Ni Atenas Ni Israel

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Nostalgia e historia.

by on Dic.16, 2010, under Sin categoría

Ronald Jesús Torres Bringas

Resumen:

En estos días en que la savia humana es destrozada en las instalaciones de una modernidad caótica y administrada, se hace necesario recorrer los submundos y márgenes del recuerdo como evidencia de una cultura no reconciliada y exhausta, que produce fantasía, y revive la tradición y la mimesis como nostalgia. En una realidad donde la explotación biopolítica es la condición de una existencia feliz, se conjetura que el recuerdo delata la fuerza de una conciencia alienada y perdida, un rincón de la subjetividad que nadie acoge y escucha, y que revela el síntoma de una vida que ha legitimado la cosificación esquizofrénica.

Abstract:

In these days when the human sap is destroyed at the premises of a chaotic modernity and managed, it is necessary to travel the underworld and the memory banks as evidence of a culture not reconciled and exhausted, which produces fantasy and relive the tradition and mimesis as nostalgia. In a reality where biopolitical exploitation is the condition of a happy existence, it is conjectured that the memory betrays the strength of an alienated and lost consciousness, a corner of the subjectivity that welcomes and listens to no one, and reveals the symptom of a life legitimized the objectification schizophrenic.

Palabras claves: Nostalgia, modernidad, tradición, romanticismo, alienación, postmodernidad, historicidad.

1. Tradición y recuerdo.

Lo arcaico no necesita mirar a los orígenes como lo hace el hombre de la sociedad tecnológica. En ciernes, una sociedad que carece de movilidad social y que imprime a cada miembro un estatus asignado y sacro, confiere a la sociedad un comportamiento fijo y sólido que nada tiene que ver con la identidad circunstancializada y desfijada del hombre moderno, que si mira a la tradición como un reservorio de reliquias con las cuales tiene que romper para desarrollarse plenamente y ser feliz . La tradicionalidad no contiene una crisis artificial de la individualidad porque los lazos de parentesco en los cuales vive atado el individuo son para éste una segunda naturaleza sumergida en el ámbito sacro y religioso de los orígenes. Al construir un cosmos celestial y armónico con el cual rechaza y supera artificialmente la contingencia e insignificancia real del universo, el hombre arcaico rinde veneración a un cuerpo de verdades tradicionales y saberes legendarios con los cuales explica significativamente su existencia en este mundo absurdo que evade con la creación de la cultura .

El hombre tradicional no requiere mirar al pasado porque éste es producto de una ruptura accidental con los orígenes; al vivir sumergido felizmente en la sabiduría natural el hombre conjura el peligro que acecha en la naturaleza identificándose sensorialmente con ella, y así de este modo neutralizar la incertidumbre de un paisaje que muchas veces se convierte en un macabro repertorio de amenazas externas. El pasado como experiencia vital con el cual el individuo reconstruye imaginariamente la fragancia de un mundo perdido – y que se sólo es vivido como ideología dolorosa- no es conocido en el mundo arcaico porque aquí la realización cultural es un hecho incuestionable que no demanda mayor esfuerzo, pues la cultura que abastece un conjunto sencillo de roles y preceptos comunitarios no es el principal motivo de la búsqueda de la felicidad, pues, el individuo desapareciendo en la infinidad del parentesco ritualizado se preocupa mayormente por el abastecimiento diario. La peligrosidad de un mundo empobrecido por la fatalidad de una naturaleza incontrolable, empuja a los individuos a perderse en la inmensidad de los entramados solidarios, desarrollando una conducta colectiva que lo defiende de la tragedia del accidente físico que acecha por doquier.

Blindado contra la facticidad de una realidad que sólo le trae desastres objetivos aprende en la socialización poco a poco a descubrir el valor de los lazos fraternos que cobran independientemente del mundo exterior contingente un carácter de realización y despegue antropológico. La tendencia del ser arcaico a desplegar una existencia social le acerca a valorar ontológicamente las creaciones rudimentarias de la cultura, a crearse una existencia individual alrededor de los matices comunitaristas de las interacciones sociales . La sociedad deja de ser una estrategia instrumentalista para guarecerse del mundo exterior y se convierte en la actitud propiamente humana producida por el significado antropológico del lenguaje. A medida que va creando promociones técnicas con las que somete las conmociones del mundo exterior va creando un sentido cultural de todo lo que hace y ejercita socialmente. Aun cuando esta esfera cultural le va quitando propiamente la capacidad para producir algo más allá de su propia delimitación histórica y le ciega respecto a detalles secundarios que elimina de su configuración personal, lo cierto es que la vida del hombre arcaico esta asegurada mientras sepa enfrentar los desafíos de una naturaleza imprevisible y a veces insospechada. Como el temor a perder significado es previo a todo interés de reproducción material, el hombre arcaico prioriza su preferencia por la veneración panteísta de la religión y se descarga con ella de toda la responsabilidad ontológica que significa soportar las inclemencias de una existencia cercada por el desastre objetivo.

La desolación de un paraje donde no queda más existencia que la vida atomizada empuja al individuo vulnerable a producir un edificio enrevesado de tradiciones simbólicas con las que busca construirse un sentido a su arrojamiento en el mundo . Diríase que la previa melancolía por escapar al desorden de la oscuridad inconsciente crea automáticamente la evidencia de una realidad cultural de instituciones y sistemas de significado que impone frente a sus ojos para no ver la crueldad de un mundo sin sentido. El hombre despierta a la conciencia negando el empequeñecimiento de la soledad fáctica creando una esfera de símbolos que lo empuja hacia la más dura soberbia tecnológica y cultural. El origen que recrea el eterno retorno de lo mismo se desvanece a medida que la seducción de la modernidad y el salto a la enajenación arrancan a la subjetividad de la conformidad tradicional y del sedentarismo simbólico. Si bien el miedo al espacio, que anteriormente aterrorizaba al primitivo de un modo desconsolador, es eliminado en la inmensidad de la maquinaria con la conectividad verticalizada, recreando la sensación de una aldea global, lo cierto es que esta digitalización de la existencia hunde con el golpe de la insignificancia al sujeto. Lo que ocasiona esta celeridad de la digitalización es un reencuentro ilusorio con los orígenes para reinventar por la necesidad imperiosa de hacerlo el cascarón tradicional, ahí donde todo padecimiento social se diluye en la seguridad de la inmanencia, en la restauración de lo vulgar y accidentado .

En los espacios sagrados donde el poder omnipotente de la religión arcaica comunica armoniosamente al individuo con una compleja red de ceremonias y rituales donde esta desaparece el recuerdo no se cultiva porque la propiedad panteísta del mana es garantizar la cohesión de la comunidad frente a la inminencia del desastre natural o del desabastecimiento material. Ahí donde las redes divinizadas de parentesco construyen una identificación resocializada con la naturaleza a la cual se teme, toda identidad o propiedad simbólica es un producto de alejamiento consciente de la amenazadora realidad natural que impone una lógica del caos y desorden catastrófico . La similarización con los productos miméticos de la naturaleza sólo se logran cuando el poder disgregador del accidente o de la contingencia provoca un reforzamiento ritualizado de los lazos sociales como único antídoto para no percibir la incertidumbre de una naturaleza apabullante e incognoscible. Cuanto más la amenaza impredecible de un mundo indeterminado y contingente asesta heridas terribles a la embrionaria comunidad tanto más el hombre extrae de la oscuridad de los paisajes un orden celestial que en realidad no existe palpablemente pero que grafica ideológicamente los esfuerzos comunitaristas por otorgar identidad y certidumbre cosmológica . Del desastre inminente la conciencia restaura un equilibrio cultural que promueve la defensa del orden tribal para aplacar con la ceguera de a cultura a una realidad exterior que sólo se conjura arrebatándole magia a la vida peligrosa. Por medio de la vida cíclica de eterno retorno de lo mítico se configura una existencia que tiene garantizado la conformidad biográfica pero que no neutraliza palpablemente la peligrosidad de un mundo que es amenazador e incognoscible objetivamente hablando.

Conforme la vida se hace compleja como producto del abandono productivo de la simplicidad de la vida sedentaria, este sistema de protección cultural en contra de la vida accidentada de la naturaleza se torna inestable para explicar el desarrollo de las grandes religiones protohistóricas. La emergencia de los grandes Estados de la antigüedad y el intercambio bélico entre grandes civilizaciones para establecer el auge de grandes mercados y sistemas económicos es lo que debilita la explicación mimética, al punto que ésta convive con las invenciones técnicas de los grandes saberes prácticos acumulados tras largas generaciones, dando origen a las complejas burocracias monárquicas y a las siempre densas divisiones del trabajo social de la antigüedad . El vulneramiento de la base mítica unido al desarrollo de inquisitoriales religiones monoteístas que permiten y justifican ceremonialmente el ascenso de grandes proyectos de dominación comercial es lo que facilita el ingreso de una mentalidad racional y pragmática al interior de las divisiones de clase monárquicas o dominantes. Es decir, si bien la posterior mentalidad secular-escribal todavía no prevalece en la antigüedad se ve obligada a coexistir con un mosaico multivariado de creencias paganas y religiosas que ofrecen certidumbre cultural parcialmente, dando la sensación de un mundo en apogeo, inmóvil y sagrado desde los orígenes. La mezcla ulterior entre los saberes artesanales de una ciencia embrionaria con las complejas deificaciones eclesiásticas del politeísmo de la cultura popular lograrán edificar imperios arcaicos donde toda expansión o expugnación bélica es obra de una fuerza antigua o mana natural.

2. Modernidad, razón y recuerdo.

A puertas del renacimiento de las identidades burguesas se generaría una base económica lo suficientemente estable para vulnerar el edificio inmovilizado de la tradición antigua, provocando el surgimiento de una identidad secularizada y de fuerte raigambre individual que colisionaría con la ideología escolástica y especulativa de las instituciones eclesiásticas del medioevo. Al arribar el renacimiento de las ideas de la antigüedad clásica, y al acrecentarse el poder político de las clases medias artesanales, iría gestándose la degradación histórica del poder feudal elaborándose un tejido fáctico de nuevas identidades que confiaría en la esperanza utópica de un racionalismo científico y en la capacidad progresista de la ilustración occidental. Para soltar la tesis que anima este acápite: cuanto más la liberación de la garras de la tradición confeccionaba una espiritualidad comprometida con la realización del actor individual, tanto más la esperanza imaginativa de este mundo posible iría impidiendo todo lazo de añoranza con el mundo dejado atrás, produciéndose una individualidad autónoma con la suficiente decisión autoconformativa para confiar en el poder transformador de la razón científico-técnica. Quizás es el ataque de la mitología occidental en contra de la garras de un saber de revelación sagrado (incompatible con el crecimiento histórico de la sociedad racional) lo que produciría una cultura reconciliada con la perfección civilizatoria de la burguesía, en la medida que el modelamiento socioindistrial de la razón tecnocrática permitiría comprometer a la existencia ontológica de los pueblos con un proyecto de sociedad moderna. No es sólo la seducción de la técnica transformadora la que decidía a las entidades populares a involucrarse en el proyecto moderno, era además la esperanza en una realidad cultural armónica capaz de expandir el bienestar a todos los rincones de la sociedad la que empujaba a creer ciegamente en un proceso ontológico que prometía la transformación de la opresión e injusticia, acaecida a lo largo de las épocas históricas.

En la medida que el discurso filosófico de la modernidad engatusaba con su narrativa científico-técnica a todos los pueblos se fue desarrollando en las inmediaciones de la teología y las humanidades un dispositivo de añoranza de la tradición perdida o desactivada, por vía del romanticismo y posteriormente con el nacionalismo, que intentaría otorgar un sentido sustitutivo de la religiosidad destejida o simplemente desafiada por el ateísmo racional . En aquellos países donde la razón hermenéutica no era violentamente estigmatizada por las convulsiones antiteológicas de la ilustración como era el caso de Alemania y las autocracias tradicionales de Europa, fue incubándose una idea de retorno o revivificación de la vida tradicional como una manera de domesticación de las fuerzas irracionales de la modernización, ahí donde la ruptura ontológica con la tradición había provocado un vacío existencial o disconformidad cultural con las innovadoras instalaciones industriales de la vida moderna. El romanticismo cultural no sólo vomitaba nostalgia por los extraviados espacios de la vida comunitaria, sino que además ejercía una crítica feroz en contra de los originales espacios artificiales de la lógica industrial, sin tener esperanzas de que tal vida rural y artesanal pudiese volver como experiencia de vida real. Conforme se volvió irreversible para la conciencia intelectual el mecanismo destartalado del progreso histórico se fue dejando atrás como crítica inconsecuente de todo el fundamentalismo romántico, dando paso, por consiguiente, a un sentido racional de la nación y del pueblo como única proyección moral o sentimiento popular que podría reproducir relaciones culturales al interior del caótico mundo industrializante .

El nacionalismo unido al positivismo científico busco restaurar el equilibrio del orden cultural tras los cambios revolucionarios de la ascensión burguesa por vía de un acomodamiento simbólico de la identidad desgarrada a los nuevos roles subjetivos que la burguesía ofrecía como estilo o mundo de la vida individual. Como al inicio de la modernización industrial tal vida cotidiana implicaba la expansión aventurera de los grupos artesanales al interior de la competencia perfecta de pequeños productores, no se percibía más que una individualidad atada parcialmente a procesos de socialización conservadores. Es decir, la liberalización de la economía en la sociedad civil irá acompañada todavía por la reproducción de una vida cotidiana reservada y austera cuyas características denotaban la conservación de un orden secular en permanente conflicto con los simbolismos religiosos del pasado . El nacionalismo y los repertorios significativos ingresarán a la subjetividad del pueblo como aquel orden cosmológico que gobernaba y controlaba semánticamente el despliegue de un mundo tecnológico extraño y alienado. Se puede argumentar que el mecanismo destradicionalizante de la historia era legítimo en la medida que convencía a la cultura de la sociedad civil a desenvolver y producir su existencia cultural al interior de una moral tecnocrática que no bloqueaba la creatividad productiva de la entidad individual, sino que terminaba por proveer de recursos gramaticales a la subjetividad para que esta recreara su biografía en la sociedad moderna. En la medida que la primera revolución individual estaba condicionada por una estructura organizativa democratizadora que proveía a la acción individual de una base social donde reposar todas sus realizaciones de índole económicas o culturales, se podía decir que todo ejercicio particular estaba compensado por un entramado tradicional que se resistía a desaparecer y que proporcionaba a la acción social un vínculo con las demandas de solidaridad y reciprocidad de la sociedad .

