Ni Atenas Ni Israel

Archive for agosto, 2010

No somos postmodernos

by on Ago.07, 2010, under Sin categoría

No somos postmodernos

Ronald Jesús Torres Bringas

Asistimos, aunque no queramos reconocerlo, a un acuerdo establecido en materia de políticas de Estado, que corrigen y varían una concepción del desarrollo marcada por una excesiva actitud intervencionista del Estado, en un escenario entendido como una totalidad social. Este acuerdo, sin lugar a dudas, favorece a algunos sectores de la economía que pueden virtualmente competir con facilidad en el mercado internacional, pero resulta incoherente con las necesidades públicas de construir una sociedad basada en la convivencia y en el respeto mutuo. Es decir, el ejercicio técnico que puede desatar el libre albedrío empresarial, puede hipotéticamente dibujar elegantes condiciones de calidad de vida pero estos productos culturales resultan incompatibles con las idiosincrasias populares, cuya dinámica oculta en la clandestinidad elementos intangibles de un pasado que se resiste a desaparecer. Quizás la novedad cosmética resulta atractiva para los imaginarios sociales, sin embargo, de un tiempo a esta parte los disfraces ideológicos no ocultan a la perfección las intenciones de sometimiento que estos artefactos administrativos fomentan.

La percepción es que este avance en metas específicas habla de un consenso establecido a partir del cual los actores que de una y otra manera participan del escenario político deben articular sus promesas y estrategias del desarrollo. Sin embargo, tengo la impresión de que este acuerdo ha sido establecido sin haber contado con todos los actores reales de nuestra sociedad, reduciéndose a aquellos sectores que hacen del ejercicio ciudadano una oportunidad de beber de la mamadera del Estado. La desestructuración de las condiciones institucionales desde las cuales se construye la experiencia democrática, ahonda la brecha entre las figuras que dicen defender el sistema político, y aquellos agentes desmovilizados que sumergidos en sus relaciones cotidianas, invalidan el régimen político pero que no hacen nada para cambiarlo. En otras palabras, la división entre actores políticos y no políticos, con toda la depredación de los valores morales que esto significa, ocasiona que el oportunismo de aquellos que se sirven de la democracia estatal difunda un orden social, que a la larga asfixia la iniciativa individual y corrompe las garantías concretas sobre las cuales se concibe la vida social.

La urgencia por destituir una visión del desarrollo que colisionaba directamente con la diversidad cultural y que no desactivaba los fundamentos ideológicos del lenguaje criollo, llevo a los actores vinculados al incipiente mercado interno a subirse al carro de la democracia y de la gestión empresarial, como una alternativa al desarrollo heterodoxo que estrangulaba la expresión económica de las identidades regionales y locales. Si bien con sus defectos, el ajuste estructural a que esta medida condujo, introdujo una visión del mercado que es desde ahora un principio pluralista de la sociedad civil, lo cierto es que el despotismo de este impulso institucional impacta sobre la capacidad de adaptación socio psicológica que la población trabajadora es capaz de desarrollar. Mientras se conciba como política de Estado lo que es desde lejos interés de la clase político-económica, toda tentativa de transformar el edificio social de la peruanidad, sin tomar en cuenta la voz de las mayorías, chocará inevitablemente con la heterogeneidad cultural que los atletas de lo tecnocrático desprecian.

Habiéndose entendido que la sociedad en el fondo solamente se acomoda a los cambios estructurales para sobrevivir, se entenderá por consiguiente, que la falsa integración social que alcanza la sociedad no es el resultado del bienestar social que este pueda generar, sino que es un producto de la necesidad de aferrarse a los recursos materiales e ideológicos que éste infinitamente produce. La calidad de vida que el sistema político oferta descansa sobre la creatividad para desperdigar significados e insumos culturales y no en su capacidad para generar condiciones concretas sobre las cuales se manifieste el espíritu social. En la medida que lo peruano se siga elaborando sobre la imagen múltiple de las ideologías del consumo, todo socialización que quiera construir individuos autónomos, conscientes de su rol social, desembocará en una agresiva atomización social y en egoísmos institucionalizados. La violencia con la cual el aparato estatal dirige la conducta, provocando el socavamiento de los espacios tradicionales en los cuales se refugia la individualidad, ocasiona que a su vez el individuo ejerza violencia para escapar al destino de la sociedad. La vigilancia y el ocaso que sufre el sujeto por los mecanismos dictatoriales del mercado, inhibe la creatividad social para elaborar discursos que rescaten, llamémoslo así, lo esencial del espíritu peruano. Es decir, la construcción de un edificio social en el cual depositar con confianza lo mejor de las destrezas nacionales, dependerá de la habilidad para escapar a la tiranía del mercado sin renunciar a sus recursos infraestructurales legítimos.
Por otra parte, extendida culturalmente la idea de que la globalización es la mano invisible que trasciende la aventura colectiva de cualquier proyecto nacional, lo único que queda para no quedar excluido de los movimientos del capital, es constituir con inteligencia un proyecto de sociedad que recoja las demandas de reconocimiento de las diversas identidades regionales y locales. La nación es un discurso que puede ser absorbido por la sociedad solo si se abandona con certeza ese facilismo mercantil, que consiste en tomar decisiones públicas sobre la base de esquemas que han tenido éxito en otras latitudes pero que aplicados en nuestra realidad colisionan con la idiosincrasia social. En tanto la caída del modelo de desarrollo populista conduzca a la caoticidad estructural y cultural, cualquier visión alternativa de desarrollo que se quiera implementar, fracasará porque no toma en cuenta el entramado organizativo de nuestra sociedad.

Pero vayamos al núcleo de esta discusión. Hasta aquí he sostenido que el programa civilizatorio que promueven los actores internos nos acercan a los a priori ideológicos de las relaciones internacionales, pero nos distancian por una cuestión de desconocimiento del clamor popular que vive sumido en la pobreza y la frustración. Es decir, se cree firmemente que el bombardeo cultural que ha desatado el racionalismo occidental, creará una dimensión independiente a las estructuras socioecónomicas de los países que no han alcanzado el desarrollo. Dimensión que dice fomentará un ideario del desarrollo en armonía con nuestras raíces culturales. Cualquier ámbito social que asimile cautivamente los significados visuales que el capitalismo expande con el propósito de modelar un tipo particular de ser social, devendrá en un espacio condenado a la regresión productiva e institucional.

En otras palabras, aunque el impulso de la globalización cultural difumine un patrón de hombre consumidor, capaz de adaptar sus esquemas de comportamiento a los más espeluznantes cambios estructurales, lo cierto es que dicha plaga ideológica bloquea el ciclo de modernización de la estructura productiva en su conjunto. La sed por aferrarse a los esqueletos seductores de la sociedad de la información, porque ahí residen los símbolos de la supervivencia, nos hace desconocer las insuficiencias de un sistema económico que empobrece la experiencia a medida que se adentra en las conciencias regionales, cambiando desmesuradamente las frágiles constituciones en las cuales se refugia la identidad social.

Llegados a este punto, habiéndose sustentado que se oculta una estructura primaria y terciarizada tras los atavíos lujosos de la cultura del consumo y de la publicidad, quisiera desmentir aquella tesis que sostiene que el rumbo histórico de esta sociedad puede ser el mismo que el de las sociedades posmodernas. Es decir, el argumento que dice que las fronteras concretas se han desdibujado, por consiguiente, es susceptible que existan regímenes económicos híbridos, es sin lugar a equivocaciones, una figura ideológica que oculta un núcleo imperecedero de hegemonías al interior del mercado y en los confines de este. Tanto la economía de subsistencia dirigida a los excluidos, como aquellas relaciones de producción informales que hacen usos de la fuerza de trabajo en condiciones infrahumanas, viven articulados al mercado internacional como reservorios de espléndida plusvalía, y no como sectores de la economía que en un momento posterior puedan se incorporados al sistema central de acumulación. Sin embargo, la naturaleza endeble de estas hegemonías locales pude ser resquebrajada si los intereses de la clase dominante plasmados en una ideología del consumo colisionan con las redes informales de una incipiente burguesía industrial; cuando tiendan a conflictuar los intereses de una embrionaria burguesía industrial con los intereses trasnacionales de la clase dirigente, por el control del mercado interno, una forma de plantear la formación social precapitalista bloqueará el ligero y tímido intento de reestructurar la economía sobre una base industrial. La necesidad de incluirse en los circuitos globales del mercado internacional obligará a los patricios de la economía primarizada a incorporar segmentos calificados del sector manufacturero, variando de modo precario e híbrido la formación primario-exportadora del país. Su objetivo no será reconocer la urgencia de un cambio radical en el modelo de acumulación, sino agregar a su dominio económico aquella infraestructura social y de mentalidades que facilite la profusión de un conocimiento y de un modo de organizar la sociedad para sus propósitos empresariales. El interés particular de elaborar una espiritualidad proclive a la gerencia empresarial, no sólo bloquea de modo arbitrario la génesis de una cultura auténtica, sino que además dirige las energías de nuestra clase trabajadora al margen del control implícito de este mecanismo desregulado, que de algún modo inesperado ha empatado con los referentes culturales de nuestra diversidad.

No quiero hacer apología al mecanismo desregulado de la oferta y la demanda, lo que quiero demostrar es que aunque la perversidad de este modelo de desarrollo excluye a porciones significativas de la población, lo cierto es que los pobres se han apropiado de los saberes implacables de la ideología neoliberal, creando de modo caótico la impresionante presencia de un capitalismo interno que empieza a no sólo exigir reconocimiento étnico sino además participación en la forma como se administra la política económica. No obstante es lícito lanzar la conjetura de que esta asimilación de la semántica tecnocrática de modo violento, no resulta por sí solo una oportunidad natural de salir del subdesarrollo. Es necesario advertir que mientras se mantenga la heterogeneidad estructural como correlato general de la fragmentación étnica, este crecimiento que experimentan los sectores de vanguardia de la economía peruana no será más que resultado de una pintoresca improvisación, y no producto de una programación sostenida de los negocios de la política económica. Una etapa espontánea del crecimiento técnico debe dar paso a una maniobra regulada de la formación social, pero no a una planificación que asfixie la iniciativa empresarial sino al florecimiento de ciertas condiciones institucionales que hagan crecer la participación de los microcircuitos gremiales en el conjunto del producto bruto interno del país.

Se han dictado medidas formales par incentivar la generación de iniciativas empresariales; medidas que en su intento de incluirlas al universo de la tributación jurídica estrangulan la capacidad de reproducción ampliada que estas empresas podrían desarrollar. El grave déficit fiscal que soporta el Estado peruano no debe ser resuelto con la excesiva presión tributaria sobre los sectores marginales a la economía formal, que a la larga protegen los intereses de la economía primaria y terciarizada. Creo que la iniciativa del Estado en estos rubros debe ampliarse con el objetivo de incrementar la participación modeladora de la economía que estimulan estos sectores sociales. La solución es hacer crecer la inversión interna acaparando y haciendo crecer el mercado interno, destinando inyecciones de capital líquido en los salarios de los trabajadores y en la innovación tecnológica de los talleres productivos, con el propósito de obligar a los sectores de avanzada del capital a reconocer un consenso en materia de políticas de Estado, que haga perdurar un desarrollo sostenible en los próximos cincuenta años.

Debe abandonarse aquel intercambio desigual que se establece con los mercados extranjeros, no sólo dando trabajo en los sectores microempresariales a la fuerza ociosa de la población, sino además tratando de producir para el mercado interno alternativas de consumo que atrapen y obliguen a reinvertir el plusvalor en nuestras tierras. Así como existe un bombardeo de mercancía culturales que modifican las orientaciones valorativas del consumidor hacia aquellos productos que fabrican y maquetean los agentes trasnacionales, debe haber una excitación audiovisual a cerca de los bienes que nosotros los peruanos producimos. Es imposible cambiar los fantasmas ideológicos que confeccionan más de un disparate cultural; esa es la condición posmoderna que ha revolucionado la manera de pensar de nuestros estratos sociales, y por consiguiente, ha variado el modo en el cual el individuo se relaciona para producir.

La alternativa semántica de producir sentimientos e ilusiones que escapen a la memoria precapitalista que ostentamos, sólo puede provocar una decepción con respecto al mundo real. En tanto la mimesis de lo muerto aprisione las fantasías de realización individual, creyéndolas satisfacer por el ingenioso y atractivo mecanismo de la industria cultural, se hará casi imposible que los bienes simbólicos que saturan nuestra conciencia guarden correspondencia con el empobrecimiento material de la condición premoderna de nuestro país. La diferencia se convertirá en aquel dispositivo ontológico a partir del cual se procesa la interpretación de las enormes mayorías, sus códigos estéticos, sus sistemas de significación, pero será una trampa ideológica que desactiva y traba el apetito de realización que cada sujeto inaugura y desea resolver. El mantenimiento de una infraestructura premoderna, y por tanto, el mantenimiento de esquemas tradicionales de interpretación de la realidad, impiden una verdadera mutación de la interioridad, ya que el solo hecho de rememorar lo arcaico mediante los signos excéntricos del cosmopolitismo, no consolidan exitosas experiencias de desarrollo individual. Es más creo sostener que los simulacros que fabrica la maquinaria audiovisual amedrentan el progreso material del sujeto, en la medida que la lucha por el reconocimiento social resulta más importante que la lucha por la erradicación de la desigualdad social.

En suma: el discurso del desarrollo que promueven los agentes extranjeros se sostiene en la medida que la diversidad étnica hace efectivo el crecimiento económico. Pero se vuelve una trampa ideológica que desintegra la vida social, pues al querer fundar el modelo de acumulación sobre bases micro sociales, se enfrenta a severos problemas de adaptación socio psicológica. La gestión del caos cultural, y por consiguiente, del caos organizativo sólo es viable en la medida que la socialización acapara legítimamente políticas de compensación social. Sino existe una programación de las condiciones sociales que hacen posible la creatividad de las fuerzas históricas, será difícil domesticar la salvaje penetración capitalista, y por tanto, será difícil adoptar auténticas relaciones de convivencia moderna.

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Fundamentalismo cotidiano.

by on Ago.07, 2010, under Sin categoría

Ronald Jesús Torres Bringas.

Los frutos del espíritu se refugian con cada vez más ahínco en al fantasía. En la conciencia de la desmaterialización la identidad se construye para autopreservarse del movimiento inverosímil de la instrumentalización que lo cosifica todo. Cuanto más la mente abandona la materia en pos de la autoconservación psíquica tanto más la realidad material es entregada a los intereses de los grupos dominantes que la transforman a su antojo. Alejándose el espíritu de su realización en lo terrenal no sólo permite que convierta todo en mercancía sino que además condena la historicidad de cada individuo de la especie a la cárcel de lo imaginario. Sedienta la vida se afinca en lo sueños. Irremediablemente los proyectos de cada individuo va acumulando en el transcurso de su formación identitaria son paralizados por la cosificación en la cual cae presa su propia integridad. Expuesta de este modo la integridad del individuo es solamente combustible de la maquinaria. Sus aspiraciones en gran medida no hallan asidero en un mundo en que los repertorios culturales son constantemente defraudados por la servidumbre psicosocial.
La personalidad al atrincherarse las potencialidades del individuo en los abismos de la mente se edifica en constante huida del plano material, al cual se remite por pura preservación fisiológica. La cultura, en este sentido, al erigirse en relación marginal al discurso oficial entrega las fuerzas históricas de cada individuo al culto aun espiritismo que niega en la práctica la formación de un discurso totalizador. Tal discurso evadido del plano institucional se refugia en las reivindicaciones sociales o en el dogmatismo de las propuestas contestatarias en la medida que no haya probabilidades de realización en el plano terrenal. La historia como programa institucional que busca la factibilidad de las expectativas humanas es abandonada por un discurso que promueve la gestión estratégica de las identidades en medio del caos cultural.
Al rechazar la vida metarrelatos que edifiquen su historia cotidiana se entrega el decurso de los acontecimientos al dominio de la racionalidad empresarial, la cual como discurso totalizador promueve el individualismo como filosofía de vida. La realidad social es entregada en manos de los agentes externos, los cuales vuelven ahistóricos con su dominio a las conciencias regionales. En grado muy limitado los actores locales edifican su cotidianidad al margen de lo que la conciencia occidental impone. El devenir cultural abre posibilidades de sensoriedad inimaginables al actor individual, sin embargo, prácticamente sobre a lo que su realidad individual se refiere esta es edificada por lo agentes externos, quienes imponen el hábitat estético y moral sobre los cuales se estructura la reproducción de la vida cotidiana.
En suma: en la periferia del mundo la modernización se consolida independientemente de las decisiones de la identidades regionales, por consiguiente la vida cotidiana se construye deacuerdo a los moldes culturales impuestos desde el exterior. Es decir, la esfera cultural se vuelve ahistórica en la medida que la individuación es un movimiento que se estrecha para una gran parte de la población, debido a lo cual la realización individual se vuelve utópica. Se abre una nueva dimensión que niega indirectamente la frialdad de la racionalidad instrumental pero que no resuelve el cáncer de la materialidad.
Sin embargo, a pesar que las expectativas sociales no hallan realización en el seno de la sociedad debido a la sujeción psicológica en la cual cae la individualidad, se sigue permitiendo que la reproducción social se limite al intercambio comunicativo. Los procesos de negociación comprensiva que se promueven en las interacciones sociales alcanzan ciertamente el mínimo de integración social, solamente ahí donde los significados objetivos crean hábiles discursos que sosiegan la sequía de materialidad. Sin embargo, la comunicación, la necesidad de ser escuchado por otros es una necesidad que se limita a un profundo reconocimiento de los secretos de nuestra individualidad mas no a una realización de los mismos en le campo concreto de nuestra trayectoria histórico-cotidiana. La mente halla ciertamente consuelo en el pluralismo de los lenguajes cotidianos, pero al encasillarse la energía de la vida al sólo proceso no sólo se niega el afán de autoconcepción de cada individuo desea liberar, sino que además el individuo se acostumbra a ser un uso instrumental de los discursos mentales de su propia biografía vital para lograr movilidad social. El individuo se habitúa, de este modo, a olvidar se proceso de autoconcepción para lograrlo después mediante vías instrumentalmente informales. Es decir, la conciencia desenvuelve un comportamiento negociado en el ámbito de las relaciones cotidianas porque a través de esta diplomacia hace un verdadero uso de los recursos lingüísticos para autopreservarse en la cima de relaciones de dominación en el ámbito cotidiano.
La instrumentalización de los lenguajes subversivos al interior de la vida cotidiana reproduce relaciones de poder en el seno de la sociedad que no son desnudadas en crudo pragmatismo de la acción por el mismo hecho que la conciencia tiende hacia la interacción simbólica. La descarada informalidad con que son utilizados los bienes corrompe la ingenua figura de una acción social gobernada por la praxis del diálogo y del consenso, debido a que la personalidad compelida por la lógica de la supervivencia hace cada vez un uso más cínico de la interacción intersubjetiva como expresión propia de las esfuerzos defensivos que el espíritu tiene que desplegar para poder predominar. Es decir, la vida cotidiana tiende hacia la disolución producto del impacto de la esfera sistémica. Se convierte la aparente interacción cara a cara, los recursos comunicativos de los actores en un orden de representaciones que ocultan relaciones crudamente de poder, debido a que el individuo cosifica al otro para conservar su propio mundo de la vida.
La sociedad se reproduce vía la imposición determinista sujeto-objeto más que la vía negociada sujeto-sujeto. En suma: la biografía se convierte en una razón instrumental que utiliza al otro para poder proteger el mundo “nosotros”; se cosifica el conocimiento de los otros vía la empatía para ocultar una real microfísica del poder, por medio de la cual los individuos flexibilizan en virtud del predominio emocional una violencia simbólica sobre los repertorios culturales de los otros para conquistar posiciones sociales.
En esta forma se instrumentaliza el conocimiento del otro en las relaciones cotidianas y se traslada al ámbito del mundo de la vida una surte de ethos económico, con el cual son empezados a medirse el intercambio de los bienes culturales. En este panorama la vida se define por el desarrollo de una inteligencia emocional entre los individuos que consiguen adaptar su mente a las exigencias de la racionalidad sistémica. El control estratégico del conocimiento espiritual de los otros es la fortaleza según la cual el individuo conserva y acrecienta su propio mundo de la vida. La manipulación de los repertorios culturales configura un mundo objetivo al individuo independientemente de la posición que ocupe en la división social del trabajo, dado lo cual la posición social que se consigue es un producto de una desigual distribución social del conocimiento. Así, para poder preservarse el sujeto logra movilidad social cosificando el conocimiento significativo de su entrono inmediato pero en activa relación con su mundo material. Es decir, la individuación es un proceso que se construye siempre en activa desarticulación con la posición económica que se tenga, pero reflejando el ethos economicista de la esfera sistémica. La producción de la vida cotidiana, según este análisis, será siempre una dimensión ajena a la esfera material pero que para poder legitimarse como tal asimila los patrones de constitución del mudo sistémico.
En última instancia la vida cotidiana tiende a reproducirse vía la negociación sujeto-sujeto logrando la integración social en la medida que se asimila el discurso oficial para poder preservarse; sin embargo, los repertorios culturales de la mayoría de los individuos no son realizados en el mundo real, por lo cual la verdadera integración social es un suceso que se conquista controlando el conocimiento del otro. La materialización de los sueños individuales es un proceso que se concibe mediante la pragmatización de la vida social. El individuo politiza su biografía solamente para individuarse ya no más para lograr la trascendencia colectiva; no esta más en sus planes la individuación en los límites del respeto a la comunidad. La hostilidad de las relaciones sociales al generar la cosificación entrega el ethos de la vida cotidiana a la instrumentalización de la vida social. Si el individuo no politiza si propia energía social simplemente no podrá proteger su propio mundo de la vida.
En situaciones de movilidad social predomina para lograr la integración social la vía coactiva sujeto-objeto. Es decir, como mecanismos de evasión prevalecen rutas de desahogo comprensivo, que sin embargo rara vez se utilizan como técnicas para conquistar movilidad social. La cosificación social en la que cae presa la competencia social dificulta la vía consensual sujeto- sujeto. No sólo la competición por los bienes materiales sino sobre todo por los bienes culturales está atravesada por esta mistificación cosificante.

