendiera que los movimientos campesinos y sindicales que se sucedieron en el territorio nacional respondían a un profundo descontento con una estructura de poder francamente abusiva y empobrecedora, y no a una búsqueda ciega y objetivista de imponer un régimen socialista, incompatible con la solicitud implícita de consolidar un capitalismo nacional, la izquierda peruana buscó incesantemente romper la reglas de juego populistas presionando al gobierno militar para alterar cualitativamente la sociedad bajo una coraza totalitaria claramente eurocéntrica y doctrinaria. La politización radical que inauguró el movimiento sindical y las facciones más insurgentes de la policéntrica izquierda peruana, perseguían desbordar políticamente al Estado velasquizta, que se debatió en desequilibrios macroeconómicos, tachándolo de autoritario y fascistoide, y de esa manera recaudar validez democrática para imponer la idea de que el socialismo estatocéntrico era el sistema político que erradicaría la pobreza, la desigualdad y las demás imperfecciones de un patrón de poder populista que no era sino otro rostro del reformismo socialdemócrata. Al carecer de un realismo desencantado que subordinara la imaginación dialéctica a una administración desideologizada y descolonizada del poder, cayeron víctimas de un romanticismo estúpido e incoherente con la naturaleza sacrificial e híbrida de nuestra sociedad, lo que ha devenido en una regresión del marxismo interno, sin una pizca de fantasía para leerlo desde nuestra especificidad histórico-cultural; condición cultural que lo ha llevado a ser interpretado como una religión sectaria y existencialista, incompatible con las grandes transformaciones del perfil social, que lo delatan como un pastoral de la venganza desesperada por imponer algo sublime y a la vez profundamente monstruoso. No quisiera parecer sentencioso, pero es la regresión cultural del marxismo interno un fuerte desarreglo ontológico que denota su poca tolerancia al cambio complejo y global, intolerancia que no le permite sacrificar ambiciones dictatoriales por un proyecto social realista del Perú.
3. Un tercer desencuentro del populismo estatal con su objetivo, fue los severos desbalances macroeconómicos que sufrió el país al tratar de romper y transformar el sistema productivo de la oligarquía con los capitales externos. Si bien a través de reforma agraria se canceló una clase gamonal que imponía el atraso y la pobreza al campesinado, los criterios excesivamente humanitarios y radicales que tejieron para entregar la tierra al campesinado, servil y humillado históricamente, no obedecieron a una seria reestructuración conveniente de la economía rural, pues el cooperativismo que se imponía como modelo de desarrollo rural partió de un profundo desconocimiento del cambio cultural que se venía operando en las subjetividades, y no era el mecanismo exacto para conseguir la seguridad alimentaria y cubrir subsidiariamente a la industrialización urbana. A lo más que condujo el cooperativismo es liberar mano de obra excesiva que migró y presionó económicamente sobre las ciudades, parceló inconvenientemente la estructura rural al fracasar y disolverse las cooperativas y proliferar el minifundio, y descabezó las estructuras de autoridad ante la desaparición de las elites rurales a las que se opuso políticamente el movimiento campesino en el que pareció aflorar una dirigencia rural subalterna. Al no complementarse la autosuficiencia que ofrecía supuestamente el campo a una ciudad donde el impulso modernizador era canalizado por las políticas de industrialización, este fenómeno de cambio cualitativo de la infraestructura cultural y organizativa de la producción no logró cuajar en una efectiva superación de la economía de enclave agrícola, minera y semindustrial que se esparció por el país. La industrialización que se operó aceleradamente en una sociedad descalificada cognoscitivamente para la