Se podría decir que conforme la modernización autoritaria se iba introyectando en el seno de las relaciones tradicionales, licuándolas o simplemente desmantelándolas, tanto más la cultura por medio de la creatividad nostálgica iba restaurando ideológicamente un mundo orgánico y popular que estaba desapareciendo. El hecho de que la remembranza recompusiera un régimen de producción de la cultura que no correspondía con las adaptaciones industriales de la novísima sociedad moderna, decía mucho del carácter totalitario de un proceso tecnológico que no le importaba barrer con las estructuras sentimentales y sensoriales, ya que se argumentaba que el economicismo o racionalidad instrumental acostumbraría a la subjetividad a su propia alienación urbano-objetiva . Si bien es cierto que la modernización reflexiva también barrería con los cimientos sólidos de la producción industrial para dar paso a un torbellino histórico que no dejaba nada fijo sobre la vida cotidiana, la verdad es que la emancipación mercantil del seno de las relaciones comunitarias, no pudo eliminar la adicción de la subjetividad solitaria y atomizada a un mundo doméstico y natural donde reposar de la explotación y burocratización de la vida social. Cuanto más el mecanismo desbocado del progreso científico-técnico transformaba implacablemente los continentes irracionales de la tradición, tanto más ésta regresaba como el doloroso recuerdo fantasioso de una vida abandonada y desguarnecida, porque la evaporación de lo mítico arrojaba al individuo expulsado de lo sagrado a una cultura que no completaba la formación ontológica que prometía la susodicha modernidad. La añoranza por las potencias arcaicas que habían sido sometidas por la racionalización de la maquinaria social provocaban un sentimiento de vacío existencial en las profundidades de la identidad, vacío que sólo se explica porque la tecnificación de la vida cotidiana arrebataba a la subjetividad la capacidad histórica para construir una biografía reconciliada con sus propias ambiciones mitológicas. La falsa certidumbre que provee la cultura industrial a una identidad que sólo sobrevive materialmente, y a la cual le está conculcada su realización cultural, obliga al individuo a restaurar fantasmáticamente la mimesis dejada atrás, lo cual detiene su autoconformación histórica exponiéndola a complejos psicológicos y a enfermedades de la cultura que obstruyen el desarrollo pedagógico de la vida individual. A la larga la resistencia que evidencia la cultura de las sociedades industriales a pasar por la institucionalización evanescente de la razón a lo único que conduce es a una experiencia empobrecida y atomizada que no puede detener el cruel modelamiento y aceleración de una subjetividad que sólo desea descanso y sosiego cultural .

La falta de piedad con la que es organizada la posibilidad de la cultura en la realidad administrada demuestra la estafa del compromiso placentero que no puede evitar más que en el trance extático de la embriaguez simbólica el cancelamiento de la felicidad individual y social que sólo son posibles como ilusión o ideología espectral. Desde que la propia supervivencia material se paga al precio de la nulidad cultural, la tradición venga su desaparición como discurso sensorial del recuerdo, que otorga ciertamente identidad y estabilidad para enfrentar la vulgaridad del mercantilismo, pero que condena a la vida a una mentira religiosa que sólo mitiga parcialmente la concientización de la tragedia individual. El recuerdo al regresar como certidumbre psicoafectiva envuelve al espíritu en la maraña de la nostalgia digital dándole un universo reticular que aplaca transitoriamente su padecimiento cultural con la seducción de la virtualidad, pero que opaca conscientemente toda la trayectoria de la vida con la resucitación apócrifa de un mundo que no existe y que debilita la voluntad del sujeto moderno .

Entiéndase bien, la fuerza de la melancolía no sólo recrea un mundo que debió perecer y que no obstante, se recrea como mediatización digital, sino que permite el adormecimiento de una subjetividad que debe abandonar los rincones domésticos de la vida interior, pues de lo contrario su esclavitud técnica no lo dejará realizarse concretamente en una realidad alternativa. La sumisión de una identidad a la selva del lenguaje tecnoinformático delata el terror a la reconciliación histórica, con la ahistoricidad de la tradición que se transforma falsamente en todo aquello que el mismo progreso histórico dice permitir pero cuya marcha instrumental no consigue. La fatalidad del recuerdo es que uno goza en plena sociedad del mercado toda aquella infantilidad y juego, que por sobrevivir abandonamos en la madurez funcional, negándose por consiguiente, a realizarse de manera integral en lo que resta de la existencia física . Ser alienados con respecto al mecanismo organizacional del capitalismo es entregarse a las delicias de la seducción consumista o de la red mediática de un modo legitimador sin sospechar que tal decisión aparentemente democrática oculta la resignación de una subjetividad que vive la realización biográfica sólo como recuerdo, y nada más que como añoranza de un pasado que se esfuma en la inmensidad del tiempo. El recuerdo según esto es el modo de cómo hallar en la realidad excesivamente demarcada temporalmente un motivo que permita escapar al envejecimiento del tiempo, imaginando deletéreamente una utopía de estabilidad que presume de contener su mecanismo irrefrenable . La risa que soltamos cuando reescribimos mentalmente una escena auténtica y crucial de nuestro pasado, cuando no controlamos ciertamente nuestra vida, es la evidencia palpable que la razón histórica destruyo todo cimiento de dignidad humana y nos dejó un infinito silencio y soledad en los desiertos industriales.

3. Postindustrialismo y añoranza.

Llegamos a los tiempos de una modernidad sólida donde todo atisbo de diferencia histórica es neutralizada por el monólogo de la razón unidimensional sin embargo, en el mismo momento en que la fatalidad del capitalismo puede ser desbordada por la distinción revolucionaria tal inconmensurable totalidad es desestructurada violentamente por un individualismo vital que fragmenta al orden social en infinitos pedazos y micrologías culturales . Al huir de la cultura hacia las interioridades del ser irracional la razón instrumental celebra un nuevo pacto con la subjetividad, persiguiéndola hacia los confines de la vida psíquica con el sólo propósito de validar objetivamente el nuevo proyecto biopolítico de dominación psicosocial, ahí donde la verdad es descalificada como una mentira que niega el carácter fluido de las potencias sensoriales, se activa una nueva forma de sujeción líquida que restaure el poder complejo del capital y que oferte a la vida aislada un interesante programa sensible de progreso y bienestar individual. En la medida que la utopía histórica argumentaba todavía que la absurdidad de la alienación totalitaria podía ser superada si se aceleraba el mecanismo irracional del progreso histórico, la vida subyugada se abre al imperialismo de una forma de existencia donde no queda ya base concreta donde reposar y hacer residir las conquistas de la vida individual.

Al perder el individuo toda base social o económica donde concretizar una forma de vida real, éste percibe a la experiencia como desolada y vacía de sentido, donde la fuerza de la melancolía restablece, no obstante, un mundo tradicional donde éste se comporta como un sistema de compensaciones sociales con los que neutralizar o domesticar a las fuerzas del mercado. Cuanto más la hegemonía tecnocientífica desestructura la vida social con el objetivo de someterla al proceso de producción del conocimiento rentable, tanto más la vida transgresora se las arregla para esquivar las pretensiones de la explotación mediante la creación de una cultura paralela donde la subjetividad se entrega a los coqueteos de un mundo arcaico y mimético que ofrece, no obstante, afectividad cultural . Tal vez, la situación quedaría válidamente ahí, y por fin la aldea global de que hablaba Macluhan se concrete como felicidad heterogénea y diferencial para todo el mundo, que sepa manejarse culturalmente, sin embargo, el problema es que la identificación del capital con la vida a la que somete termina por naturalizar las aberraciones objetivas que tal idealismo tecnocultural no logra superar históricamente. Si todo bienestar es el resultado de variar con inteligencia los patrones culturales que caracterizan el desenvolvimiento práctico de cierta individualidad, entonces toda felicidad no es más que discurso lógico o una fantasía del lenguaje, cuando en realidad lo dicho es sólo un producto de la acción sin lenguaje, de una decisión que se hace carne social .

Lo cierto es que el hombre se emancipa de las trampas del lenguaje antiguo no para recaer en las trampas del persuasivo lenguaje digital, como si fuera la tradición reinventada, sino para avanzar cualitativamente hacia un nuevo estadio sin poder y ambición que deje atrás las sórdidas asimetrías en cuanto a desarrollo y progreso social. En tanto la misma adictiva nostalgia sea el muro subjetivo que evita la entera transformación histórica de la vida cotidiana, toda intención de vivir plenamente el obsequio de la vida no se convertirá más que en un camino doloroso que corrompe todos los sueños y esperanzas de las identidades que maduran en sus fauces. El recuerdo es la evidencia palpable de que la decisión de ser individuo no es más que una ilusión, pues a cada paso que damos en nuestra trayectoria personal siempre nos remontamos a un evento que fue crucial en nuestra vida y cuya remembranza no hace más que mitigar el carácter desolado del éxito técnico o abstracto. Nos alimentamos de pasado porque la identidad individual, le ha cogido miedo al futuro indeterminado, donde cada esfuerzo que desplegamos con la intención de agarrar estabilidad y equilibrio emocional se trastoca en cansancio y explotación psicoafectiva.

En otras palabras, al separarse la historia de su actor cotidiano que irrumpe en otro camino de inmovilidad arcaica, ésta se convierte en una narrativa organizacional y maquínica a la cual hay que sujetarse so pena de perecer. El progreso histórico desaparece y lo que queda es una maquinaria científica a la que nadie, ni ciudadano ni sociedad civil organizada se atreven a detener, porque cada vida sometida está más preocupada en su nicho cotidiano y en celebrar su añoranza que en poner fin a la opresión del tiempo capitalista. Existe, no obstante, en los últimos tiempos un esfuerzo de la ciudadanía global por controlar culturalmente a la globalización tecnocientífica por medio de fuertes campañas de sensibilización de los movimientos sociales, pero dicha tentativa es todavía embrionaria y se reduce a la adopción de políticas de reconocimiento cultural que olvidan que la dominación se acabará si cambiamos el mecanismo externo que nos oprime y organiza productivamente . Como tal estrategia es ya una utopía pues el rostro de dicho mecanismo se ha internalizado en la complejidad de la vida cotidiana, toda empresa que desee desactivar la gramática de la dominación capitalista tendrá que desestructurar los marcos sociales objetivos donde descansa dicha cultura atrofiada, pues de no hacerlo todo esfuerzo competitivo por ser feliz conocerá el cáncer del recuerdo obsesivo. El costo por instrumentalizar al individuo y a todo fenómeno social que se nos cruce sólo por el hecho de predominar tácticamente es padecer la enfermedad de la nostalgia, sin la cual no podríamos reírnos en el aire y ser humanos aunque la complejidad de la vida digital nos pase por encima.

En las inmediaciones de un escenario plagado de desorden el recuerdo nos aplica un poco de significado, y aun cuando estemos impactados impulsivamente por la sociedad de consumo siempre tenemos la pulsión de retroceder y arrinconarnos en aquella patria doméstica que hemos olvidado o que dejamos atrás. La nostalgia también como la precisamos es un inconveniente para la cultura, no sólo porque nos asfixia ideológicamente hablando sino porque no permite la madurez integral de la personalidad, exponiéndola a una desorganización psíquica que pude arrojarnos en la estupidez sensorial. En vez que la complejidad capitalista se preocupe por el desarrollo integral de los actores sociales, se produce todo lo contrario: un abandono sistemático de la formación educativa de la vida psíquica lo cual conduce a que cada individualidad se sienta desabastecida y construida parcialmente, ya que se espera la reacción voluntariosa de la individualidad o su química empresarial para que se produzca la magia del homo faber o creatividad tecnocrática .

Como el abastecimiento universal es peligroso pues siembra la semilla de la revolución social, o su inesperado corolario: el conformismo consumista, se prefiere no brindar protección social al individuo y acostumbrarlo a que de él surja una respuesta sabia de adaptación funcional al sistema complejo. Si bien gran parte del ajuste estructural ha condicionado el desarrollo de este individualismo mercantil o empresarial, éste es sordo a los rezagos simbólicos que ocasiona el desgaste laboral, por lo que todo sentimentalismo o desajuste emocional es tratado como si fuera una desviación o cursilería sin sentido, que es necesario corregir so pena de quedar en desventaja en relación a los crueles competidores de la calidad total. El egoísmo es la gran celebración de una conducta que expulsa el sentido de la psicología cotidiana, convirtiendo a la subjetividad en un mecanismo frío e indiferente que prefiere la mentira del éxito individual que tener que detenerse a sufrir los rasgos ennoblecidos de una melancolía humana. En este sentido, toda adormecedora nostalgia será sembrada como el único rasgo imaginativo de una época que ha perdido la capacidad de imaginación para construir un mundo alternativo; es el vicio de la mente que argumenta que toda obsesión por el recuerdo no es más que una figura espectral del pasado, que nos hace olvidar la responsabilidad de cambiar el mundo con el atrangamiento de escenas del pasado lejano que nunca volverán pero que, sin embargo, son necesarias para soportar el dolor de un mundo caótico y circunstancializado.

4. La nostalgia y el amor romántico.

El descontrol histórico que percibimos cuando extraviamos el rumbo de nuestro destino biográfico es la justificación perfecta para soñar obsesivamente en lo que pudo ser y en imaginar aquellos momentos cruciales en que nuestra vida pudo ser distinta y feliz. Hay algo chueco en esta situación ingobernable que es la vida. Cuando nos esforzamos en descifrar y predecir la inminencia del accidente para salir bien librados del desastre que es la supervivencia más nos hundimos en la contingencia de una realidad caótica de la que dependemos para preservar; y aún cuando prevalecemos tácticamente a lo largo de la trayectoria vital siempre queda la sensación sospechosa de que no controlamos nada y que al final el destino se impone implacablemente . Tener que estar toda una vida preparándose funcionalmente para no ser desplazado por la indómita competencia organizativa, para ser después desechado por las injusticias frívolas de las nuevas generaciones, es en el fondo una locura y a la larga una irracionalidad que delata el síntoma de una vida catastrófica que necesita ser vivida de otro modo. Si bien la vida dionisiaca que se condice con la vida oprimida y sojuzgada por el ejercicio de la estandarización, es soltada y recreada en las clandestinidades del ser, tal hipocresía nocturna no deja de ser un desfogue o desahogo inmoral que legitima los tentáculos sensoriales de la sociedad del hiperconsumo. En tanto el goce microfísico expanda la naturaleza desbordada de una felicidad momentánea, que implica embriaguez y efímero placer, no podremos mas que olvidar paganamente la facticidad de la opresión, lo que al finalizar el desmadre significa recaer en las garras del recuerdo y de su ostentosa ensoñación .