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VIDA Y VERDAD

by on Ago.07, 2010, under Sin categoría

Ronald Jesús Torres Bringas.

Se puede decir que todos estos siglos se ha buscado obsesivamente verosimilitud en el quehacer humano, y a la postre estas pomposas empresas metafísicas no han hecho más que conducir al hombre a un aborrecimiento instintivo hacia la verdad. Sea que esta se encuentre contenida en los esfuerzos teológicos o en las magnas aquiescencias d la ilustración, la misma savia de este empecinamiento formal no ha hecho otra cosa que producir la rebelión de la intuición, toda vez que en virtud de la razón ha edificado la sujeción psicológica. La vida asfixiada en los troncales de la modernidad, rudamente plagiada, defraudada en pos de la objetivación del sistema ha reaccionado con lo que más le ha dolido a los moralistas: la irracionalidad como terapia.

En ella los libertinos del saber y todos aquellos que sienten la insignificancia desbaratar todos sus principios suelen refugiarse para huir de la mecanización de la existencia. Los fundamentos de la civilización anulados en el caos de los sentidos, salvajemente diluidos en la sensualidad como prognosis, son duramente triturados a favor de la realización individual. Aquella que es propagandeada vilmente y sin reservas por la maquinaria audiovisual resulta ser paralelamente al colapso definitivo de los proyectos racionales una comedia infinitamente montada. El único propósito: ilusionar al individuo a entregarse a los abstrusos caminos de la producción, con la promesa que al cosificar las energías se obtendrá la tranquilidad de alcanzar una vida plena y satisfactoria. Este proceso particular que todo individuo acarrea sin excepción, no sólo ha ocasionado a favor del sistema un control casi extraordinario de la energía social a los fines de a producción, además producto de la expoliación a la cual es expuesto el individuo, éste ha optado por configurar una identidad al margen de los esquemas culturales que habitualmente la convencionalidad ofrece. Es decir, se produce – al menos en tendencia- un divorcio entre el mundo de los significados que el sujeto elabora de sí mismo y el mundo sistémico de la socialidad convencional.

El individuo vehicula su energía, su vitalidad en la inmensidad de la artificialidad del sistema porque se ve obligado a suministrarse los recursos materiales y culturales que le permitan sostenerse como particular. Obligada a hacerlo amolda su personalidad a las diversas circunstancias que el toda enfrentar con el sólo objetivo de asegurarse la subsistencia. No ve en los roles que su posición social el concede, ni en los intrincados caminos de la burocratización social, un ambiente propicio para la expresión de su individualidad. Empujado a tener que lidiar con los imprevisibles desasosiegos que sufre el sistema, adopta sus patrones culturales a las diversas circunstancias que le toca experimentar, pues de ellos depende que sea reconocido como funcional. La vida se convierte en esta atmósfera en un constante metodologizar, en asumir con estrategia el porvenir, en interiorizar esa racionalidad pragmática sin la cual no se podría sobrevivir; es un no reconocerse como uno mismo para guarecerse de lo inesperado. E s decir, la vida en los términos que la describe esta visión robotizad de la existencia se define como una no vida, entregada al frío cálculo del costo-beneficio. Por consiguiente es un constante mutarse para prevenirse de macrotendencias que escapan a nuestra planificación racional.

Por eso esta filosofía es denominada de resistencia pues de algún modo en un mundo en que los bienes que otorgan realización se estrechan, y en un panorama frente al cual el hombre parece ser presa de la incertidumbre y de la regresión, lo más obvies estar preparado para conservarse. Frente la modelo iluso de la ilustración se levanta el del relativismo: estar en el momento justo y con los recursos necesarios, y el hombre es un nómada que debe adaptarse a la miseria. Se romote según esta visión también el modelo antropológico de la individuación. A pesar que la psiquiatría social ha hecho nobles esfuerzos por reconciliar a los hombres con la realidad ésta constantemente decepciona al espíritu. El individuo como núcleo de la realización es con la ayuda de los enormes estupefacientes que brinda esta psiquiatría un mero formalismo, una expectativa que estimula alas colectividades a arrojarse ala sociedad cuando ya en ella el individuo como experiencia concreta es una tragedia. Muy a pesar de las estupendas campañas audiovisuales que el sistema ofrece en pos de mantener el mito del individuo, la vivencia enseña a las enormes mayorías a asimilar la conciencia de otro mito: la individualidad es solamente una ilusión.

El sojuzgamiento de las fuerzas sociales, de la carne, a las esferas del mercado, este o no esté incorporado al proceso productivo internaliza en la psicología del sujeto la ideología de la supervivencia: la reproducción vital del particular coacciona el desarrollo de esta mentalidad pragmática, el sujeto que no acondiciona su volición a las circunstancias sencillamente desaparece. Asimismo, víctima de las intermitencias que experimenta el sistema económico el individuo desarrolla una mentalidad relativista. Es decir, el mosaico infinito de realidades que se le presenta lo coacciona no sólo a tener que adaptarse a ellas con celeridad, sino que además como efecto de lo imprevisible el individuo considera a estas realidades no sometidas a cuestionamiento, no se siente parte de ellas, simplemente las toma como tales y punto: la identidad del individuo desaparece en la inmensidad del maquinaria. Algo de estos procesos que aprisionan la personalidad en la frialdad de lo objetivo estarían produciendo incompatibilidades sociopsicológicas con la cultura establecida: la desproporción entre “lo que se es” y “lo que se quiere ser” originarían oleadas neuróticas; la no aceptación de la realidad en la cual se diluye la individualidad provoca la locura como fenómeno social.

La pérdida de tierra, de fundamentos desde los cuales el sujeto interprete su realidad lo arroja al limbo del cosmopolitismo. Prácticamente se cumple la sentencia de Marx: “todo lo sólido se desvanece en el aire…”; la conciencia al tener que extraviarse en la mecanización de la existencia licua los referentes culturales en los cuales se socializó originalmente, convirtiéndose en u ser ajeno a todo contexto pero perteneciente a todos los rincones. El ser antropológico relativiza su mente en la heterogeneidad del panorama social, desarrollando identidades híbridas que disuelven las matrices culturales étnicas y domésticas en las cuales se configura normalmente la personalidad. De cierto modo que no se llega a esclarecer la exposición cada vez más intensa de la socializad al vertiginoso ritmo de la sistematización, acelera en algunos casos la evolución de una forma de vida cosmopolita que niega el clásico modelo del ser antropológico. El individuo haciendo su propia historia es desplazado por el ser que vive en la relación, en la pura artificialidad mental. A sí se provoca la aparición de un sujeto que sería el típico aventurero, creativo y sin compromisos regionales que necesita el modo de producción para poder reproducirse. La relación comunicativa se impone sobre la antropogénesis clásica de la modernidad. Es como si el individuo al perderse en la irracionalidad del sistema solamente por ser un medio que permite la preservación de la civilización.

Pero a pesar de esta opresión en la cual se desenvuelve el individuo, su existencia se configura alrededor de lo que el mercado le coerce a hacer. La interiorizar la dominación, al acostumbrarse a una existencia de la cual es solamente un instrumento que se usa y se arroja a la basura, él inconscientemente permite al reproducción de la sociedad. Por injusta y despreciable que pueda ser la vida del hombre al aceptar la convencionalidad otorga legitimidad a un orden de cosas que lo vapulea y lo denigra: la naturalización de la existencia hasta la médula de los proceso psicológicos coloca la individuo en una situación de sacrificio constante a lo parabienes de la tecnologización. Ha interiorizado el sojuzgamiento como identidad, no obstante, la estructura de la civilización que conocemos se mantiene a salvo de censuras en el horizonte. La necesidad de contra con ella en le futuro ha socializado su permanencia, no es que sea el mundo feliz, solamente es el mejor de los orden de cosas que conocemos.

Vayamos al punto central. Todos estos rodeos no han hecho más que contribuir a demostrar el grado en que la racionalidad instrumental influye en al configuración de los procesos psicosociales. La hipótesis que he tratado de exponer consiste en que la presión societal en la cual es aprisionada la vida no sólo empapa de nuevos bríos a la filosofía de la supervivencia, sino que además las reacciones que se ve obligado a emprender desde la intuición la propia vida ponen en grave riesgo los fundamentos del sistema. La explosión de las culturas regionales, el desborde de la socialidad a partir de la urgencia de un mundo más humano, dan cita a los movimientos postmodernos, alas reacciones desde la cotidianidad: la avalancha irracional que despierta generan la apariencia de un verdadero levantamiento en contra del sistema.

No obstante, al querer devolverle al mundo un verdadero espíritu de sensitividad atacan a la razón convirtiéndola en un instrumento a las órdenes de otro monstruo: el salvajismo de los sentidos. Las corrientes intuicionistas que reclaman la primacía de la vida diluyen la inteligencia arrastrándola a una guerra silenciosa en contra de la fría racionalidad del capital: de lo que se trata no es de derribarlo sino burlarse de él. Así como la vida se preserva en la noche, en el misterio, en la cadenciosa faz de la brutalidad. Ultrajada a favor del capitalismo, la vida funda un culto más anárquico: el hombre es presa de sus propios instintos. Las ecuaciones son violentadas, los modelos métricos son triturados, el sistema desaparece víctima de la animalización de la conciencia. SE vuelve a un estado natural en que las pomposas metafísicas son derrotadas, los absolutos no hallan existencia. La cultura de la subversión son un ejemplo de esta regresión a lo instintivo, en las cuales subsiste un desprecio a los iconos que levanta la fría racionalidad tecnológica, Cuanto más exista el aborrecimiento a los sistemas de conocimiento más difícil será arrancar a la historicidad de los refugios existenciales en los cuales se liquida todo pensamiento positivo. La reflexión estará reducida a vivencias aisladas del yo solitario, a proyectos esteticistas, o a levantamientos violentistas que pretenden hacer la historia aceleradamente.

Ahora, si sabemos que el rechazo a toda metafísica es un síntoma de a irracionalidad, todo intento de restablecer el orden de la modernidad se basará en una nuevo ideología prohistórica, la cual dará como consecuencia la formación de un nuevo discurso total. Pero en la medida que el sistema se autodefine destruyendo e invadiendo otras formas semánticas y materiales de vida, la fragmentación cultural que esto produce generará un individualismo cosmopolita contradictorio con cualquier mitología de la verdad. Siendo la regresión sensitiva parte de esta fragmentación cultural, esta se convierte en un verdadero obstáculo para todo discurso totalitario.

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Universidad y sociedad

by on Ago.07, 2010, under Sin categoría

Sociedad y universidad

Ronald Jesús torres Bringas.

Hoy se escuchan voces autorizadas propalando a todos los rincones de nuestra sociedad que la institución universitaria ha entrado en la fase final de una crisis que la corroe desde tiempo atrás. Y que por haberse extendido el mal hasta los cimientos de las instituciones educativas no sólo se hace imprescindible un reacomodamiento acelerado de sus fuerzas al marco intempestivo de la sociedad global, sino que además se justifica hasta cierto punto el proceso de desmasificación en que se ven envueltas. Exangüe, descalificada para afrontar los desafíos que la trasnacionalización impone, la universidad ha naufragado en su intento de aportar profesionales de alto nivel a los bruscos cambios que la sociedad ha sufrido, sobre todo cuando las evidencias de una crisis en el edificio social, cuestionan en el corto plazo el modelo educacional que anteriormente la definía.

La redefinición del marco laboral, y su completa inserción a los requerimientos de las agencias privadas redefinen a su vez la funcionalidad de la institución educativa. Su rol de fabricar al profesional típico de la sociedad burocrático-estatal está siendo reemplazado por la formación de especialistas calificados para trabajar en los vericuetos que el modelo empresarial y la trasnacionalización imponen. La formación de una capa de profesionales que administren las complejas redes de la cibernética social, extendiendo el absolutismo de la metodología a los rincones más heterogéneos de la vida social, coloca a la institución educativa en una doble encrucijada. Por una parte, la educación de masas como correlato de la democratización del conocimiento solamente se mantiene en el nivel formal; su papel se reduciría a reproducir los valores e ideas-fuerza que faciliten el mínimo de integración social. Por otra, la educación entendida como especialización de tareas claves para la producción, se concentra solamente en sectores cada vez más reducidos de la sociedad; esto es, se elitiza el conocimiento y las metodologías para producirlo en aquellos grupos más vinculados con la conducción política del país.

Esta doble situación hace estallar el modelo nacional educativo anterior, basado en dos discriminadores fundamentales: 1. No sólo se veía a la educación como creadora y difuminadota del ser social específico a nuestras sociedades, además se veía en ella la forjadora y transmisora del conocimiento necesario para afianzar la democracia. 2. La educación no estaba sojuzgada a los intereses de los agentes privados, por lo tanto, no se focalizaba como experiencia de especialización a segmentos privilegiados de la sociedad. Al estar el Estado encargado del proyecto educativo, este se caracterizaba al menos por tener en el discurso una cobertura universal. La educación superior en esta línea proveía a los elementos especializados para modernizar el país, en tanto forjara una capa burocrático-estatal fiel reflejo de los sectores de la sociedad. En síntesis, el marco educativo además de crear extensivamente la experiencia concreta de la mentalidad moderna – específicamente, la conciencia nacional – era un espacio germinador de las estrategias político-intelectuales que sustentarían la estructura burocrático-estatal. Esta democratización educativa estimulaba el fantasma del reconocimiento social, en tanto la incorporación representativa de los amplios sectores de la sociedad significara el acceso asalariado al modelo de acumulación industrial, sino además el acceso democrático a la difusión y producción del conocimiento. El conocimiento era parte importante de la sociedad que se movilizaba modernamente.

La educación de masas afianzaba como venimos sosteniendo la conciencia nacional propia de la temprana modernidad que piloteaba el estado todo poderoso. Aunque actualmente esta función se sigue cosechando más por la necesidad de mantener la psicología a salvo de la atomización social, que por seguir propagando la imagen de una nación demócrata, creemos que la educación se ha extraviado en el laberinto del formalismo ciudadano, y esto por dos razones: 1. Aunque el slogan y los valores de una sociedad democrática sean los elementos fundamentales que socializan el sentido común, la realidad económica desnuda esta mezquindad. 2. Si bien es cierto que la educación se considera habitualmente en al mentalidades populares como signo de movilidad social, lo cierto es que los marco educativos se estrechan cada vez más; la creciente privatización del servicio y la pauperización acrecientan la omisión educativa. Es decir, la educación de masas es funcional en cuanto garantiza el mínimo de integración social, por lo tanto, es un instrumento de socialización formal, más no de realización ciudadana. Esta se reserva a segmentos privilegiados de la sociedad. En este contexto ingresa la universidad.

La universidad como toda institución educativa cumplía una función específica al interior del modelo nacional-desarrollista que proponía la modernización estatocéntrica: formaba y proveía a la capa de profesionales que mantendrían el modelo de acumulación industrial y generaba en tanto democratización del saber a la clase política conductora de los destinos del país. La universidad forjaba a los profesionales que pasaban a formar parte de la administración empresarial y estatal que levantaba la industrialización. Desde ella se educaba a los especialistas que como ingenieros sociales edificarían las bases sociales del modelo de acumulación. De algún modo la democratización implicaba como primer paso incorporar económicamente a los sectores antes excluidos adiestrándolos en las tareas que el Estado empresario requería. Es por ello que en aquellos años esta capa de profesionales halló en el Estado el vehículo por excelencia de la movilidad social y el espacio de acción de su ideología nacional-desarrollista: nacía la empleocracía.

A su vez al participar en la actividad económica, en los diversos ensamblajes burocrático-industriales que financiaba el Estado, un segmento de profesionales y de pequeños productores que llevaban a sus hijos a la universidad pública, directamente vinculados con la planificación estatal fue adquiriendo identidad política. Las alianzas entre los dirigentes de base de los movimientos de izquierda y la capa de profesionales insurgente de la universidad se cohesionaron alrededor de la actividad política e intelectual que impulsaba la ideología contestataria. Esta es, la universidad se convertía con el paso del tiempo, no sólo en espacio de formación educativa en las diversas especialidades que ofrecía, a su vez se configuraba como espacio de formación y adoctrinamiento de ola clase política e intelectual que dirigía los destinos del país. Al menos esto sucedía con las carreras directamente vinculadas con el estudio y planificación de la realidad económico-social; de las facultades de ciencias sociales surgían los ingenieros sociales, los analistas, los estrategas directamente sumergidos en la actividad de configurar y evaluar los frutos de la modernización a la peruana. Es decir, la universidad era democrática por que facilitaba el ingreso de los sectores antes excluídos del escenario social. Al incorporarlos al marco educativo superior el conocimiento se democratizaba en tanto asimilación y producción del mismo: se creaba a la clase intelectual que pensaba el país y a los actores históricos de nuestra experiencia concreta de modernidad. Por ello, la universidad era el ámbito por excelencia en que nacía nuestra clase dirigente; la reflexión social y técnica del país significaba no solamente dirigir científicamente la modernización desde las esferas del Estado, además significaba tener una conciencia clara de lo que se quería hacer. Así, la capa profesional en tanto se adscribía a una determinada conciencia desarrollista, se forjaba como burguesía económica y políticamente hablando. La universidad pública era el foco de la reflexión y de la historia.

Pero si bien el Estado confiaba controlar la universidad pública como centro de reclutamiento y formación de sus cuadros políticos e intelectuales, pronto la politización del espacio educativo hizo que entrara en conflicto esta visión. Los desequilibrios macroeconómicos que hicieron que estallara el modelo de acumulación, sin que se haya constituido la estructura de nación moderna que se buscaba, facilitaron la incursión del radicalismo al interior de los claustros universitarios. La marginalidad que caracterizaba al patrón de crecimiento – la actividad económica no absorbía el grueso de mano de obra movilizada – politizó a los sectores sindicalizados quienes coludidos con los grupos universitarios, presionaron sobre el Estado para obtener mejores condiciones de vida. Esta colisión política embalsamada con la ideología revolucionaria, que radicalizaba a los sectores universitarios quebrantó la relación Estado- producción del conocimiento. La creciente desproletarización y el debilitamiento del estado empresario al iniciar los ochenta condujo a los sectores universitarios a ser los portavoces oficiales de los sectores marginados de la sociedad, distanciándolos de la planificación que patrocinaba el Estado. La inversión rechazada de los espacios de al universidad públicas fue concentrando en el germen que daría vida a las universidades privadas.

El derrumbe del proyecto de Estado-nación impulsado desde arriba, al ser un obstáculo para el predominio y generalización de los nuevos agentes económicos que aparecían en escena, variaron el carácter del conocimiento que se incentivaba la universidad. El saber especializado se adscribía a la universidad privada. Los nuevos contingentes que pasarían a formar parte de las redes institucionales que promovía el modelo neoliberal provenían de las canteras de una nueva psicología: el conocimiento se elitizaba, por consiguiente, dejaba de ser democrático. Si antes la mentalidad popular coincidía con la reflexión social que el marxismo predicaba, hoy en día el pragmatismo como ideología de la autoconservación, se corresponde con la mentalidad individualista que inunda la universidad. El mínimo impacto recoge la filosofía marxista al interior de la juventud universitaria parece verificar esta conjetura. El yoísmo debilita la organización estudiantil, la universidad es vista como u espacio de capacitación para aprovechar oportunidades de movilidad social; por eso el conocimiento se casa con la realización individual. Desfigurándose el modelo del intelectual comprometido actualmente predomina el egoísmo profesionalizado.

Los estratos privilegiados que logran ingresar a la universidad la perciben como un vehículo de movilidad social; en un contexto en que actuar con sagacidad es lo único que cuenta el conocimiento es un instrumento para obtener relevancia personal. Este fenómeno sitúa al universitario en un doble panorama: 1. Desconectado de las bases que validan su ingreso a la universidad, la profesión se conviertes en una herramienta de movilidad social, y 2. interiorizada esta mentalidad individualista se facilita la asimilación de ideologías que promueven la manipulación social y el narcisismo sobrelimitado. Es decir, – con respecto a este segundo punto – el conocimiento que produce la universidad es factible a los intereses de la filosofía empresarial: el filisteo de la tecnología social es un ejemplo típico de lo que hablamos.

