Ni Atenas Ni Israel

Archive for noviembre, 2010

¿Qué es la vida?

by on Nov.09, 2010, under Sin categoría

¿Qué es la vida?

En la oscuridad del ser, en aquel paraje oculto en donde la razón instrumental no penetra, se desarrolla convulsivamente una corriente vital que es la negación del espacio-tiempo histórico del capitalismo. Un ámbito sin propiedades, sin formas, al cual el formalismo descarado de la civilización no tiene acceso y al que, sin embargo, manipula al extremo de agotar todas las reservas pulsionales que es capaz de exhibir una naturaleza que existe solamente como factor de producción. Al liberarse de la armonía natural el ser social no sólo la convierte en fuente de dominio, sino que además la manipula obsesivamente trocándola en un espacio artificial que es la marca triunfante de un proceso que no se sacia de explotar lo natural. Así como el ser es olvidado en la abstracción de una metafísica que condena la energía al reservorio siempre violentado de la vida cotidiana, así también la vida es defraudada por un proceso histórico que la divorcia de las infinitas dialécticas que el sistema se atreve a promocionar.

La vida que se defiende inútilmente de las violaciones que la razón pervertida incansablemente le ocasiona, es un sujeto que nace siempre renovado con las ganas vivas de salvar al individuo de los abismos regresivos que el progreso técnico produce. Cuanto más se levantan innumerables condiciones subjetivas que ambicionan reencontrar la ingenuidad, ahí donde el ser la desplazó por la sabiduría científica, tanto más el proceso imparable de la producción las embauca en situaciones llenas de incertidumbre y frustración.

La sabia metodología del sobrevivir en un medio social en que las expectativas son postergadas cruelmente, delata que los desarrollos funcionales no cumplen ciertamente con las innobles promisiones de una formalización que no para de fabricar sentimientos negativos con respecto al mundo existente. Lo dado, es el espacio en donde brota inocentemente la vida, la certeza sensible de Hegel que necesita desesperadamente de hallar condiciones objetivas para proyectarse a un más allá de prosperidad y plenitud. Sin este proyectarse que es una enajenación es imposible que la existencia pueda probar la miel de la realización individual.

La intensidad con que el alma se aferra a lo sensible, a la hechura de lo ideológico, revela no sólo que la normatividad la vacía de su contenido revolucionario concreto, sino que además la vida ya no desea ser taimada por un proceso objetivo que la condena a la negatividad. La vida no puede quedarse en los refugios del instinto, pero al aliarse al concepto demuestra que la modernidad no es un proceso social infectado desde sus inicios, sino una ilusión que desde su génesis provoca escisiones y fragmentaciones que una dialéctica posterior promete unificar. Al identificarse el capitalismo, un proyecto político desquiciado desde sus orígenes, con la dialéctica de la ilustración éste hasta en esta época de salvaje tecnificación del mundo es capaz de contener el avance ciego de una revolución que perece vulgarmente en el lecho de la sensualidad. La vida no puede prescindir del concepto; hacerlo sería negarle toda capacidad de imaginación. Sin embargo, en la medida que el tiempo envejece a la emoción esta no escapa del cascarón antropológico que la historia humana no ha sido capaz de realizar.

La muerte de una conciencia que quiere ir más allá de los fútiles juegos del lenguaje, de la filosofía de la decadencia, demuestra todo lo político de una existencia que no puede imaginar en la razón un proyecto de sociedad alternativo a los desperdicios de la civilización. Al retroceder la vida a los espasmódicos rincones de la irracionalidad, la configuración de un programa de reencuentro con la naturaleza deberá descansar en la creación de un legendario discurso que pueda sumergir la pedante metafísica en la sensibilidad popular.

Solamente un lenguaje que se atreva a ser confeccionado en las clandestinidades del ser, y que pueda dirigir las potencialidades olvidadas de las categoría populares a la reinvención histórica de lo arcaico, tendrá la capacidad de edificar una auténtica gramática que escape a los rasgos deformados de una interioridad que siempre se atasca en la mera inmadurez. En tanto los seres que resisten en la absurdidad del mundo administrado estén desprovistos del conocimiento para resistir los embates de la sociedad del consumo que adoctrina conciencias, será muy difícil que la experiencia cotidiana pueda escapar creativamente de las cloacas de la civilización, del mundo oscuro de la ignorancia.

Mientras el hombre siga sobreviviendo en los laberintos de la producción, no percibiendo otra cosa más que la artificialidad del sistema, la vida seguirá siendo perseguida por los tentáculos de la racionalidad instrumental. Huir de la insignificancia, de la implacable selva de cemento, significaría transgredir los frívolos límites nihilísticos en donde se liquida toda esperanza de reconciliación, hacia una novedosa experiencia de fantasía histórica que devuelva al ser humano la propiedad sobre un proceso social que lo cosifica día a día.

