Ni Atenas Ni Israel

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Tecnología hedonística.

by on Ene.18, 2011, under Sin categoría

Ronald Jesús Torres Bringas.

Resumen.

En los límites de este ensayo se presenta un examen de la ideología estética en las regiones periféricas sosteniendo que el reencantamiento artístico que experimentan los centros del capitalismo avanzado encuentra a las sociedades subdesarrolladas ante la ausencia de una infraestructura material con la cual domesticar el impacto abrumador de los artefactos estéticos. El enfoque que expongo es una aplicación de la teoría de la ideología desarrollada por la escuela de Frankfurt al estudio de la subjetividad estética.

Condiciones sociales de la inteligencia estética.

Las calamidades exteriores a las cuales es expuesta la vida exilian prodigiosamente a los frutos del espíritu de los hábitats materiales donde cobran realización. Esta desproporción existente entre el cúmulo de aspiraciones emocionales, asiladas ahí en la piel del individuo, y las posibilidades materiales para su manifestación aceleran en gran medida el movimiento de la vida hacia la subsistencia. La ofensiva del espectro objetivo, devorando en la interioridad los contenidos oníricos del ser, impele a la propia carne a arrojarse a la caza de los bienes existenciales más escasos. Esta actitud no sólo sirve para preservarse de las ecuaciones imprevisibles del sistema, sino además para evolucionar producto del hambre interior que le recorre esa dotación enfermiza de placer, que lo convierte en un salvaje sediento de la subjetividad de otros hombres. Pareciera polémico sostener que la represión psicológica de la individualidad como consecuencia de la colonización de la razón , de los ámbitos más significativos de la interioridad, estimula a la gran mayoría de personas a divorciar su energía interior de los procesos concretos de la vida social, prefiriendo hacer congénito a las propias falsificaciones que representa en las relaciones sociales un ser interior demoníaco, que libera estratégicamente en episodios íntimos de su existencia cotidiana

Vaciados de sentido los espacios mecanizados de la sociedad, la presencia que el sujeto desarrolla y modifica tácticamente según las circunstancias habla de un conjunto de máscaras sutiles y apropiadas que se superponen de acuerdo a sus prioridades. Desprovisto de saberes especializados con los cuales conformar un fondo más rico de experiencias porque estos conocimientos están distribuidos políticamente , según los sectores de la sociedad, el individuo se conduce con lo desconocido, y por lo tanto hostil, ampliando su campo de saberes implícitos en aquellas facetas más elementales y corpóreas que posibilitan la asimilación de las situaciones problemas. Es decir, ante lo inconmensurable y heterogéneo expresa una inteligencia emocional que parapeta de severidad y agresividad, pero que diluye en la risa espasmódica y en el hedonismo sobre limitado tan pronto la oscuridad y los recintos mágicos del entretenimiento se apoderan salvajemente de su conducta cuadriculada. Al extraviarse las condiciones ontológicas de un control científico de lo cualitativo, pues se creía firmemente que el antropocentrismo debía subordinar lo natural para liberar la hombre del irracionalismo de lo mítico , se transita hacia una época en que la mimesis invade con su caoticidad todos los ámbitos de la existencia cotidiana, disolviendo las certezas disciplinarias de la sociedad moderna en una infinidad de discursos y acontecimientos que se sostienen en la fragilidad y violencia de la razón estética. Cuanto más el avance de la racionalidad del mercado deshumaniza el espacio social, tanto más el sujeto se sumerge en la creatividad interminable de la ideología estética como un mecanismo de adaptación que reencanta la experiencia al precio de la absurdidad económica.

Así como existe una desigualdad exorbitante en la distribución de los recursos, así también existe un brutal criterio de desigualdad en la distribución de los saberes sociales, lo cual ocasiona la adaptación positiva de los que reconocen rápidamente lo desconocido, y el descalabro de aquellos que no resuelven situaciones problemas, por lo tanto, son incapaces de instrumentalizar su biografía personal. En un mundo en que el desenvolvimiento en la abstracción se paga al precio de la nulidad sensorial, la única estrategia para no ser devorado por la estupidización tecnológica es desarrollar una vida en lo clandestino, en la oscuridad de lo periférico, que suponga una expresión desbordada pero transparente de lo que resulta reprimido en la civilización, y que a la vez revela un camino de compensación contra todo el fisicalismo del mundo burocratizado. El camino a la divinidad es el constante libertinaje, como diría Hesse .

La dinámica de un poder que organiza lo conocido dentro de una epistemia violenta y miserable que desperdicia la existencia de otros saberes que escapan a la socialización moderna introyecta en la desencantada línea del progreso autoritario un mecanismo de producción del deseo que dirige lo que hoy resulta metafísico y ahistórico. En un determinado momento del progreso histórico la racionalidad como facultad de escapar al discurso de la naturaleza, cedió su lugar a la divinización del consumo, que como lógica de los afectos y la subjetividad dirige actualmente la producción de bienes culturales, so pena de perder la orientación de la humanidad hacia algo mejor.

En las sociedades hegemónicas esta lógica de las preferencias y del consumo ha desactivado como propósito implícito las expresiones socio-históricas que las identidades locales osaron desarrollar, provocando no sólo una fragmentación de los movimientos de vanguardia, sino además un desmantelamiento de las bases concretas de socialización. Esto último trae consigo que al evaporarse la soberanía sobre un determinado espacio-histórico los actores se aferren por la necesidad de certidumbre a las nuevas simulaciones que elabora el capitalismo de los afectos, y por lo tanto, incorporan a los sujetos en escenarios en los cuales los lenguajes pierden su base concreta de producción, y uno sufre la deliciosa adicción a la máscara. Esta conversión de un sujeto que se cimentaba en principios, que regía su acción según esquema definido de experiencias, en un sujeto que devora lo efímero que vive atrapado en la absurdidad del fingimiento, habla de un fabricante de ideologías de lo seductor que olvida toscamente el movimiento de estructuras que lo determinan.

A medida que el sujeto huye con el placer de la cárcel de la estandarización se evade audazmente de su responsabilidad con la totalidad, construyéndose una semiótica de la resistencia que lo termina atrincherando en los abismos de su temor, de su desconocimiento de lo fundamental. Mientras el individuo persigue en la realidad la decadencia de una magia que es la caricatura corrupta de la industria cultural seguirá siendo embaucado por un poder que desestructura las bases constitutivas de la existencia, dejando sin condiciones de reproducción a los más desfavorecidos de la sociedad. Si hoy se cree que el impacto de la hechura estética conmueve al corazón al punto de hacernos olvidar la contundencia de los poderes fácticos es porque se ha elegido la construcción de un mundo paralelo al funcional que embruje afirmativamente a la persona al precio de la hambruna material.

La malicia y la belleza como bienes melifluos se cazan con la opresión y la injusticia, por que el arte de las masas crea mecanismos alternativos que le permiten resistir creativamente el impacto negativo del mundo objetivo devorando impunemente los contenidos interiores de la subjetividad social. Las expectativas estimuladas, incapaces de ser colmadas por un orden de cosas en que no pueden realizarse, más en que en minúsculos ghetos retirados de la vida pública , decepcionan al ser del mundo concreto retrayéndolo no sólo hacia religiosas facetas ascéticas de la conciencia, sino especialmente hacia el fortalecimiento de agresivas rutas hedonistas donde el ser libera y hace aflorar toda su animalidad de modo hipócrita, a la lucha de los bienes más pretendidos de la sociedad. No serían los canales institucionales los que acercarían al ser con la libertad sino la desesperación filistea, el insaciable consumo de la intensidad carnal que reemplazaría el afán de realización exterior por necesidades sintéticas de privacía e intimidad que no completan al ser. La noche y el misterio que ella otorga se han convertido con el paso del tiempo en espacios sociales de relajación y recreamiento en que el sujeto aflora su inteligencia estética, sin ser constreñido por los caminos objetivadores del sistema social.

Sin embargo, la tendencia a no ser sincero con la sociedad, a tener que desnudarse en aquellos rincones donde puede diferenciarse y desenvolver su individualidad, conducen al sujeto a legitimar solamente en lo necesario a la estructura social en la cual habita. Ella es vista como una ruta obligada para abastecerse de los recursos materiales para poder mantenerse y no como un concreto hábitat de realización. El extrañamiento del ser con respecto al mundo, al cual siente demasiado artificial para expresar su sensibilidad, demasiado deteriorado y hostil, empujan no sólo a la individualidad a refugiarse en la privacía, sino además a socavar la arquitectura material y normativa sobre la cual se asienta la supervivencia de la especie .

Arrojado a la captura de su propia vitalidad, al individualizarse, el sujeto entra en crisis el mundo exterior y la naturaleza en la cual respira. Hambriento de esencialidad, el ensimismamiento y la renuncia al ser con su mundo, en el cual es materia, conducen a un individualismo sin fronteras que no sólo vacía de contenido el progreso de la civilización sino que además sentencia a la soledad más absoluta al ser narcotizado de existencia. Es decir, el apetito de intimidad, por más que solace al hombre en los ámbitos de fruición – creados por la maquinaria comercial del capital- no logrará realizar al mismo mientras no se entienda que estos espacios sólo lo llevan ser preso de sus propias pulsiones, y por lo tanto, a la expresión de un racionalidad cínica con la cual infecta la convivencia social. Se convierte al hombre, a su voluntad que utiliza la razón en una sorprendente máquina de placer, en una hiena adoradora de la noche y de los suculentos elixires de la sensualidad y del caos.

Y aquí el origen del nihilista, de ese genio de la orgía, superdotados para amar y succionar; utilizará todo el conocimiento que posee y la mente que sojuzga para transmitirle a su cuerpo, a su mirada, a sus labios la violencia inacabable para luchar en una selva de voluntades confusas por la satisfacción de los bienes más escasos. La silueta que se contonea, el sabor que fluye y cautiva el alma, lo locura que ataca y es mordaz, la sensualidad para violar los espacios más secretos del espíritu humano, convierten a esta inspiración en una religión caminante, usurpadora del néctar de otros seres. En la medida que el día está cargado de una muchedumbre que deambula programadamente como un zombi, el tiempo abstracto que esclaviza a los individuos es diluido en una fiesta de la expresión estética que reencanta la experiencia al precio de una mimesis de la peligrosidad que deja en suspenso la responsabilidad con la norma. La represión de una socialización que hace gregaria y común la vida social arroja a la existencia a desarrollar un comportamiento caótico y arriesgado, con el propósito de llenar la subjetividad de un significado cosificador que la ayude a diferenciarse agresivamente.

El coqueteo con la absurdidad al punto de neutralizar mágicamente la reificación del concepto hacen de la espontaneidad de una vida de lo no visible una estrategia de la individuación que es negada por la cultura oficial, pero que hace posible la emancipación sobre una base esquizofrénica y sumamente violenta. En este mundo a la ingenuidad de la retórica del trato efervescente que un espíritu decente puede desplegar es vapuleada intensamente por un lenguaje corporal que hace de la belleza una propiedad que destruye toda nobleza y transparencia que el sistema promociona y ayuda a edificar. Esta economía de la sensualidad en la cual el embrujo de la silueta articulado a un razonamiento de la inversión subjetiva, corrompe la eficacia del mundo moral genera una lógica del placer furtivo que escapa al determinismo de la estructura social en los momentos oscuros de la existencia.

Formación histórica y cultura de la oligarquía.

En la periferia del mundo los fenómenos estéticos adquieren un comportamiento profundamente diferente del que habitualmente tienen en las sociedades del capitalismo avanzado. Aunque nuestra condición precapitalista y de una modernidad inconclusa es seriamente relativizada por el impacto de la cultura electronal que coge al tejido social en una situación se sintonía cultural con la lógica del consumo, lo cierto es que este desmantelamiento de la modernización no llegó a corromper del todo la demoledora experiencia de un discurso criollo legítimo que impide la auténtica expresión de otras identidades culturales que soportan su sometimiento. Es decir, sospecho que esta suerte de simpatía ontológica entre una cultura oral que no logró transitar exitosamente hacia un escenario urbano-industrial, y el impacto asistemático y líquido de la mass media han conseguido sofisticar y hacer más oscuros los mecanismos de construcción de la realidad peruana, provocando una regresión cultural hacia una sociedad de castas en la cual los atributos y los beneficios existenciales se ganan con la práctica de una racionalidad instrumental acriollada que invade y empobrece la experiencia de la estratificación social. Aunque la reprimarización de la economía ligada a una precariedad de los circuitos económicos internos no determina el configuramiento de una cultura engarrotada, la verdad es que a pesar de la habilidad sincrética y de hibridación de nuestros actores sociales las estrategias de supervivencia ontológica que estos desarrollan no llegan a domesticar del todo la sensación de que la materialidad de la economía se evapora irremediablemente en los flujos de la aldea global.
La descomposición de un tejido social que fue traducido erróneamente por una modernización autoritaria que hoy se cae a pedazos, obliga examinar concienzudamente que en la periferia del mundo las prácticas culturales se desenvuelven en una selva de precariedades y cruel fugacidad que dependen del punto de vista del observador y de su subjetividad, casi sin ninguna compensación social y en la soledad y esterilidad más absoluta. Al contrario de lo que piensan los sacerdotes de la complejidad la acción social en las sociedades subdesarrolladas, ante el impacto de las bombas de fragmentación, elabora personalidades y estructuras sociales en las cuales la perdida de sentido no es reemplazada por una experiencia de unidad con la sociedad en la cual habitan. En otras palabras, la retirada hacia la interioridad y la creciente diferenciación crean disfraces de una realidad que ha recuperado el impulso arcaico al precio de extraviar definitivamente los pocos refugios antropológicos desde los cuales producir una contraofensiva que detenga el conjunto de transformaciones estructurales que nos despoja de toda seguridad real. Cuanto más la complejidad organizada crea su propio espacio de influencia, gestionando audazmente la caoticidad de una realidad ingobernable tanto más el sufrimiento de las poblaciones que no tienen la capacidad para entrar en esta lógica nos habla de una epidemia de la atomización que es presentada como un cambio evolutivo cuando es en realidad una sucia ficción para dejar afuera a aquellas porciones de la sociedad global que no resultan rentables para el capitalismo trasnacional.