En mundo donde la arquitectura de los fijo y estable se desvanece en la ahistoricidad del desorden cultural, no queda más salvación que cerrar el círculo con la química explosiva del amor romántico y confiar en el completamiento ontológico de su trance amoroso . Ahí donde la extenuación de la subjetividad pide a gritos menos instrumentalización, menos metamorfosis racional, se ubica la necesidad siempre inestable de conseguir comprensión en otra persona que se identifique con nuestra corriente vital, que sea capaz de acabar con el cáncer de la separatidad y encumbrar nuestra vida a una inesperada experiencia de seguridad y realización cultural. A pesar de que el amor es una pasión desequilibrante que en tanto no se establece puede generar complicaciones emocionales y desgarramientos ontológicos, se piensa ideológicamente que con el amor uno pude salvarse, puede redimirse terrenalmente y conquistar una situación de armonía perenne. Por razones que no conviene aclarar en los límites de este ensayo, cuando se acaba el amor no sólo se produce un vacío moral y existencial que empuja a la subjetividad a un sufrimiento universal, sino que por defensa psíquica el alma se atraganta obsesivamente de recuerdo como una manera de reescribir en la memoria aquellos momentos cruciales en que se controlaba creativamente el porvenir de la biografía . El aroma olvidado de una cabellera, el sabor electrizante de unos labios, la miel sensorial de una deliciosa corporalidad se queda impregnado en la mente como figuras placenteras de un tiempo en el que no había más mundo que el idilio intenso y desequilibrante. Al perderse toda aquella reconciliación ideológica uno se siente transportado hacia los submundos de la desmotivación y el fracaso, convirtiendo la sensación del amor no correspondido en un pretexto para hundirse en la ahistoricidad del pensamiento, permitiéndose la paralización de su trayectoria vital y quedándose varado en el mar de los recuerdos y la melancolía embriagante.

Si bien el amor es una praxis que se moldea conforme uno acumula experiencia y produce sentimientos, tal enfoque del homo faber no llega a reconocer lo importante del crucial amor único, lo cual lleva a celebrar una subjetividad tecnológica que sólo vive enamorada de la apariencia de hacer el amor, lo cual corrompe y torna insignificante la esencialidad del verdadero amor espiritual . No obstante, el romanticismo del verdadero amor puede operar como una ilusión que vuelve exigentes las condiciones para disfrutar de ese auténtico amor que no reconocemos, la verdad es que todas las personas, hasta para aquellas que llegan a acumular la historicidad de la conciencia, el amor franco es una aspiración inexorable que su sola falta conduce a la degradación de la personalidad y a la trasgresión más delincuencial. Lo único auténtico que queda después de haberse peleado con la inmensidad de la maquinaria es la libertad interior como signo evidente que la aventura de la individualidad ha sido rechazada hacia la cárcel de los singular y biográfico, donde el vacío del recuerdo liquida toda promesa de redención histórica.

Conclusiones.

En cierta manera por estos recorridos fenomenológicos he tratado de ubicar el detalle de la nostalgia en un contexto de producción social que lo explique como un fenómeno que no se desliga y que es provocado por la acción social de los individuos en los límites de la complejidad organizativa. He llegado a sostener que la emancipación racional no se ha completado al fracasar la transformación social, y que tal sentimiento de transitoriedad ha devenido para la identidad en un bloqueamiento fáctico de su realización cultural, en un escenario donde toda lógica sistémica se licua en fragmentación organizativa y toda idea de heroicidad histórica es aplastada por el individualismo consumidor. En ciernes, la tesis final de este ensayo es que la adicción fabulosa a un mundo de figuras oníricas en el recuerdo lo único que demuestra es la implacable decisión individual de no querer atravesar gramaticalmente los complejos cuerpos de la dominación social. En tanto el sentimentalismo del recuerdo favorezca el llenado efímero y falso de la biografía individual, no se logrará construir una forma de experiencia donde el sujeto materialice el estado genérico de su época, por lo que el arraigo iluso a la nostalgia terminará por evidenciar el descontrol y la resignación de la subjetividad a las fuerzas ingobernables de la complejidad neoliberal. El síntoma de una irresistible nulidad cultural es la evidencia palpable de una forma de sujeto que ha abandonado toda tentativa por mutar el exterior cosificante, y por consiguiente, decide atrincherarse en el existencialismo del pasado y de su química adormecedora .

Por más que hoy en día la metamorfosis de los sentidos delata la complicidad cínica de la conciencia con la irracionalidad narcisista, no se puede dejar de sostener que el individuo tras las máscaras de la funcionalidad o del libertinaje mediático es un ser que guarda la esperanza utópica en un mundo diferente, y que la marca de dicha añoranza es el deseo de un mundo redimido. Aunque ciertamente todo paradigma de la redención histórica es tachado de infantil y utópica hasta la médula, no deja de ser cierto de que se necesita urgentemente un cambio antropológico en el seno del principio de realidad cultural, pues de lo contrario el dolor de un mundo armónico resucitado en la mente del oprimido trocará en una existencia que validará como real y legítimo hasta las más sucias infamias culturales. Si bien en las instalaciones de este mundo postmoderno lo único fijo y seguro reside en el interior de las imágenes nostálgicas, que reinventamos como compensación tradicional, no deja de ser cierto que la falta de fantasía en el individuo para soñar con una realidad alternativa y, que no obstante, debe nacer de una decisión consciente del sujeto para así confiar en el poder modelado de la revolución. El síntoma de una subjetividad atrapada en las cárceles melancólicas de la interioridad a lo único que conduce es a una escandalosa complicidad con el desastre ontológico de la realidad humana. Imaginar un mundo posible dentro de nuestra consciencia es admitir la destrucción de la identidad a manos del mecanismo técnico del capitalismo, es dejar que la red sea maniatada al antojo de la dominación, y concebir que el exterior cosificador colonice delictivamente el espíritu de los solidario.

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Amor y revolución.

by on Dic.15, 2010, under Sin categoría

Desesperación, soledad y amor individual.

Al escapar de la instrumentalización nos refugiamos en el subsuelo reparador de los vínculos sentimentales. No sólo el afecto que recibimos de otro rehace los lazos rotos por la individualización abstracta, sino que además toda la corporalidad subjetiva que exponemos en el territorio cínico de los signos sistémicos se regenera de una manera renovada, aprendiendo a deambular cosificadoramente en la superficie compleja de las ideologías sensoriales. El adiestramiento biopolítico que recibe la subjetividad a costa de las figuras oníricas que desplazamos cruelmente mientras maduramos, es la lógica silenciosa que ponemos en práctica cuando se trata de luchar por bienes escasos sin los cuales es imposible reconstituir nuestra identidad. Para conquistar un territorio donde desplegar los tesoros de la interioridad es necesario dejarse invadir por una microfísica del poder previamente, aprendizaje sin el cual sería complicado asegurarse un hábitat sincero y traslúcido donde ser uno mismo y tejer nuestra privada felicidad. Tal vez el problema de garantizar un espacio doméstico donde brille nuestra íntima legalidad es que para que este evento ocurra se han cometido silenciosamente un número indeterminado de infamias y vejaciones simbólicas sobre el fondo inocente y honesto de otras biografías vitales.

Para defender el amor que nos llena debemos ejercitar una violencia simbólica contra el exterior corrupto que amenaza con arrebatarnos el delicioso fruto de la felicidad doméstica; pero tal agresividad a pesar de ser fabricada con el mayor de los detalles arquitectónicos no borra la sospecha misteriosa de que el amor que tanto cuidamos nos desgarra con su desequilibrio y violenta sagacidad. Al abrir los brazos y sólo con ellos esperar una digna amistad uno nunca está seguro de si esa vida interior que tanto anhelamos no nos dará un golpe psicológico del cual nunca nos recobraremos. Lo cierto es que la transferencia de afecto nunca es armónica como para estar seguro de que se nos ama en realidad. La desconfianza que nos inculca un mundo de ideologías nos siembra la duda de que no merecemos en realidad el romanticismo del instante amoroso, pues todo es tan absurdo e irracional, ahí en el espacio infinito de la intersubjetividad, que lo mejor sería seguir agrediendo para defender nuestro sagrado mundo de la vida. Cuanto más expulsamos de nuestra interioridad un abanico interminable de violentas ideologías, con la esperanza de construir una identidad auténtica, tanto más recibimos el golpe enajenante del discurso instrumentalizador que invade, por último, nuestro inmaculado sentimiento personal. La vida golpeada por una exterioridad deletérea, reacciona huyendo a las profundidades de la pulsión y lo soberanamente sensorial.

Hoy la frivolidad que desata el discurso de un capitalismo cínico e irrefrenable, que coagula en un biopoder cultural, cancela en la oscuridad del olvido todos lo sueños secretos del alma individual, destruyendo en un santiamén la benignidad o buena voluntad que los sujetos esperan desbordar en una realidad social desencantada. El principio de autoconservación que convierte al amor en una lucha despiadada por apoderarse de su disfrute espiritual socava los cimientos duraderos de un amor como experiencia certera, trocándolo en una actividad desestabilizada donde cada individuo deposita sus esperanza de sosiego, pero donde la sola expugnación desata la sensación de una duda atronadora por no estar a la altura de su beneplácito. La inmadurez cultural de los sometidos alcanza para entregarse a la ensoñación de un amor rebelde y corporal, pero no basta para mantenerlo a flote, sobre todo cuando las evidencias de una personalidad degradada o desafiliada de la competencia cultural corrompen las ilusiones románticas de un sentimiento que no se mantiene sólo como ingenuidad cultural. El hechizo de un romanticismo aparencial que sólo dura lo que la actuación consiga edificar, se sostiene sobre la base de una corporalidad histriónica y amigable, que se derrumba a medida que se rebelan los motivos personales que arrojan a la subjetividad a los brazos del amor. Si la razón de enamorarse reposa en el perfilamiento independiente de un amor por necesidad, seguramente la costumbre de su escudo protector garantizará el amor en la convivencia desacelerante; pero ahí donde los motivos de enamorarse no coinciden con la misma intensidad pues la experiencia amorosa es preferible al aburrimiento de la convivencia, se producirá una asimetría emocional que terminará por socavar la fuerza de la pasión. Ahí donde la armonía del amor crece con cada detalle anecdótico e historia íntima que la relación ayuda a florecer, en verdad el hechizo de estar enamorados cubre toda el alma, al punto que expande la sensación del ser a todos los rincones de la realidad, que cobra sin proponérselo una existencia mágica. El golpe de la repetición rutinaria a todo lo que es frío y calculador, van derritiendo las bases estructurales de un amor que nace con la ilusión de la juventud, y aún cuando se tenga la deliciosa seguridad de estar disfrutando de su expansión espiritual siempre queda la duda de su inestabilidad y seductor desgarramiento.

El amor cura el cáncer de la separatidad. Las convulsiones cosificadoras de una identidad sumergida en una complejidad organizativa, encuentran en el amor burgués el motivo salvífico para el desgaste individual. En contextos desrealizados o profundamente desmantelados por la fuerza de la atomización mercantil, el amor trascendental funge de aquel destino ontológico donde se halla cobijo y existencia armónica, pero es el desmembramiento sistémico que desarrolla la lógica racionalizadora la que convierte aquellos mitos existenciales en nichos ideológicos donde se percibe cierto aire doméstico, pero que pueden ser barridos objetivamente por el torbellino de la temporalidad capitalista. La soledad es ciertamente combatida por el jovial romanticismo de una experiencia sobrecogida por el amor trascendental, pero tal engaño no deja de probarnos lo inmaduros que somos para calificar y controlar los arrebatos ilógicos de un amor ideológico que nos sacude como títeres. La insignificancia del ser, la imposibilidad de orientarnos con significados acrecentadores, con los que educar el alma interior, nos arroja por el deseo de ser individuos tempranamente a las garras ideológicas de una pasión que desnuda nuestros defectos y limitaciones personales. Y es el dolor de ver como se nos escapa la otredad, en la que depositamos la proyección infantil de nuestro espíritu, la que destruye la constitución psicológica del sujeto arrojado a la facticidad y desilusión del mundo estandarizado. Aquella ingenua espiritualidad que entregue sus esperanzas de redención a la tecnología de un amor individual invadido por la instrumentalidad del ser, no se le permitirá descubrir realmente el carácter dialéctico de la historicidad personal, que va más allá de los reduccionistas caminos de una seducción capitalista, y que hace del amor una virtud solidaria capaz de reconciliarse con la energía subalterna de la vida social. Si el amor es el bien escaso que la personalidad vacía no consigue hacer florecer, y al que neciamente otorga su alma exhausta en búsqueda de una repotenciación idílica, entonces debemos comprender que es una falsedad genérica que nos promete el completamiento cultural, en una realidad donde todo no transita hacia tal utopía emancipadora, y donde la ferocidad del romance burgués nos devuelve al origen tradicional más que de un modo artificial y relativo. El amor en un ámbito donde todo lleva la marca de un existencialismo regresivo e irracional, sólo puede ser un melifluo enceguecimiento asumido de modo decisivo, para no ver el bombardeo enajenante que produce heridas objetivas, que sólo la terapia regeneradora de la entrega romántica logra aliviar o simplemente pasar inadvertida.

Si bien la modernización sólida vincula autoritariamente a la individualidad a un entramado rígido donde interactuaban bruscamente la sociedad totalitaria y las delicias de la libertad negativa, lo cierto es que la modernidad si otorgaba sistemas sociales de amortiguamiento cultural que se preocupaban del desarrollo genérico de la persona. Cuando la aceleración histórica de la modernidad perdió su legitimidad democrática para representar a las intenciones del espíritu, la rigidez socializadora de los marcos institucionales de la modernidad heterodoxa se deshicieron y perdieron su atractivo para moldear la subjetividad biográfica de una individualidad nominal que se agigantaría a raíz de la plasticidad ontológica que le otorgaría la mediatización cultural. Es el acrecentamiento plástico e híbrido de la personalidad individual, a manos de la prolongación mediática, lo que le diría al individuo que todo vale en tanto se desarrolle en los límites de la reafirmación biográfica, y en tanto se oculte audazmente los acomplejamientos y empobrecimientos socio-psicológicos de la inmadurez objetiva. El amor burgués absorbido por la fragmentación ontológica de una realidad compleja que sentencia todo a la licuación caotizante, hace de éste una experiencia golpeada por el ardid de la instrumentalización, trocando la felicidad paradójica en una necesidad acorazada de proteccionismo ideológico que en verdad atrapa a la subjetividad en una miseria moral y ahistórica que sufre la detección masoquista al valor de compartir socialmente aquel amor solitario y empequeñecido que nos aleja de la sociedad. Si el mito de conquistar el amor salvífico en realidad convence a la personalidad de que nada hay de más valor en esta realidad enferma que encapsularse en los brazos del subdesarrollo axiológico, entonces se habrá consumado la victoria de la ideologización rizomática y democrática, cuya basura de signos mediáticos es necesaria para fortalecer la absurda felicidad paradójica, y para mantener la fortaleza de un capitalismo cínico en donde todo vale para sobrevivir. El dolor de aceptar una existencia racional que lo único que hace es coercer la expresión de una sensoriedad emancipada, es peor a ser sustituido por la animalidad agresiva de una sensoriedad erradamente sobre estimulada que nos hace víctimas de nuestras propias ideologías.