práctica industrial a gran escala, se convirtió en un sistema organizativo que reprodujo la cultura del enclave que quería eliminar, no sólo por el excesivo centralismo voluntarista que la caracterizó, sino, sobre todo, porque no sintonizó creativamente con las potencialidades interculturales y las sabidurías productivas de la economía peruana, lo que devino en un sistema improductivo que derrochó los escasos recursos fiscales, y orientó negativamente las inyecciones de capital que venían de afuera. No fue un complot en contra de una buena idea lo que deshizo la ilusión sostenible del desarrollo fáustico, sino la obstinación por mantener un régimen industrial de enclave que no resolvió los traumas históricos de la formación social, y que se rebeló con el tiempo, en un proyecto dialéctico absurdo que violentó y estuvo al margen de estructura social, provocando regresión, alzas inflacionarias y más descomposición social.
4. Un último problema que no supo enfrentar el populismo desarrollista fue que su dialéctica secularizadora no pudo construir una identidad nacional homogénea, porque tal programa cultural de introducir racionalidad cívica en la población, desconoció el carácter heterogéneo y sacrificial de las identidades populares de la peruanidad, lo que se tradujo, ulteriormente, en un rotundo divorcio de la cultura popular y el comienzo de una lógica de la informalidad y autodesarrollo subalterno, que resistió sincréticamente el carácter holista y totalizador del Estado. Si bien el sistema educativo que inauguró la avalancha nacionalista intentó desactivar la compleja gramática del biopoder criollo-gamonal que había justificado una dominación aplastante y psicológica, durante siglos, no consiguió secularizar la enorme e insospechada diversidad cultural, porque este objetivo progresista se delató como un nuevo proyecto de dominación social de la pluralidad colonizada. El desarrollismo primigenio sustentó que la tradición debía ser desconectada de su apoyo democrático y transferir las energías sociales a un nuevo orden social moderno, donde el mandato generacional de mejorar y salir de la pobreza recreara una sociedad igualitaria y de bienestar pleno. Lo que no pudo sospechar es que el radicalismo de las proposiciones racionales del desarrollo era el motivo suficiente para que la subalternidad se divorciara de tal narrativa laica y eligiera un camino soterrado de hibridación y mestizajes rampantes, cuya manipulación demostró la supervivencia y redefinición creativa de los referentes arcaicos en contextos urbanos y de progreso global. Creo que el efecto determinante que facilitó tal divorcio con la cultura socialista del Estado es que las matrices culturales removidas tras la disolución del régimen tradicional de poder, fueron influenciadas mediáticamente por los medios masivos de comunicación, quienes articularon a la diversidad cultural a referentes unificadores, pero indirectamente invitaron a una realización del éxito individual, que hizo que estallara el populismo económico, y se le arrebatara la legitimidad a un Estado contrario a un pedido cultural de modernidad e individualismo. Eso es lo que no se comprendió, que todo el proceso de liberación colectiva tanto en el campo como en la ciudad, no buscaba la materialización de una utopía socialista racional, sino que perseguía el derecho a las libertades individuales y abrirse así a la modernidad híbrida y personalista, que ahogó y desincentivó el proteccionismo económico y la sociedad cerrada. Toda la expectativa colectivista que despertó, ulteriormente, el desarrollismo sería violentamente cooptada por las dictaduras burocráticas y el esquema democrático-liberal que trató de reformar la estructura social, desmantelando todo el edificio populista, logrando el retorno escandaloso de un individualismo criollo, incompatible con la supuesta titularidad popular del poder político, a la cual iría lentamente erosionando.