En la medida que el sistema global se crea su propia crítica esta no sólo descarta la representación de testimonios que conoce confusamente, sino que además se atreve a justificar su propio hedonismo cognoscitivo e irresponsable como una forma de vida libertaria y antisistémica que debe servir de ejemplo a los aficionados del pensamiento negativo. Esto no hace sino reproducir la trasnacionalización de símbolos y tendencias culturales que rechazan un verdadero mundo plural en tanto despojan de la universalidad a las demás identidades étnicas que sobreviven en los laboratorios del mestizaje cultural, sin poder expandir sus visiones de mundo

La brusca castración histórica que significó la conquista española trajo como consecuencia que la diversidad étnica que caracterizaba al Tahuantinsuyo se redujera radicalmente a la condición del indígena, separado drásticamente de los privilegios criollos. En su carácter subordinado el indígena fue absorbido paulatinamente al interior de la organización colonial, deseando ser siempre incluido en las configuraciones institucionales del régimen colonial, pero a su vez resistiendo y conservando parte esencial de su cultura que se transmutaba según la explotación y el desprecio colonial cobraban una nueva dimensión. El descabezamiento de la dirigencia indígena al caer derrotada la rebelión de Tupac Amaru, significó que la transición independentista no contemplara mas que dentro de los bloques de poder que sustituyeron al Virreynato a los grupos de poder criollo, que ganaron la guerra de independencia, dejando fuera y aplastando el derecho público de las categorías indígenas a participar en la dirección de la política republicana .

Este hecho histórico que supuso el cambio de administrador más no de régimen político ni de acumulación significo a su vez la furibunda exclusión de los esquemas y percepciones del mundo andino de los ámbitos legítimos en los cuales se desarrollaba la remozada cultura criollo-oligárquica. Aunque el sincretismo religioso y la coexistencia de fenómenos artísticos en el período colonial – y presumo en el primer período de la república peruana – delataban la presencia impostergable de la cosmovisión andina, lo cierto es que la recomposición del tejido idiosincrásico de los andes fue expulsado de la historicidad de la política gubernamental, y de las expresiones de conciencia nacional que eran privilegio exclusivo de la oligarquía. A medida que la inmutable estabilidad de la estratificación por castas recibía paradójicamente el rechazo de una identidad migrante que era producto de la política educativa que ellos mismos impulsaron, y de una conducta siempre deteriorada y festiva del actor social peruano, esta clasificación estamental empezó a tambalearse y a recibir el desprecio político de los valores y repertorios culturales que asfixiaban el desarrollismo revolucionario.

Al desmantelarse la estructura tradicional los códigos que resistieron audazmente el embate de los procesos revolucionarios fueron los estilos de vida aburguesados que ya se habían masificado mucho antes de que las ideologías políticas persuadieran de que la cultura peruana debía abandonar esas pautas culturales precapitalistas por un horizonte cultural disciplinado, racional y puritano. La industrialización fue tan acelerada y en desorden que los efectos provisionales que provocó no lograron permear la cultura criolla que ya se había escindido popularmente , redefiniéndose estratégicamente y apoderándose de una conciencia subalterna que ingresó en relaciones de mercado y de consumo masificado, sin enterarse colectivamente que la modernización ya había destruido la presencia de un mundo injusto, sin haber desactivado las relaciones cognitivas que se mantuvieron intactas.

El agotamiento de una cosmovisión que no fue más que una treta para corromper una estructura que ya no era funcional con el carácter que adoptaba el capitalismo postindustrial , se correspondió con una realidad en la cual el sujeto periférico recibe el bombardeo de los bienes culturales sin poder edificar un mundo de estrategias con las cuales resistir el impacto desfigurador de la cultura de la personalización , recurriendo a un sentido de la autonomía y la soberanía ontológica que se van difuminando poco a poco. La caída de los cimientos materiales que hacen posible el éxito de las trayectorias biográficas en los capitalismos avanzados coloca a la construcción de la identidad ante una situación de precariedad sensorial y mentalización empobrecida, en donde los pocos códigos que constituyen la falacia del individualismo postmoderno sirven no sólo para destruir las pocas conexiones conscientes de los individuos con la realidad fáctica, sino además sirven para erigir la materialización de un gusto legítimo y marcadamente pretoriano.

La elitización de las formaciones culturales en donde se decide el rumbo de las prácticas individuales se da en un momento en donde la corrosión de la praxis política, así como el desdibujamiento de las organizaciones populares despojan a la subjetividad de las pocas compensaciones culturales para construir un sentido de la autenticidad y de la fiscalización ciudadana. Al reducirse las posibilidades de un sentido democrático de las prácticas culturales el sujeto se aferra al mar de la globalidad como una manera de cercanía con los recursos abstractos que hacen posible la existencia concreta, al precio de ir perdiendo paulatinamente la visión de un horizonte cultural de la autonomía y de la libertad personal. Cuanto más el individuo de la periferia es retirado de los escenarios públicos en los cuales se podría negociar el impacto de la lógica mercantil tanto más éste recurre al hechizo de la ideología estética como un antídoto eficaz para atenuar la irracionalidad del mundo real, que es devorado por la lógica de la insignificancia .

El ahogo del sujeto en el mundo empírico, en la realidad inminente impide que este desarrolle las habilidades prácticas para resolver las crisis subjetivas inherentes al modelo de acumulación, extraviándose en la infinidad de informaciones y de elecciones precarias que supone la condición de ciudadano consumidor. Al perder la individualidad su base económica el sujeto intenta hallarla en la inestabilidad del mercado laboral o en la insipiencia del mundo delictivo, pero la vacuidad es tan feroz que éste es capaz de olvidarse de comer por deslumbrarse con un espectacular programa de televisión. Se llega a un grado en el cual el mantenimiento de la apariencia y de la desafortunada cultura que se construye el individuo entorpece el cambio social que lo favorecería, ocasionándose un clima de prótesis, de rituales festivos, de desórdenes alimenticios –como la anorexia y al bulimia- que delatan la petrificación de la realidad biográfica en un mundo donde la aparente estabilidad no llega a ocultar la velocidad de una realidad desbocada. La miseria de una historia abstracta que ha definido la emergencia de las multitudes es proporcional a la retirada a la vida hedonista; la crueldad de un mundo administrado que se redefine con sagacidad incorporando el conocimiento de la biodiversidad es contrarrestada con la dolorosa experiencia de un placer estético que no es más que una recaída en la existencia aconceptual y en el psicologismo de la angustia que termina por favorecer a la sofisticada efervescencia de la industria cultural.

En la actualidad la creciente aristocratización del gusto y la persecución de un sentido de la belleza que pocos llegan a tener, es más reveladora en un mundo como el peruano debido a la hegemonía de una cultura criolla que ha logrado su heteronimia en base a su expansión desfigurada en el mundo popular. El racismo que no se reduce al desprecio étnico-racial nos habla de una desvalorización despiadada de nuestra identidad en un territorio exótico del cual todos nos creemos turistas, pero del cual seguimos siendo productos apátridas, ajenos de una realidad confusa que se va desdibujando a medida que queremos rechazarla y reconfigurarla . A medida que la sobrevivencia económica y la compulsión comercial van transmutando los valores en la dirección de un nihilismo del consumo y de la saturación de artefactos culturales, tanto más se produce el divorcio del sujeto de su vida concreta, persiguiendo en una lucha enmascarada por los convencionalismos de la totalidad un conjunto de significados estéticos y sensoriales, a los cuales atribuye el camino de la realización y de la expresión espontánea.

En otras palabras, la bonanza de una vida ficticia pero que el sujeto hace real lo va absorbiendo al interior de una red de interacciones estéticas y de cosificaciones sensuales con el único propósito de no verse despojados de los misterios de una existencia que ha sido rechazada hacia los abismos de la fantasía. El rostro cosmético en un paraíso de cirugías distintivas desnuda la pobreza de una existencia que ha decidido validar un orden de cosas en el cual la falsa complacencia estática no llega a convulsionar y a enriquecer la trayectoria de un individuo atrapado en un laberinto de máscaras. Y esta percepción de que hemos comido aire se deja ver en los ebrios y en los adictos a las drogas, que buscando huir del extrañamiento de la realidad la alteran con el único propósito de expandir la sensoriedad y probar la experiencia de un carácter lúdico que evade todas las ecuaciones al precio de sentirse, cuando acaba el ritual, como unos parias, arrojados a una calle que es la marca artificial de una inmensidad sistémica que no quieren reconocer. O se deja ver en los enfermos de anorexia y bulimia cuyos desórdenes alimenticios por tratar de cuidar la apariencia del cuerpo demuestran el grado de alienación estilística al cual ha llegado la humanidad; es decir, la contundencia de un bello cuerpo que cobra inteligencia de improviso en la cárcel de la ideología del vacío, ha llegado a ser más importante que la supervivencia material en un mundo donde no sobran los recursos.

Pero no es el impacto desprevenido de una racionalidad estética deformada lo que embota la experiencia; además es la lógica de una distribución desigual de los saberes estéticos lo que ocasiona la certeza de un mundo carente de verdadera belleza natural. El monopolio legítimo sobre la economía libidinal, como diría Bataille , construye un espacio de jerarquías estilísticas en donde desenvolverse con criterio de habilidad se da sobre estructuras objetivas que benefician el sabor de los que tienen el fenotipo natural para expresar la riqueza de su particularidad. Quien no posee ese código de prácticas estéticas, adquiridas desde un hábitat que reconoce su herencia racial, simplemente no sería admitido realmente dentro de los grupos de poder sensorial, y por lo tanto, se vería ante la drástica decisión de sólo imitar rústicamente la inteligencia estética que no posee, y que desea ardientemente. Para ello, estos grupos étnicos que edifican su identidad en base al mestizaje cultural copian toda una infraestructura de símbolos que no les pertenecen, sino relativamente, persiguiendo el perfume y los horizontes de sentido de las clases superiores, al precio de sufrir en carne propia el desengaño y la frustración por un universo de alcurnia y festividad que los oprime.

La falsa integración se describe en la evidencia de una ciudad donde se han dado pasos importantes para fundamentar un criterio de tolerancia y de igualdad social, pero donde las rutas distintivas huyen hacia la exclusividad de los mundos privados; por consiguiente, la tolerancia se convierte en una estrategia cínica que no reconoce la alteridad popular porque es calificada como de demasiada vulgar y tosca para ser incluida en un mundo de símbolos desenfrenados y de prácticas narcisistas que están destinadas para pocos. Las delicias que propaga la maquinaria audiovisual y de la publicidad, elaboran los recintos diferenciales y maneras de percibir el mundo social que ocultan estructuras de poder del detalle y de la singularidad , que tienden a reproducir y hacer estable un universo de estratos e instituciones que hacen flexible el sometimiento y las formas como este se sofistica. La estética particular que se constituya según las personas y la manera tan acriollada como se reproduce la clandestinidad, dan por resultado una estructura que se desmaterializa en la cosificación agresiva de los objetos artísticos, ocasionándose la sensación de una realidad que se evapora irremediablemente en la caricatura de una historicidad que es sólo combustible del placer desbordado y esquizofrénico del sujeto burgués. La mortalidad de un lenguaje que despoja al sujeto de la poca intimidad ontológica que pueda poseer nos relata la ficción de una respuesta contrahegémonica desde los sentidos que no son suficientes rivales para desactivar el tejido que ya se ha hecho profundamente abstracto. La recaída en el lenguaje nos desnuda por completo.

Conclusiones.

En líneas generales, la narración dialéctica que he propuesto intenta describir los pormenores de una ideología estética en las regiones periféricas que oscurece las posibilidades concretas de realización histórica. El movimiento de la objetividad social hacia la reconciliación con el devenir mitológico, olvida el hecho de que tal reencuentro en las sociedades marginales no se libra de la peligrosidad de caer en la más desnuda cosificación de la experiencia individual. Mientras que el impacto de la era virtual encuentra a los centros hegemónicos en una situación de transmutación negociada, en el cual el vacío se va convirtiendo paulatinamente en un estado de existencia cotidiana, en las regiones periféricas tal lógica de la absurdidad expande arbitrariamente el reino del caos, de la descomunicación, y por lo tanto, el estado de guerra permanente. Al contrario de lo que sucede en los capitalismos avanzados, la sobresaturación de los repertorios culturales en la periferia hurta a los cuerpos incipientes de la soberanía para construir un sentido compartido de la realidad, transitándose hacia un universo de oscuridad y de deformación de los recintos lingüísticos.

El renacimiento masificado de la ideología estética edifica la falsa apariencia de la identificación con la duración interna, como diría Bergson ya que el cansancio que soporta el espíritu social es de tal magnitud que este ingresa en la irracionalidad del autista que se niega a transitar por el concepto , al precio de ir perdiendo aceleradamente en las infaustas condiciones tecnológicas que lo siguen transformando, las pocas certezas psicológicas que lo ayudan a sobrevivir. Cuanto más el individuo periférico se entrega inocentemente a la corriente estilística del ser narcisista tanto más deja de reconocer las variables claves para evitar la destrucción de la sociedad. Adicto al puro placer etéreo el sujeto olvida los problemas de la reproducción material esquivando el dolor que produce el desamparo existencial, pero no trocándolo en verdadera felicidad.