Atrincheramiento cultural y amor colectivo.

En la medida que crecemos y vamos renunciando a nuestros sueños originales, vamos también dejando de lado por infantiles rostros del ser social que antes nos daban seguridad ontológica pero que en una etapa posterior al ser empecinadamente sostenidos coaccionan el desarrollo de la iniciativa individual. No es una terquedad transgresora la que empuja a la personalidad a atrincherarse en lenguajes arcaicos de la historia psicológica, sino el alivio amortiguante y reparador que impacta en el ser individual lo que le decide a mantener estructuras y regímenes de producción culturales que ofrecen certidumbre y un afecto social incondicional. El onirismo inicial y sublevante que toda psicología demuestra cuando resiste el embate estresante de la racionalidad tecnológica es deconstruido y confinado en áreas primitivas del principio de realidad, áreas de almacenaje a donde recurrimos plásticamente para iluminar la existencia hedonística de una improvisación cosmética que hace agradable a la persona. El sueño por el cual vibramos hasta la saciedad es guardado estratégicamente en las interioridades pulsionales del subconsciente y desconocido paradójicamente por nuestra conciencia social cuando se trata de interactuar en las instalaciones organizativas de la realidad administrada. En tanto la expoliación y desprecio metafísico que soporta nuestro secreto vital que sólo sublimamos cuando estamos seguros de que nuestras virtudes morales no serán ridiculizadas por la ironía individualizadora.

Ahí donde se exige al individuo comportarse como una máquina traductora de señales económicas y financieras es descalificador reconocer las fracturas y traumas ontológicos de una existencia individual que avanza silenciosamente a pedazos y desmembrada; por lo que es más lógico ocultar de los abismos de la plasticidad diplomática, aquellas ensoñaciones sensibles que nos debilitan y nos ablandan objetivamente. Demostrar que se es una individualidad que está constantemente preparada para la acción comunicativa, en un mundo de huracanes organizacionales, es hinchar el alma de aptitudes dramáticas e ideologías con las que aplastamos en el ridículo de la mojigatería nuestras verdades esenciales, tan desfiguradas por el principio de autoconservación. Ir por la calle exterior gritando a todo pulmón la espontaneidad de nuestra disconformidad con la frivolidad del ser es sencillamente echarse la soga al cuello en un terreno donde la hipocresía y la crueldad del alma devoran las buenas intenciones y bloquean todos los marcos insurgentes que se proponen alternativas a la hostilidad capitalista.

El liquidamiento permanente de todas nuestras metas oníricas, distintas a la lucha por el éxito empresarializado, delata lo avanzado que se halla la racionalización sensorial de la vida social como para intentar desencadenar la receta de un amor sólo dirigido hacia la alteridad de una sola persona. El relegamiento de la subjetividad hacia las clandestinidades de un ser arrinconado en la inercia del sentimiento, lo único que genera es el despliegue de un mundo de la vida fuertemente impactado por la adicción de las ideologías. Cuando ser víctimas de las injurias de un sistema fuertemente competitivo nos obliga a refugiarnos en las cercanías de lo doméstico, aun cuando sabemos que dicha decisión es peligrosa, lo único que hacemos es legitimar la colonización de nuestro entorno cotidiano por una lógica irracional que desata rivalidades y violencia. El fundamentalismo de lo cotidiano, a donde llega a descansar un individualismo derrotado por la violencia del mercado, no consigue más que desarrollar una vida habituada a la pobreza del espíritu, miseria que crece con cada golpe que recibe de la amenazante exterioridad capitalista y que representa un mecanismo de evasión desenvuelto por la inteligencia cínica del ser. La regresión de un alma verdaderamente arrojada de la creatividad laboriosa de la producción sistémica para no ser expurgada de la insospechada relajación cultural y consumista, crea y reproduce un espacio cultural de sosiego y descanso simbólico que sabe que es falso, pero que aún así sostiene hasta evaporar la consecuencia ética de la reflexión. La contención ideologizada del ser individual varado entre una intimidad manipulada y extrapolada por la mediatización simbólica, y un mundo exterior que accede a los secretos del alma, ocasiona el progreso de una personalidad sumamente hábil para desenvolverse en los espacios de la seducción maquinal, pero verdaderamente incapacitada para responder ante la hostilidad segregante de la razón instrumental, a la que considera natural e infinita.

El amor que se consigue con salirse tácticamente de las cárceles humanoides del existencialismo personal, en realidad implica escapar al hechizo de una intimidad amedrentada y temerosa. Cuanto más la seducción de la alteridad del amante presupone proyectarse exteriormente para lidiar intersubjetivamente con las corazas culturales de la identidad, tanto más no se sabe si en realidad tal empresa está llena de arbitrariedades y abismos simbólicos que sólo conocen lo que en apariencia deja mostrar la interacción romántica. La convergencia armónica de la corriente vital en el enamoramiento es desfigurada a cada paso que se da en exteriorizar la relación amorosa, pues los frutos de un idilio soñado son desgastados por el entumecimiento cosificador del dinero y de los intereses sociales. El deterioro del amor romántico no se da por una cuestión de separación accidentada, o por una cadena de prejuicios personales solamente, sino porque la expresión de la aventura idílica sufre la prueba ideológica de un mundo cargado de diferencias sociales y de nociones vacías de estatus que conforman la identidad social de los amantes y cuya relevancia ideológica depredan la pureza del amor sincero. Es la vulgaridad del enamoramiento o su sólo subordinamiento a una tensión de poderes cosificadores lo que desdibuja el voluntarismo de proceder con el corazón abierto, pues la sola bondad y honradez del espíritu para enamorar, erosionan la contundencia del cortejo o sencillamente arruinan las señales de un choque delicioso de subjetividades amantes.

En la medida que el cortejo amoroso está infectado de relaciones de poder donde hierven calculadoramente capas de apariencias y de insospechada insinceridad, sólo una personalidad avasalladora o con una impecable y exitosa trayectoria cultural será capaz de romper con los prejuicios de clase e imponer seductoramente una experiencia fraguada en un duro entrenamiento amoroso. En si adiestrarse para sobrevivir en una real microfísica del poder, que infecta el amor romántico va sembrando la duda de cuándo acabar con la estrategia de no enamorarse, y cuando dejar de jugar con los sentimientos de la otredad. Esa confusión, esa desubicación hedonista por no saber reconocer las señales de un amor verdadero, porque se prefiere el suculento bocado de lo furtivo y cosificador va paulatinamente construyendo una cultura indiferente y frívola, encargada de reproducir valores antiheroicos que se ríen del amor y de su imaginario, aun cuando se desea fervientemente estar a la altura de su trascendencia mística. Mientras el amor sea una capacidad ejercida con el mayor aplomo e inmutabilidad posible no se podrá reconocer en la ternura de lo armónico y de la transmisión de caricias corpóreas que el amor provoca, más que el choque placentero de músculos y osamentas hambrientas de éxtasis e intensidad sensorial.

La sigilosa calma que sigue a una espiritualidad intransigente, que sale bien librada de la guerra de los amores, es en realidad la inmadurez que se procesa cuando se vive del amor, de su oralidad efervescente, aún cuando en realidad no se sabe concretamente lo que es estar enamorado. Aquel que va por ahí seduciendo con la mentira del verdadero amor, para sólo sentir la calidez desiquilibrante del amor y no su materialización cautivadora va en realidad descomprometiéndose con la salud de todo lo espiritual que hay en el mundo. Buscar la reconciliación con el origen que hemos abandonado en la pluralidad de lo fáctico es arriesgarse a no comprometerse con lo vital que hay en la existencia de este tránsito que es la vida, no comprender que si la instrumentalización hace añicos nuestras verdades esenciales entonces hay que luchar por escapar a las miserias de un amor absurdo que involucra todo lo que somos y seremos. Cuando se trata de vivir y alcanzar la plenitud del ser entonces hay que aprender a democratizar ese saber que nos hace felices mediante un amor a todo lo que la vida es, en términos colectivos y universales, porque de otro modo no se lograría romper con la dualidad de ser o hombre o Dios en una realidad que nos confisca el derecho de ambas cosas.

Sólo el conocimiento desafiante de un amor verdadero que se expande más allá de la fijación o sentido de pertenencia de un amor que nos sacude violentamente puede en realidad enseñarnos el inmenso valor de un cosmos o espiritualidad que abandonamos cuando decidimos vivir la torpe ilusión de la individualidad. Ser feliz en esta realidad vaciada de razón sustantiva es querer demostrar nuestro cariño públicamente por la vida, derrotando a las infelices ideologías que nos fabrican la inmunda caricatura de tal cosa, aun sabiendo lo impúdico que es la seducción de una pasión consumista. No se puede depositar en el amor romántico nuestros deseos de salvación, porque confiar en su ideologización desbordante es abrir al corazón a lo que de mentiroso tiene el mundo de lo biopolítico, es incrustar en nuestra sensoriedad la voracidad de un régimen de producción social que nos vende pequeños momentos de felicidad engañosa. Hay que se como Juan Salvador gaviota que se internó en sí para confeccionar su capacidad de vuelo y su individualidad, mientras las otras gaviotas permanecían atrapadas en la necesidad de ser sólo gaviotas. En tanto emancipaba su saber de su condición animal pudo a través del saber del vuelo conocer la libertad y la real trascendencia de lo cosmológico, pero el no se quedo ahí, regreso a la tierra y después de ser pleno quiso compartir y socializar su saber con las desdichadas gaviotas, con lo que demostró que ser un individuo completo es una ilusión en tanto no superemos el afán de separación y de la opresión natural.

A cerca de la abnegación y de los vínculos parentales:

Cuando tratamos de indagar las condiciones de producción de una determinada individualidad nos remontamos al marco de socialización familiar. En el espacio protector de la familia no sólo se ubica la formación del individuo sino que además se dan cita las relaciones sociales más pretéritas de un amor solidario del cual es complicado desengancharse cuando la vacuidad y la atomización del rol individual amenazan con expandirse. En líneas generales se podría decir que el deseo de inmortalizarse a través de la crianza de los hijos se corrompe en la medida que las tentaciones libertarias de la individualidad sustraen a la subjetividad de los rígidos brazos de la familia, la cual es considerada en un determinado momento del desarrollo de la personalidad como un rezago sentimentaloide que detiene la consolidación ontológica. Al arrojarse la subjetividad a los paisajes de una liberación negativa en donde la promesa de una aventura emancipatoria seduce la individuo, se descubre lo tradicional y remoto que es el espacio familiar, en la medida que uno como hijo es adscrito al cumplimiento de determinadas reglas que ahogan la independencia de la personalidad. Cuando por la fuerza de una promesa libertaria se desemboca en el terreno estéril de los desequilibrios identitarios que implica la evaporación individual, uno siente verdaderamente la añoranza por el cálido refugio de los lazos familiares, donde la protección si bien bloquea el desarrollo individual ofrece un mundo inmaculado de simbolizaciones solidarias donde la vida se siente comprendida y acogida febrilmente.

La subjetividad que es transformada en plusvalor de una conciencia competitiva, olvida que el nicho familiar no es retraso, y que si bien la inevitabilidad de la muerte nos empuja a sobrevivir en el mundo fáctico, no hay después de convertirnos en individuos nada más injusto que dejar atrás el amor y el entendimiento de un mundo que nos dio cobijo y nos rehizo después del dolor objetivo. Actualmente que el mundo familiar está siendo desestructurado por la invasión temprana de otros marcos de socialización más sofisticados, se observa la tensión emocional de las relaciones de protección familiar presentándose un fenómeno de incomunicación y de violencia interna que expulsa a un individuo no formado ni totalmente preparado y que lleva la marca de una educación doméstica empobrecida o sencillamente inexistente. Al deteriorarse las relaciones existenciales de solidaridad de la familia no sólo se busca liberar individuos incompletos, sino que además se busca combatir todo residuo de socialismo vital subalterno con el cual se puede repeler el cáncer disciplinario de la atomización mercantil; evitar el aprendizaje de vínculos humanitarios, barrer con toda fuente de resistencia solidaria, significa apoderarse de una individualidad inmadura expuesta ante los abusos e incertidumbres de un mundo ideologizado que sólo consume productos y bienes banales.

A pesar que se observa la mutación psicológica de las relaciones familiares en todo el mundo que ha recibido la influencia de la modernidad occidental, produciendo formas híbridas de familias conciliadas con la soledad individual y con el mercado cultural, se observa el resurgimiento en las sociedades periféricas de formas tradicionales de familia preparadas socio económicamente para resistir los embates de la mercantilización, y donde convergen una serie de mutaciones socioculturales preparadas para traducir y amortiguar los efectos represivos de la sociedad capitalista. Las familias con todos sus problemas de adaptación real en la sociedad de mercado representarían el nicho doméstico donde se depositan las esperanzas de un mundo alternativo; unidades productivas donde se rehace después de la crisis económico-cultural los lazos disueltos por la pobreza estructural, con la emergencia de una identidad progresista y una cultura del trabajo capaz de leer afirmativamente el impacto de la mercantilización y constituir una personalidad del esfuerzo y la noción empresarial.

En este sentido, si bien las relaciones afectivas de la familia están siendo resquebrajadas por una lógica individualista que arruina la cohesión emocional del nicho doméstico, lo cierto es que la reacción de las existencias subalternas es constituir una economía moral con que resistir las turbulencias del discurso neoliberal y con lo cual se está diseñando una base material y simbólica capaz de autonomizarse de las relaciones autoritarias del capital. El egoísmo metafísico con que funciona el mercado está siendo sustituido por una moralidad del bien común, que no obstante, recibir la invasión de personalidades desprovistas de una ética del esfuerzo y de la iniciativa empresarial (producidas por la sociedad de consumo) lo cierto es que representa un resguardo objetivo con que amortiguarse de las crisis recesivas y de los torbellinos de la complejidad organizada. Es a través de las organizaciones vecinales y populares del tercer sector que la vida domesticada huye culturalmente de la dominación unidimensional y de las maniobras espasmódicas de la mass media, creando una subpolítica en la sociedad civil capaz de controlar los efectos insospechados del sistema anarquizado global, contrarrestando localmente y productivamente los vaivenes caóticos del cosmopolitismo global.