Mercado y Estado.

Ya en pleno agotamiento del Estado providencia, más por las presiones reconstituyentes del poder global – que internacionalizaría los sistemas productivos y las decisiones económicas en manos de las multinacionales- sino por crasos errores internos al no poder resquebrajar y liquidar la herencia colonial, que se había redefinido y diversificado estratégicamente, asistimos a una parálisis política del Estado social y a un sistemático desmembramiento de su identidad ontológica, lo que bloqueo y descompuso todas las identidades subalternas y gremiales que dependían de la asistencia y capacitaciones holísticas, y al ingreso de la subalternidad a un espacio de cruel adaptación sociocultural y económica a un patrón de crecimiento impuesto desde afuera. El debilitamiento de las solidaridades orgánicas ante el descabezamiento de la autoridad rural y de las dirigencias sindicales, cuando se intentó disciplinar policialmente el avance radical, condujo a que los grupos migrantes en plena sociedad urbano-racional recrearan accidentadamente sus identidades étnico-productivas, y se aferraran con creatividad a un elitismo democrático que desafiaron y reinterpretaron híbridamente y con astucia, para ir desbordando con demandas y mutaciones en el mundo del trabajo, una lógica mercantil unilateral que se iría impregnando de nuestra civilidad subalterna.

A pesar de que el ajuste estructural y la reformas neoliberales violentas destruyeron las capacidades productivas que se habían desarrollado junto a la industrialización y los subsidios estatales, existió una sorprendente capacidad de readaptación a la dictadura del mercado, posesionada en las economías populares emergentes, que permitió paulatinamente la asimilación cultural de la ideología de mercado. La descomposición moral y cultural que padeció la estructura social luego del disciplinamiento represivo de los movimientos organizados de la sociedad popular, validó el avance de un proceso de culturización y fragmentación de las representaciones colectivas que desde entonces dieron legitimidad social a un protagonismo individual cínico, y aun discurso apolítico y autoritario que evidenció un profundo descentramiento e interiorización de la dominación política. Cuando la capacidad instalada del sistema productivo fue triturada hasta volver a un matriz elemental que arrebató al cambio progresista una base material para el despliegue de la cultura cívica, se ingresó en un escenario estatal que se replegó de sus compromisos sociales, y sirvió desde entonces como garantía militar y jurídica para la siembra de un discursivismo del consumo y del embaucamiento mercantil, que mantuvo desde entonces en la inmadurez psicosocial a las identidades que buscan acomodarse al orden caótico y líquido.

En vez que el salto democratizador se haya convertido en un acuerdo social de desarrollo socioeconómico explícito, se rebeló con el tiempo en un discurso electorero de consentimiento político para dar vitalidad a una pastoral del emprendimiento técnico y de la instrumentalización social, que ha erosionado lentamente esa posibilidad propagandística de realización y felicidad cultural. Aunque valga las verdades, todos somos de alguna manera somos víctimas del rezago y la estigma social, la cruenta naturalización del abuso y de las asimetrías sociales que se observan demuestran el empobrecimiento ontológico de una vida que es una fabricación ideológica para mantenernos alejados de la integración y el desarrollo nacional. No obstante, observarse una espectacular capacidad de resistencia y de adaptación psicocultural a las maniobras caóticas del capitalismo periférico, sigue existiendo una estructura de dominación criolla, que se desterritorializa y que consigue perpetuarse como modelo o preferencia de construcción de la identidad, aunque el desarraigo y la inautenticidad de significados personales confirman el supuesto de que es una expectativa bloqueada por un Estado de cosas que cancela racionalmente los frutos de la sociabilidad. Aunque la inventiva de las biografías populares es imprevisible, es su profundo reformismo y terquedad existencial para convivir con este principio de realidad empobrecedor, lo que prueba la hipótesis de que la evasión e informalidad cultural que caracterizan a las clases populares es síntoma de una creatividad anómica y privatizada que reproduce el imaginario del egoísmo y de la frivolidad cultural, que exhibían libremente las cultura oficiales.