Escapar al tiempo como proponía Octavio Paz, es reencantar la geografía con sensaciones que cultiven un espíritu no reificado, es fundir toda la abstracción en una corriente vital que no necesite fabricar conceptos hipócritas, es imaginar algo que es inimaginable. Si el mundo quiere rematerializar la existencia debe liberar la vida de los procesos dialécticos truncos que retienen toda la energía, reorientándola en dirección de un proyecto colectivo que supere la cárcel del lenguaje capitalista con la extensión de una ontología de carne y hueso en la cual el hombre pueda ser completamente natural y libre.

No solo es la desviación cínica del deseo lo que la destierra de una realidad carente de razón sino la misma soberbia de la metafísica tecnocrática la que le arrebata todo la potencialidad para derribar las murallas de la seducción abstracta. El dominio del capitalismo estriba hoy en día es que se identifica con el devenir del río que escandalosamente explota. La vida debe ir más allá del lenguaje, con el concepto más allá del concepto.

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Sexo y sociedad

by on Nov.07, 2010, under Sin categoría

Sexo y sociedad.

Ronald Jesús Torres Bringas.

En la literatura sobre sexualidad se argumenta que la dimensión erótica es potencialmente el reino de la libertad. Al no introducirse la racionalidad instrumental en los ámbitos decididamente eróticos el hombre ha encontrado una dimensión en la cual puede expresarse tal cual es. La preocupación por lo erótico en la actualidad permean las socializaciones cotidianas hasta el punto que el sexo se convierte en la principal preocupación existencial del ser humano. La identificación emancipación-erotismo desarticula el viejo binomio razón-libertad que la modernidad trató de promover. Al relacionarse la expresión desesperada de la individualidad con la imaginería erótica se pierde de vista el proyecto ilustrado de racionalizar absolutamente todos los ámbitos de la vida social. En las turbulentas prácticas de la liberación sexual se admite ciertamente un derecho fuerte de resistir los embates de la instrumentalización, sin embargo, tal búsqueda pierde la conciencia del sujeto en un ámbito existencial en el cual se abandona ante las irresistibles furazas de lo pulsional. En el sexo, tanto en el hombre como en la mujer, niegan románticamente la reflexividad del yo dejándose arrastrar por la corriente incontenible de la animalidad; el sexo es un violento reencuentro del individuo con su pasado primitivo, un episódico instante en que el juego erótico y la química emocional comunica al sujeto con su materialista naturaleza.

La esclavitud administrada del yo en la cual es insistentemente estandarizado como abstracción, en la cual es convertido en puro instrumento de explotación, generan las condiciones irreprimibles para que los escapes culturales que construye el sujeto reconozcan este arduo materialismo de la existencia sexual. El individuo, al existir en un ambiente gobernado por el puro idealismo libera sus fantasías contenidas en el caótico universo del sexo y la seducción. De un modo inesperado el sexo al transgredir los límites de la civilización produce las condiciones metafísicas para que todo intento de trascendencia histórico del orden existente que de anulado por la compulsión animal. Lo erótico, en otras palabras, sería una negación sistemática del saber social en la medida que utiliza la inteligencia no para crear mejores condiciones de vida sino para destruir las ya existentes. El caos, al imprimir su logicidad particular, revela claramente le poder omnímodo del capitalismo al controlar todos los ámbitos de la existencia social aun aquellos que escapan a la racionalidad instrumental. La práctica del sexo transfiere sosiego psicológico al individuo, sin embargo, lo acostumbra a adaptarse ala maquinaria social.

Los límites que imponía el Estado de bienestar, aún en los países que no llegó a establecerse, con el tiempo se convirtieron en una traba para la acumulación capitalista; eran incongruentes con la ansiedad trasnacional. Al corromperse estas fronteras metodológicas, ontológicas y hasta epistemológicas, la identidad queda desprovista de la seguridad tradicional y democrática que promovía el Estado-nación, provocándose producto de esta ruptura que la biografía subjetiva tenga que navegar en contextos en donde la construcción de al personalidad resulta frágil y penosa. Al desvanecerse la protección del Estado de bienestar el sujeto tiende a reforzar su identidad con significados cada vez más escasos en contenido y vitalidad; simultáneamente tiene que adaptar sus patrones culturales a la celeridad e intermitencias del mercado. La sensación de que tiene que preservar no sólo su existencia física sino hasta la mental de las perversiones del sistema, lo obliga a edificar su personalidad en un contexto al cual no cuestiona ni quiere cambiar. La naturaleza irracional y hostil del sistema capitalista disuelve todo orden doméstico y tradicional que suponga un obstáculo a la expansión deliberada del mercado; ve neuróticamente en esos órdenes mentalidades atrasadas y propensas a la rebelión, a las cuales tiene que someter a la eficacia y competitividad empresarial. La excesiva disciplina del orden capitalista, la sensación de que uno se desenvuelve en un medio que lo reduce a ser mera mercancía, provoca entre otras cosas, que las identidades interpreten cada vez menos su destino reflexivamente, por consiguiente, el saber social se pragmatiza y tiende a evaporarse.