La revolución que en ciernes se avecina es que el ser global si bien no cuenta con la sofisticación tecnológica de las trasnacionales si que cuenta con la legitimidad de una economía solidaria alternativa adiestrada para sobre su base material diseñar un modelo de desarrollo y una institucionalidad democrática con que transculturizar las infamias inmorales de la sociedad de mercado. La persecución sistémica del mundo capitalista a la vida productiva de los sometidos se reconvierte en una lógica comunitarista y anarquista donde el poder simbólico y tecnoadministrativo se fusiona con la inmanencia de las culturas populares. Desactivar el poder desorganizado del capitalismo desde las inmanencias intersubjetivas significaría contener el ritmo frenético de la maquinaria social, con una productividad popular que controle soberanamente el desarrollo de las culturas locales y regionales, hábil para interceder por la disconformidad simbólica del mundo de la vida y de los subalternos.

A pesar de que las familias no son sólo unidades de consumo encargadas de modelar la conducta de los futuros individuos, sino además robustas economías populares donde reposan mutaciones culturales imprevisibles, este mundo popular recibe la invasión de un fascismo social que destruye la base sensorial de los mundos de la intimidad familiar, poniendo en grave riesgo la formación psicológica de los niños y adolescentes, que ante el difuminamiento del entorno familiar se ven arrojados a una vida atomizada donde sólo vale la reafirmación instrumental. El hecho que se busque acomodar las psicologías infantiles a la costumbre de prevalecer en una modernización desbocada, lo único que generan son existencias preparadas para naturalizar la competencia despiadada, e incapaces al mismo tiempo de ver en la vida inmediata algo extraño y cruel, a pesar que las quejas y padecimientos hablan de un mundo agotado y golpeado por la estandarización economicista. La disolución de una cultura familiar en la búsqueda incierta de subordinar todo conocimiento juvenil y lúdico a las instalaciones postmodernas del capitalismo produce un estado de metástasis social donde todo rincón o vínculo afectivo es dejado atrás, por injusto que parezca, calificando la protección esperanzadora de la abnegación materna o la orientación paterna en una debilidad mental con la que se debe romper subjetivamente para sobrevivir. La imposición de una ley natural en donde se justifica que todo individuo para realizarse debe abandonar el nido familiar en realidad es la absurda prevalencia de un mecanismo racionalizador y fáctico que embeleza al individuo con una cultura apátrida o de reafirmación solitaria que lo único que garantiza es la autodestrucción de todo vínculo certero de familiaridad y de apoyo doméstico.

Sexualidad y amor individual.

En forma tradicional y por una cuestión de salud mental se ha vinculado estrechamente la pasión amorosa al estrecho y ordenado recinto de reproducción familiar. Al eliminar el carácter erótico de la sexualidad encerrándolo en los estrechos márgenes del amor oficial, la espiritualidad racional tendió a protegerse de los efectos incontrolables de la pasión desbocada, sobre todo cuando la individualidad expulsada halla en ella incorrectamente el sentido perdido por el desequilibrio social. Ahí donde la imaginación erótica es liberada del orden familiar por subordinarse la afectividad corporal a un diseño represivo y conservador de la energía sexual, se produce en la sociedad una transformación multifacética de la sexualidad, desprendiéndose como deseo autónomo de la superestructura ingenua del amor romántico, y desatándose, con ella, una cultura subterránea y ritualizada de colisiones corporales. La sexualidad ya no sería aquella necesidad vergonzosa que detenía la perfección trascendental o que se oponía tajantemente a la transformación historicista, sino con la emancipación de una sociedad personalista se convertirá en la actividad terapéutica y de religiosidad sensorial que renueva al ser y lo ubica como practicante de una pasión telúrica donde uno se reencuentra con los orígenes arcaicos. Más allá de que la sexualidad despierta motivos de regreso a una vida natural e inmanente que terminó por divorciar a la subjetividad de empresas excesivamente reflexivas y burocratizantes, hay que reconocer que la proyección sensorial que despierta la imaginación sexual compromete al individuo con la lógica de un mundo un poco más humano, donde cada cosa es más cercana, familiar y sensitiva.

Con la prohibición moralista de evitar toda sexualidad maquínica se tendió a estimular un submundo que hallaba en la prohibición el pretexto perfecto para dirigir la excitación romántica y vehicular un amor en correspondencia con la transmisión espiritual; cuando amor trascedental y pasión corporal se separan cada uno con su saber vivencial específico el vínculo ontológico que había consolidado un sentimiento de completamiento cosmológico se deteriora, en la medida que al no hallar una imagen sempiterna que canalice nuestro hinchamiento corporal uno se deja arrastrar por la química de un placer efímero y animal que es identificado como la felicidad paradójica. El amor romántico en realidad sobrecoge nuestra real y sincero interés pero es el poder tentador y más seguro de la fugacidad erótica la que anima y moviliza nuestra superficial osamenta, pues al no involucrar un real conocimiento del otro, pues sólo se busca poseer y poseído por instante trémulo, se busca protegerse de la responsabilidad romántica que implica asumir el oficio idílico. Mientras la pasión desbordada se siga ligando a una estimulación arrolladora por parte de una realidad objetiva cargada de simbolizaciones sexuales, uno no podrá responder sino limitadamente a la insaciabilidad ilimitada del choque de cuerpos, que oculta un mundo interior de acomplejamientos y de disfunciones sexuales, en donde se delata que la relajación de la prohibición y de la represión moral ha desatado un profundo mar de soledad sexual y de incapacidades eróticas. En tanto la sexualidad resalte un ámbito pornográfico del sexo máquina las relaciones de pareja ideologizadas no se sentirán conformes con la real crisis de la sensualidad humana, en donde la exigencia cibernética de disfrutar un amor automático destruye los pocos intentos sublimes de realizar un amor sincero.

Asimismo, el amor romántico golpeado por la incidencia grotesca del placer amoroso, sin embargo, conserva el domino de los anhelos emancipatorios y salvíficos de la espiritualidad profunda. Cuando el encuentro corporal se produce acompañado de la simetría y armonía de los afectos, cuando se realiza el coito impulsado por materializar el amor recíproco uno en realidad siente la transferencia de espíritus y de otredades que se aman infinitamente; no hay cuerpos y pasión violenta, no hay pasión interesada y agresiva, sólo dos corrientes vitales que coinciden sagradamente y que escapan inocentemente a las relaciones de fuerza del principio de realidad, donde las arbitrariedades del biopoder plástico arrasan con la intencionalidad saludable del amor romántico. Cada furtivo encuentro no es sólo evidencia del descontrol carnal de un amor vertical, sino además el hechizo de una atracción espiritual mediante la cual se sujecciona a las almas a una convivencia biopolítica donde cada cuerpo se entrega con todas sus creencias y saberes implícitos. A veces la desigualdad en la madurez sexual torna disconforme el placer amoroso, por lo que generalmente aquel que se entrega al choque furtivo esperando recibir una sobredosis honrada de amor recíproco, en verdad es sólo una osamenta temeraria con la que se está jugando. La esperanza de que las huellas de una deliciosa colisión corporal logren engatusar la voluntad del amante y éste así se enamore de uno, sólo se trastocan en el dolor de dejar en cada arremetida el objeto amoroso. La pérdida del lazo afectivo, en el que proyectó uno las riquezas de una amable interioridad, lo único que generan es la melancolía de una biografía que se decide a ejercer violencia frívola sobre el mundo desencantado, entrando en una lógica de la seducción sin enamorarse que a lo único a que conduce es a derribar los significados legítimos de un amor trascendental, porque el desengaño de las buenas intenciones precipitan al espíritu juvenil a una descarada cosificación que asume como acción habitual.

El dolor de una ilusión erosionada por la imprevisible complejidad de lo que uno espera encontrar en el ser amoroso, hunden a la subjetividad en el gélido abismo de una fantasía solitaria, que crece a medida que nos negamos a amar o a rehacer en la cosecha de otra ilusión nuestro corazón herido. Cuando la soledad de un espíritu concentra una enorme capacidad de amor que se deshace con al decepción amorosa, por lo general redirige ese cariño hacia la inmensidad de la vida común, en donde cultiva una narración en defensa de toda naturaleza y la sociedad a las cuales espera repotenciar y representar con el cambio histórico. La corrupción del amor desolado prefiere las alturas abstractas del cariño genérico, aunque tal dialéctica desgarradora anula y hace estallar los apoyos objetivos donde reposa la seguridad cotidiana del amor a la vida sensorial. Cuanto más levanta la mano contra sí mismo el amante de la vida, aguardando con ello la insurgencia de los nuevos valores, tanto más esta vida apartada logra penetrar los muros ideológicos de una vida de ficción. Ubicarse en los márgenes de lo que no ha sido racionalizado por el reduccionismo moderno es revalorar y rescatar de los desperdicios de las vidas que transitan solamente, un saber de frontera capaz de revolucionar la gramática de un biopoder capitalista, retejiendo una vida que se ha desecho de los horrores del principio genealógico.

Es en el corazón de lo subalterno, de lo que por un desliz administrativo expulsamos de las socializaciones ejecutivas, donde vibra el carácter de una sexualidad ardiente y arcaica, no influenciada por las distorsiones regresivas de la estandarización criminal, una sexualidad que proyecta culturalmente símbolos de un erotismo desgarbado y grotesco que ontogenizan con la visión sublime y aristocrática del oficio sexual. Acaso donde todo es desmadrado y vulgar late con energía una corporalidad agresiva y maquinal con respecto a la transgresión sexual, sin embargo, incapaz de contar con residuos reflexivos de un amor romántico que en el caso de las culturas populares es trenzado de grosería y de un enamoramiento chabacano y regresivo que no conoce el encumbramiento dialéctico de la pasión amorosa. Si bien el desborde de la sexualidad encuentra mejor oportunidad de ser practicada ahí donde el racionalismo depresivo no invade con sus tentáculos corporativos, la verdad es que la invasión tecnomediática de los signos eróticos, unida a un deseo que no halla identidades reflexivas por donde canalizarse, produce una diversidad flexible y desfijada de rostros sexuales que no pueden llamarse desviaciones psicológicas, sino transmutaciones en curso de una sexualidad despojada de sus apoyos objetivos. El deseo desmesurado no halla ya en el amor romántico un espacio concreto para su institucionalización identitaria, no se sublima en saber reflexivo, sino que se divorcia de su lógica espiritual para nutrir un existencialismo carnal agresivo que quita a la vida individual sensatez y coherencia racional. Uno es maniatado violentamente por los desequilibrios incontenibles de una fuerza pasional para la que surge una inteligencia sexual desarrollada y autonomizada de la psicología reflexiva, una vida sensorial que escapa al tejido organizativo y represivo pero que se acostumbra a una rutinariedad con que tal que se utilice a la vida normativa como pretexto para transgredirlo placenteramente con la fuerza de un cinismo corrompido. A raíz de un micropoder sexual invadido por la naturalidad de las relaciones de fuerza, hoy lo más sensible e íntimo está determinado por una tecnología de lo hedonístico que expulsa por incapaces de ser maliciosas a todas aquellas sensibilidades desadaptadas por la guerra competitiva de los significados eróticos.

Pasión y revolución social.

Ya que ser individuos en esta estructura repleta de cosificaciones no conduce a ninguna parte, porque el individuo ideológico sólo reproduce las falencias culturales de una formación social atascada en la involución ontológica, entonces es lógico redirigir toda aquella energía emotiva que desplegamos en busca del verdadero amor hacia aquellas facetas de la realidad empobrecida que necesitan nuestro concurso y aprobación emancipatoria. En tanto se busque desesperadamente avivar la llama de la felicidad individual, que sólo se consigue dándole la espalda a la miseria social, no se logrará en realidad superar las mistificaciones y objetivaciones alienantes que impone el sistema productivo, por lo que la sacralidad de la vida cotidiana que se defiende de las infamias de la instrumentalización, se pulveriza sin acabar de entender porque sucedió tal evento. Por eso en vez de hundir la creatividad psicohistórica de la individualidad en las fauces enajenantes de la ideología consumista es mejor salirse un instante de la selva negativa de los signos mediáticos y observar el verdadero paisaje de una inmanencia sometida que recibe el impacto de la opresión y manipulación capitalista. Cuando el esfuerzo descodificador de la conciencia se deshaga de las contingencias tecnosemánticas de un mundo exterior ingobernable, podrá, a la vez deshacerse de las seducciones privatizadoras de un mundo plagado de discursos digitales, para de ese modo abrirse a una experiencia del cambio permanente, de una historicidad evanescente capaz de devolverle a la vida el control antropológico por sobre la esfera tecnocientífica.

El atrevimiento humanista de condensar una mentalidad transmutada ahí donde se reproduce una humanidad determinada por las extrapolaciones tecnológicas, es también la promesa de expandir una individualidad cultural que vea en la técnica no sólo la tarea de hacer más cómoda la vida- lo que se deforma en enajenación objetiva- sino también hallar en la técnica la oportunidad de acrecentar la existencia, de vivir sin miedo, de amar cada parte infinita del universo como si fuera lo más íntimo y constitutivo del ser individual. A pesar que la experiencia ha enseñado que por el fenómeno de la alienación terminamos siendo engranajes de un macro sistema de organizaciones inteligentes que succionan todo el producto del trabajo social, se sigue confiando en que la técnica nos dotará de la mediatización suficiente como para superar la tendencia existencial del hombre a resguardarse en un subsuelo de culturas extrañadas y mistificadas. Pero la verdad es otra: tanto es la desestabilización relativista que imprime la tecnología que la subjetividad manipulada no consigue sobreponerse al desconcierto de una modernización desbocada que termina rindiendo culto a contrarrevoluciones reaccionarias en el terreno de la cultura, incapaces de leer con acierto las señales caóticas del mundo exterior.

Multiplicado el poder omnímodo de un personalismo organizativo conciliado con las turbulencias de un mundo tecnologizado es difícil desarrollar una vida rebelde capaz de escapar auténticamente a las trampas de un organismo complejo que todo lo produce y determina. Aún cuando se percibe interiormente que se pude escurrir un proyecto alternativo, desde el cual extraer una conciencia incontaminada y rebosante de honradez, siempre queda la sensación de que se ha neutralizado cualquier oposición ontológica a la inmensidad del sistema anarquizado global, por lo que la identidad antagonista queda también expuesta ante las descomposiciones hibridantes de un sistema social que arranca orden y estabilidad a todo un organismo infectado de caos y desorganización. A pesar de esto el único abismo a donde es perseguida la vida por obra de las maquinaciones biopsiquiátricas de la dominación instrumental, es la interioridad del ser, adonde las excursiones policíacas de la socialización racional destruyen cada oportunidad del espíritu de deshacerse del poderío estandarizado de la lógica capitalista. Cuanto más es el estado de repetición fáctico que desperdiga la maquinaria capitalista en pos de neutralizar todo vestigio de disidencia social en las profundidades de la interioridad, tanto más se sumerge la vitalidad de la esperanza en los abismos sensoriales del ser, como la manera de proteger la única esfera simbólica cargada de sentido que le arrebata la tecnificación.