En suma: la universidad era espacio de formación de la clase política e intelectual que servía al proyecto de nación que impulsaba, con sus variantes, la ideología nacional-desarrollista. Era por tanto, pieza clave del modelo de acumulación en tanto acceso democrático al saber. Hoy en día la no existir un proyecto de nación, ni una real democracia que lo sostenga, la universidad pública es solamente una etiqueta inservible de los intereses del mercado. El saber, la filosofía que anima, el proyecto pedagógico que diseña deben acondicionarse a los requerimientos del modelo empresarial que el neoliberalismo trata de defender, de lo contrario desaparecería como institución educativa en el largo plazo. El conocimiento es un producto que es rentable a los agentes privados, y el profesional un tecnócrata que sirve al poder establecido. Por esta razón la universidad pública tiende a privatizar sus servicios: la reubicación de su organización a los fines de los agentes privados – que empiezan a configurar la socialización cotidiana del país – exige que ofrezca un producto al marco laboral lo suficientemente identificado con la privatización de la vida social. La desmasificación de la universidad, en este contexto, obedece a los cálculos de la preservación social: la idea es que pocos podrán ser aptos para vivir en los vericuetos de la globalización económica; esos pocos deberán estar calificados para ser útiles al modelo de acumulación que se posesione de estos territorios. Como todos no pueden entrar, dicha especialización se estrecha a los que cuenten con los recursos económicos para hacerla. La vida social cosmopolita se restringe a círculos especializados. La universidad en este contexto adquiere mentalidad oligarca, criando en sus espacios a los futuros ejecutivos del caótico patrón de poder global. Tecnócratas que obedecerían a los ámbitos del poder local, siempre y cuando, las regiones a las cuales pertenezcan se articulen eficazmente a los flujos del capitalismo.

El agotamiento del programa de industrialización favorecido por un esquema de fuerzas políticas de corte populista, significa la pérdida de centralidad del estado, como agente que produce “desde arriba” la modernización de las estructuras sociales. La interpenetración del capital extranjero en la marcha de la economía regional coloca al aparato estatal en una situación difícil de revertir. Si antes gestionó el desarrollo de las estructuras sociales apoyado en un bloque de fuerzas locales que tenían la capacidad de negociar con los agentes externos, y de viabilizar la modernización del sistema productivo hacia adentro, hoy en día el Estado es el principal instrumento que organiza a la sociedad en la dirección de los intereses trasnacionales. La reducida capacidad para delinear los términos de la política económica coloca a los actores políticos locales en una situación de gerentes del proyecto neoliberal. Cedido el control de los sectores estratégicos de la economía nacional a la inversión extranjera, los actores políticos locales sin una política de repliegue hacia algunos sectores productivos de relativa importancia, se ven obligados a captura las esferas del Estado en la aventura de reproducirse como grupo de interés. No teniendo el poder económico para hacer coincidir los intereses del capital extranjero con un proyecto de nación impulsado desde el Estado ven en la organización burocrático-estatal la oportunidad de recolocarse con audacia en el espacio gobernado por el capital. El acceso a los recursos que este acuerdo entre los actores locales y el sector externo implica, es solamente celebrado en al medida que la élites políticas locales organizan y administran la sociedad en la proporción que el proyecto de sociedad neoliberal lo exige. Sabiendo de las consecuencias que la introducción del mercado acarrea en la organización social, desmantelando la regulación estatal, subordinado las diversas formas de vida social a las necesidades de la producción privada, la gestión de las fuerzas locales en el gobierno no hará más que mantener las condiciones políticas necesarias para que tal proyecto social de sus frutos

En este contexto el marco educativo deja de ser espacio de formación de las capas de profesionales que gestionan el modelo de desarrollo de la etapa anterior, para pasar a convertirse en fuente de reclutamiento de los actuales tecnócratas que dirigen el Estado. A su vez, el saber que se produce no se afila según los requerimientos de la ideología estatocéntrica; el conocimiento que se gesta se vincula al florecimiento de agentes privados en el escenario social, de ahí que las diversas carreras profesionales adopten el contenido de sus currículas a la formación de un perfil de profesional idóneo a las necesidades de la tecnología social.
En este panorama, el único modelo de universidad que se presenta como alternativa es aquel que articule los componentes del saber especializado con las potencialidades del desarrollo local que surgen. De este modo, el recurso humano profesionalizado se concentra en la gestión de identidades locales, reorientando el saber especializado a la planificación de experiencias de desarrollo local-regional, que son más viables en este tiempo, claro sin obviar la refundación del Estado-nación que las articule. El saber se integra con las elites locales fomentando un respaldo técnico a la gestión de los gobiernos locales en la medida que el conocimiento de las particularidades regionales favorece la dación de estrategias y de medidas que reactiven las economía locales. Sólo así. La democratización de los actores locales implica no sólo una participación política de la sociedad civil local en al configuración de la política municipal, sino además un grado de incorporación económica de las poblaciones marginales al proyecto de desarrollo de su localidad específica.

En suma: la educación universitaria debe alimentar el conocimiento técnico necesario para alentar experiencias de desarrollo local, ahí donde la interpenetración de las inversiones extranjeras tienen un contacto casi directo con los poderes regionales.

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sociogenesis de la estupidez

by on Ago.07, 2010, under Sin categoría

Sociogénesis de la estupidez.

Situar la problemática de la imparable regresión espiritual que inunda la sociedad, demanda conocer los efectos perversos que el desarrollo de las fuerzas productivas ocasiona sobre la sensibilidad social. La supeditación de la distribución social del conocimiento a la realidad de los intereses del capitalismo no sólo causa la validación de las gigantescas desigualdades sociales sino además genera que el capital se atreva a producir la propia vida social que subyuga, produciendo la completa naturalización de las relaciones sociales cosificadas. Al subordinarse las subjetividades sociales a la promoción de la organicidad productiva, la vida por el apremio de preservarse biológicamente renuncia a las facultades humanas que en un primer momento la civilización había publicitado, lo cual ocasiona una desvalorización del contenido subjetivo de la vida social. Se hace complicado los momentos acordes con la felicidad.

Cuanto más la maquinaria rompe los procesos objetivos de la maduración social en aras de sujetar la totalidad de la vida a la tecnificación del mundo, tanto más se desprecian los valores que orientaban el comportamiento social. Produciéndose un estado de vacío existencial que es llenado precariamente por la estimulación de los instintos. La reacción, lo pulsional que caracteriza la sobrevivencia de la persona hace que el sujeto privilegie en su desenvolvimiento aquellas rutas ordinarias que le permitan reproducir su ser individual. El sujeto renuncia a aquellas alternativas que demandan un mayor análisis por aquellas herramientas pragmáticas que solucionan sus problemas cotidianos. El impacto de las circunstancias sociales y de la complejidad de la experiencia obliga al sujeto a reducir aquellas posibilidades que son más factibles, privilegiando por naturaleza aquellas estrategias que reportan mayores facultades para cosificar al otro. Por un acto de economía natural o de evasión del esfuerzo la socialización basada en elecciones conduce al sujeto a pensar menos y a reaccionar con menos juicio.

El dolor de pensar, de cuestionar lo dado, pues no se necesita, persuade al individuo a abandonar aquellos caminos trillados que le permitan tener una mayor planificación de su propia trayectoria personal, eligiendo una fluidez de intuiciones y corazonadas que le permitan mantener un determinado apoyo emocional en la realidad. Se abandona la reflexión, y se acerca la opinión a la superstición, y a estereotipos llenos de vulgaridad que relajan y divierten. Actuar es un evento basado en malas lecturas o en la imitación de lo que otro hace.

Ell individuo en estas condiciones, se desenvuelve en concordancia al presente que le permite adaptarse al caos del medio social, perdiendo toda perspectiva de planificar su futuro. El vivir en la contingencia define la existencia de un sujeto que ha aceptado el drama de lo inevitable. El pragmatismo de los juicios del individuo en todos los ámbitos de su practica delatan la parálisis de su propia libertad. El aferrarse la persona a lo inmediato de la imagen y de la publicidad que elabora el capitalismo de consumo, hace que el saber mundano que caracteriza al actuar cotidiano oculte los conocimientos esenciales que gobiernan el destino de una comunidad. Elegir lo banal hace preso al sujeto de las manipulaciones estructurales que se aplican a expensas de él, e incluso bajo su consentimiento.

El sujeto huye de los sufrimientos que le reporta la experiencia empobrecida de lo abstracto,, de lo político y sofisticado, refugiándose en la ceguera de lo sensible, de lo inmediato, como un mecanismo de defensa para no presenciar en carne propia la dureza de un proceso que no llega a tener sentido para él. El modo como lleva el sujeto su vida cotidiana, aquella singularidad que se resiste a ser reducida al sistema productivo, genera una infinidad de simulaciones y máscaras en las cuales el sujeto se construye y desteje con ductilidad, al precio de ir perdiendo la personalidad y fabricar un mundo que no se corresponden con su realidad objetiva y verdaderamente posible.

La saturación de un mar de significados que confunde a la identidad repliega al individuo hacia una invocación de una vida ensimismada que termina por desactivar el propio desarrollo de la pluralidad en la cual se ahoga. Preferencia que le permite ser una máquina que gestiona y consume las ideologías más suculentas que imposibilitan al sujeto elegir e interpretar los conocimientos necesarios para realizarse como sujeto en lo exterior. En la medida que la madurez de la economía revoluciona los sistemas de conocimientos mundanos más propicios para la producción tanto más se hace imposible la expresión integral del individuo. Este ha aprendido a mutarse y a camuflar sus inseguridades e incertidumbres con las estrategias del fragmento. Se deshace en una infinidad de roles y simulaciones, sin enterarse de ello y con verdadero terror a que lo delaten.

El hombre con el propósito de mantenerse a salvo de la violencia huye del cambio con la fabricación de ilusiones y mentiras que en última instancia no constituyen antídotos a la enfermedad de la existencia, hambrienta de sentido. La estupidez es la más sofisticada de las decisiones que ingresa en los corazones y que cumple el objetivo de mitigar la violencia realista de un mundo completamente cosificado

Vivir en la superficie, creyendo ser dueño de veracidades íntimas se ha convertido en el mejor vehículo que difunde el triunfo de la mediocridad. La incoherencia en las decisiones y la profusión del ridículo se ha convertido en una estrategia que evidencia la incapacidad que demuestra la persona para aceptar la fragmentación y licuación de su yo, por lo cual se agiganta en la fabricación de disfraces ejecutivos que distorsionan y enceguecen la necesaria reflexión crítica para superar los infinitos complejos de una estupidez sensorial. Es decir la vida al no entregarse jamás a la aventura de la transformación global, abandona los proyectos históricos que en las etapas tempranas de la modernidad daban valor a la verdad, generándose la constitución ensayística de registros autoculturales necesariamente circunstanciales y provisionales que aceleran la institicionalización del caos.

Si con la génesis de la modernidad se estimuló el programa de la liberación social creando un ambiente espiritual que desenmascaraba las atrocidades del poder, en una etapa posterior de la modernización estas ambiciones sociales son contenidas ocasionando que el conocimiento de sentido común se separe de cualquier teleología materialista que tenga el propósito de develar los misterios del capital. El sujeto percibe que es un miembro mutilado de una falsa totalidad, en la cual el dominio de las capacidades técnicas y administrativas se paga al precio de empobrecer la experiencia subjetiva, los valores y las emociones que no hallan consuelo en las clandestinidades del ser social. La nulidad cultural y su desviación cínica es la base de la supervivencia material y técnica.

Al carecer la vida cotidiana del saber que le permitiría romper con la alienación ontológica esta es obligada a elaborar la gran mentira de la comunicación, una fabricación ideológica que le facilita soportar y legitimar la voracidad del capital, una coraza inmunizadora con que justificar la incapacidad para atreverse a sentir y a rebelarse intuitivamente La cultura no sólo nos relata su feliz matrimonio con una realidad que se hace menos real, sino que nos relata la cobardía de un espiritismo que busca un sentido a la vida, pero que lo ve perdiendo a medida que este se convierte en un negocio narcisista e ilimitado. La vitalidad de la sospecha es desamparada, provocando que a medida que le progreso tecnológico coloniza el mundo de la vida, la biografía se aferre a constructos ideológicos que la manipulan. Cuanto más férreo es el control del sistema sobre la vida tanto más esta recurre a los estupefacientes culturales que le permiten olvidar el padecimiento. La estupidez al introyectarse en la interioridad del pensamiento no sólo banaliza lo autónomo sino que además se atreve a convertirse en la fortaleza ideológica que constituye la totalidad de la existencia.

Siendo un mecanismo de dominación que facilita al individuo resistir el poder de policía, también se convierte en un instrumento político que garantiza que el supuesto ciudadano se mantenga alejado de los temas esenciales. El peligro es que aunque el sujeto tenga acceso a mayores niveles de saber esto no garantiza inmunizarse contra el avance de la ignorancia, ya que si el sujeto no fusiona ese saber con una auténtica vocación personal la aplicación de este solamente será mera reacción técnica. La estupidez se ha hecho civilización. El sistemático olvido de la existencia concreta por una preservación inmediata anula la magia de lo interior, que se paraliza en la idolatría de la ineptitud, de una ideología que rechaza la universalización por una limosna de vanidad y religiosidad hacia lo evidente, lo aceptable, lo estable. Aunque a veces en este mundo que cohíbe la pasión, uno llega a creer ciertamente que la carga del conocimiento no significaría un real remedio para vulnerar el engarrotamiento sensorial, sino un disfraz estúpido con el que no se quiere reconocer el nihilismo y complejidad del mundo cósmico. En la medida que el poder se ha vuelto sensorial y huidizo, toda invención de alternativas rebeldes pasa necesariamente por enfrentar el falso deseo con la magia que llevamos dormida dentro y que el capitalismo nunca podrá dominar del todo. La interioridad debe vencer la estupidez de un mundo exterior absurdo y entrópico.

El egoísmo y pasión por lo inmediato, por la mimesis de lo muerto, arroja al individuo a una existencia en la cual se atraganta del vacío, y aunque sea tremendamente consciente de su desubicación y falta de actividad, el miedo a perder lo ya ganado o a ser un forastero de la abstracción lo deciden abandonarse a los poderes aparentes de la individualidad y la atomización. Ahora que lo estúpido se ha convertido en negocio, y en el hogar seguro de la opresión, la sensación de ser víctima de una grave tragedia crece a medida que desconocemos la interioridad de lo distinto, de lo simplemente contingente. La estupidez es deliciosa e invita a la seducción, así como a la risa.

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La necesidad de la izquierda

by on Ago.07, 2010, under Sin categoría

Un ensayo algo antiguo

Un ensayo algo antiguo

Ronald Jesús torres Bringas.

El avance incontenible del proceso de globalización que arruina las economías nacionales, la ahistoricidad consumista en que es encarcelada la cultura como consecuencia del impacto del esquema individualista, y la privatización descarada de la agenda del desarrollo, sin que la política pueda negociar las ventajas más racionales para las sociedades, pone en el ojo de la tormenta la necesidad estrecha de refundar un discurso de izquierdas que sea capaz de superar cualitativamente esa metafísica del mercado que subordina la existencia a un estado de guerra permanente , y que arrebata a la vida la oportunidad de concretizar su crecimiento ilimitado sin que la desigualdad y la arbitrariedad del poder posterguen taimadamente la felicidad del espíritu social. Más allá de los caprichos interminables que esbozan las identidades privadas para no socializar las ventajas económicas que ofrece el aparato productivo, más allá del desprecio racista que mantienen incólumes los sofisticados monopolios culturales, y más allá de la instrumentalización desvergonzada del trabajo político, que la rebaja a ser una actividad oscura marcada con el sello de lo vil, creemos que la elaboración de un programa conciliado con el bien público es urgente en un momento donde el divisionismo ideológico y la corrupción de las oligarquías financieras desanima a la subjetividad a vulnerar victoriosamente la fluctuante y ubicua gramática del poder . La izquierda en este contexto de violencia y de desalmada competencia organizativa se convierte en el espacio de formación y de agrupamiento de las identidades populares no para conseguir un adoctrinamiento enceguecedor que siembre el rencor y el resentimiento, sino para representar un salto cualitativo de transformación de los saberes sometidos, en un escenario cultural donde todo afán de reconocimiento esté compensado por una redistribución productiva de la riqueza social.

Si la propuesta de izquierdas enfrenta la multiplicidad de los dispositivos del poder a través de un solo relato que deposite la confianza del progreso en la dureza y sagacidad de un actor único, colisionará indefectiblemente con una realidad compleja en la que la agresividad del mecanismo de la historia alcanza una prolijidad asombrosa para desterritorializarse y despedazarse en micrologías cotidianas. En la medida que la praxis combativa y la predisposición para derrotar las inmanencias existenciales se propongan extraer del quietismo narcisista toda la creatividad histórica y la solidaridad suficiente para desterrar la indiferencia, será mas sencillo entender que la búsqueda de una mentalidad progresista significa combinar simultáneamente un ejercicio transcultural con una política económica que reorganice la propiedad privada en función del bienestar social, sin renunciar la desarrollo económico.

Actualmente que el poder de los conglomerados económicos subordina las complejas estructuras sociales para desmantelarlas o simplemente despolitizarlas, se hace necesario equilibrar el poder del capital como una primera condición para flexibilizar y amenguar la racionalidad técnica, para posteriormente, trastocarla en una lógica de la responsabilidad y del cuidado ético que signifique defender la vida de los riesgosos procesos de abstracción social que la atrapan en un mecanismo de excesiva exclusión y explotación económica. El derrumbe del estado populista como productor de lo real cede su lugar a la fabricación digital del ser que deslocalizando el funcionamiento de las economías regionales supedita la constitución de la identidad a procedimientos desvergonzadamente mercantiles, en un contexto en que la vida naufraga irremediablemente entre la locura social y la impavidez tecnocrática. Ahora que la subjetividad esta atrincherada en la desidia hedonista o en la retirada a la barbarie, es urgente reinscribirla en la conformación de una práctica emancipada que suponga comprometer a la mentalidad subalterna en la discusión acalorada de las problemáticas sociales con el propósito de aperturar el sistema político a la inclusión productiva de las mayorías. Esto no significa sobredimensionar la capacidad del Estado como ámbito de resolución de conflictos o encarnación de una verdad absoluta que aplasta las diferencias – lo cual acarrearía un severo problema de inestabilidad democrática- sino entender que le verdadero cambio social implica reorientar las fuerzas de la inversión privada a través de una política que la contrarreste y la obligue a identificar rentabilidad empresarial con desarrollo humano.

Mientras que la violencia ontológica de la razón occidental vigila compulsivamente nuestros esfuerzos por concienciar sobre los efectos catastróficos del cambio climáticos y del daño ecológico, creemos que un discurso de izquierda debe ubicarse en el necesidad de redefinir su paradigma de la planificación industrial, porque de no hacerlo seguirá siendo responsable del acrecentamiento de un consumismo irresponsable que bajo el rostro de la masificación de la satisfacción social escande una visión instrumental de la naturaleza, convertido en una despensa del apetito del voraz progreso material. La necesidad de defender la vida -definida como aquella dulce película que se moviliza en base a ensoñaciones y proyectos de felicidad- de las desviaciones genéticas y programadas de la maquinaria global resulta imprescindible porque de no hacerlo no sólo la vigencia del discurso contestatario resultaría inútil, sino que además su humanismo bohemio se tornaría en una perorata reaccionaria y esnobista que derramaría por le mundo el fundamentalismo y la desadaptación a los cambios tecnológicos. La búsqueda incesante de una compensación civilizatoria a la trasnacionalización del capital se ha de sostener necesariamente sobre la complejización de pactos sociales en donde el objetivo imprescindible sea la introducción solidaria y democrática para la creación de conocimiento, de la cual se deriva urgentemente un cuidado clínico de las diversas manifestaciones de la vida social. No basta con celebrara la socialización de los bienes económicos sino que hay que perseguir constituir subjetividades radicales que sean capaces del leer y deconstruir apropiadamente las trampas cosificadotas y la degradación del poder.

Crítica del individualismo:

Es difícil ponerse a argumentar que la realización de los sueños colectivos que las identidades populares despliegan implica desechar como anacrónico e inmoral aquel visceral individualismo, que supone frente a todas las críticas el eje ontológico alrededor del cual se autoconforma la producción de lo real. Si bien como argumentaba Durkheim, la complejidad de la división social del trabajo asegura temporalmente que la trayectoria privada se ancle al interior de un proyecto de desarrollo compartido , la verdad es que en realidades atravesadas por severos cuadros de anomia y de subjetividades transgresoras esta enfrente la decisión de desligarse forzadamente de permanencia de referentes generales, porque de ello depende la preservación de su integridad física y simbólica.

A grandes rasgos la conjetura que se maneja es que la sofisticación del éxito individual, la realización de la existencia privada, coacciona el desarrollo de una cultura de la solidaridad, porque la inexistencia de mecanismos institucionales y de agendas comunes de prosperidad que estrechen la felicidad particular con el bienestar colectivo obliga la sujeto carente de una ética social a decidir por su beneficio privado. ES la ausencia de una moralidad individual que consiente un mínimo de respeto por le bienestar del otro, debido a la normatividad salvaje de la economía de mercado, que considera como descartable todo discurso que implique un gasto innecesario de cursilerías humanoides, lo que ocasiona que las energías productivas sean utilizadas en función de intereses privados. Mäs allá de que exista una peculiaridad bondadosa en toda personalidad, no erosionada por la instrumentalización del mercado, creemos que este resto de ideología limosnera no representa un sistema de creencias capaz de contener la corrosión de la marejada cosificadora, ya que dicha envestidura estratégica se impone como un conjunto de reglas soterradas que aplana cualquier iniciativa comunitarista como condición única para dar validez a la sobrevivencia individual.