La tendencia de las identidades a refugiarse en contextos aparentemente no mediados por la idea de razón, debido a que el espíritu rechaza cualquier canalización reflexiva que prometa autorrealización, genera que el sujeto se comunique ardorosamente con la tradición y con los espacios olvidados y clandestinos de la civilización. El sexo sería con esta referencia un espacio en el cual se anula la historicidad del individuo al entregarse a la institucionalización de la ignorancia. El sujeto niega con lo erótico toda objetivación que quiera dirigir su conducta, desnudando con esto la naturaleza represiva del sistema. Sin embargo, como tal transgresión no implica el surgimiento permanente de la idea de felicidad, sino de una relación episódica y efímera, toda la peligrosidad que se le atribuía al ámbito de la sexualidad termina por legitimar a las propias fuerzas que desatan y origina el deseo erótico. El sexo se convierte irremediablemente en un estupefaciente cultural que ayuda a mitigar los efectos dramáticos de la vacuidad de la existencia civilizatoria. El desarraigo espiritual que produce el sistema es frustrantemente llenado por la adicción al sexo. De este modo, la dimensión real queda vaciada de la pasión y convicción que anteriormente imprimían un carácter histórico a la modernidad, al trasladar estos rasgos al ámbito creativo de la imaginería sexual. La historia deje de sublimar la energía humana y la convierte en caos erótico.

El sexo como hemos defendido significa regresión a los ámbitos primitivos de la existencia humana, una forma demencial de protegerse de la razón instrumental. La plasticidad erótica si bien regenera mediante el placer la frágil constitución de la identidad individual no le otorga, sin embargo, elementos de juicio para orientarse en el mundo moderno. Prácticamente, la trayectoria funcional del sujeto se separa cada vez más de la anecdótica y clandestina vida erótica que sostiene. El trabajo, en estas condiciones, que supuso un concepto angular para la construcción de la razón se va convirtiendo a medida que le sujeto compite en el mercado en una actividad cada vez más rechazada por el espíritu de la civilización. La función es una carga que aspira a liquidar las ilusiones de la biografía individual, no obstante, también se convierte en el motivo que hace de la vida en proyecto eufórico e intenso de vivir. La rigurosidad del medio social hace que la vida cotidiana se convierta en un bien apreciadísimo por la individualidad humana. El sexo, según esto, es la evidencia más real de que se puede vivir aún a pesar de las hostilidades de la vida moderna. Sin embargo, tal preocupación por la existencia es sin lugar a dudas el más férreo obstáculo para dirigir la energía humana hacia la construcción de una sociedad libre y racional. El caos hacia el cual se dirige la civilización y que es la característica más saltante del rapaz capitalismo es el contexto estructural que posibilita la propagación de la sexualidad. La tragedia de la cultura promueve al sexo como salida. La absurdidad de la existencia alimenta la irracionalidad como terapia, esta es la condición histórica que ha cambiado el destino de la humanidad. Lo erótico es perderse, olvidarse del destino, entregarse a la embriagez de lo instintivo, comprometer el futuro en aras de lo estático. A pesar que con el coito el sujeto alcanza a completarse, no obstante, esta experiencia al regresar a la realidad demuestra y afianza el sentimiento de separatidad que lo consume. El destino cada vez más separado de los sexos refuerza esta idea.

Los cambios sufridos en las últimas épocas, la dinámica globalizadora en otras palabras, producen profundas transformaciones en el ámbito de la personalidad. La identidad ya no se construye sobre parámetros pre-establecidos; al desaparecer los refugios tradicionales el sujeto o bien se aferra inútilmente a la tradición o bien aceptando la dinámica del sistema edifica su identidad en contextos frágiles y turbulentos. Lo erótico, en estas condiciones, entrega al individuo los elementos de una autoconstitución efervescente y liberalizante. Hay que reconocer que la individualidad no encuentra mejor asidero para una expresión saludable y reparadora que en lo erótico. El sujeto al no hallar condiciones de realización en la realidad dominada por la razón instrumental transmite su potencial creativo hacia aquellas áreas en donde el imperio de la razón resulta flexible y escaso. Sin embargo, aunque la práctica del sexo conduce a una experiencia reconstituyente en esta dimensión se reflejan las estructuras de dominación que el principio de realidad oculta tras la aparente racionalidad comunicativa. La cosificación que el placer transmite niega cualquier carácter democrático que se le quiera imprimir a las relaciones íntimas. Sostenemos que la democratización sexual eliminaría el verdadero disfrute sexual, hasta lo haría aburrido. La plasticidad que adquiere la dimensión erótica no sólo liquida este intento democrático sino que además socava las bases ontológicas sobre las cuales se asienta el amor romántico. El avance de la soledad, de la insignificancia, convierte a lo erótico en un reino que sólo mitiga las heridas mentales que propaga la modernidad.

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