Creo firmemente que la perversión de la metafísica de la cual no se libera el conocimiento del sur, puede ser superada si es que se abandona ese imperativo de adaptación de la mentalidad a las redes del sistema por un programa de reconocimiento de los lenguajes olvidados de los oprimidos , con el objetivo de recrear una imaginación libertaria que enriquezca la experiencia y democratice la subversión estética para toda la humanidad. Transgredir la espiritualidad de tal modo que las potencialidades que contiene la efervescencia estética equilibren y hechicen los mecanismos productivos de los cuales no podemos prescindir en un camino en donde todo se convierta en arte , como diría Nietzsche, sin perder la coherencia con el mundo objetivo.

Hay que superar el complot de la maquinaria productiva de incorporar como lógica de acumulación, como plusvalía, el goce estético que propaga con la explosión multidimensional de la diferencias; combatir aquella taimada tendencia de volverse una matriz creadora de la pluralidad lingüística, que fabrica un ser completamente succionado por los flujos del capital, y que recibe como estupefaciente las dimensiones caóticas del erotismo. Luchar por un claro en el bosque sería luchar por una oportunidad de resistirnos ante la embestida del mito estético, en el momento en que éste se ha filtrado como la mano invisible del capitalismo tardío.

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Música popular y notas sobre algunos ritmos de moda

by on Ene.18, 2011, under Sin categoría

Un salsófilo del Callao demostrando....

Un salsófilo del Callao demostrando....

Ronald Jesús Torres Bringas.
ronsubalterno@gmail.com

Resumen:

Esta propuesta de ensayo sobre música trata de captar la relación indirecta y forzada que existe entre el contexto sociohistórico y la producción cultural para diseñar la conjetura que la sonoridad funciona como una suerte de comunicación mimética con los orígenes y que tal experiencia en momentos de discursivismo y evanescencia pública resulta un calmante ontológico frente a todas las manipulaciones de la razón instrumental en un mudo de desgarramientos solitarios y postmetafísicos.

Palabras claves: modernización, música popular, desarrollo, postmodernidad, individualidad.

Música culta vs música popular:

En estos esbozos disidentes trataré de acercar la escucha musical a su contexto sociohistórico de desarrollo explícito con el propósito de discutir la tesis esencialista de la filosofía moderna que reduce la creación musical a una labor creativa descontextualizada que se aísla de su universo concreto de producción.

De entrada la intención de este ensayo es echar luces sobre aquella lucha racionalista que ejerce la música culta por conservar un estilo artístico y aristocrático que desacredita toda producción popular, por considerarla como una intersubjetividad que no alcanza la trascendentalidad espiritual y contemplativa de la música seria. La música según el ejercicio subalterno que propongo no sería sólo un hábitus contemplativo por arrancar a la individualidad de un mundo reificado y trágico, sino sobre todo una estética de la complacencia y recreación, en un mundo organizacional donde el hedonismo combativo, mitiga el dolor metafísico y corporal de una sociedad administrada.

La música – valga la redundancia- consistiría en aquel registro que se sale del lenguaje arbitrario y representativo para inundar la experiencia cosificada de una magia clandestina y carnavalezca que evapora las jerarquías clasistas y los prejuicios sociales, y que otorga cierta frescura y hace llevadera una vida postmetafísica que vive el cáncer de la desmaterialización. No sería sólo un estupefaciente letárgico por distraernos del drama de la rutina que todos vivimos, sino el retorno de un ritual balbuciente y subalterno, reilón y escurridizo por democratizar radicalmente un orden anárquico que había arrojado al sonido del escenario de la producción del ser social . La música es el veneno en el que la piel puede matar el cáncer que hay en el lenguaje de los poderes racionales.

La producción sonora ha acompañado alegóricamente a los pueblos desde tiempos inmemoriales. Se podría decir que antes de convertirse en una actividad organizada y secuestrada por la ilustración autoritaria era un lenguaje mitológico que dotaba a las subjetividades étnicas de un referente ritualizado y teológico que estaba presente en todas las actividades de reproducción del ser social. Es decir, los pueblos transmitían sus saberes y sistemas de conocimiento en forma de poesía musicalizada, desarrollando un corpus de narraciones y de historias orales que integraba artesanía, saber popular y naturaleza desreificada.

La música era el conjuro religioso que las idiosincrasias populares matizaban sobre la naturaleza temible para contenerle o simplemente domesticarla, de modo que se permitía la coexistencia de pueblos que vivían asfixiados por la contingencia de los accidentes cosmológicos como si fueran naturales. Al ser un lenguajes festivo que extraía al hombre la pesada carga de la labor artesanal era asimismo un diálogo armónico con los misterios aplacadores del mundo extrasocial, un antídoto frente a un medio ambiente que no se conocía sino pre-científicamente y de manera rudimentaria . El sonido salía de las emanaciones de un mundo misterioso y a la vez desafiante en el cual el grito y el espanto de vivir y respirar, se hacían música, armonía, melodía, y por tanto poco a poco formas cada vez más complejas y diferenciadas e inconscientes de redes de vida humana y natural. Sin sonido no hay cuerpo, y sin sonido, no hay verbo, nis sensaciones

Es con el accidente socrático y la apabullante soledad de las sociedades escribales que se experimentará el tránsito de una sociedad que vivía la música de manera ritual y festiva a una sociedad que define la escucha como una actividad meramente contemplativa y de consistencia intelectualizada. Si bien la sociedad griega escuchaba una sonoridad entre arcaico y trascendental – y ahí el hechizo de su inmortalidad- es con el eurocentrismo que se hará perceptible un desencuentro terrible entre un habla culta, que dotaba a la música de una magia reflexiva, y un habla popular que confina la música a una labor de recreación y de entretenimiento masificado.

En la medida que todo el arte es expulsado del socius productivo se produce a su vez la separación entre una existencia artificial y cosgnoscitiva, rutinaria y empobrecida – que da vida a formaciones jurídicas de explotación económica- y la diferencia arcaica y de reconocimiento simbólico que confinaría al arte en la cárcel de lo literario y presuntamente aristocrático. El arte será rechazado por una filosofía racionalista y totalitaria que la convertiría en un hecho decorativo, de segundo grado con respecto a la sacralidad de las certezas dogmáticas y trascendentales que funda el pensamiento científico y contractualista.

La música en específico sufrirá la especialización tecnoburocrática del logos moderno, trastocándose en una actividad que estimula la profundidad del pensamiento y de la reflexión desinteresada. De cierta manera se convertiría en el último rincón de protesta de una interioridad golpeada por el impacto de la semejanza y la estandarización mecanicista, un hondo lamento y pesar de las identidades a las cuales les serán arrancados la risa y la sensoriedad, en un mundo moderno que aprecia de ello el fulgor de la severidad y de la madurez estética. En otras palabras, la música moderna occidental del siglo XIX y XX, en especial, buscará crear un sonido descontextualizado y atemporal con el cual combatir el dolor metafísico del tiempo y del envejecimiento corporal, con el objetivo, además, de acceder musicalmente a los abismos de la esencia humana y a los fundamentos certeros de la verdad científica . En Mozart el cielo y la razón son la expresión de un lamento que lo ve todo melodía y vacío existencial. La Europa que no quiere ya escuchar a Napoleón. Bethobhen esla fuerza, las entrañas, el vigor del mito y de la razón histórica hecha revolución, pero a la vez vuelta melodía anarquía y dictadura, violencia y extrema descortesía. Wagner es la fuerza de los dioses antiguos revividos en los estandartes de unos desquiziados por querer resucitar y hacer tecnica las antiguas tradiciones sacras, y Chopin es el lamento del niño abandonado que no quiere nunca hablar, sini sólo gritar como las musas, pues hablar es una insolencia como serlo es lo europeo.

Es el eurocentrismo musical el encargado de generar diferencias insalvables entre la música europea y los relatos musicales del habla popular europea y no europea, dándole a la música culta el título de verdadera creación musical, y por consiguiente, a las producciones subalternas el indigno trato de expresiones vulgares y bulliciosas. A pesar que la música popular no fue totalmente expurgada del escenario cultural europeo, si fue perseguida como un costumbrismo ideológico y perturbador que dificultaba el aprendizaje de una moral rigurosa y abstracta; cruel actividad que iba en sintonía con las excentricidades puritanas que cobraban fuerza al ingresar la historia europea en el lejano ya siglo XVII.

Asimismo, por interés de los tempranos estudios etnográficos y de los viajes antropológicos del colonialismo europeo es que la conciencia europea – sobre todo su acuciosa intelectualidad – sabrá de la existencia de expresiones musicales no europeas que vistas desde un constructo evolucionista y con prejuicios etnocéntricos serían vistos y experimentados como sonidos primitivos y arcaicos de civilizaciones que no han ingresado en la locomotora del progreso histórico europeo. Aunque sabemos por curiosidad hoy de los antropólogos musicales y de los huaqueros de sonidos que varios lamentos y melodías europeas de grandes maestros europeos eran de africanos, asiáticos, andinos, y de varios rincones arcaicos donde las sirenas aún nos enamoran. Vaya piratas..

Si bien la experiencia tardío medieval, con las descripciones de la risa popular y carnavalezca de Bajtin hacia intuir una realidad musicalizada, un mundo popular que escuchaba con atención la música opera, la verdad es que tan pronto avanzaba la domesticación escribal del libro y de la educación alfabetizada se ingresaba en un escenario cultural que hace de la música culta una experiencia reservada para élites cultas, recreando en este contexto la arbitrariedad de las mayorías explotadas, que al poner en peligro la gobernabilidad de la era burguesa serían adormecidas por el hechizo de una música de masas en la era de la reproductibilidad técnica-mediática.

La deshumanización del arte de la que habla Ortega y Gasset es el temprano diagnóstico de la nostalgia aristocrática que verá el desarrollo de la cultura como una experiencia cada vez más vulgarizada por las arremetidas homogeneizadoras y tecnocráticas de los medios de comunicación de masas, que si bien democratizaron el acceso a la cultura la despojaron del aura distintiva que la convertía en una experiencia concreta de mimesis singular. El arte musical en las facetas neoconservadoras del fascismo cultural y en los paisajes tecnoburocráticos de las democracias occidentales conocerá la absurda existencia de una musicalidad publicitaria al servicio de la tiranía; como si se tratara de un adormecimiento técnico la música en el absolutismo de los regímenes de excepción se hallará ante la amarga necesidad de fungir de adormecedor ante el aislamiento quirúrgico de la instrumentralización .

La música con la modernización autoritaria intentará resquebrajar los cimientos idiosincrásicos de la cultura popular donde halla correlato empírico la música de la sociedad de masas, pero lo que provocará es que el ethos grotesco que anima el alma de la escucha popular se expanda y transmite afirmativamente creando ritmos musicales que integran y dan significado a prácticas e imaginarios subalternos. Simpatizando con tesis no esencialistas de la escucha musical creemos que la mass media ha generado que la más rica producción musical sea proveniente de las entidades populares llegando al extremo que el tiempo de ocio que estimula el carácter ensordecedor del rock y de los ritmos latinos, haga fuerte el supuesto de que las mayorías han originado la mejor expresión musical, que hoy es predominante.

Es tal vez el predominio del escepticismo tolerante de la situación postmoderna la que hace que la música se ubique como una experiencia desestresante y esquizofrénica de dinamicidades individualizadoras, que otorgan un cierto relajo ideológico en un panorama donde todo lo sólido se desvanece en el aire. Para que se entienda, en el cosmos postmoderno la música funciona como un disfraz divinizador, un catalizador mitológico que agiganta la interacción individual de un poder regenerador que hace creer al individuo la apariencia de que todo lo puede, que todo lo conquista. Pero no exploremos la ruptura postmoderna aún hasta su acápite correspondiente.

De entrada sólo podemos decir que el capitalismo del deseo que gobierna el socius de la vida civilizada hace de la música una experiencia totalitaria sin la cual sería imposible soportar la imperturbable maquinaria de la explotación objetiva. Cuanto más la tiranía del exterior cambia irrefrenable los sistemas materiales de vida, volviendo a la sociedad en un reservorio inaudito de subjetividades productivas, tanto más esta recurre a la música como una manera de exorcizar el carácter salvaje e irracional del desarrollo capitalista. Es esta fatídica paradoja la que provoca un proceso irreversible con el que hay que convivir, y que sin lugar a dudas repotencia individualidades trágicamente estéticas, violentamente hedonistas .

Desarrollo y experiencia musical:

Mientras que la modernidad estética era enclaustrada en la vanguardia, se desarrollaban en todo el mundo aperturas democráticas globales que ponían en cuestión el racionalismo occidental y acercaban, por medio de la irrupción de los nacionalismos desarrollista y mediático, los vastos imaginarios eurocéntricos de la subjetividad burguesa.

Es la aparición de la sociedad del hiperconsumo, en medio de la gobernabilidad planificadora y estatocéntrica, la que inundará el escenario público de hibridaciones culturales y liberaciones estéticas que irán minando poco a poco los cimientos políticos de las democracias populistas, que habían contradictoriamente estimulado su desarrollo. El Estado de bienestar hizo posible la masificación de los contenidos estéticos de la vanguardia modernista alterando y socializando profundamente el mensaje sublime y elitista del arte moderno, y provocando un cambio cualitativo de enormes proporciones en el modo como se experimentaría en adelante la experiencia estética. Es con el antagonismo político de los pueblos que el arte del buen gobierno se subordinará eficazmente a un proceder confortable de las necesidades postmateriales, desarrollando una forma de socialización que originará una personalidad consumista preocupado por su propio bienestar y autodesarrollo .

Es el renacimiento nacional-desarrollista de las sociedades periféricas, con una propuesta estructural de movilización social de sus economías embrionarias lo que decidirá la formación de un tejido social proclive a la reforma cultural y al cambio de repertorios de acción simbólica, instalados en un proceso de personalización que privilegiará el progreso ético y estético de las subjetividades subalternas. Es la temprana emancipación de las sociedades dominadas, de sus categorías populares, ancladas en su mayoría en relaciones estancadas tradicionales lo que establecerá las condiciones para el surgimiento de un ethos grotesco y jovial que será el creador de un trasfondo musical “guarachero” y tropical.