No queremos condenar al ostracismo toda alternativa de equilibrio civilizado al capitalismo descarriado, pero en las sociedades periféricas esta opción no representa, ni desea proponer una serie de modificaciones reformistas a la ideología del mercado, porque se considera inviable un tránsito acordado hacia una economía social por el terrible poder macroeconómico que el capital privado ostenta en las estructuras sociales híbridas de las regiones periféricas. En alguna medida el derrotero de la individuación y los procesos socializadores que fabrican el perfil psicológico de las conductas tipológicas exhiben enormes cantidades de disconformidad con un ambiente de estereotipos socialistas porque perciben que estos elementos ideológicos representan un gran costo social y económico para ser ensayado con éxito. En una cultura cargada de reglas de juego mercantiles que producen individuaciones desconectadas de la reproducción de agendas comunes, la única garantía para conseguir no renunciar a problemáticas de interés público es previamente aprender a sobrevivir en una realidad saturada de esfuerzos y conductismos, aún cuando dicha habilidad se termina por convertir en una virtud que obstruye la promesa de luchar por la conservación de la totalidad social. La corrosión de espíritu social por obra de individualidades que buscan a toda costa predominar antológicamente en el ámbito cambiante de las posiciones sociales, provoca una socialización que va perfilando subjetividades que observan como algo natural instrumentalizar los bienes de la sociedad, lo cual significa que la producción de la biografía típica legitima la injusta distribución de los recursos cognoscitivos.

A medida que la sociedad plantea la urgencia de explicitar, sólo en el discurso, el desarrollo de subjetividades democráticas, tanto más estas se tornan en protagonismos atómicos que percibe el proselitismo de izquierda como una agresión en contra de la misma integridad del individuo que tanto lo necesita. Es decir, al profusión de lenguajes moralizadores y de toda una coyuntura ideológica de granes movimientos que persiguen la transvaloración de los significados, choca indefectiblemente con una metafísica que se ha disgregado en el corazón mismo de las contingencias individuales, la cual impacta en la autocultura personal como una barrera que presenta la transformación social como un estúpido e irresponsable sacrificio. Quizás, en sentido sólo especulativo la inviabilidad de construir una alternativa que logre resignificar y tener una cultura apropiada de capitalismo desterritorializado no se debe a la existencia de un defecto estructural que el error histórico evidencie, sino a que la prueba de una asimilación irresistible de la organicidad compleja delata la expresión cínica profunda de una individualización que nunca supo hacerse cargo de elaborar un relato común del destino histórico nacional. La fragmentación despótica de escenarios culturales, sin que estos lograran consolidar una síntesis antropológica que superara el empobrecimiento del significado ideológico que la subjetividad inventó para esquivar la recesión de la identidad, precipitó en los senderos de la historia una personalidad que siempre se autoconstituyó a la zaga de las gigantescas ficciones civilizatorias que proyectaba, sin la suficiente valentía para asumir el costo de revolucionar drásticamente la mentalidad acomplejada y hundida en el miedo y en la esclavitud de sí mismo.

Como quiera que sea, la facilidad que halla la globalización capitalista para arrancarnos el derecho de edificar nuestra propia objetividad, no reposa en la perfección desmesurada de los sistemas disciplinarios sino en las varias cárceles epistémicos que hemos ido diseñando, con el propósito de atribuirnos cierta estabilidad simbólica cuando la empresa de autoconcebirnos estructuralmente se presenta como una responsabilidad demasiado difícil y aburrida de cumplir. Lo que quiero decir es que en la trayectoria de ser la unidad que expresa la diversidad las identidades colectivas se han decidido por vivir la fantasía de una gran síntesis cultural, sin comprometerse seriamente con llevar a la práctica todos los ingeniosos saberes que está prometió, porque el espíritu de nuestros pueblos careció de la necesaria energía cósmica para enfrentar la falsa totalidad. En la medida que nos hemos acostumbrado a presenciar reprimidos el holocausto de nuestros vencidos, y a sorprendernos cuando otros pueblos del mundo alcanzan la cumbre de su expresión histórica, ha dada avances importantes una subjetividad subterránea y sincrética, que si bien evadió la responsabilidad de transculturizar la rémora de nuestro desarrollo social, porque rechazo de plano el historicismo evolucionista del pensamiento monocultural, permite mantener renovadas esperanzas de que no se quede varada en una sobrediferenciación absurda y mezquina sino que progrese hacia la conformación de una conciencia pluridimensional que consiga realizar todos los saberes que la maquinaria de flujos oscurece y mantiene olvidados. Creemos que en tanto la heterogeneidad sociogenética asfixie el desarrollo de las infinitas singularidades, la individuación ontológica no dejará de ser una odisea transitiva, incapaz de superar el escollo ideológico que representa una realidad sin una auténtica base económica, y por consiguiente, atrapada en el vicio de adormecerse con toda una trama de mentiras y falsedades que sustituyen hábilmente la emancipación, y que sentencian a la personalidad a no saber disimular con audacia los padecimientos objetivos.

En una individualidad que disfraza el empobrecimiento histórico de no controlar a cabalidad la producción de la realidad material la que facilita la imposición de un discurso cuyo ámbito de construcción se ubica en la administración simulada de l caos cultural, sin llegar a comprometerse seriamente con trastocar afirmativamente una formación sociocenómica atrofiada por una ideología elitista y privatizadora. Mientras la biografía individual no consiga vincularse progresistamente con la responsabilidad compartida de preservar la normatividad social, mientras el discurso de felicidad signifique aceptar como lago natural el predominio de la razón de mercado, que en el corto plazo sólo otorga autoconservación provisional, y mientras toda improvisación y pragmatismo social represente un obstáculo que oscurece la urgente visualización reflexiva de las amenazas sociales, será muy difícil concretar la elaboración de una poropuesta reconciliada con el destino de la comunidad, porque paradójicamente la transmutación benéfica de la realidad social depende del constante deterioro de las reglas del juego democrático que nadie obedece. El divorcio abismal entre una singularidad que aprende las habilidades suficientes para defenderse de la violencia de la maquinaria social, una realidad que ante el desampara de los esfuerzos individuales se licua dramáticamente, entrega la producción de las psicologías colectivas al constante reacomodamiento de sus reservorios culturales ante las convulsiones de la diferenciación sistémica, y ante los desequilibrios funcionales que provoca la imposición del desarrollo capitalista. En la medida que la expresión de lo real es el producto agresivo de una organización compleja se deshacen las posibilidades de construir integraciones lingüísticas exteriores a la imposición administrativa, porque no existen internalizados de manera compleja raíces ontológicas respetuosas de la integridad psicoafectiva de los otros, que son vistos como meras mercancías y objetos de instrumentalización. No es, en otras palabras, la propagación de una metafísica mercantil en las conciencias individuales la que ocasiona la obstrucción de la particularidad civilizatoria de nuestra identidad, sino una agresiva sincronización ideológica con el relato superestructural del consumo y de la relatividad cultural la que explica el atrofiamiento y el carácter inconcluso de nuestra peculiar antropología social, que no se halla comprometida con urgentes cambios estructurales que ponen en riesgo su falso y mediocre felicidad individual.

Puestas las cartas en al mesa, el riesgo de configurar salidas colectivas que impliquen sacrificar ventajas individuales, en un contexto donde el cambio social es imprescindible, es percibido como una empresa de orates que con el propósito de evadir el peligro de la nada termina por precipitar la dolorosa evidencia de un mundo que hace del veneno del vacío el sustrato de su realización social. El carácter anómico que experimenta la interacción cotidiana no sólo desdibuja y vuelve irrepresentable las condiciones sociales de una gran transformación colectiva, sino que además persuade a las singularidades a difundir arbitrariamente la institucionalización de tal realidad transgresiva, porque la supervivencia de la subjetividad subalterna depende del ataque y degradación infinita de los lenguajes y repertorios culturales comunes, que son sustituidos por una lógica de omnirelatos simbólicos que no aseguran para nada asumir discursos de acción y estrategias de sentido común.

No quisiera que de mi realismo ontológico se desprendiera una soberana apología a la reproducción de una complejidad cultural que no admite ni desea tener puntos de contacto con edificios estructurales que perjudican y dificultan que las ideas que afianzan la identidad se tornen en programas de acción concretos. Nada más alejado de la realidad que describo. En síntesis, creo que el divorcio que existe entre una estructura social fragmentada e involucionada que es desamparada y se diluye cuanto más su corporalidad material es manipulada y absorbida por la mundialización de la economía, y una delgada película de discursos que se aglomeran alrededor de la descarada y desigual distribución del conocimiento social que nada quiere saber de responsabilidades organizacionales, a las cuales solo instrumentaliza, es un rasgo, digamos, socio-estructural que recorre todos los esfuerzos ontológicos por reconstruir un discurso histórico coherente y reconciliado con el bien común de nuestras sociedades. A medida que el carácter social es descuidado y se evapora en el biopoder hegemónico y subalterno, que enmascara el rezago de circunstancias que se conciben tradicionales de modo ideológico e inapropiado, es difícil concebir proyectos alternativos comunes, debido a que el divorcio ontológico del que hablamos torna complicado el reconocimiento de núcleos patológicos que correctamente reconstruidos podrían consolidar singularidades capaces de alterar significados que los esclavizan y los hacen morar en el miedo. Hoy en que las realidades periféricas se desterritorializan y consumen los pocos cimientos objetivos donde hacer descansar la sensación de existir plenamente, la clave para hacer retroceder el impacto del cuerpo sin órganos, es ubicar la liberación en la adaptación permanente a la amenaza de la estandarización y del desierto del mercado, de tal modo que la identidad logre apropiarse y reprogramar el peso de las ideologías que lo someten y los engarrotan en el conformismo y en la soledad absoluta.

Deseconomización de la cultura crítica:

En las reflexiones que teje Perry Anderson a cerca del marxismo occidental se desprende que el giro cultural, filosófico y epistemológico que adoptó éste en las sociedades de los capitalismo más avanzados supuso un retroceso ontológico con respecto a la edad del marxismo clásico economicista anterior a la Primera guerra Mundial, que había ponderado la necesidad de construir teoría vinculado estrechamente con el trabajo político de las organizaciones obreras y sindicales. Si bien se comparte su explicación que este viraje sociológico y refilosofante se debió a la difuminación de las posibilidades de revolución política en las sociedades del capitalismo tardío, creemos que dicha culturización de la hermenéutica crítica buscó multiplicar el análisis social a cuestiones y áreas de la realidad social que eran soslayadas por el marxismo ortodoxo, y que correctamente exploradas atorgarían a la reflexión crítica una capacidad de maniobra y de ataque a una vida estandarizada que había perfeccionado la imposibilidad de la liberación humana. Debemos estar de acuerdo con Anderson que esta ruptura con el marxismo economicista significó el atrincheramiento del análisis social en un a crítica destructiva al proceso de racionalización, que había sido amortiguado por una superestructura cultural dirigida por la estandarización del consumo y de la cultura de masas, y que tal crítica dejaba un pesimismo ontológico incapaz de elaborar un proyecto de emancipación a la inconmensurabilidad de la maquinaria social. En lo que no estoy de acuerdo con Anderson es que su argumentación no fue capaz de visualizar que este esnobismo y espiritualismo cultural representó una inspección ambiciosa del proceso de evaporación de la estructura económica que dio centralidad a una diferenciación cultural caótica y esquizofrénica.

Talvez el marxismo occidental – sobre todo las posturas críticas de la escuela de Frankfurt- subestimó la capacidad de respuesta de las cultura oprimidas, aplastadas por la jaula burocrática, sin embargo, su aristocratismo estético significó un aporte considerable para la posterior recepción y manifestación de un materialismo cultural que tuvo una lectura apropiada de la desmaterialización de la estratificación social y de la conformación de una sociedad compleja con valores y sistema de creencia postmateriales. En tránsito de la sociedad planificada y de la producción disciplinaria de la subjetividad a una sociedad donde el deseo y la experiencia de los escenarios postmodernos influyen en la fabricación de estilo de consumo y de una variedad de mercados especulativos que ponen énfasis en al delineación de bienes culturales y redes fluidas en constante cambio, ocasionan la urgencia de una recolocación estratégica de la cultura crítica posicionada en la premisa que el proceso de personalización, del que habla Lipovestky, inaugura la consolidación de ideologías y micro-narrativas de la dominación menos coercitivas y más democráticas, no obstante, capaces de alienar con mayor sofisticación y productividad social. Este totalitarismo líquido e individualista del que habla Ubilluz, en su libro “Los nuevos súbditos” expulsa de la política económica a los actores emergentes que se demuestran incapaces de revertir y apropiarse la naturaleza despiadada de códigos plásticos y de mayor elasticidad, debido a que estos moldes simbólicos, estos laboratorios de la innovación y de al creación de conocimiento productivo, consolidan monopolios y oligarquía culturales que arrebatan y elitizan las condiciones sociales donde se produce una corporalidad y subjetividad consciente de su papel social en al estructura social. En la medida que el avance de la desrealización ontológica cohíbe el desarrollo de salidas coherentes con el bienestar de la comunidad, en la medida que el atascamiento de la identidad variada crea rutas de desahogo más vinculadas a divorciarse de la infraestructura económica, se induce la fortalecimiento del dominio de los sistemas abstractos y de una complejidad organizada que arroja al significado en el campo de expresión de una metafísica que decide desvanecerse en el olvido e y en los vestíbulos de la precariedad y de la irracionalidad mercantil. Es la recaída de la subjetividad social en la licuación de las inmanencias y del deseo desbordado lo que provoca la absorción de las formas de producción material y simbólica por un proceso de personalización periférico y subalterno que liquida todo contacto responsable con el destino estructural del país, lo cual acelera a validez del saqueo trasnacional y coloca la producción material en un escenario de enclaves extractivos, servicios inmateriales y economías informales y de la solidaridad que constituye una severa restricción para un desarrollo real de nuestra particularidad civilizatoria.

Más allá de que la cultura crítica interna no halla logrado evolucionar un relato hábil y escurridizo para cuestionar y desocultar el predominio de un biopoder que coacciona la revolución expectante de la vida cotidiana y que ubica el sometimiento de los aparatos de control, en el degradamiento intencionado de las instituciones, creemos que este defecto no significa que dejen de existir lecturas avezadas y comprometidas de la realidad capitalista, que revelen el saludable reposicionamiento del discurso negativo al interior de u espacio de entropías comunicativas y de infinidad de discursos y máquinas deseantes. Es difícil decirlo pero es el fantasma de la revolución y el desarrollismo sólido la que afinca la terquedad del relato de izquierda en la desaceleración de un resentimiento asfixiante e irresponsable que se niega a adoptar una postura más coherente y honrada con respecto a la naturaleza compleja de las clases postergadas. Mientras el empuje de las subjetividades subalternas no consiga dar forma a una teoría que acepte que hoy la dominación se juega en la culturización irreversible de los lenguajes y de la experiencia social y no en hacer estallar con una sublevación general el cimiento estructural del desarrollo social, será muy difícil persuadir a la cultura popular a desactivar y reconstruir desde su propia práctica cotidiana la gramática de una dominación ciertamente autoritaria y empobrecedora.

Hoy más que nunca que el pensamiento negativo está obligado a tejer audazmente una interpretación desideologizada de la realidad, que e permita, a su vez, hacer evolucionar una síntesis emancipada de las multitudes y de los organismos reticulares, sin que tal tarea signifique abandonar las temáticas clásicas del marxismo, sino en reparar que el poder se descentraliza patológicamente como un virus astuto y evasor que paraliza la realización y atrinchera la identidad en una estandarización estúpida e inconsecuente. Creemos que de la transvaloración de las gramáticas de la dominación y de las esferas de la descarada explotación y exclusión social se debe avanzar hacia una posición más ambiciosa y total de los problemas de las sociedades periféricas, lo cual provea a la razón subalterna de un control expectante de los sistema abstractos y de su tendencia a extraviarse en el caos de las ideologías globales y en la metafísica anárquica del mercado. La mundialización de la economía que supera las distorsiones políticas que los flujos económicos impusieron al crecimiento de las organizaciones capitalistas desdibuja en un santiamén los acuerdos y la vigilancia democrática que los Estados-nación consiguieran imponer al capital descarriado, lo cual a la larga significa el derrumbe implícito de los procesos de socialización que confeccionaron relativamente un individuo conciliado con el interés general. La decadencia del proteccionismo económico que sirvió de cimiento objetivo para que la naturaleza apropiadora de los organismos individuales no se desviara de la legitimación a la industrialización, facilitó la multiplicación de diferencias y ghetos culturales que en tensión permanente con el propósito unidimensional de construir una modernidad sólida representaron el resguardo del sentido en corazas y estrategias de supervivencia populares que expulsados de la premisa de una ciudadanía proletaria se lanzaron a la consecución de formas de producción microempresariales, y de redes de subsistencia que sirvieron para dar validez a las mutaciones subalternas que el impacto de la lógica del mercado obliga a realizar.

Es en el contexto de una economía culturizada que incorpora elementos de resistencia productiva en la informalidad, que la razón populista debe ingeniárselas para reactivar la noción de un desarrollismo económico en franca cercanía con programas de largo aliento, que inserten toda la creatividad se los sectores productivos y de la fragmentación microempresarial en una política económica que sostenga su eficacia en un modelo de industrialización compleja que se valga de su alianza con la explosión de a cultura popular y de las sabidurías tradicionales. Creemos que la persecución ontológica que padece el conocimiento emancipador por obra de una metafísica mercantil, utilizando en su provecho la savia creativa de las subjetividades populares para justificar el poder del capital financiero y el saqueo de los saberes de la biodiversidad, debe combatirse desde las entrañas mismas de la interioridad domesticada. Liberar la mente de las singularidades conformistas y empobrecedoras debe convertirse en el principal objetivo del relato de izquierdas, porque sin ese poder reconstructor y sin una apropiada lectura del engarrotamiento del desarrollo social, no se podrá concretar válidamente las urgentes transformaciones estructurales de un cuerpo social profundamente fracturado, asimétrico y enajenado con respecto al mecanismo de la propiedad privada. Pero téngase en cuenta lo siguiente: una real transmutación de los valores sociales no pede alcanzar identidades libres en tanto la presión revolucionaria no desactive de forma histórica el mecanismo intemporal de la trasnacionalización, confeccionando una sólida base económica que concretice el voluntarismo cultural de las subjetividades emancipadas. Hay que saber descifrar el poder de la estandarización con una política coherente de las potencialidades periféricas, para que de este adecuado diagnóstico se desprendan un variado abanico de posibilidades de imaginación histórica, que proporcionen la vida deteriorada de una capacidad de reconstruir la corrupción de los rostros de la dominación, que son valga el énfasis, demasiado desvergonzados en un intento de reducir o simplificar las ingentes destrezas que es capaz de expresar los saberes sometidos.

El socialismo o la nación:

La nueva internacionalización de los movimientos sociales después de ser aplastados por el desmantelamiento del Estado de Bienestar y de las diversas luchas antiimperialistas de las sociedades de la periferia capitalista, conducen a la razón revolucionaria atener que desenvolver su accionar teórico y práctico al interior de una marejada de organismos globales y culturas desterritorializadas que confrontan directamente la estrategia de su nacionalismo metodológico, que concebía la captura del Estado como un primer paso para reformular as directrices de las políticas públicas que eran percibidas como claramente antipogresistas. Las nuevas coordenadas de palucha contrahegemónica en un espacio social donde los aparatos del Estado sirven para garantizar la administración policiaca de los agentes privados, bien llamados por Chomsky, “Estados canallas”, visualizan objetivamente que la transformación de la complejidad capitalista y de las varias redes nerviosas del biopoder deben ser combatidas desplegando una respuesta alternativa de carácter global, que persiga la reconstrucción acelerada de las injustas y multidimensionales relaciones coloniales de poder, lo que permitirá, a su vez, la manifestación de toda la riqueza cultural y biográfica de las identidades subordinadas. Si bien la táctica de ejercer un equilibrio ontológico desde las subjetividades rebeldes comporta debilitar la eficacia de las luchas de reivindicación a nivel nacional se evidencia una interconexión creciente de las organicidades contraglobalizadoras que en su afán de dinamizar el control de la vida democrática por sobre los flujos descentralizados del poder global, enfocan sus pougnas por fuera de los necesarios cambios regionales y locales de las identidades sometidas, descuidando ciertamente los escenarios microlocales donde se inscribe el biopoder. A larga el fortalecimiento de la experiencia cosmopolita de izquierda, desamparando los conflictos internos y cotidianos de las múltiples nacionalidades empobrecidas, establecen una inteligencia aristocrática del pensamiento negativo que olvida y toma como irrelevante las rutas de construcción nacional, pues considera que la respuesta es eminentemente a nivel de la globalidad.