Al ser la vida un proceso de existencias organizativas cargadas de flujos vitales y de rostros sensoriales, la auténtica vida rebelde debe nacer de la decisión testimonial de salir del sí mismo existencial no sólo utilizando las psicoproyecciones del mundo de signos mediáticos sino además ejerciendo un amor valeroso y representativo de todo lo que sufre el impacto de la cosificación rebajante. Rescatar los residuos de una vida subalternizada, cuyos saberes son relegados al mundo de lo que no tiene lenguaje, de lo inteligible, es sacar la cara por una vida enclaustrada en el patio trasero de los discursos hegemónicos para que por un amor que comparte y se sacrifica se consiga desactivar aquel reduccionismo occidental y liberar ontológicamente, así, toda la vida de los espíritus desperdiciados que son narrativas de vencidos. No todo lo que sufre y padece la exclusión del pensamiento sumamente abstracto deber ser el hervidero de donde nazca un saber de revancha, sino que todo lo que moviliza al ser emancipado debe ser un amor completo hacia la totalidad de la sociedad y la naturaleza oprimida, que debe cuidarse de corroerse por las desviaciones del rencor y del resentimiento. Sólo un amor honesto y cuidadoso de la vida del otro, que no se limite a los linderos mezquinos del ser individual, podrá entender que defender los sueños de un ideal revolucionario es llevar el desarrollo del espíritu social hasta sus últimas consecuencias, con el resultado de constituir un individuo capaz de estar acostumbrado a mutar ante el cambio desprevenido e inesperado.

Conclusiones.

En estos recorridos esencialistas que he trazado sobre la temática del amor he intentado hacer una defensa cerrada de lo que de espiritual conserva la interacción amorosa, en un momento donde las mutaciones postmodernas del goce confiscan al amor individual toda capacidad de desarrollo reflexivo y de crecimiento ontológico. También he llamado la atención sobre el hecho de que el amor cuando es buscado como destino salvífico a lo único que conduce es a un atrincheramiento egotista que socava la energía y diferencialidad de la cultura amorosa, y engarrota, por consiguiente el desarrollo pleno de la personalidad. En la medida que la destrucción de los grandes relatos de la modernidad clásica producen una individualidad aferrada inmadura sin reales apoyos objetivos desde donde aferrarse a lo que de sistémico queda en la realidad, se produce por contrapartida una relación comunicativa empobrecida e insignificante incapaz, por lo tanto, de maniobrar con los bienes desequilibrados de un amor romántico para el cual la personalidad no está preparada. Cuanto más se hace reposar en el amor romántico toda percepción de redención y felicidad, más se es maniatado y desintegrado por una posición plástica que nos halla como soñadores discapacitados para arrancar a una sensación tremendamente inestable momentos de quietud y de paz cultural. No sólo la sexualidad desbocada es utilizada como una opción inmanente para contrarrestar los desgarramientos simbólicos del amor individual, sino que esta subordinación y regresión material a los submundos del placer desmesurado a lo único que conduce es a desarrollar una idolatría adictiva hacia un erotismo clandestino para el cual se está limitado depresivamente. El descontento por no poder controlar una maquinaria del biopoder amoroso que nos expulsa como agentes infectados de burocratización, delata el hecho de que actividades tan concretas y alegóricas como el amor y la sexualidad están siendo deterioradas por los procesos de racionalización cultural donde todo padece el golpe de lo desfijado y relativo.

No obstante, saberse que la satisfacción del amor romántico y del erotismo exasperado padecen el cáncer de la instrumentalización socrática, la cultura cotidiana sigue depositando toda esperanza de cosuelo y destino redentor en una actividad ontológica golpeado por el accidente y al escasez cultural. Es el hechizo de un proceso de individualización que desconfigura irremediablemente todo origen tradicional y filogenético de donde procede previamente la vida socializada, lo que anima ala subjetividad cautivada a arrojarse a los encantos cosméticos y aventureros del mundo administrado, sin darse cuenta que todo éxito individual es parcial e incompleto. El amor que debería ser aquella experiencia espiritual que amortigua las turbulencias de la realidad estandarizada y explotadora, está golpeada de raíz por una vacilación maliciosa que no está acostumbrada a detectar la presencia del verdadero amor al cual clichetea de debilidad y de cursilería de personalidades dominadas. Es tal la rareza del amor individual, en el sentido de que emerja una correspondencia recíproca que se prefiere vivir de su indumentaria retórica antes que entregarse a los brazos de una ilusión que desfigura cualquier ambición objetiva que nos planifiquemos como porvenir.

El hecho es que el encogimiento de un mundo plagado de pobreza cultural nos quita el disfrute de una sensibilidad para la cual hay que salir bien librado de la caotización de signos objetivadores. En tanto se busque desesperadamente remedios románticos para la soledad fáctica, incubados en una pasión desequilibrada que desestabiliza los tesoros de la identidad biográfica, se estará ciego para ver que si la individualidad quiere disfrutar de la gloria de la auténtica emancipación tiene que deshacerse de los prejuicios genealógicos de una identidad negativa que celebra las miserias de una felicidad tecnoconsumista. Cultivar una existencia individual fantasmagórica que sólo vivencia los errores ideológicos de una creencia individual apegada a la sociedad de consumo, es no abrirse ante los anhelos místicos del espíritu social, vejado y manipulado, no ver que para ser feliz hay que salirse de la mezquindad de la vida atomizada. Hoy más que nunca el destino de todo lo que conocemos como auténticamente humano depende de la fuerza de un amor rebelde que se abre paso ante las cosificaciones capitalistas del mundo complejo y construye una sociedad conciliada con la naturaleza y consigo mismo.

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Epistemología de lo inútil.

by on Dic.15, 2010, under Sin categoría

Resumen:

En los límites de esta inspección disidente de una exiliado sin sitio en las izquierdas, se recorren críticamente los atolladeros epistémicos de las fuerzas de vanguardia, señalando que el desencuentro entre la sociedad compleja y las promesas de emancipación de una izquierda enmohecida ha significado el desdibujamiento de la praxis revolucionaria y su completa sumisión a los intereses de la capitalismo criollo actual. En vez que las izquierdas hayan desarrollado una lectura sofisticada del cambio cultural global han resistido en su esclerosis política desarrollando una mentalidad del desconcierto y la violencia y formas hedonísticas e informales de asumir la actividad intelectual.

Abstract:

Within the limits of this inspection a dissident in exile with no room left, you drive the quagmires epistemic critically vanguard forces, noting that the mismatch between the complex society and the promises of emancipation of a rusty left has meant the blurring of revolutionary praxis and complete submission to the interests of the criollo capitalism today. Rather than the left are developed a sophisticated reading of global cultural exchange have resisted the political sclerosis developing a mentality of uncertainty and violence and hedonistic and informal ways of taking intellectual activity.

Palabras claves: clasismo, izquierda, modernización, hedonismo intelectual, resentimiento teorético, intelectual orgánico, inflexión postmoderna

Mientras el mundo democrático demuestra evidencias de una madurez en las ideas de la izquierda, sobre todo en las tradiciones democráticas de Europa, en América Latina asistimos a un proceso de regresión ideológico en cuanto al reservorio del pensamiento negativo. La vanguardia política se ha envejecido observando como el momento del cambio radical que auspiciaba una sociedad alternativa ha pasado inexorablemente, y ha sido aplastado por el terror de la razón de Estado neoliberal. Ahora esa vanguardia tras los tropiezos económicos de las reformas neoliberales se halla ante la oportunidad perfecta para introducir las reformas necesarias que subordinen el patrón de desarrollo a un proyecto de sociedad ontológico horizontal y democrático. Quizás la ceguera ante este objetivo sea que el cambio estructural no es tal y que para validarlo se hace necesario reconocer que los ajustes imprescindibles para transmutar los valores mercantiles y de la sociedad capitalista, no se hallan en una presunta evolución revolución político-social, sino en proporcionar los juicios suficientes para transvalorar la gramática de la dominación burguesa. Más que hacerle una cirugía al orden democrático se hace urgente enriquecerlo con las propiedades de una gobernabilidad radical y pluralista, que permita la expresión libertaria de las tradiciones e identidades que habían sido sometidas a un principio de realidad monocultural y francamente racista. En tanto las fuerzas populares de la izquierda no reconozcan las gigantescas señales de un cambio global que hace añicos la vieja estrategia de la toma del poder estatal, sus intenciones violentas de cambiar la lógica del vacío individualista no conocerán más que el rechazo y la ignominia de todas aquellas capas subalternas que dicen defender o proteger de la opresión ontológica.

La pregunta sería ¿porqué, si el cambio cultural es evidente, las fuerzas de la izquierda se han obstinado en hacer estallar las encarnaciones estatales del poder, cuando el poder ya no reside en un centro autoritario único, sino se ha disuelto y disgregado en monadas cotidianas? ¿Por qué la terquedad arrastra a la izquierda a seguir fiel a un discurso harto obsoleto y no dejarlo, divinizarlo y rendirle culto, como si fuera la palabra viva de un Dios en la tierra? ¿No es acaso que la liberación implica no creer en nada sagrado, sino dirigirlo como combustible de la creación histórica¿ ¿No es acaso su radicalismo, su dogmatismo en ciernes una cárcel existencialista que no se llega a creer la fuerza del discurso negativo y que prefiere hacer trizas, embriagarse de tanto resentimiento cuando lo que urge es demostrar afecto y solidaridad por las categoría deprimidas?

En los límites de este recorrido hermenéutico trataré de desentrañar los dispositivos simbólicos que hacen posible que una mentalidad decadente y enferma se hay apoderado del ideario de izquierda.

Radicalismo y estructura social.

Por historia se sabe que el radicalismo político es coherente ahí donde el despotismo de un régimen de acumulación antiguo no deja nacer las soberanas condiciones productivas de la nueva clase social. Conforme la resistencia del viejo orden impedía el surgimiento de al economía burguesa era necesario revolucionar políticamente las estructuras de la sociedad para generar remozadas condiciones para la supremacía de las ideas dominantes, que en cierto momento de la gesta emancipadora las leyes naturales de la burguesía eran presentadas como justificaciones racionales del nuevo orden insurgente. El carácter violento que tomó la revolución política burguesa se debió a que no existían medios institucionales para generar el cambio social, pues la terquedad dictatorial del viejo orden unido a la tendencia belicista de acabar y generar cambios con la mano alzada facilitaron el tránsito turbulento, pues la violencia milenarista era la marca explícita con la cual se liberaban las nuevas fuerzas sociales de un yugo degenerado y humillante que había detenido por siglos el progreso ontológico del espíritu social de la humanidad. En la medida que la burguesía arribista representaba a las capas populares del cuarto estado, haciendo ver su gesta revolucionaria como un proyecto universal, de tintes humanitarios, fue fundando las condiciones para el Estado de derecho burgués, que se convertiría en el marco jurídico para la realización de los intereses del naciente capitalismo.

Para el caso peruano la impaciencia histórica que dio vida a archipiélagos de modernidad, no buscaba ciertamente sólo liquidar la feudalidad, sino que buscaba destruir toda evidencia de un poder autoritario que había obstruido la expresión de las identidades de vanguardia al interior de corazas de poder tradicional que ya no proporcionaban satisfacción a las reivindicaciones emergentes. En la medida que las nuevas mutaciones socioindustriales del campo y la ciudad mostraban evidencias de un germen revolucionario, ahí donde el poder habíase decidido por el régimen dictatorial, se fue depositando legítimamente en las clases subalternas un radicalismo ideológico que no sólo perseguía el liquidamiento de la feudalidad, sino que además perseguía, equivocadamente, saltar cualitativamente hacia un nuevo estadio histórico coronado como el socialismo. La tesis de estos radicales románticos era que la modernización del Estado populista no aseguraba la completa autonomía soberana, y que los regímenes populistas no eran más que economías de guerra inclinadas a disciplinar y acallar las crecientes demandas de los actores democráticos movilizados. La equivocación doctrinaria por acabar ontológicamente con una forma de dominación de clase que había estrangulado el plusvalor histórico de las clases oprimidas predispuso oníricamente a creer que la supremacía del proletariado como forma de Estado acabaría con cualquier discriminación étnico-clasista, y que era sólo cuestión de un voluntarismo radical asumir el conocimiento solidario en la sociedad.

La creciente creencia, tomada de los tratados socialistas, de que el socialismo generaría una nueva mentalidad antropológica de reciprocidad armoniosa entre sus miembros e instituciones, creo las bases para una disposición de violencia política capaz de barrer con los dispositivos oligárquicos y feudales que habían mantenido enclaustrada a la activa dinámica de las clases populares. Se diría que el paradigma revolucionario, significaba una ruptura cualitativa con el viejo orden, en la medida que la violencia instalada purificaba los espacios donde había brillado con hipocresía la cultura colonial y gamonal, que al final no fue desactivada. Era tanta la humillación emocional y política que padecían las clases populares a manos de una sociedad de castas, que invitaba a la transgresión hedonista, que la violencia desatada no buscaba acabar sólo con los rostros de la explotación, ahí encarnadas en hostiles ideologías, sino que además buscaba vengar milenariamente a las clases populares de la belicosa adicción a un orden tradicional que había prometido silenciosamente bienestar y realización en el cuerpo de un organismo iconoclasta y degradado.

El radicalismo ético que guardaban los registros de la explotación conferían a las movilizaciones políticas de comienzos de la modernización una cara agresiva, pues no sólo había que romper con el tradicionalismo retrógrado que impedía el desarrollo de la estructura social, sino que además significaba liquidar a una moralidad transgresora y delictiva, que había impedido desconectar los registros del racismo étnico-social, que dicho sea de paso, habían permitido el evolución de una personalidad submundana, capaz de disolver cínicamente el orden establecido. Entiéndase, era o es la evidencia de una psicología inmoral que ha obstaculizado siempre el decurso de una historia de justicia y de integridad democrática la que se interpuso en el feliz connubio entre la razón moderna y la realidad empírica. La inmutabilidad de pasiones de ideologías sensoriales que se constituyeron en narrativas y referentes culturales, que otorgaron certidumbre a la individualidad piscohistórica, y que se conservaron como rezagos coloniales de una mentalidad tradicional fueron, en última instancia, las que contrajeron la transformación de las estructuras culturales en el Perú moderno, pues las rebeliones de la vanguardia modernizadora no quisieron abandonar constructor simbólicos que garantizaban todo cultivo de una biografía parroquial y hedonista.