Es decir, la dinámica estructural va a generar la aparición de un idioma musical muy rico en motivos irónicos y festivos, que irá poco a poco invadiendo el cambio histórico de una atmósfera salpicada de optimismo y voluntad. No es como se cree que la música popular va a ser el resultado de un ethos mediático, sino producto de efectos ideológicos que imprimirá previamente el boom modernizador y los medios de comunicación de primera generación para recrear un ambiente musical que irá cediendo frente a las hibridaciones sociales de una etapa posterior de la sociedad de la información, Creo que estoy en lo correcto cuando sostengo que el escenario desarrollista precipitó la insurgencia de expresiones estéticos-subalternas que irán apoderándose de la conciencia pública de la modernización disciplinaria, en un escenario donde la apertura mediática de la televisión y la radio agigantarán y mutarán la presencia cultural de los lenguajes populares .

El cambio relacional y estructural de los populismos periféricos licuará las identidades prefijadas de la etapa pre-capitalista haciéndolos ingresar en una reconfiguración digital, que generará la apariencia que la naturaleza ritualizada de nuestras sociedades postcoloniales se resistió ante el embate histórico del lenguaje desarrollista.

Para que se entienda bien, la tesis que propongo es que el carácter reticular de la experiencia del grotesco popular no logrará ser transmutado exitosamente por la idea estructuralista, porque este programa economicista se desnudó como un código colonial que desconoció profundamente el carácter religioso-ritualizado de las identidades periféricas . De esta conjetura tentativa se desprende también que tal incursión violenta del desarrollismo, provocó un proceso resistente de migración cultural y de mezcla simbólica que iría trocándose en una barrera ideológica y subalterna en contra de todos los instintos autoritarios del lenguaje modernizador.

El proceso superestructural que originaría utilizaría la agencia mediática con tal profusión que desde ese momento histórico hablar de cultura popular sería enunciar un organismo complejo capaz de resistir ideológicamente los embates subyugadores de la razón histórica. El reencuentro amplificado con las tradiciones producto de la sintonía cultural con el registro electronal provocaría la multiplicación y desmaterialización de la estructura social, decidiéndose desde entonces que toda reconfiguración portentosa del lenguaje del crecimiento y del desarrollo se daría en los límites laberínticos de la sociedad de consumo postmoderna .

El hecho de que todo análisis serio de la producción cultural se da en el terreno del giro hermenéutico nos lleva a pensar también que el análisis de expresiones musicales reflejará el contacto relacional e histórico que desempeña el lenguaje musical al interior de un constructo postmoderno donde toda apertura epistemológica implica un diálogo con la cotidianidad y los significados sensoriales de la gente. La música, según esta idea, representa un ethos subalterno que si involucra con la calidez significativa de la subjetividad, recogiendo las protestas e ilusiones de un mundo que se las ingenia para escapar creativamente de la cárcel de la estandarización. En las canciones y en la melodía inmanente se reconocerán las matizaciones y relatos de pueblos golpeados por el proceso de individualización neoliberal, pueblos que expresan las solitarias y dramáticas andanzas de una subjetividad competitiva y aislada de la relaciones de solidaridad. La música popular, en otras palabras, representa el idioma común de subjetividades que han aprendido a defenderse de la agresividad de los procesos de abstracción capitalista, pero también se escabulle la idea de que tal música representa en esta época de recreación neofuedal la habitación donde protegerse del bombardeo inclemente del fin de las ideologías y de los referentes metafísicos. La interioridad con la escucha popular se elabora habitáculos esféricos, con los que respaldados en su discurso singular, es capaz de transportarse a una experiencia arcaica de contemplación, una comunicación ideológica que reporta afirmación y el permite proyectarse esquizoidemente a través de la frialdad del esquematismo temporal .

Si bien el actor popular es consciente de la evanescencia del relativismo musical prefiere ser adicto a este resquebrajamiento sonoro porque tal experiencia le proporciona una felicidad paradójica pero precaria de la cual es consciente, pero de la que, sin embargo, no se despoja porque es el mejor sedante en contra de la esclavitud del mundo rutinario. La música popular si bien nos sustrae de la agresividad del tiempo hace que nos desentendamos del impostergable compromiso de combatirlo desde dentro de su rigurosa sensibilidad; se convierte en la sonoridad que hace soportable la anarquía de la explotación cognoscitiva al mismo tiempo que se torna en un secuestro esquizofrénico de una modernidad que recibe el impacto de la oscuridad civilizatoria.

La seriedad de la música nos independiza de la jungla de lo social, nos desocializa en el mismo instante que se nos arrebata la lucidez gramatical. Nos deja sin habla y nos vuelve sólo cueropos. Por eso es que se recurre a la música somnífera de lo popular porque los micropoderes de los que habla Foucault, y la fragmentación de la vida moderna sólo pueden ser contenidos con la descodificación terapeútica de la escucha popular .

Al disolverse y fragmentarse el poder disciplinario se produce una experiencia musical liberada de su correlato material, lo cual quiere decir que la experimentación de lo arcaico que reporta, desterritorializa la producción musical de su origen local. Es la ausencia del dolor que ocasiona la música la que hace que nos zambullamos en ella, pues el adornamiento del placer que instiga es lo suficientemente reparador como para que salgamos de la insignificancia de la pobreza objetiva. Al ser la finalidad del poder disciplinario expulsar la precariedad del accidente existencial del orden social el precio que hay que pagar por ello es que toda magia onírica es relegada a los confines del arte, pero en un contexto de explosión de la constitución moderna es éste arte contestatario el que esquiva la obligación de lo normativo, produciéndose una subjetividad narcisista que estetiza la vida social.

El peligro de la banalidad del relativismo musical es que la persona exhibe las huellas de un recorrido accidentado y que coquetea con el riesgo de la muerte en el mismo momento que el éxtasis de la música los hunde en el corazón de lo arcaico. La brutal estandarización produce más enceguecimiento musical, lo cual acerca a la subjetividad ante una experiencia irresponsable y relajada que traga alimento musical sin otro motivo que olvido del padecimiento objetivo que produce el avance civilizatorio. Es digamos la sintonía ontológica que haya la técnica a través de la música lo que provoca el revestimiento mitológico de las tecnologías de la información convertidas en extensiones antropológicas de las facultades físicas del hombre, y por tanto, en medios desmasificadores y atomizados del ensordecedor espíritu de la música popular.

En los límites de este corto acápite he tratado de mostrar la idea polémica de que el efecto mitológico de la estética popular trasciende y desborda los límites intrínsecos de la modernización sólida, del desiertos del aburrimientos de las ciudades del que hablo el bigotón del martillo, apropiándose increíblemente de los resultados desmasificadores de las tecnologías de la información para embadurnar la gélida razón técnica de un organismo que recrea y desborda la interacción cosificada con la mezcla impredescible de lo cultural. En el siguiente apartado intentaré analizar lo mejor que pueda los ritmos musicales que han posibilitado la experiencia de masas como son: la salsa, el rock, la balada, la bachata, y el reggetón; para seguir hilando con esta conjetura de que cada experiencia musical responde al contexto en que opera y se desarrolla.

Salsa, rock, balada y reggetón:

Para una mejor comprensión del lector ensayaré un análisis separado de cada ritmo musical con el propósito de destacar al procesualidad sociogenética de cada producto cultural. Si bien enmarco cada experiencia social al interior de su origen local, se defiende la idea de que su éxito y deleite democrático sólo se comprende cuando se desterritorializan de su espacio de acción concreta para convertirse en referentes semánticos de múltiples imaginarios sociales e ideológicos de las categorías populares.

1. A despecho de los abogados de la modernidad la salsa es un producto de la descolonización democrática y desarrollista de mediados del siglo XX; un corpus musical y populista que animó épocas revolucionarias y que estuvo presente como trasfondo cultural de unas décadas llenas de convulsión histórica y de creatividad cultural. Su efecto estridente se asemeja a los cambios culturales que trajo la modernización desarrollista en el entramado social, reflejando en sus canciones la vanguardia de personalidades “callejeras” y festivas que irán inaugurando las mutaciones identitatarias que sufriría el paisaje estratificado de las sociedades populares. Si bien su origen se remonta a la fusión de varios ritmos mulatos procedentes de la calidez tropical con los avances sonoros e instrumentales del jazz norteamericano la verdad es que la salsa a medida que acentuaba el cambio social fue reflejando en su lenguaje musical el advenimiento de una síntesis histórico-cultural que se deslocalizaría de su origen regional-comunitario de acción simbólica consiguiendo representar un ritmo pegajoso y ritualizado de identidad universal.

Aunque si viviera Adorno habría sentenciado que la salsa no era más que otro género musical perteneciente a la decadencia musical de la edad moderna, lo cierto es que las visiones elitizadas de la cultura no lograrían entender que la salsa a pesar de su origen subalterno y publicitario iría siendo apropiada por el devenir popular de las identidades postergadas, porque el sonero reflejará el acceso al corazón de pueblos castigados por la marginalidad y exclusión colonial. La salsa alcanza carácter universal porque significó para el reconocimiento histórico de la segunda mitad del siglo XX un producto cultural que acercó al “achorado” y a lo carnavalezco, al fiestero y al ser jovial, a la categoría de simbolizaciones artísticas con el derecho de ser oídas y masificadas por todos los públicos gregarios de la sociedad latina. Se puede decir además que la salsa ha cedido el predominio musical que ostentaba desde mediados de los 60s hasta inicios de los 90s donde se hegemonizó no porque otros géneros hayan superado el valor estético de la salsa sino porque los grupos sociales que se identificaban con la improvisación callejera irían cediendo la reproducción del corazón juvenil a otros estratos sociales más protagónicos, que ubicarían otros géneros musicales de menor valor cultural. Se puede decir que la diversión callejera, el auge grotesco y finadito que sería tema de las canciones de Héctor Lavoe y que inspiraría la formación idiosincrásica del “faite” del barrio, se desactivaría para dar espacio a registros musicales más estrafalarios que expresarían el cambio digital y antropológico que provocó la mass media.

Hoy la salsa brava es víctima de hibridaciones y fusiones musicales que no acceden al devenir radical de año anteriores porque la desencialización de la cultura popular padece también la mezcla y mestizaje ideológico de su tejido sociocultural. Hoy la salsa es producto romántico y anticuario de reuniones de oyentes que todavía quieren percibir la música universal del galán y delincuente seductor del barrio. Si doy espicificaciones para mi la salsa haya en el tiburón de Rubén Blades, en Lágrimas de su hermano, “Te Conozco Bacalao” de los maleados de Héctor Lavoe o Wlllie Colón y “Te regalo el corazón” del Gran Combo, y los ritmos de Anageles canales y los Maelos sus mejores notas…

2. En lo que respecta al rock este conoció su máximo esplendor y protagonismo mediático entre los 50s y fines de los 80s con el “heavy metal”. Si bien en sus inicios musicales representó el carácter rebelde de una sociedad juvenil crítica que minaba los cimientos del capitalismo del Estado planificador, lo cierto es que el desgarro espasmódico y violento que manifestaba el rock pronto se iría diluyendo en el grito esquizofrénico y oscuro del metal, lo cual iría relegando al rock a la condición de una cultura de secta y renegada como producto del derrotero revolucionario.

Al cancelarse todo ánimo transformador en la desmaterialización del ser cultural el rock padeció pronto su desconexión de la cultura popular de sus sociedades originales ocasionando la mutación de un código extraño y agresivo que impregnaría a la generación juvenil de desadaptación y desobediencia social. Creo que el “Heavy metal” sentenció y acabó con la síntesis cultural que en materia de música representó el rock, pues la disidencia misteriosa y renegada de su espíritu devino en reformismo cultural y en pérdida de energía de la cultura crítica. A medida que el escenario sociohistórico se carga de integración simbólica y ya no de emancipación estructural, lenguajes musicales con matices contestatarios pierden influjo y protagonismo cultural. Estoy en lo cierto cuando sostengo que la época escucha una música popular más acorde con las calamidades y dramas simbólicos de la existencia individual, y ya no presta oído a una música que despierta el alma colectiva, más que en ciertos casos aislados. La imposición de la deconstrucción por sobre la ontológía revolucionaria condena al rock a una existencia que no estaba a la altura del cambio cultural .

El rock requiere sensatez como su antagonismo en el mundo. Hoy no la hay. Hay demasiada trasgresión. La lógica no es ser rebelde el joven, en ello hay aún algo de racionalidad, espíritu, utopía, como que hace la “Sarita” en sus conciertos. Intenta no dejar de ser rebelde acercándose a una ensalada étnica de trasgresiones. pero ya los tiempos cambiaron. El joven en su mayoría trasgrede y eso implica no pensar y que no le importe hacerlo. Si sigue vivo el rock es por marca pero su espíritu ya paso. es sólo publicidad yanqui. (No soy muy instruido en el tema pero estuve cerca de fanáticos y se lo que dijo)

3. En relación a la balada se puede decir que esta proviene de la tradición angloamericana musical y siempre movilizó canciones populares cercanas al ser romántico y enamorador. Si bien no es el único género musical que transporta y dedica canciones al tema amoroso, pues en esta época postmoderna todo lleva la marca del frágil encuentro amoroso, lo cierto es que la balada es la que mejor comunica y ensalza la tragedia del dolor metafísico que expresa el amor.