Aunque exista la disconformidad política con un contrato social que ahoga la expresión de la pluralidad nacional en una visión abstracta y disfuncional del ciudadano nominal, esta heterogeneidad se las arregla sabiamente para hacer ceder los prejuicios de clase e ingresar segmentadamente a posiciones sociales de reconocimiento ciudadano, aún cuando el camino de la cholificación modernista se haya divorciado de todo afán democratizador y se haya convertido en un discurso que hace permisible la penetración capitalista de la sociedad. El Estado a pesar de ser el ente constitucional que debe proteger los intereses de la sociedad y negociar las penetraciones holísticas de la empresarialización, es desde el cancelamiento del desarrollismo subalterno un órgano asaltado por los intereses de los grupos de poder económicos, que lo utilizan para asegurar la proliferación de la explotación y de la subordinación de la sociedad a un patrón de acumulación francamente segregante y autoritario. Si bien existe cada cierto tiempo una búsqueda convenida de otorgar legitimidad civil al orden democrático-representativo a través de las elecciones democráticas, subsiste confiadamente un poder tecnocratizado que hegemoniza las instituciones políticas de la sociedad para subyugarla y poner toda su creatividad organizativa y laboral al servicio de una clase política empresarial que se sirve del pueblo y lo gobierna dando énfasis a una legalidad política que permite el saqueo de nuestros recursos naturales y el confinamiento de nuestra mano de obra descalificada y profesional a un orden biopolítico y trasnacional al que le conviene la desnacionalización de la economía. A caso no sea esta una sociedad penetrada por la lógica cultural del fetichismo de la mercancía totalmente, pero valga las verdades una reorientación más flexibilizada y autoritaria del mercado como comportamiento absoluto de electores racionales destruiría la sociedad y la expondría como realidad atomizada a un mandato irracional de autoconservación que dejaría intactas y florecientes los diseños institucionales del mercado y del Estado, aún cuando la sociedad se desangre en banalidad y fugacidad pseudocultural.

Al acrecentarse estúpidamente la lógica del mercado, que hace retroceder a la sociedad hacia el recreamiento de economías de la solidaridad y la filantropía, y así asegurarse la fidelidad cultural al orden autoritario, vemos como las desviaciones sociales y las conductas criminales que amenazan los enclaves privados, son repelidos violentamente por un régimen de excepción y sistemas de control simbólicos que desactivan toda conciencia colectiva y democrática, desfigurando y corroyendo toda alternativa social, y estigmatizándola como patología de rezagados y de seres esquizofrénicos. Ahí donde el régimen mafioso del Fujimorismo desvinculó a la sociedad averiada de todo afán educativo y transformador, asegurándose, con esto, el estallido de las grandes narrativas de la modernización bienhechora, se asiste una y otra vez a la reproducción de un biopoder complejo y adictivo, que mantiene en la liquidez y desagregación total a la sociedad y al Estado, como premisa necesaria para el despliegue de la sociedad del deseo y de la explotación psicomediática, que apertura una selva de lenguajes sensoriales del poder, donde sólo hay modelamiento y desfiguración de la estructura material de la sociedad. No es una locura afirmar que el carácter de esta dominación criolla y seductora se las arregla para hallar apoyo en la sociedad, porque esta no sólo se ha reapropiado creativamente de la pastoral tecnocrática, sino sobre todo, porque la existencia tabú del poder oficial es el fundamento para el misterioso diferenciación de las economías interculturales y la sobrevivencia soterrada de una civilización arcaica y mitológica que le resbala el reduccionismo neoliberal del Estado mínimo.