Aunque en la vulgata revolucionaria existe una real preocupación por las realidades particulares de cada nación, la fuerza que imprimen los movimientos sociales se ubica en la contienda por desactivar las envestiduras coloniales del poder global, sin resguardar sensatamente el cuidado de temáticas socioeconómicas que son percibidas como problemas de gestión redistributiva o resueltas por conformaciones reticulares de una economía solidaria. Al desconectarse contundentemente la colonialidad del poder se cree ciegamente que se conseguirá una disposición simbólica y democrática para consolidar formas de producción económica que articuladas a un toda sistémico logre resolver la pobreza estructural, además de otorgar condiciones sociales para el cambio afirmativo de los índices de desarrollo humano y social. Lo que no se visualiza con certidumbre es que la inyección líquida de capital a formaciones micro-empresariales que no tiene la expectativa de integrarse a una heterogeneidad productiva nacional, y la inversión exclusiva en consolidar actitudes y economías de pequeña escala, evaden la responsabilidad de afirmar y sostener un cambio socio-estructural que no signifique perder autonomía política con respecto a los intereses de las grandes corporaciones económicas, sino que en la reconstrucción política de los circuitos macro-regionales se hilen los centros nerviosos de una economía política que represente una sólida capacidad de negociación social con al mundialización e interdependencia de los flujos económicos.

En la medida que los actores subalternos comprendan que el afianzamiento mancomunado de un robusto mercado nacional acrecienta un abanico mayor de posibilidades reafirmación socioeconómica, que a largo plazo beneficia que el conocimiento social sea mejor redistribuido y no confiscado por los grandes monopolios tecnocráticos, se entenderá que la tendencia maligna hacia el engarrotamiento ideológico debe ser combatida con el aprendizaje de una pedagogía de la crisis social que sepa leer que el poder económico no resiste la reinterpretación de su discurso simplificador cuando la subjetividad y la condición simbólica se propone revertir con plasticidad la tendencia a la homogeneización social Queramos o no pero la defensa coherente de la comunidad imaginada nacional deja de ser la finalidad teleológica de la razón populista para convertirse en la consolidación de un poder público que negocie racionalmente el despegue de las identidades nacionales que alcancen destrezas globales sin que tal segmentación y desintegración sistémica signifique la atrofia o perjuicio del bien común, sino que exista una coordinación reflexiva de los actores de una geocultura nacional.

Creemos que la síntesis histórica que inspiró los proyectos de una cohesión nacional deben ser desideologizados de tal modo que esta hegemonía febril y estandarizada acepte que su rol estratégico significa constituir eventualmente coaliciones nacionales que protejan las circunstancias sociales en que se originan las socializaciones organizativas y económicas que legitiman el crecimiento del mercado interno. En al medida que el crecimiento y desarrollo tiendan a la atomización y a la degradación de los vínculos de solidaridad, porque el éxito exige una competencia efectiva y desleal, no se podrá corregir, ni siquiera detener, la dispersión interesada de los intereses económicos y la propagación de una moral tecnocrática que manipula los residuos sociales en función de la configuración de una cultura de las relaciones públicas y de los afectos, que desestructuran y diluyen los marcos de socialización en donde se protege el desarrollo de la personalidad. El rol del Estado y el secreto de su autonomía efectiva residen en la habilidad que expresa no dejarse arrebatar el espacio público donde se despliega la lucha de intereses diversos, porque sino lo mantiene lejos de la corrosión de la privatización ontológica la vida es invadida por una instrumentalización descarada que erosiona los sistemas de protección comunitarios y los sistema de creencias tradicionales e híbridos. La descomposición de la realidad social debe ser el proceso perverso que la ética socialista debe contener como un primer paso para que la identidad agote las condiciones sociales que el estado ofrece, y así pueda aprender a reaccionar ante las convulsiones económicas que desconectan las solidaridades y arruinan la vida doméstica. Lo social no es sólo asunto de los esfuerzos de una rala, pero combatible, sociedad civil organizada sino el producto obligado de las síntesis identitarias del Estado-nación, porque de no defenderse la creatividad colectiva y la metáfora “sociedad” no se podrá garantizar a ciencia cierta el desarrollo de productos singulares exitosos pero reconciliados con el cuidado y respeto por la vida social. La sociedad deja de ser el punto de partida que va desapareciendo lentamente del escenario de la globalización sistémica, para pasar a convertirse en al culminación perfecta de las luchas y convergencias ideológicas y recíprocas de los variados proyectos alternativos, es decir, el desarrollo de un consenso ideal que proteja y expanda la vida social hacia aquellas actividades donde la interconexión es sólo instrumental y descaradamente funcional.

El estado-nación es, en otras palabras, la sagrada encarnación de los anhelos progresistas y de vanguardia, la institución imaginaria donde se preparan y traducen afirmativamente los intereses diversos para concretar una antropología socialista que entienda que la estrategia es ahora revolucionar los complejos ideológicos donde se desperdicia u liquidan los deseos coherentes de la sociabilidad. El propósito es ir respropiándose de los micropoderes y de la astucia conspirativa para revertir la tendencia que demuestra la desrealización a expulsar del manejo estructural a las identidades que sufren el impacto negativo de la mercantilización y de la socialización crónica. Hay que avanzar de una defensa nacionalista de las condiciones soberanas – lo que implicaría ceder el poder a absurdas aventuras autocráticas- hacia un planteamiento inteligente que sumerja la potencialidad de dicha soberanía en el control fluido y negociado de las convulsiones lingüísticas que desafían toda negligencia sedentaria o modorra ideológica.

Ecología y discurso negativo.

La maximización de la sociedad de consumo y la multiplicación de las necesidades complejas, difíciles de ser procesadas por un sistema político que fundamentó la generación del desarrollo social en el acrecentamiento del patrón de acumulación dirigista del Estado de bienestar, se confronta con la amenaza de que el sometimiento de la naturaleza extrahumana, con todos sus recursos y sistema de biodiversidad, provocaría una crisis medioambiental que involucra el peligro de destruir las condiciones de existencia global de la humanidad. Cuanto más el sistema de consumo trastoca y desfigura el abastecimiento de la naturaleza en provecho del insaciable apetito de los estilos de vida artificiales y extravagantes. Como condición para despolitizar la subjetividad, tanto menos respuestas participativas demuestra la debilitada tradición democrática para detener el avance destructivo del capital industrial. El hundimiento de la complejidad biográfica de la personalidad burguesa en los laberintos del consumo y las sintonías híbridas de las culturas orales en la proyección mediática y cibernética de los organismos sociales, lo que condiciona el ritmo irreversible de la explotación de la naturaleza, y lo que esta provocando, por consiguiente, la aceleración de la contaminación y degradación del medio ambiente. La exageración de una vida que sólo se reconoce y sobrevive atrapada en sus invenciones lingüísticas, siempre encarnadas en tecnologías del goce y de la recreación irresponsable, conducen a la ceguera de las escandalosas mutaciones materiales que los agentes privados llevan adelante originando una mentalidad que concibe la realización únicamente a través del constante equilibrio que logra concretar la afirmación individual, despejando el camino a un monstruo tecnológico que vive asediando la vida y haciendo deliciosa la instrumentalización. El riesgo de la entropía civilizatoria conoce el mismo destino que el agigantamiento de la insignificancia y la infravaloración de la cultura. Es la proliferación celebratoria y apocalíptica de los discursos la que torna oscura la fuerza democratizadora para reconocer, a fin de cuentas, que el imparable progreso del capitalismo resulta una desviación cósmica que debe detenerse en su actual remitologización abstracta. Un reencuentro coexistencial y débil con los poderes arcaicos de la naturaleza desdibujaría el complot majestuoso que prepara el capital para asemejarse unitariamente con la vida, con el uno primordial, con el devenir, y así naturalizar cínica y publicitariamente las relaciones coloniales de dominación que se mantienen intactas.

Es un hecho de que las varias empresas depredadoras de la naturaleza, celebradas por los desordenados y pretorianos Estados canallas, como son las multinacionales que están atrás de las sabidurías locales, la despensa de los recursos minerales y bióticos, y la barata y expuesta fuerza de trabajo, están ocasionando vilmente alteraciones indetenibles en las sociedades tradicionales, originando la decadencia delincuencial y la migración forzada de los últimos residuos no globalizados de las cultura vernaculares, para extraer las riquezas de los organismos naturales que justifiquen y perfeccionen la persecución cosmética y simbólica que padece la vida interior. La legitimidad que busca sembrar en la opinión pública es que el actor estratégico de estos cambio bruscos tiene la sensata intención de superar una visión tradicional y obsoleta del aprovechamiento territorial para introducir una dinámica modernizadora que integre a las poblaciones en un desarrollo sostenible que beneficie, finalmente, a la comunidad afectada por una mentalidad excesivamente negativa hacia la inversión capitalista. Sin embargo, esta ideología presuntamente desarrollista no es confirmada en la práctica, debido a que la forma administrativa que empela para extraer los recursos es incrustar fortalezas fabriles, enclaves productivos, que no desarrollan conexiones comerciales, ni institucionales con el mercado interno, lo que sólo se compensa legalmente con el pago a la comunidad de regalías, por ejemplo, mineras, que nos son pagadas realmente por las empresas mineras, que financian obras infraestructurales y de calificación de la mano de obra que nada tienen que ver con las intenciones económicas de los asentamientos rurales o comuneros. En la medida que las comunidades campesinas se les arrebatan la posibilidad para reproducir sus economías de pequeña escala, que representan la habilidad en vivir en armonía ecológica con el territorio donde viven, se los empuja a ser sólo plusvalor material de empresas económicas a las que les importa muy poco confirmar la propuesta alternativa de un desarrollo sostenible. Es el conflicto entre sistemas de creencias que suponen un freno a una sensata modernización nacional, un cuerpo sin órganos que condene a la comunidad, sustentada en relaciones de reciprocidad a la muerte civilizatoria, la que empuja a las poblaciones rurales a abrazar ideologías regresiva y soluciones económicas delictivas como el narcotráfico, que buscan hacer tropezar y deslegitimar el sistema de enclaves productivos, que de alguna u otra manera acaba con el desarrollo endógeno de los pueblos.

En cierta manera lo que evidencia esta contradicción entre una vida que se niega a desaparecer con un sistema capitalista que succiona la savia de los pueblos ruarles, es la severa materialización de una lucha desigual e irresoluble, que como van las cosas, culmina en la controversial privatización de la propiedad comunal, y en la mutación imprevisible de luchas de resistencia armada y economías delictivas que solo justifican la represión de los sitema de control policiaco. Me parece que la clave para detener el avance de los organismos privados en el espacio de economías populares desprotegidas y frágiles, es subirse a la marea de la modernización con un proyecto de desarrollo ecológico que controle y varíela lógica depredadora del capital en función de las urgencias de los actores locales y de las identidades rurales. Esto se logrará si previamente cambia notablemente el discurso sólo compensatorio y provisional del impacto ambiental por una organicidad popular que negocie y coordine a través de las instituciones específicas un programa de desarrollo nacional sostenible, que exija que la inversión privada se responsabilice del desarrollo de los circuitos regionales y locales, como principal actor económico que es, para que esta armonice su rentabilidad con las cosmovisiones del desarrollo subalterno de las comunidades rurales.

Conclusiones.

De todo lo que venimos sosteniendo se desprende que hay que abandonar el presunto esencialismo revolucionario que dirigió las luchas contra el imperialismo económico- debido a que se pensaba que la unidimensionalidad debías ser combatida con las interrelaciones explosivas de un actor exterior, como el movimiento obrero- por una estrategia que consista ontológicamente las ramificaciones biopolíticas que despliega el poder del entramado organizacional, no para administrarlo en función de la soberanía de los gobernados sino para desactivar la tendencia mistificadora que comportan, haciéndolas más cercanas, flexibles y adaptadas a las necesidades diversas de la población. No hay que confiar en que una autoridad fuerte y autocrática puede resolver en un espacio disciplinado las enormes demandas que la democracia consumista despierta, sino en que la participación productiva, descentralizada y especializada de los actores democráticos restituya una práctica política que anule la tendencia a la formación de oligarquías y grupos de interés que limitan y manipulan las instituciones de la democracia. La izquierda debe enfrentar el peligro del estatismo monolítico y autocentrado con el desarrollo creativo de una institucionalidad y organizaciones que creen una cultura cívica coherente con el desenvolvimiento de las diversas historias individuales. La política es todavía una actividad noble en donde se desafía la naturalización del poder, es un espacio de convergencia donde debe resolverse el descrédito mismo de la opción revolucionaria para convertir la democracia en un espacio de coordinación, contención e instrucción de una libertad negativa reconciliada con el bienestar general de los pueblos. La gestión del poder debe eliminar el realismo interesado de la profesionalización tecnocrática, con el sacrificio inherente a recompensas de carácter colectivo que desbaraten la envidia, las apariencias y las desviaciones del poder.

Creemos que la razón tecnológica y la expansión desmesurada del yo pueden ser desactivadas si lo subalterno se atreve a coexistir con un mundo saturado de invenciones cibernéticas y de dispositivos técnicos. Domar el capital significa, a su anarquía y probabilística de flujos busátiles agregarles un decisionismo democrático, que este alerta frente a las trampas veloces e imperceptibles de las desviaciones ideológicas con la determinación de democratizar la resistencia al cansancio y la vida que vive en lo peligroso. El significado siempre es más fuerte que las torpes máscaras que nos embisten, hay que creer en nosotros mismos.

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La juventud y la cultura de la contención.

by on Ago.07, 2010, under Sin categoría

Ronald Jesús Torres Bringas.

Las nuevas formas de socialización que revisten la actual dinámica generacional no estarían designando exclusivamente períodos lógicos de preparación para la vida adulta formalizada, sino como es propio de nuestras sociedades desestructuradas situaciones concretas de marginalidad generacional, y lo que ello significa materialmente y culturalmente. Es decir, el fenómeno juvenil no sería acontecimiento normal de la modernización en que nuestras sociedades estarían envueltas, sino una concreta experiencia de postergación de las realizaciones individuales, ahí donde las rutas de incorporación convencional se estrechan. No es tampoco como se reivindica la intensificación de la cultura de la aventura de la permisividad para crear lenguajes reclamando un mejor estatus, sino por el estar fuera de juego que ellos significan una identidad que se configura en relaciones de exclusión intersubjetiva con el escenario de las personalidades formales. La intención es redefinir los marcos de socialización populistas en que se arrojaban a crecientes poblaciones, por otros que los incorporen subordinadamente a la lógica del sistema productiva anarquizado mundial. Es entonces, la juventud en nuestras realidades un síntoma concreto de desempleo y de reciclamiento de la fuerza laboral, una cultura que se moldea deacuerdo a su marginación de la realización ciudadana, y por ello, un fenómeno propio del subdesarrollo latinoamericano.

Aunque como dice Tanaka, las energías adscritas en las plataformas de las luchas sindicales por una democratización universal de la sociedad peruana generaron novedosas necesidades que superaron lo petitorios clásicos de la vanguardia clasista, lo cierto es que nuevas necesidades postmaterialistas eran producto del cambio rotundo de las bases materiales de socialización de las nuevas formas de reproducción social. Es decir, la aparición de necesidades específicamente juveniles al rebasar los habituales marcos de reivindicación sindical, marcaron manifestaciones de signos en la estructura social distintos o los del período de expansión. La crisis de la deuda, el agotamiento de las principales formas de producción material, desposesionaron a las poblaciones movilizadas de un ámbito de incorporaciones universales intensivas. Por consiguiente, al extenderse la crisis económica explosionaron las novedosas formas de agrupación identitario que estaban naciendo, surgiendo el individualismo como la lógica propia de la supervivencia. Las organizaciones democráticas explosionaron agudizándose la desconexión con sus fuentes de reclutamiento clásico, lo cual generó que la legítima lógica de desenvolvimiento social, más cercano al aburguesamiento de la vida cotidiana confeccionaron las racionalidades colectivas de la urbanidad. Unilateralmente, la urgencia por recolocarse en el escenario de un profundo ajuste del capital originó que la cultura se transformara en la dirección de un movimiento inexorable y paradigmático. Una de estos complejos esquemas culturales que surgieron fueron las avanzadas juveniles, no sólo como un fenómeno de agotamiento del modelo industrializante, sino como una conciencia y de formas de vida que rechazan la exclusión. En este sentido, la juventud como un proceso específico a nuestras heterogéneas experiencias de modernidad, aparece como una completa energía humana sublimada marginalmente al sistema productivo, contenido pero al fin y al cabo absorbido por el mismo.

Las atrocidades que cometen nuestros intelectuales existencialistas al retratar su identificación con los procesos juveniles se justifican en tanto sacan la cara por sus condiciones desiguales. Sin embargo, al transmitir la disconformidad como ruta de desahogo no avalan en ella una propuesta que nazca de los acantonamientos juveniles. En vez de eso aceptan esa incapacidad, haciendo una apología a manifestaciones culturales que postulan salidas diferentes a las que se necesitan. Es decir, para nuestros intelectuales fenomenológicos, la juventud debe ser valorada, por su reclamo a una vivencia espiritual superior, y no por lo que ella pueda dar a nuestro país. Reconocer esto sería negar a la juventud como una cultura en sí misma; la juventud es joven en tanto se relacione anárquicamente con el sistema, su vitalidad depende de su no lucha, de su no adhesión al cambio social.

Se rechaza la hostilidad de la racionalidad fría del capital, se grita, pero no se propone; de ese modo en su hostigamiento validan lo que al mismo tiempo critican. La juventud es retratada de esa manera, guiarla por el camino de la vanguardia sería envejecerla.

No obstante creemos que la juventud no lleva aparejada una relación en sí misma deplorable. La manifestación de formas justas, concentradas en la energía que alimenta la renovada conciencia política que surge, hace abrigar esperanzas de una orientación verosímil de esta generación que crece. Liquidar al indiferentismo y al caos que significa las décadas pasadas de nuestra juventud sería también acabar con la holgazanería y el conformismo. Mientras eso no suceda será difícil reencausar la voluntad de desarrollo que se espera; la sociedad seguirá enferma, mientras la conciencia juvenil lo siga estando. Comunicar a los significados juveniles con la responsabilidad histórica significa hacer perdurar en el tiempo una mejora radical de las condiciones de vida que actualmente soportamos. También debe erradicarse en la dirección de un compromiso social inspirado por la avanzada juvenil esa lógica individualista que se traga por medio de los principales valores burgueses del bombardeo audiovisual. El daño que provocan a los intereses colectivos retrasa los proyectos de realización que la juventud pretende. En tanto ésta no tome conciencia que la vida es más que una escéptica filosofía de la supervivencia será complicada afianzar la ideología de la solidaridad social que se necesita. Variar la sustancia de la cual beben los valores juveniles no dejaría de ser joven, sería en todo caso darle sentido a la energía que tienen las poblaciones jóvenes. El sentid o de ser joven no es la leyendo de la autorrealización que el neoliberalismo postula, la cultura es por esencia el actor histórico de nuestras sociedades, es su deber continuo y compromiso. En suma, a la juventud supera su acostumbrada estática voluntarista a la hora de materializarse en una propuesta de generación social. Contrariamente se reduciría a la región de la queja y el fracaso.

Sin embargo, las reestructuraciones que en tránsito vivimos imponen que las utopías se conviertan en lecturas pesimistas próximas al nihilismo. El repudio al saber que vindica un reencuentro desesperado con la anatomía hedonista de los submundos clandestinos obstaculiza el trabajo intelectual de nuestras generaciones por un purismo sin sentido que malgasta las fuerzas de la avanzada juvenil. La proximidad con el vicio y con la corrupción que embotan sus mentalidades destacan con lo que hemos criticado en párrafos anteriores: ese individualismo típico de la cultura burguesa que la comunica con estereotipos funcionales a la necesidad de consumo que la civilización capitalista promueve. De algún modo el cosmopolitismo que la interioridad exhibe desplaza la conciencia hacia conductas que propagandeán el éxito individual y la competitividad; actitudes del todo proporcionales a la lógica eficientista que el sistema productivo requiere. En la medida que esta personalidad – que es le relativismo- moldea la escena de las socializaciones urbanas no sólo se le hace un marketing al pragmatismo, además se incuba una cultura adecuada a la moda de cascarón que la ideología neoliberal necesita. La introyección de estos prototipos culturales en la vida cotidiana de la juventud adormece la mentalidad histórica y por consiguiente la capacidad de organización que la haría combativa. Se estimula una moral de pirata lo suficientemente creativa como para ser aprovechada en la racionalidad gerencial de la administración de las grandes corporaciones. A su vez se le nutre al joven de valores cosméticos que le imprimen un ideario que colina con la aventura y con el riesgo, similares a los gentleman saqueadores tan característicos de la personalidad burguesa. La alimentación de estos valores dificultan al joven reconocerse en su realidad; aunque esta cotidianamente la golpee al postergar sus expectativas al esteticismo de estos esquemas culturales lo satura de significados que no son lo suyos, legitimando un abstraccionismo de temas que lo divorcia de sus realidades concretas.

La validación de esta ideología consumista aunque le confunde verdaderamente le llena. Arrancarlos de esta artificialidad para que reconozca la miseria en la que vive, sobre todo al joven de las clases populares, vapuleado una y otra vez por la inclemencia de la ciudad, es una dura responsabilidad que no se puede prolongar. La artesanía cultural que producen, los lenguajes miméticos tan próximos a la vida que expresan, la ingenuidad para soñar y no querer salir de ahí, nos descubren un mundo cultural muy rico en significados, una lectura tan total de la sociedad peruana, que es ahí de donde realmente deben provenir las soluciones a la recesión mental que sufrimos. Sin embargo, la succión de los más capaces elementos a la guerra sucia de la productividad, y la postergación mayoritaria de los talentos que se ven obligados a sobrevivir, domestica a una riqueza vital a los tentáculos de la conservación. A veces se piensa que se es joven para imaginar en la rebeldía, y luego tener que incorporarse a luchar en la frialdad de la burocracia; tal vez la naturaleza de la juventud es ser una cultura de la rebeldía.