Mediante la balada este mundo fragmentado y estandarizado empuja al actor cultural a una música contemplativa y solitaria que expresa las vivencias de un sexo separado y humillado por la inmadurez psicoafectiva que promueve la modernización reflexiva. El amor mediante la balada conoce un rostro demacrado por el no completamiento ontológico, un ser desterrado hacia las ensoñaciones de una vida que ha perdido el motivo para seguir, porque la melodía del corazón idílico comunica como única salvación y soportabilidad encontrar el escaso amor apasionado. En la medida que la balada retrata las evidencias dolorosas de una conciencia que cae derrotada por la soledad y desesperación metafísica, la música ejerce el poder de un calmante estético que hunde al ser social en la interioridad de un arte de ermitaños, aislados y golpeados por el “hechizo de la semejanza”.

Es el goce estético que provoca le arte conmtemplativo de la balada la que forja identidades capaces de ocupar toda su psicología – empobrecida por la insignificancia – de un idioma transcultural hábil en inundar al entramado social de locuras y aventuras seductoras. Más allá de que la balada implica soledad y aislamiento romántico creemos que representa un código que democratiza el derecho a ser amado en una realidad donde el amor se convierte en un bien elitizado y confiscado por los enclaves y monopolios aristocráticos.

Asistimos sin querer aceptarlo, a una silenciosa, pero contundente, baladización de los géneros musicales como único antídoto y veneno que distrae la conciencia de su responsabilidad de trascender esta cárcel de la mistificación cínica. El onirismo totalitario que mediatiza el amor socializa la creatividad de su impulso vital, pero también produce el mito de una idealización que colisiona con la exterioridad objetiva del capitalismo que no admite en su explotación productiva más que conciencias que descarten la salvación y redención democrática del amor. Hoy los baaladistas son los que menos saben del amor como experiencia vivida. Son los eternos dotados para enamorar pero desinteresados para quedarse con el objeto consumido del que luego se aburren y buscan otro. Por eso comparen la balada de los 70s, con la que parte de los 90s en adelante es poca calidad la de ahora.

4. La Bachata debo decir es el ritmo que de modo inesperado me ha impresionado en estos últimos años. Luego que lo arcaico cayera en los 90s con el declive de la salsa y el merengue (del que no he hablado), se produce como sabemos un impacto de licuadora en el mundo producto de las tecnologías de la información que me sugirió mataría la plasticidad de los ritmos cálidos. Pero no fue así. la vida se abre paso. y La calurosa más aún. La Salsa era para el cortejo, pero era algo de barrio y de familia. La bachata ha nacido para los aventados, para los que buscan aventuras y sólo quieren hablar con el cuerpo y se invitan con la mirada. Ese sonido nace de la fusión insospechada del merengue, la cumbia, el tango, la lambada y la salsa. Pero crea una fusión única donde el objetivo es la seducción, y que el cuerpo cree formas a medida que el sonido y los destellos tomen fuerza. Es un ritmo para la música reactive exclusivamente esa química pérdida entre el hombre, y la mujer, para que se enamoren, para que se exploren. La música sólo es viva si el cuerpo la hace real, la hace viva. Y hoy la bachata bien bailada y achorada es la mejor expresión de esta idea que procede de tiempos remotos y orgiásticos. Los grotesco como baile y sugerencia a lo desnudo y lo que sigue es lo más subversivo de este baile bachatero, que se ha vuelto carnaval hoy en Colombia como expresiones como la Champeta, que es un mate de risa.

5. En cuanto al reggetón se podría decir que es la mercancía cultural que mejor sintoniza con la dispersión cultural que sufrimos actualmente. Al acrecentarse la decadencia musical del horizonte postmoderno el reggetón ingresa en el discurso de lo real como un estupefaciente bullicioso y vulgar que rompe el principio de individuación y nos transporta al subsuelo de un devenir esquizofrénico y agresivo. Es el contagiante ritmo del reggetón y el baile enfático que provoca lo que lo acerca a una práctica transgresora que invita a la anarquía y a la delincuencia estética y gramatical. Es este ritmo musical el que mejor representa los profundos cambios simbólicos de la existencia cotidiana y marginalizada, y el que mejor expresa la resensorialización mediática de los submundos subalternos, golpeados por la pobreza estructural.

A diferencia del rock esta mercancía cultural no invita a la disidencia histórica sino a la reconstrucción ortodoxa de los convencionalismos de clase, como hecho latente que prueba el acercamiento democratizador de las clases populares al éxito y desarrollo económico. En la medida que la degradación lingüística y agigantamiento individual no pone en entredicho la tendencia de la subjetividad postmoderna hacia el reformismo cultural, se produce la desvalorización de la producción musical de la cual la mescolanza estridente del reggetón es la prueba fidedigna del desmantelamiento simbólico. El lenguaje anómico del reggetón lleva la marca del tribalismo asocial y violento que soportan las clases juveniles postergadas en un momento de desocialización musical y de ilusión tecnoarcaica . Pero el reggeton es un ritmo de dolor y desarraigo, de resentimiento de una juventud en medios que la sociedad oficial ni los pensadores entramos ni queremos comprender. Es el mismo coito en el cara de todos como simulación agresiva, de un carácter cosificador del cuerpo del hombre y sobre todo de la mujer. Ellos los adolescentes no le ven así por su puesto.

Música criolla y ethos musical andino.

Adentrando nuestro análisis de la formación musical en la historia social peruana sostenemos que la heterogeneidad sociocultural que ostenta la nación condiciona un diversificado repertorio de lenguajes musicales, que a no dudarlo recogen de un subsuelo rico en costumbres y tradiciones estéticas de carácter festivo y ritualizado que brinda alegría y orgullo patrio. Si bien la música criolla no expresa en su rica producción y estilos una unidad clara y determinada, pues ella es el resultado de una intensa creolización y mestizaje que tuvieron su locus territorial en la costa peruana, la verdad es que este horizonte pictórico y criollo si tuvo acogida en determinados recintos y lugares de la jarana hasta bien entrado al primera mitad del siglo XX, otorgando a la embrionaria formación sociohistórica un discurso nacional de carácter local y hegemónico.

Es diferente según mis alcances la trayectoria de la música andina la cual siempre estuvo confinada geográficamente al interior de enclaves gamonales de la sierra peruana, recibiendo la categoría de un folklore arcaico y tradicionalista que simbolizaba el dolor ontológico de una cultura aplastada por la dominación colonial. Si bien el ethos musical andino no se separa de las festividades patronales y de los rituales alegóricos, que conminan sabiduría milenaria con religiosidad sincrética, la verdad es que la agresiva modernización cultural iría deslocalizando y retratando escenarios bucólicos al mismo tiempo que los denodados esfuerzos del migrante en ámbitos urbanos hostiles a las idiosincrasias rurales. Los diversos matices de la música andina dibujan la armonía y la cercanía ontológica de una naturaleza amigable y a la vez hostil que moldean culturas atrapadas por el hechizo de narrativas mitológicas y panteístas que viven en equilibrio ecológico con sus territorialidades locales.

Pero es creo el impacto de la dominación colonial y de su aguijón cosmológico sobre las identidades andinas (quechuas, aymaras y amazónicas) la que convertiría el debacle histórico de la conquista en un grito silencioso y evasivo, triste y desconfiado, que retrataría la dolorosa pobreza de una civilización derrotada y exiliada, desprovista de una estrategia histórica para existir sin depender del discurso hipócrita y trasgresor de la cultura criolla. En la medida que la vida andina moraba en la sumisión objetiva la música de estos territorios iría reflejando las insospechadas transformaciones y audaces evasiones de una cultura que cuando decidió emanciparse del yugo servil del mundo tradicional se decidió por la creatividad histórica de la democracia populista y por la hibridación sagaz de sus matrices biográficas y culturales.

Para nadie es un secreto que “la otra modernidad” de la que habla el profesor Carlos Franco, o “el desborde popular” de Matos Mar simbolizan el desgarramiento optimista de una migración que rompió con siglos de retroceso y barbarie cultural, encontrando en la ciudadanía moderna la apuesta necesaria para hallar reconocimiento e igualdad democrática en un ambiente subalterno donde la hibridación mestiza diseñaría subjetividades acriolladas y empresariales.

Estoy en lo correcto cuando percibo en este ánimo musical migrante la recreación de universos folklóricos que emplean la reconstrucción cultural como una manera de resignificar un ethos cultural melancólico y de nostalgia por la tierra abandonada y una verdadera afirmación cultural de la vida andina en el entorno conquistado de las ciudades metrópolis. La música de Dina Paucar o de Sonia Morales sin dejar de simbolizar el dolor de la discriminación y de la pobreza social como producto de la migración, mas que ser una definición escéptica y pesimista reflejan el optimismo vital de grupos provincianos que han adaptado la modernización criolla y cosmopolita de las ciudades.

La música chicha, sobre todo la de “Chacalón” que imprime temas tristes y nostálgicos, irá siendo dejada de lado por la efervescencia cultural de la cumbia norteña y selvática, que es la que mejor representa el crecimiento y expansión económica de las cultura subalternas. En la medida que la vanguardia de la música popular peruana es la cumbia y las canciones folklóricas de la sierra, nuestra formación cultural estaría inmunizando contra el ritmo transgresor del reggetón que mantiene cautivo a un público eminentemente juvenil. Pero Chacalón y los Chapis son un tema aparte. Pues el Sr Lorenzo, del cual tuve el gusto de conocerle niño aún yo siendo salsero era el rapsoda musical de un migrante que tenía que soportar las duras condiciones económicas y culturales de acondicionamiento de los estibadores, comerciantes, paperos, criminales y madres en esos cerros de San Cosme del Pino donde se pueden sacar 100 mejores novelas que 100 años de soledad, con el perdón de Gabo, en los cielos

Pero volvamos a la exploración epistemológica de la música criolla. Actualmente la hegemonía localista y tradicional de la música popular criolla ha cedido frente al estruendo psicodélico de ritmo musicales extranjeros, que hacia mediados del siglo XX – a fines de los 60s – han arraigado en públicos masificados, eclipsando el poder jaranero y estilístico de los vals, boleros, polcas y ritmos mulatos que constituían el registro sonoro de clases populares que vivían de acuerdo a las pautas culturales de la snobista cultura criolla.

Mientras “la ciudad de los reyes” o la bien llamada “perla del Pacífico” no era más que una ciudad costera que centralizaba el influjo del gusto oligárquico, se respiraba el aire de una cultura unificada entre las clases aristocráticas y los tempranos recintos populares compartiendo un código común de personalidad criolla. Es la escisión criolla de la que habla el profesor Sinesio López, precipitada por el desborde migratorio de las identidades poblacionales de la sierra, es decir, la democratización de la sabiduría escéptica y del conservadurismo estético, lo que debilitaría el gusto barroco y elitista de la vanguardia criolla teniendo que soportar la arremetida híbrida del ethos cultural andino y de su específica visión de mundo de la modernización histórica .

Es la revolución estructural que experimentaría el universo criollo-popular la que provocaría su expansión autoritaria y exclusivista en las mentalidades subalternas resistiendo obstinadamente en un pasadismo y nostalgia aristocrática que todos desean pero que representa racismo e intolerancia social. Para finalizar este acápite, creemos que la difuminación del gusto criollo en una cultura de masas es lo que explica la disolución de la canción criolla, convertida en un marco nacionalista que sigue comunicando el otrora poder de grupos selectos y reacios al cambio democrático. La música criolla si bien sigue despertando el vivo interés de los arqueólogos de la cultura, sostengo que ya no simboliza la vanguardia musical de las clases más pudientes, pues éstas han abierto su escucha a ritmos más desterritorializados coqueteando con la sonoridad popular. Si quiere sobrevivir debe renovarse y hacer de la marinera, el festejo el alcatraz, y esos ritmos que tanto despreciaba Pardo y Aliaga músicas que se reconecten con la tierra del Perú actual, deben dejar de ser danzas de colección o rituales, iguales a las de la selva o de la sierra. En este intento hay varias insolencias de mi parte. Pero un país requiere sentimientos que se expresen un una escucha a través de la expresión de un cuerpò musicalizado. Y acá de sobra ritmos hay. Pero ritmos atrapados en el tiempo remoto y de los museos para gringos. Si no hay musica de calidad hay vergüenza, y por lo tanto fuerza en el racismo. Yo lo he visto. Por eso hacen tanto negocio las discotecas.

Postmodernidad y música:

En los paisajes inciertos de una cultura líquida la música evidencia el irrebatible devenir de un capitalismo cínico y descentrado que ha abandonado la dominación planificada por un organismo que deshace la organización eminentemente administrativa en diversos circuitos y nodos reticulares donde todo es sensoriedad e intuición desbordada.

Es esta una época de persecución de la música contemplativa y destemporalizadora del mundo moderno por una experiencia sonora donde la conciencia sufre el espasmo de la desindividualización, y cada psicología es rebasada por una acústica sin raíces y de felicidad paradójica. El tiempo autoritario es diluido en un sin fin de experiencias locales y corpusculares reflejadas por una música postmoderna que nos transporta al origen arcaico e intuitivo por vía de micro ideologías digitales que se arraigan en el alma a costa de enceguecernos con su andar y supuesto desenfreno.

Nada se detiene, todo pierde su flujo ontológico y cada conciencia se evapora para recaer en la adicción a un mundo psicodélico y supraestético donde cada cuerpo baila y se contonea seductoramente. El arte ante el desvanecimiento de la estructura de la modernización genera una identidad que padece el cáncer de la desmaterialización y de su hechizo abstracto, donde cada individuación percibe el estigma de la forma estética como ilusión que ayuda a soportar la alienación objetiva.

El hechizo musical aparte de empujarnos fuera de la estandarización tecnocrática haciéndola más confortable, representa la desilusión de la aventura dialéctica, convertida ante el stock de discos musicales en una figura autoritaria y cruel de una subjetividad enmohecida. El totalitarismo de la música devuelve a la experiencia biográfica a un estado de renuncia moral, donde los contornos objetivos del principio de individuación se evaporan en el corazón arcaico y primordial de donde proviene todo, pero al precio de dejar intacto e inmaculado el poder autocomplaciente del yo aburguesado y ejecutivo que explota y saquea la vida.