A nuestro cuerpo social en red, que ha sido el soporte tecnocultural para amortiguar y erosionar la dominación de un Estado ilegítimo e incompatible con la heterogeneidad estructural, si bien no le interesa mayormente las exhibiciones de poder y de despilfarro público, que concitan las oligarquías globalizadas si que le fastidia enormemente el desperdicio civilizatorio del que es objeto nuestra diversidad sujeccionada, lo cual empuja a las identidades variadas a restaurar discursos antiguos y tradicionales como síntoma de pauperismo y degradación subjetiva que determina el destino de la personalidad. Si bien existen propiedades emergentes en el seno de las sociedades populares que hablan de una desactivación pronunciada de la cultura criolla, gran parte de la pluralidad sociocultural es obligada a reproducir el orden objetivo que fija valores mercantiles en oposición al anhelo vital de que tal enajenación funcional del mundo administrado se revierta en recompensa y reconocimiento de las diferencias. Yo soy de la tésis de que el actual clima de violencia autoritaria y criminalidad que soportan las identidades populares al sobrevivir , es causado por la adopción forzosa de la fórmula instrumental del cálculo y el engaño economicista, que va cancelando y reprimiendo todos los sueños ontológicos y hermenéuticos que la sociedad de consumo ayuda a despertar, provocando una guerra silenciosa de símbolos y significados donde todos de alguna manera conocemos la decepción y el desierto de la cultura. El mar tecnológico de la sociedad compleja en donde todo lo vital esta predeterminado y uno tiene que subirse a la locomotora del progreso desmadrado para siquiera existir y actuar en la falsedad de la civilización, demuestra que nuestra singular inventiva y mundo interior sólo es combustible del mundo globalizado, quedando desoídas y aplastadas en el olvido todos los gritos y sufrimientos que buscan un escape prometido en las instalaciones de la formalización social.

En suma: es tentador y polémico sostener que la debilidad del Estado desarrollista al no representar idóneamente a las primigenias y masificadas expresiones individuales que latían en el fragor de las migraciones modernizadoras y de las economías populares, y la inconsecuencia del modelo de acumulación privado y empresarial que se alejó y abandonó a las categorías populares a su suerte, intentando introyectar un sistema de consumo relativista y fragmentador, con que aguantar el anhelo de libertad concreta, han decidido absolutamente el divorcio de la cultura real de un modelo de sociedad autoritario y despectivo, configurándose la vida en la clandestinidad y el vacío más atroz Al parecer ni colectivismo ni privatización eurocéntrica han sido la mejor premisa social para la regulación de esta sociedad curiosa y sorprendente. Se hace necesario, como desarrollaremos en el último acápite un sistema político en sintonía con la idiosincrasia mimética de la cultura.

En el recorrido de este último acápite para culminarlo, he buscado revisar la sugerente idea de que la democracia- representativa si bien da salida objetiva al individuo empresario, y lo realiza relativamente en el sistema fragmentario de consumo, termina, sin embargo, por bloquear toda evolución social de la solidaridades orgánicas y productivas del país por dar hegemonía a un Estado de excepción policiaco que nos sumerge en reafirmación discursiva y atomizada de la razón neoliberal, que sólo le conviene al desarrollo de la elites internas y las fuerzas particulares del capital.

Desarrollo local y Estado.

El centralismo oligarca que ha revestido la dinámica administrativa del Estado sólo pudo surgir ahí donde se dio plenos poderes a una formación de gobierno que quiso domesticar a las fuerzas plurales del país succionando todo el plusvalor regionalista hacia un proyecto político francamente exclusivo y elitista. No obstante, darse este tránsito embrionario de una forma plural del Estado colonial a un esquema más monopólico y centralista de entender la organización social, siempre existió la presencia de poderes regionales que buscaban adherirse y articularse a las zonas de más vanguardia cultural, reproduciendo una dependencia económico-política que el sistema estamental posibilitaba. Creo que es con la república y su concepción centralista y soberana de entender la organización del Estado, que se empieza a conformar una entidad civilizada y exclusiva de los poderes regionales que dio vitalidad a un programa elitista y despreciativo de la identidades plurales, que empezó a desintegrar la unidad económico política del país en entramados tradicionales, por conservar una idea anticuada y discriminadora de que lo más desarrollado y noble se hallaba en la Lima aristocrática. Es esta distinción dualista entre un Perú oficial acantonado de derechos y prerrogativas notables, de liberales y conservadores criollos, y una gran población indígena enclaustrada socialmente del Perú profundo, lo que justificó la construcción desfigurada del Perú, que facilitó la penetración privada del capital externo, y que además permitió que todos los frutos mezquinos del desarrollo se quedaran estancados en el enclave costero por excelencia de Lima.