Otras la juventud se convierte en un estado de ánimo anhelado por la sociedad; a tal punto es su codicia que ya se ha inventado un concepto exacto para este fenómeno. La juvenilización como designan Panfichi y Valcarcel, es una búsqueda por conservar la vitalidad en medio de la tensión, una necesidad por estar sano en los albores de la decadencia. Sin embargo, ellos no concluyen que es justamente una identidad que niega la cosificación de la humanidad, que es una lógica de la evasión y nada más que eso. Se es joven en esta línea para los estoicos del capitalismo en la medida que se esta resistiendo con ahínco la agresión de la metafísica del mercado. Superarla como volvemos a repetir sería cuestionar la misma naturaleza de la juventud. Por ello las generaciones más desgastadas por los efectos de la formalidad del sistema hallan en la juvenilización el espíritu de desahogo propicio para sublimar sus represiones, maquillando si son precisas sus identidades con bienes melifluos que otorgan relajación y diversión. Es según esto, la juventud una conciencia de la recreación; al actor exacto de la sublimación carnavalesca, y por consiguiente, la edad del arte y de la imaginación.

Sin embargo, la tendencia de fuerzas que se escapan a nuestras manos da la impresión que el estado de la juventud no variara en el largo plazo. A pesar que sostengo que al actor colectivo por excelencia de estos cambios es por menester la juventud, es justamente en ella donde se dan cita los mayores controles del sistema. Formar su identidad al margen de lo concreto que vivencian es de algún modo desorientarla de su tarea. Las estrecheces de oportunidades que el sistema ofrece para su realización condenan a sectores vastos de la periferia a la informalidad y al empobrecimiento generalizado; la escasez de recursos hace que se organicen solamente pequeños grupos alrededor de eventuales mejorías. Esto ocasiona que los marcos institucionales sean cada vez más angostos, reservados exclusivamente a minorías especializadas que hayan acogido una mentalidad positiva y de competencia.

La juventud es para estos grupos una etapa transitoria de preparación pero a la vez de permisividad, en tanto que para las grandes mayorías un lenguaje de proyectos estancados que los fuerza a tener que evolucionar culturas de la clandestinidad y de la subversión. Los procesos juveniles se concilian bajo esta lógica con al racionalidad mercantil, a su vez intentan superarla a través de su creatividad cultural.

Por ello no es difícil argumentar que la anomia a la cual es expuesta la juventud resulta siendo un combustible apreciado por el sistema; en el grado que canalizan su esencialidad histórica la matan como promesa en la acumulación. Es por esos que podríamos sostener que la juventud en conclusión es un concepto de contención de los anhelos de liberación que nuestra floreciente generación cultiva

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Teoría y praxis. Notas acerca de la reflexión social en el Perú contemporáneo.

by on Ago.07, 2010, under Sin categoría

Ronald Jesús Torres Bringas.

El abismo cada vez más escandaloso entre el pensamiento y la vida humana demuestran el carácter cada vez más frívolo del saber social, ahí donde este se convierte en crítica literaria o en ejercicios esteticistas; desconectado, por lo tanto, de las exigencias de una realidad material que aprisiona las posibilidades de emancipación del sujeto, la reflexión se halla desprovista de la necesaria energía crítica y de los recursos epistemológicos certeros para traducir la racionalidad del consejo teórico en experiencias prácticas de desarrollo social. En la medida que el análisis social sufre el impacto del mundo fragmentario , los resultados de la investigación empírica sustituyen las soluciones de una planificación holística por el testimonio existencialista y exhibicionista, por la propaganda del padecimiento individual del analista estereotipado y contaminado por lecturas supuestamente objetivas, por creencias e ideologías que subordinan el dato empírico a lo que cree el ego presumido del intelectual sucede en la realidad lingüística .

Si bien desde el giro lingüístico sabemos que la realidad objetiva no es exterior al intercambio comunicativo, a la mediación gramatical, sino que la verdad es el resultado de la discusión, de la neutralización dialógica , lo cierto es que este mundo del lenguaje, de las redes de sentido social, es parte de una subjetividad que se convierte en simulación objetiva que coacciona y limita la acción individual, y que por consiguiente, se transforma en dato empírico que el analista social no conoce más que a través de las representaciones teóricas que se hace de la realidad. Si por una parte existe un consenso especulativo y universalista en la reflexión social que impone un modelo de aproximación al mundo empírico, y que para bien a para mal canaliza las fuerzas del desarrollo hacia oportunidades bienestar social que no deslegitiman la descarada monopolización privada del capitalismo, la verdad es que esta ortodoxia sociológica busca moldear y oprimir una realidad cultural periférica a ciertos a priori ideológicos demoliberales que sólo favorecen a los grupos de poder . Al sólo sujetar los repertorios culturales a las necesidades de reproducción de una falsa totalidad que nos vigila y no deja madurar soberanamente a la formación sociohistórica de nuestra sociedad específica, la reflexión social no es ajena a las exigencias de esta realidad manipulada, sino que en muchas ocasiones se ve obligada a subordinar los resultados del trabajo intelectual a las necesidades de justificación empresarial y de planificación fragmentaria del capitalismo trasnacional.

A medida que la reflexión social es incorporada a las urgencias de reproducción de la maquinaria sensorial, trocando el resentimiento y la sensación de extrañamiento por deliciosos comentarios y por un profesionalismo psuedocomprometido con la realidad social que merece buenos sueldos, el dato empírico es supeditado a los esquemas previos que el aislamiento intelectual elabora. Es decir, el profesionalismo sociológico al distanciarse de un tejido social hacia el cual no siente ninguna deuda ideológica y que en muchas ocasiones ahoga el talento individual en la impersonalización masificada convencen al analista social a utilizar y a manipular sin ninguna consideración ética los marcos de referencia teóricos que saturan la formación científica del intelectual. Su ceguera al no querer ver la posición de asalariado intelectual, de esclavo que fabrica ideologías que otros utilizan y ofertan en el mercado político, facilitan la colonización de nuestra estructura de pensamiento . Lejos estoy de sostener que nuestros sacerdotes del conocimiento, que nuestros abogados de la planificación estratégica son tontos útiles de un campo social que se impone so pena de quedar excluido del mercado intelectual. En todo caso el cinismo intelectual que se apodera de estas conciencias los empuja a mercantilizar sus dotes analíticas sin ninguna esperanza de redención social, y al recibir en compensación los recursos económicos para financiar una vida llena de comodidades y de hábitos extravagantes que aplaca todo remordimiento y responsabilidad que se pueda sentir hacia la realidad social. Me parece que hoy en día la colonización abrumadora de nuestra conciencia teórica es producto de un desentendimiento consciente del intelectual de una realidad irracional que sólo estimula y hace estallar sus necesidades de realización individual. Al no querer sacrificar algunos segmentos de su capacidad reflexiva a la consecución de un proyecto colectivo, al temer el aroma deletéreo de la abstracción y al no querer desprenderse de su libertad individual, el intelectual colabora con la degradación de nuestros productos culturales, ahí donde estos no se los impregna de nuestro particular espíritu civilizatorio .

He hecho un recorrido desordenado para ubicar el dilema que atraviesa el pensar peruano en nuestra época. Si bien gran parte de las reflexiones que he desplegado no le hacen justicia a una buena porción de analistas sociales que prosiguen una lucha denodada por resolver nuestras grandes contradicciones sociales, y si bien las conclusiones que desarrollo se aproximan a una crítica nada amigable y propositiva, me parece que sirven para situar los problemas que atraviesa el contexto de la reflexión social. Ahora sabiendo que un cuestionamiento sólo moralista no favorece la promoción de alternativas sociales para escapar a las paradojas que sufre nuestra reflexión social, ensayaré un análisis de los dos horizontes institucionales que legitiman la existencia del discurso científico: la esfera de la creación teórica y la técnica social aplicada. Aunque en una sociedad medianamente desarrollada estos dos horizontes producen saberes que se interrelacionan y se complementan para dar validez y orientación a las políticas de Estado, lo cierto es que en las realidades periféricas como la peruana estos dos sectores están rudimentariamente conectados y hasta se estimula su desacoplamiento objetivo . El origen de esta descomunicación de saberes es la que explica me parece, desde los aportes que la filosofía social pueda proporcionar, la desestructuración socializada que experimenta la sociedad peruana. El hecho de que nuestra formación sociohístorica no evolucione, ni este bajo control de nuestros actores internos explica que la inmadurez material y simbólica en la cual está aprisionada la acción social no se anima a imaginar la posibilidad de una reflexión descolonizada y audaz para realizar el pensamiento en la vida social.

Celebración de la dispersión teórica:

Desde que el pensamiento social peruano surgió fue un cómplice indirecto de las tendencias ideológicas del saber occidental. Fue más sencillo para nuestros primero intelectuales copiar con hidalguía los esquemas cognitivos extranjeros y celebrar con insolencia el sometimiento económico-político que padecía nuestra sociedad y los avances secularizadores que experimentaba la hegemonía occidental . Asfixiados por un eurocentrismo que infectaba las principales aproximaciones reflexivas en un mundo colonial y feudal que bloqueaba el desarrollo de un ejercicio intelectual autónomo, la reflexión giró alrededor del arte retórico, de la sátira criolla y de los dramas religiosos y bucólicos. Si bien existieron producto de la cruel agresión colonial lecturas aisladas y sincréticas como la del inca Garcilazo de la Vega y su visión trágica del choque que supuso la aculturación, lo cierto es que estas visiones no despegaban lo suficiente de los sesgos tradicionales como para generar élites intelectuales que pensaran alternativas a la realidad del régimen colonial. El mutismo de una sociedad estratificada y profundamente jerarquizada en la feudalidad impedía a los actores subalternos, aplastados por la cruel explotación socioeconómica desarrollar conectores ontológicos de meditación social, ahí donde la fragmentación social sólo estimulaba la emergencia de una teología apátrida e hipócrita que sólo buscaba desaparecer la mitología andina de las clases dominadas .

Ante el avance cosmopolita del modo de producción capitalista y del movimiento ilustrado que lo justificaba se generaron predisposiciones ideológicas aisladas que comenzaron a reflexionar sobre las posibilidades de emancipación de nuestras sociedades protonacionales. Estas conciencias individuales acompañadas de una actitud anticlerical y más optimista hacia el futuro prepararon ideológicamente el desarrollo del nacionalismo criollo escribal que buscaba la autonomía económica-política con respecto a España. Sus reflexiones si bien giraron alrededor de un pensamiento racional e ilustrado no persiguieron más que representar unilateralmente a la clase criolla, olvidando, por consiguiente, el derecho implícito de los sectores subalternos que soportaban la reproducción del régimen colonial. Al reducir la emancipación política a las urgencias de un actor único desnudaron las intenciones de no superar la dispersión étnico-económica que arrastraba la estructura social sino heredar intacto un régimen esclerótico que ahogaba en el silencio de la injusticia y de la explotación a los sectores olvidados por la independencia criolla. La presencia de un conservadurismo cultural y la refeudalización de la propiedad agrícola justificaron que los esfuerzos intelectuales por modernizar nuestra ideología política a partir de la tradición liberal no eran más que poses intelectuales para sentirse iguales a los europeos y no intenciones sinceras de lograr una verdadera autonomía ontológica.

Es con la crisis de la guerra con Chile y a raíz de las funestas consecuencias sociales que originó que se levantaron del polvo de la derrota voces indignadas por la impavidez de nuestra clase dirigente; voces como las del iconoclasta Manuel Gonzáles Prada que denunciando la ineptitud y el poco compromiso de los oligarcas con las consecuencias materiales e ideológicas de la guerra abogaron por un redescubrimiento y reconocimiento social de las clases indígenas que soportaron con humillación y dolor los costos sociales de la conflagración bélica. Este despertar despiadado de una conciencia crítica y comprometida con un cambio total de la cultura peruana supuso no sólo identificar los problemas nacionales con la dejadez de la aristocracia sino abrir además un horizonte de posibilidades analíticas y de estudios sociales a cerca de las peculiaridades ideológicas de nuestra castigada sociedad peruana. El nacionalismo criollo escribal que solamente había sido vivido como un diletantismo figurado desconectado de los graves problemas de la joven república evolucionó paulatinamente hacia una reflexión más consecuente de nuestras contradicciones civilizatorias y que daba la palabra a las categorías olvidadas por el reduccionismo oligarca. Si bien esta reflexión sólo alcanzo un desenvolvimiento ensayístico y filosófico, todavía alejado de la rigurosidad científica y de la práctica social, lo cierto es que el grado de análisis y de producción ideográfica que alcanzó proporcionó una fotografía espectacular de los abismos y posibilidades de nuestra condición cultural. Las acertadas intuiciones que produjo, que fueron luego confirmadas por la investigación empírica, otorgaron a la sociología peruana horizontes ideográficos que orientaron y guiaron el desenvolvimiento político de las vanguardias sociales y de nuestros controvertidos estadistas. Aunque en muchas ocasiones las conclusiones que ensayaron se engarrotaron en programas dogmáticos y unilaterales que leyeron erradamente la dinámica de las condiciones históricas lo cierto es que fueron lecturas alegóricas de las profundidades de la mentalidad peruana, que intentaron superar la fragmentación ideológica de la periferia sin abandonar las impresiones espirituales y anímicas de nuestra embrionaria totalidad.

Con la llegada de los grandes procesos sociales como el capitalismo industrial y la sociedad de masas se provocará una ruptura paradigmática con toda la tradición vitalista de la intelectualidad peruana. Elaborando severas críticas al intuicionismo estereotipado de nuestros filósofos sociales, como fue el caso del antropólogo José María Arguedas, el imperialismo sociológico que desarrollará esta generación de pensadores intentará traducir sus lecturas acerca de la estructura social en programas de intervención y transformación social que diluyan y desactiven las coordenadas tradicionales y arcaicas de nuestra impredecible formación sociohistórica a medida que se fuera imponiendo la sociedad moderna industrial. Sostenido en un aparato conceptual racionalista y estructural que persiguió acelerar la dialéctica histórica esta generación de deterministas socioeconómicos se vieron paulatinamente atrapados en las trampas del subdesarrollo, al que quisieron hacer estallar con un exceso de dogmatismo y mesianismo revolucionario. Quizás a estos científicos sociales no se les ha hecho del todo justicia; se ha dicho que influidos por la utopía socialista y por su protagonismo colectivo prepararon la alfombra ideológica para el nacimiento de la absurda violencia política que asoló el país. Se ha dicho también que aunque denunciaron la precariedad y las injusticias sociales de nuestra realidad no escaparon a la colonización de la racionalidad instrumental, ya que muchas de sus reflexiones simpatizaron con visiones autoritarias y cerradas de la sociedad. Sin embargo, creo que a pesar de las limitaciones y regresiones epistemológicas que supuso la asimilación del marxismo fetichizado estos esfuerzos culturales legitimaron como en ninguna otra época un acercamiento extraordinario entre la reflexión y la acción social. Desde que el discurso intelectual subsiste alejado del mundo irracional justificándolo en muchas ocasiones tras pseudos soluciones civilizatorias, este se ha convertido en un ejercicio aislado y neutralizado por la mercantilización del conocimiento. Al no haber podido ser el concepto social un proyecto exitoso de transmutación social, al no haber logrado sintetizar nuestra asfixiante heterogeneidad disfuncional este se deshace en el drama esteticista de la literatura, retratando con exotismo y con un descarado humor Light la condición esquizofrénica de la sociedad peruana. La política del fragmento y del coyunturalismo técnico repliega el conocimiento solidario y emancipador hacia los fundamentos abstractos y solitarios de la nostalgia racional, anulando y desvalorizando el saber de las voluntades apartadas que todavía intentan cambiar el mundo social. La atomización social y la fractura que sufre por todos los flancos el saber ordinario desconfigurándose la identidad en el desenfreno psicológico y en el relativismo hedonista ocasionan el eclecticismo y descripcionismo sociológico; el despedazamiento de la individualidad del intelectual y su inmadurez sensorial para sentirse ubicado en un mundo que lo rechaza lo obligan a ser el productor de creaciones simbólicas que privilegian el absurdo y la violencia estética

A medida que la realidad se hunde en la inseguridad y el caos las creaciones intelectuales en vez de reflejar el dolor y lasa ansías de liberación social lo que hacen es huir hacia las ficciones artísticas y narcisistas del ser clandestino, evidenciándose con esto, el afán de salvación del alma individual. No quiero hacer con estro apología a los mártires del saber, lo que busca hacer es que se tome conciencia del rol que desempeña el intelectual: éste no se puede dar el lujo de alimentar un individualismo desvinculado del dolor socializado; su trascendencia consiste en ser aquel que ensaya una crítica despiadada del mundo cosificado, en confiar en las características liberadoras del concepto ahí donde toda la expresión de su singularidad y de su diferencia se sostiene en la teorización de la totalidad. Frente a un mundo desideologizado, y arrojado en el vulgarismo de la dispersión simbólica el conocimiento filosófico social es aquel que puede redimirnos del existencialismo particular y superar la sensación de ser un ser en constante transición.

La tiranía de una realidad objetiva que se nos esfuma obliga al ser periférico a vencer los complejos mistificadores que proporcionan certidumbre, pero que obstruyen el desarrollo de la personalidad con un proyecto de estudio de la realidad social que deconstruya y desactive los múltiples mecanismos y los rostros del poder, trocándolos en interacciones comunicativas que enriquezcan la vida social. Mientras la teoría de la descolonización no traduzca las preocupaciones intelectuales en experiencias viables y prácticas de desarrollo será casi imposible convertir aquella descolonización en una moralidad común del ciudadano de a pie. Gran parte de los errores que intuyo en el programa de los estudios subalternos es que sus militantes y sacerdotes solamente se adhieren a la crítica cuando esta no pasa del texto que escriben, y cuando sus contribuciones políticas no les obligan a negar las comodidades y extravagancias que invalidan su susodicho compromiso ideológico. Al no ser suficientemente radicales en su proyecto democrático de reconocimiento convierten toda la teoría en sólo una moda que forma guerrilleros de papel, ahí donde se hace necesario contar con una sociedad civil convencida de su rol histórico. Un texto que no intenta ser convertirse sinceramente en contexto de sentido solamente justifica la infamia social aunque la denuncie. El desinterés hacia una realidad que desprecian por supuestamente inferior, pero de la cual extraen sus temas de investigación, los convierte en filósofos cínicos, que cultivan su singularidad artística al precio de un mundo vaciado de libertad orgánica. Para fraseando a Horkheimer: la aparente madurez del edificio social es sólo viable a través de la inmadurez de los sometidos que viven consumiendo y fabricando ideologías suculentas.

¿Imprudencia operativa o planificación estratégica?

Una historia de la técnica social es complicado ensayar, todo cuanto más la obstinación de las estructuras tradicionales dificultan la madurez organizacional suficiente como para especular a cerca de las características visibles de nuestro actual subsistema burocrático. No obstante, estas escaramuzas ideológicas, lo cierto es que los desarrollos incipientes del espíritu organizacional estuvieron centralizados alrededor de las necesidades de modernizar el Estado peruano, y paulatinamente alrededor de la empresa de acumulación privada. Es un error histórico suponer que la velocidad y el origen de la red organizativa de estas dos entidades a veces contrapuestas en el Perú contemporáneo sólo alcanzaron gran preponderancia con el desarrollismo latinoamericano. Si bien es verdad que el patrón de crecimiento económico vinculó ambos horizontes organizacionales para dinamizar el cambio estructural, y que esta conjunción se dio con la aparición de las políticas heterodoxas y populistas, lo cierto es que antes del desarrollismo ambos procesos se desplegaron separadamente y en estado larvario. Debido a la presencia de un régimen primario de acumulación que no solicitaba una gran división social del trabajo y especialización administrativa, la empresa y el Estado estaban incrustados al interior de una red jerarquizada patrimonial, intentando convertirse en núcleos articuladores de esta heterogeneidad socioeconómica cuando eran en realidad discursos aislados que poseían poco alcance nacional. Al no estar desarrollados los mercados internos regionales, al estar grandes porciones de la población en la servidumbre absoluta, y al predominar una economía meramente de la subsistencia, la racionalidad burocrática sólo hallaba existencia en los enclaves cerrados de un Estado deficiente y de empresas extranjeras que no difundían los recursos organizativos a una cultura carente de Estado de derecho.

Es cierto que las asimetrías en materia de gestión social impedían la centralización de las funciones, sin embargo, creo que a medida que la estructura primario exportadora no podía bloquear la evolución de los sectores industriales, debido al empuje ideológico del Keynesianismo y del Estado de bienestar occidental se hizo más difícil contener el progreso, eficiencia, concentramiento y disciplina del Estado moderno. Es la seducción discursiva que supuso al razón populista la que sirvió de estímulo social para que la sociedad autoconsciente se organizara alrededor de una regularidad dialéctica, que amparándose en la especialización del conocimiento científico natural y social, perfiló la constitución de una identidad administrada. Las causas de tan extraordinario movimiento histórico y de su agotamiento estructural se explican por el hecho de que la voluntad de los pueblos sometidos trató de democratizar la razón e impregnar la vida social de un sentido solidario y colectivo de felicidad. El desmantelamiento del mundo histórico más por la falta de valor para vulnerar el cáncer del lenguaje mitológico que por la llegada del cansancio posmoderno se comprende en la medida que la organización populista industrial de la modernidad sólida cede su lugar a una ontología de la organización biopolítica y sensorial que va expulsando de los beneficios de la producción a las categorías subalternas que no son capaces de generar saberes para el mercado. La soledad del exilio objetivo y esa sensación de ser parte de un engranaje que nos va devorando obligan a la vida periférica y a los marginados del mundo a reinterpretar y apropiarse magistralmente de las herramientas que los someten y empaparlas de la sabiduría arcaica y popular que hace que el arte prevalezca sobre la muerte sistémica.