La música no es libertad sino sólo renuncia y postergación meliflua de un estado atomizado donde la existencia individual conoce la huida sensorial a la jaula de hierro tecnoburocrática sólo a través de un conjuro ideológico que transporta al oyente hacia la calidez irresponsable de la paralización narcisista. El espasmódico sabor de una vida musicalizada nos desengancha de las responsabilidades de contribuir con las exigencias del trabajo en una sociedad desarrollada, pues las excentricidades de una cultura esquizoide contienen los deshechos de la utopía histórica y toda la rica intencionalidad de las neutralizadas y auténticas liberaciones modernistas.

La música psicodélica y esquizoide de estos tiempos postmetafísicos nos sumerge en la experimentación de un sueño ideológico que simula con su falsedad esotérica y alegría autocultural lo cercana que se halla de sustituir la felicidad de la sociedad por el pastiche artificial y excitante de un arte que se sale de la exposición artística y se traduce en manipulación estética. Más allá de que la lógica del deseo desenfrenado apertura una retórica maquinal del arte corporal que masifica las bondades de una satisfacción sofisticada, creemos que tal jovialidad sólo consigue la infantilidad y el retroceso inmaduro de la personalidad acercando la experiencia racional a una vida liberada del juicio ético y en concreta confabulación con la injusticia material.

El arte como experiencia erotizada y en directa democratización del espacio público maquilla y oculta diplomáticamente las escandalosas postergaciones socioeconómicas, dirigiendo la energía del éxito individual hacia la consecución de una cultura que rinde culto al empobrecimiento y a la insignificancia cultural como único camino para exiliar de uno mismo todo atisbo de aburrimiento y conservadurismo moral. En la medida que la sociedad recibe el impacto de la ideología estética la alienación objetiva es una condición de la explotación que los sometidos y olvidados buscan asegurarse a como de lugar, por lo que prefieren la mistificación al vacío que reporta no ser nada en este mundo de esclavos. La música adorna la deliciosa cosificación.

En este desierto que se extiende en la mente. La vida no tendría sentido sin la música… Algo así decía el bigotón del martillo

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Historicidad y juventud en el Perú contemporáneo

by on Ene.15, 2011, under Sin categoría

Lo que nace debe quemarse hasta los huesos. La piel no el verbo

Lo que nace debe quemarse hasta los huesos. La piel no el verbo

Ronald Jesús Torres Bringas
ronsubalterno@gmail.com

Lucha de clases y juventud popular.

Propiamente el auge de la sociedad desarrollista prolongo durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial un consenso entre la democracia y el capitalismo que promovió la difusión de los derechos sociales y económicos. El Estado oligárquico que había contenido el impulso histórico sobre la base de una sociedad tradicional y feudalizada, no pudo detener la movilización histórica de nuevos agentes políticos que presionaban sobre los cimientos del antiguo régimen para inaugurar una nueva relación Estado y sociedad. Si bien el Estado planificador fue creado para neutralizar socialmente la ola participativa de las demandas democráticas en todo el globo, poco a poco en las sociedades dependientes o colonizadas paso a ser un agente dinamizador de primer orden, que perseguía subordinar el sistema productivo a las peticiones socialistas de los actores populares y clases medias. Si era necesario transformar la sociedad para alcanzar el desarrollo moderno, esto implicaba involucrar a la sociedad movilizada en los planes de reestructuración socioindustrial de la realidad periférica, una realidad de enclaves económicos retrógrados que habían sumido en la miseria y la explotación a la sociedad colonizada. Como la fluida migración sobre las ciudades había inaugurado una presión política sobre la capacidad económica del sistema social, esto produjo una serie de mutaciones étnico-clasistas en el tejido social tan insospechadas que la sociedad planificada tuvo que hacer frente al nacimiento de nuevas e imprevistas necesidades de calidad de vida, que el viejo y bien intencionado Estado populista no pudo interpretar, ni siquiera satisfacer.

En principio estas necesidades homogéneas eran resueltas sin mayor problema por el Estado nacional-popular, pues todas se dirigían a colmar el auge de peticiones sociales que se reducían a mejorar las condiciones de vida de la población pauperizada, pero en cuanto el consumo abastecido provocó la conciencia de un individuo indemnizado por un sistema productivo que trataba de diezmar socialmente la politización clasista de la sociedades populares, surgieron cambios y mutaciones culturales inexplicables en el cuerpo social con la intención de fragmentar culturalmente la unidad de un movimiento popular que sobrecargaba y desestabilizaba la esfera pública. Esto en los 70s. La racionalización y burocratización del viejo Estado populista conseguía ciertamente subordinar su actividad a las órdenes de una sociedad organizada, pero el resultado inesperado es que la atmósfera cargada de novedad y emancipación generaron la producción de una tradición individual que se desconectaría de los marcos de socialización clásicos, posteriormente cuando el mercado autorregulado desmantelaría la organicidad de una sociedad desguarnecida. La embrionaria sociedad industrial de Velasco y compañia, que perseguía construir una ciudadanía inclinada a proteger bienes nacionales permitieron contradictoriamente el nacimiento de una intersubjetividad proclive a reproducir valores y sistemas de significación acriollados que habían legitimado en la etapa oligárquico-feudal anterior la reproducción de un tejido social conformista y desvinculado de identificaciones nacionales. Es decir, el ataque estructural que promovió la semántica del desarrollismo no consiguió desactivar la gramática de la dominación criolla, debido a que los significados existenciales del sistema educativo tradicional, que habían prometido la inclusión cultural del poblador discriminado en la cultura real, infiltraron como pautas de comportamiento oficiales valores y prejuicios criollos que facilitaron la dación de una socialización marcadamente comprometida con la reproducción de un hedonismo festivo y un individualismo grotesco. Es esta supervivencia de residuos egocéntricos en la mentalidades populares la que facilita la recuperación de un imaginario conformista y autárquico que fue disimulado en principio por la avanzada clasista, pero que ulteriormente irrumpió y se democratizó cuando los signos de debilitamiento de la lucha de clases legitimaron la imposición de una ontología social desconectada de los cambios materiales e institucionales. Estos prejuicios fueron inuculados por la propia educación formalizada que la oligarquia introducía en las sierras para blanquear a los siervos.

La resistencia inesperada de un ideario criollo, que cedió provisionalmente cuando la motivación clasista e histórica del sindicalismo logró el consentimiento de las categorías populares para extraer del antiguo régimen las evidencia palpables de un industrialismo de enclave y reducido, regresó como una subjetivación modernista que racionalizó y naturalizó la preservación de una actitud ontológica de la cholificación, propagandeando un ciudadano consumista que jamás quiso reconciliarse con objetivos comunitarios de progreso y bienestar objetivo.

En otras palabras, mientras la ideología clasista removía los fundamentos de un orden social francamente opresivo y humillante de la realidad nacional, las clases populares percibieron los cambios sociales como acciones políticas dirigidas a restituirle democráticamente el liderazgo de un proceso socio-productivo capaz de hacer progresar ontológicamente a la sociedad nacional, pero que al agotarse delataron el secreto compromiso de las identidades domesticadas con un discurso de sometimiento y de reacción que había estabilizado para ellos durante siglos una identidad que otorgaba socialmente certidumbre y felicidad mezquina. El sórdido distanciamiento cultural de las mentalidades sometidas de un proyecto de nación que buscaba justamente liquidar un orden cultural que los esclavizaba simbólicamente durante generaciones, provocó el retorno represivo de este orden sofisticado bajo la apariencia de las transiciones a la democracia, que mantuvieron intacto el consumismo barroco y popular, y la enemistaron con una ciudadanía crítica que era percibida como demasiado confrontacional y aburrida, como para ser adaptada como patrón de desarrollo cultural. Los sometidos querían ser individuos y no comuneros nacionales

El clasismo concita la atención de los océanos de la dominación porque el criticismo que lo inspiraba logró identificarse como un discurso innovador y juvenil que fue asimilado apropiadamente por las capas populares; sin embargo, en cuanto el tono modernizador del clasismo se transfiguraba en una violencia subalterna imprudente y temeraria perdió el compromiso de las bases sociales porque este discurso milenario atacaba la sustancia misma de la identidad biográfica.

El individualismo que surgió de las ruinas del antiguo régimen de producción material traslado a los escenarios simbólicos las formaciones socioculturales de la dominación criolla, desterritorializando los discursos del poder y volviendo obsoletas las estrategias de cambio estructural, pues el edificio social se culturizó y estalló en una real microfísica del poder simbólico. No sólo supervivieron ingenuamente, a través de este individualismo evanescente los repertorios arcaicos del viejo orden, sino que además la hibridación cholificante y los sincretismos acriollados que las categorías populares desenvolvieron para vulnerar las murallas del poder, se concentraron en la carcasa de un criollismo abstracto y desterritorializado que condenó a la bancarrota todo intento de hegemonía popular auténtica y democrática. La ruptura generacional que el sindicalismo clasista logró incluir en las mentalidades que cargaron con la responsabilidad del cambio histórico, confinaron al romanticismo utópico de la juventud al culto ahistórico y despolitizado de la sociedad de consumo, sobre todo cuando su versión mediatizada logró fabricar un esquematismo esteticista que aseguró irreversiblemente la hegemonía del elitismo burgués criollo.

El cambio generacional que intentó consolidar el desarrollismo fracasó porque la cultura racional no rompió con la biografía escolástica y conservadora del viejo orden que rápidamente en un escenario postmoderno o de desdibujamiento de la narración moderna se organizó en un conocimiento mitológico que libró la conciencia económica de los lazos de la tradición, pero que mantuvo intacto la herencia cultural del barroco colonial, que se transmutó en el desequilibrio libertino y cínico de la cultura criolla postmoderna; garantizando con esto la lealtad de una identidad juvenil cuya rebeldía natural jamás conocería una forma ideológica, pues los controles líquidos del biopoder capitalista la desconectarían siempre de una reconciliación historificante con la estructura social mercantilizada.

En las sociedades populares la juventud no comporta un espacio legítimo de preparación para la vida social formalizada, sino una concreta experiencia de postergación y exclusión generacional, sobre todo cuando las evidencias de un poder corrosivo e inestable condenan a la inmadurez estetizante y desinformada a todos las canteras juveniles que debería instalar su creatividad histórica en los intersticios de un sistema social reconciliado con sus sueños y expectativas, y no ser como es una edad absurda y desfijada a la cual se le castra la motivación reflexiva por el peligro de una renovación soberana y nacional del ideario. No estoy en contra de la jovialidad y apasionamiento juvenil, pero creo que al no ser sublimada en instituciones acorde con el desarrollo del edificio social, y al ser detenido en el culto a un estilo de vida muchas veces desorientado e irracional que carece de significado y compromiso racional con la totalidad, se condena a la marginalidad generacional a toda una vitalidad histórica que debería conocer los parabienes de la autonomía y la felicidad ciudadana. Al ser mutilada la base económica industrial que debía haber servido de garantía para el resignificamiento histórico de la juventud esta deambula en el vacío y la desarticulación del giro postmoderno, sin poder concretar su progreso objetivo, o lográndolo a costa de la cosificación e instrumentalización de su biografía vital. El clasismo de ayer era en esencia fervor juvenil con ropajes demasiados pomposos e impropios para lo que debía ser leído en el el Perú.

Imaginario juvenil y crisis epocal.

Como habíamos visto en la sección anterior el desarrollismo logró emancipar la fuerza laboral de los resquicios premodernos de la feudalidad sin haber consolidado una mentalidad secular acorde con el progreso industrial de la sociedad popular, lo cual se tradujo en muchos casos en no haber podido superar cualitativamente una gramática del poder simbólico, que ahora en plena modernización tecnocrática retornaba como ethos religioso o moral cínica subordinado a los impulsos ahistóricos de la sociedad de consumo. El humanismo recalcitrante y pictórico de la sociedad oligárquica, que en muchos casos detuvo cognoscitivamente el proceso de cualificación productiva del sistema industrial, no consiguió ser atravesado por la moral de la efectividad neoliberal, que ha devenido con el tiempo en una pastoral profesional que arroja al mercado laboral a un ejército variopinto de profesionales incapaces de adaptarse a la desalmada competitividad laboral, no sin antes corromperse y reproducir un ideario organizacional mafioso de clientela y patrimonialismo. La brutalidad simbólica en la carrera pública del conocimiento es tan informal pero a la vez instituida con tal aplomo que la juventud tiene que reproducir esta moral del delito y de la clandestinidad sino quiere ser desplazada como una ideología criticona y romántica, y por consiguiente, ser expulsada del mercado laboral que reproduce los monopolios culturales de la elite nacional.

Sin extraviarnos en discusiones inservibles, creo que el surgimiento de las precisas necesidades juveniles en las sociedades periféricas fue un resultado de la descomposición de la sociedad planificada y del Estado proteccionista, que ciertamente en su mejor momento logró canalizar y afianzar las expectativas históricas de la avanzada juvenil, entregándole referentes culturales a los cuales comprometer su adhesión cultural. La mediatización cultural y el atractivo de una pedagogía modernista en el seno de las relaciones sociales provocaron el desarrollo de una subjetividad que apoyó los cambios revolucionarios de la modernización social, con el objetivo de constituir una ciudadanía nacional-popular, pero que al erosionarse la objetividad de la base económica quedó expuesta ante la segregación simbólica de la mass media que empieza a fabricar las subjetividades y disposiciones culturales acordes con los intereses de la representación trasnacional. El doloroso parto de una institucionalidad moderna que fue liderada por la juventud clasista, que creyó en el cambio social desarrollista, no concitó el atractivo posterior de las sociedades populares, pues esta secularización se rebeló como un proyecto de estandarización imperante incongruente con el ethos barroco y religioso de la periferia latinoamericana, que se resistió a ser pasada por el cedazo de la racionalización cultural.