Hay que reconocerlo el sublime objeto de una ideología transgresora que mortifica y mantiene incólume a una mentalidad mediocre y conformista, aún cuando la degrada y cosifica, es la pluralidad arcaizante que no fue desecha por la política del desarrollismo, que no logró ser derribada por el esfuerzo colectivo de populismo tardío que reprodujo al interior de una ideología en apariencia nacionalista, una moral del delito y de la ociosidad burocrática que terminó por coaccionar la promesa de la autonomía económico-política. Es el riesgo moral y económico de mantener adrede una cultura de la criollada lo que ha facilitado la instauración de una cultura organizacional anticuada y corrupta en el seno del Estado y de las empresas privadas, y lo que ha encapsulado a los ejércitos profesionales a tener que reproducir una moral clientelar de la viveza y de la sabiduría escéptica a riesgo de desaparecer en la aburrida honestidad y honradez meritocrática.

En la actualidad este componente parroquial de la cultura tradicional ha sobrevivido y se ha fusionado con el libertinaje de los esquemas mercantiles, conformando una biografía degradada y corrompible que permea las socializaciones cotidianas y que ha infectado las bases emocionales y afectivas de la antropología social de una cultura cosificadora y empresarial. A riesgo de parecer obstinado soy de la tesis de que esta entronización accidentada entre la moral del dinero y los restos resistentes del criollismo en las mentalidades populares, han permitido el dominio de un sistema de poder que garantiza la libre empresa y las condiciones materiales, pero que ha hecho involucionar las condiciones culturales donde se asienta el reconocimiento simbólico de las poblaciones diversas. En otras palabras, al ser el desarrollo empresarial la pastoral doctrinaria que alimenta al patrón de acumulación este reposa en una vida cultural sembrada de modo criminal y transgresiva, lo que asegura la subordinación de la carne social a las conveniencias de la estructura productiva, pero negándole toda posibilidad de realización cultural, en un escenario que vincula la felicidad a una tecnificación y empoderamiento de las emociones en los submundos del placer y del desahogo corporal.

Ahí donde la legitimidad a un poder imperfecto y hostil descansa en la nulidad subjetiva de un sistema estrangulado y reprimido, se cultiva la contra respuesta de una subalternidad viciada y explotada, que no responde por vía de la bondad o redención democrática, sino que para sobrevivir ontológicamente desarrolla una química del delito y del cinismo cultural, como estrategia para no renunciar a la intensidad libidinal y consumista que el sistema le ofrece pero le niega. Como la sublimación sistémica es capturada por lo monopolios culturales que son mezquinos a toda democratización de la felicidad reflexiva y sensorial se incuba un radicalismo en potencia en el seno de las categorías populares; radicalismo y rencor que se procesa como violencia social o política, cuando la frivolidad, el desprecio y la indiferencia del elitismo criollo paralizan toda justicia social en los brazos del siempre escandaloso contubernio oligárquico.

La descarada rutina de una personalidad autoritaria y delictiva, ahí donde los tentáculos formalistas del derecho no llegan, es decir, en las mentalidades, justifica silenciosamente la venganza irracional de los relegados en la lucha por el poder. Los vencidos de la historia, los desposeídos a riesgo de perderlo todo, ejercen un esfuerzo denodado por romper con las cadenas del capitalismo, sin embargo, tal empresa que sólo hace estallar el esquema de fuerzas dominantes enquistado en los Estados vasallos, implica perder las propias condiciones institucionales de este estado de derecho, lo cual significa erosionar las virtudes cívicas y las condiciones para el surgimiento de una real y efectiva democracia social y de los trabajadores. La ruptura violenta con el pacto burgués no conduce necesariamente hacia un estadio avanzado en el desarrollo humano, sino a la dictadura de sentimientos de venganza y de justicia milenaria que regresionan la estructura social. Si bien el vacío existencial y el cáncer angustiante que soporta la soledad moderna urgen la renovación de referentes ideas-fuerza que restablezcan los vínculos rotos por el mercado desregulado, nada justifica la adopción de ideologías trasnochadas y proselitistas, cuando lo que se urge es de una eficacia descorazonada para probar que un modelo socialista del mercado es cualitativamente superior al neoliberalismo disgregador. Según esta última apreciación, el radicalismo político-cultural que se detecta en las vanguardias socialistas no debe patear el tablero de la democracia universalista, sino demostrar la madurez necesaria para profundizar los resultados benéficos de un patrón de acumulación que no se condice directamente con la erradicación de la pobreza estructural, pues la tarea sociohistórica de la izquierda es abandonar estratégicamente las ficciones estatizantes y doctrinarias en el manejo de la economía y apropiarse de las experiencias plebiscitarias de la izquierda democrática en cuanto a la administración racional y tecnocrática del sistema productivo en armonía con las demandas diversas del mercado interno.

Para culminar con la idea, si bien el radicalismo es un producto piscohistórico de la irresponsabilidad criolla a la que busca eliminar para democratizar las relaciones en la vida cotidiana, el razonamiento sensato que se requiere es cerrarle el camino a tendencias revanchistas y violentistas en el manejo de la sociedad, porque si permitimos el desbocamiento de los rencores y de la irracionalidad subalterna estaremos destruyendo las condiciones ontológicas para la expresión de una vida virtuosa y solidaria.

Consigna e impaciencia histórica

Otra enfermedad del pensamiento que envenena a la escribalidad periférica de los marginados, y que se ha instalado como un registro retrógrado que ha impedido la renovación del discurso de izquierdas es el perturbante dogmatismo social. No se si es la vulgaridad de la oralidad criolla, o la siempre disposición tecnocrática de los profesionales acriollados a embadurnarse sólo del lado retórico y cosmético del conocimiento social y natural lo que ha coaccionado la dación de una conciencia productiva y no consumista en materia de investigación científica. Es tan irresistible el avance de la tecnificación ingenieril de la educación peruana, que garantiza la reproducción del esquema elemental del capitalismo agroindustrial y urbano, que se produce una versión extremista del pensamiento social como único refugio de las tendencias románticas y humanistas de la ciencia social; pero no un saber alternativo que denuncie la manipulación y deformación de la idea del hombre, sino un replegamiento de culto de lecturas doctrinarias y de consignas desfasadas que a lo único a lo que conducen es a la constitución de una conciencia zombi, incapacitada para reinterpretar originalmente el ser social del capitalismo informacional y postmoderno. Cuanto más las estructuras de la educación superior – sobre todo de los consorcios privados- difunden un saber especializado demandado por la diversidad empresarial, tanto más se estimula como conciencia retardada al cambio de mentalidad un pensamiento que produce ideologías inapropiadas para leer el nuevo carácter de la explotación y de la dominación.

Hasta cierto punto la terquedad fértil para atrincherarse en constructos ideológicos que no han hecho sino mantener una moral inflexible y fundamentalista, ha evidenciado la poca resolución político-ideológica del pensamiento negativo, que por conquistar resultados auspiciosos en materia de la lucha política ha desvalorizado y pragmatizado la producción de la teoría marxista. El brutal existencialismo ontológico al que ha sido arrojada la personalidad de izquierda le ha negado toda posibilidad de concebir al saber social como un arma desideologizada para conseguir la emancipación convirtiéndola en una liturgia de culto, que no admite el diálogo con otras tendencias teóricas y que se delata como incapaz para provocar una síntesis teórica-histórica en la formación social peruana. El dogmatismo visceral hacia las conclusiones mecanicistas del marxismo ha ocasionado un empobrecimiento del conocimiento social en las variadas cátedras de ciencias humanas del Perú contemporáneo, donde el aferramiento obsesivo hacia la dogmática marxista no ha demostrado la fortaleza para combatir al plástico saber tecnocrático y postmoderno de derechas, sino todo lo contrario, un folleto lleno de consignas retóricas y sofistería enervantes, que han sembrado odio y regresión psicológica en las canteras juveniles y generacionales de la izquierda.

Es difícil sostener lo contrario, pero este adoctrinamiento inmutable a pesar de las lecciones de la lucha armada no ha mostrado signos de renovación en las últimas décadas, lo cual confirma la hipótesis que esta dependencia ideológica hacia el horizonte más oscuro del marxismo, a lo único que ha conducido es a mutilar a la izquierda de programas sociopolíticos modernizados, pues se sostienen las recetas de un voluntarismo decimonónico y de la improvisación estatitazante como remedios a las imperfecciones de la democracia burguesa. Hay que reconocerlo pero el desguarnecimiento de la ideología socialista para proponer un proyecto de sociedad sofisticado que reemplace al cáncer del neoliberalismo, y de su miseria tanto económica como cultural, colisiona, con el propio empobrecimiento y dejadez científica de los cuadros de izquierda al razonar displicentemente que la veneración y creencia romántica en un ideario obsoleto hasta la raíz es lo suficiente como para construir o simplemente transformar las condiciones de vida social en el país. Es la testarudez senil para no recrear con solidez epistémica un horizonte político-cultural de izquierda, pues esto sería traicionar a los iconos del materialismo científico, lo que ha impedido el desarrollo de una teoría y de una práctica democrática de traducción al interior de las organizaciones sociales de base que presas de la improvisación resentida y de la desinformación ideológica han sucumbido en las fauces de un existencialismo y pragmatismo político sin poderse prepararse para nuevos tiempos.

Esta inmisericorde pobreza filosófica que ha demostrado el horizonte izquierdista para adaptar la crítica a las nuevas circunstancias del poder global, sólo se explica por una breve revisión de las mentalidades profesionales en el Perú oficial. No sólo el conjunto variado de las profesiones en el país oculta un real pragmatismo ideológico a la hora de formarse el adiestramiento técnico – lo que facilita la flexibilidad y tecnificación de los obreros peruanos ante el rendimiento laboral- sino que además el conocimiento que se asimila en las casas de estudio no consigue transformar la estructura psicológica y ética de los profesionales, por lo que estos no se sienten comprometidos con lo que hacen. Es decir, no sólo se reproduce un aprovisionamiento retórico que agiganta los egos de los profesionales, y que decide la fidelidad de los científicos ante el dinero, sino que no se concibe un cambio ontológico de la estructura moral en las clases medias y populares, por lo que la pobreza e indigencia cultural del criollismo virulento no logra ser desactivada por el registro educativo. La sola buena adaptación del técnico a los laberintos del mundo administrado le provee de una metodología rampante, moldeable a cualquier contexto organizativo, pero le quita toda base sentimental y nobleza temperamental para realizarse como biografía étnico-cultural. La tecnificación profesional esconde un estado paupérrimo de la subjetividad criolla, que para asirse de la falsa felicidad mal redistribuida se decide por sembrar una ideología transgresora y delincuencial, que se convierte en la pastoral del éxito y de la autoconservación.

Son razones estrictamente desaprobatorias de la moral criolla las que han acostumbrado a los cuadros de izquierda a desengancharse rabiosamente del ideario inmoral de lo criollo supuestamente en lo doctrinario. El odio impávido e instrumental a un mundo sin base ética ha permitido, como necesaria criminilización de la protesta, consolidar enemigos políticos sin la suficiente fuerza ideológica para criticar a la sociedad existente, y corroídos por un afán moralizante de introducir racionalidad en un mundo que los golpea, empobrece y los separa de todo bienestar. Es la ceguera ante la presencia de una monstruosidad moral de la cual reniegan violentamente la que causa otra ceguera aún más dolorosa: el no ver que la mutación hipermoderna de la globalización no es sólo una rústica conspiración imperialista “de más de lo mismo” sino el quiebre metafísico con la dominación alienante e historicista que el proyecto clasista ayudó a concebir y desplegar. La descomposición líquida del orden moderno y la exposición de la vida social ante el caos entrópico es una decisión ahistórica de la vida oprimida y victimaria de la sociedad capitalista que ha sabido dejar la inacción de lo ideológico y se ha arrojado cínicamente a sobrevivir alejándose de la representación clasista y proletaria que estalló en microdiscursos. Con otra orientación, el desamparo que experimentan las organizaciones de base es el precio que hay que pagar para permanecer fieles a una ideología obsoleta que ya no seduce a los actuales acantonamientos juveniles, pues el protagonismo individual desclasado ha sabido nutrir un pensamiento pragmático y eficiente que sustituye a toda esclerótica revolución. Es el dolor fáctico de sentirse incomprendidos por una realidad que se ha decidido a vivir en la mistificación postmoderna lo que vuelve inútiles e insensatos los intentos de concienciar y de alterar el orden establecido, y lo que finalmente empuja a la vida alienada del político y del intelectual a ejercer violencia política contra un paraje de susodichos ignorantes y traidores que se han desentendido de la liberación. Es algo más difícil que ello: la aventura irrenunciable de salvar la vida de sí misma se ha trastocado en una lealtad a una existencia relegada y empobrecida que es conservada a sangre y fuego, porque salirse de su incompleta solidaridad es tener que aceptar que no se tiene nada, aún cuando la militancia y el corazón digan lo contrario.

La desaparición de la palabra escribal entre los vestigios de la razón histórica ha devorado toda posibilidad de reestablecer la vía colectivista, pues no es sólo el dogmatismo escolástico de la izquierda radical con su inspiración en la letra sagrada, lo que cohíbe el desarrollo de una visión holística y de convicción desde las ciencias humanas, sino el discurso imprevisible de la heterogeneidad cultural, de una oralidad desarraigada e instrumental. Digamos que el camino histórico que ha recorrido la vida social ante la embestida de la metafísica neoliberal y del mercado es el escenario de un sistema organizativo descompuesto y caótico, que ha abrazado la complejidad y la frialdad de la contingencia para exorcizar cualquier intento de sublevación vital, aunque tal opción ha sido vestirse con los ropajes de la posible catástrofe civilizatoria y de la vacuidad total.

Banalización y distanciamiento político.

La consiguiente destrucción de la sociedad planificada que sirvió de pretexto para extender la formación capitalista a todos los rincones del planeta, hizo que prevaleciera en el horizonte de configuramiento de la organización compleja y autorregulada una cierta receta de eficacia y rentabilidad a costa del orden social. El agotamiento del Estada interventor y su retirada política del escenario de la planificación urbana y rural para dar paso a la libre coordinación y discurrir de los negocios privados, ocasiona como hemos visto que se generara una epistemia relegada y expulsada de la oficialidad del bienestar económico, pero en compensación estimuló la supervivencia de ciertos esquemas humanistas replegados en una enigmática clase media criolla que se preocuparon por promover lentamente la conservación de la cultura y de la inteligencia social a medida que el Estado neoliberal entendía que era útil propagar el ideario de un nacionalismo consumista.