Así, la organización simple que había intentando absorber a la impredecible carne social es sustituida por el paradigma complejo de la organización en donde las instituciones objetivas son reemplazadas por repertorios culturales que planifican y controlan el caos global. Ya no es más el hombre el centro de la creación, ni el que regula el devenir irreversible de la historia cínica, sino un miserable pastor del ser tecnológico en donde para sobrevivir hay que estar atento a la emboscada, a la estrategia, a las señales que nos manda el totalitarismo de la complejidad organizada. En un espacio así donde la comunicación y los flujos del capital viven amenazados por la violencia de la corrupción y de la gangrena que todo lo mata, al conocimiento del ser periférico no le queda otro remedio más que renunciar a la confrontación política y replegarse hacia la búsqueda de reconocimiento social como un modo hasta hora no descalificado de humanizar el capitalismo descarriado. Si bien esta organicidad de la mente no ha logrado desactivar las escandalosas desigualdades sociales a partir de la capacitación abrumadora y de la estimulación mediática, lo cierto es que sigue arrojando fuera de la sagrada imagen del capitalismo sensorial a los escombros de los vencidos, a toda la susodicha chusma que padece la explotación y que no es capaz de alquilar su corazón y sus entrañas al servicio de la autodestrucción civilizatoria. Cuanto más la complejidad organizada acelera el embrujo del lenguaje tanto más la incansable reafirmación individual se trastoca en una mentira, en una falsedad que no deja de atormentarnos, pues en el fondo sabemos que nos embarga la nada.

Esta organicidad de la que he discutido en la realidad periférica, encuentra desprovista al espíritu social de la necesaria capacidad para traducirlo en experiencia de desarrollo. Al retroceder el Estado en la aventura de mantener lo que se descompone apresuradamente la minúscula sociedad civil asume la responsabilidad social de mitigar los efectos perversos de la pobreza. No obstante, los severos reveses que atraviesa la política social de promoción del desarrollo sostenible, y a pesar que no ha conseguido movilizar y convencer al actor local que él es el protagonista de su propio destino, es loable la actividad que desempeñan por combatir la pobreza y la desigualdad social. Ya que muchas veces bajo la etiqueta de la asistencia técnica se esconden oscuros intereses por lucrar y vivir con cierta comodidad creemos que la iniciativa empresarial que adopta sobre todo la promoción social sólo debe ser un medio y no una finalidad por hacer riqueza y acaparar poder político. En la medida que se entienda esta premisa humanitaria se logrará comprender el papel secundario que despliegan lo que solamente aman la justicia social; identificar conocimiento con poder es el mayor error que pueden cometer los científicos sociales, y aunque muchas veces la desolación nos transmite ganas de ser héroe, creo que hay que dejar este trabajo para los políticos profesionales.

El desconocimiento al no admitir que una teoría fracturada sólo engendra una acción mutilada conduce a que los acercamientos técnicos y los diagnósticos empiricistas que se elaboran para dinamizar la realidad cosificada se convierten en proyectos que van hacia el fracaso y hacia el despilfarro de recursos. Cuanto más experimenten con realidades regionales y locales imponiendo un esquema de indicadores claramente predeterminado, tanto más las matrices culturales rechazarán las acciones reduccionistas de la ingeniería social, ya que a veces al actuar sobre una realidad específica no consideran que esta es parte de una red nodal y abierta que esta en permanente redefinición y cambio. Mientras la forma de intervención sea funcionalista e empiricista solamente se conseguirán efectos aislados y perversos, aumentando en algunas ocasiones los problemas que se desean resolver. La realidad peruana es compleja e indescifrable, por lo tanto, nuestra acción técnica e imparcial debe ser suficientemente rica y compleja como para develar los profundos misterios de la mentalidad peruana. La expresión de lo incomunicable o inimaginable merece confiar en “ir con el concepto más allá del concepto”; porque no somos una sociedad habituada al concepto por eso mismo lo necesitamos par transformarnos.

Conclusiones.

Es una tarea incompleta la que hoy se percibe en el decurso de la razón sociológica. Mutiladas las habilidades que harían posible un reencuentro entre la filosofía y la práctica social, el panorama que se cierne sobre las ciencias humanas es incierto. Toda alternativa de desarrollo no descansa sólo en la magia de la improvisación técnica y empresarial, que muchas veces nunca siente los conceptos que aplica, sino en la unificación entre una investigación que explore descolonizadamente los saberes sociales y una planificación reticular que aproveche la empatía tecnológica que hoy se percibe en el mundo periférico. En la medida que el desarrollo es un producto de la reconstrucción cotidiana y el aprendizaje espontáneo de los lenguajes tecnocráticos la iniciativa privada de todos los sectores sociales no quedará atrapada en la gramática de la recesión económica, pues seria capaz de asimilar las crisis sociales que desgastan la aventura de la autogestión, y así mutar rápidamente los recursos cognoscitivos que se urge para reactivar el patrón de acumulación. Actualmente que el beneficio económico se sostiene en la desmaterialización de los repertorios culturales, en la desrealización comunicativa, la clave para no desligarse de la economía informacional, que sentencia todo a la obsolescencia es fabricar simulacros afectivos que hagan más llevadera la encarcelación de nuestros exhaustos cuerpos.

En una realidad ahistórica en donde la formación sociohistórica es contenida en la involución ideológica, la única garantía de seguir siendo útil al mercado de bienes y servicios es crearlos para reproducir la parálisis que nos mantiene agobiados; el alma periférica adicta a los simulacros los sigue produciendo aún sabiendo que nos destruirán. La interdependencia global que hace posible la continuidad de la anarquía sistémica sólo es el camino al desarrollo total en la medida que se trastoca la dependencia estructural de los sectores económicos en mutaciones simbólicas y de conocimiento que no anulan la dependencia económica aunque la utilicen con cinismo para que la nación avance a pedazos. En otras palabras, hoy el crecimiento desordenado que experimenta una economía sin pizca de planificación, sólo es obra de los sectores más dinámicos del capital privado, a los cuales les conviene que se mantenga la condición primaria de las economías regionales, porque en ello ven el cimiento que hace posible la ausencia de competencia productiva que favorece los tentáculos de su acumulación.

En un capitalismo periférico desindustrializado, en el cual se controla al centrímeto la agenda del desarrollo humano se permite el florecimiento de las identidades particulares en la medida que la vida social canaliza sus demandas y se autoestrangula a través del formato del individuo propietario y consumidor. Si bien esta enajenación económica se traduce en simulaciones objetivas, que fingen la pobreza material, lográndose la constitución de organismos productivos que se combinan reticularmente, lo cierto es que esta maraña de subjetividades no posee la suficiente racionalidad y fuerza de negociación para transformar el patrón de crecimiento que hoy en día bloquea su especialización productiva. Y esta no parece saberlo la ingeniería social, pues huérfana de orientaciones filosóficas no se atreve a transformar esta rica subjetividad subalterna en una compleja industrialización popular que sintonice con las matrices culturales de la sociedad peruana, porque no ha logrado deshacerse de los torpes prejuicios ideológicos del actor único y de la gran conspiración que todo lo controla. El ejercicio teórico de las ciencias humanas sólo se justifica en la medida que perfeccionen las indagaciones sobre la totalidad social para mejorar la contundencia de la intervención programada. En tanto siga exiliada la reflexión de la realidad cultural a la cual anhela retornar esta no pasará de ser un oficio abstruso o artístico que refleja el extrañamiento e impotencia del intelectual, y por consiguiente, una razón neutralizada en el ascetismo de la inspiración

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La sociología y el problema del intelectual.

by on Ago.07, 2010, under Sin categoría

Ronald Jesús Torres Bringas

Aunque un progresivo aumento de la racionalidad sociológica comunica al sujeto intelectual de modo comprometido con la sociedad a la cual estudia, las proyecciones del caso evidencian que la producción del conocimiento obedece a parámetros que el mercado predetermina. Ahora bien, la vocación por desprender de los resultados de la investigación estrategias lógicas de intervención práctica se ve compelida por la temprana inserción del sociólogo en una enmarañada red de organismos burocráticos que atisban de antemano la utilidad de su conocimiento. Esto hace que el joven estudiante arroje su ímpetu social y su olfato reflexivo a una sólida tecnocracia del saber que impone las principales líneas apriorísticas de sus investigaciones y de sus conclusiones, lo suficientemente maleables a los pedidos de las entidades financieras que se hace casi imposible la evolución de percepciones marginales a la convencionalidad.
Sin embargo, el trastocamiento de la base psicológica que estimulaba visiones radicalmente opositoras a este positivismo mercantil que domina el escenario de hoy, no resulta un eficaz desplazamiento del dogmatismo sociológico. El diálogo con plataformas filosóficas posmodernas y la heterogeneidad cotidiana en un mundo de inverosímiles trastornos, influencia una ruptura por todos los flancos del saber con este hermetismo social. La fabricación de complejos ideológicos que idolatran el stuto-quo, hiendo desde los diagnósticos funcionalistas hasta las cirugías ciudadanas que embellecen el formalismo descarado de nuestra democracia, no logran reciclar a la imaginación libertaria a los lenguajes formalistas.
La confusión a la cual es expuesta la clase intelectual, empujada a trabajar en un ambiente que predetermina su creatividad, en medio de la rutina y de la administración asfixiante, forman conciencias ejecutivas y aptas a un salario, de manera que, la sociología es vista como una eficiente labor por la cual se percibe una remuneración periódica. No obstante, la misma trama en que es envuelto propicia un desacuerdo constante con este rigorismo organizativo, desarrollándose consecuencia del stress metodológico, espontáneos esquemas vitalistas que desafían la robotización de la razón. Las salidas anarquistas y los aventureros canturreos existencialistas parecen navegar en esta dirección de reproche a la razón instrumental, resaltándose, en este sentido, un elevado egotismo que permea los actuales análisis sobre la sociedad. El individualismo se escurre en la objetivación del saber, produciéndose discursos que abogan por el yo; en la medida que los hostigamientos se concentran en la individualidad, el conocimiento se convierte en monología de estos yoes atrapados en la maquinaria del saber rentable. Es decir, la fragmentación del conocimiento en átomos existenciales condena al ejercicio sociológico a metarrelatos de las emociones individuales. En la medida que las representaciones intelectuales lleven esta marca no sólo será complicado disponer de cuerpos teóricos objetivos a cerca de nuestras realidades concretas, sino que además será difícil liberarnos de esta plaga filosófica que anarquiza y enceguece el alma de nuestra ciencia. El intelectual – desde mi punto de vista- debe desprenderse de estas ideologías desenfrenadas, de estos desórdenes reflexivos, que ven en el pensar tan sólo un afrodisiaco a la existencia. De no hacerlo perdería en mucho el sentido de nuestro trabajo.
Por otra parte, si bien se justifica hasta cierto punto el avance de esta mistificación individualista, por el daño que produce al espíritu el imperialismo de la tecnocracia, la solución no está en ser abogados de uno mismo. La relación vertical individuo-sistema que propagan los centros de poder, organizando la vida social en proporción directa con la explotación de sus recursos, conduce al atomismo social, y por consiguiente, a estas representaciones individuales que se transmiten a las esferas del conocimiento como legítimas producciones de una conciencia civilizatoria. Es decir, la interiorización del individualismo como estrategia de autoconservación, se traslada como filosofía exclusiva a la clase intelectual, en la medida que se naturaliza la decadencia de nuestras instituciones y se asimila la idea de que toda labor que el hombre realiza sirve para situarse con audacia en un mundo sentenciado a la barbarie. En suma, el énfasis en la conservación individual, al difundirse como proselitismo sociológico infecta las principales áreas de nuestro quehacer, desplazándose temas de verdadera importancia por otros en que se otorga preeminencia a menudas emotividades y superficialidades sin sentido. Arrojado solitario al mar de los supervivientes el intelectual teoriza su irracionalidad, debido a la succión de su energía que sufre a manos del sistema.
Sin embargo, como esta enfermedad de la autoconservación es sólo una falsa conciencia que valida la imposición de un orden de cosas injusto e infrahumano, superpuesto desde las centrales del poder – que tratan a toda costa de organizar el rumbo de nuestras vidas- no podemos seguir pensando que el análisis social deba preocuparse en discursos desorientados y subjetivistas. El ejercicio intelectual, en especial el trabajo sociológico, debe retratar la actual dinámica y conformación de los grupos sociales, deshaciéndose de estos prejuicios que inundan la razón de nuestros inexpertos pensadores, representando el escenario de la formas de producción y reproducción de la vida social. De este modo, no sólo se estipula un norte conjunto en la investigación, cuando se hace necesario refundar un proyecto de nación, sino que además se genera la posibilidad de inaugurar en esa dirección una auténtica intervención racional de los procesos sociales que nos circundan. El diálogo con la realidad objetiva, la necesidad de representar las asperezas que en ella acaecen, obliga al sociólogo, como ejecutivo del conocimiento, a definir una clara percepción de su inserción en ella; orquestando una plataforma del conocimiento, proveniente de la diversidad regional del país, preocupándose holísticamente en consolidar una planificación material e intersubjetiva que construya una identidad sólida, en diálogo con la universalidad, animándose a ser los estrategas de estos cambios, el sociólogo – y todo aquel que invierta sus horas en el pensar- está obligado moralmente a conformar la élite política peruana que transforme nuestras potencialidades silenciadas en condiciones estructurales de bienestar social. Mientras eso no suceda seguiremos siendo, y en especial el intelectual proscrito a la pura erudición, marionetas del crudo avance de la insignificancia. Ahistóricos, bebiendo de la dicha de la ignorancia, el intelectual peruano debe deshacerse de esas superfluas extravagancias personales, de esos desfachatados aburguesamientos que lo comunican con la irracionalidad del poder, de la holgazanería y del conformismo. Aunque la introyección de la miseria ha socializado el mito del sálvese quien pueda desde la pasada década, con la imbecilidad como mercancía de masas, creemos que en el intelectual es menester el surgimiento de una franca oposición a la esclavitud mental, y un sacrificio desinteresado a la planificación histórica de nuestros pueblos. Si no se siente realmente peruano, el sabio no será más que una enciclopedia andante del conocimiento o el inescrupuloso que vende su razón al asolamiento del capital.
Contradictoriamente, por pertenecer a grupos sociales que luchan cotidianamente por recolocarse en las esferas del mercado y por ser esta una ideología democráticamente afianzada en las conciencias individuales, el intelectual a veces inconscientemente ve en la sociología una catapulta a la fortuna individual, teniendo que sepultar en el corto plazo las esperanzas de realización universal que lo martillan tan pronto siente en la reflexión una solución a la decadencia. Obligado a ahogar sus preocupaciones por el mundo – vista esta convicción como una inconsecuencia desesperada que pone en grave riesgo la vida, aunque se luche por ella- el intelectual abandona los proyectos de liberación comunitaria que lo apasionan, por tener que adaptarse a la religión de la existencia. En condiciones en que las circunstancias se sobreponen a los deseos de materialización individual, madurar equivale a entregarse ciegamente a la maquinaria social. La enajenación consciente del sabio a las redes de la política social erradica velozmente cualquier peligrosidad que subyace al pensamiento comprometido. Mientras siga la prudencia como locura, el sociólogo es inevitablemente víctima de la absurdidad socializada.

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Cultura del empresariado

by on Ago.07, 2010, under Sin categoría

Ronald Jesús Torres Bringas

Resumen:

En los límites cognoscitivos de este ensayo lanzamos la hipótesis de que el carácter embrionario e involucionado de la estructura económica es un resultado paradójico de las mismas fuerzas empresariales que dicen estimularla; y que si se desea vulnerar la coraza blindada del subdesarrollo integral se debe superar la visión estrecha que identifica los beneficios de las elites dirigentes con la fragmentación socioeconómica y con la perpetuación de un régimen de acumulación que condena la creatividad progresista del mercado interno al celebramiento ideológico de la mercantilización de la vida cotidiana.

Economía heterodoxa y empresariado:

En los tiempos fáusticos de la cultura latinoamericana el poder de acumulación de los intereses empresariales no sobrepasaba ni alcanzaban a erosionar la legitimidad soberana de los Estados-nación. En cierta medida la capacidad institucional del Estado desarrollista capturaba y regulaba el comportamiento expansionista de la producción capitalista, otorgándole a ésta un escenario de acción económica que no deterioraba el poder político del Estado y que sintonizaba con el bienestar socioeconómico de la sociedad nacional. El mercado interno de las economías nacionales se desarrollaba en correspondencia directa con las necesidades de desarrollo de la esfera pública, dándole a la cultura desarrollista una base material para la expresión de una ciudadanía asalariada y de una pluralidad de intereses que eran atendidos por el aparato burocrático estatal. Al apoyarse inicialmente la acumulación privada en el carácter intervencionista del Estado existía un acuerdo social democratizador que conciliaba la rentabilidad del empresariado con la generación de oportunidades económicas provenientes de la industrialización; acuerdo que implicaba vincular políticamente a la sociedad organizada con el cambio estructural modernizador para comprometer y vigilar la tendencia disgregante de la esfera economicista.
Este pacto populista de un régimen Keynesiano de acumulación del viejo Estado desarrollista se dio con singulares particularidades en las nacientes estructuras socioeconómicas de los países de la región latinoamericana, creándose en algunas de ellas burguesías nacionales conscientes de su compromiso y liderazgo económico, pero en otras, debido a la destrucción de los regímenes tradicionales de crecimiento que arrastraban estructuras patrimonialistas de organización estatal, sólo se desarrollaron segmentos de clases dominantes que no contaban con las suficientes potencialidades políticas como para consolidar el cambio estructural de ésta época revolucionaria. Es por eso que en sociedades nacionales con estructuras enclavistas de producción económica como fue el Perú, otros actores políticos no relacionados con la conformación de una clase dirigente tuvieron que sustituir el carácter retrógrado, premoderno y rentista de la variada oligarquía nacional empujándola a su desaparición o en otros casos a tener que diversificar sus posesiones en la diversificación de las actividades productivas de la nación. La singular relación colonial que estableció nuestra clase dirigente con las fuerzas vivas de la economía nacional y con la clase trabajadora, llevó a pensar al empresariado nacional que eran dueños monárquicos del territorio nacional, y que, por lo tanto, no había necesidad de desarrollar de manera moderna la estructura socioeconómica de nuestro país, pues si bien obstruían con su conducta arrendataria y gamonal el progreso de la sociedad, la forma de existencia servil y empobrecida que sufrían las clases trabajadoras era el destino que merecían luego de echar a perder el carácter distintivo de su reinado neo-colonial. En ningún momento el empresario peruano, frente a la presión social de las mayorías se dio cuenta de su misión histórica al modernizar la economía sino que abrió paulatinamente el abanico de las actividades económicas como una manera de acrecentar sus beneficios rentistas y no como un modo de hacer participar a las categorías populares de la movilidad social y desarrollo intrínseco del régimen de industrialización. En vez de interpretar el desafío desarrollista como una oportunidad de redefinir su relación dominante con la sociedad, como un actor que podía dinamizar la estructura social, la oligarquía interna se obstinó en conservar el arraigo de estructuras feudales en el territorio, obstaculizando la formación de una clase dirigente y obligada a hacer barrida por el desborde democratizador de los sectores revolucionarios.
A estas alturas la conjetura que desarrollo es que los sectores dominantes internos hubieran evolucionado al calor de la modernización desarrollista, si hubieran formado un empresariado consciente de su liderazgo a una sociedad que urgía de una direccionalidad racionalizada y secular. Por no haberse quebrado la cultura oligárquica, en relación a la administración de la economía nacional la sociedad peruana careció del desarrollo de un empresariado con una mentalidad progresista que conciliara su beneficio específico con el bienestar de la comunidad. A pesar que la ideología nacional-desarrollista potenció la consolidación de un capitalismo de Estado, en un contexto de dominación burocrática-autoritaria, en la consiguiente asunción del formalismo democrático la sociedad abandonó paulatinamente el vigor desarrollista y las metas de largo plazo, restaurándose reaccionariamente el manejo oligárquico de la hacienda nacional, en un escenario de agotamiento del paradigma estatocéntrico y de la desestructuración propiciada por el consenso de Washington. Libre de la vigilancia democrática la oligarquía nacional poco a poco fue sometiendo las relaciones productivas de corte proteccionista a sus intereses privados y enclavistas de acumulación orquestando un orden democrático que protege a través de los derechos de propiedad y libertades negativas, el carácter primario exportador de la economía.
La diferente inserción de la burguesía nacional en los procesos de desarrollo, definía la relación entre el avance tecnológico local que estas economías incorporaron y la creciente admisión de códigos tecnoburocráticos de organización administrativa para traducir las demandas democráticas en un gobierno de intereses sociales convergentes. Es la predisposición poco flexible de la administración pública, en cuanto a la inscripción de una sofisticada gramática de conducción organizacional, y debido al carácter clientelar y corrupto del Estado, lo que explica la poca habilidad de la gobernabilidad democrática para afianzar modelos tecnificados de desarrollo que adoptaran conocimiento científico y tecnología eficiente. Al carecer el estado heterodoxo de una estructura dirigencial capaz de leer apropiadamente el cambio tecnológico de los centros hegemónicos, éste evidenció el defecto de asimilar acríticamente el bombardeo tecnocrático de la sociedad del conocimiento, exponiendo a los liderazgos administrativos a la asunción despiadada de códigos técnicos de eficacia y responsabilidad empresarial, sin haber antes abandonado gramáticas tradicionales y anticuadas de organización estatal.
La creciente tecnificación del Estado populista para dinamizar el cambio estructural estuvo restringida a enclaves productivos capitalistas que conservaban actitudes tradicionales de consolidación burocrática, motivo que debilitó el vulneramiento semántico de una cultura oficial que trataba de desactivar la racionalización moderna del estado desarrollista, que había puesto enormes esperanzas de progreso en la constitución de una individualidad estable que fue perdiendo poco a poco la base económica donde asentar su particularidad psicológica. En otras palabras, la incoherencia para impregnar los avances técnicos de una específica racionalidad periférica y descolonizada, facilitaron el dominio y posterior imposición del hombre mercantilizado y con emprendedurismo tecnológico de la periferia capitalista, motivo por el cual desde las clases dirigentes nunca existió ni existirá incentivos soberanos para desarrollar una base tecnológica nacional en correspondencia con el correcto desarrollo de la economía nacional.
En este acápite he tratado de bosquejar la idea sugerente de que poseemos un empresariado cuyos intereses privados se construyen a espaldas de los objetivos nacional-populares, porque en la etapa de constitución de un empresario moderno que respete el orden democrático, se dejó pasar la oportunidad de desactivar la mentalidad oligárquico señorial de nuestra clase dirigente; rezago cultural que imposibilita que el mercado de intereses privados se desplieguen en consonancia de políticas públicas de desarrollo social.