Actualmente ante el avance significativo de los polos de desarrollo regionales, principalmente en las zonas urbanas y costeras del país parece resquebrajarse parcialmente este orden jerárquico y disgregador del centralismo, que ha concentrado históricamente el desarrollo y los flujos de inversión del gran capital en enclaves cerrados, sin mayor intención de generar mercados internos. Al obturarse relativamente el poder absorbente de la formación social a la gran cantidad de recursos fiscales que se deja producto de los impuestos y el canon minero, que impulsan el desarrollo de los mercados regionales, se abre una utopía de cierta legitimidad descentralista al modelo mercantil de crecimiento. Pero yo diría que no es sólo esta bonanza económica causada por un más compacto integracionismo económico y político de las identidades regionales, sino porque existe una disposición cultural capitalista desde las culturas populares que se ha reapropiado de las recetas liberales, en provecho de un marcado apogeo de actividades comerciales y agroexportadoras en el entorno urbano. Es también la pujante dinamización de las economías rurales, sobre todo de la pequeña agricultura costera y capitalista, lo que está estimulando el progreso material de los hogares, aunque con una marcada presencia de referentes organizativos de enclaves tradicionales. No quisiera ser aguafiestas en relación a la gran revolución capitalista que se percibe en la franja costera, y no así en la sierra y en la región amazónica, pero es la supervivencia resistente de una formación técnica y cultural de entender el crecimiento lo que esta causando que la mayoría de activos que generan nuestras principales actividades productivas de bandera no produzcan un desarrollo homogéneo tan ansiado en mentalidades de comerciantes, que hacen nobles esfuerzos microempresariales para conectarse con este desarrollo exclusivo y sinceramente poco redistributivo En tanto la diversifición de los enclaves económicos demuestren la suficiente plasticidad legal y organizativa para condicionar un perfil estructural sinceramente encarcelatorio de las mutaciones socioproductivas, no se podrán producir las condiciones materiales suficientes para que las transferencias políticas y jurídicas que se han desplegado en materia de descentralización, consigan involucrar a las instituciones locales en un paradigma solvente del desarrollo colectivo y en red.

A pesar de no darse las condiciones estructurales que cita Castell y Borja para que las sociedades locales puedan negociar en términos beneficiosos la penetración de los intereses trasnacionales, si están surgiendo una serie rasgos internos en las identidades regionales que hablan a las claras, de un mayor involucramiento e interdependencia social de los actores locales y las empresas privadas – bajo las banderas de la responsabilidad social- en la generación de experiencias focalizadas de modernización y progreso social. Veamos estos rasgos:

1. En primera instancia, la cultura municipal de los gobiernos regionales a pesar de reproducir los códigos clientelares y corruptos del centralismo burocrático, está severamente fiscalizando, por la presencia polarizada de los movimientos sociales, que ante el deterioro de los partidos políticos tradicionales de raigambre nacional, exhiben nuevas cuotas de participación democrática, aunque de modo arbitrario y violentista. Es la delegación poco pensada de los poderes administrativos y legales hacia las regiones, lo que ha revitalizado un movimientismo político, como arguye Sinesio López , en los escenarios locales, cuando las decisiones y los acuerdos políticos en materia de concesiones mineras, petroleras y forestales afectan severamente en teoría, al medio ambiente y a las economías rurales, por tanto. Si bien existe una ideologización populista de estos actores movilizados, existen, sin embargo, reclamos y peticiones muy concretas y puntuales, en donde se solicita mas presencia del estado y de la responsabilidad social de las empresas, reclamos inmediatos y específicos que matizan la construcción de elites políticas regionales representativas y conocedoras de las realidades locales.
2. Un segundo rasgo que dinamiza las economías regionales, es la adecuación paulatina de los sistemas educativos, sobre todo de educación técnica-superior a las demandas productivas del mercado laboral. Es un ejemplo digno de estimar, que en las concentraciones urbanas cercanas a los asentamiento mineros, se esta construyendo toda una red de institutos técnicos que depositan profesionales medianamente calificados para explotación minera; de forma secundaria se siembran carreras técnicas de compensación agrícola y ganadera deacuerdo a las disposiciones culturales y tradiciones agrarias que se hallan en estas regiones; no es lo mismo hallar estos sistemas interculturales educativos en zonas más rurales y sin presencia del Estado, como es la región amazónica, donde el impacto de la educación a cargo de ONGs y del Estado es mínimo y sólo consigue establecer una suerte de comunicación mercantil con los agentes externos. En ciernes, para que exista una cultura organizacional y un saber especializado acorde con la heterogeneidad estructural de país, es preciso descentralizar el sistema educativo público, condicionando la formación profesional y la cultura administrativa a un compromiso de adhesión pública con el progreso organizativo y cultural de las regiones. Además de un vínculo ordinariamente gerencial se hace necesario formar elites locales que permitan contar con la habilidad para negociar en los mejores términos con el capital trasnacional.
3. Así como en cierta forma se han transferido competencias políticas y burocráticas con la finalidad de descargar de demandas reivindicativas al gobierno central, no se ha conseguido, sin embargo, un desconcentramiento de la estructura productiva nacional, cuyo patrón de acumulación sigue siendo básicamente urbano y costero. Al no existir una distribución geopolítica de los ordenamientos productivos, ni una sana descolonización socioeconómica de las organizaciones sociales que sustentan este patrón de acumulación centralista, se cae en el hecho de que se mantiene bolsones de pobreza y sectores productivos en franco deterioro e involución general, lo cual evidencia la escasa organicidad del espacio soberano en relación a un modelo de desarrollo en sintonía con las capacidades técnicas y productivas de todo el territorio.
4. Un último rasgo que obstaculiza la consolidación armoniosa de todo el cuerpo socio territorial, es la manutención de industrias culturales que frenan la expresión convergente de una identidad nacional más o menos integrada. Es decir, en vez que el mensaje digital divulgue descolonizadamente una imagen integral del país, lo que se observa es la supremacía de una visión acriollada de la publicidad autoritaria y de contenidos eurocéntricos, que a lo único que conducen es a un reduccionismo monocultural del individuo, y a una desintegración mercantilista de las solidaridades orgánicas del territorio. Si bien existen resistencias culturales y un audaz acomodamiento de tecnología del yo a la diversidad de identidades que existen en el territorio, no deja de ser cierto que la monopolización elitista de la estructura tecnológica de los medios de comunicación, habla del intento conspiratorio de controlar la construcción social de la identidad. Ya de por si el carácter conservador, acrítico y despolitizado de la cultura oficial demuestra la reforma de la psicología individual ante el impacto del mercado, donde cualquier intento disidente de transmitir contenido crítico es desactivado por el protagonismo de sobrevivir y del saber privatizado.

El Estado como estrategia reticular.

En última instancia, para alcanzar a diseñar e implementar una visión del desarrollo social más en consonancia con las profundas mutaciones socioculturales que se han venido experimentando en los últimos años, es urgente liquidar la herencia colonial del centralismo cultural estatal. Esto quiere decir, en otras palabras acabar de deconstruir los tejidos autoritarios de un nacionalismo metodológico, que ha ocultado en la represión presidencialista y delegativa a la enorme pluralidad de sujetos políticos que existen en el territorio. La apuesta no es sólo refundar un sistema político de democracia directa a varios niveles, que logre traducir efectivamente las reivindicaciones progresistas del pueblo, postergado en el eufemismo de lo estúpido, sino imponer un modelo de discusión político en la organización del territorio que logre desactivar los hábitos apolíticos e insolidarios de la cultura criolla consumista, y así involucrar a la población soberana en un patrón de acumulación más cooperativo y democrático. Si bien la gramática desterritorializada de lo criollo ha cedido espacios culturales con la finalidad de legitimar seductoramente a la metafísica grotesca del individuo reificado, no ha conseguido, sin embargo, dejar de ser una sintaxis del desencuentro y la discriminación que valida culturalmente los signos históricos del atraso y la dominación oligárquica, por lo que su pervivencia desautentifica y resta compromiso de la población con la propuesta de devolverle autonomía y soberanía a la sociedad.