Al no capturar la atención racional de los actores de las sociedades populares poco a poco las motivaciones oníricas de la avanzada juvenil empezaron a separarse del control obsoleto de la economía industrial, quitándole legitimidad y abriendo en plena incitación de una sociedad desmantelada una cultura postmaterial que facilitó de ahí en adelante el consentimiento de las individualidades populares a todo tipo de chantaje y bloqueamiento semántico por parte de las aristocracias mundializadas. Cuanto más las necesidades postmateriales edificaban una cultura de consumo, que ocultaba con la homogeneización digital una sociedad profundamente asimétrica y desigual, tanto más se procedía a la destrucción de las conquistas y organicidades subalternas de la industrialización, sin que la cultura defendiera la base material objetiva que hace posible la real secularización de las conciencias.

Al derrumbarse los fundamentos sociales de la narrativa industrial fue sencillo para el ajuste estructural de los 90s concebir una relativización y caotización simbólica como campo de los profundos esfuerzos psicológicos para aferrarse a la economía formal licuada, sin tratar de subvertir los perfiles objetivos de una formación social culturizada y radicalmente fragmentada. Al arrancar a la juventud de la fiscalización democrática de los sindicatos, no sólo se procedió al descuartizamiento legítimo del Estado nacional-popular y de su economía social, sino que además esta medida corrosiva facilitó la invención de un estilo de vida marginal a la cultura adulta oficial que fue tolerada como fase de preparación y capacitación para la vida adulta formalizada, pero que en realidad se delataría como un estricto mecanismo de divorcio de la historia concibiéndose todo un sistema de significados y de energías culturales juveniles apartadas de su realización económica y cultural.

Este control y legítimo divorcio entre la economía monopolizada y la sociedad juvenil fue concertado porque en el período de la modernización autoritaria el disciplinamiento de las fuerzas sociales había producido la radicalización de las vanguardias juveniles, lo cual fue revertido cuando la despolitización y ulterior atomización mediatizada conformó una individualidad distanciada de su ejercicio ciudadano e inclinada a reproducir una cultura anómica y transgresora. La consiguiente violencia y desubicación de los rostros juveniles en el escenario de la crisis epocal de los ochenta no se traslucía en un ejercicio temporal de desadaptación premoderna, sino que tal inmadurez de las generaciones sometidas fue desdeñada intencionalmente para justificar los crueles controles y represión de las clases dominantes en el cuerpo amedrentado de un joven que devoraba transgresión e irresponsabilidad. Las pandillas y las entregas de varios jovenes a la lucha armada son prueba de ello.

Al contenerse el desarrollo filogenético de la juventud y convertirlo en una descarada cultura juvenil divorciada de todo compromiso con la totalidad, se combate crudamente todo intento de rebelión aventurera por parte de las nuevos talentos juveniles como formas desviadas e infantiles de realización individual que deben ser aplastadas pues degeneran en criminalidad y subversión del orden existente. Como el desastre de la política económica había impactado en una población mayoritariamente empobrecida, lo que devino en protesta y disconformidad política, se procedió a reforzar el proceso de disgregación cultural, iniciado por los medios de comunicación, como una forma de contener discursos insurgentes que pudieran reconstruir la elitización de la cultura oficial criolla.

El plusvalor juvenil al ser sublimado segmentadamente por el cedazo de la burocratización profesional se asegura la riqueza creativa y tecnocrática de la juventud a las órdenes del capitalismo, lo cual además ocasiona indirectamente todo un ejército de desposeídos culturales que ven como la aventura de ser joven realmente se desvanece en las instalaciones de la elitización y madurez aristocrática, aún cuando la infantilidad y la desinformación cultural son desperdigadas con suma violencia y frívola aceptación pública. Es decir al confeccionarse un sistema socioproductivo estrecho y mezquino de las necesidades democráticas se obliga a las identidades populares a asimilar la mecánica de la dominación empresarial, conformando un mosaico diverso de inteligencias microempresariales que violentan el espíritu social, sometiéndole a los dictados de una plantilla individualizante que disuelve las seguridades y cohesiones del sistema anarquizado nacional.

La crisis epocal que devastó los sueños y expectativas de una avanzada juvenil que había apostado por la revolución social, no fue un resultado de una natural descomposición o envejecimiento de la estructura social, al no conseguirse la contundente secularización de la cultura peruana, sino el complot y cruel represión de un Estado neoliberal autoritario que para reorganizar la economía peruana en función de los intereses privados inauguró una relación policíaca con la sociedad civil a la que tuvo que perseguir desde entonces hacia los confines de la cultura popular para garantizar su adhesión incondicional y su legitimación tecnopolítica.

Toda la posterior descomposición de la sociedad peruana se rebelo como el proyecto de poner en paréntesis perpetuo una forma de razón populista que había logrado el pacto entre la democracia y el capitalismo, pacto que debió ser barrido violentamente aun ante la disconformidad y resuelta oposición de una sociedad joven que vio como la inspiración desarrollista era aplastada por una globalización incipiente que había concitado una alianza secreta con las elites tecnoburocráticas, el empresariado y las clases medias escribales, antaño aliadas del populismo iconoclasta. En este sentido, si bien el ajuste estructural sólo buscaba transmutar la estructura económico-político del populismo, dejando la reproducción de la cultura a una cuestión de elección privada, si que enfatizó el desarrollo de un poder cultural en red que vigiló y sometió desde entonces a las subjetividades rebeldes a un proyecto de mercantilización de los espacios interiores y de la cultura, que, por consiguiente, convirtió al ser juvenil en un estilo de vida inconsecuente y desconectado del proceso social degradado.

Es lógico suponer que esta lenta reestructuración de la sociedad peruana produjo una transición accidentada del espíritu social para adaptarse al mensaje empresarializado, lo cual ocasiona una coacción agresiva de todas las demandas y reivindicaciones juveniles que había dinamizado la sociedad democrática, coacción que lentamente modificó la actitud ontológica del joven a venerar un cascarón individualizante que es sólo una distracción y una farsa en la selva de la competencia y de la mistificación social. Como gran parte de la juventud fue disuadida de su compromiso con la esfera pública pues el sacrificio clasista había olvidado la sensoriedad del ser juvenil, es lícito suponer que paulatinamente ante el envejecimiento del pensamiento negativo el joven empezara a buscar discursos político-culturales más apropiados con sus ambiciones de realización cultural, en un escenario donde dichos bienes culturales se elitizarían en corazas aristocráticas y la juventud se iría concibiendo como el más grande y vital intento de romper con los prejuicios étnico-clasistas desde un romanticismo sentimentaloide e inocente.

La rebeldía natural de un joven al que se hace madurar como sujeto de consumo y no como ciudadano crítico, lo arrojan a una sociedad anegada de estimulaciones y necesidades bioculturales diversas donde el sueño de reconciliación y felicidad paradisíaca es cohibido por la necesidad de tener que sobrevivir y ser aceptado en la complejidad capitalista. El joven acepta resignado como toda aquella promesa de realización individual es abortada concretamente y el apetito de realización dialéctica es expectorado por una identidad decepcionada que tiene que aprender a soportar las depravaciones del mundo administrado, que trastorna al individuo en una cruel falsedad y humillación fáctica. Es entonces que la juventud al ser un discurso bloqueado por la involución de la estructura productiva se ve obligada a abandonar sus sueños originales y subordina maquinalmente a una sociedad mercantilizada que lo vacía y lo vuelve en un ser en donde avanza la dureza de la insignificancia.

Generación X y brecha generacional.

El molino satánico ha hecho desaparecer en el agigantamiento individual toda el imaginario colectivista juvenil de la etapa anterior, empezándose a construir una personalidad que es responsable del drama de la instrumentalización, aun cuando es víctima del impacto desolador de la razón cosificadora. Esta concientización de la tragedia de la cultura- el malestar de tener que reproducir conscientemente un patrón de explotación por mor de la sobrevivencia- coloca a la juventud como identidad parcializada con la opresión, ya que su desplazamiento objetivo toma conciencia de los atropellos de la razón capitalista, reapropiándose de la estrategias de vigilancia y cosificación, y reproduciendo con esto un principio de realidad cínico que hace al joven irresponsable parte del juego de poder del entramado social. Es decir en una sociedad tradicional donde el desarrollo del individuo esta adscrito a una lógica autoritaria de modernización sólida, la personalidad es un producto político de la razón populista y por lo tanto víctima de la represión autoritaria. En cambio, en una sociedad desmantelada donde las relaciones socioculturales de producción postmoderna bloquean el discurrir de las fuerzas productivas, que se mantienen en la involución material desindustrializante, la personalidad aprende a navegar en la organicidad compleja y del relativismo cultural, y es un producto del aflojamiento esquizofrénico de los sistemas de significación que tiene a la conciencia adicta a una racionalidad del deseo y de la estimulación constante que se convierte en la única identidad segura que otorga sentido de pertenencia.

En esta realidad licuada hasta la raíz donde la fuerza de la enajenación es combatida con la estetización de la experiencia vital, la juventud halla un rol primordial en la autoconformación, pues en ella se depositan todas las realizaciones utópicas y en ella reposan todas las empresas verticales de las potencias vitales. La juventud es el lugar efímero de la materialización de la felicidad, y por tanto, el núcleo no deseado de lal extraviada razón histórica, la cual se le arrebata con la proliferación de una heterogeneidad que vive apertrechada en un existencialismo regresivo y en una atomización desesperante. Todo intento de transmutación de los valores degradados del nihilismo metafísico conoce en las existencias juveniles la represión y las torturas viles de la razón tecnomediática que sepulta en las selvas del lenguaje desrealizador a toda la rica verdad creativa de la juventud; sólo la intensidad historicista, que es reprimida hasta la saciedad por la seducción publicitaria y los signos deliciosos de la delincuencia digital, es capaz de vulnerar la estructuras monoculturales de la dominación burguesa y desencadenar un proceso de sostenibilidad juvenil que altere los prejuicios y aquella criminalización de la rebeldía que desarrollan los sistemas de significación formalizada.

Si bien hasta la fecha la juventud sólo ha desarrollado una agresividad transgresora y una delincuencia estética de la corporalidad erótica, que sirve de justificación para los rastrillajes policíacos que el Estado autoritaria ensaya a través de pedagogía mediática del oprimido, se percibe toda una adaptación psíquica a los entramados y coordenadas del mercado, como un procedimiento que estaría acortando la brecha generacional que se percibe en la aún conservadora y barroca cultura urbana peruana.

Como la unidimensionalidad del sistema productivo orquesta un sistema de consumo sumamente estandarizador de las peticiones juveniles se provoca una rotunda diferenciación de los rostros sociales de la juventud en cuanto a sus expectativas de consumo, y en su intento de evadir audazmente los sistemas anticuados de la sociedad de conocimiento. Esta habilidad para modificar en provecho de su deseo los mecanismos unilaterales de la seducción mediática es procesada como una conducta anómica, desacreditada por la cultura oficial y la que la reduce a una suerte de generación X preocupada sólo por el disfrute narcisista y por la maximización desbordada de los impulsos. Tal contención adialéctica de la razón juvenil que se lleva a cabo para prevenir el cambio radical de los sistemas de conocimiento y para cohibir a una posible ruptura en los modelos de desarrollo social, crea una identidad profundamente arrojada de la estructura social convencional, causándose una cultura paralela que abraza el facilismo del delito o la regresión a estados bárbaros del saber social como son las tribus urbanas.

Como el acceso al reconocimiento social se estrecha y éste comulga con la fórmula arbitraria de la reafirmación individual, se hace permisible la desprotección cultural de nuestros jóvenes que obligados a supervivir material y culturalmente son puestos a prueba por una realidad empobrecida que colinda con la absurdidad y el vacío sistémico. El joven en la actual etapa de desorden global abraza fervientemente la felicidad paradójica de los sistemas de consumo pues prefiere el síntoma de la alienación embrutecedora a tener que experimentar el vacío de la soledad fáctica o cualquier aventura descarriada que sólo aísla a la sensibilidad juvenil de los nichos vitales de la reconfortante socialidad. El cinismo del holograma delicioso es preferible que no tener nada.

Por eso es que se conjetura en el recorrido de estas reflexiones que al arrebatarse la joven la palabra, por el miedo al desborde generacional del sistema anarquizado nacional, se produce una subjetividad descarriada que abandona todo compromiso con una realidad que la golpea y la sentencia a la incompletad ontológica. El deseo de abandonar la nada del cuerpo sin órganos (Deleuze) postmoderno facilita la comulgación de la cultura juvenil con toda una variedad de dispositivos distractores de la industria cultural (Adorno) que ahogan el reclamo irracional en la mazmorras pestilentes de la locura o de los alucinógenos desrealizadores.

El vínculo estrecho de las subculturas juveniles con toda una iconografía subterránea de la contracultura confirma el desarraigo peligroso de la juventud hacia un surrealismo militante y existencial que estaría decidiendo el modelamiento de una conducta enferma y distorsionada. El espasmo de las corrientes contraculturales a la hora del desatamiento rockero confirma la tendencia de una avanzada juvenil regresiva que prefiere el desahogo violentista a tener que socializarse en una realidad falsa hasta la raíz. Aun cuando este vitalismo hostilizado evidencia el reproche de un espíritu profundamente golpeado por la pobreza cultural creemos que la juventud debería comprometer su disconformidad a un proyecto político en vez de ser devorado por la apócrifa y agradable sociedad del consumo masificado. El cuerpo rebosante de calidez no recibe lo que llega y lo hace vital con la tradición, pues la desconoce. Nuestras fusiones y sonidos de alcantarillas y de protesta son inaudibles pues no se conectan con la piel de una sociedad a la que no se le ha recuperado su forma de amar y de ser sensual. Lo nuevo sigue de lo viejo, lo descubre y lo reinventa, como el eco desolado del Cóndor en las montañas. ¿que instrumentos te recuerda su aletear?… No hay nada rebelde en el punk o en el hardk solo copia y sonido de pesimas bujias….