Neoliberalismo y empresariado

El debilitamiento del historicismo desarrollista y la consiguiente apertura de un escenario social inclinado hacia la crisis de los grandes relatos orientadores de la modernidad significaron la justificación perfecta para la ofensiva neoliberal. Con el agotamiento de paradigma Keynesiano de administración de la economía, y con la aparición de la desafección política se apertura la chancee política para desmontar el rol intervencionista y social del viejo Estado populista y de este modo desbloquear definitivamente todos los rigores democráticos que ataban al gran capital al poder soberano de los Estados-nación. Conforme la antigua etapa de modernizar las condiciones tradicionales nacionales ingresaba en un período propicio para la flexibilización del mercado de trabajo y para que se geste la independencia económica de los grandes emporios empresariales, se fue también abriendo la posibilidad para que el poder económico restringiera el carácter comunitarista y soberano del poder político. Al liberarse las decisiones económicas de sus captores democráticos se generó la oportunidad precisa para contagiar a los grandes aparatos institucionales del viejo Estado burocrático de una agenda policíaca del desarrollo que favoreciera los intereses de las elites capitalistas, y que comprometiera a la estructura social en una situación de fuerte desamparo social y anomia objetiva que fue deshaciendo paulatinamente los grandes procesos de socialización que construían a la personalidad estable del nacionalismo metodológico. Es la licuefacción de los grandes sistemas de significación modernos, sin que se llegara a consolidar una cultura de la ciudadanía proclive a defender objetivos nacionales lo que facilitó el desarrollo de una atomización postmoderna y cínica que dejo a la sociedad expuesta ante las fuertes descomposiciones e incertidumbres del vacío antimoderno. La pérdida estructural de una base económica que sirviera de compensación ideológica y de orientación sociopsicológica a los procesos de individuación dejo a la subjetividad ante el obstáculo de construir personalidades cada vez más desconectadas de los procesos materiales y en un franco deterioro regresivo y emocional. Es la automatización que adquieren los procesos de individualización en la periferia capitalista lo que validará el desmantelamiento inmisericorde de los vínculos sociales que antes habían blindado a la intersubjetividad, y lo que empujará a las nuevas psicologías a aprender a sobrevivir en un ambiente lleno de incertidumbre, inestabilidad y desorden objetivo, móvil que irá consolidando una personalidad cada vez más desarticulada, egoísta y distanciada de la solidaridades soberanas.
La inmersión de las nuevas mentalidades subalternas e híbridas en los escenarios inconmensurables de la civilización tecnológica es lo que irá acostumbrando a las nuevas socializaciones a asimilar los ataques tecnomorales y disgregadores de la razón instrumental, con la conformación de una emocionalidad capaz de leer audazmente el caos cultural y capaz de manipular con habilidad la pastoral empresarial y tecnocrática del orden neoliberal. Al no haber mayores apoyos objetivos desde los actores sociales para construir una individuación coherente, la vida cultural adquiere la disposición cognoscitiva de reconstruir, y volver más plásticos los discursos disciplinarios de la gramática globalizadora, reapropiándose creativamente de todos aquellos esquemas más neoempresariales que servían para sojuzgarlos. Si es hoy la vida empresarial de las clases dominantes el esquema organizativo que más éxito ha tenido para insertarse en el mercado internacional, generando una economía primario—exportadora de alta intensidad, es porque esta clase social ha sabido acoplarse a la globalización socioeconómica como el sector social de avanzada de la modernización peruana accediendo a una vida tecnocrática, digital e individualista que es le fiel reflejo de la noción empresarial de desarrollo social. Al ostentar condiciones favorables de vida económica tienen la capacidad de instrumentalizar a su antojo el acceso al conocimiento gerencial y estratégico, construyendo una estratificación social que legitima la vía técnica de desarrollo porque es la noción de racionalidad burocrática la que mejores rendimientos demuestra cuando se trata de mediatizar e imponer la racionalidad competitiva del mercado. La noción empresarial de desarrollo no desencanta a la sociedad como argumento del elitismo competitivo de Max Weber, sino que tras su dominación planificadora, la jaula de hierro burocrática se flexibiliza escapando subjetividades que aprenden a mutar la dominación técnica desarrollando una mentalidad sincrética y sagaz capaz de utilizar con sabiduría el procedimiento tecnocrático.
La sutil sincronización entre el destino social del individualismo empresarial y los esquemas burocráticos de racionalidad empresarial sirven en otras palabras para detener el ciclo de transformaciones sociales, económicas y culturales de la sociedad democrática, imponiéndose un orden tecnoeconómico que asfixia la expresión histórica de las identidades subalternas. Mediante una política de criminalización de los actores democráticos, que antagonizan con los excesos de la racionalización empresariales, la racionalidad postmoderna favorece el desarrollo de un empresariado que consigue su afianzamiento financiero a costa de la destrucción o puesta en postergación de las racionalidades productivas de los actores populares. Han hecho válido un acuerdo democrático y una agenda de desarrollo que sólo estimula un modelo de acumulación oligopólico; en este sentido se ha impuesto una racionalidad política que protege el avance de las identidades empresariales con agresividad y de modo disciplinario y que garantiza las condiciones institucionales para el desarrollo de una alternativa ortodoxa macroeconómica que sentenció a la involución y regresión económica a la formación social peruana. El interés del empresario por vía de este atraso primario-exportador no coincide con las necesidades históricas de las categorías populares. En tanto las instituciones públicas para el control parcializado de la economía harán aparecer una apuesta sobradamente privada como un acuerdo común y convergente, cuando en realidad es una alternativa que sólo favorece la multiplicación de los actores particulares, y cuya racionalidad mercantil desestructura peligrosamente las condiciones culturales e intuitivas de la vida cotidiana.
El control empresarial de la formación social obstruye no sólo la evolución natural de la economía sino que además bloquea el desarrollo material de identidades económicas que no siendo una amenaza para su monopolización primario-exportadora se atreven en red a desafiar el control de los mercados y de los recursos productivos. A pesar que formalmente existen estímulos legales para la siembra de identidades socioeconómicas que copien el esquema empresarial de explotación y organización de los recursos, lo cierto es que la presión democrática del mercado interno y de un tejido socioproductivo pujante significa una amenaza para la expansión desestructurante y fragmentada del modelo de acumulación rudimentaria que defiende con uñas y dientes la oligarquía económica. La erosión que sufre el tejido social – convertido en consumidores compulsivos sin altos grados de calificación profesional- es el principal fundamento privado que permite la acumulación desmesurada de la aristocracia neoliberal, ya que el resultado de su dominación no se consigue sólo con ofrecer una pseudo democracia que sólo garantiza derechos privados, sino que además deposita su efectividad en la interpenetración de una industria cultural que desactiva la participación y que desvía los propósitos existenciales de la vida individual hacia la celebración ordinaria de estilos de vida “light” que legitiman la atomización estética y el impacto narcisista. Es decir, el divorcio entre los planes de vida individual y los desarraigados relatos de la modernidad – que otorgaban sentido unificado- auspiciado por la sociedad de consumo, es lo que contiene en un desbordado discursivismo que culturaliza y evapora la solidez, todo el discurso histórico que promete la concreción de la utopía material y ontológica.
En este sentido, la hegemonía de la forma de vía empresarial que se introyecta hábilmente como seductores formatos de vida tecnologizada, es la principal alternativa monocausal que orienta la periferia empobrecida para salir de la aplastante insignificancia de la pobreza estructural. A no dudarlo, la funcionalidad del espíritu capitalista se basa solamente en estimular el desarrollo de una racionalidad cosificadora dejando en la completa regresión elemental a todas las otras dimensiones cualitativas de la personalidad periférica, porque el desarrollo integral de tales percepciones significaría pensar de un modo consecuente la irracionalidad del orden burgués y acaso también evolucionarían voces disidentes que cuestionarían la banalidad y perversión del desorden capitalista.
Al dejar en la deliciosa ignorancia al despliegue de la psicología subalterna la dominación capitalista se asegura de que no desarrollen intentos colectivos de superar la contención disciplinaria, porque la sola creación de valores alternativos y trasdentales ahogaría en la deslegitimación absoluta la naturaleza corrupta del régimen neoliberal. El manejo del biopoder empresarial asegura que siempre gane el poder simbólico, y aun cuando no lograran neutralizar el desarrollo de identidades transgresoras, no tiene mucha importancia pues el sólo derecho para superar cualitativamente la anarquía global significaría hacer progresar subjetividades solidarias capaces de entregar un contenido histórico superior a los valores de la burguesía. En suma: la noción empresarial garantiza la canalización mayoritaria de la vitalidad de los sojuzgados, mediante la orquestación de un régimen de acumulación embrionario que sentencia a la infantilidad natural a toda la reprimida savia popular, y a una posición de rezagamiento objetivo frente a los desarrollos capitalistas de los países de la región latinoamericana.

Capitalismo popular y PYMES.

La lenta pero despiadada expulsión de la mano de obra calificada y embrionaria de un modelo de desarrollo de baja intensidad que promociona sólo empleo de baja calidad y de una manera segmentada ha hecho que desde los 70s con el progresivo desmantelamiento del Estado sociocapitalista las sociedades populares se lanzaran a la aventura de la informalidad económica. A través de empresas de organicidad rudimentaria y con elemental capacidad tecnológica las clases populares lograron resistir el impacto empobrecedor de las reformas neoliberales consiguiendo a través de una asociatividad comercial capitalizar los suficientes recursos productivos como para producir y colocar bienes económicos de exportación en el mercado internacional. La red artesanal con la cual soportan las exigencias rigurosas del mercado global ubica a las microempresas como la fragmentada economía popular que esconde sobresalientes mutaciones en las formas de producción de la subjetividad subalterna, mutaciones objetivas que dotan a las economías familiares de una singular habilidad para gestionar la crisis social aun cuando esta economía solidaria se halle amenazada por el impacto de la mercantilización que lo monetariza todo. No sólo se ha montado una formidable economía familiar de la subsistencia que permite la protección de los valores de la reciprocidad y de la comunitarización, sino que además esta forma de crear recursos sirve como un reservorio de insumos y sabidurías locales que potencian el grado de generación de plusvalor y de inversión económica. Si bien se puede mencionar que este capitalismo salvaje de baja intensidad impone un régimen de productividad demasiado agobiante para la fuerza de trabajo, la verdad es que en esta acumulación informal las sociedades populares han hallando la base material necesaria para desplegar la manifestación de una cultura descolonizada y subalterna que redefine la discriminación etnoracial de las clases dominantes. Mediante la emancipación sensorial que provee la mass media las sociedades populares se han visto dotadas increíblemente de una verticalidad reconstructiva y reinterpretante que les permite imponer sus conocimientos sociales a los demás sectores de la estratificación social desarrollando subjetividades y contenidos culturales que están a la vanguardia de los discursos legítimos. Es a través de la publicidad, los estilos de consumo y la constitución del producto mediático que la cultura popular ha logrado controlar la producción del socius aburguesado exteriorizando una conducta masificada y diversificada que marketea como forma de vida modelo, aun cuando esta acompañado de un consumismo banal y pulsional que degrada la capacidad de reflexión y que imita en forma de parodia el estilo de consumo de las elites acaudaladas.
Para nadie es un secreto que la lectura apropiada del neoliberalismo a la peruana por parte de las clases populares cholas ha permitido la emergencia de un empresariado popular que ha conseguido niveles de competitividad creciente con las elites criollas, pero el costo ha sido, que si bien significa esto creación de empleo, han reproducido estructuras de dominación burguesa que lleva a mantener intactos niveles de violencia simbólica de la cultura oficial. Aunque en las últimas décadas el reformismo cultural e integracionista de las clases populares migrantes ha cedido frente al carácter cada vez más impactante de la exclusión social, que garantiza la reproducción aristocrática de un gusto exquisito, lo cierto es que las clases empresariales cholas se han distinguido con un formidable poder de adaptación frente a las convulsiones económicas. Este pujante capitalismo popular que provee de recursos económicos para el despliegue de un estatus definido de clase media y de clase dominante es el cimiento donde el empresariado subalterno diseña toda una estrategia de movilidad social capaz de reconfigurar la clasificación social colonial de la sociedad peruana. Aunque la clave de esta acumulación popular sea la cada vez más sincrética ética andina del trabajo que dota al agente económico de una valoración afirmativa del trabajo duro, no es condición suficiente para reconocer que este poder económico oriundo popular no significa una ruptura aun con los intereses primario-exportadores de las oligarquías dominantes, aun cuando la evolución posterior de la red empresarial chola tendrá que cuestionar el cerrojo institucional y las restricciones productivas que ha impuesto la clase criolla postmoderna. En la medida que esta evolución natural sea dotar a la informalidad marginal de una base industrial de baja intensidad que colisiona con los intereses dominantes, será muy complicado desarrollar grupos de poder con vocación nacional que pasen de una fragmentación preindustrial y artesanal a cuotas de capacidad tecnológica creciente con las que imponer un nacionalismo económico solidario y respetuoso de la comunidad política. Quizás el hecho de que su baja competitividad y poca sofisticación tecnológica no representen una amenaza para los grupos de poder criollos, pues en el fondo reproducen el patrón descomprometido del empresariado nacional, sea la razón de que todavía no exista un conflicto de intereses y su no clara armonía comercial. Las Pymes dan trabajo a las clases populares pero en el fondo significan un modelo de desarrollo que restringe las posibilidades de tratamiento macroeconómico de los sectores productivos de clave industrial, alternativa que no movilizaría a toda la nación en el proyecto de una transformación socio estructural de la sociedad peruana.

Esfuerzo individual y vida cotidiana.

Contrariamente a lo que piensan los abogados de la democracia liberal la felicidad escasa que produce el desorden burgués no es un resultado del esfuerzo o sacrificio empresarial que los individuos logran concretar sino algo antagónico que se halla en los vínculos socializadores que este orden social deposita en los residuos y comunidades locales. A despecho de los defensores de la tradición y de los valores explícitos de las economías familiares que esta conserva, la modernidad líquida disuelve los marcos de socialización de las identidades individuales bastante inestables e inmaduras exponiéndolas a las manipulaciones emocionales de la sociedad de consumo. El hecho de que se despoje al individuo de un desarrollo pleno e integral como destino de la felicidad completa, convierte a ésta en una actitud que el sujeto se ve constantemente obligado a renovar ideológicamente, una falsedad genérica con la cual la subjetividad se miente miserablemente para crearse una ilusión reconfortante que no desestabilice su comportamiento cotidiano.
Lo perjudicial de esta incertidumbre postmoderna que deja sin abrigo protector al individuo es que se le ofrece como atributo sustitutivo una moral tecnocrática de la vida cotidiana que traslada el razonamiento de las cosas al trato con personas, haciendo costumbre en la persona despabilada que ésta piense la interacción con las personas como si se tratara de un asunto empresarial o meramente organizativo. Si bien los resultados en la manipulación empresarial de las subjetividades tienen éxito pues se entiende el recurso personal como una inversión de capital humano, la verdad es que tal moral del cálculo racional trae efectos prejudiciales para la constitución de un sí mismo, y de las corazas emocionales donde halla consuelo reparador la subjetividad explotada. Es la continua manipulación de esta racionalidad tecnocrática en el seno de las relaciones sociales y vínculos humanos lo que va deteriorando contundentemente la base afectiva del significado donde reposa la definición de la personalidad cotidiana, procesándose una subjetividad que va perdiendo apoyos intuitivos para sus jugosas recompensas empresariales, aún cuando la planificación rigurosa de la vida individual le abre a éxitos resaltantes. Aún cuando para el individuo tecnocrático pasa desapercibido la razón de su vacío moral pues no puede entender como los triunfos laborales no representan valor alguno para su individualidad, la verdad es que la absurdidad de un modo de existencia cargado de instrumentalización va dibujando la sospecha de que la vida no debía ser tratada de modo cosificado. El capitalismo se las arregla para hacerse de las voluntades humanas haciendo aparecer un camino lleno de engaños y trampas ponzoñosas como si fuera otro parapetado de felicidad y de calidez humana. En tanto el deterioro de la mercantilización no depare más que el ofrecimiento de solas condiciones de vida no se logrará distinguir que la vida no se trata de asegurar pan y cobijo, sino algo más significativo e intenso que la individualidad ejecutiva y abstracta de la sociedad capitalista no consigue consolidar y que arrebata al mundo. El capital usufructúa la vida con significado; es su éxito metafísico nuestra miseria ontológica.
A pesar que mediante la empresarialización del mundo de la vida se puede acceder a una mejor existencia cultural, lo cierto es que tal glamour al que se accede no reporta una paz interior y certidumbre piscosocial, sino una paradójica felicidad compulsiva en los estilos de consumo del mundo burgués que empequeñecen la vida cotidiana para no percibir la tragedia de la dominación postmoderna. El enceguecimiento al cual se conduce la misma personalidad sometida el que legitima una vida que facilita la invasión tecnocrática y la mutación de identidades que no han aprendido a superar la seducción de la gramática empresarial y neoliberal.

Conclusiones.

Advertimos que en el proceso de regresión ontológico en que se ha sumergido la economía nacional el empresariado que se gestó, luego del agotamiento populista, tiene una responsabilidad inobjetable. La modernización autoritaria de los gobiernos populistas no solo no logró conformar un empresariado acorde con su misión histórica de dirigir a buen puerto el proceso nacional desarrollista, sino que además incrustó, como un muro reaccionario, un paradigma empresarial que francamente ha paralizado, el proceso natural de desarrollo de la totalidad social, pues ha resucitado todos los males oligárquicos y tradicionales de una clase dirigente que siempre vio la responsabilidad de administrar el erario nacional como si fuera una chacra personal. Al detener la constitución moderna del tejido social peruano ha impuesto una rentabilidad tecnocrática que logra sus jugosas ganancias a costa del subdesarrollo implícito de las identidades democráticas, y a costa del objetivo soberano de consolidar una estructura económica que se haga cargo de erradicar la pobreza y los graves problemas nacionales de siempre. La involución en la que ha sumergido el mercado interno ha estructurado un modelo de organización política regresivo que facilita la introducción de la dominación tecnológica y que ha hundido en la adopción forzosa de esta pastoral tecnocrática a todas las subjetividades organizativas del mundo subalterno. En suma: el poder económico en el país edifica un régimen democrático, que al difundir solo la multiplicación biopolítica de los agentes privados, corrompe los cimientos objetivos del tejido social nacional que le otorgan curiosamente, legitimidad a todo proceso político interno.
Es a no dudarlo la imposición de esta moral administrativa y empresarial la que erosiona las fuerzas solidarias con las que se defienden las sociedades populares. Ante la arremetida de la razón de mercado y del avance organizacional del proceso de globalización a las identidades populares no les queda mas remedio que admitir y reinterpretar esta normatividad asfixiante, generando híbridos culturales capaces de transculturalizar y domesticar la peligrosidad de la mercantilización. Si bien este proceso de un capitalismo popular ya está en curso actualmente, aún falta redirigirlo en beneficio de los intereses de una sociedad civilizada, desbaratando así las jerarquías antidemocráticas de las élites criollas. Se hacen necesarias reformas sociales e institucionales de segunda generación y una responsabilidad empresarial con el desarrollo social que carece nuestra actual plutocracia económica.

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