En la medida que el contrato social logre ser refundado sobre la base de una concepción de al ciudadanía más plural y radicalizada, se podrá fiscalizar y tal vez disolver la injerencia corrupta y representativa de la clase política, que en vez de recoger y discutir las propuestas de la sociedad, reproduce una herencia lobbysta y clientelar que da legitimidad a la privatización asfixiante de la estructura socioproductiva del país. Alterar el esquema del Estado para volverlo más participativo y receptivo a las demandas y propuestas de la población quiere decir desestructurar la institucionalidad aristocrática y parcializada del gobierno, haciendo que el Estado sea la expresión convergente de las múltiples subjetividades, y no un garante policíaco y represivo de los intereses particulares del gran capital. Ahí donde el Estado representaba una versión vampirezca y centralista del cuerpo social sitiado, o una visión domesticadora de la variedad sociocultural del país, es necesario avanzar hacia una concepción más inclusiva y autentificante del desarrollo cultural, no sólo comprometiendo a la carne social con un esquema empresarializado y tecnocrático que bloquea y paraliza la democratización étnico-cultural al final, sino sobre todo consolidando una subjetividad reinterpretante de los complejos biopolíticos del poder, una conciencia rebelde que nutra un Estado popular que sea el resultado del constante control social y comunitarista de los actores democráticos. Esta visión se impondrá si es que el Estado patrimonial es desconectado y se transita afirmativamente hacia una concepción de convivencia reticular y sistémica con los variopintos actores globales, regionales y locales, donde la entidad centralista se disuelve descentralizadamente y se sumerge en la vida comunitaria de las localidades e identidades. Un Estado líquido quiere decir, aceptar como imposibles de restaurar las visiones programáticas y racionales del Estado Leviatán, convirtiéndolo en un actor coordinador de los mercados y de los procesos de hibridación técnico-productiva, a varios niveles, que viabilicen una concepción de la integración más contingente y en sintonía con la heterogeneidad estructural del país. Sólo en este peligro del desmembramiento político es donde reside la habilidad para emancipar a la pluralidad cosificada, haciendo que la interacción de los circuitos regionales y de los procesos multiculturales de articulación desemboquen en un organismo sistémico que haya roto de una vez con la fragmentación geopolítica del enclave.

Esto suena utópico, pero si no se toman las medidas estructurales necesarias para erosionar esa mentalidad egocéntrica del enclave criollo, y resaltar de una vez por todas, los esfuerzos culturales de una red social que desactiva el fascismo del poder burgués y que pueda ser el fundamento subjetivo para la expresión postmetafísica de una economía y sistema político más democrático, no se conseguirá herir de muerte a un discurso monocultural y cosificador que ha mantenido olvidado al ser arcaico de la peruanidad destejida en los residuos triturados de los saberes sometidos y de los vencidos.

Si deseamos no caer en las trampas eurocéntricas de la dialéctica modernizante, ni en los poderes reinterpretantes de la deconstrucción neoliberal, tenemos que construir un sistema social en sintonía con los saberes y vivencias reticulares de la cultura andina, amazónica y costera, desenterrando y desocultando la palabra inicial del misterioso e insospechado paraje que es el Perú, volviéndolo un organismo social capaz de leer y reapropiarse de los flujos caóticos y desestructurantes de la globalización, a través de un esencial conocimiento arqueológico de una civilización legendaria, golpeada y aplastada por las maquinaciones panópticas del discurso criollo.

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