El solitario albergue de una identidad ahistórica en los circuitos de la digitalización no sólo comprueba el reformismo de la vanguardia juvenil que aceptan simbólicamente las normas del mercado, sino que además comprueba el acendramiento de un ethos criollo que ha conseguido la total adhesión tecnocrática de los sectores juveniles, ahogando en la resignación embrionaria todas las justas aspiraciones de un joven que sólo desea cumplir normalmente su papel socializador en la estratificación social. La amputación de los sentidos en la división global del trabajo demuestra que el asfixiamiento de los sueños de privacidad conduce a la imposición de una jerarquización de la cultura radicalmente unida a un racismo de la experiencia individual y social.

El hecho de que se haya naturalizado esta guerra simbólica por el gobierno de la cultura en los intersticios de una sociedad administrada no justifica el hecho de que se tiene que ensayar una cirugía reeducadora que democratice los sistemas de significación y debilite los enclaves raciales de la razón colonial. Se hace necesaria una violenta reacomodación de estructura cultural para permitir cerrar la brecha generacional y así desvanecer el arraigo de un ethos tradicional y mediocre que ha condenado a la cultura juvenil a una posición de moratoria social permanente. En tanto no se construya una estructura socioproductiva que concite el involucramiento filial de las poblaciones juveniles se les arrastrará inexorablemente a un estado de exclusión intergeneracional, que naturaliza como algo institucionalizado para ocultar la ineptitud de una sociedad aristocrática para producir oportunidades laborales.

Cometer parricidio.

Como diagnóstico psiconalítico el postestructuralismo recomienda asesinar al padre metafísico como única estrategia deconstructiva para debilitar la violencia de la razón instrumental. Como el cáncer que derruye la identidad es la tendencia enajenante a obedecer la ley traída por el adoctrinamiento paterno, el psicoanálisis recomienda subvertir la gramática del padre abstracto para liberar las coordenadas intuitivas de sus captores racionalizados, y así irrumpa una socialización sensorial más multifacética y desacomplejada. Al representar el padre la autoridad artificial que condena a la postergación lingüística a todo el escenario utópico previo de la infancia es necesario vulnerar la codificación formalizada que su presencia representa para permitir la expresión exterior de toda la rica sensoriedad agazapada en los rincones de la irracionalidad y el clandestino deseo perverso.

Mientras la represión unidimensional del capitalismo recree una conciencia cuya biografía es una construcción socializada llena de complejos y actitudes instrumentalizadotas, siempre la edificación de la identidad sometida tendrá que rendirle veneración a un poder abstracto que la lleva a la rivalidad y a la manipulación cultural contra todas las otras identidades sumergidas en la lucha por la supervivencia. Si bien el joven expresa su desacuerdo emocional hacia la razón instrumental, a la cual califica de hipócrita y excesivamente severa, pronto su resignación a tener que supervivir lo descolocan de empresas rebeldes, y toda esa disconformidad reviste los ropajes de una personalidad madura y realista.

El dolor subjetivo de acallar todos los reclamos de su espíritu interior cuando este identifica las agresiones formalizadas de la maquinaria lo trastocan en un atleta de la empresarialización capacitado para el embuste y el intercambio pero siempre dándole la espalda a sus inclinaciones emocionales que sólo conocen el desahogo libidinal y perturbado de los impulsos vulgares y ahistóricos. La expulsión sistemática de la juventud de las instalaciones de una modernización reflexiva, llena de perfidia y abusos, garantiza el sometimiento posterior del compromiso juvenil a los dictados de la descarada formalización que convierte toda su iniciativa utópica en combustible tecnocrático de la realidad administrada, cuando debería redefinirla.

Es la amenaza de quedar fuera de la alienación objetiva, el precio que hay que pagar para existir en el concierto infinito del biopoder capitalista, lo que fuerza a las identidades juveniles a tener que alcanzar la madurez racional, aunque este proceso la conduzca al peligroso submundo del desarraigo y la desintegración afectiva. El convencimiento publicitario de que en este mundo reificado el éxito económico conduce livianamente a la felicidad simbólica, se desfigura tan pronto las distorsiones caóticas de la trayectoria vital delatan que la eficacia administrativa no es el camino a completar la dialéctica psicológica, que despierta ignominiosamente, sino una opción equivocada que lleva a la soledad y la vacío cosmológico en una realidad privatizada.

Aun cuando las sociedades postmodernas experimentan una revitalización de los sentidos, despertar posibilitado por la juvenilización tecnomediática, lo cierto es que esta inmadurez romanticoide no habla de un proceso de enriquecimiento ontológico de la realidad administrada, sino de un acomodamiento ideológico de los sentidos ampliados a los dictado del sistema productivo, que a medida que se desmantela expone la joven a un clima de incertidumbre y falta de oportunidades simbólicas reales. Cuanto más la vigilancia y persecución de los dispositivos del biopoder modernista se extienden hasta las intimidades del ser juvenil, con el propósito de aplastar las posibles rebeliones culturales, y así expandir la esclavitud gramatical a sus conciencias, tanto mas el joven irresuelto huye hacia las profundidades de la vida privada y de la irracionalidad, restándole legitimidad al orden capitalista, y envolviéndose en un autismo social irreflexivo que lo comunica con la violencia y el delito ontológico.

La guerra simbólica en la cual es arrojada la identidad juvenil institucionaliza la desrealización de sus sentimientos, negados por una realidad vaciada de amor y comprensión, donde uno para defender ciertamente el mundo de la vida debe aprender a instrumentalizar los fines vitales de todas aquellas personas que se cruzan en el camino de la vida; debe entrenarse con las mañoserías del padre para sobrevivir tanto material como simbólicamente.

En tanto no asesinemos los complejos de este criollismo paternalista, que heredamos y reproducimos violentamente con la ideología neoliberal del individualismo machista, no se podrá gestar la total expresión de un individuo emancipado, lo que hace que la juventud sea vivida como una etapa evanescente y líquida sin compromisos y cohesiones aparentes. El criollismo como versión anquilosada e iconoclasta de un conservadurismo patrimonial, no sólo impide la inminente reconciliación de la juventud con la realidad a la cual detesta y de la cual ha sido expulsado, sino que además la mantiene en el completo desperdicio cultural y en una vida residual que coquetea con la indiferencia y la desconfianza. El sólo hecho de que el joven adopte una ideología de la viveza y de la sabiduría escéptica para ser supuestamente feliz y exitoso, condiciona que el como víctima sea también responsable estoico de la madurez funcional a la que abraza, pues la conciencia hedonista que se desarrolla acepta el sacrificio de la alienación como el medio formal para poder gozar en esta sociedad de consumidores golosos, lo que lleva a transigir de su inicial amor a la vida que corrompe.

Hoy más que nunca que el desarrollo de los medios de comunicación ahonda la brecha generacional que tiene raíces psicohistóricas, se percibe le desencuentro feroz entre la mentalidad de la modernización sólida y la mentalidad de la modernización líquida parafraseando a Bauman. Si bien la generación del clasismo convoca a las multitudes a abrazar el desarrollo y los cambios del industrialismo, como modos históricos de acabar con la cultura de la oligarquía, que había encarcelado toda la rica savia del pueblo en las estructuras sociales elementales y tradicionales, lo cierto es que esta semántica de la autonomización historicista no puede comprometer ni desactivar al imaginario variopinto y arcaico del régimen feudalizado porque la enfermedad de progreso se reveló como algo incompatible con el desplazamiento inmanente e híbrido del régimen criollo oligárquico. Tempranamente el clasismo juvenil como discurso de vanguardia de la modernidad logró el consentimiento de las multitudes de la heterogeneidad estructural dependiente; pero tan pronto el incipiente esfuerzo historicista no pudo transformar los residuos arcaicos de la identidad colonial que se descentralizó en los individuos y se culturizaron brutalmente a expensas del discurso colectivista de la nación, se paso a una siguiente etapa donde la desestructuración del sistema económico, cuyas raíces se insertarían y volverían a un punto elemental primario-exportador, no se corresponderían con el progreso de una moral consumista y democrática que se autonomizaría de su referentes materiales.

Desde ahí el agigantamiento libertino de la cultura digital se trastocaría en una muralla metafísica que bloquearía la reconciliación entre la economía y la cultura, asegurando que las diversas cultura juveniles sobrevivan en la jungla del ciberespacio, transmutando y volviéndose cómplices de un sistema económico que dejó sin piso concreto a todo el desarrollo desterritorializado de las emociones. Al ser la cultura arrancada de su base económica que se esfuma en la abstracción sensorial de la sociedad del conocimiento se acelera el socavamiento de todas las reservas cognoscitivas de la cultura que desde entonces vive sumergida en los caprichos caóticos de los medios de comunicación, seducida por las ideología estéticas y por la oralidad de las prácticas que deciden la inmersión de la socialidad en los abismos del empobrecimiento y de la insignificancia. El joven como hemos venido sosteniendo sería el locus vertical donde reposan los cambios bruscos y perturbadores de la cultura digital una subjetividad que ha trasladado el núcleo de sus raíces biográficas a los espacios inconmensurables de las redes sociales, con el único propósito de prolongar maquinalmente sus momentos de deseo y de goce estético ahí donde la realidad cara a cara se mantiene vaciada de sentido.

El padre seguiría vivo, pero no como un disciplinamiento mecanicista de los límites de la cultura, sino como un más astuto dispositivo descentrado y resensorializado del poder, donde la juventud cumpliría el papel de ser el consumidor acrítico del bombardeo audiovisual, asegurando así su fidelidad a una sociedad del conocimiento que succiona como plusvalor económico toda la riqueza creativa e histórica que la ley paterna posterga y confina en los rincones de la irracionalidad existencialista y la violencia. El hecho de que la juventud popular y en cierta medida de las otros estratos sociales hay sido relegada a espacios subalternos donde tiene contacto con los registros barbáricos y regresivos de las tribus urbanas, es que se admite la necesidad de reinsertar estos patrones residuales a una cultura menos manipulatoria y antidemocrática, Hay así de este modo evitar la desesperación violenta de los jóvenes a su tendencia a morar en formas desarraigadas de vida, donde huyen de los ámbitos funcionalistas de la razón capitalista.

Conclusiones.

Por estos recorridos nada civilizados he tratado de sostener que el ser juvenil vive preñado de vaciedad y frivolidad, y que mientras siga siendo aliado irresponsable de una realidad que fabrica su propia postergación cultural no se podrá superar las brechas generacionales que el biopoder criollo mantiene impunemente. De un protagonismo clasista y colectivista que dio cobijo populista al Estado nacional a otro protagonismo individual de la sociedad de la información apátrida la juventud ha vivido sumida en proyectos sociales que no nacen de sus propias entrañas ontológicas, ya que en todo momento se rebeló como un sector poblacional desadaptado y excluido de los parabienes de un modelo de desarrollo francamente a espaldas de su demandas específicas de emancipación cultural. Mientras el orden oficial expulse a la juventud hacia una moratoria social que aplasta con el tiempo sus expectativas de completamiento dialéctico, se seguirá alimentando el resentimiento anómico del joven al que no sólo se le arrebata la posibilidad de un supuesto éxito en la sociedad ejecutiva, sino que además se le cancela toda reivindicación de satisfacción y de reconocimiento cultural.

El hecho de que la juventud peruana haya huido a los márgenes de una vida tribal y dislocada de la realidad administrada – producto de la muerte de los microrelatos y de la violencia autoritaria en contra del carácter participativo del populismo- confirma la conjetura de que la juventud desorientada es hija de la crisis cultural y de la descomposición ontológica de la realidad peruana.

Después de haber sido derrotada con las armas culturales del ajuste estructural y después que se han expectorado de la restauración oligárquica todas las solicitudes reivindicativas de una igualdad distributiva, la juventud sufre la atomización y empobrecimiento de una realidad sistémica vaciada de violencia. El costo de soportar una sociedad despolitizada contraria a sus demandas de concurso democrático, la convierte en víctima directa de una domesticación consumista que consigue su total lealtad cosmética a los vaivenes de la producción cultural, y por consiguiente, la repliega hacia un existencialismo hedonista y esquizofrénico desinformado de las principales aconteceres políticos de la realidad nacional.

Creo, para finalizar, que si la juventud retoma el camino de un protagonismo histórico, y se deshace con esto de la dominación intergeneracional, que ha decidido la total hegemonía de los discursos monoculturales del socialismo y el consenso de Washington en las últimas décadas, habrá logrado asesinar al orden tutelar de la cultura oficial, y así irrumpir en la historia con una nueva visión de la sociedad peruana. En tanto se dependa adictivamente de la autoridad criolla de la cual se rebelan con las subculturas de la transgresión extática – que no es sino otro rostro del criollismo irresponsable- no se habrá podido ofrecer una intersubjetividad liberada de la inmoralidad y la corrupción hacia la cual claudican resignadamente. La juventud debe como discurso sometido deshacerse de las imágenes publicitarias y cosmetológicas que de ella hacen los discursos de la competencia liberal y proponer ser la vanguardia de los ofendidos y humillados por un cambio decisivo de la realidad mistificada del capitalismo periférico. Ahí donde la sociedad es destruida por el mercado desregulado las juventudes deben levantar las banderas de la eticidad y de la renovación espiritual. Debe concluirse como Gonzales Prada: “los viejos a la tumba y los jóvenes a la obra”.

Lo que nace debe quemarse hasta los huesos. Abran los ojos

Lo que nace debe quemarse hasta los huesos. Abran los ojos

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