Pero esta insospechada preservación del ideario humanista con tintes de bohemia y disidencia moral no era una posición provisional de repliegue estratégico ente la persecución de derecha, sino que con el tiempo se convirtió en un mundo paralelo con su propias reglas y actores. La negativa de la inteligencia radical a conectarse directamente con el sistema político no guardaba sólo reticencias contra una esfera ideológica que se había erosionado y corrompido por la clase política nacional, sino que además era una decisión teórica y epistemológica para salvaguardar los frutos del espíritu intelectual ante las evidencias indignas de la praxis política que basada en un pragmatismo real había desecho y contradicho los consejos melifluos de la teoría social. En cuanto a este punto se podría concluir que los abismos entre la teoría y la praxis política eran quizás insalvables y de acostumbrada validez, pues no sólo había una práctica social que degeneró en ciega tecnocracia gerencial, luego de que había conocido la involución rudimentaria en el Estado populista, sino que desarrollaba simultáneamente un pensamiento sociofilosófico que se desconecto escandalosamente de su aplicación técnica.

Este saber ensayístico y espiritualista halló un agotamiento con la irrupción de las ciencias sociales, con su énfasis en la rigurosidad científica, quebrando toda una línea de reflexión propia y auténtica que no fue asimilada y aprovechada por el conocimiento colonizado del funcionalismo y el marxismo científico. Si bien las impresiones orgánicas de este saber arielista y cultural no hallaron eco en el desarrollismo ideológico, por lo que se desperdicio toda una riqueza de saberes nacionalistas y espontáneos de nuestra diversidad civilizatoria, si sobrevivió con matices de hidalguía y consecuencia el lado chueco de la inteligencia peruana: me refiero al cascarón dandy y esteticista del intelectual criollo que se diluyó aparentemente con la propuesta del pensador orgánico y comprometido del marxismo periférico, pero que fue resurgiendo apaciblemente cuando el discurso nacional-desarrollista fue neutralizado por el ajuste estructural y el desmantelamiento de la modernización industrial.

Esta corteza irónica y barroca del intelectual criollo no sólo no ha podido ser desactivada por el trabajo serio y paciente del investigador social, sino que sus principales conclusiones labradas en tautologías musicales y pastiches a la carta, han infectado y bloqueado el desarrollo de una visión panorámica de la sociedad peruana. No obstante necesitarse una ventisca ágil y deliciosa que exorcice la severidad de los mitos oligarcas y el ánimo parco de las tesis clásicas del marxismo latinoamericano, creemos que hay algo más que un intento de frescura y diversión: es la constitución de una inteligencia vanidosa y frívola que nunca abandono los recintos de las aristocracia ideológica, y que paradójicamente alienta el desarrollo de un punto de vista irresponsable y celebratorio de los ideales populares. Ante la declaratoria de guerra a una visión monocultural y populistoide de nuestras sociedades se siembra una énfasis en la cultura olvidada por la modernización, haciendo que hablen existencialmente los sujetos de la explotación, para matizar la idea de que todo arreglo desarrollista es una cuestión de diálogo intercultural y consenso fronterizo, cuando en realidad esta fertilidad en el manejo de la cuestión social oculta un negocio cultural: esta rebelión estética y de los sentidos irracionalmente aplastados por la dictadura modernizante, sería la vuelta de un intelectual inconsciente, que habría encontrado en los motivos secretos de la animación sociocultural una mercancía lo suficientemente adaptable para vivir una vida de licencia y bohemia criolla. Esta defensa del patrimonio cultural y de la variedad simbólica de la cultura popular no guardaría una intención de desenmascarar los varios rostros de la dominación colonial como es el producto de las divertidas investigaciones culturales, sino un más astuto mecanismo de abandono de los cimientos estructurales de la economía, por lo que se lanza la conjetura de que esta retirada hacia la diferencia cultural, seria en realidad una renuncia a un proceso revolucionario contenido, por apostar por un cambio gramatical de la existencia rebelde en los paisajes de la reconstrucción. Como en nuestra sociedad la disposición de los imaginarios híbridos es a bloquear y desorganizar el mundo de las mutaciones socioeconómicas, lo cual hecha por la borda cualquier cambio estructural del modelo de desarrollo, se optaría por cuestionar los cimientos semánticos de la identidad cosificada para provocar cambios auspiciosos en las mentalidades étnicas y así consolidar una subjetividad capaz de leer descolonizadamente las arremetidas de la razón instrumental y del racismo objetivador en ciernes.

A pesar no ser mala idea de construir una personalidad autónoma, racional y orgullosa de lo que tiene, estas variaciones son limitadas en tanto no se colisione con la base económica de la propiedad privada, que distribuida de modo injusto y estrecha, impide la organización de una moral individual enteramente emancipada de los rigores de la noción empresarializada. En tanto el razonamiento social no ejerza una crítica ontológica del carácter monopólico y rudimentario de la producción, sus complementarias conclusiones etnometodológicas y hermenéuticas no descansarán más que en un orden material completamente al servicio de la sociedad elitizada, y se desviarán como esta sucediendo hacia la proliferación de estilos de vida cínicos y desconectados de toda base ética, los cuales influyen curiosamente como contexto socioeducativo en la psicología de nuestro intelectual contemporáneo. El ser emocional no puede vivir -aunque ya lo esta haciendo delictivamente- en las coordenadas de una sociedad licuada hasta la raíz, porque este vacío absurdo alimenta en el fondo la infelicidad y la descomunicación, lo que a la larga trae el conflicto y la metástasis social. No dejo de ser radical, pero la irresponsabilidad jovial de nuestro dizque intelectual comprometido valida la propagación de un cáncer ideológico, que ellos estudian amigablemente, sin que de sus conclusiones se extraiga una política rebelde para evitar la sordidez ideológica, y la estupidez instrumentalizadora de lo que indagan. Al contrario todo intento pedagógico por alterar el decurso reticular de una vida infectada de autoritarismo e irracionalidad es visto como un intento de dominación, aún cuando se sabe que esta gramática transgresora e ideológica bloquea y coacciona el desarrollo social.

No quisiera ser un aguafiestas – pues estos individuos del socialismo democrático nutren la alegría de los distinguido y artístico- pero es pura formalidad la crítica a lo existente lo que sale de sus razonamientos socioculturales, ya que la fuerza de sus diagnósticos fenomenológicos e interaccionistas esconden una cierta complicidad con el sarcasmo frívolo de la herencia colonial. Yo diría que al no romper con los fantasmas del criollismo de cuyas cocinas emana el gusto displicente hacia lo popular (a la que secretamente desprecian) se mantiene una cierta alianza con la lógica cultural del capitalismo tardío, del cual sinceramente no se quieren desprender pues este mercado editorial les adquiere sus creaciones literarias furtivas. Para concluir con este punto, yo diría que no se creen lo que escriben, ni quieren asumirlo políticamente. Al crear para un mercado cultural una diversidad de ideologías escribales neutralizadas por el inconmensurable poder del consumismo, no se hacen esperanzas de un futuro socialista pues sus conclusiones literarias son presas ya de una red de organizaciones no gubernamentales, y de una actitud empresarial que desea fervientemente que las cosas sigan como están. La costumbre a prerrogativas económicas por ofrecer un servicio de gestión social y económica a las identidades populares, que se han reactivado material y simbólicamente en los últimos tiempos, los ata a una camisa de fuerza mercantil a la cual critican despiadadamente, desde una posición vitalista y democrática, pero en sí su despolitizamiento intelectual los descalifica para atribuir importancia al poder político a cual rechazan como rebeldes anarquistas que son. El hecho de que esta actitud de disidencia estética y moral haya encontrado eco en los últimos tiempos con la aparición de las necesidades juveniles postmateriales evidencia un indicio de soterrado conservadurismo en estos cuadros remozados de la izquierda moderada, que no tienen ninguna intención de socavar la dominación estructural, pues esta sirve de base sentimental a un estilo de vida licencioso y de supuesta subversión sensorial, que identifican como un cambio auténtico en la reinterpretada emancipación democrática.

Hacen recordar a la polémica Gonzales Prada y de Ricardo Palma, en que el primero reaccionando en contra del aristocratismo irresponsable y cortesano de la elite criolla, que perdió el enfrentamiento bélico con Chile, criticó el estilo dicharachero, bohemio e irresponsable del otrora autor de las tradiciones peruanas, a quien fustigó de cómplice literario de toda aquella tradición colonial que había permitido la decadencia civilizatoria de la nación. En vez que la acriollada dirigencia limeña entendiera la crítica moral y social del apodado “diablo”, cuando ingresaba en las tertulias y cantinas, prefirieron salvaguardar ese aristocratismo ennoblecido, iconoclasta y escolástico que no ha desaparecido hasta la actualidad. Con otros ropajes más sofisticados pero con la misma actitud despachada y vanidosa esa mentalidad criolla se ha extendido a las biografías individuales de la toda la cultura peruana, condicionando no sólo un conservadurismo extremo de la clase dominante, sino además el desenfado y esteticismo rebelde de sus hijos y clase media ascendente, que aunque depositen buenas intenciones en la defensa humanitaria de un capitalismo con rostro social y democrático, la verdad es que carecen de la seriedad y de la vergüenza suficiente como para fajarse ante los poderes fácticos. Son parecidos a los Jacobinos revolucionarios con la palabra, pero cobardes en la acción. Soy de la idea que más que realizar una crítica ética y refrescante se debe construir un real programa de desarrollo a la altura de las especificidades culturales y económicas de la estructura, producto alternativo del que cojea este apitucado reformismo socialista.

Intelectualidad e intervención social.

Parece hasta aquí que no hay punto medio en este callejón sin salida que es la militancia política, sin abrazar la soledad y el ostracismo económico, pero en realidad se hace una necesaria crítica despiadada a la inutilidad cultural en la que ha caído toda la ideología de izquierda, inutilidad y ancianidad que se ha producido por no querer romper generacionalmente con toda aquella metafísica criollo-tutelar que se ha descentralizado en la sociedad.

No sólo su completa ingenuidad marxistoide al querer reproducir insistentemente un horizonte desarrollista, que no comulga con la personalidad periférica y barroca de la cultura peruana, sino que además su embarazosa crítica blanda y desubicada al no deslindar con el registro acriollado e individualizante, es lo que descalifica a la crítica social para conformar una lectura política apropiada capaz de deshacer las escorias históricas que ha impedido el desarrollo nacional de país. Es la actitud acomodaticia y simplona, el miedo a los resultados liberadores de un discurso con el que conciertan en el papel, lo que provoca una situación comprometedora en las subjetividades del hombre de vanguardia, que se ha vuelto adicto a una gramática empobrecida y existencialista que no rompe realmente con el imaginario transgresor y acomplejado de la cultura criolla.

Delineemos algunas reflexiones acerca de la problemática de la inteligencia social en esta época posthistórica. Para ello se dirá que subsisten razones internas y externas que han condicionado la conformación de una militancia de intelectuales interesados y profesionales en la realidad del país. Empecemos con las internas. Para ojos y oídos la sobrevivencia de una psicología colonial en la realidad administrada y sórdida ha condicionado la permanencia de un profesional de las ideas que se autonegocia y que gira en torno de sí mismo, pensando que su destreza y talento es una buena empresa de asesorías y consejos que puede ser vendida al mejor postor. Si bien el excesivo humanismo social bloqueó la maduración de un profesional competente y eficaz, que cayó en la desgracia de una solidaridad de fantasmas y bohemios, la actual base emocional fría e indiferente del filibustero profesional, que salió como alternativa a un mar de incautos socialistas, no es motivo para estar orgullosos. Ya que tal idoneidad técnica, tal destreza administrativa, ha sepultado el desarrollo de una inteligencia científica autónoma, debido a su dependencia con modos empresariales de producción del conocimiento, y a un basurero de orientaciones empíricas y gerenciales que son consumidas por las Ongs, es lógico suponer que el carácter del militante no se hace problemas a la hora de tratar de convertir su conducta en algo diferente al sistema de costumbres profesionales.

Las aptitudes del profesional están aisladas y son tan vulnerables a las influencias consumistas de la moral afirmativa que éste se contamina ideológicamente, aunque desarrolle buenas intenciones críticas de cambio. Es la incomprensión a su sana sensibilidad histórica lo que obliga a mutar por tener que sobrevivir fácticamente en esta realidad desmantelada en fragmentadas organizaciones. El anhelo inmarcesible de un mundo alternativo, al que sueña como una liberación a su espíritu cosificado, es lo que agranda en él una disposición cognoscitiva a comprender la naturaleza del tejido alienado, pero es pronto el hambre de realización individual, lo que lo hace traicionar sus aspiraciones originales, una indigencia emocional que crece con cada golpe intelectual con el que escarban la dominación social. Es este exilio hacia las profundidades del ser enajenado, el dolor objetivo que produce saber que otros son felices milagrosamente – desentendiéndose de la miseria ontológica- lo que persuade al envalentonado romántico a sacrificar su existencia a los fines de la emancipación social, lo que empuja, finalmente a desdecirse de la convicción que impunemente lo margina.

Habiéndose entendido que una misma vena psicológica de las mentalidades sociales es la que genera una taxonomía de militantes resentidos y narcisistas, pues la misma indiferencia del ser cosificado le lleva a desconocer la amabilidad de los que luchan en contra del poder complejo, pasaremos a las razones externas que arrojan al militante político a reproducir un dominio estandarizado. Por lo pronto si bien la reestructuración o transición del poder global ha permitido la lenta organización de las fuerzas socialistas en la porosidad de su caos organizativo, se ha producido, no obstante en el centro vital de la inteligencia mundial una inflexión ontológica que se desvincula severamente del modelo clásico del intelectual orgánico y que destraba los prejuicios lingüísticos que impiden el entendimiento comunicativo entre culturas y saberes diversos. Esto se ha causado porque la realidad compleja y desbocada del capitalismo ya no puede ser pasada por el cedazo renovador de la dialéctica moderna, porque los anticuados sistemas de la razón sólida no pueden administrar el caos organizativo y cultural que se abre paso en este mundo postmoderno. Cuanto más el diseño político de la modernización sólida quiere gobernar una realidad plural, llena de mutaciones informales y tecnosemánticas, tanto más la vida sustancial se diferencia organizativamente, rechazando los carruajes monoculturales de la razón política, que vuela en pedazos ante del desgobierno de la heterogeneidad.

Apocada, amedrentada ante la complejidad y descentración del poder, por lo menos en nuestro país la tarea del intelectual no debe reducirse a tragar el vacío del doctrinarismo y de la vanidad teorética, como una manera de acomplejada de curar los males y miedos existenciales de siempre, sino que se debe aceptar el cambio cultural, y adoptar críticamente los enfoques y esquemas ideológicos a las nuevas circunstancias del capital global. Si se parte de esta posición no sólo se transformará la lectura teórica, sino además se dará un paso importante para constituir una praxis rebelde que desarrolle apropiadamente la estructura socioeconómica, y logre combatir la pobreza y al desigualdad de toda la vida. Es una tarea titánica para la militancia de izquierda pero se tiene que hacer para esquivar el avance totalitario de la pragmática de derecha, que desea profundizar el mercado y subordinar la savia social a los intereses de un capitalismo injusto e improvisado.

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